Desde la orilla. El secreto mejor guardado
18.02.08 @ 18:07:38. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Sombra y luz. Acuarela de Conchita Jiménez en recrearte.net/indexfull.html.)
Sí, es el que no se dice. Pero por exigencias del guión yo lo diré. El mismo día de recibir los despachos (ascenso a teniente), pusieron en una pizarra enorme los diferentes “destinos” a los que podían optar los nuevos subalternos: numerosas ciudades en toda España y las por entonces plazas y territorios de Soberanía: Norte de Marruecos, Ifni y Sahara. Porque Ceuta y Melilla son, por supuesto, ciudades absolutamente españolas. Por orden de antigüedad en el escalafón, iban pidiendo las vacantes; fue un detalle curioso el que se cubrieran primero las de mayor riesgo, o sea, las de Soberanía, por entonces con rumores insistentes de independencia; y las últimas -para los más bajos en el escalafón-, las plazas más cómodas de la Península. Drito, por acuerdo secreto con Leticia, no pudo acceder a las de “fuerzas especiales” (Legión, Regulares, Tiradores de Ifni) como hubiera sido su deseo, pero sí al Regimiento de Infantería “África 53” de guarnición en Xauen: ciudad santa y misteriosa del Islam. Era una Unidad de gran solera en el territorio marroquí y de un historial brillante en la pasada y terrible guerra africana. Se cobraba un sueldo superior a los de la península (imprescindible para “sus planes”) y el coste de la vida era sin embargo muy inferior al de España.
Sentados en un riconcito “aparente” en el ya citado Gym, le comunicó la noticia del destino, todavía no comentada. Junto a la cartilla de ahorros, no estrenada pero con el mismo fin del plan previsto, eran sus secretos más íntimos aún no desvelados ni a sus respectivas familias. En aquellos momentos sin duda felices, sólo una nube lejana de tristeza les empañaba momentos tan agradables: la separación, con riesgo, por no sabían cuánto tiempo. En la Misa de cada mañana, lo ponían en manos de la Providencia y con la felicidad de su secreto bien guardado, dejaron, siempre alegres, que corrieran los días. Con la primera paga de su carrera, muy escasa, junto a la también menguada propina de Leticia, inauguraron gozosos la cartilla de ahorros.
Tan austera tuvo que ser su vida, que, aún sin acompañar el tiempo pues era invierno, pasearon y pasearon hasta desgastar “quisio” las suelas de zapatos. Con el pensamiento puesto en su secreto, y por lo tanto felices, se les pasaron los días. Drito tenía ya que incorporarse a su primer destino. Con la posible sensatez que da un amor limpio y ordenado, la despedida no fue una tragedia; fue sólo una etapa necesaria de pasar para acercarles más al deseado matrimonio. Para quien no conociera a ambos personajes, tal vez la decisión a edad tan temprana pudiera considerarse una locura de juventud. Para el relator, que les conoció bien y que estuvo siempre muy cercano a ellos, no fue nada precipitado ni locura de juventud; en mi modesta opinión, fue decisión de entrega plena del uno para el otro y cuanto antes mejor. O sea, vocación total a un nuevo estado que, por sacramento, estaría bendecido por Dios. Sin exagerar alabanzas que en absoluto son imparciales, para mí y mis seres más queridos quisiera una decisión tan meditada.
La despedida en casa de Drito, fue de verdad emocionante. No pudo por menos su madre, Dª Eugenia, el ama, de recordar similar situación previa a su también precoz matrimonio con el padre de sus hijos; la que se produjo cuando marchó a la terrible guerra de África. Y lloró; sin que se le notase, pero lloró. Leticia le acompañó sola a la estación. Envueltos en el humo del tren, lo que fue de su agrado para que se les viera menos, se fundieron en un largo abrazo de despedida junto a un beso -no sólo roce en los labios-, como último recuerdo pleno de amor, hasta tiempos mejores.
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