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C. Bustamante y J.M.ArévaloC. Bustamante y J.M.Arévalo

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Regreso a la orilla. Los últimos segadores.

Permalink 13.05.08 @ 07:57:57. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Listo para la siega. Acuarela de José Mª Arévalo. 32 x 40)

Al llegar a este punto de mi relato, he de aclarar que, con permiso de Drito, utilizo sus apuntes que él tituló “Recuerdos” y que nunca vieron la luz. Sabrán así mis posibles lectores la situación en que se encontraba la Dehesa cuando recién venido de África, hubo de hacerse cargo de la labranza familiar. A partir de ellos, comenzará la andadura por los entrañables lugares; andadura, por demás azarosa –lo sé bien, que la seguí paso a paso-, y que al tiempo de recia añoranza, puede servir, para rescatar del olvido tantas labores. Para seguir también paso a paso, la evolución de los modos de trabajar e incluso hablar de nuestras gentes del campo. Hoy ya historia, que no debe ser olvidada, por cuanto es la nuestra. Serán, si Dios es servido, a la vez que anecdóticas por el enorme cambio (que no por lejanía en el tiempo), un justo y rendido homenaje al sacrificio de gentes ejemplares. Castellanos tan poco comprendidos por los de la capital, cuando no ofendidos o menospreciados, siendo, como lo fueron, quienes aliviaron tantas estrecheces de una España herida tras los horrores de una terrible guerra civil, e injustamente ignorada por países, que, pasados los años, hubieron de concederle la razón. ¡Mas ¡ay!, tan tarde, que, tras la sangría entre hermanos, hubo de añadirse calamidades y carestías sin cuento, de las que todavía hoy quedamos, g. a D., testigos.
Gentes nobles de nobles lugares, ejemplo para la actuales generaciones y deber, digo, de justicia para agradecer prosperidades disfrutadas gracias a ellos.

Poco añado de mi saber, que no es mucho. Serán primero recuerdos, e historia luego de Drito, para conocimiento y recreo de aquéllos que vivieron similares aconteceres y que la actual vorágine, hizo que pasaran a la historia “antes de conantes”. Muestra, en fin, significativa de nuestro patrimonio cual es nuestra cultura rural. Comenzamos, continuamos…

Las de la Dehesa son tierras de pan llevar. Aunque la primavera sin apenas lluvias ayudó poco, los oportunos riegos al fin obraron el milagro: la brisa que baja del páramo hasta el valle, hace que, en los sembrados, el cereal se mueva con suaves ondulaciones de las espigas, prometedoras de una cosecha excelente.

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A los hijos de Concha María

Permalink 11.05.08 @ 07:15:02. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Mi hijo Antonio. Óleo de José María Arévalo.1997.55x46)

Quería haber acabado estos artículos sobre el fallecimiento de mi mujer, Concha María, con el dedicado, el domingo pasado, a médicos y enfermeras del hospital, y añadir solo, ya dentro de los habituales a mi afición a la acuarofilia, la caricia que recibí de ella cuando vi que habían puesto huevos los peces Disco en mi abandonado acuario, como conté el jueves pasado. Una carta de uno de mis hijos me obliga a escribir el último agradecimiento, precisamente a ellos. Ya se lo he dicho a todos, naturalmente, estos días, pero creo que el contenido tiene interés general, no solo familiar. Así, además, se cierra el orden natural de agradecimientos: a los amigos, a la cariñosa y profunda intervención de don Federico en el Funeral, a la carta de las alumnas de Concha María, a médicos, enfermeras y enfermos de la planta quinta, a la propia Concha María por su caricia, y ahora a mis hijos. En todos ellos he hablado de lo mucho que ha hecho por nosotros el Señor, o sea que no hace falta para El decir más.

Uno de mis hijos me ha escrito cosas profundas y otras que debo matizar -por eso titulo este artículo “A los hijos de Concha María” porque cuando le daban la lata a ella me decía que “tus hijos” han hecho esto o lo otro, eran míos, y yo a la viceversa- y me ha dicho que no tiene inconveniente haga con su carta un artículo, si bien omitiré los nombres que aparecen. E introduciré comentarios, como hice con la carta de las alumnas de Concha María. Comienza el “emilio” de mi hijo: “No es fácil contestarte, papá. Porque también yo pierdo la claridad de ideas. Sin embargo, creo que he recibido un empujón espiritual muy fuerte estos días y no quiero dejarlo pasar. Quiero… atesorar el regalo de mamá, como decía don Federico [en la homilía del funeral], porque "llenó nuestra vida". Ya lo de "… de ejemplo y buenos consejos" me parece un poco impersonal, casi tópico, aunque en lo profundo sea verdad. (Me acuerdo de que [uno de sus hermanos] se mosqueó, porque no reconocía a mamá en esa homilía).”

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Regreso a la orilla. Espectacular libro de familia

Permalink 09.05.08 @ 07:50:09. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Valoria la Buena. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 32,5x44,5)

-¿Has inscrito ya a tus hijos?, le dije un día a Drito, un año después del prematuro parto.
-Yo, yo…, titubeó, todavía impresionado por el repentino aumento de su familia.
- ¡Venga, vamos al registro, que es imprescindible para que tus hijos sean oficialmente legítimos, le dije, en absoluto experimentado.
No muy consciente de cuanto era preciso llevar a cabo para las ventajas o inconvenientes de ser familia, por acompañarle pude ser testigo privilegiado de un acontecimiento burocrático más que jocoso.
En la ventanilla para el registro y confección de los “libros de familia”, medio dormitaba un funcionario con cara de no muy buenos amigos.
-¡A ver, el siguiente! , espetó con el ceño fruncido; no sé por qué, como de cabreado.

Tomó tinta y cálamo (entonces no había bolígrafos) y, pluma en ristre, preguntó en tono de mortal aburrimiento. Sin saludo, ni el habitual -¡ay entonces!- buenos días no dé Dios…, áspero, inquirió:
¡Nombre del hijo! Pedro, contestó sonriente Drito, orgulloso de su primogénito.
-¿Edad?, volvió el funcionario a la carga.
-Un año, respondió el padre con la sonrisa aún puesta.
-¿Algún hijo más?, preguntó tras la oportuna anotación. Sí, Pepsi… digo –rectificó enseguida con mayor sonrisa- Leticia.
-¿Edad?, prosiguió el interrogatorio con el aburrimiento pintado de la más pura rutina. Un año, le dijo Drito, aún más sonriente.
-Serán mellizos ¿verdad?, salió del aburrimiento, más bien intrigado, por lo no habitual.
-¡No, no! ,“aclaró” Drito.

Al funcionario se le cayeron las gafas por el asombro, pero un mucho mosqueado, prosiguió el interrogatorio tras la oportuna y dudosa apuntación.

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Acuarelismo: Una caricia de Concha M

Permalink 08.05.08 @ 07:25:40. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Mis Discos cuidando la puesta recién realizada, el mismo 19 de Abril. Se ve encendido el piloto del termostato,donde los pusieron)

No se lo van ustedes a creer, yo tampoco me lo creía, pero ha sido verdad y mis hijos y varios amigos son testigos. Después de mantener una dura polémica en este blog y en el blog AcuarofiliaColombia@groups.msn.com, con varios acuarófilos experimentados que consideraban mi acuario de 60 litros excesivamente pequeño para tener en él peces Disco (que requieren cien litros por cada Disco), alguno una barbaridad que atenta al mínimo respeto a estos animales. Después de defenderme e insistir que había conseguido amansar a los agresivos, por territoriales, Discos, primero a dos y después incluyendo un tercero más. Después de dos semanas de abandono casi total del cuidado de la pecera por encontrarse mi mujer, Concha María, hospitalizada, que finalmente falleció el jueves 17 de Abril a las siete de la tarde, a lo que he dedicado ya los cuatro artículos que anteceden en este blog. Después de todo ello, y de celebrar el viernes 18 el funeral e incinerar sus restos -para llevarlos a la tumba de sus padres en Sevilla-, resulta que estando tranquilos en nuestra sala de estar, el sábado 19 por la tarde, se me ocurre mirar por primera vez el acuario y con enorme sorpresa observo que están dos de ellos -el Marlboro naranja y el Leopardo azul- muy juntos en torno al termostato y que en la parte superior de éste, gris, hay un montón de puntitos colorados, los huevos de una puesta de los discos. Mis hijos se quedan sin saber de decir, cuando prorrumpo en exclamaciones de “imposible, imposible; ha sido una caricia de mamá”, refiriéndome, claro, a una caricia del Señor que me manda la de Concha María. Como siguen sin reaccionar a pesar de mis explicaciones de que es casi imposible que haya ocurrido esto, y que para mí, como acuarófilo y hombre de fe, no es una simple casualidad, llamo de inmediato a mi hermana María Rosa, que me va a entender, como así fue, porque a ella le pasó algo parecido, bueno, mucho mejor, cuando falleció, hace ya seis o siete años, su marido, mi antes amigo de la infancia y después cuñado, Javier.

Javier, que era la persona más buena que he conocido, un pedazo de pan, llevaba, antes de morir, varios años regalando todas las semanas flores de sus invernaderos -se dedicaba profesionalmente a ellos cuando falleció- a unas monjitas de Gijón que tenían el convento cerca de su casa, y que le habían comentado no conseguían flores de los rosales que tenían plantados tiempo atrás. Como falleció de forma casi imprevista, las monjas no echaron de menos las flores de don Javier hasta que murió. Y al día siguiente, ¡los rosales del huerto del convento habían florecido¡. Pueden ustedes imaginarse las exclamaciones de las monjitas: “era un santo, era un santo, don Javier era un santo”. Son de esas cosas que no le hacen a uno creer más ni menos, pero lo que digo, una caricia del Señor a mi hermana, y ahora, a escala más pequeña, a mí, de la que estoy orgulloso y muy enternecido. Y paso ya a contar los detalles técnicos para los acuarófilos, como experiencia, y haciendo notar que no ha sido culpa mía, de verdad, que me lo he encontrado sin buscarlo. Ahora le pido a Concha que me ayude a conseguir la síntesis que busco en mis acuarelas, pero en eso sí que no va a poder distinguirse qué es mérito suyo y cual mío. Tenía que ser con los Discos, tras mi completo abandono de ellos.

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El “Silencio” de Zamora

Permalink 07.05.08 @ 07:12:57. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Óleo de Antonio Pedrero con la torre y la cúpula de la Catedral de Zamora. Cuadro de la colección de don Manuel Prieto. 54 x 65).

Don Manuel Prieto Hernández es ya conocido de ustedes por los sabrosos comentarios con que nos regala en este blog de los Tres Foramontanos. Especialmente el que, hace pocos días, incluyó en mi primer artículo sobre el fallecimiento de mi esposa, Concha María, fue, además de magnifico literariamente, que eso es lo de menos, tan rico en contenido, incisivo y para mí emocionante, que no se me olvidará ya en lo que me quede de vida, que será lo que Dios quiera, que a mí ya me hace menos falta (como sabe Manolo aún me queda tarea importante que cumplir, pero esa seguro que El la puede hacer mejor). Varias veces le he invitado a colaborar en el blog, donde nos falta el tercer foramontano, pero su sencillez le lleva a no querer figurar. Espero que la colaboración que ahora adjunto, como carta a mí dirigida, no sea la última: Manolo, recordando lo que se decía en esta tierra nuestra, siempre tendrás un plato en esta nuestra mesa periodística. Me escribe, pués:

"En este rato libre, te cuento, Josemari, lo que querías conocer del acto que tuvo lugar el sábado, 26 de mayo, en la Catedral de Zamora.

La Cofradía del Santísimo Cristo de las Injurias, de la muy noble y leal ciudad de Zamora, la que todos conocemos como la del "Silencio", es una de las que, por sí solas, se erigen en pilar básico de la Semana Santa de ese tu pueblo y el mío. Y la razón no puede ser más sencilla, pues no es otra sino que la imagen que le da nombre y que procesiona el Miércoles Santo, el Cristo de las Injurias, muy probablemente, es la imagen de Cristo más venerada en la ciudad. Un hipotético lector podría echármelo a reñir con el Jesús Yacente, que sale en procesión la noche de Jueves Santo y que es una imagen también muy hermosa, sí. Y no discutiría ni con él ni con nadie. Hasta pudiera tener razón, aunque no llegaría a dársela, desde luego. Pero es que se produce una circunstancia importantísima a estos efectos, consistente en que el Jesús Yacente permanece "encerrado" a cal y canto, todo el año, en la iglesia -sin culto- de Santa María la Nueva; mientras tanto, todo el año, igualmente, el Cristo de las Injurias permanece con sus brazos abiertos a todos los que quieren visitarlo, en la Capilla de San Bernardo de la S.I. Catedral. Esta situación, quiérase o no, inclina la balanza a favor de este Cristo de origen lamentablemente no constatado. Y aquí, en concreto, en este estar ante nuestros ojos y no oculto, es donde empieza la historia. Verás.

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El Hospital. Concha María, que buen prójimo.

Permalink 04.05.08 @ 07:38:28. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Concha María en la colegiata de S. Martín de Elines, 1989. Acuarela de José Mª Arévalo. 43 x 34)

Creo que va a ser este ya el último artículo sobre el fallecimiento de mi esposa, Concha María, para no resultarles pesado. Aunque seguirán saliendo anécdotas sueltas de tan enriquecedora experiencia en los siguientes, porque en mi mente está ella cada vez más viva. Veo ahora que los tres a ella expresamente dedicados han seguido un orden natural de agradecimientos: a los amigos, a la cariñosa y profunda intervención de don Federico en el Funeral, y a la carta de las alumnas de Concha María. Seguro que tendría que expresar muchos otros agradecimientos, pero hay uno importantísimo al que dedico este artículo, el que tengo a flor de piel para los médicos y enfermeras de la Residencia, que así llamamos todos al vallisoletano Hospital Pío del Río, antaño Onésimo Redondo, y ya pronto, con nuevas instalaciones, no se con qué nombre. Pero lo importante no son los medios, sino las personas. Especialmente en esa quinta planta de Oncología, llena de cuadros, plantas y detalles de agradecimiento de los allí tratados. Sea este mi homenaje, aunque también ofrezco una acuarelilla, si les apetece a las enfermeras, que son las que más tiempo pasan en los pasillos de planta, muchas veces corre que te corre.

De esas carreras recuerdo que, una madrugada, me despertó una voz agobiada, casi grito, de Concha M: “Me ahogo, me ahogo”. Cuando aún trataba de levantarme del asiento extensible donde dormía -profundamente ya desde el segundo día, acostumbrado a todo-, irrumpieron un enfermero -creo que fue Antonio- y otro, no recuerdo si enfermera, que en un periquete le pusieron oxígeno, y en unos minutos nos quedamos otras vez dormidos, “fritos”, ambos. Para esa diligencia no hay palabras ni compensación posible, solamente cabe dejar el corazón allí con ellos.

Lo del doctor Torrego -he procurado no dar apellidos hasta ahora, pero en este caso no puedo por menos- es ya el no va más. He conocido muchos médicos, pero con la humanidad sencilla y afectuosa de este hombre, solo alguno más. Nos recibía siempre con una sonrisa y dándonos la mano, y la conversación empezaba sistemáticamente por el “¿cómo has estado, Concha María” “o “cuéntame cómo te has encontrado estos días”. “Pero qué dicen los análisis?” respondía ella al principio, hasta que se convenció de que su respuesta era para él más importante que los marcadores tumorales. La intuición femenina, tan especial en Concha M, de la que he hablado en el artículo anterior, la llevaba a decirle en muchas ocasiones que le veía cara de cansado -momento en que yo me daba cuenta de que efectivamente la tenía-, o a preguntarle por su hijo, que cuando empezó el tratamiento, hace cuatro años, acababa de nacer.

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Regreso a la orilla. De nuevo la primera orilla

Permalink 02.05.08 @ 15:34:55. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(El Duero en primavera. Acuarela de José M ª Arévalo. 34 x 46)

Disuelto el Regimiento África 53, Drito tuvo preferencia para las vacantes en la Península –ahora España- y dónde mejor que regresar a Valladolid natal del matrimonio más un hijo (engendrado moro, más nacido pucelano) y “lo que nuevamente viniere” (también engendrado moro - ¡qué tierra!-). Fallecida dª Eugenia, su madre, tras larga y penosa enfermedad, la nueva familia cuasi africana, se estableció en la vivienda e inmensa casa familiar. Y menos mal, porque vivir tres, más lo que viniere, los hermanos de Drito, todos solteros, y un sueldo que, menor en España, no daba “ni para pipas”, era poco menos que imposible aún con vivienda gratis. Pero “hecha” Leticia a luchar contra los elementos (los tremendos del África profunda, pero menos) lo hizo de mil amores con “éstos”. Y sin luchar, claro.

Por fatal coincidencia, la dirección de la Dehesa, quedó vacante. Como Drito estaba destinado en una unidad de automóviles, se vio obligado a no hacer el curso de esa especialidad militar, para con las tardes libres, en las que trabajaban con la numerosa tropa los especialistas, poder atender, aún a costa del forzoso pluriempleo la labranza familiar y “tan felizmente familiar”. He de dejar constancia, porque tampoco andaba el relator muy lejos, para ser testigo de que el trabajo del que fuera teniente Quivir, era tan intenso que le multiocupaba desde la mañana –desde el madrugador toque de diana en la Unidad de Automóviles- hasta la noche.

Comenzaba con las clases de Educación Física, para todo el acuartelamiento (tenía el título de profesor de esta disciplina) y continuaba con la instrucción propia de todos los soldados de España; más intensa, si cabe, cuando incorporada una nueva “quinta”, ejercía con verdadera vocación como insustituible instructor de reclutas.

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Concha M. y la inteligencia emocional

Permalink 01.05.08 @ 07:23:28. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Concha M. con Antonio y Fran. Apunte con acuarela en las Hoces del Duratón en 1996. Acuarela de José Mª Arévalo. 60 x 40)

Me quedé, en el artículo anterior sobre Concha María, en la carta que habían escrito sus alumnas del curso del colegio Pinoalbar que tuvo que dejar cuando le dieron la invalidez – "ya soy totalmente incapaz", decía ella, en broma-. Rogué a mis hijos les pidieran, por favor, que no la leyeran al final de la Misa, como querían, porque me iban a romper el corazón, y justo tenía que estar fuerte para recibir condolencias a la salida del funeral. Por cierto que me han comentado muchos amigos que fue impresionante el silencio que se hizo cuando la familia salió por el pasillo central de la iglesia de Santiago, al acabar el funeral. Trataba yo de evitar pésames dentro de la iglesia, por respeto al Señor sacramentado, como había comentado cien veces Concha, en el último año ya descaradamente, incluso siseando al personal que no lo respeta –con gran vergüenza mía-, así que me dirigí a la puerta rápido, seguido de mis hijos, sin darme cuenta –obnubilado, como es normalmente el caso- de que estaba todo el mundo, que abarrotaba el templo, en pié y en absoluto silencio. Seguro que al Señor le gustó, y a ella también, claro. De estos detalles hay cientos, como la presencia de compañeros acuarelistas – y sin embargo amigos, como suele decirse- cuando esperábamos la llegada del cuerpo al tanatorio, que duró hasta la una de la madrugada por razones que ya contaré, cuando lo previsto era llegara a las once de la noche. A esa hora, en que aparecimos la familia, había a la entrada unos quince jóvenes esperando ya, que pensé serían de otro óbito, y resulta que eran los compañeros de trabajo de mi hijo Paco, que también aguantaron con él hasta el final. Aprovecho para agradecer a mis compas de la Asociación de acuarelistas, que acudieron al tanatorio y al funeral y pusieron una corona enorme y cariñosa, y a los de mis hijos todos, por ejemplo también a los de Deloite, que ha dejado hace un mes mi hijo José para irse a trabajar en control de gestión a la administración de la Universidad de Navarra. Vino el Gerente de la Universidad en nombre del Rector, como también vino la máxima responsable de los colegios de Fomento de Centros de Enseñanza, al que pertenece Pinoalbar. Y tantas otras personas que no acabaría de relacionar nunca.

Pero vamos con la carta que prepararon sus alumnas. Sé lo que cuesta escribir, en propia carne, a pesar de la facilidad que me dieron mis años de periodista, que aprovecho ahora en este blog, pero con bastante “sudor y lágrimas”, que se dice. Pues las niñas debieron echar mucho tiempo en redactar esto; que Dios y Concha M. se lo paguen, y yo quisera también pero no tengo con qué, solo con publicar su trabajo. Como no es muy larga, la transcribo entera, aunque no me resisto a introducir comentarios a algunos párrafos. Tenían escrito para leer:

“Todavía no hemos reaccionado, porque para nosotras no te has ido. Aún sigue tu voz en nuestras aulas, tus palmas, tu sonrisa, tus coplas, tus triunfales entradas, y ¿qué duda cabe de que has entrado así en el cielo?.”

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Tengamos memoria: Esa democracia, no.

Permalink 29.04.08 @ 15:56:44. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Empalizada en el campo de Boecillo. Acuarela de José Mª Arévalo. 34 x 46)

Conste que no me ha gustado revivir, aunque sea intelectualmente, esto que se está llamando “memoria histórica”. Pero puestos a ello, hay cosas que claman, de esa historia y de la post-historia. Me explico. Aunque a cosas ocurridas en ella me refiero, no tengo por qué manifestar, de entrada, cuál sea o haya sido mi profesión. Orgulloso de ella, jamás renegaré de haberla vivido largos años. Pero si tras mi escrito la sospechan, bien. Y si no, todos contentos y ¡“santas pascuas”!

Un excelente amigo y compañero honrado donde les haya, sufrió lo indecible porque, adelantado a su tiempo, se le ocurrió defender la democracia cuando ésta no se llevaba…: cuando corrían los tiempos muy duros del final de la posguerra y comienzo de la transición. La pasada contienda fratricida se libró, tal vez inevitablemente, por causas diversas. Sin ser exhaustivo en enumerarlas, sí citaré algunas, desde mi discutible punto de vista las más importantes: la II República, democrática en principio, degeneró de forma tan radical, que también en mi opinión, se hizo insostenible: con influencia extrema, la doctrina marxista procedente del Este de Europa, prendió con fuerza entre las gentes del pueblo cuyas condiciones de vida, nadie lo pone en duda, dejaban mucho que desear.

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Una mujer fuerte

Permalink 27.04.08 @ 02:14:00. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Retrato, al pastel, de Concha María, con catorce años)

Como sigue siendo tan intensa, en todo lo que hago, la presencia moral de mi esposa Concha María, que por el artículo anterior saben ustedes falleció el jueves pasado, no puedo escribir sobre otro tema. Así que al menos voy a procurar que lo que cuente de estos días sea de interés más general que personal. Creo que lo fueron, sin duda, algunos puntos, que voy a reproducirles, de la homilía del funeral, y otros de la carta que iban a leer las alumnas de Concha María, y que pedí no lo hicieran para no romperme el corazón en público. Con ello ya estába completado el artículo, pero hay una anécdota que es más significativa aún, para mi gusto, de cómo murió y de por qué estamos celebrándolo con tanta paz y yo diría incluso gozo, alegría. Aunque alguien pueda escandalizarse, es lo cierto que el mismo día del funeral, tras la incineración –vamos a llevar sus restos a la tumba de sus padres en Sevilla-, después de cenar una empanada que nos había llevado una de sus amigas, que han estado en todo, tendré que contarlo otro día, tuvimos mis hijos y yo una tertulia hasta las tantas cantando las canciones que le gustaban a su madre, porque esta familia siempre ha sido como una coral, hasta con guitarras eléctricas; yo toco de oído la española y les inicié a ellos de pequeños , pero me han superado en mucho, y los padres hemos aprendido las canciones de estos años, no tan distintas de las de nuestra época, salvo cuando se ponía a hacer el gamberro en plan casi rock duro, para hacernos reír.

Voy a la anécdota. Tenemos un amigo de toda la vida, prestigioso médico, Pepe, que estaba muy en contacto con el oncólogo que la trataba –de los médicos y enfermeras también tengo que contar maravillas-, en fin, que nos ayudaba a entender lo que pasaba y más cosas, como se verá. Concha M – como yo la llamaba porque en sus cartas de novia así firmaba- estuvo ingresada en el hospital solo dos semanas, y el tercer día ya nos había dicho el oncólogo a los dos que el cáncer afectaba al hígado, lo que sabíamos era decisivo. Como Pepe venía a verla casi a diario, le dijo que quería hablar con él de este tema, sin que yo me enterara. La conversación me la contó Pepe después. Le explicó que ella había sometido al oncólogo a un tercer grado para que le dijera cuánto tiempo le quedaba de vida, y otros detalles que no son del caso, y le pedía a Pepe que, como no se veía solución, se asegurara de que no iban a prolongar innecesariamente los tratamientos. Pepe le habló de que no se preocupara de plazos, que viviera al día, y ella le contestó: “Así llevo mucho tiempo, y en las manos de Dios”. Entonces Pepe le dio un beso en la frente y le contó que le oyó decir a San Josemaría, que acababa de visitar a una enferma de la Obra en la Clínica Universitaría, en Pamplona, que él no era sensiblero, pero cuando le hizo la señal de la cruz en la frente había tenido la impresión de que tocaba a Cristo. Y añadió Pepe: lo mismo me acaba de pasar a mí. A lo que Concha M respondió: “Eres un imbécil”.

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Desde la otra orilla. El repliegue

Permalink 25.04.08 @ 15:31:29. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Calle de Tánger. Acuarela de Mariano Fortuny.1869. Museo:The Corcoran Gallery of Art, Washington. 38´2 x 50´8 cm. En www.artehistoria.jcyl)

Si el pasado del África 53 (el Regimiento de Drito) fue heroico, en la guerra con nuestros “tradicionales amigos”…, el presente (el que perteneció a este relato), fue por demás azaroso; que también es, a veces, heroicidad. De Xauen-A’karrat y a Laucién (Tetuán); de Laucién a Camposoto (Cádiz); de allí a Cerro Muriano (Córdoba) y de allí… Veamos qué pasó.

Pasadas las “apreturas” de Drito a causa del “pescaíto fresco” en “cá la señá Bernarda”, volvieron a Xauen para consolidar el repliegue y entrega del acuartelamiento a sus legítimos dueños “serifianos”. Fue tan costoso como emocionante:

Mandos y SOLDADITOS DE REEMPLAZO, que adrede pongo con mayúsculas porque se lo merecen, estaban con tal nudo en la garganta, que les era difícil articular palabra. Pero el EJÉRCITO (también así, a propósito), está para salvaguardar con honor la voluntad del pueblo soberano –mientras éste, digo, no cometa atrocidades, que casos se han dado…- y obedecer; y, por duro que fuese, que, “¡vive Dios!”, lo fue, obedeció. La compañía de Drito, reforzada por si acaso, fue la encargada de realizar tan penoso acto.

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Un abrazo

Permalink 25.04.08 @ 00:45:19. Archivado en Artículos

Por José María Arévalo

(Mi esposa, Concha María. Óleo de José Mª Arévalo, 1988. 64 x 54. Al fondo, vista de Sevilla desde la terracilla de su casa en Plaza de Cuba. La flor que prende en el pelo es la que llevó en nuestra boda).

Cuando se publicó, el pasado viernes, 18, el artículo “Tiempos de independencia”, de mi compañero Carlos Bustamante, que recogía mi petición de que encomendara a mi mujer, Concha María, que estaba muy grave, y les pedía a ustedes también lo hicieran, ella había fallecido ya, el día anterior, 17, a las siete de la tarde. Han pasado tantas cosas positivas que voy a necesitar varios artículos en este blog de Tres Foramontanos para contarlas, y también explicar lo muy agradecido que estoy al Señor por cómo se llevó a Concha María. Bien decía Carlos que Dios es Padre y sabe hacer las cosas como más nos conviene, aunque no sepamos por qué, y que en sus manos estamos. La verdad es que su fallecimiento fue tan bien, consciente del todo y aceptándolo, y dulcemente y sin dolor, que estos primeros días lo he llevado con mucho ánimo, por momentos “como una moto”, que dicen mis hijos, o “borracho, pero del Espíritu Santo” que me dijo un amigo -ya quisiera yo que fuera verdad-. Tanto que el sábado por la noche me puse a escribir este artículo, pero no llegué a comenzarlo porque no me funcionó el wifi, de lo que me alegré porque así estaré más moderado escribiéndo. Ahora ya empieza a costarme su ausencia; así que espero sigan echándome una mano. De momento tiramos para adelante, así que entre el comienzo del papeleo, el martes me fui a pintar al campo con los compañeros, y hoy tengo previsto hacer lo mismo. Bueno, empiezo a contarlo –no digo todo, pero sí lo más importante- reproduciendo el emilio que envié a familia, amigos y compañeros acuarelistas horas antes del fallecimiento, lo que me permite sea más fácil este primer artículo, y un desahogo.

Aquel, como casi todos los días de hospital, me había ido a casa a comer y dar una cabezadilla, lo que me dejaba como nuevo, gracias al turno que me hacía el numeroso grupo de amigas de Concha M., a las que estoy agradecidísimo porque para ellas era la peor hora y obligaba a desatender a sus familias -algo más contaré de esto-. No podía dormir así que abrí, por primera vez en las dos semanas que llevaba de hospital, el correo electrónico, y escribí y remití – que me perdonen los que omití en el envío, por falta de orden en mis relaciones de emilios, y los que lo recibieron por desvelar mensaje tan personal- lo siguiente:

“Como en dos semanas, desde que ingresaron a mi mujer, Concha María, no he podido abrir el correo, veo ochenta mensajes que no podré contestar de momento, así que os informo a todos de que ahora mismo está ya terminal, casi en coma, pues la metástasis se ha expandido por todas partes. No tiene dolor, aunque acaban de ponerle un poco de morfina porque tenía ya la respiración dificultosa.

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