Tras mi vidriera

¡Un respeto para el SECRETO DE CONFESIÓN!

03.09.18 | 13:24. Archivado en Acerca del autor

Me sorprendió mucho una "noticia" publicada en la Primera Página de El País, a tres columnas, con el siguiente titular: "La Iglesia mantiene el secreto de confesión para los abusos", remachado con este subtítulo: "Los obispos australianos dicen que se protege mejor a los niños con el sigilo y rechazan denunciar a los curas que confiesan ser pederastas" (1 Septiembre 2018). Así, todo mezclado, a río revuelto, ganancia de pescadores . Aquí no había noticia, sino un dardo envenenado.

¿QUÉ HAY DETRÁS DE ESTE ATAQUE?
La información resulta tremendamente confusa, intencionadamente mezcladora de planos de la realidad, porque mezcla ahora las 85 recomendaciones publicadas en agosto de 2017 por una Real Comisión Australiana para evitar los abusos de la pedofilia; la advertencia de uno de los seis Estados Australianos sobre la obligación de declarar sobre lo tratado en confesión; y la publicación de una Nota de la Conferencia Episcopal Australiana sobre la aceptación por el Papa de la renuncia de un Obispo culpado de ocultar la pedofilia. Se mezcla el triste hecho del abuso de menores, con la ocasional ocultación por algunos de estos hechos, con el tema clásico del secreto de confesión, queriendo con la mezcla de todo esto dar a entender que el secreto de confesión es la causa de la pedofilia y de la ocultación por algunos de los hechos pedófilos.

La intención torcida del periódico se vuelve más clara con la publicación al día siguiente (2 Septiembre 2018) de una indignante columna -¡Qué suerte tienen los delincuentes católicos!-, firmada por la redactora y subdirectora del periódico, Berta González Harbour, que arranca con estas frases: "Los católicos... han tenido históricamente la ventaja de poder pecar siempre que luego visiten al confesionario para pasar la bayeta. Allí el confesor les aguarda como un decidido Mister Proper dispuesto a trasladar el perdón divino que borra los pecadillos de su historial. No quedan antecedentes penales tras rezar tres avemarías". Después de este "respetuoso" comienzo, mezcla el supuesto "machismo prefeudal" de la iglesia y el "voto obligatorio del celibato" con el recuerdo que ahora han hecho los obispos australianos de la inviolabilidad del sigilo sacramental, presentándolo como culpable de los casos de pedofilia estudiados por la Real Comisión hace muchos meses. La intención está hasta manifiesta: "Hoy defienden el secreto dela confesión con la misma convicción con la que han practicado el encubrimiento y traslado de los sacerdotes involucrados en abusos". Reconoce que no es así la práctica actual más extendida, pero afirma por su cuenta que "debería" el derecho penal obligar a saltarse el sigilo sacramental exigido a los confesores por el derecho canónico.

DEFENSA DEL SECRETO DE CONFESIÓN
El sigilo sacramental, el secreto de confesión, merece un poco más de respeto, sin mezclarlo ni hacerlo responsable, de los lamentables casos de la pedofilía.

Por lo pronto, porque no es verdad que los causantes o encubridores de pedofilía acudan todos en fila al confesionario, como parecen indicar los comentarios anteriores. Probablemente, la mayoría de los confesores no se hayan visto nunca obligados a guardar el secreto en esta materia, porque no se les ha presentado nunca un caso al respecto. Mezclar el secreto de confesión con toda la turbiedad de la pedofilía supone la mala intención de enfangar en todo a la Iglesia.

Además, porque, si en algún caso el causante o encubridor de abusos sexuales acude al confesionario, es el confesor el que tendrá que exigir al penitente los comportamientos que estime oportunos, respecto incluso a la denuncia del caso donde proceda. El confesor puede llegar hasta negar la absolución si nose atienden sus exigencias, pero nunca puede usar fuera del confesionario lo que allí ha oído.

Hay que saber, también, que la tutela de la inviolabilidad del sigilo sacramental -"está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo" (Código de Derecho Canónico, 983), ha ido "gradualmente intensificándose" por el Derecho Civil "en la legislaciones de todo el mundo". Esta frase del doctor en Derecho Canónico Rafael Navarro Vals, ex portavoz muchos años de la Santa Sede en Roma, en un artículo publicado en El Mundo (28 Agosto 1999) y que ahora he recuperado en internet. Resume que, en Francia, "se extiende al secreto de confesión la protección que suele otorgarse al secreto profesional (abogados, médicos, notarios, etc)"; en el mundo sajón, la protección del secreto de confesión proviene de "la tutela de la libertad religiosa a través de la objeción de conciencia"; en Italia, el secreto de confesión "es conceptuado como como objeto expreso objeto de tutela civil".

MÁS RESPETO
Es lástima que al secreto de confesión se le haya de alguna manera presentado como causa de la pedofilia. Este secreto debe considerarse como algo sagrado. Lo que se oye en confesión es como si no se hubiese oído, pasa al instante al terreno del olvido. Se dice incluso que cuando un confesor ha negado la absolución por cualquier motivo a un penitente, si éste se acerca luego a comulgar y el confesor está presidiendo la Eucaristía, debe admitirle a la comunión como si nada supiese porque la conversación en el confesionario ya ha entrado en el terreno del olvido.

El carácter sagrado del secreto confesional se apoya, incluso, con el recuerdo histórico del cazo de San Juan Nepomuceno, confesor de la Reina, que murió como mártir al no querer declarar cuando le preguntaron si la Reina había o no traicionado al Rey. La defensa del secreto de confesión es algo superior a la defensa de la propia vida.

SEPARACIÓN NECESARIA
El Papa Francisco le está dando a los abusos sexuales el trato que justamente merecen. En la "carta a los fieles católicos del todo el mundo", que escribió inmediatamente antes de su reciente viaje a Irlanda, trata abundantemente sobre el sufrimiento y las obligaciones de la Iglesia en este tema. En esta carta afirma que "con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños". La sinceridad de las varias páginas de la carta de Francisco resulta estremecedora.

Pero no hay derecho que, por implicar aún más a la Iglesia en todo este turbio asunto, se cruce el tema con el del sigilo sacramental. El que los obispos australianos hayan ahora reconocido de nuevo la inviolabilidad del secreto de la confesión no da derecho alguno a acusar a esta obligación sagrada de ser la causa de los males que se han producido por otros muy diversos motivos. La intencionalidad malévola no debe confundir y mezclar unas cosas que no tienen entre sí conexión alguna. ¡Más respeto por el secreto de confesión!.


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