Tras mi vidriera

Javier CERCÁS: Justificación -¿excesiva?- para hablar de la guerra civil

13.05.17 | 10:55. Archivado en Acerca del autor, Sociedad

Javier Cercás es un gran escritor un buen novelista, con cuya lectura disfruto bastante. Merece la pena la reflexión y el diálogo sobre su última novela.

En su última novela -El monarca de las sombras-, su adscripción al verismo (El País, 2 Mayo 2017,p 25) es tal que, a pesar de su afirmación inicial de que "si al final me decidiese a contarla (la historia de su antepasado Manuel Mena)no me ceñiría a la verdad de los hechos"(p 44), parece dejar sin embargo muy poco margen a la imaginación, por presentarlo todo como realmente ocurrido. "Su biografía es mi biografía", dice del personaje al final del libro(280). Con tal verismo y trasparencia, ejerce tanta atracción la verdad de la historia como el arte al narrarla.

En esta novela, con todo, lo que más me ha llamado la atención es el exceso de justificación que el autor se siente obligado a aportar por hablar de nuevo de la guerra civil (antes ya había tocado el tema, en Soldados de Salamina), desde la realidad concreta de un personaje de la derecha, muerto en la Batalla del Ebro luchando en el ejército franquista.

JUSTIFICACIÓN POR ENTRAR EN EL TEMA
Javier Cercás siente como vergüenza por su adscripción familiar a la derecha: "¿Tu te sientes culpable por haber tenido un tío facha?", y él responde, en su diálogo con David Trueba: "Un tío no, la familia al completo". Y la justificación, en boca de su interlocutor: "No te jode: más o menos como la mitad de este país... Quien no hizo la guerra con Franco lo aguantó durante cuarenta años. Digan lo que digan, aquí, salvo cuatro o cinco tipos con agallas, durante la mayor parte del franquismo casi todo el mundo fue franquista, por acción o por omisión. Qué remedio"(50).

La justificación la hace por lengua ajena, por medio de un personaje de acreditado izquierdismo, David Trueba, con "mucha más experiencia que yo, que había viajado mucho más que yo y que conocía a mucha más gente que yo"(39). En todo el desenfadado diálogo con este personaje -¿real o ficticio?-, la justificación es muy explícita: Si escribes esta novela, "¡te van a dar hostias hasta en carnet de identidad, chaval! Escribas lo que escribas, unos te acusarán de idealizar a los republicanos por no denuncia sus crímenes, y otros te acusarán de revisionismo o de maquillar el franquismo por presentar a los franquistas como personas normales y corrientes y no como monstruos... Unos se ponen de los nervios cada vez que sacas el asunto, porque siguen pensando que el golpe de Franco fue necesario o por lo menos inevitable, aunque no se atrevan a decirlo; y otros han decidido que le hace el juego a la derecha quien no dice que todos los republicanos eran demócratas, incluido Durruti y La Pasionaria, y que aquí no se mató un puto cura ni se quemó una puta iglesia".

El real o novelado David Trueba le recomienda escribir sin más la novela: "Ahora te toca afrontar la realidad, ¿no? Así podrás cerrar el círculo. Y asó podrás dejar de escribir de una puta vez sobre la guerra y el franquismo y todos esos coñazos que te torturan tanto". El real o simulado Trueba le conmina a no dejar de escribir el libro, porque "estás menos preocupado por tu novela que por lo que van a decir de tu novela"(45). Distinguiendo entre sentirse "culpable" por la guerra o "responsable" sobre todo lo ocurrido en ella(50), le hace ver su conexión casi inevitable con la historia: "Al fin y al cabo, no eres tú el que ha elegido ese tema; es el tema el que te ha elegido a ti"(47). La excusa para escribir el libro queda redonda.

JUSTIFICACIÓN DEL PERSONAJE
El personaje de Manuel Mena, hermano de su abuelo, el protagonista de la historia, está justificado también muy detenidamente. Afirma de él que fue "un falangista mucho más falangista que franquista, suponiendo que realmente fuera franquista"(75), extendiéndose en abundantes consideraciones sobre las diferencias entre el idealismo utópico de la falange y el prosaísmo rastrero del franquismo.

Sitúa además al personaje en una serie de circunstancias que rebajan de algún modo el hecho de haber muerto en el Ebro como miembro de las tropas de Franco. Durante su primera juventud, en su población natal de Ibahernando -muy cercana a la ciudad extremeña de Trujillo-, tuvo como referente a un médico del todo singular, don Eladio, "un hombre alto, fino, moreno y con gafas, dotado de una sencillez de sabio y una apostura de galán ... un hombre culto, laico y cosmopolita, de talante e ideas liberales; no bebía, no le interesaba el campo ni la caza ni la vida de sociedad, tampoco los entresijos y tejemanejes de la política local"(62-63). Este auténtico contrapunto a todas las estrecheces de la vida prosaica del pueblo terminó ejerciendo también como maestro del pueblo y, con la enseñanza y las prolongadas conversaciones y las abundantes lecturas recomendadas, ejerció una influencia determinante sobre Manuel Mena.

Narra la novela muy prolijamente cómo y porqué se inscribe como voluntario en las tropas de Franco, tras su formación como alférez provisional en lo que fue jesuítica Facultad de Teología de Granada, y se detiene exhaustivamente en el detalle de todas las batallas en las que intervino, hasta morir en una de las escaramuzas de la Batalla del Ebro. No entro en todas estas vicisitudes, que me han resultado además la parte más pesada del libro.

Durante toda la narración y al final, destaca a Manuel Mena como un perdedor, esto constituye la justificación más radical del personaje realizada por Javier Cercás: "la historia de Manuel Mena era la historia de un vencedor aparente y un perdedor real; Manuel Mena había perdido la guerra tres veces: la primera, porque lo había perdido todo en la guerra, incluida la vida; la segunda, porque lo había perdido todo por una causa que no era la suya sino la de otros, porque en la guerra no había defendido sus propios intereses sino los intereses de otros; la tercera, porque lo había perdido todo por una mala causa, ... una causa odiosa, irredimible y muerta"(270-271).

JUSTIFICACIÓN DEL AUTOR
No entro en el interesante apartado de la valoración de la propia guerra, sobre la que tengo también tomadas muchas notas. Hay muchas afirmaciones tajantes sobre el error y la injustica que hubo en la sublevación de Franco, pero hay también abundantes referencias a la "catástrofe natural"(120), el "conflicto y revoltijo"(62), "todo preparado para que el país volase en mil pedazos"(74), tras el inicio esperanzado de sus comienzos "una crisis que dos años y medio más tarde desembocaría en una guerra, o más bien en un golpe militar cuyo fracaso desembocó en una guerra que terminó llevándose a la II República por delante"(66).

Sobre su propia persona, afirma Javier Cercás con mucho realismo, haciendo una valoración global de su personaje, de la guerra y de toda la situación: "yo no era mejor que Manuel Mena: era verdad que él había peleado con las armas en la mano por una causa injusta, una causa que había provocado una guerra y una dictadora, muerte y destrucción, pero también era verdad que Manuel Mena había sido capaza de arriesgar su vida pro valores que, al menos en determinado momento, estaban para él por encima de la vida, aunque no lo estuvieran o aunque para nostros no lo estuvieran; en otras palabras: no cabía duda de que Manuel Mena se había equivocado políticamente, pero tampoco de que yo no tenía ningún derecho a considerarme moralmente superior a él"(270).

Se pueden considerar tal vez excesivas, pero las justificaciones realizadas por Javier Cercás en todo el libro resultan sinceras y dignas de ser tenidas en cuenta.

Nota breve sobre la Iglesia
La intervención de la Iglesia católica en todo el desarrollo de la guerra civil no está realizada ni con mucho detenimiento ni con excesiva acritud. Ya he reproducido un texto en el que indirectamente se reconoce que se quemaron iglesias y se mataron curas(38). Se da por hecho que la Iglesia se alió con la oligarquía para acosar a la República, pero se reconoce también que, cuando la República se radicalizó en el "el enfrentamiento violento y el motín sin esperanza", "la clase media que, aunque compartía muchos más intereses reales con los humillados y ofendidos que con la oligarquía y la Iglesia católica, compartía también con la Iglesia y la oligarquía su amor supersticioso por el orden y las tradiciones y su miedo cerval a la revolución"(68). No se presenta, pues, a la Iglesia en solitario y como único testaferro contra la República, sino que se resalta igualmente la participación de otras fuerzas sociales. Cuando estalló fuerte el desorden, se "creó el clima ideal para que los poderosos antirrepublicanos de siempre se lanzaran al golpe de Estado con el apoyo de una clase tradicional espantada por el caos y la violencia y hábilmente conducida por la oligarquía y la Iglesia católica a la falsedad flagrante de que sus intereses eran irreconciliables con los del proletariado ya la certidumbre ilusoria de que solo era posible con el desbarajuste terminando con la República"(69). No se disimula la participación que la Iglesia tuvo en el triste desencadenamiento del aguerra civil, pero no se resaltan en exceso los colores de la oposición ejercida por la Iglesia ni se insiste en demasía sobre este aspecto tan doloroso y tan complejo de nuestra historia, sobre el que ya la propia la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes de la Iglesia española, en el postconcilio en 1971, intentó pedir perdón al resto de la sociedad española.


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