Ojos en vinagre
05.04.08 @ 13:01:04. Archivado en textos creativos
Me acosté pero no fui capaz de dormir; tenía los ojos en vinagre puro por culpa del relato.
Ya me habían advertido de que la única forma de lograr un texto polianguloso con aspecto de santo era trabajar y trabajar hasta la victoria, así que me dediqué a ir de puerta en puerta con el deseo de que alguien me emplease.
En la primera casa estaba un señor en zapatillas, palillo entre los dientes y manos ociosas que golpearon con desdén la puerta en mis narices. Más tarde, por indicación de un esotérico vecino, acudí al ritual de una aprendiz de bruja, erudita en mezclas de sapos y bálsamos de ortigas con los que hilvanar largas frases subordinadas y sediciosas combinaciones de puntos y seguido. Pero el único punto que logré fue el dolor agudo de estómago tras un trago del pestilente brebaje. Me marché aullando como un perro que husmea en la basura alguna frase incompleta que me adoptase, pero el camino estaba demasiado roto, la simple oquedad deambulaba en mi cabeza.
De algún modo debía sentarme a trabajar, olisquear el papel como dinamita, escupir llamas de farolillos rojos en los trazos incompletos de las letras, encenderme, acercarme al ojo del mundo para que su reflejo alcanzase a la palabra. Mi cabeza me azotaba en penitencia “El trabajo es la base de todas las cosas. El trabajo y la técnica del aprendizaje. Pierdes el tiempo. Nunca lograrás escribir nada”. El apesadumbrado estómago provocaba agnosticismo, aniquilaba las huestes de la esperanza que en algún instante habían creado el holograma de un desfile triunfal con un rosario de palabras para Mariano y los chicos del Taller; el muy truhán, en la resaca de la pócima, me había robado la madeja de hilo con la que tejer trocitos de fonemas y como no lo podía consentir, me monté a espaldas de la cólera como quien se desliza en un patinete, cuesta abajo, que siembra pespuntes de puños en zig-zag y busca, frenético, el carrete conductor de las historias. Por suerte, mis hábiles ojos se apartaron, en un abrir y cerrar, de las extremidades, permaneciendo en el ambiente el deshielo de una cabriola herida.
A mi buche le dediqué una manzanilla amarga y un cruel interrogatorio: “La única madeja que conozco son tus tripas y jamás podrás escribir con el hilo de tu colon”, me respondió, “te falta imaginación, tiempo, personajes y argumento”. El brebaje le había sentado de un mal que daba miedo. ¿Cómo se atrevía a insignificarme? Por eso desandé el camino y volví a la senda de los sapos con azufres en las ventanas y al tacto de las sombras. Llegué a la guarida de los cuentos pero la aprendiz de bruja no estaba; en su lugar, una nota al pie advertía: “He ido al súper a por vinagre”. Me alegré de la libertad en los rincones mientras buscaba con urgencia la pócima de la escritura creativa. Su libro mágico yacía desparramado en el poyo de la cocina junto con varios tarros herméticos que presentaban un aspecto de improvisado abandono; en su interior: extractos deshidratados de menús de los que recogí renglones caídos; espacios en coma; devastaciones de dos puntos e infinitivos; mis dedos se encallaban en las contracciones como campos minados con ingredientes de diversos estilos narrativos. Entonces entró, vi el filo de navaja en su mirada. “¡Devuélveme las tramas, impostora!” Rodamos entre túmulos de pelos y horquillas. ¡Justo a tiempo de finalizar la historia! Todo cortaba, incluso el olvido.
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Beatriz Dacosta
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