La misma superficie de la tierra y su historia es contemplada totalmente diferente por el sionismo y por el islamismo.
Los judíos llamaron e España y Portugal como Sefarad, los árabes-musulmanes la llamaron Al-Andalus.
Los judíos estuvieron en la península ibérica desde hace unos 30 siglos, ya en tiempos del sabio rey Salomón. Eran mercaderes y navegantes que comerciaban importando y exportando productos de la rica “piel de toro” Iberia –tierra de hebreos- a Israel.
La época del rey Salomón famoso por sus juicios e inteligencia, que construyó el Templo de Jerusalem y escribió los libros de Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares –de la Biblia- , fue esplendorosa en intercambios económicos y culturales, Israel era la encrucijada de tres continentes y con acceso marítimo al Mediterráneo.
Los comerciantes helenos estuvieron en contacto con los hebreos y aprendieron la escritura hebrea-aramea. Del hebreo-arameo surgieron los caracteres griegos y de estos los latinos-romanos, con los cuales está escrito este artículo.
Los judíos se dedicaron al trabajo, comercio, artesanía, medicina, matemáticas, astronomía, y construcción –ya en el antiguo Egipto destacaron como médicos y astrónomos-. Dieron importancia al estudio y al conocimiento .La Toráh -Biblia hebrea- ensalza el conocimiento, considera al hombre creado a imagen y semejanza de Dios, pues puede crear y hablar y pensar. El primer verbo y acción divina, que podemos leer en la Toráh, es crear. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
El pueblo judío se ha destacado por crear, por crear en Ciencia, en Tecnología, en Arte, Literatura, en los diversos campos del pensamiento.
No en vano los hombres más singulares, novedosos, impactantes e innovadores en la historia de la humanidad han sido judíos, como Moshé -Moisés-, Jesús, San Pablo-Shaul de Tarso- , Marx, Freud, Einstein.
Esta capacidad creativa, que se ha plasmado en tener el mayor porcentaje y con diferencia, de premios nobeles, de científicos, pensadores, escritores, etc. ha generado envidia, a veces sana y muchas otras veces insana, llegando a ser mortal como la de los nazis o la de los islamistas actualmente.
Los judíos se dedicaron al comercio y por eso conocieron muchos países, nunca jamás se dedicaron a la conquista militar de España u otros lugares de la tierra.
El pueblo judío como pueblo sólo ha tomado las armas para defender Israel de los extranjeros ocupantes, antaño babilonios, asirios, romanos, helenos, árabes).
El pueblo judío no ha tenido nunca mentalidad conquistadora, típica de los pueblos árabes y europeos, entre otros. Nunca se expandió militarmente, no sólo por cuestiones de reducida demografía, (pero si con una gran importancia y relevancia social, económica, cultural, científica e ideológica muchísimo mayor a su proporción poblacional en las naciones donde residía), sino también porque en el ideario ético-religioso cultural hebreo el pueblo judío tenía y tiene la conciencia que Israel era y es de su heredad, por ende las otras tierras no podían ser conquistadas.
Otros pueblos, con menor población que la hebrea de su tiempo, fueron antaño expansionistas, algunas de ellas prosperaron y se expandieron militarmente y otras fracasaron.
Esto ha sido siempre así y no sólo en la cuestión territorial, sino también en la ideológica-religiosa, el pueblo judío no ha hecho nunca proselitismo, a diferencia de las religiones monoteístas que surgieron posteriormente y se auto consideran herederas del judaísmo, como son el cristianismo y el Islam.
En los siglos XIV y XV España era la nación más potente de Europa. La nueva clase social emergente y potente de los artesanos, mercaderes, comerciantes, financieros e intelectuales era pujante, eran casi exclusivamente judíos, era la gente emprendedora, liberal, culta, intelectual y tolerante de la época, que empujaba en poderío en una España que acaba de unificarse con el matrimonio de los Reyes Isabel y Fernando.
La aristocracia terrateniente y militar finalizó su reconquista de tierras de los musulmanes españoles, ya no se podía expandir más por tierras peninsulares.
La Iglesia desde sus inicios quería convertir a todos los judíos al catolicismo, necesitaba la legitimización del pueblo judío, y como el cristianismo había declarado que el nuevo pacto de Dios ya no era con Israel, sino con el pueblo cristiano, necesitaba la “muerte” del pueblo judío, para considerarse así mismo como el heredero legítimo de Israel. Mientras la propia existencia de Israel cuestionaba la legitimización teológica-bíblica del cristianismo.
La idea cristiana de que el “sacrificio expiatorio” de Jesús abrogaba la ley mosaica y la hacia vacua y vana. Por ende sus seguidores tenían que desparecer, bien físicamente o bien espiritualmente. La Iglesia entraba en una contradicción, por un lado consideraba que el rabino judío Jesús era la culminación de las profecías hebreas en las cuales el depositario era el pueblo judío, pero al rechazar el judaísmo la legitimidad profética en el cristianismo, este se proclamaba nuevo heredero del pacto, era el “nuevo Israel”.
Para heredar es necesaria la muerte del progenitor. El judío era reprobado y eliminado
La persistencia del judaísmo contradecía a los cristianos que creían en la culminación del judaísmo y su substitución por el “nuevo pacto” con el pueblo cristiano. La “veracidad” del cristianismo, como única verdad y único camino de salvación, devenía excluyente de la fe mosaica e implicaba la desaparición del judaísmo.
El cristianismo quería tener el rol protagónico que es dado a Israel en la Biblia. De ahí tanta obsesión por obligar a los judíos la conversión cristiana y su desconfianza con los conversos, los anussim –forzados a convertirse al cristianismo- pues la Iglesia sabía que se convertían por miedo a la pena capital.
Los reductos de “marranos”, “chuetas”, los “anussim” -judíos forzados a convertirse al cristianismo- se mantuvieron en Portugal y en las islas baleares, mayormente en Mallorca.
Los cristianos viejos desconfiaron siempre de los “cristianos nuevos”.
La Inquisición se cebó en ellos, ¡asesinando a tantos de ellos!
El viejo régimen identifico modernidad con judaísmo. Los sectores reaccionarios que querían continuar manteniendo en sus manos las riendas de la economía eran la aristocracia y la Iglesia, la primera porque quedaba endeudada por sus dispendios faraónicos e improductivos y porque ya no podía crecer más debido a que se acabó la reconquista, no podía incorporar más territorios.
La Iglesia por motivos religiosos, ya mencionados anteriormente – y por motivos económicos, pues la Iglesia recibía el diezmo de la población cristiana y los judíos sólo pagaban sus impuestos al Rey. Los judíos pagaban impuestos, que eran elevados, pero no sufragaban a la Iglesia Católica, pues eran súbditos del Rey, no del Papa.
Los campesinos eran católicos, pues a los judíos les estaba prohibido comprar tierras cristianas, los cristianos pagaban sus impuestos, que eran menores, a los nobles y el diezmo a la Iglesia, y aunque la tasa impositiva que agravaban a los judíos era más alta que la de los católicos, los clérigos de la Iglesia sostenían en los pulpitos que los judíos no pagaban y se enriquecían a costa de los campesinos.
La Inquisición confiscaba todos los bienes a quien procesaba y condenaba. La Iglesia consiguió fortunas con este sistema inquisitorial y procesal.
((Esto está muy bien descrito sobre un hecho real en la novela “la gesta del marrano”, de Marcos Aguinis. Grupo Editorial Planeta. ISBN 950-49-1079-3))
Muchos judíos se convirtieron al cristianismo pues muchas veces fue la única manera de escapar de la muerte.
Conversos famosos y descendientes de ellos fueron Teresa de Jesús, Fernando de Rojas, autor de la “Celestina”, Miguel de Cervantes y Saavedra –el autor de “El Quijote”- , Fray Luis de León, Juan Luís Vives , el inquisidor Torquemada y Alonso Manrique, también inquisidor general y continuando con Diego de Deza, Luis Velez de Guevara y el Padre Bartolomé de las Casas, Juan Mena, autor de las "Coplas de Ningo Revulgo", Melchor Cano, Hernando del Pulgar, Mateo Alemán, el autor de "Guzman de Alfarache" y probablemente de "El Lazarillo de Tormes", Francisco Villalobos, Antonio Pérez, el científico Andrés Laguna, el humanista Juan de Avila, Baltasar Gracian, Diego Lainez, uno de los fundadores de la Compañía de Jesus, los inspirados poetas Luis de Góngora, y seguramente Cristóbal Colon, el descubridor. El acceso de conversos a altas esferas del sacerdocio entre otros, trajo al cristianismo la preocupación por la "limpieza de sangre" o pureza de linaje desembocando en la activación de la Inquisición y con este paso fué el principio del fin, afectando a la generación hebrea, incluso conversos.
En 1391 de EC Barcelona tenía 6.000 judíos de una población de 25.000 barcelonenses en total, eran el 25 % de la población, gran parte de ellos fueron asesinados en los tumultos contra el Call –comunidad judía catalana. Ese año 1391 también fue nefasto, por el mismo motivo, principalmente en Sevilla, Valencia, Lleida y Mallorca
Existía otro motivo, los clérigos cristianos querían demostrar a sus feligreses que el hecho de no seguir las doctrinas de la Iglesia Católica acarreaba desgracias y ellos mismo se encargaban de que los judíos las tuviesen, era el sistema “pedagógico” que cualquier potencial disidente y heterodoxo podía entender. Más tarde los disidentes y heterodoxos dentro del cristianismo fundaron la Reforma.
Los defensores de los privilegios del viejo orden –la aristocracia y la Iglesia- habían identificado a los judíos como la clase nueva emergente. Se sentían cuestionados el poder económico, político y religioso e ideológico. Se organizaron de tal manera que sometieron a toda la población al arbitrio de la Inquisición, buscando a los “cripto judíos” y conspirando ante el rey para que expulsase o persiguiese a los judíos.
Al fin, en 1492 los sectores reaccionarios, la Iglesia y aristocracia, lo consiguieron, los judíos fueron expulsados, con la consecuente decadencia de España, según la mayoría de los historiadores españoles y extranjeros. España entró en decadencia. No tuvo la Reforma y devino la vanguardia de la Contra-Reforma.
A pesar de todos los avatares, los judíos siempre tuvieron un gran recuerdo de Sefarad, de la España que siempre amaron. Conservaron la lengua, transmitiéndola de generación, aún viviendo en otras áreas lingüísticas, y muchas familias consevan las llaves de las casas que tuiveron que abandonar hace más de 500 años.
El mundo judío se divide en sefardí, askenasí y mizrahí, por proceder de España y Portugal, de Centro Europa y de Oriente, respectivamente.
Los mizrahim, procedentes de Oriente se engloban en los sefaradim.
Los sefardíes –sefaradim- aún conservan el idioma de Castilla, el remanente que hay en Turquía habla el ladino, también conocido como judeoespañol o como español sefardí, con dos dialectos, el judeoespañol oriental y el judeoespañol occidental o jaquetía
La mayor parte de la literatura sefardí se escribió en caracteres hebreos y este hecho ha significado que la mayoría de los hispanista españoles hayan prescindido de su estudio a pesar de la riqueza
La mayoría de los hispanistas sólo conoce la literatura oral sefardí, pero no sabe que hay una importante literatura sefardí escrita.
Las obras clásicas de la literatura sefardí pertenecen a géneros comunes con la literatura hebrea: comentarios a la Biblia, libros de oración, libros de moral, etc. Pero también hay obras poéticas, como son las coplas, y desde el segundo tercio del siglo XIX se escribieron géneros «occidentales»: teatro, narrativa y poesía de autor.
Los interesados en bibliografía sobre literatura sefardí pueden clicar aquí.
y si desea escuchar música sefardí puede clicar aquí y también aquí.
En Israel y en todos los países con implantación judía hay grupos musicales que cantan canciones ladinas. El recuerdo de Separad se mantiene en el arte culinario, la música, en el ritual religioso y en tantas otras cosas de la vida.
El judaísmo es una religión para la vida. Cuando se celebra cualquier cosa o en honor a alguien se dice” L´Jaim “ que significa : “por la vida”.
Hay españoles que saben, especialmente los anussim, los chuetas y chuetones de las baleares, mayormente de Mallorca, y los “anussim” y “marranos” de Portugal de su ascendencia judía.
El recuerdo que tiene el pueblo de Israel sobre Sefarad es el recuerdo de una etapa de la vida judía, con sus más y sus menos, con sus alegrías y tristezas. No hay ningún deseo de venganza ni voluntad de volver a tiempos pretéritos. El pueblo judío sabe que muchos españoles tienen sangre judía. Pero muchos españoles, y muchos de ellos antisemitas, no saben que tiene antepasados judíos.
La Iglesia Católica ha pedido perdón desde Juan XXIII sobre el antisemitismo que predicó casi durante dos milenios. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han pedido perdón por el antisemitismo
“Reconocemos ahora que muchos, muchos siglos de ceguera han tapado nuestros ojos de manera que ya no vemos la hermosura de Tu pueblo elegido, ni reconocemos en su rostro los rasgos de nuestro hermano mayor. Reconocemos que llevamos sobre nuestra frente la marca de Caín. Durante siglos Abel ha estado abatido en sangre y lágrimas porque nosotros habíamos olvidado Tu amor. Perdónanos la maldición que injustamente pronunciamos contra el nombre de los judíos. Perdónanos que, en su carne, te crucificásemos por segunda vez. Pues no sabíamos lo que hacíamos…”
El Papa Juan XXIII en su Oración de arrepentimiento redactado poco antes de su muerte, el 3 de junio de 1963.
España e Israel establecieron relaciones diplomáticas desde 17 de enero de 1986.
El 17 de enero de 1986, el día en que Israel y España establecen relaciones diplomáticas, el premio Nobel de literatura Camilo José Cela, en carta dirigida a Samuel Hadas, primer embajador de Israel en España, tal como éste último comentaba en La Vanguardia del 27 de enero de 2006, escribía que “… los españoles acabamos de poner fin no a una situación nacida hace treinta o cuarenta años, sino al mal paso que dimos hace cinco siglos”.
Tal como comentaba Samuel Hadas, primer embajador de Israel en España (La Vanguardia, 27.01.06)
" El 17 de enero de 1986, el día en que Israel y España establecen relaciones diplomáticas, Camilo José Cela, en carta dirigida al autor de estas líneas, escribe que “… los españoles acabamos de poner fin no a una situación nacida hace treinta o cuarenta años, sino al mal paso que dimos hace cinco siglos”. Indudablemente ese día no solamente se concretó un movimiento más en el complejo ajedrez diplomático internacional. La ceremonia que selló en La Haya un trascendente capítulo de las diplomacias de Israel y España fue un acto de significación histórica que los firmantes no olvidaron destacar en la declaración conjunta en la que se anuncia esta decisión “de conformidad con el principio de universalidad de relaciones entre estados y teniendo en cuenta los antiguos y profundos vínculos que unen al pueblo español y al pueblo judío”. El establecimiento de relaciones plenas entre ambos países tuvo un significado que desborda la diplomacia clásica. Ha sido la culminación de un proceso prolongado, de casi cuatro décadas, del que fueron componentes no solamente las dimensiones clásicas de la diplomacia, la política, la económica y la cultural: en su trasfondo una cuarta dimensión, histórica, de profundos sentimientos colectivos, imposible de soslayar. Ya en el siglo XIX el historiador español José Amador de los Ríos escribió que “difícil será abrir la historia de la península Ibérica, ya civil, ya política, ya religiosa, ora científica, ora literariamente considerada, sin tropezar en cada página con algún hecho o nombre memorable, relativo a la nación hebrea”. Otro ilustre español, Américo de Castro, a su vez, diría en su libro España en su historia. Cristianos, moros y judíos que “la historia del resto de Europa puede entenderse sin situar a los judíos en primer término; la de España, no”. Pero hasta que españoles e israelíes pudieron reconducir equívocos, lejanos y cercanos, tuvieron que transcurrir 38 años, en los que dos pueblos con un gran pasado común se dieron las espaldas y vivieron un largo desencuentro. En el proceso que pone fin al desencuentro diplomático entre españoles e israelíes se destacaron los aspectos políticos y económicos, pero también su dimensión de contenido histórico, en el trasfondo del reencuentro hispano-judío. Cuando nace el Estado de Israel, su gobierno considera a la España de Franco como un aliado del Eje y la respuesta israelí al ofrecimiento español de establecer relaciones diplomáticas es un “por ahora no”. Esta actitud de orden moral cambia en la década de los cincuenta, cuando es Israel quién persigue las relaciones diplomáticas, pero el régimen de Franco había entrado en el periodo de la “tradicional amistad con el mundo árabe”. La presión de los países árabes y la necesidad de la diplomacia española de contar con el apoyo de estos países serán durante largos años los condicionantes de la actitud española frente a Israel. Fue un periodo de ofrecimientos recíprocos asimétricos y de presiones internas y externas sobre los protagonistas. El establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel pareció inminente al inicio de la transición a la democracia, pero eso no sucede. Areilza, el primer ministro de Asuntos Exteriores de la monarquía, declararía después, que “el lobby de los intereses petrolíferos en Oriente Próximo, amparado por un mítico proarabismo, la inercia, el miedo y los prejuicios frustraron aquel intento”. En los años setenta se produce un leve cambio de clima. El Gobierno español propone a Israel una presencia oficiosa, opción que es rechazada. Con la renuncia de Suárez se produce un giro prooccidental en la política exterior española. España se incorpora a la OTAN y se aceleran las negociaciones con la Comunidad Europea. Calvo Sotelo consideraba una anomalía la inexistencia de relaciones con Israel y en abril de 1982 decide apresurar el establecimiento de relaciones diplomáticas. El adelanto de las elecciones en España frustra la operación. “Nos quedamos sin aliento”, como me confesaría más adelante un ex ministro español. Con la llegada al poder del PSOE, que había manifestado reiteradamente su apoyo al establecimiento de relaciones con Israel, cuya ausencia consideraba un anacronismo, en Israel se considera inminente el establecimiento de relaciones, pero transcurrirán todavía tres años hasta que esto suceda. Las cosas se hacen a la manera del presidente del Gobierno, Felipe González, gradualmente, “esperando que el fruto maduro caiga del árbol”. Y si el primer ministro de Asuntos Exteriores socialista, Fernando Morán, busca demorar el paso ante el temor de perder lo que considera una baza importante cara al mundo árabe, su sucesor, Francisco Fernández Ordóñez, designado en julio de l985, contribuye a acelerarlo. En agosto de 1985 se entra a la recta final del proceso, un periodo que incluye, gestiones paralelas a la diplomacia oficial, conducidas por los jefes de Gobierno, Felipe González y Shimon Peres. Las negociaciones culminan el 9 de enero de 1986 y el 17 del mismo mes, en La Haya, entonces sede de la presidencia de la Comunidad Europea, se anuncia el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas. El 20 de febrero, durante la presentación de mis cartas credenciales como primer embajador de Israel, el rey Juan Carlos manifestaría que “éste ha sido el paso más importante de la política exterior de España en los últimos 15 años”. Hemos pasado en pocos años del desconocimiento recíproco al conocimiento y, finalmente, al reconocimiento mutuo. Un nuevo hito en nuestro ciclo histórico que nos ha permitido intensificar en los últimos veinte años un diálogo rico en vivencias espirituales y culturales."
La opinión en Israel y en las comunidades judías que proceden y conocen España, es que España es un gran país, dentro de Occidente, que durante siglos perdió “el tren de la modernidad” pero que ahora, desde hace unos 30 años España tomó la senda de la prosperidad, de la tolerancia, del respeto a la alteridad y la democracia.
España e Israel tienen muchas cosas en común.
Sábado, 11 de febrero
Doctor Shelanu
Juan Fernandez Krohn
Vicente Torres
Pedro Fernández Barbadillo
Manuel Molares do Val
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Francisco Rubiales
Enrique Zubiaga
Raúl González Zorrilla
Graciano Palomo
Miguel Barrachina
Carlos Ruiz Miguel