Toros

1ª de San Isidro: Tres toreros, tres momentos distintos

09.05.09 | 12:10. Archivado en Actualidad

(PD).- Los diestros Eugenio de Mora, Joselillo y Emilio de Justo abreiron la Feria de San Isidro en la Monumental de Las Ventas ante toros de Martelilla. Tres toreros en momentos distintos de sus trayectorias pero todos con la imperiosa necesidad de un triunfo para encauzar sus carreras.

Emilio de Justo cortó una oreja en su debut en la feria de San Isidro. Lo logró con una faena inteligente, adornada con detalles de clase y culminada con una estocada certera a un buen toro de Casa de los Toreros. Eugenio de Mora y Joselillo se fueron de vacío de la primera de feria en buena parte por el poco juego de sus lotes.

Eugenio de Mora finiquitó a sus dos toros con sendas estocadas. Se guardó un minuto de silencio en memoria del matador mexicano Manuel Capetillo y por el banderillero Manuel Ruiz "Manolilllo de Valencia".

Escribe con tanta sapiencia como espíritu concilaidor Antonio Loraca en El País que quiza sea consecuencia del primer día de feria: los compañeros de tendido se reencuentran, comentan las incidencias del año, los móviles echan humo, la gente se cuenta la boda de la niña, las mujeres se piropean mutuamente con un cierto tufillo de falsedad...

En fin, que la gente no se calla y convierte a la plaza de Las Ventas en un gallinero incomodísimo. Lo notará mucho más quien venga de Sevilla, esa plaza que ha perdido sapiencia y exigencia, pero no esa elegancia silenciosa que requiere la presencia de un toro y un torero en la plaza.

Si torear es difícil, hacerlo entre este constante y enojoso murmullo debe ser tarea casi imposible. Más que una plaza de toros, parecía la calle del infierno, donde los cacharritos de feria compiten en griterío.

Qué bueno que acabó la corrida y aparece el silencio que se perdió a las siete de la tarde.

Pero en el ruedo no había murmullo. Allí había hombres ayunos de contratos con el muy serio compromiso de abrir un largo ciclo y jugarse la vida para ver un contrato más allá de sus propios sueños. Y había, también, una corrida seria de pitones, pero muy blanda, de desabrido estilo y feas maneras. Y el público, a lo suyo, a contarse historietas personales, fumarse unos puros que cada vez los fabrican más largos, y a pasar bastante de una terna modesta que tuvo que trabajar para atraer la atención de gallinero tan agitado.

Y la llamó Emilio de Justo en el último toro de la tarde, el más noble, quizá, de todos, con el que se encaró con gallardía en un faena valentona, irregular por su falta de profundidad, elegante por momentos y meritoria siempre por su afán de triunfo. Trazó bien algunos derechazos, echó hacia fuera naturales bien iniciados y se ganó a los tendidos en un circular invertido con un cambio de manos incluido muy garboso y torero. Al final, se perfiló para matar y lo hizo con el cuerpo entero, lo que le permitió pasear la primera oreja de la feria. Hizo bien De Justo en jugarse el tipo en este sexto porque había dado una aburrida impresión en el tercero, grandote y muy soso, eso sí, pero al que hizo una labor muy desordenada.

Otro que lo intentó de veras y le hicieron poco caso fue Joselillo. Quiere ser torero este hombre y a fe que pone toda la motivación posible. No tuvo toros, pero él tiene valor para hacer dos toreros y tiene, sobre todo, una ilusión desbordante.

Tomó la muleta con la mano izquierda y su primer toro le tiró un derrote al cuello con la intención de quitarle la cadena que le regalaría su madre cuando hizo la primera comunión; pues no se arredró Joselillo y otra vez la muleta planchada, y otro intento del animal por quedarse con la medalla.

Y así hasta tres veces mientras que unos extranjeros no paraban de hablar sobre algo que sólo ellos entendían. Pues se perdieron la heroicidad de Joselillo, como se la perdieron todos los que seguían y no paraban sobre la boda de la niña, donde, por supuesto, sobró de todo. Mientras tanto, Joselillo a lo suyo, y citó con un pase cambiado por la espalda al quinto, que le punteó mucho la muleta al tiempo que lanzaba gañafones de pésima intención. No hubo toreo porque no había toro, pero sí torero, valiente y pundonoroso, como hay que presentarse en esta plaza, que será más seria cuando se calle y deje de contar historias que no interesan a nadie.

Peor lo tuvo el primero de la terna, Eugenio de Mora. Primero de la feria y primero de la tarde. No le hicieron ni caso. Mientras trataba el hombre de buscarle las vueltas a un toro sin clase, como fue su primero, la plaza entera era un murmullo sólo enrarecido de vez en cuando por algún grito del tendido 7, que se entrena para lo que queda de toros tullidos y descastados.

Es verdad, no obstante, que De Mora da la impresión de que se le ha pasado el arroz. Es un torero joven que parece mayor. No desprende ilusión, se deja enganchar mucho los pases y se le ve atrapado en las redes de la vulgaridad. Cansado, quizá, del toro y de su propio desinterés, dejó al toro en el centro del ruedo, se marchó a por la espada y traía una cara como si viniera del andamio.

Intentó arreglarlo en el cuarto, al que se enfrentó con otro talante. No es que sonriera, que no es De Mora un hombre de semblante jaranero, pero lo intentó de otro modo, con más intensidad. Pero tampoco pudo ser. Los tendidos comentaban entonces la gesta de un monosabio que aguantó con agallas las embestidas del toro al caballo del picador después de que el del castoreño quedara descabalgado sobre el albero.

Por cierto, la boda de la niña fue preciosa. Un señor muy peripuesto le contó a medio mundo que estaba en los toros, y los extranjeros de la fila de atrás ya se habrán callado. ¡Qué cruz este gallinero...!


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