Vamos a calentar el Sol (o el valor de Tu fuego)
28.05.07 @ 22:30:41. Archivado en Cabalah, Torah cada semana
"... y os Icé sobre alas de águilas, y os traje hacia Mí..."
parashat Beha'alotja (Bamidbar -Numeros- 8:1 a 12:16)
Javerím, queridos amigos, Shalóm:
Al inicio de nuestra parasháh, Aharón es instruido acerca del encendido de las candelas de la Menoráh: "cuando eleves las candelas...". La operación del Templo comienza con el encendido de la luz, para que ésta se eleve hacia lo Alto. Pero... ¿no dijo el rey David (Tehilím -Salmos- 18): "Tú alumbrarás mi candela"?. ¿Qué sentido portan ante el Creador, que enciende toda luz y da lumbre a las llamas de los hombres, esas pequeñas luminarias encendidas por nosotros?
Rabí Tanjuma se hace eco de nuestra perplejidad, y revela (Beha'alotjá, 4) que el pueblo de Israel, todos los involucrados en el Pacto de la enmienda y la re-unificación de los mundos, todos quienes recorren el camino hacia la espiritualización de lo material, expresaron con nosotros su sorpresa: "Amo del mundo, Tú dices que alumbremos frente a Tí, y Tú eres la luminaria del mundo". ¿Cómo es posible pensar que el Creador "necesite" que los hombres encendamos una luz, cuando de El emana toda luz?
Respondió el Creador: No es que Yo tenga necesidad de vuestra luz, sino de que alumbréis hacia lo Alto, como Yo alumbro para vosotros. Para que todos los pueblos adviertan que la sustancia del Pacto que une al Creador con Israel radica en que Israel alumbre hacia lo Alto, como el Creador ilumina a quienes anhelan luz. Por ello, no está escrito "cuando enciendas" sino "cuando eleves" las candelas: cuando dispongas una luz que retribuye hacia lo Alto. Hay un sentido moral trascendente en la acción: no llegarás a alumbrar como Hashém alumbra, mas debes recorrer el camino que te asemejará al Creador, y llegarás en él hasta la altura máxima de tu propia potencia; y entonces, recién entonces, estarás ocupando tu propio lugar en la Creación.
El midrásh nos revela que las candelas que enciende Aharón ese día, van a permanecer encendidas por todo el tiempo del mundo: nunca se apagará su luz. Esta advertencia nos llama a una nueva perplejidad: ¡no puede estar refiriéndose a las llamas de la Menoráh!... puesto que la Menoráh brilla únicamente mientras tenemos Beit-HaMikdásh, y culpa de nuestras transgresiones, carecemos hoy de él. En dicho caso... ¿cuáles candelas, que Aharón enciende, son las que brillarán eternamente?
Aquí llega el punto fundamental de la interacción entre materia y espíritu, entre nuestro mundo y el mundo sublime porvenir; entre creatura y Creador. Todo lo que existe forma parte de una simetría perfecta: tú consagras a lo Alto una luz "material", y abres las puertas de arriba a que la luz de bendición se extienda hacia tí. Basta que Aharón, el sumo sacerdote (el hombre más íntimamente ligado a la revelación del Creador), en el momento cúlmine de un largo proceso sagrado -cuando llega la hora de inaugurar el Templo-, encienda las candelas del más perfecto candelabro (la Menoráh, hecha en una única pieza de oro puro)... y es su acción de "elevación" de las luces: aunque él no lo sepa y tampoco lo sepamos nosotros, la mitsváh tiene por objeto encender las luces de la gran Menoráh de lo Alto, del candelabro arquetípico que nutrirá de luz sagrada nuestras vidas, una vez que nos atrevimos a tomar por Pacto y por camino de vida la Toráh.
Nos enseña la Guemará (Tratado de Shekalím, 17b) que, en el oficio del Beit-HaMikdásh, cada Shabát ingresa al Templo una nueva "horneada" del Léjem HaPaním, del pan sagrado que cumplía una misión de ofrenda antes de ser disfrutado por los Cohaním (sacerdotes). Uno de los milagros cotidianos del Templo consistía en que dicho pan, tal como llegaba aún caliente cada shabát, así se hallaba todavía una semana más tarde, cuando llegaba el momento de cambiarlo por la horneada nueva y entregarlo a los Cohaním. Sólo un milagro patente y revelado podía ser causa de ello: el pan no se modificaba en su sustancia, y tampoco perdía del calor del horno que albergaba al llegar. No obstante, establece la Guemará que dicho pan era preparado de acuerdo a una receta y una modalidad especial y secreta que lo habilitaban al milagro, y era dispuesto en mesas cuyo material lo hacía propicio también. Y que cuando una vez, dado el alto costo que cobraba por él la familia que lo producía, probaron sustituirlo por otro pan, preparado en base a las mismas instrucciones por maestros panaderos traídos de Alejandría, el milagro no se cumplió.
Ahora bien... si por causa de un milagro -de una revelación que excede a las leyes de la naturaleza- el pan se mantenía en su consistencia, su sabor y su calor: ¿qué importancia podía tener la receta especial celosamente cuidada, o el material de las mesas sobre las que se lo apoyaba? Responde, para nuestro regocijo, Rabí Iehoshú'a ben-Levi, y dice: No se invoca a la acción del milagro. Esto es: el milagro sucederá, y cubrirá la porción del camino que el hombre no puede recorrer....
... Mas para que ello ocurra, el hombre debe haber arribado tan cerca como puede, sin desviarse en el más mínimo detalle, sin faltar a lo que en sus manos está hacer. Cuando dicha condición se cumple, entonces sí, acude el milagro de lo Alto a unir la cúspide del hombre con los valles del Firmamento, y tienen lugar la Enmienda y la unión, y las candelas que encendiste aquí, con cada mitsváh y cada acción de bien, resultan haberse elevado hasta encender la Menoráh celestial, señal de Redención, de GueUláh, quiera Hashém que sepamos encenderla-merecerla muy pronto, en estos días, Amén.
para la revista Matok-MiDvash de la Comunidad de Torah
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