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El espacio propio que se extendía

Permalink 02.05.07 @ 22:55:04. Archivado en Sefarad, Letras Mágicas

Por Amor (III): El Templo de Pasos
por iaIr menachem, 3 de Menajem-Av, 5763

Cuando alguien llegaba por vez primera a la recámara de casa, donde nos hallábamos todos celebrando, se le acercaba uno de nuestros amables mayordomos y le invitaba a aceptar dormitorio y biblioteca. Sin importar siquiera si recibía o no respuesta, salían entonces por un pasillo abierto que culminaba en un hall de distribución, en el que se acomodaban cuatro escaleras descendientes y otras cuatro que apuntaban arriba. Cada una olía distinto, y los mayordomos, diestros en su misión, solían rezagarse en el pasillo para que el invitado arribara solo hasta donde había que optar por un camino. La treta nunca fallaba: los invitados no advertían el hall ni la multitud de caminos, sino que siguiendo el aroma que les despertaba algo dentro, se dirigían directamente a una de las escaleras, y subían o bajaban por ella. Al cabo, hallaban un corredor de diseño típico como el de los hoteles de mediana categoría, con una alfombra color verde fatigado de bordes despegados de los zócalos, a los que les mantenían aferrados unas madejas de hilacha que hacían pensar en telas diseñadas durante siglos por una familia de arañas distraídas. Indefectiblemente, sólo una de las puertas que daban al pasillo estaba abierta, y tras ella, en el centro de la estancia, esperaría al invitado uno de nuestros atentos mayordomos, señalando con solemnidad los cuatro puntos cardinales. Los dormitorios-biblioteca eran todos iguales, aunque distintos para cada uno. Cualquiera de los puntos cardinales a que apuntara la puerta del dormitorio, sus esquinas exhibían, en sentido horario, una silla, una cama, una mesa y una candela eléctrica, a la que estaba adosada otra de mecha y aceite, con una etiqueta que advertía que jamás debían encenderse ambas al mismo tiempo. La mesa se extendía sutilmente hasta hacerse alcanzable desde el lugar de la silla, y la candela oscilaba su foco entre la cama y la silla siguiendo a donde una figura viva se posara y quedara quieta. Aunque al usarlas se evidenciaran juntas, para ir de la silla a la mesa no había otro camino que el que pasaba por detrás de la cama. Tampoco se podía llegar de la cama a la candela sin bordear la mesa por delante o por detrás. Desde la candela, en cambio, y siempre en sentido horario, con apenas un paso podía uno ya alcanzar la silla o reclinarse sobre la cama, y aún tantear la superficie de la mesa. Un hueco al costado de la cama daba lugar a un vestidor o un lavabo, dependiendo de lo que se buscara al ingresar en él: tras un promedio de doce a quince intentos -irritantes a veces si se sentían apurados-, el sistema funcionaba bastante bien para todos los nuevos habitantes de la casa. Cuando quedaban solos, tras haberles entregado el mayordomo una llave y una palabra espontáneamente planificada desde el inicio de los tiempos, sospecho que todos harían lo mismo. Y finalmente, tras ese primer encuentro con las paredes de su nombre, que a veces llevaba minutos pero podía durar semanas, se orientaba sin dificultad a través de las distintas estancias en que estábamos celebrando de continuo, en la recámara que se hallaba después del salón de paredes transparentes tras las que nada había para ver, cuyas alfombras exhibían toda la historia dibujada. Entonces acudíamos nosotros mismos, todos como uno y cada quien de acuerdo a su rango, a estrechar sus manos y darle un suave golpe en la cabeza, y luego atendíamos a la melodía que se hubiera hecho oir y la cantábamos sin letra, y danzábamos por el resto de la noche urgente en una estancia nueva, que era como los dormitorios pero mucho más grande, y tenía además una estantería con solamente una luminaria sobre uno de los lados del estante del medio, y tras la estantería una puerta baja de chapa, y un círculo marcado en el suelo que impedía a la mesa escapar del centro de la estancia, con lo que todo lo demás permanecía en su lugar.


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