¿Cómo se traduce la moral de la Torah a nuestros días?
27.04.07 @ 12:56:42. Archivado en Torah cada semana
parashát Ajaréi-Mot y Kedoshím
Vaikra -Levitico- 16:1 a 20:7
Shalóm, Javerím
Hallamos en parashát Ajaréi-Mot que Hashém ordena a Moshéh (Vaikrá -Levítico- 17:2): "Habla a los hijos de Israel y diles (que) Yo, Hashém, vuestro E-lohím", y en seguida: "Como la acción de la tierra de Mitsráim en la que estuvisteis asentados no haréis, y como la acción de la tierra de Cná'an, a la que Yo os traigo, no haréis; y por sus leyes no caminaréis". El fondo de la cuestión es claro: ser sagrado comienza por descartar todo mal ejemplo, y mantenerse aparte de todo mal. Mas nuestros sabios se preguntan: ¿por qué esta formulación tan especial, en que se alude tanto a Cná'an (nombre gentil para la tierra de Israel) como al Mitsráim de que fuimos liberados?
La Toráh habla en términos que los hombres sean capaces de comprender y aplicar a sus vidas; las mitsvót (preceptos) no son nunca entidades abstractas o sentencias meditativas, sino proyecciones de la Ley absoluta al mundo de la acción. De tal modo, viene la Toráh y dibuja ante nosotros un camino: desde Mitsráim, hasta Cná'an. Y nos indica que tanto en uno como en otro extremo, el instinto de mal estará presente y luchará por supremacía. Más adelante (17:24) aclarará la Toráh "no os contaminéis con todas estas acciones, pues en todas ellas se contaminaron los pueblos...", y estará refiriéndose explícitamente a las distintas desviaciones de la sexualidad, detallando las formas del incesto, la promiscuidad, el adulterio, la homosexualidad, la zoofilia, y las formas de idolatría que tienen al sexo por instrumento de culto. La contigüidad de nuestro inicio alusivo a Mitsráim y Cná'an, con las leyes que preservarán la sacralidad en su dimensión sexual (aquélla a cuya conquista se arroja el instinto de mal en cada oportunidad), nos invita a analizar ambos sentidos en conjunto. Tal hace el Or HaJaím HaKadósh, y determina que la acción de Mitsráim y la de Cná'an aquí aludidas, no son sino sus perversiones sexuales, el modo en que su sexualidad profana lo sagrado.
Explican nuestros sabios que las mitsvót de la Toráh son normas a las que el hombre puede amoldar su voluntad; así todas ellas, salvo las relativas a la sexualidad: no hay modo en que el hombre "normal" pueda doblegar "para siempre" a su instinto, que le insta a desear y poseer. El hombre debe ocuparse a cada instante de controlar su instinto, esforzarse en dar forma sagrada a su deseo, y evitar mentirse a sí mismo tras la tentación de cualquier desvío. Advierte el Or HaJaím acerca de la completa inviabilidad de tal empresa, para quien no cuente con las siguientes dos defensas siempre operativas: el resguardo de sus ojos, y el cuidado de su pensamiento. Porque todo tiempo en que no cuide sus ojos (o sea, que no se abstenga de contemplar aquéllo que le va a inducir la tentación), de poco valdrá que atienda al cuidado de su pensamiento. Y todo tiempo que no cuide su pensamiento (que no esté atento para impedir que la fantasía vuele hacia tentaciones de tumAh), estará a merced del instinto aún cuando nada que vean sus ojos venga a instigarle; porque tanto la percepción sensorial como la fantasía se bastan por separado para romper las barreras sagradas y arrojar al hombre a manos del instinto animal, de la emoción irreflexiva, del deseo que se erige en camino y destino a una vez. Y sólo quien se esmera celosamente en el sostén de ambos cercos (de la percepción y de la fantasía), puede estar cierto en que su voluntad reflexiva, su decisión conciente de sacralidad, tendrá fuerza suficiente para sobreponerse al deseo natural.
¿De dónde tomar fuerza y guía para acometer el desafío? Antes de instruir que nos abstengamos de los caminos que siguen Mitsráim y Cná'an, Moshéh aludió a "Yo, Hashém, vuestro E-lohím". Desde la conciencia plena del Creador y del vínculo sagrado que obra la Toráh entre nosotros y El; desde dirigir los ojos y el pensamiento hacia la realidad de lo Alto para asemejarnos al Creador y reinar sobre la creación en Su Nombre: desde allí hemos de tomar fuerza para trazar nuestros cercos internos, de modo que la tentación animal no seduzca ni derrote a la sed espiritual de redención. Buscando activamente revelar la chispa sagrada de nuestras almas y asemejarnos al Creador, lograremos que la forma se imponga a la materia, y no al revés; o como dijeron nuestros sabios (Bereshít Rabáh 34): "En el caso de los tsadikím, el corazón está entregado en sus manos. En el caso de los malvados, ellos están en manos de su corazón".
La Toráh nos explica aquí que en ningún momento de la vida, está el hombre exento de la tentación del mal en sus diversas formas. En Mitsráim -de donde saliste- reinaba la corrupción, y sabías que debías impedir que ejerciera su influencia sobre tí. Ahora, que has salido de Mitsráim y has recibido la Toráh, y te hallas en camino ascendente rumbo a la tierra de Israel (valga el "dibujo" como ejemplo para tantas situaciones semejantes en la vida), no creas ni por un instante siquiera que por fin estás a salvo. Porque Hashém te cuida del afuera, te da las armas para defenderte de cuanto venga a hacerte mal; mas de tí -de tus instintos, de tu propia naturaleza-, debes defenderte tú mismo: debes imponer la forma de la Verdad, a la materia que te ha sido confiada para todo tu tiempo de esta vida. Por consiguiente, se nos advierte desde ya: en Cná'an, la tumAh (contaminación de lo impuro) y las tentaciones hacia el mal que aguardan por vosotros, no son menos que lo que ya habéis pasado en Mitsráim. La tentación será equivalente, y aún así, el aprendizaje y la misión son radicalmente distintos: conocimos a la tentación de mal desde una condición de esclavitud y humillación; ahora, habrá que saber enfrentarla desde la dignidad de ser libres.
Advertidos ya en cuanto a "la acción" de los focos de mal que se hallan en nuestro camino, avanza la Toráh un paso más: para impedir que llegues a la acción profanatoria, es necesario tomar por base el final del mismo verso: "por sus leyes no caminaréis". La palabra "jukót" que acabamos de traducir por "leyes" refiere, según Rash"i, a la moral de estos pueblos: sus usos y costumbres, y la valoración que de ellos hacen. Porque habrá de dichos usos y costumbres que te parecerán por completo inocentes (o querrás que así te parezcan), y aún así, no son sino trampas, atajos en el camino que te conducirán a violar ya el cerco del pensamiento, ya el cerco de la vista, para disolver tu sacralidad en conducta animal. Rash"i da ejemplos específicos que deben llamar nuestra atención en presente; dice que entre los usos ya de Mitsráim o de Cná'an, se hallaban los campos de juego y de burla (¿traducimos al presente por estadios de fútbol, básquetbol, béisbol,... y "burla" por la chabacanería y grosería de tanto esparcimiento popular masivo?); y los estadios en que se ofrecía el espectáculo de animales (¿toros, por ejemplo? ¿gallos?, etc.) luchando a muerte entre sí, mientras eran azuzados por personas.
Hallamos entonces una instrucción clara y precisa, desde Cná'an y Mitsráim hacia el mundo "evolucionado" de hoy: la "industria del entretenimiento" sólo guarda para tí trampas que te harán fracasar en tu apego a la Verdad, en tu voluntad de desplegar todo el potencial de tu alma para ser el mejor que puedes en esta vida, en tu deseo de enmienda y de Bien. No es que ir a un estado de fútbol sea intrínsecamente malo: es que no tiene modo de producirte el Bien que te produciría en el mismo tiempo la Toráh, y está llamado a despertar en tí a los instintos primitivos, que acaso no tengas fuerza suficiente para luego controlar. Valga la misma reflexión, en niveles diversos, para la televisión como hábito, y para tanta burla grosera y escarnio que se vende hoy -como siempre- bajo el equívoco título de "humor". (Cabe acotar que la propia idea moderna del "entre-tener", de ocupar la mente con contenido insustancial, es esencialmente opuesta al proyecto de la Toráh de hombres libres, sabios, ejecutores plenamente concientes del destino individual y colectivo).
No hay objeto ni momento ni acción en la creación que no incida sobre el mundo en su conjunto. De allí que el más ínfimo mal particular obstará al Bien general. Un foco de tumAh (de contaminación impura) tiende a propagarse; y siendo que prohibe la Toráh ponernos en situación de riesgo innecesario, resulta que debemos evitar hasta la más mínima participación de la tumAh en nuestras vidas, por más insignificante que resulte a nuestra vista interesada. Es por ello que sólo recién después de habernos prevenido de todo mal, de habernos instruido acerca de cómo mantenernos limpios y puros en tanto recipientes para la Luz, en tanto campo fértil que la Kedusháh pueda fecundar, recién entonces agrega Hashém (18:4): "Mis juicios haréis, y mis leyes cuidaréis para caminar en ellas; Yo, Hashém, vuestro E-lohím". Tras que el hombre logra abstenerse del mal, debe esmerarse también en procurar el bien y realizarlo. "Yo, Hashém, vuestro E-lohím" fue la introducción a la orden de abstenernos de mal; allí, desde el Dín (el rigor) vemos a la Presencia de Hashém dictando la orden que tanto nos costará cumplir. Ahora, tras la orden de realizar el Bien, "Yo, Hashém, vuestro E-lohím" completa la simetría desde el lado del Jésed (la piedad). Es la oportunidad de aprender que desde la irAh (el temor ante el la inmensidad y el Rigor de Hashém) se inicia el camino, que culmina en la Ahaváh, el amor sublime cuyas puertas abre Hashém a nuestro paso.
Un sentido extra a la simetría lo aportará el hecho de que la expresión "Yo, Hashém, vuestro E-lohím" que abre y cierra nuestro pasaje, tiene en su original hebreo valor numérico 193; que duplicado resulta en 386: el valor de la palabra "lashón" (lamed-shin-vav-nun) = lengua. Porque como hemos aprendido ya en otros contextos, la lengua, la facultad de articular lenguaje, es la más importante distinción que aportará nuestra alma a distinguirnos de los animales. Con la lengua podemos crear y destruir, convocar al Bien o al mal a nuestras vidas, y cumplir la fase inicial de a cuanta acción nos compromete el camino de la Toráh. De ahí que el cuidado sagrado del habla tenga la facultad de atraer consigo la solución a gran parte del camino; y de suyo, entonces, que esté representada como el gran cerco de irAh y Ahaváh, de temor y amor en su unión armónica plena que rodea al proceso de Redención, representado sintéticamente en estos dos versículos de la Toráh.
En las palabras que acabamos de estudiar, puede verse sintetizado el camino de la Toráh completo: aléjate del mal y sé el Bien, se nos dice; y el detalle normativo para realizar eficazmente la instrucción recibida es provisto en derredor, a lo largo de toda la Toráh escrita y toda la Toráh oral. Pero es especialmente razonable que, tras esta síntesis ajustada del camino a recorrer, se nos brinde otra síntesis, algo más laxa: tal como en la acción debemos ser fieles al "Na'aséh veNishmá", que implica que sólo haciendo comprenderemos (y por consiguiente, debemos abrazar la Toráh completa en el instante preciso en que advertimos su condición de Verdad), a la hora del entendimiento, se nos brinda primero un núcleo sagrado que certifica todo lo que vendrá tras él, y luego, paulatinamente, se comienza a detallar (porque cada nuevo círculo de conocimiento será desarrollo fiel del que lo precede; y de ese modo, siendo Verdad el primero, resultan ser todos Verdad).
Así llegamos a parashát Kedoshím, donde hallaremos un segundo nivel de síntesis; tal como nos enseñan nuestros sabios (ver Midrásh Tanjuma Kedoshím, 3), en esta parasháh se repiten, en nueva síntesis, los Diez Pronunciamientos ("los 10 Mandamientos"), que son a su vez una síntesis aún más amplia de la Toráh toda. También en Kedoshím, por fin, se explicita que la razón y objetivo de todo este desarrollo es "Sagrados seréis, porque Sagrado Yo, Hashém, vuestro E-lohím" (19:1) y "Y os consagraréis y seréis sagrados, porque Yo, Hashém vuestro E-lohím" (20:7): en conjunto, nos enseña que debemos consagrarnos (a través de las mitsvót y el estudio), y que si nos consagramos, seremos sagrados (o sea, que la voluntad de consagrarnos nos convertirá efectivamente en sagrados) y siendo así, estaremos desarrollando verdaderamente el potencial de nuestra vida porque nos estaremos asemejando al Creador, que dice "Sagrado Yo, Hashém, vuestro E-lohím".
Y siendo sagrados seremos justos; por lo que nuestra parasháh trae también un vasto detalle de mitsvót atinentes a nuestra relación con el prójimo, para que toda nuestra vida halle sentido dentro de las sendas del Bien, para que propaguemos la Luz de la Toráh a nuestro paso y por medio de realizar el Tikún -la enmienda- de la creación, atraigamos la GueUláh completa, Sea Voluntad de Hashém que muy pronto, en estos días, Amén.
Shabát Shalóm y mis brajót para todos,
daniEl I. Ginerman
* Publicación previa en Matók MiDvásh #76
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