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Esa palabra regia y sagrada que puede vencer al habla contaminante...

Permalink 17.04.07 @ 15:07:44. Archivado en Estos días que vivimos, Torah cada semana

parashat Tazría (Vaikra -Levitico- 12:1 a 13:59)

Nos enseña parashát Tazrí'a (Vaikrá -Levítico- 13:44) que un hombre que sufre de cualquiera de los modos en que se manifiesta la enfermedad llamada tsará'at (tsadik-reish-'ain-tav: sintomáticamente similar a la lepra mas de origen espiritual), es "tamé" = está contaminado de impureza; y debe sufrir un proceso de aislamiento y teshuváh (arrepentimiento y retorno a su raíz espiritual) antes de que se le permita reincorporarse a la sociedad. Entre las tantas precisiones y lecturas que emanan de aquí, llama la atención que este hombre deba acudir al Cohén (sacerdote), y deba ser el Cohén quien dictamine su carácter de Tamé tras verificar sus síntomas y ver, con visión que trasciende a los sentidos físicos, en qué situación se halla su alma. Recién tras este procedimiento, el Cohén determina su estado de tumAh (contaminación de impureza, por oposición a "kedusháh"=sacralidad); y el propio hombre debe anunciar públicamente su tumAh antes de ser conducido a destierro en soledad, fuera del campamento, donde su purificación espiritual acabará también con los síntomas que sufre en su cuerpo.

No basta con que la tumAh "salte a los ojos" de todo quien lo mire por un instante. Aún así, hasta que el Cohén no dictamine su estado (sin hacer, en apariencia, nada distinto a mirar lo que ya otros pueden haber visto), el enfermo no es considerado tamé. Y más aún: si resulta que el Cohén aparentemente se equivoca, y determina que está "tahór" (puro, ésto es: no tamé), por más que toda la sintomatología física permita entender claramente lo contrario, no se le considera tamé y puede continuar tranquilamente su vida en sociedad. En contrapartida, indicándonos en qué límites se redondea la autoridad del Cohen, hallamos una advertencia del Or HaJaím: si en realidad su sintomatología resulta indicar "taharáh" (pureza; ésto es: ausencia de tumAh), por más que el Cohén dictamine que está tamé, en términos objetivos seguirá estando tahór (y ello implica, por ejemplo, que si le es probado al Cohén su estado de taharáh, la determinación previa del Cohén se disuelve de modo retroactivo).

¿Cómo comprender que, en la determinación de la tumAh, no sean los síntomas sino la palabra del Cohen el factor decisivo? Hemos aprendido ya las razones por las que alguien se contamina de tsará'at: son las transgresiones realizadas con el habla (el chisme, la maledicencia, la grosería, etc.) las que atraen hacia el hombre la tsará'at (en nuestro tiempo de oscuridad profunda, todos los milagros evidentes están suspendidos, y ese entre ellos), como oportunidad de expiar lo cometido. Ahora bien: si la tsará'at es signo de tumAh, entonces, quien exhibe síntomas de tsará'at, debiera ser considerado inmediatamente tamé. No olvidemos que todo lo que entra en contacto con alguien que está tamé por la tsará'at, adquiere a su vez tumAh. Entonces, ¿será que la Toráh, al poner en boca del Cohén el dictamen de tumAh, condena a todo el pueblo de Israel a contaminarse involuntariamente de tumAh, por contacto con quien está tamé y aún no ha sido visto por el Cohén? ¡Líbrenos Hashém de semejantes pensamientos de tumAh!: obviamente, no se trata de ello, y la respuesta a la aparente paradoja aguarda a por nosotros en otro lado.

Aprendimos de nuestros sabios que 50 son las "puertas" o niveles de la tumAh (correspondientes a los 50 de la Kedusháh): 50, cual el valor numérico de la palabra "tamé" (tet-mem-alef) ="impuro, contaminado de tumAh", que conforma a su vez la raíz de la palabra tumAh. De tal modo, la persona que presenta síntomas de tsará'at no se encuentra sino en proceso de adquisición de tumAh, en proceso de asumir el estado de tamé. Y hemos aprendido que desde lo Alto se guía y se ayuda a la persona a recorrer el camino que él mismo elige recorrer. Y aprendimos también que una transgresión trae consigo otra; ésto es: que la tumAh atrae más tumAh. De modo que, recién cuando el Cohén dictamina su estado de tumAh, la predisposición que tenía su cuerpo a recibirla para expiar su daño se hace patente, y la tumAh se posa sobre él de modo completo: "Tamé" es su estado; tamé=50, por los 50 estratos de la tumAh. Diremos, de paso, que la razón de que el pueblo de Israel tuviera que salir de Mitsráim en una operación de "súbita emergencia", es que precisamente había arribado, el conjunto del pueblo, al nivel 49 de tumAh: la fuerza de la tumAh colectiva es de una calidad y magnitud muy superior a la de la individual; y si llegaban a trasladarse al nivel número 50 de tumAh en que radica la más completa oscuridad, ya no les habría sido posible redención alguna, y se habría perdido del mundo (¡jas vejalilah!) la sacralidad de Israel.

El Cohén es sensible a la tumAh que opera ya en el "metsorá" (el afectado de tsará'at), y su dictamen la completa, para que pueda ingresar inmediatamente al proceso de purificación. Siendo determinante la palabra del Cohén, ¿por qué cuando el Cohén dictamina "tamé" a alguien "tahór" por error, nos enseña el Or HaJaím que la persona seguirá estando tahór=puro en términos objetivos, aunque el Cohén haya dictaminado lo contrario? La respuesta se desprende de lo que acabamos de aprender: el Cohen completa la tumAh preexistente; si ésta no se encuentra allí, las palabras del Cohén no tienen sobre qué afirmarse; y se disolverán retroactivamente, hasta que sea como si nunca hubieran sido pronunciadas, ni bien se compruebe que hubo un error y que el presunto contaminado estaba en realidad en estado de pureza.

Volvamos al caso típico: alguien, con los síntomas de tsará'at, es presentado al Cohén, quien dictamina estado de tumAh. "Es Tamé", anuncia el Cohén; "es", dice: es por sí mismo; por sus propias acciones ha atraído sobre sí tumAh (y naturalmente, no es por determinación del Creador ni del Cohén que se encuentra en ese estado). El hombre tamé es enviado a expiar las causas de su tumAh: sentado solo, sin tratamiento dérmico alguno, sin higiene ni atención médica; día tras día en soledad, para que de su meditación se revele ante él la verdadera razón de su enfermedad, y se arrepienta de lo mal hecho, y emerja del estado de tumAh siendo mejor que quien era antes. Su fortalecimiento resulta de la meditación, pero no menos de la constatación del milagro en la propia carne. Porque se puede dudar del origen espiritual de la enfermedad, y considerarla tema médico (la incertidumbre es herramienta de la propia tumAh). En tal caso, el metsorá desespera cuando "esos hombres primitivos" que rigen la vida de acuerdo a la Toráh, deciden tratar su lepra apartándolo del campamento y dejándolo solo, sin higiene básica, y por supuesto, sin atención médica ni tratamiento dérmico alguno. ¿Cómo se va a curar, si no le medican? Y pasan horas, acaso días, y nada sucede; hasta que la reflexión le lleva a dar una oportunidad de crédito a "esos hombres primitivos": medita entonces acerca de sus hábitos al hablar, acerca de las palabras que usa, acerca de cuánto se cuida o no de la maledicencia, y de los malos efectos de su habla. Advierte que tiene mucho camino por recorrer enmendando el empleo de su lenguaje, hasta llegar a que su palabra sea sagrada. Y se arrepiente sinceramente de sus conductas erradas, sintiendo que se ha empujado a sí mismo para atrás en el camino; y se propone seriamente enmendarse. Y entonces, concurre el milagro a certificar su acierto: los síntomas de la tsará'at comienzan a desaparecer, hasta que se esfuman por completo.

Preguntará alguien: ¿y por qué el milagro no se revela antes, de modo que el hombre descubra la Verdad en la realidad del milagro, y desee enmendarse a sí mismo; o aún incluso no incurrir en los pecados que atrajeron sobre sí tumAh? Porque disponemos de albedrío y libertad de elección, y Hashém cela por nuestro derecho a merecer el Bien que recibimos. Y porque la diferencia radical que tornó a Israel apto para recibir la Toráh (a diferencia de las otras naciones) fue nuestra declaración de "Na'aséh veNishmá'": haremos y oiremos; no esperaremos a la comprobación teórica de la Toráh para luego emprender la acción que ésta ordena, sino que aceptamos que nuestra propia acción correcta sea calificada para habilitar nuestra comprensión.

De tal modo, hemos exiliado al hombre tamé, para darle oportunidad de teshuváh (de arrepentimiento, y retorno a la Respuesta verdadera); y llega el día de que retorne al estado de pureza. Así ingresamos en nuestra segunda parasháh de esta semana: parashát Metsorá. Quien ha cumplido los días de su purificación es presentado ante el Cohén, aún fuera del campamento. El Cohén revisa, y advierte que la tsará'at se ha curado. Y entonces, el Cohén ordena los pasos a seguir -nuevamente, es el dictamen del Cohén lo que dará lugar al proceso ritual de purificación, cuya mecánica, sin las órdenes impartidas por el Cohén, carecería de toda aptitud para devolver el hombre su estado de taharáh-, y quienes le ayudan cumplen con las distintas etapas de la purificación. Aprendemos que son acciones del hombre las que le llevan a sufrir de tsará'at, no obstante, su estado no es de tumAh hasta que así no lo dicta el Cohén. Y es la meditación, el arrepentimiento, la decisión de rectificarse del hombre, lo que producirá la cura de su tsará'at sin atención médica alguna; no obstante, la verdadera purificación es el largo proceso sagrado que tiene lugar, por orden expresa del Cohén, recién después de que la tsará'at desapareció de él. Sobre la incidencia de la palabra en el valor de una acción, hemos profundizado en nuestro estudio del Zohar Tazría.

Parashát Metsorá despliega una revisión de los otros tipos de tumAh que una persona puede sufrir; y de cada una apunta a sus motivos, a su sintomatología, a su proceso de expiación y purificación, física y espiritual. El largo recorrido de parashát Tazrí'a, y tras ella de Metsorá, nos llevan inequívocamente a la conclusión que llega sobre el final de nuestra lectura (Vaikrá -Levítico- 15:31), donde Hashém ordena a Moshéh y Aharón "ajenar a los hijos de Israel de su tumAh", utilizar las herramientas y la autoridad en sus manos para mantener a Israel ajeno a toda profanación y toda acción inmunda ante el Creador, para que Israel no mueran "por contaminar Mi morada, que está dentro de ellos".

Respecto de todo hombre, aprendemos que el camino correcto se resume en (Tehilím -Salmos- 34:15) "sal del mal y haz bien". El sacerdote, y en nuestros días sin Templo (Quiera Hashém entregárnoslo pronto nuevamente) el verdadero rav, el sabio en Toráh, tiene la responsabilidad extra y previa de ajenar a los hijos de Israel de su tumAh: liberarles de su contaminación, advertirles, cuidar de ellos, curarles de la enfermedad que les aqueja, proveer la enmienda que el alma de cada uno necesita.

Es el Cohén, el rav, el tsadík, y muy pronto en nuestros días el Mashíaj de Israel quien, porque "una protección de aceite de unción de su E-lohím hay sobre él" (Vaikrá -Levitico- 21:12), debe combatir a la tumAh de todos y cada uno, y guiarlos hacia la pureza. A él le está ordenado ajenar a todo Israel de la impureza. Y con ello, debe guiar también el proceso del pueblo, enseñándole a atraer sobre sí la Kedusháh y la bendición de lo Alto. Porque él es quien "del Mikdásh no saldrá" (21:12) -y hoy, todo hombre kadósh que se esmera en su sacralidad sin interrupción-, lo que le habilita a encarnar el final de la orden de Hashém: "(por contaminar) Mi morada, que está dentro de ellos". La morada de Hashém dentro del hombre no es posible sino cuando todo es sacralidad y nada hay que la profane (abundamos en este punto en nuestro estudio de Zohar Metsorá). Por ello, por representar el Cohén al Mikdásh en sí mismo, es su palabra perfecta la que dictaminará el estado de la persona; y dicho estado no toma vigencia hasta haber sido anunciado por boca del Cohén.

Esa potencia del habla, esa palabra que incide sobre la realidad de modo patente, es una de las expresiones del camino hacia el que la Toráh nos guía, entre cuyos vericuetos nos tocará aprender los extremos de la fe y adquirir la forma interior que la sacralidad requiere. El opuesto a la palabra regia del Cohén es, precisamente, todas aquellas transgresiones y profanaciones que llevamos a cabo con el habla, todos aquellos actos en que contaminamos y ensuciamos nuestra boca. Y como todas las simetrías de la Toráh son perfectas, resulta ser precisamente la palabra regia y sagrada la que, en el dictamen de tumAh y en la purifiación posterior, se superpone a la palabra contaminada y contaminante que provocó la aparición de tsará'at, y ostensiblemente la vence, y la destierra. Quiera Hashém recibir con benevolencia nuestras plegarias, y responder a ellas con magnanimidad.

http://eduplanet.net/mod/forum/discuss.php?d=2055
para revista Matók MiDvásh #75


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