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Sheminí (Vaikrá -Levítico- 9:1 a 11:47) - Artes de Redención

Permalink 01.04.07 @ 14:52:25. Archivado en Estos días que vivimos, Torah cada semana

"... y os Icé sobre alas de águilas, y os traje hacia Mí..."
Artes de Redención
Para ser hombres desde siempre

Javerím, queridos amigos, Shalóm,

Nuestra parasháh comienza con la orden de Moshéh a Aharón y sus hijos de ofrendar en el altar un becerro en calidad de "Jatát" (el sacrificio que se hace para expiar una transgresión), y un ciervo en calidad de "'Oláh" (el sacrificio que asciende entero al firmamento para despertar Jésed -piedad- en lo Alto, y enmienda el daño producido por un "pensamiento", una tentación de pecado que no se materializó b"H). El becerro de "Jatát", ofrendado en la más completa sacralidad, expiará el pecado del becerro de oro; el ciervo, por su parte, evocará al ciervo que tomó el lugar de Itsják (Isaac) cuando éste, ya adulto, aceptó entregarse por entero a la orden de sacrificio que Hashém había impartido a su padre. Tenemos, entonces, la expiación del pasado, y la completa entrega, la disolución del ego y de la propia voluntad ante Hashém, convocando bendición para el futuro.

Aharón, entonces, es convocado a expiar el pecado del becerro de oro mediante la ofrenda de un becerro. Mas a continuación (Vaikrá -Levítico- 9:3) leemos que el pueblo de Israel debe traer, en calidad de "Jatát" que expiará el mismo pecado, una cabra. Al momento de preguntarnos por la diferencia, ingresaremos a la lógica Divina del tikún, de la enmienda que estamos convocados a realizar en nuestras vidas.


Todos recordamos el becerro de oro: no hace tanto de ello. Instigado por el "'erev rav" (integrantes de otros pueblos sometidos que se infiltraron entre Israel a la hora de salir de Mitsráim), y ante la angustia de observar que Moshéh no descendía de la montaña, el pueblo reclamó a Aharón hacerles un "ídolo", una figura en la que depositar la fe y la conducción. Aharón, queriendo ganar tiempo para que Moshéh descendiera y disolviera todo el procedimiento, les demoró, les pidió el oro de todas las joyas de que disponían, etc. Por fin, careciendo de más recursos, arrojó el oro a un caldero para fundirlo... y entonces, como nos explica el Midrásh (Tanjuma Ki-Tisá, 19), dos hechiceros del "'erev rav", Ieinus y Iumbrus, realizaron sus hechizos, y surgió del caldero el oro con la forma completa del becerro. De lo dicho, si alguna participación activa tuvo Aharón en la consumación del pecado, ésta radicó en la colecta del oro, mas no en la formación del becerro.

Nuestros sabios nos enseñan que "el fiscal nunca se vuelve defensor"; ésto es: que aquéllo que evoca el mal producido por una persona, no se revierte, no pasa de ser prueba de la acusación a convocar misericordia, que posibilite la enmienda y el bien. Aharón, entonces, puesto que no está relacionado íntimamente con la formación del becerro, puede expiar su parte del pecado con la ofrenda de un becerro; mas, puesto que sí tomó parte activa en la recolección del oro, no debe vestir prendas de oro al ingresar al Mikdásh en Iom Kipúr, el día anual de la Expiación, porque dicho oro, en vez de ser visto por homenaje a lo Alto, evocaría el oro con que viabilizó activamente el pecado de Israel. Distinto es el caso del pueblo, que instó a Aharón a realizar las acciones que derivaron en la existencia del becerro: ofrendar un becerro en calidad de "Jatát" sólo atraería sobre ellos el rigor del juicio; de modo que es una cabra su ofrenda de "Jatát"; y aún así ofrendarán también un becerro, mas en calidad de "'Oláh", para expiar y enmendar el pensamiento mismo que derivó en el pecado.

A lo largo de todo el libro Vaikrá, vamos aprendiendo los pliegues íntimos del oficio templar, cimentado en las ofrendas elevadas en el altar. Y a medida que avanzamos, se va tornando imperioso comprender la lógica espiritual de toda dicha labor, y el modo en que se traduce a un lenguaje que somos capaces de abordar desde quienes somos, desde quienes hemos aprendido a ser, a pensar, a decirnos y a sentir.

"Y se aproximó Aharón al altar", leemos en seguida (Vaikrá -Levítico- 9:8), dispuesto a degollar y ofrendar su becerro. El Or HaJaím HaKadósh explica este versículo citando un diálogo de nuestros sabios (Talmud Ierushalmi, Tr. de Macót, cap. 2) que interrogaron a la profecía: "¿Cuál es el castigo del pecador?". Les respondió, de acuerdo al rigor de la Ley: "El alma que peca morirá". "¿Y de acuerdo a la Misericordia de Hashém?" -insistieron, puesto que el mundo se rige por la misericordia y no por el rigor-; y respondió: "Traerá una ofrenda". Porque el verdadero sentido de sacrificar un animal sobre el altar radica en que quien lo ofrenda piense con certeza que es él en realidad quien merece el destino del animal que se halla sobre el altar; es él quien ha contraído la deuda de ser incinerado hasta la liberación de su alma; y en dicho pensamiento radica la enmienda verdadera.

El Or HaJaím completa la ilustración de este punto, apoyándolo en un dato fundamental de la naturaleza humana. Dicen nuestros sabios (Talmud de Babilonia, Tr. de Sotáh 3a) que "no comete un hombre una transgresión, sino cuando ingresa en él la necedad"; ésto es: la única razón por la que los hombres contravienen la Ley de la Toráh es por una suspensión de su intelecto, que deja de indicarles la diferencia entre bien y mal, y deja de conducirles hacia donde conviene trascendentalmente a su destino. Cuando tal cosa sucede, siendo que el hombre pasa a ser guiado fundamentalmente por sus instintos, deja de haber toda diferencia sustancial el hombre y la bestia; de ello que, bajo dichas circunstancias, el hombre actúa en calidad de animal.

Cuando el hombre hace "Teshuváh", cuando ejerce su retorno a la Razón y la Ley verdadera con conciencia plena, adquiere calidad de hombre, por encima de todos los animales, y anhela expiar lo transgredido, y enmendar el daño espiritual que produjo. Se pregunta el Or HaJaím: en ese momento, ¿es justo dar muerte a este hombre completo, para expiar lo que hizo un animal? (o sea: él mismo, pero bajo condición animal guiado por sus instintos). De modo que ofrecerá en el altar un ser que se encuentra al nivel en que él mismo se hallaba en el momento de la transgresión; su pensamiento subirá al altar junto con el animal, y sabrá que este animal (que se privilegia a su vez con la consagración de todo sí a la Misericordia de Hashém) y su destino están íntimamente vinculados con él, que este animal le representa, y que en ese korbán "Jatát", es él mismo la verdadera ofrenda, y de nada valdrá la dimensión material de la misma, si su alma entera no se entrega en ese mismo momento, en Teshuváh plena, anulando por completo toda vanidad egoica, pidiendo Rajamím, pidiendo enmendar el pasado para rectificar sus consecuencias, y ser apto de un futuro de verdadera y plena GueUláh.

Acaso por ello, el gran tema de nuestra parasháh es la distinción entre lo puro y lo contaminado, entre lo sagrado y lo profano, con un nivel de detalle que no se agota ni aún en la reflexión más minuciosa y sutil. Y en aras de dicha distinción, hallamos que la cúspide de Israel, los sacerdotes, reciben instrucción directa de Hashém en cuanto a la precaución con que deben defender su lucidez (Vaikrá -Levítico- 10:8-9): "Y habló Hashém a Aharón para decir" (Hashém directamente Habló a Aharón, y no por intermedio de Moshéh): "Vino y bebidas embriagantes no bebas, tú y tus hijos contigo, cuando vengáis al Templo"; y entonces, "no moriréis". Y el sentido de tal defensa de la lucidez es provisto a continuación (10:10): "Y para distinguir entre lo sagrado y lo profano, entre lo contaminado y lo puro", porque sólo la mente lúcida podrá realizar la distinción, desde el conocimiento de la Ley. "Y para enseñar al pueblo de Israel todas las leyes que Habló Hashém a ellos en manos de Moshéh" (10:11), así culmina.

Pues como hemos dicho, la verdadera ofrenda es el pensamiento del hombre, la expresión de su alma anhelante de reconexión con el Creador. Y sólo a la necedad que nos vuelve animales debemos la degradación de la vida a oscuras, sin aparente sentido y sin Ley. Y es cuando aprendemos a conectar nuestro pensamiento con la Ley del Creador, a advertir la vanidad del instinto y a gobernarla; cuando advertimos la magnitud trascendental de lo que hemos venido a hacer a la vida en tanto reyes de la creación, que arribamos a las postrimerías de nuestra parasháh (Vaikrá -Levítico- 11:45): "Porque Yo Hashém, que les eleva de la tierra de Mistráim", dicho siempre en presente, "para ser para vosotros E-lohím"; y entonces: "Y seréis sagrados, porque sagrado Yo". Sea Su Voluntad que seamos capaces de abrir ojos, corazones y mentes a la Verdad, e incorporemos la sacralidad a lo más íntimo de nuestras vidas, y de ese modo, atraigamos la GueUláh completa, pronto en nuestros días, Amén.

Shabát Shalóm y mis brajót para todos,

daniEl I. Ginerman
Editor
http://www.ieshivah.net


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Comentarios:
Ízalos bien....
Enlace permanente Comentario por Doeinso 01.04.07 @ 17:49

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