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Vaikrá - La Magia del Korbán - La herramienta que torna el recibir en un modo superior de dar y construir Shalóm

Permalink 20.03.07 @ 23:21:26. Archivado en Torah cada semana

Leemos en el Tratado de Avót (cap.1, mishnáh 2) que Shim'ón haTsadík atribuía a tres factores el sustento del mundo, y así decía: "Sobre tres cosas el mundo se sostiene: sobre la Toráh" -el estudio y la práctica de la Ley-, "y sobre la 'Avodáh" -el "trabajo": refiere al trabajo sagrado de las ofrendas y sacrificios que se elevan al Creador desde el Beit haMikdásh, el Templo de Jerusalem-, "y sobre Guemilút Jasadím": la liberación de "jasadím" que son bondades, piedades, fuerzas de bien y de entrega, que las buenas acciones de los hombres liberan en lo Alto atrayendo bendición a nuestras vidas.

Explica el Mahará"l de Praga, en referencia al "trabajo" (en el libro "Derej Jaím", citado por Rav Alexander Arieh Mendelboim en su "Mima'amakím"), que "el mundo se remite a Hashém, y no es el mundo algo que existe por sí mismo, cual si pudiera decirse que hay una realidad autónoma respecto del Creador". De tal modo, el "trabajo" del Beit haMikdásh, todo el sistema de ofrendas y sacrificios que tienen lugar en él a diario, no es sino el lazo que tiende la humanidad en dirección a su Creador, a partir de saber que sólo ese vínculo firme y explícito dotará a los mortales de existencia verdadera.

El nombre genérico para las ofrendas y sacrificios del Beit haMikdásh es "korbán", que sale de la raíz "karév" (kuf-reish-bet)="cerca": "korbán" alude directamente a la proximidad, a acercar a la creación de retorno al Creador. Explica Rav Jaim de Volozhyn que en el sistema de ofrendas se hallan integrados todos los niveles, o reinos de la creación: la sal, siempre presente, concurre en representación del reino mineral; la "minjáh" y los "nesajím" son ofrecidos desde el reino vegetal; el "korbán" es ofrecido mediante ejemplares del reino animal; y el Cohén, el sacerdote que realiza la ofrenda y elevación, representa al "medabér" o hablante, a la cúspide humana de la creación. De ese modo, el sistema de korbanót del Beit haMikdásh reúne a todos los estratos de la creación en un único impulso de trascendencia, en un trabajo de la creación toda que se consagra, que se abstrae de la materia para ascender a la dimensión espiritual y despertar al Jésed, a la piadosa prodigalidad del Creador, que libera bendición vital para todas sus creaturas.

El mundo, en el idioma sagrado, se llama "'olám" ('ain-vav-lamed-mem), de la raíz de hé'lem (hei-'ain-lamed-mem), que implica tornar a algo invisible. La naturaleza del mundo es tornar invisible al Creador, cuya identidad y supervisión constante se ocultan tras fenómenos que el instinto tiende a atribuir a una eventual "naturaleza", cuando no al azar. El trabajo del korbán consiste finalmente en redimir al mundo de su categoría de "'olám", y revelar la relación íntima entre creación y Creador, para redimirnos de esta aislación que produce oscuridad en nuestras vidas.

Nuestra parasháh, Vaikrá, da comienzo al libro de igual nombre, que tratará fundamentalmente de todas las leyes relativas a los korbanót, a las ofrendas y sacrificios que el Cohen tiene por misión llevar a cabo, en representación del pueblo todo, en el Beit haMikdásh. Aprenderemos en nuestra parasháh acerca de los tipos de korbán que estamos llamados a ofrecer,... que tenemos la oportunidad de ofrecer para rectificar el rumbo de nuestras almas y aproximarnos al Creador barúj Hu.

El primer tipo de korbán lleva el nombre de "'oláh" ('ain-vav-lamed-hei), que significa "que asciende". El propio valor numérico de la palabra 'oláh=111 nos da un indicio inefable: es el mismo valor de la palabra "Alef", que designa a la primera de las letras, a la unidad, y al infinito. El korbán 'oláh tiene por característica el ser quemado todo él sobre el altar. A diferencia de otros korbanót, nada de la 'oláh resta para el disfrute de los hombres, sino que su materia es ofrecida de modo completo, hasta el final, hasta que nada de quien lo eleva resta ajeno a la más completa entrega del ego, a la más completa autoanulación frente a la voluntad suprema de Hashém. Tras la 'oláh, procede el korbán "jatát" (jet-tet-alef-tav): del animal sacrificado en "jatát", el cuero y la carne corresponden al Cohen. Al igual que en el caso de la 'oláh, quien lo ofrece no recibe de él provecho alguno; el hecho de que el Cohén deba comer la carne del jatát en nombre de quien lo ofrece, corresponde a un nivel nuevo de tikún, de enmienda de lo humano a partir de la carne consagrada al quehacer espiritual.

Tras el korbán jatát, arribamos a "shlamím", cuyo nombre es plurar de la palabra "Shalóm": la paz de la plenitud, de la más perfecta armonía. Sólo tras haber ofrecido todo su ser, completo y sin provecho material alguno, en el korbán 'oláh, puede un hombre arribar a la condición de korbán shlamím. En este korbán, parte del sacrificio es quemado sobre el altar, parte corresponde al Cohén, y parte de él será comida también por quien acude a ofrecerlo. Cumplido el requisito de la 'oláh, cuando el hombre ha dejado establecida la completa anulación de su ego frente a la Verdad del Creador, pasa a suceder que su propio provecho físico de la ofrenda (la disposición de la carne de la ofrenda para su propio alimento) adquiere la cualidad de una nueva entrega. El recibe; mas su recibir es como si estuviera entregando, porque se ha probado a sí mismo en la entrega más completa. "Shlamím" hace shalóm entre todos los niveles de la existencia: es ofrecido entero al Creador, y desde el espíritu de la ofrenda, toma de él provecho tanto el Cohén como quien ha acudido a entregar de sí; con lo que el provecho, el disfrute del korbán, es "todo Bien", y no hay de él desperdicio alguno, al punto que según explican nuestros sabios, sucede con él lo mismo que con el "man" (el maná) del desierto: el organismo no descarta nada tras la digestión, de lo que ha sido comido a partir de un korbán shlamím.

Por fin, arribamos al korbán "minjáh", cuya raíz nun-jet remite a la comodidad, a la inocencia, al estado de reposo. La minjáh se compone fundamentalmente de "sólet", de sémola preparada para la confección de matsáh (el pan ázimo que comemos en Pésaj). Así como el jaméts (el alimento leudado, "inflado") representa al ietser hará (al instinto de mal, sostenido por el orgullo que "infla" el ego), la matsáh, y más aún el sólet listo para su confección, representa al hombre en su estado máximo de depuración; cuando sólo el instinto de bien acciona desde el interior de uno, y no ha lugar más para el instinto de mal, porque no resta posibilidad alguna de que el ego "se infle", no resta posibilidad de que perdamos perspectiva por un instante siquiera y olvidemos la Verdad ni el camino del Bien: entonces somos matsáh, preparada a partir del sólet que ofrendamos en nuestra minjáh; y somos puros y plenos, y completos, y tenemos shalóm, y tal como nuestros ancestros en aquel primer Pésaj al salir de Mitsráim, de la esclavitud de la materia y los instintos rumbo a la más completa y verdadera libertad, sólo el iétser hatóv, sólo el instinto de Bien, puede actuar desde nosotros.

Debemos comprender que el korbán no es sino una metáfora de nosotros mismos: la vía que la Toráh nos indica para expresar la ofrenda que cada hebreo hace de sí mismo, al modo en que Itsják (Isaac) se ofreció en el altar, ante la orden que Hashém impartió a su padre Avrahám de sacrificarle. Pero bastó la voluntad real de padre e hijo, de Avrahám e Itsják, de ser fieles al Pacto que les unió al Creador: Hashém no requería realmente que Itsják muriera, sino que la actitud de entrega de ambos, la anulación de sus propios instintos, fuera completa frente a El. Y por ello, a último momento, concurrió un ciervo a tomar el lugar de Itsják en el altar; y la ofrenda del ciervo adquirió el sentido de la ofrenda humana completa, de Avrahám e Itsják abstraídos de su existencia material, anhelantes de redención verdadera, aspirando a revelar la cúspide espiritual de la humanidad en el mundo. El ciervo fue "metáfora", traslación de significado, de un significante (humano) a otro (animal).

Mas hoy, nuestra profanación ha dictaminado que no tengamos Beit haMikdásh ni modo alguno en que ofrecer los korbanót. Los Cohaním (sacerdotes) no se encuentran en sus puestos de trabajo, y los Leviím (los levitas) no se ocupan de las músicas y los cánticos sagrados que acompañan al oficio templar. La oscuridad se cierne donde había Luz, donde la Luz habrá de ser restituida, pronto en nuestros días, sea así Su Voluntad. Respecto de nuestros días, nos advirtió el profeta (Hoshé'a -Oseas- 14:3): "Y compensaremos los toros con nuestros labios". Esto es: nuestra palabra habrá de ejercer una segunda metáfora, una segunda traslación de sentido: si los sacrificios que ofrecemos en el Beit haMikdásh representan ante Hashém el sacrificio de nosotros mismos, entonces hoy, nuestra plegaria, debe representar a dichos sacrificios. Y nos revelaron nuestros sabios (Tratado de Berajót hoja 32b) que desde que se destruyó el Beit haMikdásh, aún las puertas de la plegaria se cerraron ante nosotros... mas no así las puertas del llanto. Esto es: las puertas del firmamento siguen abiertas para esa plegaria que nace del fondo del alma, para la tefiláh en que el hombre se vuelca entero y así de entero se ofrece, cual un korbán, ante el Creador, y se entrega completo cual 'oláh, y se redime del error cual en jatát, y arriba entonces a la singular especie del shlamím, que le habilita a atraer Shalóm para sí y para el mundo, le habilita a tener provecho sagrado porque lo que toma para sí tiene carácter de ofrenda al Creador, porque él mismo ha devenido sagrado, y con la minjáh, adquiere por fin el carácter de matsáh, de instinto de puro Bien que ha vencido al mal de sí, y es instrumento hábil para la proyección de la Verdad sobre el mundo. Y con esta comprensión, comenzamos realmente a prepararnos para Pésaj. Para que sea Shalóm, para que sea la redención, para que seamos aptos para recibir al Mashíaj, muy pronto, en nuestros días, Amén.

Shabát Shalóm y Jódesh Tov, y mis brajót para todos,

daniEl I. Ginerman


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