Todos somos uno

Ese hombre eres tú

20.08.16 | 14:13. Archivado en Lo que va de ayer a hoy, Temas de actualidad

Lo que va de ayer a hoy...
Historias bíblicas de ayer que se repiten hoy


Ayer

(Libro de Samuel 2, 12)

El Señor envió al profeta Natán a ver a David. Cuando Natán se presentó ante él, le dijo: En una ciudad había dos hombres. Uno era rico y el otro pobre. El rico tenía gran cantidad de ovejas y vacas, pero el pobre no tenía más que una ovejita que había comprado. Y él mismo la crió, y la ovejita creció en compañía suya y de sus hijos; comía de su misma comida, bebía en su mismo vaso y dormía en su pecho. ¡Aquel hombre la quería como a una hija! Un día, un viajero llegó a visitar al hombre rico; pero éste no quiso tomar ninguna de sus ovejas o vacas para preparar comida a su visitante, sino que le quitó al hombre pobre su ovejita y la preparó para dársela al que había llegado.

David se enfureció mucho contra aquel hombre, y le dijo a Natán:

—¡Te juro por Dios que quien ha hecho tal cosa merece la muerte! ¡Y debe pagar cuatro veces el valor de la ovejita, porque actuó sin mostrar ninguna compasión!

Entonces Natán le dijo: —¡Tú eres ese hombre!
…..Supongo que conocen la historia, una de las aventuras eróticas de los reyes bíblicos
Natán agarró desprevenido a su majestad David, el santo (?) antepasado de Jesús Nazareno.

El pobre rey no se dio cuenta en la parábola de que la oveja simbolizaba a Salomé, la mujer que había robado a su fiel Urías, al que además había mandado a la muerte. De ese robo infame por línea directa -dice Mateo- nació Salomón, otro “santo” Rey que hizo de las suyas (y de las ajenas).

Dicen los sicólogos que tendemos los humanos a enojarnos especialmente con los errores y defectos de otros, que más se parecen a los nuestros. Cuando uno es desordenado se irrita especialmente cuando otro deja sus cosas por cualquier sitio y cuando alguien es presumido se le llevan los demonios si escucha a alguno que está alardeando de sus hazañas.

“Dime lo que te enoja de los demás y luego mírate al espejo”. Eso pasaba en tiempos de David y ahora que, según dicen, ha aumentado nuestra conciencia, puede que nos pase algo así. Eso nos puede ayudar a el sentimiento de nuestra unidad con los prójimos, próximos y con el resto de la humanidad.

Hoy

Podíamos intentar una experiencia, un tanto dura pero benéfica. Dedicarnos de vez en cuando a ponernos en los zapatos del otro. O mejor, en el pellejo. De cualquier otro que no sea un modelo de santidad.

Por ejemplo:

Han agarrado a un compañero de trabajo que estaba robando la caja chica de la empresa. Los compañeros comentan irritados… imagínese que usted se aparta un poco y se pone a pensar en que “ese hombre soy yo”, o podría serlo. Que yo echo de menos a veces tener algún dinero para mis caprichos, o necesidades… si hubiera podido echar mano a la caja… pero al tiempo siento la vergüenza de ese compañero al que ahora mirarán con desprecio a él, a su pobre esposa y a sus hijos que no tenían nada que ver con el asunto.

Más difícil todavía: En este y otros países cercanos se están descubriendo corrupciones en que ya no se trata de cajas chicas sino de cajas fuertes y bancos. Corrupciones que dejan en la miseria a comunidades enteras y condenan a muerte a quienes por la situación no encentran medicinas para su niño que se está muriendo. La indignación nos domina, pero en un paréntesis de esa indignación, nos calmamos y pensamos; “¿Y si hubiera sido yo el culpable?” Y llego a imaginarme sentado yo ante el tribunal leyéndome a mí la condena que le va a caer a él. Ponerse en el pellejo del otro.

Imagínense al profeta campesino Jesús el nazareno, después de haber sacado del templo a latigazos a los mercaderes. Es de noche y está sentado al fresco en la terraza de la casa de Lázaro y sus hermanas, mirando las estrellas y pensando en aquella gente a los que se les han ido volando del templo las palomas o los que han tenido que tirarse al suelo, cuando él se marchó, a recoger las monedas judías y romanas de su mesa de cambio… “Pobre gente! – piensa - También ellos tienen que dar de comer a sus patojim (patojos en plural hebreo)… ¿ Pero por qué tienen que meterse a vender en el templo?... “

“Claro, eso es culpa de los endemoniados sacerdotes que se llevan un tanto por ciento de las ventas… Pero ¿y si yo hubiera sido sacerdote… ? también estaría metido en el rollo?” (y se reiría Jesús imaginándose vestido con las solemnes túnicas de los sacerdotes, con el efod y sus 12 ‘ piedras preciosas colgando del cuello ).

Y el buen muchacho, Jesús de Nazaret, empezaría a sentir pena por los vendedores del templo, los cambistas, los sacerdotes y los levitas… y a pensar que todos eran hijos de Abrahán y mirando hacia atrás, hijos de Adán y Eva o como se llamasen (No había leído nada de Darwin), y mirando al fondo, hijos del Padre celestial.

Y el Maestro habría terminado su oración nocturna, solidario, pidiendo: “Padre, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos”.

Y bajó a cenar con Marta María y Lázaro la cena que había preparado el hermano aquella noche.

Es que a Jesús con esas idas y venidas, predicaciones y silencios, desiertos y cenas con toda clase de gente le estaba creciendo muy deprisa la conciencia en su corazón.

Su ciencia era la de cualquier campesino de su tierra, pero la conciencia, en sus noches y madrugadas hablando con el Padre que está en todos los cielos, se iba volviendo luminosa y universal. Se iba sintiendo unido con los apóstoles y los sembradores y pescadores y vendedores de higos…y hasta fariseos, escribas sacerdotes y levitas.
Cuando decía padre nuestro, la palabra nuestro no le unía solamente con los discípulos, con su madre y las mujeres que les acompañaban, sino con los publicanos, la guarnición romana, las chicas del prostíbulo y hasta Caifás, los fariseos y los tiesos sacerdotes.

La conciencia que le crecía a Jesús hacia el infinito le iba haciendo sentirse uno con toda la creación con las rocas, las flores, las aves y las personas. “Que todos sean uno padre como tú y yo somos uno". Llegaba a verse como en un espejo en cada persona que se le cruzaba en la vida.

El "amarás al prójimo como a ti mismo" se le estaba convirtiendo, gracias a sus noches de contemplación y a sus días entre leprosos y pobre gente… Se le convertía en Ama a tus prójimos que son tú mismo.
Porque… ese hombre eres tú.

Y eso sin haber leído nada de física cuántica


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Comentarios
  • Comentario por Neil Choc 26.10.17 | 23:00

    Que importante es ponerse en el lugar de los demás para tomar conciencia. Indiscutiblemente nos vuelve más humanos, más hijos de Dios. Siento que la falta de comuicación entre personas nos lleva a distanciarnos, queremos que nuestro critério sea preponderante y nos negamos a abrimos a otras posibilidades (ponernos en lugar de los demás). Precisamente por no querer comunicarnos y cerrarnos de mente y espíritu terminamos condenando injustamente y haciendo más grandes los problemas que se nos presentan, he aquí la importancia de hacer conciecia.

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