Tizas

El nuevo Gran Juego

01.12.08 | 14:43. Archivado en Globalización
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En 2008, la India Oil and Natural Gas Corporation firmó un importante acuerdo con el régimen chií para desarrollar y explotar dos cresos yacimientos: el denominado South Pars, descubierto en 1990, que guarda ingentes cantidades de gas bajo el lecho marino que se extiende a través del golfo Pérsico desde la costa meridional iraní hasta la playas de Bahrein, Emiratos Árabes Unidos y Qatar.

Y el campo de Azadegán, en el sudeste de la provincia iraní de Juzestán, hallado en 1999 y descrito como el filón petrolero más rico descubierto en los últimos treinta años. La empresa china SINOPEC y el ministerio iraní de Petróleo rubricaron este mismo año un contrato para el desarrollo conjunto de los pozos de Yadavarán, de los más productivos en Irán.

Aunque la multinacional rusa Gazprom ha extendido sus tentáculos hacia South Pars, y algunas estrategias de Irán y Rusia en torno a las reservas del mar Caspio están en conflicto, parece que la preocupación de Moscú por los avatares de la antigua Persia reside más en intereses geopolíticos que en avaricias energéticas.

En esa dirección parece apuntar el alarde de fuerza del Ejército ruso el pasado verano en la ex república soviética de Georgia. Rusia y Putin tienen su propia agenda para recuperar el poder y la capacidad de intimidación que tuvo el país en tiempos de la guerra fría. En los pasillos del Kremlin, la nueva élite ha entendido que la carta iraní –y en particular el tratamiento del conflicto nuclear– es un comodín que puede esgrimirse según convenga y ayudar a frenar las ambiciones de EE UU, en especial en Europa del Este.

“Debido al enfriamiento diplomático entre Washington y Moscú, será más difícil que la ONU pueda endurecer las sanciones a Irán por la disputa nuclear”, escribía en agosto de 2008 Christopher Dickey en la web de Newsweek. “Apretar más los tornillos será del todo imposible. Además, la posibilidad de un ataque a Irán liderado o apoyado por EE UU es también improbable. Nunca ha sido una buena idea, y ahora incluso podría ser una peligrosa distracción para el enfangado Ejército estadounidense. Israel, por mucho que tema, debe entender esto”, vaticinaba. Rusia cuenta, además, con la ventaja de la experiencia.

En el siglo XIX ya hubo de luchar con Reino Unido por el control del comercio y las materias primas en Asia Central, en lo que el escritor Rudyard Kipling definió como “el Gran Juego” en su novela Kim.

Esta nueva perspectiva ha terminado de convencer a las mentes grises que pululan por Washington de que quizá la mejor alternativa es forzar un cambio de orientación y confiar en el diálogo.

En este punto, el problema reside en cómo asfaltar el camino y sortear los numerosos obstáculos que lo entrampan. Arrinconada la opción militar, que además de las dudas de fiabilidad que plantea se considera altamente arriesgada, y perdida la confianza en la capacidad de la oposición en el exilio tras el fiasco cosechado en Irak, la única opción parece incentivar de alguna manera al nuevo régimen para que voltee su actitud y se avenga a cooperar. Las sanciones económicas tampoco han funcionado.

Y no parece que puedan hacerlo en el futuro. China por razones energéticas y Rusia por intereses políticos no parecen de momento inclinadas a endurecerlas con propuestas como cortar a Irán el suministro de gasolina y otros productos refinados. La crisis mundial financiera añade otros problemas. Las cuentas de Irán necesitan que el barril de petróleo se mantenga en torno a los 95 dólares. Cualquier precio por debajo perjudicaría el suministro energético lo que, como señala Raghida Dergham, corresponsal diplomático del diario árabe Al Hayat, ampliaría el apoyo popular a la energía nuclear.

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