Tizas

"Ayuda asesina": el fin de la ayuda exterior

03.04.09 | 09:31. Archivado en Globalización

(Michael Gerson).- La creencia estadounidense ampliamente compartida de que la ayuda exterior es destinada masivamente a ratoneras tropicales se ha visto reforzada recientemente por una joven economista de Zambia formada en Oxford llamada Dambisa Moyo. Su libro, “Ayuda asesina,” la ha dado a conocer a lo grande como celebridad conservadora, agasajada por Steve Forbes y apoyada por el Cato Institute.

Y el libro es una especie de maravilla: pocas veces tantos argumentos económicos convincentes han sido empleados para justificar conclusiones tan desastrosamente desencaminadas.

Moyo tiene respaldo de sobra para criticar décadas de ayuda exterior directa a los gobiernos africanos. Tal ayuda con frecuencia ha sido sostén de élites corruptas, ha protegido a los líderes de las consecuencias de su propia incompetencia y ha pospuesto reformas necesarias para el desarrollo de los mercados laborales. Ella da en el clavo al poner el acento en el decisivo papel del comercio, la inversión exterior directa y el capital local en el desarrollo de las naciones pobres -- fuentes de oportunidades que minimizan el volumen e importancia del flujo de ayuda.

Yo iría más allá. Durante la mayor parte de las últimas décadas, el desarrollo de África ni siquiera ha sido el objetivo de la ayuda exterior. Los europeos a menudo ofrecen dinero a la élite de antiguas colonias para lavar culpas. Durante la Guerra Fría, los estadounidenses utilizaban con frecuencia la ayuda exterior para pagar lealtades. La mayoría de los occidentales parecían entender a las naciones en desarrollo como estados dependientes a perpetuidad de la ayuda exterior de los que de todas formas cabía esperarse muy poco.

Pero Moyo no hace justicia a la extendida reacción en contra de este tipo de ayuda directa, que parte de la década de los 90. Estados Unidos empezó a adoptar un enfoque mucho más preciso y estratégico. El fondo Millennium Challenge Account destinó nuevas ayudas a naciones dispuestas a trabajar con socios responsables, dedicadas a la reforma y la transparencia. Las iniciativas contra el sida y la malaria exigieron y alcanzaron resultados considerables y con frecuencia han funcionado a través de la sociedad civil en lugar de entregar dinero directamente a los gobiernos africanos.

Moyo desprecia estos esfuerzos, afirmando que su libro "no se refiere a la ayuda de emergencia y las ayudas caritativas.” Pero los programas de América para el sida y la malaria son más que “caridad.” Anuncian un nuevo enfoque sobre la ayuda exterior -- preciso, centralmente dirigido y orientado a los resultados. PEPFAR, por ejemplo, un programa que yo defendí cuando trabajaba en la Casa Blanca, ha ayudado a más de 2 millones de personas a recibir tratamiento para el sida. La escala del programa también ha redundado en la consolidación de los sistemas de suministro, gestión y abastecimiento humano -- estimulando una profesionalidad que emana de un sistema sanitario entero y más allá.

Pero quizá sea lo mejor que Moyo no escribiera de estos temas, porque no sabe nada de ellos. Aludiendo al programa de América contra el sida, afirma: "En 2005, Estados Unidos prometió 15.000 millones de dólares a lo largo de cinco años para combatir el sida (el grueso a través del Plan de Emergencia del Presidente para la Ayuda contra el Sida). … Pero este dinero conllevaba condiciones. Las dos terceras partes de los fondos habían de ir a programas pro-abstinencia. …” El año del compromiso fue el 2003. Y el año pasado alrededor de la decimotercera parte del programa iba dedicada tanto a los programas de abstinencia como de fidelidad marital. No es ninguna minucia que una economista se equivoque por un factor nueve. Y no hay nada accidental en que Moyo desprecie y distorsione los avances de un programa de ayuda exterior que ayudó a salvar su país natal de Zambia de la ruina económica y social. En 2004, el 7% de los habitantes de Zambia que precisaban de medicación contra el sida la recibía. Ante septiembre de 2009, esa cifra debería haber superado el 66%. Las medicinas del sida, obviamente, no garantizan el crecimiento económico. Pero sospecho que una generación de muerte masiva inútil habría minado las esperanzas económicas de Zambia.

"Ayuda asesina" tiene otras limitaciones -- su argumento de que los diezmados mercados de capital globales son puntual alternativa a la ayuda destinada a las naciones africanas; su postura ingenua hacía la implicación china en África; su extraña controversia en torno a que las naciones africanas estarían mucho mejor asistidas por "un dictador benevolente y decidido.”

Pero el mayor error de Moyo es la condena general a la propia ayuda. “La ayuda fomenta una cultura militar.” “La ayuda engendra holgazanería por parte de los legisladores africanos.” Seguramente haya diferencia entre la ayuda destinada a cleptócratas opresores y la ayuda entregada a organizaciones de iniciativa religiosa que distribuyen medicinas contra el sida.

Si el argumento de Moyo consiste en que parte de la ayuda puede dar mal resultado, entonces no es polémico. Si su idea es que toda ayuda es mala, entonces es absurdo. La agenda política productiva consiste en incrementar lo bueno al tiempo que se reduce lo malo. El debate académico productivo reside en distinguir las dos cosas.

En su lugar, "Ayuda asesina" elige superar los límites de lo absurdo, proponiendo "un mundo sin ayuda" en una proyección a cinco años. Moyo no detalla los resultados posibles. Pero podemos predecir con seguridad uno de ellos. Muchos de los que ahora están vivos estarían muertos.

© 2009, Washington Post Writers Group


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