(David Ignatius).- El pasado mes de octubre, la administración Bush preparó un informe destinado a los ayudantes de Barack Obama y John McCain acerca del deterioro de la situación en Afganistán. Uno de los asesores expertos era David Kilcullen, gurú australiano de la contrainsurgencia que había sido uno de los arquitectos del incremento estadounidense de efectivos en Irak.
"Decíamos que la situación era extremadamente difícil en Afganistán, con una crisis de la seguridad y una crisis política desarrollándose al mismo tiempo," recuerda Kilcullen. Obama venía hablando durante la campaña electoral como si los problemas de Afganistán se pudieran solucionar añadiendo más tropas estadounidenses. El informe fue un toque de atención en torno a que el nuevo presidente se enfrentaría a ciertas decisiones políticas sumamente difíciles.
Ahora el presidente Obama se encuentra en las últimas fases de su análisis estratégico de Afganistán y Pakistán. Y Kilcullen, mientras tanto, acaba de publicar un libro en el que destila los consejos que ha venido ofreciendo a la Casa Blanca (la de Bush y la de Obama, por igual) y al General David Petraeus, el oficial de mayor graduación del Estado Mayor Conjunto sobre el terreno. El libro, “La guerrilla accidental," ofrece la hoja de ruta más clara que he visto para salir del atolladero en Afganistán.
Las opciones políticas de Obama para Afganistán se presentan normalmente en términos claros: o autoriza una nueva escalada sustancial, mucho más allá de los 17.000 efectivos adicionales a los que ya ha dado el visto bueno, o reduce drásticamente la misión hasta un esfuerzo de contraterrorismo más limitado, encaminado a evitar que al-Qaeda ataque sucesivamente.
Kilcullen sostiene que cualquiera de estas opciones extremas será un error. “Sería una locura sobresaliente comprometerse a estas alturas a una escalada a lo grande," en un momento en que el clima político tanto en Afganistán como en el vecino Pakistán es tan incierto. Debemos utilizar el suplemento de 17.000 efectivos para estabilizar la situación pero aplazando las grandes decisiones en torno a la escalada hasta las presidenciales de Afganistán en agosto.
Kilcullen comprende la mezcla de factores militares y políticos que impulsa las guerras de Irak y Afganistán. Y aunque se forjó un nombre como el estratega del incremento de efectivos de Petraeus, Kilcullen se muestra en realidad muy cauto con la idea de utilizar la fuerza militar para combatir a los militantes islámicos. En el libro sostiene que la invasión de Irak en 2003 por parte de Bush fue "un error estratégico sumamente serio" y que Estados Unidos "debería evitar tales intervenciones siempre que sea posible, simplemente porque los costes son muy elevados y los beneficios muy inciertos.” Pero una vez metidos en ello, no hay salida fácil.
El problema de estas guerras pequeñas radica en que la fuerza militar estadounidense genera una reacción que alimenta mayor violencia. Este enigma se expresa en el título de Kilcullen, “La guerrilla accidental.” La mayor parte de la gente a la que acabamos combatiendo en Irak y Afganistán no tenía ningún agravio importante que saldar con Estados Unidos desde el principio. Se vio arrastrada a la lucha casi por accidente, al reaccionar a los esfuerzos estadounidenses por destruir a al-Qaeda y los demás grupos musulmanes enemigos.
Kilcullen ofrece un modelo de cuatro etapas para explicar la radicalización del partidario Talibán prototípico en Afganistán. El proceso comienza con "la infección," que tiene lugar mientras al-Qaeda establece una presencia; después viene "el contagio," cuando al-Qaeda utiliza su refugio para lanzar ataques; entonces llega "la intervención" de Estados Unidos para destruir los refugios de al-Qaeda y sus protectores Talibanes; y eso da lugar al "rechazo," cuando la población local se alía con al-Qaeda y los Talibanes contra los invasores extranjeros.
Para América, es un ejercicio costoso y autodestructivo -- que es precisamente lo que pretende al-Qaeda. Kilcullen cita un sombrío discurso de Osama bin Laden en 2004: "Todo lo que tenemos que hacer es enviar a dos muyaidines al punto más alejado al este a plantar una bandera sobre la que esté escrito al-Qaeda, para hacer que los generales (estadounidenses) acudan allí a toda prisa, para causar a América sufrimiento humano, económico y pérdidas políticas... así que ahora seguimos esta política de desangrar a América hasta la bancarrota.”
Kilcullen sostiene que la administración Obama puede estabilizar Afganistán gradualmente utilizando la misma combinación de fuerza militar y política que utilizó Petraeus en Irak. La estrategia correcta consiste en eliminar del campo de batalla a los combatientes "accidentales" -- negociando con ellos, sobornándolos, compartiendo el poder con ellos o simplemente ignorándolos. Al mismo tiempo, Estados Unidos tiene que perseguir de manera implacable a sus adversarios de al-Qaeda, y desvincularlos de la población afgana. Por encima de todo, Obama tiene que evitar crear la reacción a una intervención militar estadounidense contundente allí en el vecino Pakistán.
Obama hereda una guerra sucia en Afganistán. El consejo de Kilcullen, según leo, consiste en tres “cosas que no hay que hacer.” No repetir errores pasados; no empeorar las cosas escalando la situación al extremo; no pensar que se puede abandonar por las buenas sin perjudicar a los intereses estadounidenses. Para Obama, eso significa un compromiso comedido, en algún punto entre una escalada importante y una fuerza mínima.
© 2009, Washington Post Writers Group
Sábado, 2 de junio
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