(Jeff Jacoby).-Hubo un tiempo no hace mucho -- soy lo bastante maduro para recordarlo -- en que a los comerciantes nunca se les preguntaba si aceptaban “plástico”. Se debía a que las tarjetas de crédito estaban hechas de metal. También eran mucho menos frecuentes que ahora. Apenas en 1970, alrededor de solamente el 16% de los hogares norteamericanos utilizaba tarjetas de crédito, y solamente alrededor de 800.000 establecimientos de venta al público las aceptaban.
Uno de esos establecimientos era la Tienda de Mobiliario de Interiores de Mark, en Willoughby, Ohio, un almacén propiedad de mis padres que vendía muebles, regalos y tarjetas de felicitación.
Durante varios veranos trabajé en la tienda, ayudando a los clientes, llevando diligencias y cobrando las ventas, que normalmente se pagaban en efectivo o mediante cheques. Los pagos con tarjetas de crédito eran aceptados, pero el procedimiento era tedioso. Primero, el número de cuenta del cliente tenía que ser cotejado con la relación más reciente de números de tarjetas de crédito robadas enviada por correo por las compañías de tarjetas de crédito. Para las compras superiores a una cierta cantidad, la compañía tenía que ser telefoneada para pedir autorización. Si el cargo era autorizado, se proporcionaba un número de confirmación, que tenía que ser registrado; la tarjeta era pasada entonces a través de una impresora manual ¡cataclinc!) y la hoja del importe tenía que ser rellenada manualmente y presentada al cliente para su firma. Finalmente, las tres copias del volante tenían que ser separadas y guardadas cuidadosamente cada una para su depósito eventual en el banco.
Una generación más tarde, las transacciones con tarjetas de crédito no podrían ser más fáciles, exigiendo solamente el paso por la ranura y una firma -- cada vez más ni siquiera la firma. Con esa conveniencia se han hecho omnipresentes: el 73 por ciento de los hogares americanos hoy tiene tarjetas de crédito y débito, que utilizan para comprar más de 2,4 trillones de dólares en bienes y servicios al año en bastante más de 7 millones de ubicaciones en Estados Unidos. Desde 2003, las compras con "plástico" han sobrepasado a las de cheque o efectivo, y la cifra de tarjetas en circulación en Estados Unidos ha superado holgadamente los mil millones.
Al igual que muchas cosas que son populares y útiles, las tarjetas de crédito tienen sus desventajas. Pero sería difícil pensar en un ejemplo más rotundo de éxito del libre mercado, un ejemplo que a diario demuestra su valor total a millones de consumidores y comerciantes que voluntariamente utilizan tarjetas para pagar. De manera que naturalmente algunos miembros del Congreso piensan que tienen que ponerse manos a la obra y "arreglar" el sistema que ha permitido prosperar a la industria de las tarjetas de crédito.
En cuestión están las "comisiones de intercambio", el alrededor del 2 por ciento de cada transacción con tarjeta de crédito que es cobrado por el banco que extiende la tarjeta. Las comisiones de intercambio financian la tecnología y los costos relacionados implicados en desplazar fondos millones de veces cada día entre, y a través de, comerciantes, clientes, bancos y las entidades de tarjetas de crédito -- sobre todo Visa y Mastercard -- que hacen posible esas transacciones.
Conforme las transacciones con tarjeta se han popularizado, las comisiones de intercambio se han disparado. Ahora alcanzan los 35.000 millones de dólares al año, y algunos comerciantes quieren que el gobierno obligue a Visa y Mastercard a rebajarlas. La legislación propuesta por los Representantes John Conyers, Demócrata por Michigan, y Chris Cannon, Republicano por Utah, exigirían a las entidades expendedoras de tarjetas de crédito entrar en negociaciones formales con los minoristas; en caso de no alcanzarse un acuerdo, se autorizaría a un panel de tres jueces a imponer unilateralmente las comisiones.
¿Y por qué los minoristas, que ciertamente no querrían que los burócratas del gobierno les dijeran cuánto cobrar por abrigos u ordenadores o chocolatinas, quieren que se le diga a Visa y Mastercard cuánto cobrar por los servicios de tarjeta? Porque, afirman ellos, las redes de tarjetas tienen tanto poder que son inmunes a las presiones del mercado que rebajarían las comisiones de intercambio en un mercado verdaderamente competitivo.
Pero ni Visa ni Mastercard son monopolios en absoluto, y a los minoristas no les faltan opciones diferentes. Nadie está obligado a aceptar Visa o Mastercard; los minoristas son libres de aceptar American Express exclusivamente o Discover, que utiliza un modelo diferente y no cobra comisiones. Los comerciantes de Internet tienen aún más opciones, como PayPal o Google Checkout. Y, por supuesto, están los antiguos recursos de siempre: efectivo y cheques.
Tampoco es verdad que Visa y Mastercard son inmunes a las presiones del mercado. La industria de la comida rápida se ha resistido mucho tiempo a aceptar tarjetas de crédito, tanto porque son percibidas como demasiado costosas en tiempo como a causa de comisiones elevadas. "En respuesta", informaba en 2004 el Wall Street Journal, "la industria de tarjetas rebajó las comisiones a cobrar a restaurantes de servicio rápido y se prescindió del requisito de la firma". Hacia 2006, los clientes utilizaban tarjetas de crédito y débito para comprar alrededor de 51.000 millones de dólares en comida rápida.
Las tarjetas de crédito han sido en favor para los minoristas, que saben que los consumidores compran más cuando pagan con tarjeta. Ni ellos ni sus clientes van a estar mejor con el Gran Hermano dictaminando las comisiones de intercambio. La floreciente industria de las tarjetas claramente no está averiada. El Congreso no tiene que repararla.
Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe.
Martes, 13 de mayo
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