(PD).-David Mamet salió del armario este mes. No, de ese armario no. En un artículo para la edición del 11 de marzo de Village Voice, el renombrado dramaturgo (American Buffalo, Glengarry Glen Ross, Speed-the-Plow) admite algo que es mucho más probable que manche su reputación entre la elite mundial de las artes que cualquier revelación en materia de orientación sexual. Admite estar despertando del progresismo.
El "ensayo de campaña electoral" de 2.500 palabras de Mamet -comenta Jeff Jacoby en The Boston Globe- abre con la respuesta de John Maynard Keynes a un crítico que le acusaba de inconsistencia: "Donde los hechos cambian, yo cambio mi opinión. ¿Qué hace usted, caballero?" A continuación pasa a describir su obra más reciente, November, una comedia en el Despacho Oval que presenta a un presidente "interesado, corrupto, sobornado y realista" y su "izquierdista, lesbiana y socialista utópica redactora de discursos".
Tras esta hilaridad, escribe Mamet, November es una polémica entre dos opiniones de la sociedad humana: "la opinión conservadora (o trágica) y la opinión progre (o perfeccionista)". Los conservadores como el presidente de la obra asumen que la mayor parte de la gente "se dedica a ganarse la vida, y la mejor manera que tiene el gobierno de facilitar eso es mantenerse al margen", dado que los desastres provocados por la intervención del estado son en general peores que aquellos que surgen cuando se deja en paz al libre mercado. En la opinión progre, la sociedad está aquejada de enfermedades que solamente el gobierno está dotado para curar.
"Yo adopté la visión progre durante muchas décadas", confiesa Mamet, "pero estoy seguro de haber cambiado de opinión”.
No fue exactamente una conversión bíblica -- fue más bien un descubrimiento gradual de que las ideas conservadoras encajaban mejor con la vida cotidiana que las presunciones progres que solía tener como actos de fe. Recuerdo a asistir al estreno de la electrificante Oleanna de Mamet en el Hasty Pudding Theatre de Cambridge en 1992. La obra gira en torno a una acusación de acoso sexual planteada por una estudiante contra su profesor, y ya entonces estaba claro que Mamet era consciente de los peligros McCarthyistas de la corrección política y el fanatismo izquierdista.
Pero la decisión de escribir una obra sobre política y políticos condujo a Mamet a excavar de manera más sistemática en el pensamiento político. "Empecé a leer no solamente las obras económicas de Thomas Sowell (nuestro mayor filósofo contemporáneo) sino a Milton Friedman, Paul Johnson, y Shelby Steele, y un puñado de escritores conservadores, y descubrí que estaba de acuerdo con ellos", escribe. Conforme leía y se veía reflejado, se descubrió liberándose de los prejuicios progresistas que siempre habían formado parte de su bagaje intelectual: hostilidad al capitalismo. Desconfianza del ejército. Resentimiento por las desigualdades económicas. Por encima de todo, el oscurantismo de "todo va siempre mal" de la visión del mundo izquierdista.
La miseria abunda en El mundo según los progres. Es un mundo en el que el cambio climático devasta el medio ambiente y las familias luchan por llegar a fin de mes, mientras los crímenes de odio aterrorizan a las minorías y las tabaqueras envenenan a los niños. A donde quiera que mire el progre, hay malas noticias: profesores mal pagados, acusados inocentes que van a prisión, familias faltas de seguro médico, buenos puestos de trabajo que se deslocalizan, un techo de cristal que mantiene a las mujeres en puestos bajos, recortes fiscales que favorecen a los ricos, homosexuales deseosos de igualdad, y la Patriot Act que destroza nuestras libertades civiles.
Pero en la práctica, observaba Mamet, el mundo real no es tan desgraciado. "La gente en general parece sobrevivir al día a día" dice, y "nosotros en Estados Unidos sobrevivimos al día a día bajo circunstancias bastante maravillosas y privilegiadas". En cuanto a la beneficencia del estado, ¿más gobierno mejora las cosas? En conjunto, decide, la respuesta es negativa, y aprovecha su experiencia teatral para ilustrar la idea:
"Quite al director del escenario de la obra, y ¿qué tiene? Normalmente una reducción de la tensión, un tiempo de ensayo más corto, y una producción mejor”.
"El director en general no provoca tensión, sino que su presencia impide a los actores dirigir (y fabricar) afirmaciones diseñadas para apelar a la Autoridad -- es decir, para... meterse en política, el propósito de lo cual puede ser obtener posición social e influencia fuera de la aparente meta del esfuerzo". Podría estar hablando del proceso presupuestario del Congreso.
Mamet es solamente el más reciente de una larga fila de izquierdistas notables que se desplazan a la derecha, entre ellos Whittaker Chambers, Jeane Kirkpatrick, Norman Podhoretz, Michael Novak, David Horowitz -- y Ronald Reagan. Al igual que ellos, Mamet fue asaltado por la realidad. Al igual que ellos, ajustó sus opiniones para encajar en los hechos, y sin duda pagará un precio social por su apostasía. Convenga o discrepe de las opiniones que ahora ostenta, su integridad intelectual merece un bis de aplausos.
Jueves, 21 de agosto
Xoán Xulio Alfaya
ADIÓS AYER
Vicente Torres
Silvia Carreño
Vilagarcía na Rede
Miguel Torres Galera
Manuel Molares do Val
José Javier Solabre Heras