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Cuestiones de léxico

21.09.05 | 09:21. Archivado en Terrorismo, Globalización
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Las palabras no son inocentes. A la hora de elegir los términos, hay que hilar muy fino, porque parte de la batalla contra los malvados se libra en las páginas d elos peródicos, en los noticieros de radio y televisión o en los comunicados. Y de la selección de palabras como guerrillero, insurgente, rebelde, comando o acción, en lugar de criminal, terrorista, facineroso o asesinato, hay un largo trecho. He encontrado por la Red una artículo de Mariano Arnal , quien analiza en Elalmanaque la palabra terrorista y merece la pena leer lo que escribe.

Vamos a ser consecuentes, y ya que hemos creado la palabra, asumamos lo que lleva consigo. Está formada por el radical terror, ya explicado, y por el sufijo –ista, que es el que me interesa en este momento. Veamos qué es eso de ­–ista.

El María Moliner nos lo define con absoluta claridad: 1. Sufijo con que se forman nombres de agente, oficio o profesión: almacenista, taxista, dentista. 2. Nombres adjetivos de partidario de, o adicto a lo que expresa la misma raíz con la terminación “-ismo”: carlista, modernista, fatalista. Es decir que allí donde hay un –ismo, un –ista es un partidario o un adicto a ese –ismo.

Es la lengua la que quiere que así sea, y por tanto es siempre así. Si comunista es el partidario o adicto del comunismo, y nacionalista el partidario o adicto del nacionalismo, terrorista no será sólo el que ejerce el oficio del terror, como el taxista ejerce el oficio del taxi o el editorialista ejerce el de los editoriales; no será sólo ese, sino también y no en último lugar, el que es partidario o adicto del terrorismo.

Es lógico que así sea, porque sin el soporte ideológico del terrorismo que los viste y los santifica, los actos de terror se convierten en meros delitos comunes, que también causan terror, sobre todo los más violentos; y sin embargo no pasan por ello a llamarse actos terroristas, y menos aún “de terrorismo”, puesto que no tienen una doctrina que los defienda, los justifique, los santifique y les asigne categoría, dignidad y discurso. Eso es lo que manda la lengua.

Los conceptos de terrorismo y terrorista no se deben tanto al terror como a la ideología sobre el empleo político del terror. De ahí que terroristas propiamente dichos no son tanto los que aterrorizan, que todos los criminales lo hacen, sino los que en uno u otro grado comulgan con las ideas que defienden, comprenden, toleran y tratan con una especial deferencia a los que practican el terror con fines políticos.

Toca pues redefinir al terrorista, y hay que hacerlo desde el terrorismo, precisamente desde el ismo, desde la adicción a sus doctrinas. Para el terror sin –ismos, tiene nuestra lengua los adjetivos aterrador y terrorífico, que se aplican a todo acto que causa terror. Para saltar de ahí al –ismo hay que ponerle cara y ojos al terror, hay que engalanarlo, hay que construir en torno a él un cuerpo de doctrina, hay que crear fuertes corrientes que penetren en el tejido social, como se tuvo que hacer con el liberalismo en su día, y luego con el capitalismo, el comunismo, el socialismo, el nacionalismo.

Si las doctrinas y tendencias no impregnan el pensamiento y la acción, se agotan en sí mismas. Por eso en el examen del terrorismo como ideología política no hay más que ver cómo todo el tejido social ha dado carta de naturaleza a esa ideología. No hay más que echar un vistazo a las iglesias que frecuentan los nacionalistas, a los tribunales que juzgan a los terroristas y a las cárceles en que están alojados los terroristas presos, en condiciones envidiadas por los presos comunes; no hay más que ver y oír las constantes piruetas de los políticos en sus esfuerzos por no llamar a cada uno por su nombre, para entender que el terrorismo como doctrina ha calado muy hondo, y ha sido asumido no sólo por la iglesia, por los tribunales (según el Constitucional, los dirigentes del partido de los terroristas no eran terroristas; y en todo caso no se debía castigar con excesivo rigor su apología del terrorismo), por el estado y por los políticos, sino que incluso las víctimas vivientes (las mortales ya no; recordemos a Ernest Lluc) le reconocen algún tipo de legitimidad al terrorismo, y por eso han asumido convivir con él.

No debieran pues ofenderse de que les llamen terroristas los que en diversos grados entienden y asumen la ideología en que se mueve el terrorismo, porque se trata sobre todo de un fenómeno ideológico.

Ni debería sentirse molesto el brazo político de Eta, llámese Hb o Eh, si se le llama con toda propiedad partido terrorista (mejor con artículo determinado); ni debieran molestarse el tribunal constitucional, y el supremo, y la audiencia nacional si se les denomina proterroristas, y muchos opinadores de oficio si se les califica de filoterroristas.


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