Las palabras no son inocentes. A la hora de elegir los términos, hay que hilar muy fino, porque parte de la batalla contra los malvados se libra en las páginas d elos peródicos, en los noticieros de radio y televisión o en los comunicados. Y de la selección de palabras como guerrillero, insurgente, rebelde, comando o acción, en lugar de criminal, terrorista, facineroso o asesinato, hay un largo trecho. He encontrado por la Red una artículo de Mariano Arnal , quien analiza en Elalmanaque la palabra terrorista y merece la pena leer lo que escribe.
Vamos a ser consecuentes, y ya que hemos creado la palabra, asumamos lo que lleva consigo. Está formada por el radical terror, ya explicado, y por el sufijo –ista, que es el que me interesa en este momento. Veamos qué es eso de –ista.
El María Moliner nos lo define con absoluta claridad: 1. Sufijo con que se forman nombres de agente, oficio o profesión: almacenista, taxista, dentista. 2. Nombres adjetivos de partidario de, o adicto a lo que expresa la misma raíz con la terminación “-ismo”: carlista, modernista, fatalista. Es decir que allí donde hay un –ismo, un –ista es un partidario o un adicto a ese –ismo.
Es la lengua la que quiere que así sea, y por tanto es siempre así. Si comunista es el partidario o adicto del comunismo, y nacionalista el partidario o adicto del nacionalismo, terrorista no será sólo el que ejerce el oficio del terror, como el taxista ejerce el oficio del taxi o el editorialista ejerce el de los editoriales; no será sólo ese, sino también y no en último lugar, el que es partidario o adicto del terrorismo.
Es lógico que así sea, porque sin el soporte ideológico del terrorismo que los viste y los santifica, los actos de terror se convierten en meros delitos comunes, que también causan terror, sobre todo los más violentos; y sin embargo no pasan por ello a llamarse actos terroristas, y menos aún “de terrorismo”, puesto que no tienen una doctrina que los defienda, los justifique, los santifique y les asigne categoría, dignidad y discurso. Eso es lo que manda la lengua.
Los conceptos de terrorismo y terrorista no se deben tanto al terror como a la ideología sobre el empleo político del terror. De ahí que terroristas propiamente dichos no son tanto los que aterrorizan, que todos los criminales lo hacen, sino los que en uno u otro grado comulgan con las ideas que defienden, comprenden, toleran y tratan con una especial deferencia a los que practican el terror con fines políticos.
Toca pues redefinir al terrorista, y hay que hacerlo desde el terrorismo, precisamente desde el ismo, desde la adicción a sus doctrinas. Para el terror sin –ismos, tiene nuestra lengua los adjetivos aterrador y terrorífico, que se aplican a todo acto que causa terror. Para saltar de ahí al –ismo hay que ponerle cara y ojos al terror, hay que engalanarlo, hay que construir en torno a él un cuerpo de doctrina, hay que crear fuertes corrientes que penetren en el tejido social, como se tuvo que hacer con el liberalismo en su día, y luego con el capitalismo, el comunismo, el socialismo, el nacionalismo.
Si las doctrinas y tendencias no impregnan el pensamiento y la acción, se agotan en sí mismas. Por eso en el examen del terrorismo como ideología política no hay más que ver cómo todo el tejido social ha dado carta de naturaleza a esa ideología. No hay más que echar un vistazo a las iglesias que frecuentan los nacionalistas, a los tribunales que juzgan a los terroristas y a las cárceles en que están alojados los terroristas presos, en condiciones envidiadas por los presos comunes; no hay más que ver y oír las constantes piruetas de los políticos en sus esfuerzos por no llamar a cada uno por su nombre, para entender que el terrorismo como doctrina ha calado muy hondo, y ha sido asumido no sólo por la iglesia, por los tribunales (según el Constitucional, los dirigentes del partido de los terroristas no eran terroristas; y en todo caso no se debía castigar con excesivo rigor su apología del terrorismo), por el estado y por los políticos, sino que incluso las víctimas vivientes (las mortales ya no; recordemos a Ernest Lluc) le reconocen algún tipo de legitimidad al terrorismo, y por eso han asumido convivir con él.
No debieran pues ofenderse de que les llamen terroristas los que en diversos grados entienden y asumen la ideología en que se mueve el terrorismo, porque se trata sobre todo de un fenómeno ideológico.
Ni debería sentirse molesto el brazo político de Eta, llámese Hb o Eh, si se le llama con toda propiedad partido terrorista (mejor con artículo determinado); ni debieran molestarse el tribunal constitucional, y el supremo, y la audiencia nacional si se les denomina proterroristas, y muchos opinadores de oficio si se les califica de filoterroristas.
Sábado, 2 de junio
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Rufino Soriano Tena
Pedro Fernández Barbadillo
Paco Sande
Julio César Izquierdo
Raúl González Zorrilla
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel| Junio 2012 | ||||||
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