Tierra liberada

CONSTELAR

14.01.19 | 17:19. Archivado en Autor

Constelar es un permanente ejercicio de rendición, reconocer el mundo sagrado que es el otro con su órbita ya acertada y elíptica, ya caótica y desordenada.

Constelar es acercarnos a un centro capaz de abrazar las conciencias, los planetas, los universos. Es abrirnos a la Vida sin discriminación de ningún orden.

Constelar es observar la superficie soleada y luminoso de las tierras cercanas, saber en un momento perdonar sus cráteres más profundos y lunares.

Constelar es poner fin a nuestro deseo de controlar las rotaciones y traslaciones ajenas; asumir el movimiento libre ya de nuestros seres queridos, ya de cuantos planetas nos circundan.

Constelar es sellar con paz el pasado, pero también el futuro que está por llegar. Es darnos la oportunidad de reconciliarnos dentro, la determinación de hacerlo mejor, de contribuir al rotar más armonioso, al orden superior del universo.

Podemos explorar nuestras "constelaciones familiares" y universales con un terapeuta, pero tampoco conviene olvidar que llevamos al sanador puesto. Constelar es reconocer la infinitud del universo, su ilimitado amor y maravilla. Es observarnos como parte de un Plan grandioso, como tributo tan diminuto como trascendente a su misteriosa Trama.

Podemos apuntarnos o no al taller de fin de semana, participar de los entrañables círculos de sanación que se prodigan en nuestros días, pero puede también bastar con alinearnos con el Sol de la Vida, la Luz y la compasión infinita.

Es tiempo de darnos unas vueltas por dentro; de constelarnos y prepararnos; de hacer nuestro ese Orden fascinante al romper cada Alba. Al transcurrir eones también fuego en nuestra piel redonda, nos rotarán mayores orbes, daremos a rayos llenos.

Artaza 14 de Enero de 2019


Tentadoras “series”

08.01.19 | 12:08. Archivado en Autor

Dicen los hindúes que “maya” representa un velo que es preciso trascender, un espejismo a vencer, una irrealidad que nos impiden conocer la verdadera realidad. Tienta una huida de la realidad que nunca se nos presentó tan cómoda. Nunca “maya” estuvo tan a mano, tan sin esfuerzo. El “maya” del fácil y omnipresente “play” nos acorrala como nunca hasta el presente. Tienta el botón que te saca de tus coordenadas. “Maya” y sus innumerables pantallas de los más diversos formatos y tamaños nos rodean. Se ha hecho incluso ya un lugar privilegiado en nuestros bolsillos con la invención y popularización del “smarthphone”.

Manifestamos escaso interés por levantar ese velo, nos sentimos cómodos con él. Este mundo moderno nos proporciona una ficción en la que es posible postergar sin límite el despertar. Sin embargo, de esa ilusión, de ese sofá con conos de palomitas cada día más grandes, un día también habremos de emerger.

Ahora que las más importantes cadenas presentan sus programaciones de “series” para el 2019, puede ser oportuno reflexionar sobre el tema. Me pregunto de dónde viene esa sed generalizada de “series”. No termino de encontrar en ello un síntoma alentador. La adicción a las “series” puede tener algo que ver con huida. La diferencia es clara entre la búsqueda eventual de unos momentos de distracción o la dependencia que se genera con un próximo capítulo que en realidad nunca se acaba.

El salto de una “serie” a otra equivale al simple desplazamiento de un dedo. Saltando de “serie” en “serie”, un día observaremos que, atados al mando a distancia, buena parte de los capítulos de nuestra verdadera vida han quedado sin vivir, sin apurar, sin enterarnos. Corremos el peligro de dejar de ser, en importante medida, los dueños de nuestros días, de que otros los vivan por nosotros, de relegarnos nosotros mismos al papel de meros espectadores. Impotentes para transformar la realidad, pareciera que finalmente hubiéramos optado por pulsar todas las noches el cómodo “play” y escapar lejos. Esta moda de las “series” que arrasa suena demasiado a renuncia como para adherirse a ella. En vez de cambiar para bien este mundo, habríamos decidido fabricar otro de ficción. 

Las “series” sin final aparente nos terminan de atar a lo ilusorio. Para los hindúes “maya” es un nudo que nos amarra a lo irreal y la irreal pantalla va comiéndose cada vez más lo cotidiano puertas del hogar adentro. Entretenernos en exceso en la ficción ante la pantalla, puede hacernos olvidar que quizás estábamos aquí para apurar el instante, quizás para nuestro cultivo y mejora. Permanentemente enganchados a la última “serie”, podemos despistarnos de nuestros compromisos en esta existencia más real. La mezcla somnolienta de sofá y “serie”, puede hacernos obviar retos pendientes, adormecer el anhelo de transformarnos a nosotros mismos y transformar esta realidad. La “revolución de las series” suena más a final que a anticipo de un empeño.  Hay otra épica que no se digitaliza, que no se “sube” necesariamente a las pantallas, una épica que nos invita a entregarnos a una existencia más de verdad, incluso a algún ideal en medio de ella. Por ejemplo, a aquél que simplemente consistía en construir un mundo más compartido y solidario, más comunicativo y fraterno. 

No somos los espectadores, sino más bien los protagonistas de la más apasionante aventura por nombre “vida”, que nunca podrá una “serie” emular. Esta aventura exige a menudo sus dosis de coraje y fuerza de voluntad, reclama distancia profiláctica del siempre peligroso, siempre excesivamente amortiguado y confortable sofá. La verdadera vida arranca casi siempre en el momento en que pulsamos el “off” de nuestras numerosas pantallas. Programemos unas “series” propias de las que no quedemos fuera, en la que no haya que aprender ningún papel encomendado, en las que nosotros/as podamos volver a por fin al centro de la trama.


"Cocinar juntos. Carta abierta José María Múgica"

04.01.19 | 20:35. Archivado en Autor

Cocinar juntos

Apreciado Josemaría. Perdona este “asalto” sorpresivo después de décadas de silencio comunicativo. El tema yo creo que lo merece. No se trata ya de dar tardía continuidad a nuestras largas discusiones políticas juveniles, sino de explorar, después de todo el tiempo trascurrido, cómo podemos hacer de esta Euskadi de tan buen momento, una Euskadi mejor. Nadie puede invitar a nadie a perdonar. No es fácil colocarse en el lugar de quien tiene ante sí semejante reto. El perdón es por lo demás algo muy personal e íntimo. Su fruto maduro cae cuando la víctima dispone.

Permíteme a lo sumo, contextualizar el momento, apuntar retos de futuro. Con todo respeto, permíteme señalar que el perdón no es privativo de una Iglesia de la que, con tu considerable parte de razón, has recelado. El perdón y la compasión son patrimonio universal, sentimientos de humanidad que somos llamados, cada quien en su contexto, a recuperar. A lo sumo confesarte que creo que está bien sentarse al mismo mantel, cenar juntos, Josemaría. Hemos comido, cenado, vivido durante tantos años separados. Está bien compartir pucheros y “sociedad”, después de tantos decenios confrontando en el seno de esa misma sociedad. Está bien que Mendia y Otegi se citen junto a los fogones con delantal limpio. ¿Hasta cuándo los otros uniformes de batalla? ¿Hasta cuándo mantendremos las trincheras? ¿Hasta qué generación inocularemos resentimiento? Llevábamos tanto tiempo sin compartir nada. Ahora ha llegado la hora del compartir “sociedad”, “cazuelita”, ocio…, sobre todo proyectos, futuro de paz, mañana de armonía y solidaridad.

Vivimos en Euskadi una primavera que nunca hemos gozado. Más pronto que tarde terminará de florecer La floración es dejar atrás los inviernos, que no necesariamente olvidarlos. “¡Ave María Purísima…!” saludaba tu aita al mío por teléfono. “¡Arriba parias de la tierra!”, contestaba sin apocarse mi progenitor. Eran dos mundos diferentes, aparentemente ajenos, pero de un respeto exquisito. Esa mutua consideración desbordaba el ámbito profesional. Sí, después vinieron los que hicieron de la diferencia sangre y abismo. La convivencia que rompieron la podemos recomponer y ése es el mejor regalo que podemos donar al futuro.

Vamos a sanar pasados. Entremos a la cocina, como Mendia y Otegi y cocinemos con mucha verdura sana y ecológica, con mucha cebolla dulce. Puedes dejarles cocinar Josemaría y acercarte de nuevo, desnudo de rencores, a tu casa de siempre, el Partido Socialista. Vamos a intentar perdonarnos. Algún día tendremos que vaciar el más pesado de los fardos, el del rencor, algún día pasar la página a esa historia de ETA tan tremenda, que algunos padecisteis tan cercana e injustamente. Hicieron barbaridades y la que acabó con tu padre no fue precisamente una bala perdida. La solicitud de perdón de quienes brutalmente sellaron su aliento, de quienes les apoyaron, se está también cocinando, si bien es verdad que a fuego mucho más lento de lo que quisiéramos. La deben estar sazonando, la acabarán presentado. De todas formas, cocinar reconciliación para las nuevas generaciones, no es sólo deber de la izquierda abertzale.

Es cierto, otros no llevamos con nosotros el dolor que tu familia alberga dentro. Es cierto que la invitación a sacrificar nuestro dolor en aras de un bien colectivo es listón muy alto, pero nadie sabe tampoco cómo y por qué retornan, en víspera de los renacimientos colectivos, la invitación a los testimonios excepcionales. No hace falta abrazar al Nazareno del que seguramente marques aún distancia, al Jesús del eterno perdón, de ese amor tan incondicional, como a veces casi imposible. Podemos abrazar a un Azaña beligerante ante el catolicismo que siempre has estimado. Sin embargo, a la postre nos presenta semejante y titánico reto de perdón. La “paz, piedad y perdón” de Don Manuel en su histórico discurso del 18 de julio de 1938 en Barcelona, era como él mismo apunta, un aviso para nosotros, los navegantes del futuro. ¿Cuánto no tenía que perdonar el presidente de una República atacada por el primer y más contundente fascismo, honorable Dama en aquel momento ya ferozmente acorralada? Esa alocución excepcional que tú mentas en tu carta al presidente Sánchez es en realidad un mensaje fuera del tiempo y por lo tanto plenamente actual.

Préstame las palabras de don Manuel, amigo de la adolescencia, amigo de siempre: “Paz, piedad y perdón”, también para esta Donosti, para esta Euskadi maltratadas. Después de tanto cabello revuelto, de tanto pasado convulso, después de todo lo que ha padecido, Donosti está especial, rabiosamente bella. Podemos perfumarla con nuestros perdones, con un espíritu cada vez más generalizado de reconciliación. Entonces difícilmente hallará par.

Se puede nacer en la misma ciudad, remontar una y mil veces la misma Aldapeta rumbo al colegio religioso, alimentar la misma y juvenil rebeldía, compartir amistad y después observar la realidad de forma tan diferente... Seguramente fueron las consecuencias de esas balas tan absurdas como crueles las que terminaron de alejar nuestros mundos. Hemos podido vivir culturas separadas, esferas estancas y ahora unirnos “en tu nombre” y los otros nombres, en el apasionante desafío de inaugurar un futuro para Euskadi definitivamente diferente; una Euskadi en la que por fin haya un sitio para todos/as, incluso para quienes se hallan aún en su “txoko”, cocinando a fuego muy lento su imprescindible solicitud de perdón.


28.12.18 | 18:29. Archivado en Autor

Cocinar juntos. Carta abierta José María Múgica

Apreciado Josemaría. Perdona este “asalto” sorpresivo después de décadas de silencio comunicativo. El tema yo creo que lo merece. No se trata ya de dar tardía continuidad a nuestras largas discusiones políticas juveniles, sino de explorar, después de todo el tiempo trascurrido, cómo podemos hacer de esta Euskadi de tan buen momento, una Euskadi mejor.  Nadie puede invitar a nadie a perdonar. No es fácil colocarse en el lugar de quien tiene ante sí semejante reto. El perdón es por lo demás algo muy personal e íntimo. Su fruto maduro cae cuando la víctima dispone.

Permíteme a lo sumo, contextualizar el momento, apuntar retos de futuro. Con todo respeto, permíteme señalar que el perdón no es privativo de una Iglesia de la que, con tu considerable parte de razón, has recelado. El perdón y la compasión son patrimonio universal, sentimientos de humanidad que somos llamados, cada quien en su contexto, a recuperar. A lo sumo confesarte que creo que está bien sentarse al mismo mantel, cenar juntos, Josemaría. Hemos comido, cenado, vivido durante tantos años separados. Está bien compartir pucheros y “sociedad”, después de tantos decenios confrontando en el seno de esa misma sociedad. Está bien que Mendia y Otegi compartan portada en el “Diario Vasco”. Acierta el periódico donostiarra al llevar a la primera página una normalidad con delantal limpio. ¿Hasta cuándo los otros uniformes de batalla? ¿Hasta cuándo mantendremos las trincheras? ¿Hasta qué generación inocularemos resentimiento? Llevábamos tanto tiempo sin compartir nada. Ahora ha llegado la hora del compartir “sociedad”, “cazuelita”, ocio…, sobre todo proyectos, futuro de paz, mañana de armonía y solidaridad.

Vivimos en Euskadi una primavera que nunca hemos gozado. Más pronto que tarde terminará de florecer La floración es dejar atrás los inviernos, que no necesariamente olvidarlos. “¡Ave María Purísima…!” saludaba tu aita al mío por teléfono. “¡Arriba parias de la tierra!”, contestaba sin apocarse mi progenitor. Eran dos mundos diferentes, aparentemente ajenos, pero de un respeto exquisito. Esa mutua consideración desbordaba el ámbito profesional. Sí, después vinieron los que hicieron de la diferencia sangre y abismo. La convivencia que rompieron la podemos recomponer y ése es el mejor regalo que podemos donar al futuro.

Vamos a sanar pasados. Entremos a la cocina, como Mendia y Otegi y cocinemos con mucha verdura sana y ecológica, con mucha cebolla dulce. Puedes dejarles cocinar Josemaría y acercarte de nuevo, desnudo de rencores, a tu casa de siempre, el Partido Socialista. Vamos a intentar perdonarnos. Algún día tendremos que vaciar el más pesado de los fardos, el del rencor, algún día pasar la página a esa historia de ETA tan tremenda, que algunos padecisteis tan cercana e injustamente. Hicieron barbaridades y la que acabó con tu padre no fue precisamente una bala perdida. La solicitud de perdón de quienes brutalmente sellaron su aliento, de quienes les apoyaron, se está también cocinando, si bien es verdad que a fuego mucho más lento de lo que quisiéramos. La deben estar sazonando, la acabarán presentado. De todas formas, cocinar reconciliación para las nuevas generaciones, no es sólo deber de la izquierda abertzale.

Es cierto, otros no llevamos con nosotros el dolor que tu familia alberga dentro. Es cierto que la invitación a sacrificar nuestro dolor en aras de un bien colectivo es listón muy alto, pero nadie sabe tampoco cómo y por qué retornan, en víspera de los renacimientos colectivos, la invitación a los testimonios excepcionales. No hace falta abrazar al Nazareno del que seguramente marques aún distancia, al Jesús del eterno perdón, de ese amor tan incondicional, como a veces casi imposible. Podemos abrazar a un Azaña beligerante ante el catolicismo que siempre has estimado. Sin embargo, a la postre nos presenta semejante y titánico reto de perdón. La “paz, piedad y perdón” de Don Manuel en su histórico discurso del 18 de julio de 1938 en Barcelona, era como él mismo apunta, un aviso para nosotros, los navegantes del futuro. ¿Cuánto no tenía que perdonar el presidente de una República atacada por el primer y más contundente fascismo, honorable Dama en aquel momento ya ferozmente acorralada? Esa alocución excepcional que tú mentas en tu carta al presidente Sánchez es en realidad un mensaje fuera del tiempo y por lo tanto plenamente actual.

Préstame las palabras de don Manuel, amigo de la adolescencia, amigo de siempre: “Paz, piedad y perdón”, también para esta Donosti, para esta Euskadi maltratadas. Después de tanto cabello revuelto, de tanto pasado convulso, después de todo lo que ha padecido, Donosti está especial, rabiosamente bella. Podemos perfumarla con nuestros perdones, con un espíritu cada vez más generalizado de reconciliación. Entonces difícilmente hallará par.

Se puede nacer en la misma ciudad, remontar una y mil veces la misma Aldapeta rumbo al colegio religioso, alimentar la misma y juvenil rebeldía, compartir amistad y después observar la realidad de forma tan diferente... Seguramente fueron las consecuencias de esas balas tan absurdas como crueles las que terminaron de alejar nuestros mundos. Hemos podido vivir culturas separadas, esferas estancas y ahora unirnos “en tu nombre” y los otros nombres, en el apasionante desafío de inaugurar un futuro para Euskadi definitivamente diferente; una Euskadi en la que por fin haya un sitio para todos/as, incluso para quienes se hallan aún en su “txoko”, cocinando a fuego muy lento su imprescindible solicitud de perdón.


Reconstruir los puentes

26.12.18 | 18:54. Archivado en Autor

Ahora hace un año eran los nervios a flor de piel, la plena catarsis. El “procés” y su declaración de independencia final nos puso a prueba. Todo se partía en dos. Amistades longevas saltaban por los aires. Se desmoronaban puentes antiguos, se quebraban familias y cuadrillas. Fue ahora hace doce meses cuando las Redes echaban humo y vivíamos al borde del teclado. Intentábamos salvar amigos y al mismo tiempo ser fieles a cabales principios cuestionados. Apoyábamos los derechos de esa Catalunya insumisa, respaldábamos a ese vector valiente por la libertad y al mismo tiempo tratábamos de mantenernos fieles al alto ideal de fraternidad humana al que nos debemos. Escribíamos e intentábamos afirmar derecho, lógica y razón. Escribíamos y borrábamos, temerosos de haber podido herir la sensibilidad de alguien.

No envidio para nada ese tiempo convulso, que de cualquier forma sirvió para conocernos unos y otros un poco más, para retratarnos cada quien en medio de la suma tensión; a la postre para ejercitarnos en el mutuo perdón y la comprensión. Un año entero da perspectiva y posibilidad de reflexión. La principal constatación es que la España del presente no da para más. La conciencia media de los españoles no permite al día de hoy legítimos ejercicios plebiscitarios, no está preparada para asumir el democrático ejercicio del referéndum en Catalunya. Es preciso aceptarlo y considerar igualmente la necesidad de salvar la unidad y la cohesión de la ciudadanía del Estado. La opción de ruptura, de fracción a la eslovena implica una poco deseable crisis sin fin.

Es llegada la hora de que las fuerzas independentistas consideren una renuncia al Estado propio y se programen para disfrutar su autogobierno, para canalizar sus aspiraciones dentro del orden estatal imperante. Éste se irá flexibilizando, pero sólo con el paso de considerable tiempo, con el progreso de la conciencia democrática, con la llegada de futuras generaciones más liberales.

Tras tan larvado e inacabable conflicto, la Catalunya movilizada por la República podría contemplar la posibilidad de ceder y renunciar a sus postulados más ambiciosos. La renuncia puede ser victoria, si se lleva a cabo en favor de un bien colectivo más amplio. El independentismo tiene ahora la opción del posibilismo, es decir la de no cuestionar más la unidad del Estado, por lo menos mientras los números favorables a la desconexión no aumenten y representen abrumadora mayoría. Prima ceder, aceptar el marco constitucional y la unidad por más que ésta sea, en alguna medida y para un importante colectivo en Catalunya, un vínculo forzado. La Catalunya movilizada, la que se quiere libre y emancipada, es llamada a hacer un sacrificio histórico, una renuncia sin precedentes tras la acumulación de tanta fuerza.

La historia siempre acaba recompensando la generosidad. Renunciar a la República, renunciar al referéndum y recoger el guante del presidente Sánchez para negociar un nuevo Estatuto, es la posibilidad que se le brinda a la Catalunya combativa de Torra. Por el bien también de toda la España de progreso, el “president” debería aceptar esa propuesta de nuevo Estatuto. Ganaría la distensión, el acuerdo, el consenso. Ganaría una anhelada y merecida paz. 

¿De lo contrario no sabemos hasta cuándo los políticos presos, los exiliados lejos de los suyos, hasta dónde la escalada de tensión...? De lo contrario caerá el gobierno progresista y habremos perdido la oportunidad de consolidar nuevas libertades, nuevas competencias autonómicas. De lo contrario "el espíritu" de la moción de censura se extinguirá y volverán a gobernar los de ayer, los de antesdeayer; salvo breves paréntesis, los de siempre... Nada contra ellos, sólo que ya cubrieron su turno.

Ya no toca huida adelante, es más bien la hora de un sensato trabajo de zapadores. Reconstruir los vínculos abajo y arriba, rehacer los puentes en las esferas pequeñas y en las grandes. A la vista está el acierto de la vía Urkullu de progresar en autonomía sin romper con el Estado, de avanzar todo lo que se pueda en autogobierno con el mayor consenso. El veto al Plan Ibarrtexe nos abocó también a nosotros a nuestra prueba de renuncia. Tras todo lo aprendido en este tiempo de confrontación excesiva, pensamos que la senda que hemos tomado en Euskadi es también la más adecuada para la Catalunya en la encrucijada.


También en nuestro pensamiento

26.12.18 | 18:47. Archivado en Autor

Nadie debiera cerrar a nadie ningún camino, menos el camino apasionante, largo y venturoso de una vida joven. Nuestras hermanas, compañeras, hijas… deberían poder correr hasta que se acaben los horizontes, libres hasta el infinito sin mirar a los rincones. Ningún temor debería asaltar su gozoso trotar, su pensamiento echado también a volar. Pienso en el mundo que se le negó, en los niños que la aguardaban junto a la pizarra, en los viajes por los que suspiraba y cuyo billete no llegó a acariciar en el bolsillo…

Pienso en esa justa rebeldía que incendia toda nuestra geografía, en ese punto final urgente que hay que poner a tanta historia de abuso, agresión y explotación. Pienso en las mujeres y hombres valientes que se levantan en toda España por la vida, contra ese machismo tantas veces insaciable, demasiadas veces feroz.

Al extraviado también será preciso abrazar. El asesino también merece nuestro regazo. No faltaré a quien pese a todo, no deja de ser mi congénere, mi hermano sufriente, fatalmente equivocado. Pienso también en él, en su terrible despertar. Puede haber algo más atroz que levantarse una mañana con ese inconmensurable peso en la conciencia, salir de un coche esposado y que te caiga toda la entera rabia del mundo.
Mis brazos también son para él, para el salvaje humano. La compasión que trata de hacerse sitio en mí, no se pelea con la clara y radical denuncia, más bien se complementan. Abrazo la miseria, que en algún tiempo remoto, en alguna caverna apartada quizás también fue mi miseria… ¿Qué sabemos de nuestras prehistorias?

Se puede comprender, pero no plenamente justificar, el revanchismo que aflora estos días en las Redes sociales. Luchar firmes, rotundas/os, infatigables por el correr libre, contra el miedo, por la integridad de nuestras compañeras, por la vida siempre sagrada es nuestro urgente deber, nuestro firme compromiso; desnudar esa lucha de todo rencor, constituye también nuestro más alto y difícil desafío. Representa titánica prueba de desbordado altruismo. Habrá que intentarlo.

Mil veces lo olvidaremos, mil veces nos lo habremos de recordar, sobe todo cuando llega el apartado de sucesos en los telediarios, cuando se derrama la sangre inocente. Hay quien sólo bajó a la tierra hace dos mil años para ponernos el más alto listón humano, para recordarnos que incluso había que amar a los enemigos, incluso al aparentemente desalmado de despiadada locura en la cabeza y descontrolado cuchillo en mano.


Mi caballo de cartón

11.12.18 | 22:54. Archivado en Autor

Agradezco a los Reyes Magos que de pequeño me regalaran el caballo de cartón que les pedí y no la muñeca que descansaba en los zapatos de al lado. Mi hermana nunca sacó ese caballo de mi particular establo. Ningún hermano abrimos por curiosidad su maletín de la “Señorita Pepis”. No todo pasado fue peor. No se confundieron necesariamente Sus Majestades de Oriente al cargar y ordenar los paquetes en los camellos y dromedarios.

Agradezco a mis padres que nunca me regalaran una pistola. Cuando la pistola deja de ser de plástico destruye la vida. Otra cuestión muy diferente es el juguete de género. El género sostiene la vida. El juguete puede ser o no neutro. El juguete de género no auspicia machismo. El adulto sin prejuicios no nace necesariamente sacando a pasear de niño el carrito de las muñecas, sino con una educación basada en valores de sagrado respeto y sentido de la justicia y la equidad. Está bien la muñeca en las manos que la abrazan, está bien el caballo de cartón bajo el cuerpo infantil que lo cabalga. La inocencia puede ser también cuestionada al inmiscuirse padres y educadores en el terreno de las preferencias lúdicas del pequeño o la pequeña.

Los juguetes pueden tener género, al igual que tanto en la vida tiene género, al igual que el magnetismo de los cuerpos celestes se sirve de dos fuerzas diferentes, al igual que la electricidad necesita polo positivo y negativo para calentar nuestros hogares ahora que ya comienza a rugir el invierno. Los niños son sagrados, sus juegos también. Nos busquemos autoridad en las estanterías de sus habitaciones, tampoco en las de sus mentes. No somos quiénes para colocarles nuestras preferencias en sus armarios. Si entramos en ese territorio, que sea para fomentar una creatividad siempre respetuosa con su sensibilidad e inclinaciones. No conviene imponerles nuestros esquemas mentales.

No hay razón para alejar el rosa de las niñas o el azul de los niños. Dice el clásico del ocultismo por nombre “Kybalión” que el género está en todo: “Todo tiene sus principios masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos” El género también puede reflejarse en el juguete y no hay razón para condenarlo, no hay motivo para el escándalo. La niña puede peinar el rubio de la muñeca, el niño puede hacer avanzar el camión de bomberos por el piso con todas sus sirenas encendidas y la hogareña escena puede ser hermosa. Sobre el hogar de la familia no pende precisamente esa amenaza del juego de género. Hay género cuando somos grandes, luego también cuando pequeños. No hay nada de negativo en el género, todo lo contrario, sin esa diferencia de género ninguno estaríamos leyendo estas letras, ninguno de nosotros/as existiríamos. Esa complementariedad y atracción sostienen la vida.

La discriminación de la mujer es una lacra que estamos obligados a combatir. La supremacía de género constituye un atentado a la Vida y un freno al progreso humano. Iguales por supuesto en derechos, ¿quién osará a estas alturas cuestionarlo?, pero no necesariamente iguales en inclinaciones, sentimientos, pensamientos... Esa diferencia es la que nos acerca mutuamente, la que nos une en el ámbito físico, emocional y mental. No conviene exacerbar esa diferencia, pero tampoco ningunearla.
La ley del género no está expuesta a las controversias del tiempo, las modas y las circunstancias. Podemos polemizar sobre ella, pero nos hará poco caso. Nos guste más o menos, la ley del género es, reina en la naturaleza, gobierna soberana por supuesto también entre los humanos. No hay por lo tanto, razón para rasgarnos las vestiduras con el juguete tradicional, ni para ganarnos a los Reyes Magos u Olentzero para nuestro particular credo. Vía libre a la imaginación infantil. Rueden a su antojo los carritos de las muñecas, rueden los caballos de cartón sin necesidad de levantar señal de “stop” en ninguna moqueta.

Artaza 11 de Diciembre de 2018


Otras ruinas aguardan

12.11.18 | 17:14. Archivado en Autor

Era la misma y ancha era de altura. ¿Qué tendrá esa era privilegiada de la que despegan tan fáciles nuestros sueños? Sonó la música y al igual que hace treinta años, volvimos a brincar en ese espectacular prado de fondo aéreo. Era el mismo espíritu de alegría y comunión. Fue grato volver a ese círculo de nuestros años mozos. Habían pasado varias décadas, pero no habían caducado nuestras ganas de construir un nuevo mundo, de llenar ruinas y campos de nuevo color, ilusión y vida.

He vuelto a Lakabe después de muchos otoños. Ha sido con motivo de las excelentes jornadas sobre despoblación rural, "Del abandono a la vida", que ha organizado la Red Ibérica de Ecoaldeas junto con el Gobierno de Navarra. Guardo muy buenos recuerdos de todo el tiempo allí pasado. Quizás los mejores tiempos de juventud. Fue un tiempo de construir y no solo de tumbar; de azada, paleta y llana; de crear y alumbrar, no sólo de echar abajo... Mi hermano fue de los pioneros y tuve la suerte de acompañarles por temporadas.

Ya ha desaparecido aquel perenne barro entre las recias casas de piedra. Un olor a pan recién cocido inundaba en la visita sus calles ya empedradas y vestidas de otoño. Nuevas construcciones de vanguardia, nuevas familias pioneras. Mucha huerta goza ya del abrigo de los plásticos. Todos los tejados están arreglados. Grandes planchas de cristal guiñan y solicitan al sol su energía y calor. Las aspas de los molinos más robustas roban también más fuerza al viento huraño y hermano. Los niños de entonces sostienen en sus brazos otros niños. En realidad sostienen ya el peso de todo un legado. Esos niños sostendrán otros niños...

Un futuro más sencillo, austero y perdurable ya nos ha alcanzado. Los niños de ayer son los padres de hoy. Mantienen el fuego y han tomado en muchos aspectos las riendas de la comunidad. Había relevo, hay, habrá relevo. Estamos hablando de la fuerza insobornable de la utopía, del eterno anhelo del humano de levantar un mundo mejor, de más compartir y colaborar. “No era un rollito de verano...”, tal como se mencionó en el arranque en Pamplona de las mencionadas jornadas. No era una locura de momento, la chaladura de unos objetores de conciencia que se habían cansado de estómagos vacíos y huelgas de hambre, de sentarse al atardecer delante de los Gobiernos militares. No se marcharon con los primeros fríos, tal como pensaban los responsables de Montes de la Diputación. No era una chifladura de cuatro inquietos “hippies” de los exaltados ochenta. Era, es una conspiración planetaria, un amor profundo por la tierra, una aspiración sincera de empezar a transformar el mundo de forma silenciosa.

Otras ruinas aguardan, otras ruinas llamadas a inundarse de otras flautas y “txistus”, de otro olor a pan cocido, llamadas a cubrirse de nueva arcilla y calentarse con vieja leña. Otros jóvenes aguardan un futuro desafiante, creativo, sostenible, que no pase por fichar ocho horas en un trabajo mecanizado. La tierra comienza a inundarse de cada vez más “Lakabes", de cada vez más anhelo comunitario y de vuelta a la Madre Tierra. Iremos a por nuevas ruinas, las que ahora son, las que vendrán, cuando una civilización caduca basada en el individualismo, el consumismo y materialismo se vaya desmoronando, pues sencillamente no es sostenible. Iremos a por nuevas ruinas, colgaremos paneles solares, las rodearemos de huertas y haremos sonar música en sus nuevas plazas recién empedradas.

Lakabe ha elegido su propia forma de hacer ecoaldea. En realidad hay tantas formas de hacer comunidad como comunidades mismas y ya van más de 10.000 en los cinco continentes, considerando sólo las que están coordinadas en el marco del GEN (Global Ecovilage Network). En esa variedad de hacer comunidad está la riqueza de este movimiento imparable y variopinto de alcance mundial. Cada comunidad su forma de labrar, brincar y agradecer; su caserío particular, sus flores de verano y su hojarasca de otoño...; cada una enfoca desde un ángulo sus molinos al viento, sus paneles al sol. En una comunidad suena el “txistu” saltarín, en otra el dulce violín, en otra el sencillo y poderoso “gong”… Lo importante es ponernos en marcha tras otro sonido, tras las pistas de una más consciente y responsable civilización.

No consumiremos pan blanco, ni aparcaremos nuestra bicicleta a la vera de una gran fábrica. Sólo nos resta pensar cómo construiremos el nuevo mundo. Es cierto que nos equivocamos en muchas cosas, pero no erramos cuando sentíamos que teníamos que tirar para el monte, cogernos de la mano e intentar hacer realidad, siquiera en pequeño círculo, el sueño de otra música y otro baile, de otra “era” de más verdadera y fraterna comunión.


Acoger todos los sufrimientos

07.11.18 | 12:51. Archivado en Autor

Tras el período de aportaciones, el Gobierno vasco procederá a pasar por las escuelas los polémicos vídeos. Somos muchos los que nos podemos identificar sin dificultad con la lectura de nuestra reciente historia que en ellos se refleja. Tenemos plena fe en la buena fe de los responsables de la Dirección de Convivencia y Paz, sin embargo, a la vista del revuelo generado por los controvertidos relatos, queremos añadir alguna reflexión. Deseamos poner sobre la mesa más una cuestión de tiempos de que fondo. ¿Era ya llegada la hora de esa necesaria función pedagógica?

Cuidar la primavera de convivencia que por fin estamos viviendo en Euskadi, supone ser respetuosos en extremo con el otro, su relato, sus dolores, sus tiempos. Quizás los vídeos pudieran esperar hasta que el hierro comience a enroñarse y la reconciliación a echar sólidas raíces, hasta que las trincheras se terminen de derrumbar y los sinceros perdones de florecer. Cuidar este momento de tan anhelada paz, quizás también implique un “pause” en el relato a la espera de que los extremos cedan y desciendan de sus cerros, a que el espacio del medio se torne cada vez más ancho, sólido y compartido.

Es inevitable que veamos el pasado sesgado en función de nuestra ubicación y circunstancias. Iremos avanzando en la búsqueda de ángulos más consensuados, de enfoques en los que quepan más miradas aligeradas de rencor. ETA causó mucho, cruel y absolutamente injustificable daño fuera y dentro del País Vasco, sin embargo no podremos tampoco olvidar que el eco de los bombardeos de Gernika o Durango aún no se había disipado cuando la organización violenta cometió su primer asesinato. ¿Podrán nuestros relatos del mañana sumar todos los estruendos, todas las sangres, secar todas las lágrimas…? Venimos de una larga espiral de violencia. Tras haber felizmente cedido ésta, quizás haya que esperar un tiempo para enchufar las cámaras y grabar los vídeos. El "mea culpa" de la izquierda abertzale indudablemente aceleraría el proceso. Esa insoslayable solicitud de perdón abriría el paso a mayores consensos, a los vídeos que más pronto que tarde habrán de estamparse en las despejadas conciencias adolescentes, en las limpias paredes de sus aulas.

Estamos llamados a comprender todos los sufrimientos. Cada uno tiene su propio color. Unos son más agudos que otros, más injustificables que otros, pero todos dignos de ser considerados. Hacen falta miradas capaces de recogerlos todos y después ensayar llevarlos a la pantalla. Nadie logrará burlar la severa, la insobornable historia. Todos los relatos, en la medida que pasa el tiempo, se van recubriendo y tamizando de más verdad. En la medida en que se sume información y se resten emociones, la mirada aérea y objetiva irá progresando. Esa mirada más abarcante y, si es que cabe, más definitiva, no será de un día para otro. Podremos acercarla en la medida en que, como decía el “fratello” de Asís, “no busquemos tanto ser comprendidos, sino comprender”, en la medida que dejemos caer coraza y blindaje y nos volvamos sensibles a la pena que creíamos ajena.

¿Quién se puede creer a estas alturas el relato de "la cruzada del 36" que en su día fue absolutamente omnipresente? ¿Quién se iba a creer que, en esa nueva vuelta de la espiral de violencia que arrancó aquí a finales de la década de los sesenta, que la suma de más sangre del “adversario” podría acercar la supuesta “liberación del pueblo vasco”…? Con el transcurso del tiempo, lo falso va ganando en pudor y va cediendo lugar a una verdad que siempre termina silenciosa y sutilmente imponiendo. Quizás menguar la urgencia de proyectar esos vídeos en las escuelas del País Vasco, aguardar a que se aplaquen emociones aún en desnuda epidermis.

Quizás siquiera por un momento detener los vídeos y respirar desde otra casilla. “Socializar el dolor”, pero ya con una semántica absolutamente contraria a la que se utilizó en aquella brutal campaña que iba borrando concejales del mapa. Ahora socializar el dolor, no por supuesto en el sentido de sembrar más de él, sino de acercarnos desde las diferentes trincheras. Ahora compartir el dolor con voluntad de ensayar abrazarnos con las heridas de nuestras almas a cuestas. Más pronto que tarde proyectarnos en las paredes blancas de las aulas, del futuro esperanzado con las cicatrices cerradas y sanadas, que no necesariamente olvidadas.


Una excusa por nombre Bonsonaro

29.10.18 | 21:14. Archivado en Autor

No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: "Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes". Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda asuspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. "Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos", decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.


Una excusa por nombre Bonsonaro

29.10.18 | 21:14. Archivado en Autor

No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: "Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes". Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda asuspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. "Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos", decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.


Una excusa por nombre Bonsonaro

29.10.18 | 21:13. Archivado en Autor

No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: "Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes". Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda asuspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. "Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos", decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.


Viernes, 18 de enero

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