Tierra liberada

¿Ocaso de los partidos?

23.01.19 | 18:56. Archivado en Autor

Al escalonado divorcio de Iñigo Errejón con respecto a la formación morada no es difícil encontrarle una lectura más amplia. Los legítimos novios de la libertad siempre se acomodarán mejor en un ancho y plural movimiento ciudadano que en el marco, más o menos limitado o incluso severo, de un partido político. Más allá del “ruido” por la alianza establecida con la pujante alcaldesa, nos interesa colocar en la mesa del debate público la cuestionable vigencia de la fórmula tradicional del partido político y las “artes” que conlleva.

“Lo he fundado y lo llevo tatuado en la piel…”, pero cuando la marca se vuelve rígida y tirante, quizás sea necesario prescindir de ella. Por mucho que el prometedor dirigente lleve en la epidermis el partido que ha cofundado, no deja de ser un tatuaje doloroso. Los acontecimientos van demasiado rápido y las fórmulas de hace pocos años pueden ya haberse quedado obsoletas. A la hora de la verdad ese “tatuaje” no le permite hacer política transversal, flexible, generosa, inclusiva como a él le gustaría. Algo le invita a tener que frotarse el hondo dibujo.

El ya exdiputado de “Podemos” está demostrando en la práctica las enormes limitaciones de una estructura partidaria a la hora de hacer aquella política de la buena, es decir abierta, generosa, en clave de verdadero servicio. Además de la lectura de las consecuencias inmediatas de su decisión, nos interesa el cuestionamiento del compañero de viaje de Carmena de toda una forma de hacer política. ¿En los tiempos de los grandes retos planetarios y del empoderamiento humano a través de las nuevas tecnologías, sigue teniendo sentido la militancia en estructuras tan ideologizadas? ¿En la hora de los urgentes desafíos globales, sigue siendo razonable vincularse sólo a aquellos que alzan un puño demasiado a menudo desbordado de ira?

La estructura de partido nació en contextos de situaciones lacerantes, de gruesa confrontación en los que primaba cerrar filas. El partido nace de la mano de la ideología, ¿pero si las ideologías se nos hacen tan añejas, tan de otro contexto ya superado, no será que también ha caducado su forma de organización inherente? El partido jerarquizado, dirigista, distante de las bases, va cediendo cada vez más espacio a los movimientos ciudadanos participativos y transversales.

Vivimos el tiempo de las diversidades convergentes, de las sensibilidades agrupadas. Llega la hora de unirnos en torno a valores que nos vinculan, no a ideologías tan susceptibles de separarnos. Es ya la ocasión de los movimientos ciudadanos cohesionados más en torno a sensibilidades, a metas incluyentes que a una ideología concreta. ¿El éxito de las Mareas gallegas, de Carmena en Madrid, de Colau en Barcelona…, no responderá a la necesidad de unirse las fuerzas inquietas, los movimientos ciudadanos de progreso en torno a valores compartidos, a proyectos ilusionantes?

Si el partido respeta ese movimiento ancho y participativo, el partido podrá integrarse, pero si el partido quiere, al viejo estilo, marcar directrices y candidatos, como ha ocurrido en Madrid, el partido por muy morado que sea, será arramblado por la fuerza de una historia definitivamente puesta a caminar. Con expresa voluntad o no, Errejón ha puesto en cuestión la vigencia del partido y eso es positivo. El propio partido que él ha formado no le sirve para aglutinar ciudadanos, para llevar a los centros de responsabilidad en Madrid a las corrientes del progreso.

Estamos alumbrando la forma de organizarnos en el futuro y nadie sabe a ciencia cierta cómo será eso. Lo que sí sabemos es que las fórmulas verticales y cerradas del pasado ya no sirven. Queremos estructuras abiertas y participativas, queremos unir el mayor número de voluntades en torno a valores y proyectos que representen avance de la humanidad. Queremos unirnos en torno a la bici, las energías alternativas, la sostenibilidad…; unirnos en torno a la solidaridad, el apoyo a los refugiados, la Madre Tierra, la cooperación con el Sur, el comercio justo…; unirnos en torno a metas urgentes y compartidas, como la salud y la alimentación natural, la producción ecológica, la defensa de los hermanos animales… En todos esos nobles afanes no necesitamos del partido que tan a menudo divide a la ciudadanía, dirige la militancia, frena la imaginación y el dinamismo...

Necesitamos articularnos libremente en base a las ventajas de un mundo interconectado, con la finalidad de lo que, hoy por hoy, sigue moviendo nuestros corazones: ganar amplias mayorías que no confrontan, que amablemente quieren construir para todos/as aquel otro mundo posible.


¿Ocaso de los partidos?

23.01.19 | 18:55. Archivado en Autor

Al escalonado divorcio de Iñigo Errejón con respecto a la formación morada no es difícil encontrarle una lectura más amplia. Los legítimos novios de la libertad siempre se acomodarán mejor en un ancho y plural movimiento ciudadano que en el marco, más o menos limitado o incluso severo, de un partido político. Más allá del “ruido” por la alianza establecida con la pujante alcaldesa, nos interesa el debate que se ha puesto sobre la mesa sobre la vigencia en nuestros días del formato de partido político.

“Lo he fundado y lo llevo tatuado en la piel…”, pero cuando la marca se vuelve rígida y tirante, hay incluso que mutar de ella. Por mucho que el prometedor dirigente lleve en la epidermis el partido que ha cofundado, no deja de ser un tatuaje doloroso. Los acontecimientos van demasiado rápido y las fórmulas de hace pocos años pueden ya haberse quedado obsoletas. A la hora de la verdad ese “tatuaje” no le permite hacer política transversal, flexible, generosa, inclusiva como a él le gustaría. Algo le invita a tener que frotarse el hondo “tatuaje”.

El ya exdiputado de “Podemos” está demostrando en la práctica las enormes limitaciones de una estructura partidaria a la hora de hacer aquella política de la buena, es decir abierta, generosa, en clave de verdadero servicio. Además de la lectura de las consecuencias inmediatas de su decisión, nos interesa el cuestionamiento del compañero de viaje de Carmena de toda una forma de hacer política. ¿En los tiempos de los grandes retos planetarios y del empoderamiento humano a través de las nuevas tecnologías, sigue teniendo sentido la militancia en estructuras tan ideologizadas? ¿En la hora de los urgentes desafíos globales, sigue siendo razonable vincularse sólo a aquellos que alzan un puño demasiado a menudo desbordado de ira?

La estructura de partido nació en contextos de situaciones lacerantes, de gruesa confrontación en los que primaba cerrar filas. El partido nace de la mano de la ideología, ¿pero si las ideologías se nos hacen tan añejas, tan de otro contexto ya superado, no será que también ha caducado su forma de organización inherente? El partido jerarquizado, dirigista, distante de las bases, va cediendo cada vez más espacio a los movimientos ciudadanos participativos y transversales.

Vivimos el tiempo de las diversidades convergentes, de las sensibilidades agrupadas. Llega la hora de unirnos en torno a valores que nos vinculan, no a ideologías tan susceptibles de separarnos. Es ya la ocasión de los movimientos ciudadanos cohesionados más en torno a sensibilidades, a metas incluyentes que a una ideología concreta. ¿El éxito de las Mareas gallegas, de Carmena en Madrid, de Colau en Barcelona…, no responderá a la necesidad de unirse las fuerzas inquietas, los movimientos ciudadanos de progreso en torno a valores compartidos, a proyectos ilusionantes?

Si el partido respeta ese movimiento ancho y participativo, el partido podrá integrarse, pero si el partido quiere, al viejo estilo, marcar directrices y candidatos, como ha ocurrido en Madrid, el partido por muy morado que sea, será arramblado por la fuerza de una historia definitivamente puesta a caminar. Con expresa voluntad o no, Errejón ha puesto en cuestión la vigencia del partido y eso es positivo. El propio partido que él ha formado no le sirve para aglutinar ciudadanos, para llevar a los centros de responsabilidad en Madrid a las corrientes del progreso.

Estamos alumbrando la forma de organizarnos en el futuro y nadie sabe a ciencia cierta cómo será eso. Lo que sí sabemos es que las fórmulas verticales y cerradas del pasado ya no sirven. Queremos estructuras abiertas y participativas, queremos unir el mayor número de voluntades en torno a valores y proyectos que representen avance de la humanidad. Queremos unirnos en torno a la bici, las energías alternativas, la sostenibilidad…; unirnos en torno a la solidaridad, el apoyo a los refugiados, la Madre Tierra, la cooperación con el Sur, el comercio justo…; unirnos en torno a metas urgentes y compartidas, como la salud y la alimentación natural, la producción ecológica, la defensa de los hermanos animales… En todos esos nobles afanes no necesitamos del partido que tan a menudo divide, frena, dirige.

Necesitamos articularnos libremente en base a las ventajas de un mundo interconectado, con la finalidad de lo que, hoy por hoy, sigue moviendo nuestros corazones: ganar amplias mayorías que no confrontan, que amablemente quieren construir para todos/as aquel otro mundo posible.


¿Ocaso de los partidos?

23.01.19 | 18:54. Archivado en Autor

Al escalonado divorcio de Iñigo Errejón con respecto a la formación morada no es difícil encontrarle una lectura más amplia. Los legítimos novios de la libertad siempre se acomodarán mejor en un ancho y plural movimiento ciudadano que en el marco, más o menos limitado o incluso severo, de un partido político. Más allá del “ruido” por la alianza establecida con la pujante alcaldesa, nos interesa el debate que se ha puesto sobre la mesa sobre la vigencia en nuestros días del formato de partido político.

“Lo he fundado y lo llevo tatuado en la piel…”, pero cuando la marca se vuelve rígida y tirante, hay incluso que mutar de ella. Por mucho que el prometedor dirigente lleve en la epidermis el partido que ha cofundado, no deja de ser un tatuaje doloroso. Los acontecimientos van demasiado rápido y las fórmulas de hace pocos años pueden ya haberse quedado obsoletas. A la hora de la verdad ese “tatuaje” no le permite hacer política transversal, flexible, generosa, inclusiva como a él le gustaría. Algo le invita a tener que frotarse el hondo “tatuaje”.

El ya exdiputado de “Podemos” está demostrando en la práctica las enormes limitaciones de una estructura partidaria a la hora de hacer aquella política de la buena, es decir abierta, generosa, en clave de verdadero servicio. Además de la lectura de las consecuencias inmediatas de su decisión, nos interesa el cuestionamiento del compañero de viaje de Carmena de toda una forma de hacer política. ¿En los tiempos de los grandes retos planetarios y del empoderamiento humano a través de las nuevas tecnologías, sigue teniendo sentido la militancia en estructuras tan ideologizadas? ¿En la hora de los urgentes desafíos globales, sigue siendo razonable vincularse sólo a aquellos que alzan un puño demasiado a menudo desbordado de ira?

La estructura de partido nació en contextos de situaciones lacerantes, de gruesa confrontación en los que primaba cerrar filas. El partido nace de la mano de la ideología, ¿pero si las ideologías se nos hacen tan añejas, tan de otro contexto ya superado, no será que también ha caducado su forma de organización inherente? El partido jerarquizado, dirigista, distante de las bases, va cediendo cada vez más espacio a los movimientos ciudadanos participativos y transversales.

Vivimos el tiempo de las diversidades convergentes, de las sensibilidades agrupadas. Llega la hora de unirnos en torno a valores que nos vinculan, no a ideologías tan susceptibles de separarnos. Es ya la ocasión de los movimientos ciudadanos cohesionados más en torno a sensibilidades, a metas incluyentes que a una ideología concreta. ¿El éxito de las Mareas gallegas, de Carmena en Madrid, de Colau en Barcelona…, no responderá a la necesidad de unirse las fuerzas inquietas, los movimientos ciudadanos de progreso en torno a valores compartidos, a proyectos ilusionantes?

Si el partido respeta ese movimiento ancho y participativo, el partido podrá integrarse, pero si el partido quiere, al viejo estilo, marcar directrices y candidatos, como ha ocurrido en Madrid, el partido por muy morado que sea, será arramblado por la fuerza de una historia definitivamente puesta a caminar. Con expresa voluntad o no, Errejón ha puesto en cuestión la vigencia del partido y eso es positivo. El propio partido que él ha formado no le sirve para aglutinar ciudadanos, para llevar a los centros de responsabilidad en Madrid a las corrientes del progreso.

Estamos alumbrando la forma de organizarnos en el futuro y nadie sabe a ciencia cierta cómo será eso. Lo que sí sabemos es que las fórmulas verticales y cerradas del pasado ya no sirven. Queremos estructuras abiertas y participativas, queremos unir el mayor número de voluntades en torno a valores y proyectos que representen avance de la humanidad. Queremos unirnos en torno a la bici, las energías alternativas, la sostenibilidad…; unirnos en torno a la solidaridad, el apoyo a los refugiados, la Madre Tierra, la cooperación con el Sur, el comercio justo…; unirnos en torno a metas urgentes y compartidas, como la salud y la alimentación natural, la producción ecológica, la defensa de los hermanos animales… En todos esos nobles afanes no necesitamos del partido que tan a menudo divide, frena, diriges

Necesitamos articularnos libremente en base a las ventajas de un mundo interconectado, con la finalidad de lo que, hoy por hoy, sigue moviendo nuestros corazones: ganar amplias mayorías que no confrontan, que amablemente quieren construir para todos/as aquel otro mundo posible.


“Más lejos, siempre más lejos…”

22.01.19 | 14:11. Archivado en Autor

No necesitó sumarse a ningún manifiesto, ni enarbolar ninguna bandera lila. Su feminismo era “avant la lettre”. Él no quería a su mujer, él la veneraba. Aprovechaba la mínima ocasión para colmarla de sinceros elogios, de los más puros halagos. Con su hija cuidó igualmente que tuviera las mismas posibilidades y por supuesto derechos que sus hijos. El tema ni siquiera se mentó. Nadie lo podía poner en cuestión.

Esa veneración caló en ellos. Simone Beauvoir no les confesó nada que no supieran. Nadie les debió enseñar que la mujer es sagrada, que merece el mayor de los respetos, que debían cuidarla, amarla y por supuesto ahorrarse todo comentario vejatorio. Nadie les tuvo que leer la cartilla por whasap. Por eso les sorprende cuando se la leen hoy y enseguida piensan si no deberemos ir más lejos…

Somos uno con vuestro dolor. Hay que cerrar filas contra la violencia de género, ante la cultura y el lenguaje vejatorio, pero una vez cerradas habrá que afinar un lenguaje que nos unifique, que nos hermane, sobre todo que apunte hacia el futuro y no nos haga retroceder en el pasado. Hay que superar ese lenguaje banderizo que aumenta una distancia que no hubo entre nosotros/as. Cuando generalizáis, cuando habláis en conjunto de los hombres a raíz de un despropósito, vuela la ternura de nuestra complicidad, se hace un nudo el poema que hilábamos para vosotras en nuestro interior... Cuando tanto abarca el dedo acusatorio, se frustra la magia que estábamos tratando de iluminar.

De nuestra boca no puede salir el comentario machista, simplemente porque no anida en nuestros corazones. Vamos juntos/as de la mano, vamos a por una nueva cultura de sagrada complementariedad. No olvidemos nuestras más elevadas metas leyéndonos cada dos por tres el “ABC” del respeto debido. Si nos leéis todos los días la cartilla de “Kindergarten”, si nos quedamos en que hemos de callar el comentario soez, no llegaremos nunca a la universidad, a la universalidad del corazón, al mutuo complemento y apoyo al que aspiramos.

Honramos los círculos de mujeres, celebramos ese femenino que surge tan tierno como poderoso. Envidiamos esas faldas de colores, esos cantos cuando hiláis o tejéis, esos bellos altares que estuvieron toda la historia aguardando. Envidiamos esa intimidad que nuestra tosquedad, nuestra mal entendida virilidad, nuestra dureza de ADN… dificultan conseguir. Habéis tomado iniciativa y siempre estaremos aprendiendo de vosotras.

Nosotros también nos reunimos, siquiera sin madeja de lana, si quiera sin agujas en las manos, ni flores en nuestro centro. Nosotros también nos estamos preparando para la nueva era de más elevada comunión. Necesitamos reunirnos en “círculos de hombres”, compartir nuestro déficit, confesar nuestras impotencias, no tanto en la cama como en la honra que os debemos. Necesitamos llegarnos más completos a vosotras, más cargados de ofrendas, más seguros, hermanos.

Pero más allá del círculo de mujeres y hombres separados, hay otro círculo más grande, más inclusivo y si cabe urgente aún que hemos de inaugurar. Es el de los humanos unidos en pos de unas nuevas relaciones, en pos de un nuevo mundo. La urgencia de los desafíos planetarios no admite demora.

Sí, hay que parar las manos a los bárbaros que las siguen levantando, hay que detener su desatino, pero no nos podemos sólo quedar ahí, en esa elemental batalla… Tenemos tanto camino que hacer juntos. Lancemos unidos/as más lejos la mirada. Esbocemos un horizonte más luminoso y a la vez desafiante. “Más lejos, tenéis que ir más lejos de los árboles caídos que os aprisionan… del mañana que ya se acerca…”, cantaba Lluis Llach inspirado en un Kavafis inmortal. Podemos ir más lejos que la pancarta y la consigna elemental. Podemos superar los bandos, escribir unidos/as una nueva poesía, recrear la eterna magia de nuestra complicidad, engendrar por fin un solo corazón.


CONSTELAR

14.01.19 | 17:19. Archivado en Autor

Constelar es un permanente ejercicio de rendición, reconocer el mundo sagrado que es el otro con su órbita ya acertada y elíptica, ya caótica y desordenada.

Constelar es acercarnos a un centro capaz de abrazar las conciencias, los planetas, los universos. Es abrirnos a la Vida sin discriminación de ningún orden.

Constelar es observar la superficie soleada y luminoso de las tierras cercanas, saber en un momento perdonar sus cráteres más profundos y lunares.

Constelar es poner fin a nuestro deseo de controlar las rotaciones y traslaciones ajenas; asumir el movimiento libre ya de nuestros seres queridos, ya de cuantos planetas nos circundan.

Constelar es sellar con paz el pasado, pero también el futuro que está por llegar. Es darnos la oportunidad de reconciliarnos dentro, la determinación de hacerlo mejor, de contribuir al rotar más armonioso, al orden superior del universo.

Podemos explorar nuestras "constelaciones familiares" y universales con un terapeuta, pero tampoco conviene olvidar que llevamos al sanador puesto. Constelar es reconocer la infinitud del universo, su ilimitado amor y maravilla. Es observarnos como parte de un Plan grandioso, como tributo tan diminuto como trascendente a su misteriosa Trama.

Podemos apuntarnos o no al taller de fin de semana, participar de los entrañables círculos de sanación que se prodigan en nuestros días, pero puede también bastar con alinearnos con el Sol de la Vida, la Luz y la compasión infinita.

Es tiempo de darnos unas vueltas por dentro; de constelarnos y prepararnos; de hacer nuestro ese Orden fascinante al romper cada Alba. Al transcurrir eones también fuego en nuestra piel redonda, nos rotarán mayores orbes, daremos a rayos llenos.

Artaza 14 de Enero de 2019


Tentadoras “series”

08.01.19 | 12:08. Archivado en Autor

Dicen los hindúes que “maya” representa un velo que es preciso trascender, un espejismo a vencer, una irrealidad que nos impiden conocer la verdadera realidad. Tienta una huida de la realidad que nunca se nos presentó tan cómoda. Nunca “maya” estuvo tan a mano, tan sin esfuerzo. El “maya” del fácil y omnipresente “play” nos acorrala como nunca hasta el presente. Tienta el botón que te saca de tus coordenadas. “Maya” y sus innumerables pantallas de los más diversos formatos y tamaños nos rodean. Se ha hecho incluso ya un lugar privilegiado en nuestros bolsillos con la invención y popularización del “smarthphone”.

Manifestamos escaso interés por levantar ese velo, nos sentimos cómodos con él. Este mundo moderno nos proporciona una ficción en la que es posible postergar sin límite el despertar. Sin embargo, de esa ilusión, de ese sofá con conos de palomitas cada día más grandes, un día también habremos de emerger.

Ahora que las más importantes cadenas presentan sus programaciones de “series” para el 2019, puede ser oportuno reflexionar sobre el tema. Me pregunto de dónde viene esa sed generalizada de “series”. No termino de encontrar en ello un síntoma alentador. La adicción a las “series” puede tener algo que ver con huida. La diferencia es clara entre la búsqueda eventual de unos momentos de distracción o la dependencia que se genera con un próximo capítulo que en realidad nunca se acaba.

El salto de una “serie” a otra equivale al simple desplazamiento de un dedo. Saltando de “serie” en “serie”, un día observaremos que, atados al mando a distancia, buena parte de los capítulos de nuestra verdadera vida han quedado sin vivir, sin apurar, sin enterarnos. Corremos el peligro de dejar de ser, en importante medida, los dueños de nuestros días, de que otros los vivan por nosotros, de relegarnos nosotros mismos al papel de meros espectadores. Impotentes para transformar la realidad, pareciera que finalmente hubiéramos optado por pulsar todas las noches el cómodo “play” y escapar lejos. Esta moda de las “series” que arrasa suena demasiado a renuncia como para adherirse a ella. En vez de cambiar para bien este mundo, habríamos decidido fabricar otro de ficción. 

Las “series” sin final aparente nos terminan de atar a lo ilusorio. Para los hindúes “maya” es un nudo que nos amarra a lo irreal y la irreal pantalla va comiéndose cada vez más lo cotidiano puertas del hogar adentro. Entretenernos en exceso en la ficción ante la pantalla, puede hacernos olvidar que quizás estábamos aquí para apurar el instante, quizás para nuestro cultivo y mejora. Permanentemente enganchados a la última “serie”, podemos despistarnos de nuestros compromisos en esta existencia más real. La mezcla somnolienta de sofá y “serie”, puede hacernos obviar retos pendientes, adormecer el anhelo de transformarnos a nosotros mismos y transformar esta realidad. La “revolución de las series” suena más a final que a anticipo de un empeño.  Hay otra épica que no se digitaliza, que no se “sube” necesariamente a las pantallas, una épica que nos invita a entregarnos a una existencia más de verdad, incluso a algún ideal en medio de ella. Por ejemplo, a aquél que simplemente consistía en construir un mundo más compartido y solidario, más comunicativo y fraterno. 

No somos los espectadores, sino más bien los protagonistas de la más apasionante aventura por nombre “vida”, que nunca podrá una “serie” emular. Esta aventura exige a menudo sus dosis de coraje y fuerza de voluntad, reclama distancia profiláctica del siempre peligroso, siempre excesivamente amortiguado y confortable sofá. La verdadera vida arranca casi siempre en el momento en que pulsamos el “off” de nuestras numerosas pantallas. Programemos unas “series” propias de las que no quedemos fuera, en la que no haya que aprender ningún papel encomendado, en las que nosotros/as podamos volver a por fin al centro de la trama.


"Cocinar juntos. Carta abierta José María Múgica"

04.01.19 | 20:35. Archivado en Autor

Cocinar juntos

Apreciado Josemaría. Perdona este “asalto” sorpresivo después de décadas de silencio comunicativo. El tema yo creo que lo merece. No se trata ya de dar tardía continuidad a nuestras largas discusiones políticas juveniles, sino de explorar, después de todo el tiempo trascurrido, cómo podemos hacer de esta Euskadi de tan buen momento, una Euskadi mejor. Nadie puede invitar a nadie a perdonar. No es fácil colocarse en el lugar de quien tiene ante sí semejante reto. El perdón es por lo demás algo muy personal e íntimo. Su fruto maduro cae cuando la víctima dispone.

Permíteme a lo sumo, contextualizar el momento, apuntar retos de futuro. Con todo respeto, permíteme señalar que el perdón no es privativo de una Iglesia de la que, con tu considerable parte de razón, has recelado. El perdón y la compasión son patrimonio universal, sentimientos de humanidad que somos llamados, cada quien en su contexto, a recuperar. A lo sumo confesarte que creo que está bien sentarse al mismo mantel, cenar juntos, Josemaría. Hemos comido, cenado, vivido durante tantos años separados. Está bien compartir pucheros y “sociedad”, después de tantos decenios confrontando en el seno de esa misma sociedad. Está bien que Mendia y Otegi se citen junto a los fogones con delantal limpio. ¿Hasta cuándo los otros uniformes de batalla? ¿Hasta cuándo mantendremos las trincheras? ¿Hasta qué generación inocularemos resentimiento? Llevábamos tanto tiempo sin compartir nada. Ahora ha llegado la hora del compartir “sociedad”, “cazuelita”, ocio…, sobre todo proyectos, futuro de paz, mañana de armonía y solidaridad.

Vivimos en Euskadi una primavera que nunca hemos gozado. Más pronto que tarde terminará de florecer La floración es dejar atrás los inviernos, que no necesariamente olvidarlos. “¡Ave María Purísima…!” saludaba tu aita al mío por teléfono. “¡Arriba parias de la tierra!”, contestaba sin apocarse mi progenitor. Eran dos mundos diferentes, aparentemente ajenos, pero de un respeto exquisito. Esa mutua consideración desbordaba el ámbito profesional. Sí, después vinieron los que hicieron de la diferencia sangre y abismo. La convivencia que rompieron la podemos recomponer y ése es el mejor regalo que podemos donar al futuro.

Vamos a sanar pasados. Entremos a la cocina, como Mendia y Otegi y cocinemos con mucha verdura sana y ecológica, con mucha cebolla dulce. Puedes dejarles cocinar Josemaría y acercarte de nuevo, desnudo de rencores, a tu casa de siempre, el Partido Socialista. Vamos a intentar perdonarnos. Algún día tendremos que vaciar el más pesado de los fardos, el del rencor, algún día pasar la página a esa historia de ETA tan tremenda, que algunos padecisteis tan cercana e injustamente. Hicieron barbaridades y la que acabó con tu padre no fue precisamente una bala perdida. La solicitud de perdón de quienes brutalmente sellaron su aliento, de quienes les apoyaron, se está también cocinando, si bien es verdad que a fuego mucho más lento de lo que quisiéramos. La deben estar sazonando, la acabarán presentado. De todas formas, cocinar reconciliación para las nuevas generaciones, no es sólo deber de la izquierda abertzale.

Es cierto, otros no llevamos con nosotros el dolor que tu familia alberga dentro. Es cierto que la invitación a sacrificar nuestro dolor en aras de un bien colectivo es listón muy alto, pero nadie sabe tampoco cómo y por qué retornan, en víspera de los renacimientos colectivos, la invitación a los testimonios excepcionales. No hace falta abrazar al Nazareno del que seguramente marques aún distancia, al Jesús del eterno perdón, de ese amor tan incondicional, como a veces casi imposible. Podemos abrazar a un Azaña beligerante ante el catolicismo que siempre has estimado. Sin embargo, a la postre nos presenta semejante y titánico reto de perdón. La “paz, piedad y perdón” de Don Manuel en su histórico discurso del 18 de julio de 1938 en Barcelona, era como él mismo apunta, un aviso para nosotros, los navegantes del futuro. ¿Cuánto no tenía que perdonar el presidente de una República atacada por el primer y más contundente fascismo, honorable Dama en aquel momento ya ferozmente acorralada? Esa alocución excepcional que tú mentas en tu carta al presidente Sánchez es en realidad un mensaje fuera del tiempo y por lo tanto plenamente actual.

Préstame las palabras de don Manuel, amigo de la adolescencia, amigo de siempre: “Paz, piedad y perdón”, también para esta Donosti, para esta Euskadi maltratadas. Después de tanto cabello revuelto, de tanto pasado convulso, después de todo lo que ha padecido, Donosti está especial, rabiosamente bella. Podemos perfumarla con nuestros perdones, con un espíritu cada vez más generalizado de reconciliación. Entonces difícilmente hallará par.

Se puede nacer en la misma ciudad, remontar una y mil veces la misma Aldapeta rumbo al colegio religioso, alimentar la misma y juvenil rebeldía, compartir amistad y después observar la realidad de forma tan diferente... Seguramente fueron las consecuencias de esas balas tan absurdas como crueles las que terminaron de alejar nuestros mundos. Hemos podido vivir culturas separadas, esferas estancas y ahora unirnos “en tu nombre” y los otros nombres, en el apasionante desafío de inaugurar un futuro para Euskadi definitivamente diferente; una Euskadi en la que por fin haya un sitio para todos/as, incluso para quienes se hallan aún en su “txoko”, cocinando a fuego muy lento su imprescindible solicitud de perdón.


Jueves, 21 de febrero

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