Tierra liberada

Una excusa por nombre Bonsonaro

29.10.18 | 21:14. Archivado en Autor

No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: "Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes". Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda asuspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. "Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos", decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.


Una excusa por nombre Bonsonaro

29.10.18 | 21:14. Archivado en Autor

No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: "Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes". Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda asuspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. "Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos", decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.


Una excusa por nombre Bonsonaro

29.10.18 | 21:13. Archivado en Autor

No es la oscuridad que nos alcanza, quizás sea nuestra luz que no se afirma. Mientras que pensemos que el problema es Bonsonaro, no será fácil vislumbrar un futuro diferente. Si el conservadurismo extremo, populista y homófobo gana terreno, es porque las fuerzas del progreso y de la esperanza se lo han cedido. Quizás el problema no sea tanto la amenaza que se cierne, sino las puertas que se le abren. El autoritarismo de extrema derecha que se expande en Brasil nacería en la desazón popular generada por un poder no debidamente administrado, surgiría por los errores de una militancia progresista enraizada más en las ideas siempre volátiles que en la firmeza de principios y responsabilidades. La consecuencia sería un efecto reactivo, es decir la de tantos ciudadanos/as echados en brazos de una reacción galopante.

Ahora sabemos toda la verdad. El mismo Lula la ha confesado al referirse a los dirigentes de su propio partido: "Sólo piensan en cargos y empleos, en ser reelegidos. Nadie trabaja ya gratis como antes". Los cronistas hablan del ascenso de la “barbarie” de “nuevo fascismo. Yo no iría tan lejos, hablaría más de nuestras impotencias, de nuestros miedos a mirar por dentro, del agotamiento de la ideología, de nuestra tendencia a echar siempre balones y culpas fuera. Si el dinero del petróleo corrompió al mayor partido de izquierdas de América latina, es porque las grietas y las sombras ya eran en su luminosa apariencia revolucionaria.

Siempre habrá un exparacaidista que sepa aterrizar en revuelto y pantanoso suelo, siempre habrá un Bolsonaro con el que disculpar los graves fallos de una izquierda anclada en la sempiterna confrontación y recelosa de profundo sinceramiento, de regeneradora catarsis interna. La distancia del poder pueda asuspiciar no sólo un nuevo impulso de real transformación de la sociedad, sino del imprescindible cuestionamiento en esferas más internas.

Con el Partido de los Trabajadores se marcha también un tiempo en que pusimos demasiadas expectativas en los cambios exteriores, con escasa voluntad de transformarnos en lo más íntimo. La crisis de este partido grande es la crisis necesaria de nuestras pequeñas individualidades. Invita a la recapitulación imprescindible de quienes hemos militado en la izquierda. Representa un poco la historia de nuestra propia vida, la necesaria frustración que siempre acarrea el colocar las expectativas del cambio en el exterior y no en nuestro interno fuero.

La derrota de esta izquierda que se instaló en el poder de forma democrática es nuestra cantada propia derrota, el imprescindible despiste que nos ha de alcanzar al querer construir un mundo nuevo que no pase por el cuestionamiento de nuestros propios comportamientos y actitudes. "Nosotros nacimos para ser diferentes de los otros partidos", decía el tornero expresidente, pero sólo se puede ser diferente cuando una ética honesta y consecuente gobierna la psicología de adentro. Esa ética superior sólo la puede garantizar un desarrollo que también vaya por dentro. Si el Partido de los Trabajadores, al igual que buena parte de la clase política, fue tocada por escándalos de corrupción es porque los principios de impecabilidad no estaban arraigados. Pudieron haber nacido para ser diferentes, pero a la postre no lo demostraron.

Se alzan las voces para la necesaria refundación, pero para reconstruir y refundar hacen falta los cimientos firmes de esa nueva ética, de esa nueva conciencia plenamente enraizada en valores que nunca caducan. La ideología no basta, como hemos tenido ocasión de comprender, fácilmente se deja seducir por las tentaciones del Petrobrás de turno.

¿Partido de trabajadores o mayorías unidas en torno a metas compartidas? Esta encrucijada sin precedentes, estos momentos históricos en los que la sombra pareciera avanzar de nuevo sobre nuestras sociedades, deberían servir para un cuestionamiento más hondo. La pérdida de rumbo redunde en un reencuentro con nosotros mismos y por ende con los demás, un reencuentro basado en principios compartidos que nos unifican, no en ideologías que siempre nos han fragmentado y lo seguirán haciendo. Ya no un “partido dos trabalhadores”, ahora ya hora de un movimiento transversal de ciudadanos/as dispuestos evidentemente a trabajar por un mundo más justo, verde y solidario, pero también individuos que acierten a recuperar el poder y la confianza en sí mismos, empoderamiento que sólo vendrá de una necesaria y constante voluntad de mejora y perfeccionamiento internos.


¿Intercambio consentido?

22.10.18 | 14:38. Archivado en Autor

Ya no saben que inventar para entretenernos, para hacernos olvidar de nosotros/as mismos/as, de nuestra naturaleza más primigenia y esencial. Empiezan a agotar todos sus cartuchos "creativos" hasta poner a la venta el último subproducto que anuncian a bombo y platillo. La industria de la televisión se las apaña como puede para intentar mantenernos clavados a la noche en el mullido sofá, perdiendo el tiempo. Hoy millones de personas se sentarán en España ante “Intercambio consentido”, la última y “revolucionaria” carta que exhibe una reaccionaria cadena de televisión. Seguramente lo más revolucionario era el "off" al dislate, erguirnos de ese peligroso sofá, mantenernos firmes, fieles, comprometidos. Sin embargo el sistema prefiere vernos desanclados dentro, desorientados, serviles a la moda, a una fantasía más o menos imposible cargada de deseo.

Intercambiar hasta concluir que el cielo no estaba envuelto en otras sábanas, sino en las mismas de siempre a falta de nuestro propio perfume. Intercambiar hasta el olvido, hasta acabar con los referentes esenciales, hasta perder nuestra propia dirección y rumbo. Intercambiar hasta saturar hormonas, hasta saciar deseo esclavizante y cansino. Intercambiar fuera hasta reparar que el cambio imprescindible estaba más cerca, en nuestro propio adentro.

Intercambiar hasta el hastío, hasta volver a la Palabra con mayúsculas, a un compromiso que no se achanta ante las dificultades. Hará falta el hastío para volver a un comienzo que nos invita perpetuamente a renovarnos, a revivir el abrazo original que solo adolece de nuestra fuerza, generosidad e inventiva. Quizás lo más "progre" no era intercambiar pareja, aunque fuera de forma consentida, sino cada día intercambiar anhelos, ilusiones, proyectos, compromiso... con nuestro compañero/a de siempre.

Suele ocurrir. Seguramente la pelota estaba en nuestro tejado. Seguramente no era tanto el mutar de pareja, sino el crecer, superarnos, elevar la mirada, el alma, para así rehacer el piropo, la caricia, la chispa…, en definitiva la palabra dada. De lo contrario la palabra se estanca, claudica y corremos al sofá y nos ponemos a ver el más “rompedor”, el más “in” estreno de “Antena 3”.

Inauguran “Intercambio consentido”, pero nosotros podemos estrenar cada día una misma relación, sin necesidad de saltar de lecho en lecho; estrenar cada día una nueva aventura con la misma persona a la que hemos dado la palabra no necesariamente en un juzgado o ante un sacerdote, si no en el altar del corazón. Demasiado fácilmente olvidamos que los llamados a renovar somos nosotros mismos, que todo nos acabará aburriendo mientras que no sepamos dar en cada instante lo mejor, en primer lugar con la pareja con la que nos hemos comprometido. El humano acomodaticio siempre pedirá afuera lo que no se propone hacer brotar dentro.

No nos convence ese promiscuo GPS que nos vende la popular cadena televisiva. Fidelidad es admirar y bendecir la belleza ajena, sin echar a volar ningún lazo; es agradecer lo hermoso que pasa a nuestra vera sin querer atraparlo. Saltar de flor en flor es el arte de las abejas, no del humano que busca perfeccionarse. A falta de lealtad, las relaciones se deterioran, las estructuras se desvertebran, el ordenamiento se quiebra, el progreso se cuestiona. Fidelidad no está de moda, no es valor al alza, pero fidelidad es respeto a nosotros mismos a lo Superior que nos habita y por ende a la mujer o al hombre que hemos decidido acompañar en los días fáciles, felices y en los menos.

Ante las modas pasajeras, ante los programas picantes que pretenden aumentar el rebaño de la sumisión, ante la invitación al intercambio desnortado, ayer, hoy y siempre, compromiso. Si no media un mínimo compromiso, no hay vida, no hay evolución, todo se detiene. Olvidemos que la fidelidad era una máxima beata, uno de los principios que pregonaba la “Sección femenina”, fidelidad es también lo que amalgama a los seres, a los mundos, a los sistemas y galaxias.

Artaza 22 de Octubre de 2018


Primer fuego

20.10.18 | 12:33. Archivado en Autor

Mochila al hombro añoré este crepitar en la chimenea del hogar. Hacen mucho bien los senderos que recorremos con corazón. Hace mucho bien también el fuego que encendemos con conciencia. En realidad nos hace mucho bien todo aquello que hacemos con presencia, con conciencia, con agradecimiento.

Vengo de encender el primer fuego y estoy feliz aquí en medio de esta paz tan sonora, tan cálida. Solo en el hogar no me siento solo. Nos une la pantalla, nos unen los anhelos, los ideales fraternos, nos une sobre todo el crepitar de nuestros fuegos de fuera y adentro... Cuando el bosque comienza a amarillear, el primer fuego es importante. Todos los comienzos son importantes. Danzan ya felices unas llamas sobre el primer tronco afortunado. Toda llama encendida con presencia es altar. Pido por lo tanto ante este fuego sagrado. Pedimos por los que no gozan de este silencio, de esta paz, de este calor de hogar...

Pedimos por los miles de hermanos hondureños que llevan una semana caminando, padeciendo, sorteando las mil y un dificultades. Caminamos con ellos, con su sudor, sus ampollas y sus dificultades, sobre todo con sus merecidos sueños...

Pedimos por los hermanos brasileños que defienden nuestro mayor pulmón, la selva de la Amazonia que ahora afronta su mayor amenaza de todos los tiempos. De ganar el candidato que se pronostica nuevo presidente, ha prometido hacer dinero con nuestra reserva de oxígeno, explotar comercialmente esa inmensa y querida arboleda...

Pedimos también por las gentes del desierto, pedimos para que despierten, para que rompan su silencio ya insoportable cuando descuartizan y matan a uno de sus más valientes hijos por el solo hecho de clamar libertad...

Pedimos para que aquí nazca el diálogo, la mutua comprensión, la cultura del acuerdo. Para que empecemos a ver en el otro el complemento, que no el adversario. Para que nos encontremos y no nos disparemos, para que miremos cómo podemos hacer el mayor bien a la colectividad y no el mayor mal al supuesto contrincante...

Todo esto le pedimos al primer fuego, en esta mañana entrañable de paz, en la que no podemos olvidar tanto dolor aún sembrado por el mundo. Un gusto arrimarnos juntos a las mismas llamas, un gusto compartir la misma plegaria, el mismo anhelo. Eskerrik asko!

Artaza 20 de Octubre de 2018


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