Tierra liberada

Carga de ética

14.09.18 | 20:20. Archivado en Autor

No sabemos lo que será de las 400 bombas que España prepara para Arabia Saudí. No se han logrado garantías de que el régimen feudal no las vaya a utilizar contra la población civil. Se enviarán por fin las 400 bombas inteligentes, pero las muy “listas” no nos dicen dónde harán diana. El contrato de las fragatas se ha salvado por lo tanto, lo que no sabemos es lo que ocurrirá con una lejana e indefensa población civil en la castigada Yemen.

En estos tiempos en que aún se pretende achicar tanto el mundo, en qué nuestros intereses personales pretenden sobreponerse al derecho de otros seres a algo tan esencial como la propia vida…, buscaremos ampararnos en las tan sabias como sencillas palabras del monje vietnamita, Thích Nhất Hạnh. Ya antes de enfermar nos había alertado seriamente del peligroso error de concebirnos como una conciencia individual separada de todos los demás seres vivos. Antes de callar el monje zen, ahora retirado en Tahilandia, nos lo había dejado caer con suprema claridad: “No puedes medrar por ti mismo, necesitas progresar con los demás.”
El eterno candidato a Nobel por la paz nos invita a “interser” con los demás, no a ser por y para nosotros mismos: "Si en nuestra vida diaria podemos sonreír, si podemos ser pacíficos y felices, no sólo nosotros, sino que todos los seres se beneficiarán de ello.” Si podemos por lo tanto no fabricar y exportar dolor, todos los seres se beneficiarán de ello.

El Maestro cuya caudal de compasión nos ha cautivado a tantos, nos anima a actualizar y comprender en este presente momento nuestra relación con todos los seres, a no concebirnos aislados. Mi pan, mi contrato laboral ha de “interser” con el otro, por bien lejano desierto en el que se halle ese otro. Mi “carga de trabajo” no deberá ser a cualquier precio, al precio incluso de la guerra y el dolor ajeno. Está llegando la hora de dejar de sacralizar cualquier trabajo, de reivindicarlo por encima del resto de principios y valores humanos. Nuestra reivindicación ha de ser una con la reivindicaciones globales, con la defensa de la Vida.

Si “inter-somos” no exportaremos bombas y maquinaria de guerra a un país de dudosos principios de democráticos. Somos uno con nuestro prójimo también en las situaciones de más apuro. El pan de nuestros hijos no es a cualquier coste. La actual situación de precariedad de empleo ha supuesto la sacralización del trabajo, sea lo que sea lo que proporcione o produzca. Sin embargo cualquier trabajo no es ético, ni solidario, ni sostenible… Hemos de saber en qué invertimos nuestra fuerza e inteligencia. Hemos de saber qué mundo estamos contribuyendo a construir desde nuestro puesto en la cadena de una fábrica.

Cualquier empleo no es por lo tanto un bien supremo. Será preciso analizar si nuestro trabajo es en favor de la integridad física de las personas y los derechos humanos o por el contrario representa una amenaza. Será preciso observar el servicio y el bien que realiza a la humanidad en general, sin fronteras de ningún orden. Somos una gran comunidad humana y mi propio beneficio nunca debería ser a costa de la Vida, a costa de la Creación, de los Reinos que la conforman sobre el planeta.

Han cortado carreteras, han hecho paros y huelgas en demanda de "carga de trabajo", pero la “carga de trabajo” para uno, no puede representar una “carga de dolor” para otro. Ya lo dijeron los mayas, que a su forma ya practicaban en la selva lacandona su budismo de compasión: “In La Kech, Hala K’in”. Es decir “Yo soy el otro tú, tú eres mi otro yo”. "Carga de trabajo" es el eufemismo del que convendría prescindir si deseamos afrontar con una mayor "carga de ética" nuestro propio destino.

Artaza 14 de Septiembre de 2018


División azul

12.09.18 | 10:55. Archivado en Autor

Tarde lluviosa en medio de una ciudad que descansa de un sol aún poderoso en bares, cines y comercios. La libertad de un par de horas hasta recoger a mi madre de su sagrada partida de cartas, me conduce sin pensarlo a la biblioteca pública. Voy directo a su sección de historia. Al poco tiempo me veo en una mesa vacía disfrutando de un gran tomo gráfico cuyo título reza: “La División azul en imágenes”.

Me sentí extraño dedicando tanto tiempo a ese libro del “adversario”. No podía soltarlo. Sólo un esclarecedor paseo por la Kontxa, me proporcionaría después las claves indispensables. Por más que en un principio me extrañara, ese libro, esa historia, esa aventura, sobre todo ese frío, ese dolor también era mío… Me sentí iniciado en otra comprensión de la vida, de las relaciones, de la familia humana. Había llegado el momento de asumirlo: la historia de la “División azul” también me pertenecía.

¿Si siempre me consideré del otro lado, por qué sentía ochenta años después su frío en mi propia carne? ¿Será que la condición humana y su adhesión a ella en su conjunto termina a la postre por ganarnos más allá de toda fragmentación de cualquier orden?

A fuerza de observar con detenimiento cada una de la imágenes, me di cuenta que yo también era algo de ese soldado, de ese ejército, de esa División que combatió por la extensión del fascismo. Sí, sirvieron a la Alemania nazi, ¿pero no fueron al fin ya la cabo puras víctimas de la propaganda de un Movimiento en aquellos días omnipresente? ¿y en la cadena de los horrores, a la luz de toda la información que nos llega, sigue Hitler aventajando a Stalin?

Todas las historias son nuestra historia. Trascender el tiempo, la distancia, sobre todo la significación nacional, política, religiosa…, he ahí algo de nuestro presente desafío. Somos también la historia de ese joven castellano que se perdió con un fusil en una tierra lejana y extraña, que cayó en medio de las anchas y heladas estepas rusas en busca de galones y aventura.

Todas las historias son nuestra historia también la historia aparentemente lejana, incoherente, servil… Todas las historias son nuestra historia también la de quienes optaron en alguna vida por vestir el uniforme del “adversario” y montar en un peligroso tren que atravesaría todo Europa camino de una muerte más que probable…

Vamos a constelar esa gran familia que no conoce fronteras por nombre humanidad. Vamos a perdonarnos los unos a los otros, vamos escribir sin más demora, sin necesidad de que nos alcancen de nuevo esos fríos, esos dramas con fondo blanco, una nueva historia humana.


Final de qué tiempos...

11.09.18 | 17:58. Archivado en Autor

No sabemos leer los posos del café, ni los mensajes de las estrellas. No sabemos cuáles son las olas que saltarán por encima de nuestras azoteas, qué huracanes se envalentona ya en medio del océano. Desconocemos qué astro viajero toma rumbo a nuestro planeta, qué gran esfera destructora se encaprichó con nuestro planeta azulado.

Adivinemos cómo podremos rescatar al hermano de color del Mediterráneo, no el diámetro del demoledor Hercólubus; cómo llevar pizarras y dispensarios a todas las aldeas del Sur, no salvavidas a todos nuestros temores del Norte… Sí, parece que va acercándose la tan mentada Hora, pero por más mareas que quieran escalar nuestras ciudades, los verdaderos tiempos nunca se acaban. La Hora se llama graduación y ya lo dijo el monje de Hipona en el oscuro medievo, sólo, sólo de una cosa seremos medidos… Si a algo nos ha de invitar la Hora, es a intentar llenar nuestro corazón de más amor.

Nuestros augurios, nuestras especulaciones de cerveza y terraza, no moverán un ápice la Gran Manecilla, no adelantarán, ni retrasarán la Gran Hora, pero sí nos harán perder un tiempo precioso para diplomarnos en el indispensable servicio al trozo de humanidad asignado.

Somos los hijos de la Aurora. Los mejores rayos llegan tras la noche, nos alcanzarán tras la Hora. Respetar los augurios no es dar el "play" al peliculón de más rombos y miedo. Al igual que los tiempos, la vida tampoco se acaba jamás. No nos alcanza para Malaquías, ni Nostradamus. Leemos los periódicos, no escrutamos profecías. Sólo atendemos recomendaciones que nos muestran cómo abrazar con más fuerza, ternura y compasión a nuestro hermano necesitado…

Al fin y al cabo sólo es el final de los tiempos que malgastamos para nosotros/as mismos/as, sólo es el arranque de los tiempos dorados del Corazón por fin unificado.


Vulnerables

10.09.18 | 21:30. Archivado en Autor

Reconocernos vulnerables es sencillamente reconocernos en camino. Es observarnos primero en nuestra condición de seres evolucionantes, que vamos a por mayores cotas de amor, valentía, generosidad, pureza… Reconocernos vulnerables es sobre todo reconocernos en la necesidad de ayudarnos mutuamente, de asistir al otro/a en sus aspectos más debilitados. La vulnerabilidad es algo íntimo y a la vez sagrado. No acepta la crítica, sólo la ayuda. Lo último que necesita la vulnerabilidad es el reproche. El reproche implica la no aceptación de las circunstancias, del ritmo de crecimiento del otro/a.

Hoy he visto esa mirada vulnerable, a flor de lágrima, que alcanza el alma. Se me ha colocado delante esa mirada más necesitada de comprensión, de abrazo, que de cualquier discurso. Yo discurseaba, eso es lo más fácil.
Hay miradas que son espejos. Hoy me he reconocido en mi severidad, en mi dificultad de acompañar solidariamente hasta el final esa vulnerabilidad cercana. Esa mirada silente vulnerable, me ha expresado a las claras que la razón no sirve para nada, que me vaya con ella a paseo; me ha dicho que busca no tanto complicidad, sino comprensión.

La idea de vulnerabilidad arroja una mirada más generosa, tanto sobre nosotros mismos, como sobre quienes nos rodean. Todos/as somos vulnerables, sin excepción alguna. Hasta el aparente alma de piedra lleva mucho cartón dentro. Vinimos aquí para eso, para ayudarnos y despegar un día de nuestra circunstancial condición vulnerable. Mientras tanto las madres, aún en su avanzada edad, nos siguen aplicando lecciones irremplazables.


Regalar la victoria

10.09.18 | 11:24. Archivado en Autor

“Toma para ti pérdidas y derrotas...”. La primera vez que me soltaron la máxima budista, una tormenta se agitó en el interior. La fracesita de marras cuestionaba demasiados esfuerzos agotadores en pos siempre de una victoria sobre otros. Tantos esquemas pretéritos se derrumbaban de repente con la sentencia demoledora: “Otorgad la victoria al adversario...” La conmoción interior del día pasado, en las magníficas conferencias que impartió en Estella Tenzing Ngeyung, discípula del Lama Gueshe Tenzing Tamding, residente en el Monasterio de Chuu Sup Tsang de Ourense, no ha sido menor. “Regalad esas victorias que al fin y al cabo no llevan a la verdadera liberación. Regalad las victorias menudas.”

Una tan sencilla como sabia monja budista, me ha vuelto a mover el tapete. ¿Cuántas veces llevamos ya a los labios, ya a la ancha e inquieta pantalla de la mente, ya a la pancarta blanca de algodón agujereado aquello de “¡Hasta la Victoria siempre!”? Escribíamos “Victoria” con mayúscula, porque mayúsculo era el logro a alcanzar. Ahora van y nos piden que regalemos la “Victoria”, mayúscula incluida. No se cae una idea compartida, una cultura arraigada, un sentimiento muy amplio…, se derrumba en realidad mucho más. Seguramente ocurre como estaba escrito: se nos derrumban tantas mayúsculas del pasado, se derrumban en realidad nuestros pasados enteros, nuestras vidas de confrontación y de lucha… y sin embargo comienza a nacer una nueva, anhelada y emancipadora conciencia. Suena ya la campana al final de un túnel oscuro y con demasiadas grietas y goteras por nombre historia.

¿Estábamos equivocados cuando gritábamos “¡Ni un paso atrás!”? Seguramente sí, seguramente nada que combatir, seguramente todo por crear en silencio, con amabilidad, con amor y compasión… Hora de la cuidadosa reconstrucción, que no de la desairada y descontrolada destrucción.

Regalar los honores, las victorias, los orgullos, los logros… Regalar todos los laureles y a la vez quedarnos con la primavera; con ella arrancar por fin una luminosa y esperanzadora historia. Ahora sé por qué el Budismo es una enseñanza tan verdadera, tan elevada, tan necesaria… Ahora sé porque tenemos que estar tan supremamente agradecidos al Buda, a quienes componen la “Shanga”, a quienes humildemente sembraron y siembran el “Dharma”, como nuestra entrañable monja de Ourense. Sencillamente porque el Gran Iluminado y su Nirvana reclaman todo de nosotros/as, sencillamente porque nos dejan desnudos, sin nada y a la vez con todo. Nos quieren privar del sufrimiento, pero necesariamente nos hacen doler casi hasta el alma.

Es cediendo como en realidad vencemos. Toca arriar demasiadas banderas que agitaron vientos sin calor, ni compasión; dar muchos pasos para atrás, sobre todo en aquellas batallas que libramos sin intentar comprender al adversario. Regalemos pues, que aún estamos a tiempo, las victorias en la cancha, en la calle, en la política, en todas, absolutamente en todas las arenas… y quedémonos con lo que de verdad importa: el altruismo, la generosidad y la paz del alma.


Mindfulness improvisado

07.09.18 | 14:04. Archivado en Autor

Siquiera de vez en cuando, dejarse fluir, disfrutar del no hacer, relajarse y acomodarse en el instante. Siquiera en el corazón del estío, rebelarse ante el agobio. Mi madre me ha liberado de la esclavitud de la actividad constante, de la filosofía, en cierta medida también subyugante, del continuo hacer algo. La estoy cuidando, aquí junto al mar, en este verano que lanza sus últimos potentes rayos. Cuando el sol embadurno su piel tostada y arrugada; cuando las olas, le sujeto; cuando nada, le socorro... A sus ochenta y muchos años me sigue dando lecciones…

Ralentizar la vida en su compañía me ha hecho mucho bien. Ella me ha liberado del apremio, me ha enseñado por necesidad lo que los maestros espirituales no han conseguido: clavarme en el aquí y ahora, vivir despacio, muy despacio, poniendo conciencia a cada acto. Cuando se cansa, me enseña a disfrutar de la respiración y la paz en el banco más cercano. Cuando el collar complicado me armo de paciencia hasta acabar éste en su cuello aún presumido...

Avanzamos sin prisa alguna por una ciudad colmada estos días de reclamos. Vivimos sin reloj, ni calendario. Le enebro las agujas para unos remiendos que nunca se acaban. Cuando compra, le cuento las monedas. Escogemos juntos la fruta y la verdura en el mercado desbordado. Cocino con desacostumbrada atención, elegimos películas que, además de entretener, hacen bien al alma… También discutimos de vez en cuando, pero me deja rendido y batido en retirada en cuanto me suelta el proyectil de insuperable calibre que reza “obedecer es amar”. Asumir y no perseguir su Aghata Christie y retahíla de policíacas, su colorida colección de diarias pastillas…, me ha dado a la postre mucha paz. Su vida definitivamente no es para vivirla como yo quiero. Además no protesta al desaparecer el filete del plato y el chorizo del potaje.

Vengo del regalo de un rato en la playa, de perdonarme del “pecado” de no hacer algo. Comienzo a disfrutar de este ritmo pausado. Junto a ella me he dado cuenta de esa severa disciplina autoimpuesta de estar permanentemente haciendo algo. Sístole y diástole, montaña y mar, trabajo y descanso...; los paréntesis son necesarios, imprescindibles mientras que no se alarguen más de lo debido…
Su asistenta ha tomado vacaciones. Definitivamente viene bien esta cura de "mindfulness", esta cura de madre.


Sábado, 22 de septiembre

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