Aún creemos que creamos. A lo sumo somos asistidos, sembrados… A lo sumo nos elevamos, nos disponemos, acogemos… A lo sumo somos bendecidos por la inspiración superior. Habremos de olvidar algún día las propiedades, pero sobre todo aquella que, con escaso acierto, denominamos “intelectual”.
La más bella melodía ya ha extasiado otros oídos, las pinceladas más diestras ya se deslizaron por otros y transparentes paños, el verso más exquisito ya vibró otros corazones… Los excelsos arquetipos de belleza están allí, sólo resta conquistarlos, ascender en nuestras octavas de pureza y genuino amor y servirnos. Al hacernos con ellos, erraremos si les colocamos nuestra autoría. Eso lo han sabido los Iniciados, los verdaderos/as Maestros/as de todos los tiempos y geografías, siempre pujando por trabajar en el anonimato, desde la más desapegada intención, sin concesiones al ego, a la naturaleza orgullosa de la personalidad.
Mira era una ciudad de la agreste Anatolia. Allí estaba destinado a comienzos del siglo IV el sacerdote Nicolás, el personaje que después, montado en su trineo de renos, se deslizaría por las blancas navidades de medio mundo. En aquella ciudad situada en la actual Turquía, vivía un hombre empobrecido, padre de tres muchachas, que no se podían casar, al carecer de dinero para la dote. Cada día al acostarse, las tres muchachas, acostumbraban colgar sus calcetines de la chimenea para secarlos. Fue el generoso Nicolás, que ya tenía fama de repartir obsequios y juguetes entre los niños sin recursos, quien una noche de invierno se coló por la ventana de la casa y llenó los calcetines con monedas de oro. Esas monedas permitieron a las muchachas iniciar la nueva vida que tanto deseaban en compañía de sus amados.
Sábado, 2 de junio
Koldo Aldai
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Asoc. Humanismo sin Credos
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