Había que conocer Calcuta, atravesar su infierno en la tierra. Nadie es el mismo tras paseo por esa realidad tan cruda. Tarde o temprano, toca integrar la noción de un dolor tan desparramado por el mundo. A cada quien nos aguarda nuestra Calcuta, más o menos sórdida, su tremendo interrogante al echar la última mirada hacia atrás y decirle adiós, noqueados, despistados. En el itinerario personal es recomendable incluir esos claxones que rasgan los tímpanos, esas jóvenes madres que mendigan en cada esquina, esos tullidos sin piernas que avanzan veloces tras el turista, esa ciudad que concita tanta luz y tanta sombra y que ya no olvidaremos jamás…
«En la cárcel toda expresión de arte viene del alma, del corazón, a veces inventando sobre retales de sábanas carcelarias, a veces rememorando sobre papel de estraza», afirma la autora del cuadro. No es difícil leer esos trazos de amargos y lúcidos colores, esa tajante y remordida oda sin letra.
No hay lenguaje exclusivo para la manifestación del alma. La palabra no debiera tener monopolio para expresar arrepentimiento. Ese rostro oculto, ese cuerpo abatido, esa mujer rota parecen querer modelar un sincero y poderoso mensaje. Nos cuesta leer otros lenguajes, saltar abismos e interpretar sábanas. Ese desagarrado cuadro lo ha pintado Idoia López de Riaño, pero los mil y un candados permanecerán por ahora cerrados y las murallas carcelarias insalvables. Aún persigue el eco, aún resuena el pasado y su grueso estruendo.
Sábado, 2 de junio
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