Teología sin censura

La independencia

13.09.17 | 18:52. Archivado en Sin censura, Problemas actuales, Política

Hace poco más de dos siglos, España ganó la Guerra de la Independencia. Y con eso, mucha gente se pensó que los españoles habíamos garantizado nuestra libertad amenazada. Pero lo que realmente ocurrió es que, en España, en lugar de mandar los franceses, se puso a mandar el rey Fernando VII, que, en su pasión por someter a la gente, llegó a restablecer la Inquisición.

La historia de nuestro país, su grandeza y su miseria, estaba ya simbolizada, por el genio de Cervantes: Don Quijote es la “resistencia” contra el destino, Sancho Panza es la “sumisión” del que se acomoda satisfecho a una situación dada (D. Bonhoeffer). “Resistencia y Sumisión”, dos tendencias inconscientes y profundas, que todos llevamos inoculadas en la sangre de nuestras ideas más queridas.

Pero ocurre que, en las últimas décadas, sin darnos cuenta de lo que realmente nos ha pasado, hemos sufrido un proceso de transformación, que traspasa todas las fronteras y nos ha afectado a todos hasta hacer de nosotros “otro tipo de persona”, otro modelo y otra manera de ser. El “cambio climático” es, a fin de cuentas, la más llamativa y peligrosa consecuencia del “cambio personal” que, sin pedirnos permiso, nos han inoculado.

No es posible, en esta reducida reflexión, analizar y explicar los contenidos y las consecuencias de este cambio. Pero, entre esas consecuencias, hay una que es determinante, cuando estamos hablando de “independencia”.

Si es que, por independencia entendemos la libertad respecto al poder que nos domina, la clave del cambio, que nos han inoculado, está en que el “poder opresor”, que no soportamos, se ha convertido en “poder seductor”, que nos complace hasta hacernos ver la vida como realmente no es.

El conocido profesor alemán (de origen coreano) Byung-Chul Han lo ha explicado con sencillez: cuando pensamos que somos más libres que nunca, en realidad estamos más controlados que nunca. La tecnología, las redes sociales, los medios de que dispone el poder, todo eso ha creado una situación que nadie sabe explicar exactamente en qué consiste, pero que en realidad “seduce en lugar de prohibir, no se enfrenta al sujeto, le da facilidades”. De ahí, las independencias que tanto apetecemos, pero que en realidad lo que hacen es someternos más a todos.

¿Tiene esto solución? No la esperemos de los poderes que precisamente la han provocado y la sostienen. No son los poderes seductores y opresores los que nos van a sacar las castañas del fuego.

Yo aquí aporto lo que puedo. Por el Evangelio sabemos que Jesús nació, vivió y murió en un pueblo sometido por el Imperio de entonces, Roma. Como es lógico, aquel pueblo oprimido anhelaba la independencia. Y Jesús se identificó con ese anhelo. Pero también es verdad que Jesús se dio cuenta de que la clave del proceso no estaba en el enfrentamiento con Roma. La solución estaba en cada ciudadano. Jesús se lo dijo a Nicodemo: “Tenéis que nacer de nuevo” (Jn 3, 7). Sólo así, seréis libres como el viento, que “sopla donde quiere… y “no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3, 8).

Esto es lo que no nos entra en la cabeza. La solución no es el cambio de los que mandan, sino el cambio de nosotros mismos, los que nos sometemos pensando que somos libres o buscamos libertad, cuando en realidad lo que nos seduce y puede con nosotros es la sumisión.

“Hoy la libertad se convierte, por diferentes vías, en coacción” (Byung-Chul Han). Y así vivimos: encantados con el que mejor nos somete. Así, ya podemos seguir soñando con la independencia o dando leyes para prohibirla. A fin de cuentas, todo se reducirá a que Don Quijote va ahora montado en el borrico que llevaba a Sancho Panza.


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Comentarios
  • Comentario por Ramón Hernández Martín 17.09.17 | 13:22

    Aunque no soy catalán, admiro por muchas razones a Cataluña. Pero una cosa es Cataluña y otra el independentismo catalán. Para no andarme con ambages, diré algo muy claro: España suma, no resta. No es preciso ahondar aquí en lo que es "España" para sacar la conclusión de que España ha construido Cataluña. Cataluña es obra de todos los españoles por aporte de ideas, capitales y trabajadores. Ante una supuesta independencia, jamás Cataluña podría pagar la deuda contraída con España. No nos volvamos locos: el independentismo, señuelo que se presta a todas las demagogias, es el caramelo que ofrecen unos ludópatas que se han empeñado en jugar poder y dinero en una peligrosa ruleta. Su jugada sería sumamente ridícula si no contaran con comparsas embobados que los aplauden. De ser, la independencia de Cataluña será hostil y, por ello, de consecuencias serán terribles en lo económico y en la relación entre "todos" los españoles, que debería ser fluida y hermosa. Necesitamos cirugía.

  • Comentario por José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete 16.09.17 | 13:55

    Y cambia lo que de la solidaridad pasa a ser de justicia hecha ley común. Yo lo vivo, por tanto, como un problema democrático, sí, y de solidaridad, también. Como lo vivo en la relación internacional con los pueblos más pobres. Al final es pasar de compartir unos presupuestos (deben ser más democráticos y justos, lo sé) a compartir el 0.7 de AOD. Así vivo la ética en esta situación política entre la democracia y la solidaridad.

  • Comentario por José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete 16.09.17 | 13:54

    por incompetente (Rajoy vs. Sánchez o Iglesias). Pero, en fin, la cuestión primera es que hay un nuevo sujeto (nación-pueblo-sociedad-población) y la democracia soberana la reclama dentro de sí.

    Éste es el problema previo que no puede aparcarse en la reflexión política sobre la democracia: los jueces, pueden hacer un ejercicio distinto, pero los políticos y los profesores, no. Personalmente le doy importancia decisiva a la solidaridad de los pueblos que comparten de tiempo pactos, habla, ayudas mutuas y origen familiar en buena parte de su población… pero la solidaridad, ya se sabe, es un concepto ético que “prima facie” sólo obliga en conciencia, y ésta es de cada uno. Lo que prima es la querencia por ser solidarios, si acaso, con “los nuestros”, y si cambia el sujeto, “los nuestros”, cambia la conciencia de sus destinatarios preferentes

  • Comentario por José Ignacio Calleja Sáenz de Navarrete 16.09.17 | 13:52

    Pero si el problema es el sujeto (pueblo-sociedad-población) en que esa democracia va a ser vivida. En el momento que un sujeto (pueblo-sociedad-población) no quiere compartir su democracia (soberanía) con otro-otros, sólo queda de la ley a ley, negociando políticamente. Por eso que estas reflexiones democráticas de principio son primordiales, pero obvian lo concreto del "espacio social y territorial" en que los partícipes se comprometen a respetarlas. Roto el espacio territorial y social, necesitan de la negociación política. Por eso que el buen político tiene que adelantarse cuando ve que peligra compartir el sujeto-pueblo-sociedad, o intentar recomponerlo cuando no lo ha hecho antes, pero hacer mutis por el foro en esta clave, no sirve ni en la acción ni en la reflexión política. Porque, además, tiene que saber que sus adversarios (Puigdemont-Junqueras) van a utilizar sin reparo moral la oportunidad de poner a su favor ese nuevo sujeto (pueblo soberano) o sustituir al gobernante por...

  • Comentario por Ángeles Torres 15.09.17 | 08:07

    Gracias por la iluminación que nos lanza en estos momentos de confusión. Otra iluminación la tenemos en la Evangelii Gaudium (217-237) y sería necesario y oportuno difundirla ampliamente.

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