Teología sin censura

La cultura de la desigualdad

24.01.17 | 07:39. Archivado en Compañía

Sabemos que el papa Francisco ha dicho: “No me gusta anticiparme a los acontecimientos. Veremos qué hace Trump”. Una vez más, este papa ha sido discreto y prudente. No seamos “profetas de desgracias”, como sabiamente nos advirtió Juan XXIII. Y así debe ser. Lo que ocurre es que el recién estrenado presidente de los Estados Unidos de América ya ha dado la cara sobradamente, para dejar claro, ante el mundo entero, no lo que va a hacer, sino lo que ya ha hecho. Y lo que ha hecho ha sido poner en evidencia que casi la mitad de los norteamericanos – los millones de votantes que han elegido a Trump – han renunciado (en la práctica, ya que no sabemos si, en teoría, eran conscientes de lo que hacían) al “principio determinante” que inspiró la proclamación de Independencia de los Estados Unidos, del 1 de julio de 1776.

Esto quiere decir que, varios años antes de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, de la Asamblea Francesa del 26 de agosto de 1789, ya en Estados Unidos se hizo la primera formulación de los derechos del hombre. El principio de igualdad y de participación de los ciudadanos quedó así formulado, en embrión, pero también como ideal de una nueva sociedad y una nueva cultura. Fue el paso decisivo de la sociedad sometida al soberano a la sociedad igualitaria y democrática.

Lo que mucha gente no sabe es que, en este cambio, tuvo un papel importante el influjo positivo de la religión. El conocido estudio de Georg Jellinek, de 1895, lo indicó con claridad. La idea democrática, base de la constitución de la Iglesia reformada, se desarrolló a finales del s. XVI en Inglaterra, y esto en primer lugar por obra de Roberto Brown y sus adeptos. Para este grupo, la Iglesia debía identificarse con la Comunidad en una comunión de creyentes, mediante un pacto con Dios y sometidos a Cristo; además, reconocían como norma directora la Voluntad de la asociación, es decir, de la mayoría. Se establecían así las bases de un ideal de igualdad en dignidad y derechos, que alcanzaría su plena formulación en la Declaración Universal de los derechos humanos del 10 de diciembre de 1948. Así empezó a implantarse, en la sociedad moderna, el ideal de la “cultura de la igualdad”.

Esto supuesto, el resultado de las últimas elecciones en Estados Unidos es la demostración más evidente de que, sin darnos cuenta de lo que estamos haciendo, en realidad hemos hecho trizas la “cultura de la igualdad”. Y, en su lugar, estamos entronizando la “cultura de la desigualdad”. Lo que es lo mismo que decir: se ha impuesto, de nuevo, “la ley del más fuerte”.

El papa tiene razón – insisto en ello – al aconsejar discreción y vamos a esperar. Pero hay cosas que no admiten espera. Hace sólo unos años, la conocida historiadora de la Antigüedad, María Daraki, dijo lo siguiente: “La civilización nació bajo forma de un gran impulso histórico de las técnicas. Cosa que puede confortar la fe del siglo de las grandes realizaciones tecnológicas. Pero este enorme salto hacia delante en la historia de las técnicas ha provocado la primera aparición de rasgos conocidos desde la antigüedad: ahondamiento profundo de las desigualdades económicas, jerarquía social vertical, poder despótico.

Así las cosas, el hecho es que, según la misma María Daraky, el proceso del que surge la civilización demuestra que la evolución tecnológica y la evolución social pueden disociarse y, lo que es más grave, pueden crecer en direcciones opuestas: la “evolución tecnológica” como progreso, la “evolución social” como degradación.

Y así ha sucedido. Hasta desembocar en un proceso imparable de descomposición social que seguramente, hace solo unos años, no podíamos imaginar. Por una razón que se comprende enseguida. La tecnología crece de una manera imparable. Nadie pone en duda que el crecimiento tecnológico nos aporta incontables beneficios. Pero lo que no advertimos es que el progreso tecnológico se nos ha ido de las manos y ya es imparable. Ni sabemos a dónde va. Porque crece a más velocidad que lo que da de sí la capacidad humana. Con una consecuencia que da miedo: el crecimiento tecnológico es inseparable del crecimiento económico. Ambos son como vasos comunicantes. Lo cual quiere decir que el crecimiento tecnológico está dirigido y controlado por los magnates de la economía. Lo que significa que el presente y el futuro del mundo entero, o sea todos nosotros, estamos en manos de un número reducido de magnates, los grandes potentados que manejan la economía mundial. Teniendo en cuenta que la pasión por el dinero es más fuerte y determinante que los mejores deseos de justicia, igualdad y fraternidad.

No seamos ingenuos. El caso Trump no es asunto de derechas o de izquierdas. Se trata de algo mucho más profundo. Es solamente el ejemplo elocuente de un futuro que ni sabemos dónde tiene sus raíces, ni podemos saber a dónde nos lleva. En este momento y en esta situación, me atrevo a decir que sólo el Evangelio de Jesús y la fuerza de su “proyecto de vida” podrán potenciar la aspiración de justicia e igualdad que nos parece un sueño o una utopía. Seguramente por esto, en lo que el papa Francisco ha centrado su ideal de vida y su mensaje, tiene su fuerza de atracción que este hombre sencillo ejerce en el mundo, sobre todo en el mundo de los que más sufren y menos medios tienen para seguir viviendo.


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Comentarios
  • Comentario por Antonio Manuel 25.01.17 | 13:33

    ¿Qué y quién modela y potencia los aspectos más negativos de la ambición humana? ¿Acaso, la vanidad se hace mayúscula en los referentes que, de manera persistente, aparecen en las redes sociales y la televisión de libre acceso? ¿Cuáles son los síntomas que diagnostican a una sociedad enferma? ¿Donde se pueden encontrar con la misma intensidad los referentes de justicia, igualdad y fraternidad?
    La libertad de expresión y la difusión no pueden convertirse en soporte de la propaganda interesada ni de la manipulación maliciosa, especialmente en aquellos medios de comunicación de libre acceso que acceden a la intimidad de la persona y del hogar.

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