La nueva ministra, Ana Mato, al referirse a un reciente crimen de violencia machista, no ha hablado de violencia “de género”, sino de violencia “doméstica”. A juicio de la señora Mato, las palabras son “lo menos importante”; lo que importa son los hechos. ¿De verdad es eso así, señora ministra? Entonces, ¿por que su partido, el PP, no tolera que a los homosexuales que se casan legalmente se les llame “matrimonio”? Y, si de la política, nos vamos a la religión, ¿por qué al obispo de Roma no dejamos de llamarle “papa”? Seguramente, mucha gente no sabe que, en el Evangelio, Jesús prohíbe tajantemente que a nadie se le llame “padre” (eso significa en su origen la palabra “papa”) en la tierra, “pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo” (Mt 23, 9). ¿O por qué no abandonamos el título de “Sumo Pontífice” para designar al obispo de Roma? Ese título y esas palabras no son ni cristianas. Eran el título que utilizaba el emperador de Roma. Un título contra el que se pronunció con dureza san Ambrosio, en el s. IV. Hasta que consiguió que el emperador Graciano renunciase a él. Y ya no hubo más emperadores que pudieran admitir el pomposo título de “Sumo Pontífice”. Hasta que el papado se lo apropió, siguiendo el criterio del mismo san Ambrosio, en su carta al obispo arriano Ausencio: “El emperador está dentro de la Iglesia, no sobre la Iglesia” (PL 16, 1018). Y, entonces, lo que ocurrió es que se puso sobre el emperador fue el papa, olvidando (de nuevo) lo que dijo Jesús a sus apóstoles: “los jefes de las naciones las dominan... No ha de ser así entre vosotros....; al contrario, el que quiera ser el primero, ha de ser siervo de todos” (Mc 10, 42-44).
Se sabe que en el “Liber officialis” de Amalario (hacia el año 827), ya se veía la misa como un ritual ofrecido, no tanto por los fieles, sino principalmente por los sacerdotes (Y. Congar). Y es que, durante el siglo VIII, ocurrió que las lenguas vulgares se desarrollaron entre la gente, mientras que el clero mantuvo el latín como lengua propia de la religión y de la liturgia. La consecuencia fue que el pueblo entendía cada día menos lo que era la misa y lo se enseñaba en la Iglesia. Además, a partid de aquel tiempo, el Canon de la misa se empezó a rezar en voz baja, los sacerdotes comenzaron a decir la misa de espaldas al pueblo, los fieles dejaron de acercarse al altar para presentar sus ofrendas, se multiplicaron las misas privadas, es decir, misas que ofrecía el cura solo sin asistencia de fieles....
La Navidad es una fiesta religiosa que tiene su origen en lo que de ella cuentan los evangelios de Mateo y Lucas. Pero ocurre que los relatos de los evangelios, sobre el nacimiento de Jesús y sus primeros años de vida, son tan fantásticos que a mucha gente le causan extrañeza y fundadas sospechas de si todo eso merece o no merece crédito. Hablar de apariciones de ángeles, nacimientos milagrosos, sueños celestiales, visiones, magos de países lejanos, un tirano genocida de niños inocentes, todo eso resulta sospechoso. Y más raro aún es que el niño, que fue privilegiado por el cielo con fenómenos tan extraños y sublimes, cuando se hizo adulto, no mucho tiempo después de tantas maravillas, apenas volvió a su pueblo (Nazaret), donde todo el mundo le conocía a él y a su familia, los vecinos de la aldea se quedaron asombrados viendo que el carpintero, que ellos conocían, sabía hablar en público y decía (y hacía) cosas que admiraban a la gente (Mc 6, 1-6). Y, lo que es más sorprendente, en su casa y en su familia ni creían en él (Mc 6, 6; Jn 7, 5), sus parientes lo despreciaban (Mc 6, 4) y hasta pensaban que estaba loco (Mc 3, 21). ¿En qué quedamos? ¿Venía del cielo o era un demente extraviado del que ni su familia se fiaba?
Escribo esto a las 9 y 5 minutos del día 22 de diciembre, cuando está empezando el sorteo de la lotería de Navidad, el día del gran festín del dinero, precisamente el mismo día en que los nombres de los nuevos ministros, que acaba de designar Rajoy, han puesto más de actualidad, si cabe, la crisis económica y las esperanzas que nos quedan ante la crisis. Ningún día como hoy para hablar del dinero.
Los medios de comunicación se ha hecho eco de la explicación que el cardenal Rouco le ha dado a la crisis económica que nos azota. A juicio del cardenal, la crisis se debe al olvido de Dios, que tanto se nota en la sociedad europea y más en concreto en España.
San Pablo tenía una obsesión: vivir de tal manera que su conducta no fuera para nadie motivo de alejarse del Evangelio. Era ésta una obsesión que tenía un fundamento muy serio: Pablo sabía que todo lo que aleja del Evangelio, por eso mismo aleja también de la Iglesia. Y esto era, sin duda alguna, lo que más le dolía al apóstol Pablo.
Desde comienzos del actual curso académico, se viene hablando de una cátedra de teología que la Universidad de Granada, en colaboración con la Facultad de Teología de nuestra ciudad, ha instituido. Las reacciones a favor y en contra de este proyecto no se han hecho esperar.
Los tres evangelios sinópticos cuentan la curación de un paralítico al que Jesús, antes de curarlo, le dijo que sus pecados estaban perdonados (Mc 2, 1-13: Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26). Lo central de este relato no es la curación del enfermo, sino el perdón que Dios les concede al pecador. El relato de Mateo termina diciendo que la gente se quedó impresionada, al ver que Dios “ha dado a los hombres tal autoridad” (Mt 9, 8). Por tanto, somos los seres humanos los que tenemos el poder de perdonar los pecados. Por otra parte, cuando se escribieron los evangelios (en el s. I), en la Iglesia no había todavía “sacerdotes”. Porque de ellos no se habla en el cristianismo hasta bien entrado el s. III. Por tanto, en la Iglesia naciente, se tenía el convencimiento de que la facultad de perdonar pecados la había concedido Dios a los humanos, fueran quienes fueran.
Si se lee con atención el relato del juicio final (Mt 25, 31-46), lo que importa, lo que interesa, lo que Dios tendrá en cuenta, en el juicio último y definitivo de la humanidad, no será la fe, ni la religiosidad, ni la piedad, sino solamente una cosa: el comportamiento que cada cual tuvo con sus semejantes, especialmente con los que peor lo pasan en la vida, o sea, los que pasan hambre, los enfermos, los necesitados, los extranjeros, los que están en la cárcel. Los que se portaron así en este mundo, ésos serán los aprobados por Dios, sin aludir siquiera a si tenían o no tenían creencias religiosas, si era personas piadosas y practicantes, y otras cosas parecidas.
Como ahora se habla tanto de la crisis, todo el mundo, a todas horas y por todas partes, quiere saber quiénes son los responsables de este desastre. Unos le echan la culpa a los políticos, otros dicen que los causantes de todo esto son los banqueros, los economistas, los ricos, etc, etc. Y a todo esto se ha venido a sumar, desde hace algunos meses, un nuevo responsable. Y ese responsable es nada menos que Dios. O eso es lo que se da a entender. Porque hay quienes aseguran que la causa de la crisis está en el olvido de Dios. Porque, como hemos abandonado las creencias religiosas, de forma que ya es demasiada la gente que no se acuerda de Dios y de sus mandamientos, por eso nos hemos hecho más egoístas, más codiciosos, más comodones y nos hemos puesto a vivir por encima de nuestras posibilidades. Por eso, el olvido de Dios nos ha hundido en esta miseria de crisis, de la que vamos a salir solamente el día que Dios quiera, como se dice en algunas hojas parroquiales o publicaciones parecidas.
Los medios de comunicación difunden hoy la noticia según la cual la profesión que hace más felices a los hombres es la de sacerdote. Por otra parte, se supone que los sacerdotes son auténticos discípulos de Jesús. Pues bien, esta noticia, en el marco de tal suposición, hace que el Evangelio de la misa de hoy sea parte importante de la noticia. Una parte que, según mis sospechas, mucha gente no va a tener en cuenta. Me limito a poner aquí el texto de ese Evangelio. Y a copiar el comentario que escribí, el año pasado, en mi pequeño libro de comentarios a los textos litúrgicos de cada día del año:
Ayer, festividad de Cristo Rey, el Papa regresó de su segunda visita a África, que se ha centrado esta vez en el pequeño y pobre Estado de Benin. No pretendo informar sobre este acontecimiento del que los medios, y concretamente Religión Digital, nos han relatado lo más destacable como noticia. Lo que yo puedo aportar no es una información, sino más bien, una breve reflexión.
¡Tranquilos! Que nadie se ponga nervioso. Porque, como decían los antiguos, “contra facta non valent argumenta”. Es decir, contra los hechos (tal como se produjeron en los primeros años de la Iglesia) no tienen peso ni valor demostrativo nuestras disquisiciones o argumentos.
Ocurre con frecuencia que, entre cristianos, se le da más importancia a los ritos, a las normas, a la organización, a la gestión de la autoridad o a los asuntos económicos (a todo eso), que a la fidelidad al Evangelio. Por eso, muchos veces me pregunto: ¿qué nos pasa a quienes nos consideramos creyentes en Jesús, que el principio rector de nuestras vidas no es justamente el mismo principio que rige nuestra forma de vivir?
El Superior Provincial de los jesuitas del país vasco, Juan José Etxeberría, ha publicado, con motivo del reciente anuncio de ETA del fin de la violencia, un breve documento en el que afirma: “Tenemos perdón que ofrecer, heridas que sanar, dolores que aliviar, odios que apartar, rencores que olvidar”. La declaración del Provincial de los jesuitas vascos ha sido publicada por Religión Digital. Y las reacciones no se han hecho esperar.
El comunicado de ETA anunciando el fin de la violencia armada está poniendo en evidencia lo que cada cual lleva en su corazón. Es verdad que el comunicado no es claro en algunas cuestiones fundamentales. Es explicable, por eso, que haya quien se hace preguntas a las que no encuentra respuesta. Pero lo que no puedo entender es que haya personas que van a misa, quizá con devoción, y al mismo tiempo no son capaces de perdonar hasta el fondo y con todas sus consecuencias. Porque las palabras del Evangelio están muy claras: “Si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).
Los días 8 y 9 de este mismo mes de Octubre, se ha celebrado en el Seminario da Boa Nova de Oporto, un Coloquio sobre Jesús de Nazaret en el que han participado, junto a colegas portugueses de primer nivel (Anselmo Borges, Paulo Rangel, Isabel Allegro de Magalhaes, Albino Valente dos Anjos), varios estudiosos españoles del cristianismo primitivo cuyos nombres son conocidos: Xabier Pikaza, Antonio Piñero, Juan A. Estrada, José Ignacio González Faus, José M. Castillo, Juan J. Tamayo, Andrés Torres Queiruga.
La dificultad, que he planteado al hablar de la relación entre Jesús y aquello que tanta gente rechaza de la Iglesia, entraña una complejidad mayor de lo que algunos quizá imaginan. Porque, en este contraste que mucha gente percibe como una contradicción entre Jesús y la Iglesia, se percibe además una especie de misteriosa resistencia a la solución. Una resistencia que, por otra parte, no resulta fácil de explicar.
Es un hecho que mucha gente ve un contraste entre Jesús y la Iglesia. Un contraste que, a veces, llega a ser tan fuerte que, para no pocas personas, representa un escándalo. De forma que este escándalo puede constituir, en bastantes casos, y de facto constituye, la gran dificultad que algunos aducen para justificar su falta de fe, su alejamiento de Dios, su resistencia a cualquier forma de práctica religiosa, etc.
En situaciones como la que estamos viviendo en España, lo más apremiante es tener muy claro que, por más urgente que haya sido la reforma constitucional que limita el endeudamiento del Estado, mucho más urgente es la reforma ética de todos los que somos responsables de que el Estado se haya endeudado hasta las cejas. Y se ha endeudado, ante todo, porque la codicia de quienes realmente manejan el gran capital es insaciable. Por eso no están dispuestos a ceder en que la riqueza, que produce este país, se reparta más equitativamente. Por eso no quieren ni oír hablar de que les suban los impuestos a los ricos. Como tampoco consienten que las condiciones laborales de los trabajadores sean más seguras y estén mejor retribuidas.
En una situación de crisis económica, como la que estamos viviendo, mucha gente se siente amenazada, se ve en peligro y tiene la sensación de haber perdido la seguridad que antes tenía. Esta situación de miedo y de inseguridad tiene consecuencias, como es lógico, en casi todos los ámbitos de la vida. A muchas personas se les han alterado sus relaciones familiares, profesionales, laborales. Se les ha roto su estabilidad interior. Y todo esto lleva consigo mucho sufrimiento y, en bastantes casos, poca esperanza de salir adelante.
Una de las cosas que más me han impresionado, en la reciente JMJ celebrada en Madrid, ha sido lo mucho que tanta gente quiere al papa. No me refiero simplemente al entusiasmo masivo, al respeto, la admiración, al fervor de los fieles. De todo eso, por supuesto, ha habido mucho. Pero es que, además, lo que se ha palpado en las miradas y en los rostros, en los gritos y en los cantos de muchos de los asistentes ha sido algo más hondo, seguramente el sentimiento más íntimo y más profundo que un ser humano puede sentir hacia otro: el cariño, el amor sincero.
Se puede asegurar que el motivo de esta visita del papa a Madrid no es coyuntural. Por la sencilla razón de que la JMJ estaba programada desde hace tiempo, años quizá. Estas Jornadas, que congregan a jóvenes de medio mundo, fueron inauguradas en 1984 por Juan Pablo II, y se preparan con bastante antelación. Sin duda, la visita del papa agradará más al PP que al PSOE. Pero es seguro que, por los tres días que el papa estará en Madrid, ni va a descender el paro, ni va a mejorar la prima de riesgo de nuestra maltrecha economía, ni habrá más trabajo para tantos miles de jóvenes parados, ni creo que la convivencia entre los españoles resultará, desde ahora, menos crispada y más soportable. Por eso me parece pertinente la pregunta: ¿a qué viene el papa?
Sin duda, mucha gente pensará que es un despropósito relacionar los viajes del Papa con los viajes de Jesús. Veinte siglos separan unos viajes de otros. Y casi todas las circunstancias, que rodearon y rodean una cosa y otra son tan distintas, que relacionar aquello con esto no puede tener otra finalidad que terminar diciendo que aquellos viajes no tienen nada que ver con éstos. Con lo que, a fin de cuentas y si todo esto es así, lo que aquí se pretendería sería sencillamente desprestigiar al Papa.
Desde hace varios años, en diversos portales de internet se viene difundiendo una publicidad según la cual D. Jaime Pérez Barco se presenta como titular autorizado para comercializar un conjunto de cinco obras que integran la denominada “Teología Popular”. Esto supuesto, debo hacer público el contenido fundamental del Auto judicial del Juzgado de lo Mercantil Nº 1 de Granada, del 28 de julio de 2011. En dicho Auto, se establece que D. José María Castillo Sánchez es “el único, exclusivo y legítimo titular de los derechos de propiedad intelectual autor” de la mencionada “Teología Popular”.
Después de un curso sobrecargado de no pocas cosas, necesito un tiempo de más tranquilidad, sosiego y reflexión. Retomaré la tarea del blog más adelante. A cuantos se interesan por los contenidos de este portal, les deseo un feliz descanso.
Con un saludo cordial
Lo que ayer publiqué sobre los “Indignados de la Iglesia” ha provocado reacciones apasionadas, que solamente resultan explicables desde la ignorancia. Una ignorancia sorprendente y preocupante, puesto que se refiere a cosas muy fundamentales. Por supuesto, que, al decir esto, me estoy defendiendo. Pero, además de eso (a lo que creo que tengo derecho), estoy advirtiendo que, si tenemos en cuenta los datos que nos proporciona la historia de la Iglesia, quienes atacan con pasión (y algunos con desenfreno) lo que he dicho, lo que hacen es poner en evidencia un desconocimiento tan serio de lo que es la Iglesia, que esto sí que es preocupante.
En el próximo agosto el papa viene de nuevo a Madrid, para presidir la solemne y costosa Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). De entrada, digo que comprendo a quienes organizan este evento. Y entiendo a quienes en ello ven un medio eficaz para revitalizar la fe de muchas personas que, en este tipo de actos, se afianzan en sus creencias o las difunden a otros que dudan. Lo que no veo es que la JMJ se pueda utilizar para hacer turismo o - lo que no me atrevo a pensar - que haya quien utilice al Vicario de Cristo para trepar, tener más fama, ganar dinero o cosas de ésas. ¿Habrá quien pueda llegar a semejantes desvergüenzas? ¡Por respeto a Dios, que nadie haga eso, ni dé pie a que se puedan pensar cosas tan deshonestas!
Una de las cosas más extrañas, que están sucediendo en España ahora mismo, es el silencio que mantienen las religiones ante la crisis (económica y política) tan delicada y difícil que estamos viviendo en nuestro país y en toda Europa. En privado, todo el mundo opina sobre estas cosas. Pero, como instituciones, ni la Iglesia, ni el Islam, ni ninguna de las otras confesiones dicen algo que nos pueda orientar, a quienes tenemos creencias religiosas, en una situación tan oscura y tan preocupante. Sabemos perfectamente que los “hombres de la religión” levantan la voz cuando están en juego sus propios intereses económicos o sus privilegios legales o políticos. Entonces, ¿por qué se callan cuando lo que se plantea es el paro de más de cuatro millones de ciudadanos o el debido respeto a los derechos fundamentales de extranjeros, de presos, de enfermos en listas de espera, de jóvenes sin trabajo y sin futuro o cuando hablamos de situaciones de auténtica esclavitud?
Lo que ha ocurrido en España en las últimas semanas, exactamente desde el 22 de mayo al 11 de junio, da mucho que pensar. Por supuesto, mis puntos de vista son discutibles, muy discutibles. Pero, aun así y todo, sería necesario estar ciegos para no ver lo que está a la vista de todos. El hecho es que, aun siendo tan claro el resultado electoral a favor del PP, el descrédito de los políticos, sean del color que sean, resulta tan generalizado como abrumador. Y sin embargo, ¿por qué se les valora tan mal, tan rematadamente mal, a todos, lo mismo a los que han ganado que a los que han perdido?
El pasado 13 de mayo la Universidad de Granada celebró un acto de investidura en el que se concedió el doctorado “honoris causa al profesor José María Castillo. Se trataba del primer doctorado que una universidad estatal concedía a un teólogo español. Este es el video de la ceremonia y de los discursos oficiales
Nota previa: Como saben muchos de los visitantes de este blog, hasta ahora sus contenidos se venían publicando en el blog original y en Religión digital. De ahora en adelante, por razones meramente prácticas de simplificación del trabajo, el blog se editará solamente aquí, en Religión digital. Por motivos ineludibles de trabajo, no he podido dedicar mi tiempo el blog. Desde ahora retomo la tarea con toda la ilusión del mundo y en la medida en que otras obligaciones, a las que tengo que atender, me lo permitan. Agradezco a todos vuestra comprensión y vuestra ayuda. Y espero, y deseo, que este “punto de encuentro” nos sirva para unirnos más y más en lo que a todos nos tiene que unir, aquello en lo que todos coincidimos, en nuestra propia humanidad, en la bondad que todos, sin duda alguna, anhelamos tener, vivir y compartir.
Queridos amigos/as del blog:
Ante todo, quiero agradeceros a todos y a todas vuestra participación en el blog. Y quiero agradecerlo a todos porque a todos os necesito. Y todos me hacéis bien con vuestros comentarios. Dicho esto, quiero pedir disculpas por mi prolongado silencio. No estoy enfermo. Ni he abandonado el blog. Lo que me ocurre es que me veo sobrecargado de trabajo y de cosas que tengo que hacer en lo que queda de este mes de abril. Espero que en mayo (no sé la fecha) podré retomar la tarea del blog.
Un saludo cordial para todos y todas.
José María Castillo
Dos indicaciones previas: 1) Tengo el blog algo abandonado. Y pido disculpas por ello. El motivo principal está en que, como es sabido, la Universidad de Granada me ha concedido el Doctorado Honoris Causa. Y eso me ha obligado a tener que escribir el discurso de investidura. 2) Además, mañana tengo que viajar a Italia donde tendré varias conferencias. Espero recuperar, a partir del día 22, la normalidad de mis actividades. Agradezco a quienes me han felicitado por la distinción que la Universidad me ha concedido.
El papa Benedicto XVI, en el segundo volumen que acaba de publicar sobre Jesucristo, afirma y argumenta con claridad y decisión que los responsables de la muerte de Jesús no fueron los judíos o el pueblo de Israel, sino los sumos sacerdotes, es decir, los dirigentes de la religión y supremos mandatarios del templo. Es éste un asunto sobre el que se ha escrito mucho y que ha sido ampliamente analizado por los mejores estudiosos, tanto del judaísmo como del cristianismo. Un asunto, además, sobre el que existe un amplio y generalizado consenso. Benedicto XVI ha demostrado así, una vez más, sus profundos conocimientos teológicos y su excelente documentación bíblica.
Túnez, Egipto, Libia.... La cosa está clara: cada día que pasa, las gentes de nuestro mundo, de nuestro tiempo, y de la cultura que se va imponiendo, soportamos menos la represión (y sobre todo la privación) de la libertad. Esto quiere decir que los poderes absolutos tendrán menos posibilidades de subsistir y, por tanto, de seguir imponiendo la dominación en cualquiera de sus formas y sean cuales sean los argumentos sobre los que pretendan sustentarse. Hoy es impensable la esclavitud legalizada, la inquisición legalizada, la monarquía ilimitada legalizada y tantas otras formas “legales” de someter a la gente.
Ante todo, pido disculpas por mi silencio en el blog en los últimos días. La apremiante urgencia de un trabajo, que tenía que entregar para un congreso, no me ha dejado tiempo para colaborar como es mi deseo. Además, no estoy seguro de que podré escribir un nuevo post la semana próxima, que viajaré a Mexico DF. Esté donde esté, intentaré seguir los comentarios, en la medida de lo posible.
Si nos atenemos a lo que cuentan los evangelios, nos llevamos la sorpresa de que Jesús fue escandalosamente tolerante con personas y grupos con los que ningún hombre, reconocido como observante y ejemplar desde el punto de vista religioso, podía ser tolerante. Al tiempo que se mostró extremadamente crítico con aquellos que se veían a sí mismos como los más fieles y los más exactos en su religiosidad. Jesús fue tolerante con los publicanos y pecadores, con las mujeres y con los samaritanos, con los extranjeros, con los endemoniados, con las muchedumbres del gentío (óchlos), una palabra dura que designaba a la “plebe que no conocía la Ley y estaba maldita”, a juicio de los sumos sacerdotes y de los fariseos observantes (Jn 7, 49; cf. 7, 45). Y es curioso, pero esa gente es la que aparece constantemente acompañando a Jesús, escuchándole, buscándole.... Los relatos de los evangelios son elocuentes en este punto concreto y repiten muchas veces que el “gentío”, la “muchedumbre”... era la que buscaba a Jesús, la que le oía, la que estaba cerca de él. Y aquella mezcla de Jesús con el “gentío” llegó a ser tan agobiante, que hasta la familia de Jesús llegó a pensar que había perdido la cabeza (Mc 3, 21). Jesús compartía mesa y mantel con gente pecadora, lo que daba pie a murmuraciones por causa de semejante conducta (Lc 15, 1 s). Jesús siempre defendió a las mujeres, por más que fueran mujeres poco ejemplares. Hasta llegar a decir que los publicanos y las prostitutas entraban antes que los sumos sacerdotes en el Reino de Dios (Mt 21, 31). Jesús defendió a una famosa prostituta en casa de un conocido fariseo (Lc 7, 36-50). Como defendió el derroche de perfume que hizo María en la cena de homenaje que le hicieron a Jesús (Jn 12, 1-8). Y sabemos que, cuando iba de pueblo en pueblo por Galilea, le acompañaban, no sólo los discípulos y apóstoles, sino también bastantes mujeres, entre ellas la Magdalena, de la que había expulsado siete demonios (Lc 8, 1-3). Jesús siempre se puso de parte de los cismáticos y despreciados samaritanos, hasta poner como ejemplo de humanidad a uno de ellos, frente a la dureza de corazón del sacerdote (Lc 10, 30-35).
No pretendo cortar con mis modestos y sencillos recuerdos de la historia del cristianismo, de la Iglesia y de su teología. Eso es ahora quizá más necesario que nunca. Y precisamente por eso, porque es tan necesario y tiene tanta actualidad, por eso me parece conveniente decir hoy algo sobre la tolerancia. Porque tengo la fundada impresión de que, cuando se sacan a la luz determinados recuerdos del pasado, sucede exactamente lo mismo que cuando se agitan los bajos fondos estancados bajo una superficie aparentemente limpia: el agua estancada huele mal. Y hay muchas personas que no soportan olores demasiado fétidos. La reacción, entonces, es la intolerancia, echando mano, si es preciso, de un clavo ardiendo.
Expliqué en el post anterior que todos los autores del N. T. evitaron cuidadosamente utilizar el término “sacerdote” para designar a los ministros o responsables de las comunidades cristianas. Y es importante recordar que esta actitud se mantuvo hasta el siglo III. Como es lógico, si en la Iglesia de los dos primeros siglos se cuidó evitar esta designación, por algo sería, es decir, alguna rezón tendrían aquellas comunidades para no utilizar jamás el título de “sacerdote” cuando se referían a los líderes de las comunidades. Esto da que pensar. Sobre todo, si tenemos en cuenta que, como no podía ser de otra manera, todos los grupos religiosos de la antigüedad tenían naturalmente una nomenclatura (consagrada y aceptada) para designar a sus cuadros de mando. Sin embargo - y por más sorprendente que pueda parecer -, las primeras comunidades de la Iglesia tomaron, para designar a los cargos en las comunidades, nombres tomados de las instituciones civiles. Así: “ apostoloi” (enviados, mensajeros); “prophetai” (profetas, que con frecuencia eran laicos); “poimenes” (pastores); “euangelistês” (el que lleva buenas noticias); “episkopoi” (obispos), que eran los “vigilantes”, “inspectores”o “gobernadores”: “presbyteroi” (presbíteros), personas honorables y que en Asia Menor y Egipto designaban a los que presidían en una corporación; “proistámenoi” (los que presidían) (Rom 12, 8; 1 Tes 5, 12); “egoúmenoi” (dirigentes) (Heb 13, 7; Hech 15, 22); “diakonoi” (sirvientes o camareros); “douloi” (siervos o esclavos) (Rom 1, 1; 2 Cor 6, 4; Col 1, 25...; cf. Mc 10, 45 par).
La semana pasada escribí en este blog una entrada en la que recordé cómo la Iglesia del primer milenio tuvo un concepto de la vocación sacerdotal muy distinto del que tenemos ahora. Hoy se piensa que la vocación es la “llamada de Dios” para que un cristiano, con la aprobación del obispo, pueda ser ordenado sacerdote. En los primeros diez siglos de la Iglesia, se pensaba que la vocación es la “llamada de la comunidad” para que un cristiano fuese ordenado sacerdote. Pero ocurre que, en este momento, la escasez de vocaciones es un hecho tan notable que hasta los políticos cristianodemócratas de Alemania han hecho pública una carta en la que piden al episcopado que puedan ser ordenados de sacerdotes hombres casados. Hasta los hombres de la política andan preocupados de lo mal que van las cosas en la Iglesia, entre otros motivos, por la alarmante falta de sacerdotes para atender las necesidades espirituales de los católicos.
Me refiero concretamente a las vocaciones para el presbiterado. Lo estamos viendo y palpando: cada día hay menos seminaristas, menos curas y muchos de los que van quedando son ya mayores con las consiguientes e inevitables limitaciones que eso lleva consigo. Las estadísticas en Europa, Estados Unidos e incluso ya en América Latina son muy preocupantes. A este paso, dentro de diez años, la situación será insostenible.
Las personas que tienen creencias religiosas suelen decir que quienes (al morir) se van de “esta vida”, pasan así a la “otra vida”, los buenos al cielo y los malos al infierno. A lo que se suele añadir una precisión: en el cielo sólo pueden entrar los que llegan allí enteramente purificados y para eso está el purgatorio.
Hace cuatro años, exactamente en enero de 2007, la editorial Trotta (Madrid) publicó un libro mío que lleva el mismo título que esta entrada del blog. Recuerdo hoy este cuarto aniversario porque acaba de salir a la luz pública la 5ª edición de este libro. Seguramente, muchas de las personas que suelen visitar este blog no conocen el libro que se acaba de reeditar. Por eso me ha perecido conveniente anunciarlo aquí. Por supuesto, y como es lógico, cualquier escritor, al que le publican un libro (sea la edición que sea), tiene interés en que la gente se entere de que ese libro está en las librerías. No tanto por las ganancias económicas que eso le pueda reportar, ya que tales ganancias son bastante más reducidas de lo que la gente se imagina (sólo el 10 % de la venta, del que Hacienda descuenta además el 18 %), sino porque (como es natural) quien trabaja durante meses, quizás años, en una obra escrita, tiene interés en que el contenido de ese trabajo llegue a la mayor cantidad posible de destinatarios. Esto no necesita mucha explicación. Lo entiende cualquiera.
Mañana, 12 de enero de 2011, hace un año que el pequeño y paupérrimo país de Haití quedó prácticamente destrozado por un brutal terremoto. Y destrozado sigue después de un año entero esperando remedio a tanta desgracia y tanto sufrimiento. No voy a repetir aquí los datos de pavor, destrucción y muerte que, a lo largo de este año, los medios de comunicación nos han dicho que en Haití se vienen produciendo. Todo eso ya se sabe. Y el que no lo sepa, que entre en internet y busque. Que encontrará lo que no se imagina. Y eso que, a fin de cuentas, ni en internet es posible encontrar toda la verdad de lo que allí está ocurriendo.
Acabo de regresar de Italia (Verona) donde he tenido un breve curso (sólo tres días) sobre la fe cristiana. Estos días de trabajo, y otros compromisos que tenía pendientes allí, han sido el motivo del paréntesis de silencio que ha sufrido este blog. Pido las debidas disculpas, por este silencio, a quienes suelen visitar el blog.
Italia es un país en el que la presencia de la religión sigue siendo fuerte. Es un hecho que se palpa enseguida. Sin duda, la cercanía del Vaticano y la abundancia de pequeñas diócesis son dos hechos determinantes en la religiosidad de millones de italianos.
Sábado, 2 de junio
José Mª Castillo
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató