Todos estamos viviendo, en nuestras propias carnes, el malestar, la tensión, las preocupaciones y angustias, la inseguridad y, sobre todo, las carencias y estrecheces que se nos han venido encima por causa de la crisis económica y de la incapacidad de los políticos para sacarnos de esta angustia en que nos vemos metidos. Además, todo esto se agrava en una sociedad como la nuestra, marcada por una larga tradición cainita. La tradición de las “dos españas”, la conservadora y la progresista, la de derechas y la de izquierdas, la religiosa y la laicista, etc. El hecho es que este conjunto de factores objetivos y de sentimientos personales nos han abocado a una estado de crispación interna y social, que, algunos días se nos hace sencillamente insoportable.
No soy tan estúpido como para pensar que esto se arregla con recetas de moralina, recomendando a unos que se aguanten, a otros que sean menos egoístas, a los más desgraciados que lleven las cosas con resignación y paciencia... Y así sucesivamente. Tener una conciencia ética y una integridad moral intachables es determinante. Pero el problema está en saber cómo se alcanza eso.
¿Qué hacer, entonces? Volviendo a los recuerdos y relatos de la vida, me acuerdo muchas veces de lo que, estado en El Salvador, me contó un sacerdote que fue muy amigo de Monseñor Romero. A Romero lo asesinaron el lunes 24 de marzo de 1980. El día anterior, en la homilía del domingo en la catedral, Romero les dijo a los militares que “Dios prohíbe matar”. Y por tanto, con tanta libertad como audacia, el arzobispo sentenció: “En nombre de Dios, les digo, les ordeno: ¡cese la represión!”.
Al decir estas palabras, Mons. Romero firmó su propia sentencia de muerte. Y él lo sabía muy bien. Esto ocurría por la mañana en la catedral de San Salvador. Aquella tarde, el sacerdote que me contó lo que sigue, me dijo que fue a visitar al arzobispo. Romero vivía en una habitación pequeña del hospitalito que había para enfermos cancerosos. Y aquella tarde, Romero estaba literalmente hundido. “Tengo miedo, mucho miedo”, le dijo al sacerdote. “Me van a matar. Y yo no quiero morir. Le tengo apego a la vida. Y lo peor de todo es que intento rezar, pero no siento a Dios”. Con estos sentimientos, Mons. Romero pasó la última noche de su vida. Al día siguiente, cuando estaba diciendo misa en la capilla del hospital, un tirador profesional, desde la puerta de la capilla, le apuntó al corazón y allí lo dejó sin vida, sobre el altar.
Romero había sido un sacerdote y un obispo de mentalidad conservadora. Pero le pasaba lo que le pasó a Jesús: no soportaba ver a la gente sufrir. Y por eso, ante el sufrimiento de los demás, no se cruzaba de brazos, ni se callaba. Eso le costó la vida. ¿Arregló el mundo? No. Pero dejó muy claro que la intolerancia ante el dolor ajeno, ante el desamparo de los que sufren, cuando eso va acompañado de libertad y audacia, eso cambia el giro de la historia. Yo no veo, en este momento, otro camino de solución.
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Es lamentable que muchos católicos desconozcan la biografía de un mártir como Mr. Romero, nada tiene que ver con la de otros dignatarios de la Iglesia Española. Cierto, era un conservador conservador, pero descubrió que el camino que llevaba no era el adecuado, Dios le iluminó y se integró en el mundo de los desvalidos , siguió el mensaje, y como a Jesús le mataron.
No me imagino a Rouco ni a ninguno de la corte de obispos propuestos a dedo para tener mayoría, bajando al estatus de los desvalidos, parados, sin techos.... se está mejor en el sillón del poder y menos aún poniendo su vida al servicio de la comunidad.
El mensaje de Jesús se propaga como el fuego; en lo que respecta al comentario de Mondoñedo , no se a que se refiere, menos aún si tiene vinculación con el tema.
D. José María, siga Ud. con sus artículos que ayudan a la formación de verdaderos creyentes; y a los que no estén de acuerdo: TOLERANCIA.
Se propaga como los incendios de verano
http://cristoesliberacion.blogspot.com/2010/12/sr-angel-paz-gomez-el-escandalo-de.html
No me cabe la menor duda de que la sociedad en que vivo está crispada, tensa, desasosegada, sin horizonte, sin gancho del que colgar sus eternos interrogantes connaturales. Falta dinero, trabajo, perspectivas. La mayoría de las empresas no saben cómo afrontarán el 2011 y, mientras los parados no encuentran por donde salir de su agujero, muchos trabajadores temen entrar en él. Para colmo, la política está hecha unos zorros, tanto que ni siquiera al nivel de la esperanza es sucedáneo de la religión. ¡Ah, la religión! Si se concentra en que el Papa vaya o venga y escriba libros de beneficios multimillonarios que tal vez nadie compraría si no fuera Papa, entonces ¡apaga y vámonos... al infierno del vivir diario sin ilusión y sin ganas!
Pero no, pues Dios aprieta.... La ocasión la pintan calva para una reacción seria de las conciencias, pues antepasados tenemos que han salido de tinieblas más densas. Solo nos falta "querer" en su doble sentido: voluntad de actuar y amar.
Don José María, todos tenemos que pasar por nuestro Getsemaní. Sin embargo, en último termino Dios nos acoge. Con seguridad el cuerpo de Mons. Romero no había caído al suelo y Dios ya había acogido su alma. ¿Vd. lo duda; a que no?
Tremendo el relato sobre Monseñor Romero, es tan intensamente humano en el sentido más profundo de la palabra, en el sentido de la humanización de Dios...
Entiendo que cuando nos acercamos desde las entrañas al sufrimiento humano, es muy difícil que no se caigan muchos esquemas y prevalezca la compasión y la necesidad de implicarte en la defensa de la justicia y de la dignidad del otro.
Es grave, que en España y en ciertos ambientes eclesiasticos, después de tanto tiempo, todavia se siguen considerando martires de la última guerra a los del bando de la derecha. La Misa que se celebró
en el Pais Vasco por los martires efectuados por el franquismo, no cuenta.
Siento que las mordazas y el silencio forzado hayan impedido, que muchos testimonios de personas que sufrierón la represión con brutalidad por personas que se declaraban católicas, tuvieran la culpa del alejamiento de la fe, de muchas personas: obreros que trabajaban de sol a sol, sin ser renumerados por patrones de misa y comunión diaria. Pequeños caciques que lo único que querian era acumular dinero y posesiones económicas representando la pantomima de un buen católico. Lo peor, es que los descendientes continuan con los mismos criterios y no han cambiado mucho, a pesar de la democrácia.
Vivo en una ciudad próxima ya a los 400.000 habitantes y no percibo ningún tipo de crispación entre mis convecinos. La crispación está en los medios de comunicación que transmiten la ficticia crispación teatrera de los políticos, de quienes viven. Como psicólogo aconsejo no ver telediarios ni leer prensa politizada, siguiendo el coneejo del refranero popular: "ojos que no ven corazón que no siente", similara al del Kempis: "en quitándole de la vista, en seguida se irá de la memoria". Los políticos ladran, pero no muerden.
¿En qué sentido era conservador Monseñor Romero?
Me ha gustado la historia, pero...
¿Qué enseñanzas tenemos que sacar para esta sociedad crispada?
Sábado, 2 de junio
José Mª Castillo
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
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Sor Gemma Morató