Con ocasión de la festividad de San Pedro y San Pablo, parece pertinente decir algo sobre la reforma del papado. Porque estoy convencido de que ese asunto es uno de los problemas más urgentes que tiene que afrontar la Iglesia católica. Y, entre los problemas urgentes, el más grave de todos.
Hoy mismo, de madrugada, ha fallecido José María Díez Alegría. Estaba muy cerca de los 99 años. Para quienes no han podido conocer a este hombre más de cerca, diré que ha sido una de las personalidades más fuertes y más influyentes de la Iglesia española, siempre en la línea progresista y de apertura posconciliar. Hombre, por tanto, que, en las últimas décadas, ha tenido que sufrir mucho, por más que su fuerte espiritualidad y su enorme calidad humana le hicieran estar por encima de las situaciones adversas que ha tenido que vivir.
Una de las noticias que más se comentan hoy en los medios de comunicación es el sorprendente aumento del número de ricos, en todo el mundo, concretamente en España: 16.000 más que en 2008. O sea, los ricos han aumentado, en 2009, un 12, 5 % respecto al año anterior. El informe del Merril Lynch Global Health Management entiende por ricos los que tienen, al menos, un millón de euros, sin contar la primera vivienda y los gastos de consumo.
Ayer falleció José Saramago, premio Nobel de literatura. Y esta mañana, al ponerme a escribir esta entrada en el blog, no puedo dejar de pensar en algo que me causa un profundo malestar: son ya muchas las personas de gran calidad que, como Saramago, se han distinguido por dedicar lo mejor de sus vidas a la defensa de las causas más nobles (la justicia, el derecho, la libertad, la paz, los oprimidos...), pero resulta que, al mismo tiempo, muchos, muchísimos, de los que se han dedicado a todo eso son agnósticos, ateos y, por supuesto, nada religiosos. ¿Qué pasa aquí? Desde luego, son también muchos los creyentes que, por la fuerza de sus creencias, han dado lo mejor sus vidas, y hasta la vida misma, por esas mismas causas. Pero esto no le quita importancia, ni suprime el problema que representa el hecho, tan repetido, de tantos ateos, tan profundamente humanistas. Como tampco le quita su peso al hecho de tantos hombres religiosos, que han dado pruebas sobradas de vivir como unos sinvergüenzas.
Desde que Pablo VI estrenó la práctica de los viajes del papa por el mundo, se ha introducido en la Iglesia una nueva manera de hacer presente el Evangelio que - hay que decirlo desde el primer momento - es literalmente contraria al Evangelio. Se trata de la evangelización mediante grandes concentraciones, que se preparan cuidadosamente y en las que se invierten cantidades asombrosas de dinero. Para que la gente nos vea.
La palabra que más se usa en este tiempo es la palabra "crisis". Sobre todo, por causa de la crisis económica. La crisis que tanto nos preocupa a todos, en la que más pensamos y de la que más se habla por todas partes y a todas horas. Pero seguramente nubca nos paramos a pensar que la crisis de la economía está causada por algo previo.
La creencias religiosas no se matan a cañonazos. Todo lo contrario. Cuando los creyentes se sienten atacados, la convicción de que son víctimas de su fe en el "dios verdadero" les hace sentirse más fuertes, más seguros, más fanáticos. La historia de las guerras de religión, de las persecuciones y los conflictos, motivados por algún tipo de creencias (las que sean), ya nos tendría que haber enseñado que a las ideas, a las convicciones y, sobre todo, a las creencias no se las mata con armamentos militares o con cualquier tipo de violencia, aunque sea la más sencilla, por ejemplo, con el solo hecho de ridiculizar la creencia o la práctica religiosa de quienes no cmulgan con mis ideas.
El gran error - ¡inmenso error! - de Estados Unidos ha sido meterse en guerras contra grupos religiosos, fuertemente motivados por el fanatismo que suele destilar la religión. Las guerras recientes de Irak y Afganistán lo están poniendo en evidencia. Guerras perdidas antes de empezarlas. Como en la Edad Media las Cruzadas no acabaron con el "infiel sarraceno", como ya decían los "Caballeros del Templo" (los templarios), ni la Inquisición acabó con los heterodoxos, ni Hitler acabó con los judíos, ni nadie que se ponga acabará por hundir y extirpar la creencia que quiere desprestigiar, arrasar... o lo que sea. Con misiles y bombas se destruyen ciudades y se matan vidas humanas. Las ideas religiosas no mueren por el hecho de verse perseguidas. Al contrario, una idea religiosa perseguida, por eso mismo, se enardece, se hace más firme, se siente más fuerte y más verdadera. Y hasta se antepone a la propia dignidad, a la propia libertad y a la propia vida. Mueren los creyentes, mártires de sus creencias. Y las creencias siguen, más sólidas que antes.
En tiempos de tantas y tantas confrontaciones, en buena medida motivadas o "legitimadas" por principios religiosos, lo peor que podemos hacer es agredir al que ve las cosas de la religión de manera distinta a como yo las veo. También en esto, el Evangelio es genial. Jesús fue intolerante con los intolerantes de su propia religión. Con los demás (paganos, samaritanos, descreídos, pecadores...) siempre fue respetuoso, tolerante, acogedor, comprensivo. Y llegó hasta el exceso de afirmar que un centurión romano tenía una fe tan grande, que no había visto cosa igual en todo Israel (Mt 8, 10 par). Aquel militar de las tropas de ocupación no creía en el mismo Dios en el que creían los israelitas. Pero tenía algo más grande: un corazón bueno, capaz de sufrir porque veía sufrir a un criado que tenía en su casa.
Me preocupan mucho las ideas xenófobas que veo cundir por todo el llamado "mundo desarrollado". ¿Qué hemos desarollado en este mundo nuestro? ¿La intolerancia? ¿El desprecio hacia todo el que no piensa como nosotros? Esta guerra la tenemos perdida de antemano. Y, lo que es peor, no sólo saldremos derrotados, sino que terminaremos siendo tan fanáticos como aquéllos a los que acusamos de fanáticos. Porque, a fin de cuentas, como bien se ha dicho, "la esencia del fanatimso consiste en la pretensión de cambiar a los demás" (Samuel Oz).
No se trata de renunciar a decir lo que sea necesario decir. Lo que pasa es que, si lo que decimos son agresiones a quienes ven las cosas de otra manera, con eso sólo conseguimos exactamente lo contrario de lo que pretendemos: todos nos dividimos y nos enfrentamos más y más. Hasta convertir la convivencia en una forma de vida que destruye todo lo que pilla por delante. O, por lo menos, nos hace daño a nosotros mismos y no consigue lo que se trataba de conseguir. Toda forma de violencia, por pequeña que sea, no sirve nada más que para descandenar la espiral de la violencia. Y así nos metemos por un camino que no lleva a ninguna parte. O, mejor, SÍ, nos lleva a todos a nuestra propia destrucción. Teología sin censura
Hace casi veinte años, un jesuita norteamericano, David Schweickard, , profesor de la "Loyola University" (Chicago-Ohio), publicó un libro que dio que hablar. El libro se titulaba Against Capitalism, que en España se publicó con el título maquillado Más allá del capitalismo. En este libro, Schweickart decía: "dado que existe una alternativa al capitalismo no sólo viable, sino claramente superior, el capitalismo no tiene ya justificación válida alguna, ni económica ni ética. Si esto es así, entonces los intelectuales ... deberían dejar de pretender que el capitalismo tiene algún derecho a nuestra lealtad moral. Debemos admitir que en estos momentos no podemos ir más allá del capitalismo, no porque no exista un "más allá" viable y deseable, sino porque aquellos que más se benefician del orden presente son demasiado poderosos. Ni más ni menos". Si, en 1993, esto era una verdad como una catedral, ahora nos damos cuenta de que Schweickart tenía toda la razón del mundo. ¿Por qué?
Porque ha sido el sistema capitalista el que nos ha metido de lleno en el cataclismo que estamos viviendo y padeciendo. Sobre todo, los más débiles, que son quienes están pagando, con sus sufrimientos y hasta con sus vidas, los escándalos, la corrupción y los abusos que han sido posibles gracias al sistema capitalista. Un sistema que. no contento con matar de hambre a más de 70.000 personas cada veinticuatro horas, está destrozando el planeta, acabando con las reservas y energías de la tierra, contamiando aguas, aires, ciudades y casi todo lo que se mueve, sino que, además de todo eso, ha hecho algo que seguramente es peor, es más grave y más peligroso. Y es que a todos nos ha metido en la cabeza que la ganancia es lo que importa. Por eso ha pasado lo que tenía que pasar: si la ganancia es lo que importa, pues ¡VAMOS A GANAR! Este principio, erigido en criterio rector de la economía del mundo, y sin unas leyes eficaces que lo controlen y, menos aún, una justicia de ámbito mundial, que pueda encausar y meter en la cárcel a los "listos" y "canallas" que han abusado, hasta reirse de todos nosotros impunemente, ha desembocado en el caos en el que nos debatimos, sin saber exactamente ni quién tiene la culpa de lo que pasa, ni quién nos va a sacar de este pozo sin fondo, ni (menos todavía) cuándo vamos a salir este estado de cosas.
Y lo peor del caso es que, cuando estamos metidos hasta el cuello entre tanta porquería ("con perdón"), los que manejan, o intentan manejar, el poder político, en lugar de unirse para sacarnos cuanto antes de la crisis, se ponen a pelearse entre ellos, para decirnos a todos quién es el que sabe más y el que puede más. Con lo cual han conseguido dos cosas: 1) Complicar mucho más la salida de la crisis, porque así han puesto en evidencia las contradicciones del sistema. 2) Desacreditar más aún el noble ejercicio de la gestión política y, sobre todo, crear una desconfianza generalizada en el sistema democrático. Porque la gente ve, a las claras, que se trata de un sistema en el que lo determinante no es el bien de los ciudadanos, sino el interés del partido. De forma que, con tal que gane el partido, se hunde (si es necesario) más y más la economía del país, para que quede en evidencia lo incompetente que es la oposición, ya sea que la oposición esté en el Gobierno o esté aspirando a gobernar.
Así las cosas, la pregunta que todos tenemos que afrontar es ésta: ¿Lo que interesa es ganar o lo que interesa es sobrevivir? La respuesta, por supuesto, la tienen lo políticos, los banqueros, los empresarios, los sindicalistas, los economistas. Pero no sólo ellos. Esa pregunta nos la tenemos que hacer todos. Y la respuesta, la tiene que afrontar cada uno, yo el primero.Teología sin censura
Cuando se producen situaciones de sufrimiento, violencia y muerte, el silencio de las religiones resulta sospechoso. Porque, a poco que se piense en tales situaciones, enseguida se comprende que el silencio de los responsables religiosos (sobre todo los dirigentes de la religión) es, de facto, un silencio cómplice. Un silencio, quiero decir, que, al callarse ante lo que está pasando, se hace responsable de la violencia y sus causas, del sufrimiento de las víctimas y de la impunidad de los verdugos que producen las agresiones violentas. No olvidemos que todo el que se calla, cuando está informado de una agresión a terceros, se hace cómplice de esa agresión. Pero, además, es claro que la complicidad se hace más insoportable cuando el que se calla es una persona cualificada o una institución prestigiosa, por la autoridad moral que la sociedad le atribuye.
Digo estas cosas porque me siento mal ante el silencio de la Igleia Jerárquica ante las situaciones concretas de sufrimiento que está causando la crisis económica mundial. Es verdad que el papa ha lamentado esta situación más de una vez. Es cierto también que el papa y no pocos obispos han pedido que se le ponga remedio a este estado de cosas. Pero todo eso no pasa de ser retórica convencional sin efecto alguno para poner remedio a tanta barbarie como se ha desatado en el mundo financiero, por la codicia de los más poderosos a costa del hambre, el paro y la miseria de millones de ciudadanos inocentes e indefensos. Yo me pregunto por qué los obispos son tan elocuentes y tan rigurosos en sus exigencias cuando se trata de problemas relacionados con la moral privada (sexo, aborto, eutanasia...). Y por qué se quedan como mudos cuando se producen situaciones (a veces muy graves, como ocurre ahora) relacionada con la moral de los negocios y las finanzas, con las decisiones de los políticos y de los organismos internacionales (FMI, BM, OMC, ONU, OMS...). ¿Es que quienes se presentan, ante la opinión pública, como defensores del derecho y de la justicia, del amor y de la libertad, no tienen nada que decir cuando esos grandes valores se ven más violentados y pisoteados por Estados, instituciones y personas cuyos nombres son suficientemente conocidos?
En asuntos de tanta gravedad, la pretendidad "neutralidad" (el silencio) se convierte inevitablemente en "complicidad". ¿De qué o de quién son complices los dirigentes religiosos de Estados Unidos y de la Unión Europea en la situación que estamos viviendo y padeciendo? ¿Por qué ahora los obispos españoles están tan callados, sabiendo (como sabemos) lo elcocuentes y activos que han sido cuando se discutió la ley del divorcio o del aborto, las campañas sobre el preservativo, la legislación sobre los matrimonios homosexuales... etc?
Confieso que, al plantear estas preguntas, lo hago porque me duele el sufrimiento y la humillación de las familias que se han quedado sin trabajo y no saben cómo van a poder salir adelante con dignidad. Eso me duele y me angustia. Pero también me angustia el hecho de que un nuevo silencio, añadido al silencio de los obispos que han ocultado a curas pederastas, viene ahora a hundir más la poca credibilidad que le va quedando a esta Iglesia en la que nací y he vivido; y en la que espero morir. Porque es la Iglesia en la que he encontrado a Jesús y su Evangelio, la luz y la fuerza que da sentido a mi vida.Teología sin censura
Sí, "el que tenga las manos limpias (en este país y en cualquier país del mundo) que tire la primera pieda". Pienso que, en este momento, nos viene bien a todos recordar estas palabras de Evangelio. Ahora precisamente, cuando la crispación social es más fuerte. Y cuando todo el mundo busca culpables de la crisis económica y de las calamidades que la crisis nos ha traído. Y las que nos va a traer. El hecho es que los políticos se echan en cara, unos a otros, las responsabilidades que tienen en el desastre económico en el que nos vemos metidos. Y con los políticos de cada bando, los fieles seguidores de cada grupo, los de la derecha y los de la izquierda, recordando todos cosas que no quiséramos oír. Y todos apuntando con el dedo al que cada cual considera culpable de todos los males, sin mezcla de bien alguno.
Decir estas cosas es echar mano de tópicos gastados y baratos, cosas que todos sabemos. Pero, si las recuerdo aquí, es porque me parece que estamos viviendo una especie de espejismo de proporciones fabulosas. Nos están engañando. Porque esta crisis es de tales proporciones, que ni la ha causado un hombre, ni la va a resolver otro hombre. Mi idea es que entre todos hemos causado el desastre. Y entre todos lo tenemos que resolver. Por supuesto, es decisivo tener buenos gobernantes. Pero, tan decisivo como eso, es tener buenos ciudadanos.
Concretando más, me atrevo a pedir dos cosas: 1) A los políticos: que no antepongan el bien del partido al bien del país. Porque, en este momento, lo más urgente no es que gane mi partido, sino que España salga adelante. 2) A los ciudadanos: que todos arrimemos el hombro, rindiendo más en el trabajo, favoreciendo cualquier propuesta solidaria en favor de quienes más lo necesitan, fomentado la recuperación de la unidad perdida. ¡Ya está bien de enfrentamientos y fracturas maniqueas! ¿No nos hemos enterado todavía de que los enfrentamientos (en España y en todo el mundo) no han servido sino para hundirnos más a todos? Sin duda alguna, es importante "mi razón". Pero, ¿es que no nos damos cuenta de que más urgente que imponer mi razón es que todos salgamos adelante?
Y para terminar: No me explico el silencio de los "hombres de la religión" en este momento? ¿por qué están tan callados? ¿es que el papa, los obispos, los teólogos, los imanes y los rabinos, los gurus y los chamanes no tienen nada que decir cuando está en juego el hambre de tantas familias, la justicia que defienda a los parados, los inmigrantes, los arruinados por la crisis...? ¿qué lectura hacemos de este extraño silencio? Y ¡por favor!, aporten ideas que nos sirvan para emprender acciones positivas. De quejas, acusaciones y lamentos, ya estamos bien servidos.Teología sin censura
Viernes, 17 de febrero
José Mª Castillo
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Asoc. Humanismo sin Credos
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Religión Digital
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Josemari Lorenzo Amelibia
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