Se habla estos días del velo que las mujeres de la religión islámica tienen que llevar cubriéndose la cabeza. Así, según dicen los expertos en el islam, tienen que hacerlo las mujeres que siguen esa religión. Y efectivamente en el Corán hay textos que marcan una clara discriminación de la mujeres con respecto a los hombres (sura: 4, 34; 4, 3; 24, 31). Esta última sura menciona el velo en el cuello. Aunque también es cierto que los cristianos deberíamos tener presente que nuestra religión, desde San Pablo, dispone que la mujer no está liberada del marido (1 Cor 11, 3. 7; Ef 5, 22 s; Col 3, 18; Tit 2, 5; 1 Pe 3, 1) y tiene un rango secundario en la Iglesia (1 Cor 14, 35 s; 1 Tim 2, 11 s), si bien es cierto que el mismo Pablo afirma que la distinción de sexos queda superada en el cristianismo (Gal 3, 28) y la mujer es igual al hombre (1 Cor 7, 2-5). En todo caso, bien sabemos la situación de discriminación en que todavía viven las mujeres en la gran mayoría de los países cristianos. Y, desde luego, las posiciones de San Pablo no son siempre coherentes a este respecto.
Sea de esto lo que sea, es un hecho que el velo que en el islám se impone a las mujeres está siendo motivo de conflictos sociales y políticos, no sólo en España, sino también en otros países, como es el caso de Francia. ¿Qué decir sobre este asunto?
Es claro, ante todo, que en esta cuestión no somos coherentes. Porque a los cristianos nos molesta el velo de las mujeres musulmanas, pero no molesta igualmente el velo o la toca que las monjas (de algunos institutos religiosos) tienen que llevar en público. Esto habría que pensarlo para ser enteramente coherentes, sea cual sea la religión de la que hablemos.
Por otra parte, es determinante, en este asunto, tener muy claro que el hecho religioso no es un hecho individual, que se debe recluir en la intimidad de la vida privada. El hecho religioso es un fenómeno cultural. Y como todos los hechos, que son componentes de una determinada cultura, son por eso mismo "hechos públicos" y "hechos sociales". Como todo lo cultural es público y social. No olvidemos que el hecho religioso se elabora, no sólo a partir de experiencias interiores de la conciencia, sino, además de eso, también hay que tener en cuenta que las creencias religiosas se transmiten y se expresan por medio de signos, metáforas y sobre todo símbolos. Ahora bien, lo mismo los signos, que las metáforas y los símbolos, son siempre fenómenos culturales que nunca pueden quedar relegados al ámbito de lo privado. En este asunto, tan determinante, se equivocan (por ignorancia) los políticos que pretenden enclaustrar a la religión en la intimidad de las conciencias y no toleran que se manifieste en signos públicos.
Otra cosa es las implicaciones políticas que puede (y suele) tener la religión. He dicho que la religión es un hecho público. Pero precisamente por eso, toda religión tiene que atenerse a las leyes y al ordenamiento constitucional del país donde se practica. En teoría, esto está muy claro. Pero plantea problemas en la práctica, problemas que no son fáciles de resolver. En el caso concreto del velo de las mujeres islámicas, hay quienes sostienen que el islám no es sólo una religión, sino que además está asociado a formas de administración política que, en no pocos países islámicos, no son plenamente democráticas. De ser eso así, el velo indicaría que una mujer, que está vinculada a un sistema no democrático, se aprovecha de las libertades de una democracia para utilizar signos públicos ajenos a esa democracia. Posiblemente en países como Francia, en los que la prsencia de los ciudadanos islámicos es muy notable, todo esto pueda ser origen de roces y conflictos. No lo sé. En todo caso, a mí me parece que lo mejor que podemos hacer, en los países democráticos, es ser consecuentes con el principio de tolerancia y de igualdad para todos los ciudadanos. De forma que cada cual exprese sus creencias religiosas como crea que debe hacerlo, con tal que eso no interfiera la igualdad y los derechos de los demás. En la sociedad tan plutal en que vivimos, tenemos que ser tolerantes y respetuosos con los demás, aunque no comulguemos todos con las mismas creencias y las mismas prácticas. A fin de cuentas, si hay mujeres islámicas que llevan velo, también hay mon jas que lo llevan. Con tal que unas y otras respeten el orden constitucional y las libertades establecidas en nuestro país, que cada cual se vista como crea conveniente. Y si decimos que las mujers musulmanas se ven dominadas por sus maridos, no menos lo están muchas mujeres católicas por los suyos. El problema, pues, es más profundo. Es un problema que se resuelve, no con prohibiciones, sino con una buena educación en el respeto de todos a todos.Teología sin censura
Sobre la religión puede haber - y de hecho hay - muchos errores por todas partes. Pero en Espeña, según yo veo las cosas, se destacan dos errores que me parecen especialmente significativos: 1) El error de los que piensan que la religión es un hecho puramente privado, que se ha de vivir en el ámbito de la vida privada de cada cual, sin presencia pública alguna, a no ser en las costumbres y tradiciones populares, como pueden ser las fiestas patronales de los pueblos y ciudades, las cofradías, las peregrinaciones y otros actos públicos de ese tipo, que no inciden en las leyes que rigen la vida pública, los derechos y los deberes de los ciudadanos. 2) El error de los que piensan que la religión solamente se puede vivir en la identificación total y en la sumisión acrítica con el "modelo oficial" de la religión; en el caso de España, la identificación sin fisuras con la Iglesia jerárquica, sus enseñanzas y sus pautas de conducta, sobre todo en cuanto se refiere a la vida pública, especialmente en el ámbito de la política.
El primer error ha sido característico de amplios sectores del PSOE, que, en no pocos casos, llega al extremo de pretender eliminar el hecho religioso de todo lo que sea el sector público, por ejemplo, eliminar los símbolos religiosos en actos y espacios públicos, en la enseñanza, en la vida ciudadana en general. El segundo error ha sido la idea que distingue e los grupos más integristas, tradicionales y fundamentalistas, que defienden a toda costa la sumisión acrítica al papa y a los obispos, hasta en asuntos que no pertenecen propiamente a la fe religiosa, sino que son cuestiones discutidas y discutibles, si se piensan desde los postulados de la teología mejor documentada.
El primer error es inaceptable porque la religión no ha sido nunca un hecho puramente privado. Desde que en el mundo hay religiones, el fenómeno religioso es, por supuesto, una decisión privada. Pero es una decisión sobre un hecho público, que no se puede reducir a la intimidad de las conciencias. De ahí que, al no reconcer el carácter público de la religión, los gobiernos del PSOE han provocado situaciones problemáticas o conflictivas. Y, en otros casos, han incurrido en manifiestas contradicciones, como es el hecho de dificultar la presencia pública de las religiones en la vida ciudadana, pero al mismo tiempo mantener los acuerdos de 1979 entre el Estado Español y la Santa Sede.
El segundo error es inaceptable porque el hecho religioso, por su misma naturaleza, no es uniforme. Lo que es lo mismo que afirmar que se trata de un hecho plural, que puede ser vivido en la unidad, pero dentro de un pluralismo de manifestaciones concretas, que no rompen la unidad necesaria de la fe. No es necesario identificarse con todo lo que dicen y hacen los obispos para ser buen católico. Entre otras razones, porque, como ahora sabemos, hay obispos que han ocultado a sacerdotes delincuentes en asuntos de abusos sexuales; o se han comportado de forma indebida, al ser más celosos de su propia imagen que de la defensa de los derechos de inmigrantes, mujeres, grupos marginales.... Por otra parte, tal como están las cosas ahora mismo en España, identificarse por completo con los obispos equivale a identificarse con las opciones más determinantes de la derecha política. Pero, como es lógico, en ninguna parte está escrito que para ser buen católico sea necesario identificarse con las decisiones y los intereses del PP.
Así las cosas, se impone, en el catolicismo español, re-pensar las actitudes y opciones más básicas, que cada cual ha asumido. Tales opciones y actitudes, ¿están basadas en la fe y en el Evangelio? ¿están fuertemente condicionadas por intereses políticos o por ideas que no están debidamente justificadas por la más y mejor documentada teología cristiana? He aquí la gran cuestión que los católicos españoles tendríamos que afrontar en este momento. Teología sin censura
Nadie me puede quitar de la cabeza la idea de que, si tenemos que soportar la vergüenza de los escándalos de abusos sexuales de tantos clérigos, eso no se debe sólo a la fragilidad de la condición humana. Eso, por supuesto, es verdad. Pero el triste espectáculo, al que estamos asistiendo, no se explica sólo porque "somos humanos". Tampoco creo que la cosa se explique por el celibato de los curas. Y, menos aún, por la extravagante explicación que le ha buscado el cardenal Tarsicio Bertone: la homosexualidad.
A mí me parece que el problema de fondo está en la teología que, desde hace bastantes décadas, se viene enseñando en los seminarios y centros de estudios eclesiásticos. Me refiero a la teología que ha dado pie a los Catecismos que ha aprendido el pueblo cristiano. Y a la teología que subyace al Código de Derecho Canónico. Una teología que ha exaltado de tal manera la obediencia a la autoridad religiosa, que esa autoridad se ha sentido en el derecho de ocultar a los delincuentes. Y, lo que es peor, una teología que les ha metido en la cabeza a los jerarcas de la Iglesia el convencimiento de que ellos podían vivir al margen de las leyes civiles. Una teología que, quizá sin pretenderlo, en definitiva concede más importancia a la buena imagen de la Iglesia que a los derechos de las víctimas de esa misma Iglesia. O sea, una teología tan disparatada, que nada tiene que ver, en los asuntos indicados, con lo más elemental del sentido común y de las enseñanzas del Evangelio.
Y lo peor del caso es que me temo que la Iglesia no va a modificar fácilmente esta teología. Si Jesús dijo que "por sus frutos los conoceréis", está visto que los frutos que viene produciendo esta teología nos está dando a conocer unos frtuos que le sacan a uno los colores a la cara. ¿Por qué los clérigos le conceden tanta importancia al poder del papa, a la buena imagen del papa, a la sumisión a los obispos, al prestigio del clero.... y no le dan más importancia al cuidado extremo que hay que poner en la vida para no hacer daño a nadie, sobre todo a los más pequeños e indefensos de este mundo? No cabe duda: esta teología tiene lagunas muy serias, muy preocupantes. Y, además, el control de Roma sobre los teólgos es tan fuerte, que mucho me temo que esto va a seguir así por mucho tiempo. Hasta que terminemos, entre todos, por dejar a la Iglesia hecha un guiñapo despreciable. Por no hablar de lo más grave: el dolor y la humillación de los que menos culpa tienen.Teología sin censura
Hay gentes para quienes es más grave cuestionar al Papa que cuestionar el Evangelio. Me refiero a las personas que se ponen nerviosas y hasta se irritan, si se pone en duda o se critica una afirmación del Papa, mientras que curiosamente no tienen la misma reacción si se dice que tal frase o tal pasaje del Evangelio no dice lo que siempre se ha dicho que dice. Es más, en las costumbres y tradiciones de la Iglesia se han introducido palabras, usos y costumbres que están literalmente contra el Evangelio. Pero no por eso se ponen nerviosos los que llegan a insultar a quien dice algo contra el Papa. ¿Por qué ocurre esto? Una pregunta seria, muy seria. Porque, en el fondo, si esto es así (y vemos que lo es), esta situación nos viene a decir que las cosas se han puesto de tal manera, en la Iglesia, que el papado ha asumido una importancia que ya no se le concede al Evangelio.
La cosa no es de ahora. Viene de lejos. Para no remontarnos a tiempos demasiado lejanos, vamos a tomar, como punto de partida, lo que sucedió con motivo de la Ilustración y la Revolución. El orden antiguo había sido radicalmente trastornado por el filosofismo del s. XVIII, por la Revolución francesa y por Napoleón. Se hacía necesaria y urgente una restauración del orden perdido. Y para eso, nada más eficaz que las ideas del catolicismo más tradicional. Resulta programático, en este sentido, lo que dijo F. Lamennais: "¿De qué se trata? De reconstruir la sociedad política con la ayuda de la sociedad religiosa, que consiste en la unión de los espíritus por medio de la obediencia al mismo poder". Los hombres de Iglesia del s. XIX estaban persuadidos de que todos los trastornos socio-políticos, que había acarreado el s. XVIII, tenían un fundamento religioso. Y ese fundamento no era otro que la Reforma del s. XVI. Este planteamiento había sido formulado desde 1791 por Burke y más tarde por Novalis, Fr. Schlegel, Görres, Baader y Möhler. La Revolución francesa, pensaban estos autores, no hizo sino aplicar, en el dominio político, el principio del libre examen que habían propugnado los Reformadores al rechazar la autoridad de la Iglesia (Y. Congar).
Esta manera de ver las cosas llevaba consigo una consecuencia: puesto que la Revolución no había hecho nada más que traducir al dominio de lo temporal un error dogmático, por eso la Revolución era considerada como una herejía. De ahí la necesidad de oponerse al desorden revolucionario mediante un principio capital: la soberanía y la infalibilidad del Papa. Un autor decisivo del s. XIX, Joseph De Maistre lo dijo de forma terminante. "No hay moral pública ni carácter nacional sin religión, no hay religión europea sin cristianismo, no hay cristianismo sin catolicismo, no hay catolicismo sin papa, no hay papa sin la supremacía que le corresponde". Y de forma más tajante, el mismo De Maistre escribió en su famoso libro Du Pape: "Sin Soberano Pontífice no hay cristianismo". Más aún, en una frase lapidaria, De Maistre llega a afirmar: "No puede haber sociedad humana sin gobierno, ni gobierno sin soberanía, ni soberanía sin infalibilidad". Es exactamente la misma tesis que se encuentra en Lamennais: "Sin papa, no hay Iglesia; sin Iglesia, no hay cristianismo; sin cristianismo, no hay sociedad: de suerte que la vida de las naciones europeas tiene su fuente, su única fuente, en el poder pontificio".
A veces, pienso que todo esto tiene mucha más actualidad de lo que imaginamos. También ahora, en tiempos de cambios y de inseguridad, hay gente que necesita una tabla de salvación que les dé la paz y la seguridad de la que carecen. Y se agarran, como los católicos fervientes del s. XIX, a la autoridad que más sosiego les produce. Y esa autoridad no es otra que la del Papa.
A fin de cuentas, sigue siendo cierto lo que, con magistral agudeza y profundidad, dijo Fedor Dostoyevsky en la leyenda de El Gran Inquisidor, de Los Hermanos Karamazov (V, 5): "Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad". Y así es. Lo que más terror nos produce (sin darnos cuenta de ello) es la idea de tener que cargar con el peso insoportable de la libertad. Mucha gente ha depositado esa libertad en la autoridad que más seguridad les da. Y esa autoridad no es otra que la del Papa. Por eso, ahí está el contraste: el Evangelio nos enfrenta al proyecto de la libertad, mientras que el Papa nos tranquiliza las conciencias al precio (bastante llevadero) de la obediencia. Y son muchos los que anteponen la "mentalidad sumisa" a la "libertad evangélica". Me sospecho que esto es lo que explica por qué hay personas respetables que ofenden y hasta insultan a quien les pone en duda la necesaria e indudable sumisión que es su fuente de paz y bienestar. Teología sin censura
El canon 1404, del vigente Código de Derecho Canónico, estable textualmente que: "La Primera Sede por nadie puede ser juzgada". Según el canon 631, cuando el Derecho Canónico habla de la "Primera Sede" se refiere al Romano Pontífice. Y el comentario (autorizado por la Santa Sede) del can. 1404 indica que este canon quiere decir - y deja establecido - que la persona del papa está al margen de cualquier fuero, ya sea eclsiástico o civil. Porque, según la legislación eclesiástica, no existe en este mundo ninguna autoidad que pueda juzgar al Sumo Pontífice.
Además, el canon 333, párrafo 3º, estable que: "No cabe apelación ni recurso contra una sentencia o un decreto del Romano Pontífice". Lo cual quiere decir que cualquier decisión del papa, ya sea dooctrinal o dusciplinar, es inapelable. Lo que significa que, ante cualquier decisión papal, no es posible establecer recurso alguno. Ni hay autoridad competente en este mundo para enjuiciarle y, mucho menos, para juzgarle. Así está pensada la autoridad papal en la legislación de la Iglesia.
Es importante saber estas cosas en este momento. Porque se anda diciendo que hay quienes pretenden llevar al papa ante los tribunales civiles por haber silenciado los delitos de abusos sexuales contra menos de edad que han cometido determinados clérigos. Y, efectivamente, hay datos muy claros en el sentido de que el responsable último del ocultamiento de esos delitos ha sido la Sede Apostóliac, o sea, el papa. Lo cual es verdad. No sólo porque hay documentos del papa actual, cuando era Cardenal Prefecto de Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (por ejemplo el de 18 de mayo de 2001), sino además porque, en el funcionamiento ordinario de la Curia Romana, todo escrito que se envía desde la Curia pasa en éltima instancia por la Congregación que ha presidido el actual papa durante 24 años.
Pero, en última instancia, más allá de las cuestiones dosctrinales o legales, hay algo que es lo más da que pensar: en los ambientes teológicos y jerárquicos existe la convicción de que el papa no tiene que someterse al juicio de nadie, ni tiene que dar cuenta a nadie de las decisiones que toma, pormás que, como en este caso, se trate de decisiones que pueden constituir un delito, según ls leyes vigentes en los países más avanzados.
Por tanto, el problema de fondo está en esta forma de pensar, que ha sido argumentada y fomentada por la teología católica. Y mientras esa mentalidad siga en pie, seguiremos con este embrollo de ocultamientos, medias verdades, contradicciones..., cosa que hacen demasiado daño a la Iglesia y le quitan el papa y a los obispos la credibilidad para poder hablar en público y ser aceptados en la sociedad actual. Esto es lo más grave. Y lo más lamentable.Teología sin censura
Como sin duda saben ya muchas de las personas que visitan este blog, el conocido teólogo Hans Küng acaba de publicar una carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo. En ella, el Profesor Küng hace un análisis severo del pontificado de Benedicto XVI, en el quinto aniversario del acceso del cardenal Ratzinger al papado. Es de suponer que esta carta va a tener una amplia divulgación, y será motivo de numerosos comentarios y debates en las próximas fechas.
Así las cosas, lo primero que quiero afirmar, sin titubeos ni reticencias, es que estoy completamente de acuerdo con el contenido de la carta del H. Küng. Y no sólo con el contenido, sino además con la forma de expresarlo. Se trata de un documento que expresa una gran estima por la Iglesia y a la Iglesia, al igual que un notable respeto hacia el episcopado. Lo que es tanto como afirmar una profunda fe en Dios, en Jesucristo y en el Evangelio, todo ello en comunión de fe con la Iglesia entera.
Me parece que, en este momento, es de suma importancia tener muy claro que el amor a la Iglesia no se reduce ni se concentra en el amor al papa. Ni enjuiciar los fallos que el papa tiene, o puede tener, es actuar en contra de la fe católica y apostólica. El papa es infalible solamente cuando pronuncia, en comunión con la fe de la Iglesia, una definición dogmática. De ahí que el papa merece nuestro respeto y obediencia, como cabeza del Colegio Episcopal, siempre que, fiel al Evangelio, gestiona el gobierno de la Iglesia de acuerdo con la tradición cristiana. Pero igualmente tenemos que saber que, fuera del caso excepcional de una definición dogmática, todo lo que hace el papa, o lo que decide la curia vaticana, puede y debe ser objeto de disenso y crítica, cuando estamos viendo - como viene ocurriendo durante este pontificado - que en la Iglesia se hacen y se toleran cosas que escandalizan a la gente, que desprestigian la autoridad de la Iglesia ante la opinión pública, y son motivo de que cada día aumente el número de personas que abandonan la fe en Dios o se alejan de la Iglesia.
En estas circunstacias, como bien dice el Profesor Küng, callarse es hacerse cómplice de lo que está sucediendo. Es un hecho que, en la Iglesia, se ha impuesto con más fuerza la obediencia incondicional que la libertad cristiana; de la misma manera que ha prevalecido la sumisión por encima de la responsabilidad. La mentalidad sumisa es una de las características que más se notan en grandes sectores de la población creyente entre los católicos. Seguir callándonos sumisamente ante tantos despropósitos y situaciones escandalosas, como estamos viendo y viviendo, es un asunto muy grave que cada cual debe examinar en su conciencia.
Pero no basta hablar. Además de hablar, hay que actuar. Todos podemos tomar decisiones, en las parroquias, en las comunidades eclesiales, en los movimientos y grupos cristianos. Para intervenir, cada cual dentro de sus posibilidades, ante nuestros obispos y párrocos, para que se tomen las medidas pertinentes en orden a modificar la actual gestión de la Iglesia, de su liturgia, de su pastoral, de su catequesis. Nadie puede excusarse alegando que no se puede hacer nada. Y, menos aún, echando mano de argumentos teológicos que no tienen valor. Porque el valor supremo, para un seguidor de Jesucristo, no es la obediencia, sino el seguimiento de Jesús, que fue el primero en darnos ejemplo de desobediencia a autoridades religiosas que actuaban de forma que alejaban a la gente de la debida estima hacia la religión y hacia el Dios y Padre de Jesucristo.
Hay un motivo que no podemos callar en este momento: la crisis económica y política mundial está agravando la situación desesperada de más de mil millones de seres humanos que se ven abocados a una muerte cada día más cruel y más cercana. Así las cosas, seguramente el mayor escándalo de la Iglesia, en este momento, es su pasividad, no a la hora de hablar, sino a la hora de actuar ante los poderes económicos y políticos para que se ponga remedio a este estado de cosas. La Iglesia da la impresión de estar más preocupada por ella misma y por su propio prestigio que por el sufrimiento de tantas criaturas indefensas y excluidas. Es urgente que la Iglesia afronte este problema, antes que nada, replanteando su teología, para que ésta no siga callándose ante la cruel situación de sufrimiento extremo en que vive nuestro mundo.
Por último, dada la situación excepcional en que se ve la Iglesia católica en este momento, no parece fuera de lugar pedir que el papa Benedicto XVI dimita de su cargo y deje paso a un hombre más joven que, desde otra mentalidad teológica, gestione lo antes posible la convocatoria de un concilio ecuménico o, al menos, la celebración de sínodos regionales o nacionales, en orden a buscar caminos de solución a la presente crisis eclesial.
Con todo el respeto que merece el actual obispo de Roma, Benedicto XVI, deberíamos insistir en afirmar nuestra fe y adhesión a la Iglesia. Porque nos importa y la queremos; y porque queremos el mayor bien para ella, por eso pedimos insistentemente al Señor que ilumine a quienes tienen la responsabilidad más directa en esta Iglesia, para busquen los caminos más eficaces de solución al presente y lamentable estado de cosas que estamos viviendo y padeciendo.
Insisto, de nuevo, en que estoy enteramente de acuerdo con el reciente escrito de Hans Küng. Y, consciente de la seriedad del tema, me hago responsable de cuanto he dicho y defiendo en esta entrada de mi blog.
José María CastilloTeología sin censura
Resulta indignante la pertinaz presencia (en Estados Unidos, en España, en no pocos países de América Latina...) de la extrema derecha. Entre otras razones, por el daño que la extrema derecha le está haciendo a la derecha y, por supuesto, a la democracia. Desde luego, sabemos que no se pueden identificar los grupos españoles de extrema derecha con los neocons americanos. Pero, sean cuales sean los matices que caracterizan a cada uno de estos movimientos, hay cosas muy serias en las que casi todos ellos coinciden. Y de eso quiero hablar.
No pretendo hacer la historia del conservadurismo más integrista. Ni aquí se trata de analizar las razones de fondo que lo alimentan. Lo que yo quiero apuntar - nada más que apuntar - es una lista de hechos que se dan donde hay gente de marcada orientación "neoconservadora".
Resulta elocuente recordar algunas de las "causas" que defienden. Y también las que atacan. Se les llame "extrema derecha" o se diga de ellos que son "neocons", en cualquier caso:
- No toleran que los homosexuales gocen de los mismos derechos que los hetero...
- Su lucha en favor de la vida se centra sobre todo en la lucha contra el aborto.
- Recelan de los inmigrantes o actúan abiertamente contra ellos.
- Están en contra de la eutanasia, lo que puede provocar situaciones de extremo dolor en el caso de algunos enfermos terminales.
- Aceptan a regañadientes el divorcio.
- No toleran la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.
- No aceptan el uso de anticonceptivos, por ej. el uso del preservativo, aunque sepan que eso puede causar el aumento de enfermos de sida.
- Se muestran a favor de la guerra contra los árabes (guerras de Irak, Afganistán...).
- Pretenden que los presuntos "derechos de Dios" estén por encima de los "derechos de los hombres" .
- Les importa más el buen nombre de los curas que la dignidad de las víctimas de los curas.
- Buscan su apoyo en la Iglesia más tradicional, su moral, sus tradiciones...
- Se empeñan en defender causas perdidas, por ejemplo, el evolucionismo, el creacionismo...
La lista se podría alargar mucho más. Y, desde luego, estoy de acuerdo en que no todos defienden la lista entera que acabo de apuntar. Pero hay una cosa que difícilmente se puede discutir: no sé dónde está el motor último de la mentalidad de la derecha extrema. Ni sé en qué consiste la fuerza de ese motor. Lo que sí ve todo el mundo es que se trata de una fuerza que, en nombre de Dios y de la Patria, defiende los intereses de unos pocos a costa de los derechos de la gran mayoría, sobre todos los derechos de mucha pobre gente que sufre más de lo que humanamente se puede soportar.
Esto supuesto, en este blog de teología, debo afirmar que seguramente quienes defienden los planteamientos más duros de la derecha más dura no se dan cuenta del daño que le hacen a la Iglesia, a la Religión, a la Fe y a la causa de Dios. Y lo peor del caso es que dentro de la misma Iglesia, y hasta en sus más altas jerarquías, hay personas que se identifican con estas posturas. Lo cual quiere decir, en última instancia, que en la Iglesia hay gentes que creen en un Dios que nadie sabe de dónde se lo han sacado. En el Evangelio no está ese Dios. Ni es el Dios-Padre del que nos habló Jesús. Quizás sea el "dios" de San Constantino, el emperador del s. IV, que se veneraba como santo y tenía su fiesta el 21 de mayo. Se sabe que este emperador, justamento al año siguiente de presidir el concilio de Nicea, asesinó a su mujer y a su hijo. Pero nada de eso impidió que, entonces como ahora, el poder tuviera más fuerza que la bondad, el respeto y el amor. Teología sin censura
No pocos libros de cristología bien decumentada, y hasta con sello de "progre", han defendido acertadamente lo que, con razón, se calificado como una cristología "ascendente". El acontecimiento culminante de esra cristología es la resurrección, a partir de la cual, Jesús "fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza" (Rom 1, 4). Esta formulación de san Pablo ha sido interpretada por la cristología ascendente en el sentido de que el hombre Jesús de Nazaret, a partir de la resurrección entró en el ámbito de "lo divino". Y entonces, ¿"lo humano"?
Muchos creyentes han tenido, y tienen la tentación, de ver al Resucitado como "plenamente divino". Pero, ¿sigue siendo "plenamente humano"? En teoría, y según la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia, sin duda alguna, Jesúcristo es "perfecto en la humanidad". Pero yo no sé lo que pasa, pero el hecho es que son demasiados los cristianos que al Resucitado lo ven más divino que humano. Lo que justifica una teología, un a fe y una Iglesia, que, fiel al Resucitado, anda más por las nubel del cielo que por los problemas, penas y alegría que los mortales vivimos en la tierra. Aquí estamos tocando uno de los asuntos que han arruinado la fe de mucha gente y no pocos comportamientos de la Iglesia y sus jerarquías.
Pues bien, estando así las cosas, lo que aquí quiero dejar claro es que Jesús, precisamente a partir de la resurrección, se nos muestra en los relatos de los evangelios "más humano" que cuando andaba por el mundo "como uno de tantos" (Fil 2, 7). No exagero. La humanidad del Resucitado resulta más patente y entrañable que la del Jesús Histórico.
Sabemos que los relatos de las apariciones del Resucitado presentan no pocos problemas históricos, ya que lo que nos cuentan son las experiencias que tuvieron los primeros testigos de la resurrección. De todas maneras, y en cualquier caso, hay dos datos que se destacan esos relatos: 1) La relación preferente de Jesús con las mujeres. 2) La importancia de las comidas cuando se trata de conocer y reconocer a Jesús. En efecto, a quienes primero se aparece el Resucitado no es a los apóstoles, sino a las mujeres, que son las que madrugan para ir al sepulcro, las que abrazan a Jesús y dan muestras de una singular familiaridad con él. Y en cuanto a las comidas, los evangelios repiten que es Jesús el que pide comer con los discípulos, el que se da a conocer precisamente al "partir el pan", el que les prepara a los discípulos el desayuno en la playa.
La resurreción de Jesús, cuando con más argumentos podemos hablar de su "divinización", precisamente a partir de ese acontecimiento es cuando, con más argumentos, podemos hablar de su entrañable "humanización".
Los hombres de Iglesia se equivocan cuando se comportan de manera que, amparados en no sé qué fe en el Resucitado y en su "divinidad", se comportan con poca, muy poca, "humanidad". Y no se dan cuenta de que una presunta "divinidad" que justifica comportamientos "poco humanos", eso no es, ni puede ser, "divino". Y es que ya estamos demasiado cansados de que, en nombre de Dios y del poder divino, se recorten o anulen derechos humanos. O se le presente a la gente el asunto de Dios de forma que hace muy desagdable "lo religioso", "lo espiritual", "lo divino". ¿Veremos el día en que la Iglesia entera se convenza de que "lo humano" no pude estar en conflcito con "lo divino"? ¿No se dan cuenta los clérigos del daño que le hacen a "lo divino" precisamente por causa de lo mal que tratan muchas veces a "lo humano"?
Si algo está quedando en evidencia, precisamente ahora (en estos días), es el miedo insuperable que provocan las víctimas, sean quienes sean esas víctimas y por el motivo que lo sean. Los niños de los que se ha abusado, y a los que se ha humillado, son las víctimas de los delitos de pederastia. Los muertos que siguen sepultados en fosas comunes o en las cunetas de los caminos de España, son las víctimas de los delitos de nuestra guerra civil del 36. Niños y muertos, víctimas todos ellos, que en este momento nos resultan terriblemente incómodos. Incómodos, porque a todos ellos les tenemos miedo. ¿Por qué?
Lo entiende cualquiera: hay víctimas porque hay verdugos. Y si feo es el papel de las víctimas, más feo es el de los verdugos. Por eso, si las víctimas nos parecen insoportables, más insoportables nos parecen los verdugos. De ahí que el remedio, que en la vida suelen encontrar los verdugos, es hacer todo lo posible para que nadie se acuerde de las víctimas y que nadie hable de ellas. Lo estamos viendo en estos días: ni la jerarquía eclesiástica quiere que se hable de los curas pederastas, ni la extrema derecha quiere que se habla de los crímenes de la guerra civil. Por eso el fraile Cantalamessa (por poner un ejemplo), el pasado viernes santo y en la basílica de San Pedro de Roma, ha pasado como gato sobre ascuas al mencionar de refilón los delitos de pederastia. Y por eso, sin duda alguna, ahora se echa mano de fallos de procedimiento para encausar al juez Garzón porque ha puesto sobre la mesa la memoria de las víctimas de la guerra civil. Víctimas en un caso y en otro. Víctimas que molestan y a las que quiséramos olvidar para siempre. Para olvidar también a los verdugos y que nadie piense en ellos.
Y quiero dejar constancia de que, al hablar del miedo a las víctimas, nos enfrentamos a un asunto tan profundamente enigmático y mitserioso, que incluso cuando hablamos de la víctima que fue Jesús crucificado, hasta el mismo san Pablo se las apañó para explicar aquella muerte tan violenta echando mano nada menos que de un decreto divino, ya que fue el Padre del cielo el que tomó la decisión de clavar a su Hijo en la cruz, clavando así también nuestras maldades (Col 2, 13 b). De ahí que, para la teología cristiana, fue Dios el que"no perdonó ni a su propio HIjo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8, 32). Es algo sobrecogedor. Pero así es cómo Pablo explica que Jesús fuera víctima. Víctima, ¿de quién? Es decir, ¿quién fue allí el verdugo? En realidad, y si se toman en serio las afirmaciones de Pablo, el verdugo fue Dios: todo aquello respondía a un plan divino. Con lo que, a fin de cuentas, quienes intervinieron en aquella barbarie no fueron sino meros ejecutores que no hicieron sino lo que Dios quería. Jesús, la gran Víctima que venera el cristianismo, fue una víctima sin verdugo, ya que decir de Dios que es un verdugo, eso equivale a pronunciar una blasfemia.
En el caso de Cristo, sabemos muy bien que aquello tuvo una historia, unas causas y unas consecuencias. Jesús murió como murió porque los dirigentes religiosos de su pueblo y de su tiempo no soportaron lo que hacía y lo que decía. Pero - insisto - yo no sé lo que pasa con esto de las víctimas, que ni en el caso de Cristo, hemos podido soportar la decisión de los verdugos. Y hemos mandado esa responsabilidad nada menos que los cielos. Pero, ¿y en el caso de los niños humillados y destrozados por la sevicia de adultos cuyos nombres y cuyos rostros se conocen? ¿y en el caso de los muertos cuyos asesinos fueron personas y grupos que existieron? En estos casos, como nada de esto se puede mandar a los ciel0s, nos encargamos en la tierra de buscar escapatorias porque, quizá de alguna manera, todos tenemos no sé qué extraña impresión de haber sido verdugos. En unos casos, por acción. En otros, por omisión. Y con bastante frecuencia, por complicidad, pos silencios inconfesables, por "simpatías" o "antipatías" que no hacen sino enturbiar más las cosas.
¿No ha llegado la hora de que afrontemos todos nuestras propias responsabilidades? ¿No ha llegado la hora de que superemos el miedo a las víctimas y a los verdugos, para asumir responsablemente la cuota de participación que todos tenemos en que esta tierra y esta sociedad se hayan emturbiado con un aire que resulta que día más irrespirable?Teología sin censura
Me da pena esta Iglesia. Lo confieso públicamente: siento mucho dolor interior por lo que está ocurriendo en ella. Cuando más arrecian las denuncias públicas de tribunales de justicia de países muy diversos, desde Chile a Canadá, desde Estados Unidos a España; y cuando sabemos que se trata de abusos humillantes contra criaturas inocentes, abusos que vienen siendo sistemáticamente ocultados, ante la justicia y ante la opinión pública, por decisiones emanadas desde la más alta cúpula de la Iglesia católica, ayer, domingo de Pascua de Resurrección, el cardenal Angelo Sodano le dijo en público al Papa: "La Iglesia está contigo, dulce Cristo en la tierra". Y añadió el mismo cardenal: "Contigo están cardenales, obispos, 400.000 sacerdotes y la gente que no se deja llevar por chismorreos y murmuraciones".
Esto es lo que me produce una tristeza muy honda. Porque - lo digo una vez más - la Iglesia es para mí muy importante. Y la quiero con toda mi alma. Lo que pasa es que, según viene enseñando el papado desde hace siglos, la Iglesia no es sólo el Papa, sino todo el pueblo creyente en Jesucristo. En esta Iglesia, en la que somos más de mil millones los creyentes en Jesús, muchas criaturas indefensas e inocentes han sido víctimas de abusos horribles, que son delitos muy graves. Pero ahora vemos con estupor que, si el cardenal Sodano tiene razón, el clero está, no con quienes han sido víctimas de los citados abusos, sino con la suprema autoridad que ha impuesto silencio ante esos abusos. El Papa es el "el Santo Padre". Padre, ¿de quién? Todos los católicos le llamamos "Padre". Pero, ¿no es lo más lógico, lo más razonable, lo más humano, que un padre esté junto a sus hijos más débiles, los más humillados, los más escandalizados? ¿Qué es lo que de verdad le importa al papado y a sus obispos: la imagen pública del papa o defender a criaturas indefensas cuya dignidad y cuyos derechos han sido humillados y pisoteados?
Yo me pregunto, con ansia y estupor: ¿a dónde va esta Iglesia? ¿qué credibilidad le queda? ¿con qué autoridad moral puede hablar ahora de honradez, sinceridad y transparencia ante el mundo y ante la sociedad? Si le importa más su propia imagen y su propio prestigio que los derechos de los que han sido atropellados por sus propios dirigentes (curas, religiosos, obispos que han ocultado a los delincuentes...) ¿cómo vamos a poder ver en esta institución al "cuerpo de Cristo" y vamos a poder escuchar en su voz la palabra de Jesús? Me cuenta mucho creer que la Iglesia es "Madre". Porque una buena madre, de lo primero que se preocupa es de sus hijos más débiles y más desprotegidos. ¡Por favor!, que no nos digan más que esta Iglesia, que habla así en público, es nuestra madre. Al decir esto, ofenden a todas las madres de esta tierra. Y que no nos repitan más que los trapos sucios se lavan en casa y no se airean en la calle. No y mil veces no. Aquí hay en juego algo muy grave: miles de criaturas destrozadas y la autoridad de la Iglesia por los suelos. ¿No ha llegado la hora de que Benedicto XVI dimita? ¿No demuestra esto que la Iglesia entera tiene que afrontar esta situación de otra manera? ¿No está quedando patente que la Iglesia está siendo gobernada por hombres incompetentes que se aferran al infantil pretexto de "quedar bien" y no se dan cuenta del precipicio ante el que está abocados? Teología sin censura
En 1798, el gran escritor sevillano, que fue José Blanco White, en sus Cartas de España, escribía esto: "Nuestra enfermedad nacional es la más horrible y compleja que jamás haya hecho presa en las entrañas de la sociedad humana. A pesar de gozar de algunas de las mejores cualidades que un pueblo puede poseer..., estamos, más que degradados, verdaderamente corrompidos por aquello mismo que debería servirnos para alimentar y promover las virtudes sociales. Nuestros corruptores, nuestros mortales enemigos son la religión y el gobierno" (carta 2ª, ed. Fundación José M. Lara, Barcelona 2004, p. 48).
Esto escribía, hace más de 200 años, un sacerdote que, como testigo de su tiempo y de su país en la Inglaterra de finales del XVIII, está considerado como un testigo de sigular valor, incluso por un crítico de mentalidad tan tradicional como Menéndez Pelayo. Y es importante saber que, hace más de dos siglos, había buenos conocedores de nuestro país que ya decían lo que en la actualidad sigue diciendo tanta gente. Nuestro país, al menos (no sé si otros también), va mal porque tanto la religión como la política funcionan mal. Tan mal, que religión y política actúan como factores desencadenantes de descomposición social.
No se trata, pues, de que la gente se ha pervertido. El problema es más hondo. Por supuesto, no somos ángeles. Pero precisamente por eso, porque no todos somos ángeles (ni mucho menos), por eso necesitamos una autoridad política y una autoridad religiosa que fueran ambas ejemplares, responsables, que orientasen todo su empeño y sus trabajos a promover el bien, los derechos, la dignidad y la estabilidad social que tanto necesitamos. Lo cual exige una educación bien programada y ejecutada, unas leyes orientadas a defender los derechos de todos por igual, una democracia más participativa que la que tenemos, una religión más ejemplar, respetuosa, solidaria y abierta a las verdaderas necesidades de la gente, sobre todo de la gente más necesitada y desamparada.
El problema, sin embargo, está en que, por lo visto, lo mismo la religión y la política del s. XVIII que la religión y la política de ahora, las dos, eran entonces y siguen siendo ahora "poderes" que intentan dominar, para mantenerse en el poder, pero ni eran entonces ni lo son ahora "autoridades", que con su ejemplaridad promueven la honradez, la responsabilidad, el mutuo entendimiento entre los ciudadanos, el rendimiento en el trabajo, la convivencia mejor posible de todos con todos.
Cuando uno ve que los políticos corruptos actúan con el convencimiento de que lo importante es hacer lo que complace a la mayoría, porque eso les dará la mayoría en las urnas, por más que sigan adelante con sus corruptelas y sus corrupciones, es evidente que, con tales políticos y gobernantes, lo que conseguiremos será perpetuar esta corrupción que ya tiene carta de ciudadanía entre nosotros. Y, por lo visto, hay una notable mayoría a la que le va bien con lo que tenemos. Y, es claro, mientras esa mayoría persista en sus criterio, tenemos corrupción para tiempo.
Y de la religión, ¿qué podemos decir cuando nos damos cuenta de que lo que importa es mantener la "buena imagen", por más que sea necesario ocultar tanta miseria que poco o nada tiene que ver con el sentido más elemental de la religión? Los últimos escándalos, de los que nos hemos enterado, dan buena cuenta de lo que vengo diciendo. ¡Por favor!, vamos a aparcar nuestras diferencias y nuestros intereses. Las divisiones y los enfrentamientos no consiguen sino dividirnos y enfrentarnos más y más unos a otros. Con lo que lo único que conseguimos es enfilar cada día más derechamente el camino de la mediocridad, la deshumanización y el hundimiento en una sociedad con poco, muy poco, futuro. Por no hablar de los problemas de conciencia que todo esto nos deja a todos en el fondo del espíritu. Teología sin censura
Una de las cosas que más me impresionan, en la lectura del evangelio de Juan, cuando relata el lavatorio de los pies (el evangelio de hoy, jueves santo), es que Jesús, primero, les lavó los pies a los discípulos (Jn 13, 1-11); y después, les explicó lo que había hecho (Jn 13, 12-20). O sea, primero, el hecho; después, la explicación de lo que ha hecho.
Posiblemente, muchas veces hemos leído este relato y no hemos caído en la cuenta de lo que entraña. Y - sinceramente lo digo - lo que entraña es mucho mñás exigente de lo que seguramente imaginamos. Porque este relato nos viene a decir cómo "actuaba" y cómo "hablaba" Jesús. Era una forma de vida tan sencilla de explicar como difícil de realizar. Una fora de vida que, se reducía nada más y nada menos que, a esto: Jesús, ante todo, hacía lo que tenía que hacer; y después, explicaba lo que había hecho. Lo que iba por delante era su ejemplo de vida. Y sólo después de eso, les decía a los demás por qué vivía de aquella manera y por qué hacía las cosas que hacía. Es una forma de vida y de predicación religiosa que se palpa en los evangelios: Jesús curaba enfermos, daba de comer a gentes hambrientas, acogía a los pecadores, convivía con los excluidos, tenía serios enfrentamientos con los observantes religiosos y con los dirigentes judíos. Y luego, en sus predicaciones al pueblo, explicaba lo que hacía y por qué lo hacía.
La fuerza de la palabra (hablada o escrtita) está en su equivalencia con hechos de vida, con realidades vividas, que se explican madiante la palabra. En esta vida hay demasiados maestros que enseñan lo que otros han vivido, no lo que viven ellos. Sobran predicadores de nada, repetidores de ideas, defensores de sus propias manías, intolerantes que no paran de repetir sus propias intolerancias. Por el contrario, es muy difícil encontrar personas que dicen: "yo vivio así, he hecho o hago esto, y lo hago por esto....".
Sólo cuando la vida es transparente, cuando no hay que ocultar nada, cuando podemos ir diciendo lo que vivimos, cómo lo vivimos y por qué lo vivimos, sólo entonces la palabra tiene una fuerza irresistible. Seguramente, ésta es la enseñanza más exigente del jueves santo. No se trata de la vanidad que se pone como modelo para los demás. Se trata de la fuerza que tiene la vida, los hechos, la conducta, la realidad. Es fácil hablar. Lo difícil es vivir de forma que lo que se vive se pueda contar a los demás, y eso les ayude a otros a sentir ganas de ser más útiles en esta vida. Eso es todo.Teología sin censura
Sábado, 2 de junio
José Mª Castillo
Orlando Carmona
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Josemari Lorenzo Amelibia
Asoc. Humanismo sin Credos
Rodrigo del Pozo Fernández
Angel Moreno
Francisco Margallo
José Antonio Vázquez Mosquera
Sor Gemma Morató