En estos días de la Semana Santa, se suele decir (entre personas creyentes) que Cristo sufrió y murió por nuestros pecados. O también, que Cristo nos salvó mediante su pasión y su muerte. Quienes utilizan este tipo de expresiones, en el fondo, lo que realmente afirman es que Dios exigió y necesitó sufrimiento y muerte. Con lo cual, lo que en definitiva estamos diciendo es que los cristianos creemos en un Dios que, para aceptarnos y querernos, tuvo que clavar a su Hijo en la cruz. Y con su Hijo, clavar allí nuestras maldades, para "perdonar nuestros delitos" (Col 2, 13 b). El Dios del que habla san Pablo, cuando se refiere a la "salvación-redención", resulta sobrecogedor. Porque es el Dios que "no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8, 32).
Los cristianos estamos acostumbrados a escuchar este lenguaje. Y mucha gente lo ve como la cosa más natural del mundo. Sin embargo, y como es lógico, si la cosa se piensa despacio, en seguida uno cae en la cuenta de que un padre, que necesita la muerte de su hijo para perdonar a quien sea o lo que sea, por mucho misterio con que queramos recubrir o maquillar semejante enseñanza, teoría o doctrina, eso es una barbaridad de tal calibre, para quien no haya perdido del todo el sentido común, que la consecuencia que se sigue de tal enseñanza es que quien lo escucha dice: o eso no es verdad; o quizá sea mejor no pensar en tan brutal disparate. Por no hablar de los que, al oír una teología tan peregrina, terminan diciendo: "Mire Usted, yo prefiero no creer en ese disparate, ni en ese dios tan disparatado".
¿Quiso Dios el sufrimiento de su Hijo? ¿Quiere Dios el sufrimiento humano?
Si Dios es Padre, un padre no quiere que sus hijos sufran. Y si lo quiere, es que ese padre es un sádico, un tirano, un vampiro, que necesita sangre para sentirse satisfecho. En definitiva, Dios no puede ser así. Nos lo han explicado mal. ¿También San Pablo? Quizás lo que suele ocurrir es que nos explican mal lo que San Pablo quiso decir.
A ver si nos aclaramos. En la vida hay sufrimientos porque la vida es como es: nos ponemos enfermos, ocurren desgracias, nos hacemos viejos, al final todos morimos. La vida es así. ¿Dios la pudo hacer de otra manera? No lo sabemos. Ni lo podremos saber nunca. Porque no sabemos cómo es Dios en sí mismo. Ni por tanto sabemos hasta dónde llega o en qué consiste eso que llamamos la "omnipotencia" de Dios. Lo único que sabemos es que Dios es Padre. Y si los padres de la tierra no quieren que sus hijos sufran, ¿cómo lo va a querer el Padre del Cielo? Además - y esto es importante - en los evangelios, cuando se habla del Padre, siempre es para referirse a su "bondad", nunca a su "poder". Por eso la única definción de Dios, que hay en todo el N. T., es que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16).
Pero, hablando del sufrimiento, hay que decir algo que es lo más decisivo. Se trata de esto: la inmensa mayoría de los sufrimientos, que tenemos que sportar en la vida, son sufrimientos que nos causamos unos a otros, es decir, sufrimientos de los que los causantes y los responsables somos los propios seres humanos. Esto supuesto, el criterio detrminante y decisivo, que hemos de tener claro siempre en la vida es que el único sufrimiento que Dios quiere es el que brota de la lucha contra el sufrimiento. Esto quiere decir que la tarea central, que Dios nos impone en la vida, es vivir para ser nosotros felices y para hacer felices a los demás.
Esto es lo que explica por qué sufrió y murió Jesús. Sufrió y murió porque tomó en serio la tarea de luchar contra el sufrimiento: por eso curó a los enfermos, dio de comer a los pobres, se hizo amigo de los pecadores, acogió a los extranjeros, se enfrentó a los poderosos de la política, el capital y la religión. Jesús antepuso la felicidad de todos a las observancias de la religión. Y eso, ni más ni menos, fue lo que le costó la vida. Además - y esto es capital - eso es lo que quiso el Padre. Dios nos enseñó en Jesús que en esta vida se pueden aliviar muchas penas y que la existencia de los más desgraciados puede mejorarse de muchas maneras. Por eso Jesús denunció los abusos de la religión y de los ricos. Y por eso la religión y sus aliados vieron claro que tenían que quitar de enmedio a Jesús.
Para terminar, dos indicaciones: 1) Tomar en serio la lucha contra el sufrimiento es, sin duda alguna, lo que más nos puede complicar la vida y lo que más privaciones y sufrimientos nos puede acarrear. Y eso es lo que nos da miedo. Es mucho más cómoda una religión de misas y procesiones, de rezos y sermones... Todo eso puede ser bueno, si nos ayuda a ser más fuertes en nuestro empeño por hacer felices a quienes conviven con nosotros. 2) Los textos de San Pablo, que hablan del "sacrificio de la cruz", se explican porque Pablo era un judío que no conoció a Jesús en su vida, su pasión y su muerte. Por otra parte, en aquel tiempo, decir que se creía en un "Dios crucificado", era una contradicción tal, que Pablo vio que tenía que buscar una explicación "razonable" (entonces) para semejante Dios y semajante muerte. Por eso, Pablo echó mano de la teología del Antiguo Testamento sobre el "sacrificio" del cordero o el cabrito que se sacrificaba en el día del perdón de los pecados. Pero, cuando se explica así la muerte de Cristo, se olvida que el N. T. cambia radicalmente el concepto de "sacrificio". En la carta a los hebreos, se dice: "No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios" (Heb 13, 16). Este es el criterio determinante de la vida cristiana. Teología sin censura
Todos los años, cuando llega la semana santa, pero especialmente este año, los cristianos deberíamos recordar que el cristianismo nació a partir de un jucio o, para ser más exactos, nació de de varios juicios y sus consiguientes condenas, con la ejecución final del reo. Jesús, en efecto, fue denunciado a las autoridades civiles y religiosas. Por eso, según nos dicen los evangelios, Jesús tuvo que pasar por el juicio (informal) de Anás y luego de Caifás. A continuación vinieron los juicios civiles: Herodes, en priper lugar, y finalmente el juicio ante Pilatos. Aquella cadena de juicios, como todo juicio, fueron una vergüenza, una humillación, un descrédito. En el juicio ante Anás, le pegaron una bofetada sin que Jesús diera motivo para ello. En el juico ante Caifás, lo declararon blasfemo, que era seguramente lo peor que le podían decir a un judío. En el juicio ante Herodes, se vió despreciado y se rieron de él. Y en el definitivo juicio ante el procurador romano, Pilatos, fue insultado por los acusadores; fue excluido cuando se le comparó con el bandido Barrabás; fue torturado por los legionarios romanos; fue acusado de cosas muy graves que no había hecho. Y, después de todo eso, fue condenado y ejecutado.
El cristianismo, pues, nació de un fracaso ante los tribunales. Un fracaso tan tremendo que, durante más de dos siglos y medio, no hay rastro alguno de que los cristianos hicieran cruces y crucifijos; o de que los cristianos dieran muestras de respeto y devoción ante una cruz. De hecho, antes del emperador Constantino (s. IV), no se han encontrado crucifijos con figura, ni siquiera cruces sin figura (J. D. Crossan, J. L. Reed). La única excepción, que se ha podido encontrar es humillante y vergonzosa: un dibujo con "graffiti", que data de alrededor del año 200, en el monte Palatino de Roma, donde Augusto tuvo su palacio, que representa a un hombre delante de una cruz en la que está crucificado un hombre con cabeza de burro. El grabado, en girego, que hay debajo de esa imagen dice: "Alejandro adora a Dios". Sin duda, se trata de un criado pagano (del palacio imperial) que ridiculizaba así la fe de un compañero, que sería cristiano, y que se veía así humillado por la vergüenza que, en aquellos tiempos, depresentaba la cruz.
Me parece que es bueno recordar estas cosas, precisamente ahora. Porque tenemos el peligro de que pase toda la semana santa y no caigamos en la cuenta de lo que realmente representa, de lo que nos viene a decir; y de lo que nosotros, los que decimos que creemos en el Crucificado, debemos aprender cuando pretendemos actualizar la "memoria subversiva" de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La Iglesia está pasando por una situación vergonzosa. Muchos sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales y hasta el mismo papa, se ven señalados con el dedo amenazante de quienes denuncian hechos delictivos y humillantes. Hay sacerdotes que han sido llevados ante los tribunales, algunos han sido condenados, los hay que ya cumplen su condena en cárceles o se ven obligados a pagar multas cuantiosas. Es verdad que las situaciones (de Jesús, por una parte, y de los clérigos pederatas, por otra) son tan diametralmente opuestas, que parece una frivolidad, una contradicción o incluso una falta de respeto, comparar una cosa con otra. Se trata de dos hechos tan contradictorios, que, mientras en uno se trata de la condena injusta del gran defensor de la dignidad humana, que es lo que hizo Jesús, en el el hecho actual, se trata de la condena de individuos que han pisoteado la dignidad de criaturas inocentes. Todo esto es cierto, claro está.
Pero, en ambos casos, hay una realidad tremenda que es exactamente la misma. Jesús, en su momento hiostórico, fue condenado y ejecutado brutalmente por las autoridades competentes y por hechos delictivos que, en el s. I, según las leyes de aquel tiempo, eran cosas mucho más graves que lo que ahora es abusar sexualmente de un niño. En tiempo de Jesús, y en las culturas mediterráneas del s. I, era normal encontrar bebés vivos, tirados en los basureros , de los que eran recogidos por gente sin escrúpulos que los vendía como esclavos. Hoy vemos, con toda razón, que eso un crimen horrendo. Pero en aquel momento las cosas se veían de otra manera. Con lo cual estoy indicando que la Iglesia del s. XXI, como el Jesús del s. I, coinciden en verse enfrentados a la vergüenza y al fracaso de una condena que deseautoriza y hunde a una persona o a una institución.
Pero los cristianos sabemos que la cruz, con todo lo que tiene de fracaso, humillación y desprestigio, es fuente de vida y de futuro. Y conste que los cristianos decimos esto, no porque seamos unos masoquistas indeseables. Ni porque estemos en las nubes sin poner los pies en el suelo. Dios quiso que Jesús pasara por la cruz, no porque el sufrimiento en sí sea una bendición divina. No es eso. Se trata de que, en esta vida, todo el mundo quiere triunfar, ser importante, tener fama, tener poder, aparecer como intachable, como ejemplar. Y eso, bien lo sabemos, suele ser fuente de enfrentamientos, confrontaciones, luchas, divisiones y deshumanización. Por supuesto, que los curas pederastas son unos delincuentes, que tienen que dar cuenta ante la justicia y pagar sus delitos, según las leyes. Pero, dado que las cosas han sucedido así, volvemos la mirada al Crucificado, no sólo ni principalmente para pedir perdón y misericordia. Eso es bueno. Pero con eso nada más no se arreglan las cosas. El que ha cometido delitos, que pase por los tribunales. Pero, además de eso, yo pienso que a la Iglesia, a los cristianos, a todos, nos viene bien bajar los humos, dejarnos de andar diciendo que somos ejemplares o que somos los mejores. No y mil veces no. Los cristianos creemos que en el Crucificado hay vida. No sólo por los motivos divinos que enseñan los teólogos. Sino, más a ras de tierra, porque la experiencia nos dice que nuestros orgullos y nuetras pretensiones de ejemplaridad son una miseria de la que tenemos que liberarnos de raíz y cuanto antes. He aquí, me parece a mí, una enseñanza clave de la semana santa de este año.Teología sin censura
Muchuas de las personas que visitan este blog saben perfectamente que yo he sido jesuita durante más de 50 años. He salido de la Orden, no ya en la madurez, sino en la ancianidad, a mis 78 años. ¿Y Ustedes saben lo que más me ha sorprendido cuando he vuelto a la vida civil? Una cosa tan sencilla como inesperada: lo que representa en la vida la libertad de pensar. Sin duda alguna, pensar libremente es una de las cosas más difíciles y más raras que hay en la vida. Todos tenemos miedo a pensar sin miedo. O por lo menos, tenemos miedo a pensar si miedo superando el miedo. Y lo peor, en todo este asunto, es que ni nos damos cuenta de que el miedo nos atenaza, nos controla, nos prohíbe y nos censura. Somos nosotros mismos los que nos cortamos los caminos del pensamiento, los que bloqueamos nuestra mente, los nos decimos a nosotros mismos que hay cosas que no se pueden ni tocar, ni cuestionar, ni poner en duda.
Cuando yo era jesuita, yo tenía la ingeua convicción de que mis miedos se referían a lo que decía o dejaba de decir, a lo que escribía y a cómo lo escribía. Y tranquilizaba mi conciencia dicéndome a mí mismo que un jesuita no podía hablar con libertad. Ahora veo que todo eso era un montaje que yo mismo me hacía para austojustificar mi miedo a pensar. Confieso que la Compañía de Jesús es una institución mucho más tolerante y mucho más respetuosa, con los de dentro y con los de fuera de la Orden, de lo que la gente se imagina. Los jesuitas han tenido conmigo una paciencia que seguramente no hubiera tenido ningún partido político. En los jesuitas no hay disciplina de voto. Ni disciplina de pensamiento. Lo que ocurre es que la Compañía de Jesús - como les pasa a todas las instituciones eclesiásticas - tienen sobre sí a la Iglesia y a la autoridad vaticana y episcopal, que controla y censura toto lo que se mueve dentro del mundo eclesiástico. Por eso, ni más ni menos, los jesuitas no dicen ni hacen muchas cosas que, a muchos de ellos, les gustaría decir y hacer.
Así las cosas, y después de pensarlo en serio durante más de 25 años, tomé la decisión de acabar los días de mi vida fuera del ambiente clerical. Y ahora confieso que me sinto feliz como no podía ni imaginar. Sencillamente porque, después de tantos años imaginando que yo pensaba con libertad, me doy de que ahora es cuando empiezo a pensar sin miedos. Y eso - lo aseguro con toda sinceridad - es una fuente de creatividad, de felicidad y de ilusiones que no tienen precio. No por la infantil satisfacción del que se imagina que es libre como el viento. No se trata de semejante estupidez. Se trata de que yo he dedicado mi vida al estudio y la enseñanza de la teología. Y ahora veo, como nunca lo había visto tan claro, que la teología está estancada (o quizá atascada) por la sencilla razón de que, en los ambientes eclesiásticos, en los que se elabora la teología, hay mucho miedo. Por supuesto, miedo inconsciente. Pero es miedo. Sobre todo, y ante todo, miedo a pensar. Y p0r eso, prcisamente por eso, la teología tiene cada día menos presencia en la sociedad y en la cultura. Por eso, sobre todo, la teología se ve cada día más incapacitada para decirle a la gente lo que la gente necesita oír.
Miedo a pensar con plena libertad tiene todo el mundo. Miedo tienen los políticos. Y los economistas. Y los docentes. Y la gente de los medios de comunicación. Precisamente ahora, cuando nos imaginamos ingenuamente que somos más libres que nunca, ahora es cuando estamos más controlados que nunca. En el ambiente flotan seguramente tantos "dogmas" como los que circulaban por medio mundo durante la Edad Media. Ahora son "dogmas civiles", "dogmas políticos", "dogmas económicos", ¡vaya Vd a saber! El hecho es que el pensamiento dogmático no se acaba, al contrario, aumenta. Porque es la única manera de controlar a la opinión pública y de perpeturar la "mentalidad sumisa", condición indispoensable para que este mundo siga funcionando "como tiene que funcionar".
Mi convicción más firme es que sólo quienes luchan en su vida por alcanzar logros de libertad, aunque sean pequeños logros, sólo quienes orientan su vida desde ese proyecto, podrán aportar algo válido a esta humanidad tan machacada por "el pensamiento único" que a todos nos bloquea y no nos deja ni movernos. Y ya lo sabemos: un mundo paralizado, estancado, apoltronado en sus muchas ortodoxias, un mundo así, no va a ninguna parte. Ni dejará un futuro abierto a las futuras generaciones. Teología sin censura
Hoy hace 30 años que el arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar A. Romero, fue asesinado, mientras celebraba la eucaristía en la capilla del hospital para enfermos terminales donde él mismo vivía. Un tirador profesional le puso la bala mortal en el corazón. Su cuerpo ensangrentado cayó sobre el altar en el momento del ofertorio.
A Mons. Romero no lo mataron por comunista. Ni por meterse en política, como si él perteneciera a la guerrilla del FMLN, enfrentada al partido ARENA, de extrema derecha. Los que dicen tales cosas, mienten. A Romero lo mataron porque se puso de parte de un pueblo machacado por la ambición de 12 familias, que eran los dueños de todo aquel país, El Salvador. Más en concreto, a Romero lo asesinaron un lunes. El día anterior, en la homilía que pronunció en la catedral, les dijo a los militares:
"Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: NO MATAR... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla... Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado... La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre... En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más y más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión...!"
Al decir esto, Romero firmó su propia sentencia de muerte. Y él lo sabía. Romero pronunció aquella homilía con miedo, con mucho miedo. Me consta, por un sacerdote que habló con él aquella misma tarde, que se sentía hundido y solo, sumido en una profunda noche oscura. Al día siguiente lo mataron.
Han pasado 30 años. En estos años, han subido a los altares cientos y cientos de santos y beatos. El arzobispo Romero sigue esperando en la cripta de la catedral de San Salvador, que en Roma se acuerden de él. Esto da que pensar. Aunque da más que pensar que el pueblo sencillo y humilde de los países pobres del Sur lo llame "San Romero de América". Los pobres lo han subido al altar pobre que ellos tienen.
Pero más que esto, da que pensar - y mucho - el ejemplo de este obispo. Ejemplo de libertad al servicio de la misericordia. Ahora, a los 30 años de su muerte, lo más urgente no es que Roma lo canonice, sino que Roma aprenda lo que representa y exige la libertad al servicio de la misericordia. Esto es tan urgente porque el día que en Roma tomen en serio este criterio, ese día los obispos de todo el mundo empezarán a decir, en sus sermones, en sus homilías, en sus escritos y declaraciones públicas, lo que, hace 30 años, dijo Monseñor Romero. Es urgente que los obispos, como hizo Romero, se pongan de parte de la vida. No sólo en el asunto del aborto y la eutanasia, sino además en tantas otras situaciones en las que la vida de los más débiles e indefensos se ve machacada y humillada de tantas formas. Sueño con el día en que nuestros obispos hablen contra la corrupción de los bancos y las empresas financieras con la misma energía con que hablan contra los pecados que afectan a la vida privada de los individuos y de las familias. Sueño con el día en que los obispos clamen contra los niños esclavos que trabajan en las minas y al servicio de las multinacionales por uno o dos dólares por noches enteras de trabajo. Sueño con el día en el que los obispos denuncien en los tribunales a los curas pederastas de sus diócesis. Sueño con el día en que los obispos clamen públicamente contra la fabricación y venta de aramamentos. Sueño con el día en que se acaben tantos silencios episcopales que son muy difíciles de entender.
Y ¡por favor!, que nadie me diga que siempre estoy hablando contra los obispos. ¿Pero no se dan cuenta de que aquí estoy hablando a favor de ellos? A mis 80 años, puedo asegurar que he sufrido mucho de la Iglesia y por la Iglesia. Nunca jamás me iré de ella. Nunca dejaré de amarla. Porque veo que sólo amando a la Iglesia, desde la libertad al servicio de la misericordia, podré verle sentido a mi vida. Respeto y admiro a quienes ven las cosas de otra manera. Pero yo, con la humildad que puedo, digo en público que éste es el sentido que le veo a mi vida y a mi futuro. Teología sin censura
Ayer, domingo 5º de cuaresma, el arzobispo de Granada no leyó en la misa de la catedral el evangelio que tocaba, el relato de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Ignoro las razones que tuvo el prelado para excluir de la eucaristía dominical ese episodio de la vida de Jesús. En lugar de la adúltera, habló de la resurrección de Lázaro. Para deducir, de ese hecho prodigioso, una conclusión que ahora mismo, cuando estoy escribiendo esta entrada en el blog, las emisoras de radio están repitiendo y comentando: los abusos sexuales con niños, que cometen algunos clérigos, tienen su explicación en "el desorden de los afectos y de la sexualidad" que vive la sociedad actual. O sea - si yo me he enterado bien - la responsabilidad de los pecados y delitos del clero, en materia de sexo, recae sobre la sociedad. Un argumento que, por lo visto, exime al arzobispo de Granada de reconocer la responsabilidad que obviamente recae sobre la institución eclesiástica y sus dirigentes.
Por su parte, el papa (también ayer domingo y haciendo mención del evangelio de la adúltera) afirmó que es necesario, por supuesto, rechazar el pecado, pero hay que tener comprensión con el pecador. Por eso, indicaba el papa, Jesús le dijo a la adúltera: "Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más". Con este razonamiento, el papa estaba insinuando- creo yo - que es necesario rechar la pederastia de los curas, pero hay que ser comprenmsivos con los pederastas.
A ver si nos aclaramos. Una cosa es un "pecado" y otra cosa es un "delito". El pecado es una afensa a Dios, que quien lo comete (según sus creencias), se las tiene que arreglar para que Dios lo perdone. El delito es la violación de una ley humana, que es castigado por las autoridades civiles, según las leyes penales de cada país. Pues bien, en el relato de la adúltera, lo que allí se planteó, no fue sólo un pecado, sino igualmente un delito. Porque, en la sociedad judía del tiempo de Jesús, religión y política estaban de tal manera unidas y fundidas la una a la otra, que, con frecuencia, quien cometía determinados pecados, era castigado, no sólo por Dios, sino también por los poderes públicos. En el caso del adulterio, el castigo era la pena de muerte que se ejecutaba mediante un linchamiento popular, es decir el "pecador-delincuente" era apedreado en público.
Esto supuesto, lo que Jesús hizo, según el relato de la adúltera, fue "despenalizar" el adulterio. Jesús le dijo a la mujer: "Yo tampoco te condeno". Y añadió: "Vete y no peques más". Jesús mantuvo que el adulterio es un pecado. Pero actuó de forma que evitó la ejecución mortal de aquella pecadora. Despenalizar el adulterio no equivale a permitir el adulterio. Jesús mantuvo que el adulterio está mal y es una afensa a Dios y al prójimo. Pero eso no quiere decir que los pecados tengan que ser castigados como si fueran delitos. Esto, que está tan claro, por lo visto no está así de claro en ciertos ambientes eclesiásticos. Lo que ayer dijo el papa, me parece a mí, da pie a que haya quienes piensen que el papa está pidiendo comprensión y tolerancia con los curas pederastas. Si hablamos de los pecados de esos curas, por supuesto, que Dios los perdone. Pero las autoridades civiles no pueden proceder según ese criterio. Los poderes públicos tienen la obligación de castigar a todos los pederastas, no sólo a los curas, sino igualmente a los padres que abusan de sus hijos o hijas pequeñas y, en general, a todos los ciudadanos que usan a los pequeños como objetos de placer.
Por lo demás, todo esto me viene a decir que tampoco entiendo cómo el papa y los obispos piden tanta severidad contra los abortistas y, al mismo tiempo, tanta comprensión con los pederatas, sobre todo si son curas. No le falta razón a Eduardo Galeano cuando asegura que si fueran los hombres los que abortan, hace siglos que el aborto estaría permitido en todo el mundo.Teología sin censura
Entrevista a Carlos Escudero Freire, por la reciente publicación de su libro: Jesús, novedad radical. A vino nuevo, odres nuevos (Marcos 2,22).
J.M. Castillo: Aparte del subtítulo del libro, A vino nuevo, odres nuevos, ¿Hay algún texto del Evangelio en particular que te sugiriera el título: Jesús, novedad radical?
C. Escudero: Sí. Lucas 16,16: La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios.
Lucas contrapone el Antiguo y el Nuevo Testamento. La novedad radical del Nuevo está en que Jesús anuncia y realiza el reinado de Dios, con las características y valores que le son propios:
- la justicia como pórtico de entrada; el amor al prójimo como la plenitud.
- Dios reina siempre como Padre: Hay ofrecimiento, nunca imposición.
- Jesús nos revela a Dios como Padre de toda la humanidad: Se rompen pues las barreras étnico-sociales y religiosas. La hermandad se hace efectiva, y nos iguala a todos de manera radical: no hay gente superior o de mayor dignidad?
- El reinado de Dios es gratuito. Por la fe lo aceptamos y lo interiorizamos: El reino de Dios está dentro de vosotros (Lucas 17,20). Es necesario la conversión ?metánoia-, para preparar un terreno abonado.
- El Espíritu de Dios nos da la fortaleza necesaria para seguir realizando el reinado de Dios como discípulos de Jesús, con una vida sencilla y digna ?desde la pobreza-, para poder dar en rostro a los falsos dioses: -los ídolos de nuestro tiempo.
J.M. Castillo: El reinado de Dios tiene también una vertiente económico-social y político-religiosa. ¿Cómo refleja el libro esta importante realidad?
C. Escudero: Esta realidad, a la que podemos llamar el aspecto histórico del reinado de Dios, es por eso mismo una realidad constatable. Nuestra sociedad defiende sus propios valores, y el reinado de Dios propugna una sociedad alternativa, con el cambio radical de esos valores. Para realizar esta ardua tarea, muchos creyentes cristianos nos unimos con creyentes de otras religiones y con personas no creyentes.
J.M. Castillo: ¿Cuáles son los principales valores, propios del reinado de Dios, que desarrollas en tu libro?
C. Escudero:
- El ser humano es lo realmente sagrado, y está en el centro de la actividad y enseñanza de Jesús, por encima de cualquier institución. Es decir, el Evangelio defiende, por encima de todo, la dignidad de la persona.
- Jesús, bajo el influjo del Espíritu Santo, proclama la liberación de los pobres, de los sometidos, marginados, y esclavizados como tarea suya esencial. En esto consiste la buena noticia del reinado de Dios (Lucas 4,18-19). Mateo lo proclama de otra manera en el juicio de las naciones: Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber? (Mateo 25). Ambos pasajes están fuera de todo ambiente religioso, es decir, pertenecen al terreno de lo cotidiano, de lo secular, de lo profano, como el Evangelio mismo que es laico.
- Jesús ha llevado una vida de servicio, solidaridad y hermandad con los más necesitados y con los excluidos por la sociedad religiosa y civil. Nos invita a sus discípulos a hacer lo mismo.
- Cuando las distintas religiones, en nombre de Dios, someten y marginan a las personas, es decir, cometen injusticia contra ellas, hay que tener el coraje de defender los valores humanos contra esas instituciones, y la valentía para desacreditar a las personas sagradas que las presiden.
El libro recoge estos temas con insistencia y, en su conjunto, hace ver con claridad la novedad absoluta de Jesús y del Nuevo Testamento, en relación con el Antiguo.
J.M. Castillo: Acabas de decir que el Evangelio es laico. ¿En qué sentido lo afirmas?
C. Escudero: En el sentido de que el Evangelio discurre por la vida normal, por lo secular o profano; este último término no es peyorativo en este contexto. Se opone a lo sagrado. Jesús fue laico, de la estirpe de David. El anuncio de su nacimiento tiene lugar en un ambiente profano, el ambiente normal y cotidiano de la vida irrelevante de María, que estaba en su casa en Nazaret, y que aceptó por la fe el mensaje de Gabriel. Estamos en el Nuevo Testamento (Lucas 1,26-38).
El contrapunto lo encontramos en el anuncio a Zacarías, sacerdote, ofreciendo la ofrenda en el templo. Todo es sagrado, pero Zacarías no cree. Quedó mudo y con él enmudeció el sacerdocio del Antiguo Testamento para siempre (Lucas 1,5-25).
El nacimiento de Jesús en un pesebre y rodeado de pastores, pobres de solemnidad y despreciados por la sociedad de su tiempo, lleva el sello de lo laico, de lo profano, en un ambiente de pobreza dura (Lucas 2,1-20). Su bautismo tuvo lugar en el río Jordán, fuera de todo lugar sagrado (Lucas 3,21-22). Echó por tierra las instituciones más sagradas de Israel el sábado (Marcos 2,23-38), y el templo (Juan 2,13-22).
Para concluir este importante tema, le dedico a la eucaristía y a la muerte de Jesús en la cruz bastante espacio en el libro. Hago ver que ni la eucaristía, ni la muerte de Jesús son sacrificios expiatorios para aplacar a Dios. No hay lugar sagrado, ni altar, ni sacerdotes, es decir, no existe la mediación sagrada. Por lo demás, con el asesinato de Jesús en la cruz, los sumos sacerdotes y demás jefes del pueblo pretendieron despojarlo de todos sus derechos civiles y religiosos. El Padre, resucitándolo, lo acreditó como salvador y única piedra angular (Marcos 14,22-26; 15,22-40; Hechos 4,10-12).
J.M. Castillo: Entiendo que tu libro pretenda liberarnos de una teología trasnochada, la teología del infantilismo y del miedo, patrimonio de la iglesia oficial, para poder vivir con libertad y felicidad.
C. Escudero: Es la teología que brota espontánea y cristalina de los evangelios, donde se proclama dichosos a los seguidores de Jesús. El Evangelio busca el desarrollo y la plenitud del ser humano; quiere su libertad aunque pueda equivocarse, y una vida llena de felicidad. La teología tradicional sigue manteniendo al Dios lejano y trascendente del Antiguo Testamento que infunde temor, tanto más que no deja de recordarnos el tema del purgatorio y del infierno. Por eso la iglesia jerárquica exige a la gente sacrificios y ayunos con carácter expiatorio, como en el Antiguo Testamento.
J.M. Castillo: Entonces para ti, ¿es la revelación que Jesús hace sobre Dios como Padre lo que hace cambiar de manera radical el rumbo de la teología?
C. Escudero: Por supuesto. El Dios cercano de Jesús, su propio Padre y también el nuestro, sólo infunde amor y confianza. Baste recordar la parábola del hijo pródigo, donde el Padre, al mismo tiempo que respeta la decisión equivocada de su hijo, sale todos los días a otear el horizonte con impaciencia, para hacerle ver que, con su vida depravada, no ha perdido la condición de hijo, con tal de que quiera regresar voluntariamente a la casa paterna (Lucas 15).
J.M. Castillo: Hablamos de pasada sobre la desacralización que Jesús llevó a cabo de las fiestas e instituciones judías. ¿Por qué te centras en el sábado y en el templo?
C. Escudero. En el sábado, porque ha sido siempre una de las instituciones fundamentales del judaísmo. La observancia del reposo sabático ha constituido durante siglos un distintivo de los judíos en medio de los pueblos paganos. Para los rabinos la observancia del sábado era tan sagrada que prevalecía sobre los demás mandamientos. Guardar este precepto tenía tanto peso como los demás mandamientos juntos, es decir, observarlo correctamente equivalía a cumplir toda la ley. Su transgresión se comparaba con los peores pecados: idolatría, asesinato, incesto. Marcos, en el episodio de las espigas (Marcos 2,23-28), pone en boca de Jesús esta rotunda declaración:
El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado: así que el Hijo del hombre es señor también del sábado (Marcos 2,27-28).
Es evidente que el ser humano está por encima de cualquier institución por sagrada que sea.
Me centro también en el templo, porque éste era el lugar más sagrado para los israelitas. Pero con el tiempo lo fueron convirtiendo en máquina de hacer dinero: lugar de explotación, abuso y engaño. Este baluarte del poder y dominio sobre la gente fue declarado por Jesús cueva de bandidos. El nuevo templo es Jesús, portador del Espíritu, y todos los que estamos bajo su influjo (Juan 2,13-22; Juan 4). La abolición del culto, tapadera de tantas injusticias, incluye la abolición de lo sagrado. Jesús inaugura así la normalidad de lo profano, de lo secular, de la vida cotidiana. Lo verdaderamente sagrado, que hay que respetar y dignificar, son el hombre y la mujer, que están en el centro del mensaje de Jesús, y por encima de las instituciones.
J.M. Castillo: Has elegido como subtítulo del libro la sentencia: A vino nuevo, odres nuevos (Marcos 2,22). ¿Te parece tan significativa para recalcar la novedad radical de Jesús?
C. Escudero: Esta pequeña parábola encierra un significado profundo sobre la novedad absoluta de Jesús. Está enmarcada en el tema central de la Nueva Alianza (Marcos 2,18-22). Ante la pregunta que le hacen a Jesús los fariseos: ¿Por qué razón tus discípulos no ayunan? (Marcos 2,18), Jesús responde:
¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras duran las bodas? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar (Marcos 2,19).
Jesús se pone en el lugar del esposo, ocupando el lugar de Jahvé en el Antiguo Testamento, pero en lugar de hablar aquí de pacto o alianza, lenguaje jurídico, se habla de una boda, en la que el novio/esposo queda relacionado con el amor y la lealtad a su pueblo (Juan 1,17). La boda, con carácter de alianza, va a ser una realidad permanente a través del Espíritu, por eso la alegría y la felicidad están garantizadas. Las prácticas expiatorias del Antiguo Testamento han caducado.
Llegamos así a la pequeña parábola del vino nuevo en odres nuevos, que nos muestra que todo intento para hacer compatibles la Antigua Alianza y el Reinado de Dios es inútil y pernicioso, porque lo nuevo puede estropearse irremediablemente al querer hacerlo compatible con lo viejo, que no puede resistir la pujanza y fuerza de lo nuevo. Es además sugerente, porque la imagen del vino pertenece a la boda como algo sustancial e imprescindible: es el símbolo del amor nupcial como elemento esencial del banquete. Este vino hace referencia y simboliza la sangre de Jesús como sello de la Nueva Alianza (Marcos 14,24-25). El vino nuevo significa pues su entrega total por amor. No tiene el significado de sacrificio expiatorio para aplacar a Dios, como los de la Antigua Alianza. Jesús encarna el reinado de Dios como una novedad radical y absoluta.
J.M. Castillo: En otro apartado del libro hablas de Jesús como revelador del Padre. Me parecen unas páginas preciosas. ¿Qué alcance pueden tener para una teología renovada?
C. Escudero: La relación y experiencia única y misteriosa de Jesús con su Padre es lo más novedoso y entrañable del Nuevo Testamento. Jesús se identifica constantemente con su Padre como algo natural, y como lo más importante de su vida. Por eso Jesús nos puede hablar del Padre, de sus sentimientos y de las características de su reino, a través de su persona, actividad y mensaje.
J.M. Castillo: Las ?primeras palabras? de Jesús, ¿tienen más trascendencia de lo que parece a simple vista?
C. Escudero: Creo que sí. Son el punto culminante del evangelio de la infancia de Lucas, y contraponen la obediencia que Jesús debe a su Padre, como su Hijo único, a la relación normal y obediencia que Jesús debe a sus padres naturales, María y José:
Ante el reproche de María:
- Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo! (Lucas 2,48).
Jesús responde:
¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que ocuparme de lo que es de mi Padre? (Lucas 2,49).
Esta buscada oposición nos está indicando que Jesús se relaciona de manera natural y prioritaria con Dios, su Padre. Se está proclamando pues a sí mismo Hijo de Dios, de manera trascendente, como lo había hecho Gabriel en la Anunciación (Lucas 1,35).
Las primeras palabras de Jesús están relacionadas con la obediencia que debe a su Padre por encima de todo, que en su vida pública se traduce en la adhesión de Jesús al plan de Dios sobre él. Así cuando lo quieren retener en Cafarnaún Jesús replica a la multitud que lo andaba buscando:
También a los otros pueblos tengo que dar la buena noticia del reinado de Dios, pues para eso he sido enviado (Lucas 4,43).
J.M. Castillo: ¿No es más explícito el pasaje de Lucas 10,22, a este respecto?
C. Escudero: Sí que lo es, porque se habla directamente de la revelación sobre el Padre que sólo puede hacer el Hijo. Pero veamos el contexto, ya que Lucas 10,21-22 tiene una innegable unidad:
En aquel momento, con la alegría del Espíritu Santo, (Jesús) exclamó: -¡Bendito seas Padre, Señor de cielo y tierra, porque, si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien.
Mi Padre me lo ha enseñado todo. Quién es el Hijo, lo sabe sólo el Padre. Quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Lucas 10,21-22).
Llama la atención, en primer lugar, la alegría de Jesús por el Espíritu, y cómo bendice espontáneamente al Padre porque ha querido revelarle a la gente sencilla los secretos del reino (Lucas 10,21). El siguiente versículo, con la expresión mi Padre, expresa de manera directa el conocimiento único y recíproco del Padre y el Hijo. Por tanto, podríamos afirmar que el conocimiento exclusivo que Jesús, el Hijo, tiene de su Padre, además de entrañar una relación profunda y misteriosa con Él, hace posible que Jesús nos revele algunos de esos secretos insondables que pertenecen a Dios, a su reinado, a su manera de actuar -como la predilección por los pobres y por la gente sencilla.
Por eso Jesús tiene la capacidad de hacernos comprender y experimentar que Dios es también Padre de todas las personas y pueblos de la tierra. Cae pues la expresión el Dios de Israel y todas las demás barreras y fronteras entre los seres humanos, como algo artificial. La jerarquía, que mira en muchos aspectos más al Antiguo que al Nuevo Testamento, sigue invocando al Dios de Israel en la liturgia, como si Jesús no hubiera venido, y se siguen proclamando a sí mismos Maestros ?más de los dogmas y del Derecho Canónico que del Evangelio-, sin admitir que Jesús sigue revelando los secretos del reino a la gente sencilla. Además, el título de Maestro le atañe sólo a Jesús (Mateo 23,8-9).
J.M. Castillo: Tu libro ha sido publicado por la editorial Bubok de Internet. ¿Cuál es la manera más sencilla de adquirirlo?
C. Escudero: Esa editorial no tiene stock de libros, pero se pueden encargar a través e librerías que hay en todas las capitales de España. Se entra en la página web:
http://www.bubok.es/librerias/mapas
Ahí salen las librerías afiliadas a bubok de todas las capitales españolas, con su dirección y número de teléfono. Se encarga el libro y tarde en venir de 7 a 10 días.
J.M. Castillo: Es evidente que hay otros muchos puntos que se podrían destacar, pero una entrevista sus límites.Teología sin censura
Un aforismo de la Sabiduría Sufí dice:
"Un día visito una iglesia,
otro una mezquita.
Yendo de templo en templo,
no te busco más que a Ti".
Realmente, ¿qué buscamos en la vida cuando nos preguntamos por la religión, por las muchas religiones que hay en el mundo, por los cutos sagrados y las ceremonias rituales? ¿Qué buscamos cuando nos preguntamos por el problema de Dios o el problema del mal? ¿Qué buscamos cuando atacamos o defendemos a la Iglesia y a los curas? ¿Por qué hablamos mal o bien de los imanes o de los rabinos?
La religión puede ser, para mucha gente, un camino para encontrar a Dios. Pero también puede convertirse en un impedimento para relacionarse con Dios. Porque hay personas que se quedan atrapadas por la religión, en ella se complacen, con ella se sienten bien y hasta es posible que las observancias religiosas les sirvan de ascensor que les sube al piso más alto del alto cielo, desde donde ellos, los observantes, se sienten mejores, se ven superiores a los demás y hasta con derecho para menospreciar o despreciar a los "malos", a los ateos, agnósticos, pecadores y gentes que la religión presenta como anormales o pervertidas. Por no hablar de los que rechazan a los que van a la sinagoga o a la mezquita. Como también hay quienes rechazan a que vamos a la iglesia.
Ya es hora de que todos los creyentes, cada cual desde sus propias creencias, seamos capaces de trascender nuestras ideas y nuestras costumbres, nuestras obeservancias y nuestros ritos. Dios es el Trascendente. Es decir, Dios nos trasciende a todos y, por tanto, no está a nuestro alcance. De ahí, que la tarea de las religiones no es discutir cuál de ellas es la verdadera. Ni siquiera, cuál es la mejor. La religión no puede tener otra finalidad que llevarnos a Dios. Pero Dios, si es Dios de todos y para todos los humanos, sólo se puede encontrar allí y en aquello en lo que todos los humanos coincidimos: la defensa de la vida, la salud, la comida, el respeto, la tolerancia, la estima mutua... Cuando acudimos a la mezquita, a la sinagoga, a la iglesia, al templo, sea el que sea, lo que importa es que eso nos haga más humanos. Y si es que se tratata de personas que no tienen creencias religiosas, en cualquier caso, lo que sin duda tienen es humanidad. Y en la humanidad coincidimos todos. Hay templos de la religión, como hay templos de la ciencia, del arte, del poder, del dinero. ¿Cuándo llegará el día en el que en todos los templos encontremos lo más profundamente humano que nos une a todos, más allá de nuestras creencias, de nuestras ideas, de nuestros intereses o de nuestras esperanzas?Teología sin censura
Algunos de los que visitan el blog me han pedido que tenga más cuidado en la maquetación de las entradas y en evitar tantas erratas. Pido disculpas por estos descuidos que dificultan la lectura de los textos. Haré lo posible, dentro del poco tiempo del que dispongo para el blog, en orden a mejorar estos defectos, que parecen no tener importancia, pero que en realidad la tienen. Perdón. Y gracias por vuestra atención y paciencia.
Josè M. CastilloTeología sin censura
Estos días se palpa el malestar creciente que muchos católicos perciben dentro de la Iglesia o en torno a la Iglesia. El desencadenante de tal malestar son las noticias que nos llegan cada día sobre abusos sexuales de sacerdotes y religiosos con niños y adolescentes. Es perfectamente comprensible que un asunto tan turbio y escandaloso sea motivo de malestar. Hay quienes se sienten molestos por los hechos escandalosos de los que nos enteramos. Hay quienes protestan de que esas cosas se divulguen y cargan la responsabilidad sobre los periodistas y quienes difunden o comentan noticias tan humillantes para la Iglesia. Hay quienes se quejan de que el Papa no sea más contundente con los curas pecadores y delincuentes en esta materia. Y hay quienes protestan de que se le dé tanto bombo a este penoso asunto, al tiempo que no se enaltece la inmensa generosidad de tantos misioneros y misioneras en los países del Tercer Mundo; y en los múltiples servicios sociales que prestan a enfermos, pobres, ancianos, etc, lo mismo en países ricos que en los más pobres.
La revista de pensamiento y cultura, EL CIERVO (Barcelona), acaba de publicar la siguiente recensión de mi último libro. Recojo aquí el contenido de esta información, ya que, quizá, pueda ser de interés para algunos de los que visitan este blog.
El diario Le Monde decía ayer que la única religión, que queda en el mundo exigiendo a sus ministros (obispos, sacerdotes) la obligación de renunciar al matrimonio, es la religión católica. Por otra parte, también es cierto que la única religión, que se ve en la penosa situación de tener que soportar tantas denucnias de curas que cometen abusos sexuales con niños y adolescentes, es también la religión católica. ¿Mera coincidencia? No puede serlo. El asunto es demasiado grave y demasiado importante en la vida (tanto del que comete el abuso como, sobre todo, del que lo padece), que un hecho así, tan masivo, tan peligroso y tan repugnante, no puede ser el resultado de una simple coincidencia y, menos aún, de una pura casualidad.
El pasado día 9, dije en este blog algo que me parece importante en relación a la creciente marea de acusaciones y denuncias que se publican sobre los abusos sexuales de curas y religiosos con niños y jóvenes. Hoy tengo que volver sobre el mismo asunto. No para cargar más las tintas, sino para aportar - si es que puedo - algo más de luz en un tema tan turbio y escabroso, que además se va complicando por días.
La religiosidad se puede vivir de dos maneras o según dos modelos: el modelo "profético" y el modelo "farisáico". Los profetas se fijan más en el comportamiento ético y al cambio social, mientras que los fariseos dan más importancia a la observancia de la ley y el cumplimiento de los ritos y ceremonias religiosas. Soy consciente de que, al decir esto, simplifico el contenido de ambos modelos. Pero, para lo que vamos a tratar aquí, me parece que con lo dicho es suficiente.
La conocida escritora M. Yourcenar se quejaba, quizá con bastante razón, de los que "elogian la pureza porque no saben cuánta turbiedad puede esconder la pureza". Desde hace ya algún tiempo, nos enteramos con frecuencia de nuevos escándalos causados por "profesionales" de la pureza. Me refiero a las noticias que nos llegan de sacerdotes y religiosos que han abusado de niños o que, sabiendo de tales abusos, los han ocultado. Por supuesto, a cualquiera se le ocurre pensar que, de entrada al menos, no vendría mal adoptar una actitud de sospecha ante semejantes noticias. Todo lo relacionado con el sexo tiene morbo. Y si además es asunto de curas, monjas, frailes, obispos..., entonces el morbo resulta aún más morboso. Esto es cierto. Pero también es verdad que muchas de esas informaciones no hacen sino reproducir hechos probados ante los tribunales de justicia. Porque - no lo olvidemos - cuando hablamos de estas morbosidades, estamos hablando, no sólo de un "pecado", sino además de un "delito", que ha sido denunciado, juzgado y condenado en un tribunal de justicia. Por lo demás, si es cierto que con frecuencia nos hablan de "gente de Iglesia" que ha cometido abusos con criaturas inocentes, no es menos verdad que hay fundadas razones para sospechar que lo que conocemos, en esta materia, no es sino la punta de iceberg. Lo que está oculto es probablemente más, bastante más, que lo que se sabe.
El título de esta breve reflexion esta tomado de una conocida plegaria del Maestro Eckhart, uno de los grandes misticos de la tradicion alemana, muerto hacia el 1329. La oracion se encuentra en uno de los sermones de este fraile dominico. Una plegaria que, en el fondo, viene a decir que la religion puede ser verdad y mentira, solucion y perdicion. Y confieso que yo, tomando ejemplo de Meister Eckhart, tambien le pido a Dios que me libre de Dios, es decir, le pido a Dios que me libre de la religion que justifica la intolerancia, el fanatismo, las faltas de respeto. La religion que, en nombre de la etica, machaca la misericordia, La religion de los dictadores y de los tiranos. La religion que antepone la verdad a la misericordia. La religion que lleva derechamente al fundamentalismo y a la intolerancia. Me da miedo esa religion y el Dios que la justifica. Me da miedo esa religiosidad y el Dios que tranquiliza la conciencia con la seguridad de los verdugos. La religion que desencadena la violencia. Prefieron vivir en la mentira que, en nombre de mi mentira, causar dolor, humillacion y sufrimiento a cualquier ser humano.
En España, se anuncia (para el próximo domingo, día 7 de marzo) otra manifestación callejera, una más. ¿Para qué? ¿Para pedir que no se siga maltratando a los inmigrantes? ¿Para impedir que salgan adelante los proyectos de ley que se anuncian y que podrían privar a los jóvenes de sus derechos en el mercado laboral?
Me parece que, a estas alturas, ya está sobradamente demostrado que uno de los factores más decisivos de la crisis económica, que estamos padeciendo, ha sido la falta de vergüenza, la inmoralidad, la codicia desmedida, la ambición y la deshonestadidad desvergonzada de mucha gente, que ha podido robar "legalmente" (¡?).
Viernes, 17 de febrero
José Mª Castillo
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya