Brevemente, pero con toda firmeza, quiero (y debo) expresar mi desacuerdo con la desafortunada decisión de los obispos que - si es cierto lo que ha llegado a mis oídos - han mandado retirar de las librerías la última edición del libro "JESÚS", de José A. Pagola. Este sacerdote ejemplar y gran teólogo ha tenido la humildad de corregir las ediciones anteriores de su libro. Ha hecho las correcciones que le había impuesto la Conferencia Episcopal. El libro, así corregido, ha obtenido el "Nihil Obstat" del que ha sido su obispo, Mons. Uriarte. Bueno, pues ni esto les ha bastado a los obispos para tomar una decisión que, por otra parte, no es competencia de los pastores de la Iglesia. Ellos no tienen autoridad para decidir lo que los libreros pueden o no pueden vender.
La gente está alborotada. Y es de temer que seguramente todos nos vamos a alborotar más, a medida que el Gobierno de cada país vaya anunciando medidas restrictivas en sueldos, edad de jubilación, congelación de salarios, reducción del gato público y así sucesivamente. Lo que está ocurriendo en Grecia es una llamada de atención para todos.
Hoy, primer domingo de cuaresma, la liturgia de la misa nos rescuerda el evangelio de las tentaciones de Cristo en el desierto. Evidentemente, no se trata de un relato histórico. Porque no puede ser verdad que un hombre, que se pasó cuarenta días y curante noches sin comer, sólo sintiera hable al final, como dice ese relato tan extraño. Podemos estar seguros de que ahí se cuenta algo que le pasó a Jesús, pero no en un momento determiando, sino a lo largo de su ministerio público. Y con ello, lo que se pretende es decirnos, a quienes leemos los evangelios, que también nosotros, al igual que Jesús, estamos sometidos, durante toda nuestra vida, a las mismas tentaciones, que son, sin duda alguna, las perores tentaciones que podemos sentir en este mundo. ¿De qué tentaciones se trata?
"Fanatismo" y "fanático" son palabras que vienen del término latino fanum. Este término es estrictamente religioso. El fanum era, en la religión romana primitiva, el "lugar sagrado", que muchas veces podía consistir en un bosque sagrado. Más tarde, el fanum fue sustituido por el aedes, el santuario, que se suponía ser la morada de la divinidad (R. Schilling). Y es por esto, porque el fanum es el espacio de "lo sagrado", por lo que pro-fano es lo que está "fuera de lo sagrado".
No. De verdad que no voy a decir nada contra el episcopado o contra cualquiera de nuestros pastores. Lo que hoy quiero decir aquí es muy simple. Llevo con esto del blog poco más de cuatro meses. Y en este tiempo - que no es mucho, pero ya es suficiente - he podido advertir una cosa que me ha llamado la atención. Se trata de esto: los temas que más interesan (a la vista de los comentarios que suscitan) son los que se refieren a los obispos o se relacionan con ellos.
Como sabemos, en los dos últimos siglos, se ha discutido mucho si Jesús de Nazaret es un personaje histórico o es una invención de los cristianos. Se ha discutido, por tanto, si los evangelios son documentos históricos o, más bien, son relatos míticos que no merecen crédito. Hace poco, el conocido filósofo y sociólogo francés, Frédéric Lénoir, ha escrito sobre este asunto precisamente: No disponemos de pruebas científicas absolutas sobre la existencia de Jesús, como las hay, por ejemplo, en el caso de Julio César a través de las monedas, los restos arqueológicos y los diversos textos conservados.
¿Qué les pasa a nuestros obispos que están tan callados? ¿Por qué no hablan ahora, cuando la crisis económica aprieta más que nunca, cuando en España tenemos más de cuatro millones de parados, cuando los políticos están llegando al culmen del paroxismo, en una espiral de crispación que sólo sirve para empeorar las cosas, cuando hay familias enteras que pasan necesidad y se ven en aprietos para seguir tirando de la vida, cuando los inmigrantes sin papeles se sienten más amenazados, cuando raro es el día que no nos enteramos de nuevos escándalos y nuevos casos de corrupción en personas que ocupan altos cargos de responsabilidad pública, y así sucesivamente? En nuestra sociedad hay mucha gente desorientada, dividida, crispada, enfrentada, en no pocos casos al borde de la desesperación. La gente espera una palabra que no sea el mitin de turno, el consabido ataque al adversario, el parloteo retórico y barato de políticos y politicastros que buscan votos a costa de nuestra exasperación, en otra espiral creciente de malestar. Así están las cosas.
En España, por lo menos, nos quejamos con toda razón del fracaso escolar y de los muchos e importantes defectos que tienen los programas educativos, que se vienen poniendo en práctica en las últimas décadas. Por otra parte, sabemos muy bien que una de las cosas más graves, que pueden ocurrir en un país, es que la educación entre en crisis. Pues bien, así las cosas, si la educación en general ha sido un importante fracaso, mucho más lo ha sido la educación "religiosa".
Nicolás Maquiavelo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (I, 12), dice: "Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben, pues, mantener las bases de la religión, y hecho esto, les será fácil mantener al país religioso, y por tanto bueno y unido". Y añado el mismo Maquiavelo: "Y deben favorecer y acrecetar todas las cosas que sean beneficiosas para ella (la religión), aunque las juzguen falsas". Como es lógico, Maquiavelo muestra aquí un interés por la religión en el que lo importante no es la creencia en Dios, sino la utilidad de la religión. ¿Para qué? Para mantener al país unido. Porque una religión fracturada, acaba fracturando también la convivencia y rompiendo la sociedad. Es decir, una religión rota produce un país roto también. Esto ocurría en el s. XVI, cuando escribía Maquiavelo. Y sigue ocurriendo ahora, en el s. XXI. Hay gente que se imagina que la religión está muerta o mortecina y que, por tanto, lo mejor que se hace es arrumbarla o incluso perseguirla. ¡Qué error tan monumental! No entro en el tema religioso propiamente tal. Me refiero al bien de la sociedad y de la convivencia de un pueblo. El hecho religioso sigue siendo determinante. Para bien o para mal. También en Europa. Y en Estados Unidos. En todas partes.
Por eso Maquiavelo erremete contra la Iglesia, por el triste papel que, ya en aquellos tiempos, jugaba en Italia. El juicio de Maquiavelo es muy duro. La idea del gran politólogo del XVI es que la Iglesia ha creado mucho malestar en Italia. Y da dos razones: "La primera es que por los malos ejemplos de aquella corte (la corte papal) ha perdido Italia toda devoción y toda religión, lo que tiene infinitos inconvenientes y provoca muchos desórdenes; porque así como donde hay religión se presupone todo bien, donde ella falta sucede lo contrario. Los italianos tenemos, pues, con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía otra mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido nuestro país".
No quiero pensar lo que Maquiavelo diría ahora, si viera lo que ocurre en tantos países del mundo. Países en los que la religión, en lugar de unir a la gente, lo que hace es enfrentar más a los ciudadanos. El caso de España, o mejor, el caso de las "dos españas", es elocuente. La Iglesia no ha cumplido sus deberes para unir a los españoles. No juzgo el problema religios como tal. Ni el problema ético que esto conlleva. Me refiero a lo que estamos viviendo ahora mismo, en España, en otros países de Europa, en Estados Unidos.... ¿Qué creencias religiosas tenemos y mantenemos? ¿Es que Dios, si es el Padre de todos, nos va a dividir y enfrentar más de lo que ya nos enfrentan los intereses políticos, sociales y económicos?
Por eso, mi pregunta final hoy es tan clara como provocadora: ¿Creemos realmente en Dios? O sea,: ¿No será que nuestras creencias reales son otras y utilizamos a Dios para sacar adelante lo que de verdad nos conviene y nos interesa?Teología sin censura
Un filósofo francés - nada sospechoso de conservador -, Michel Onfray, ha dicho: "La época en que vivimos no es atea. Tampoco parece postcristiana, o muy poco. En cambio, sigue siendo cristiana, y mucho más de lo que parece". Lo que ocurre es que el cristianismo que estamos viviendo es, como se ha dicho seguramente con razón, un "Cristianismo invisible". Nos guste o no nos guste, el mensaje de Cristo se está saliendo de la Iglesia, se va alejando de ella (o quizá sea ella la que se distancia cada día más del Evangelio), y se está imponiendo en el mundo moderno de una "forma laicizada".
Pues bien, así las cosas, recientemente, el conocido sociólogo Frédéric Lenoir ha escrito: "El Cristianismo invisible de la sociedades modernas tiene sus defectos, qué duda cabe, y se basa en una forma secular de trascendencia que fundamenta nuestros valores, pero no se ha encontrado todavía nada mejor para legitimar y aplicar una ética universal de respeto al otro. A no ser que se odie, como lo hace Nietzsche, la igualdad, el amor al prójimo o la sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, no veo en qué sentido son tan nefastos el mensaje judeocristiano y sus avatares laicos o por qué otra formula maravillosa se pueden sustituir. Así pues, con los ojos bien abiertos y la razón crítica en guardia, asumamos serenamente lo que hay de bueno y útil para el hombre en nuestra herencia cristiana. Y reconozcamos, aunque sea de manera provisional, que nuestros ideales necesitan todavía cierta forma de trascendencia para mantenerse en pie. Al fin y al cabo, ¿no es mejor una ética humanista surgida del judeocristianismo que la barbarie?".
Frédéric Lenoir es filósofo y sociólgo, especialista en Historia de las Religiones y ahora es investigador en la École des Hautes Études en Sciences Socialees. Además, es el Director de la prestigiosa revista "Le Monde des Religions".
Pienso que es, por lo menos, pertinente reflexionar con sosiego, sinceridad y anhelo de Dios, en el problema de fondo que aquí se nos plantea. Un problema que, insisto, nos guste o no nos gueste, tenemos que afrontar, en lugar de volverle el rostro o, lo que sería peor, atacarlo desde las vísceras y con poca cabeza.Teología sin censura
El extraño episodio de los "demonios de Gerasa" tiene una sorprendente actualidad. Lo cuentan los tres evangelios sinópticos (Mc 5, 1-20; Mt 8, 28-34; Lc 8, 26-39). No es posible precisar si esta historia sucedió tal como la cuentan los evangelios. Los estudiosos de este asunto no se ponen de acuerdo sobre los detalles históricos. Pero esos detalles no son lo que interesa en este relato. Lo que importa de verdad es lo que este episodio extravagante nos viene a enseñar en este momento. Un momenjto histórico de tantas muertes y de tantas crisis. Me explico enseguida.
El hecho es que, en el territorio de Gerasa (una bellísima ciudad romana, actualmente en Jordania), había una aldea, no lejos del lago de Galilea, en la que (según los evangelios) había tal cantidad de demonios, que se llamaban "Legión". Todos ellos se habían mentido en un hombre. Y lo peor del caso es que eran demonios de muerte. Porque, según cuentan los evangelios, el endemoniado vivía en el cementerio, metido en las tumbas, golpeándose con piedras, con instintos de muerte tan incontenibles que los vecinos de la aldea no podían ni sujetarlo con cadenas. Lo destrozaba todo. Y andaba, como loco, gritando solitario por los montes. Era, sin duda alguna, la expresión más patética de la "legión de la muerte".
Así las cosas, Jesús desembarca en aquella comarca. Y libera a aquel hombre, tan locamente peligroso, de la lagión satánica de muerte que amenazaba a todos y se destruía a sí mismo. Pero el suceso, como es sabido, no acabó en eso. La legión de demonios, al salir de aquel extraño novio de la muerte, le pidió a Jesús que los dejara ir y meterse en una enorme piara de cerdos (unos dos mil) que hozaban tranquilamente enla falda del monte, junto al lago. Jesús les permitió a los demonios que fueran a meterse en los cerdos. Y entonces, inesparadamente, ocurrió lo más extraño del relato. Los dos mil cerdos, impulsados por la legión de demonios, se lanzaron, acantilado abajo, hasta que todo ellos se ahogaron en el mar. Los que, hasta entonces, habían sino "demonios de muerte", pasaron a ser demonios de dinero. Porque es evidente que dos mil cerdos, que ahora valdrían un capital, en aquel entonces serían una auténtica fortuna. Lo más seguro es que los vecinos de la aldea se vieron arruinados.
El hecho es que el pueblo entero salió a pedirle a Jesús que se fuera de allí. Lo cual quiere decir que aquellas gentes, que habían soportado a los demonios de la muerte, no pudieron soportar al que convirtió a tales demonios en en fuerzas incontenibles que, en pocos minutos, los dejaron sin cerdos, es decir, fuerzas que metieron al pueblo entero en una crisis económica que no tenían prevista y cuyas consecuencias desconocemos.
No hace falta calentarse mucho la cabeza para ver la palpitante actualidad de este estrambótico relato. Nosotros ahora somos como los gerasenos de entonces. Toleramos que los demonios de la muerte maten a miles de personas . Demonios del hambre y de la guerra, del paro y de la crisis, demonios vestidos de banqueros y gestores de finanzas, de políticos que se reúnen en Kyoto, Copenhague, Davos, en la Casa Blanca y en todas las casas negras que emsombrecen este mundo tan atiborrado de tantas legiones de demonios, legionarios de la muerte, a los que toleramos gustosamente, y pagamos con el dinero que nos quitamos de la boca. Porque estamos dispuestos a tolerar los instintos de muerte y sus espantosas consecuencias. Dando una ayudida a los niños de Haití, lavamos la conciencia. Pero, ¡amigo mío!, que no nos hablen de organizar la economía de forma que nuestros "cerdos" se precipiten por el acantilado de la crisis. El hecho es tan patente como patético: toleramos mejor un mundo de muerte que un mundo de crisis y soportamos gustosamente a los demonios de los sepulcros, con tal que no les toquen a nuestros cerdos. ¿Qué han hecho con nosotros? ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿No ha llegado la hora de poner las cartas boca arriba y mostrar a las claras lo que realmente tenemos y lo que de verdad buscamos o estamos dispuestos a tolerar, con tal que no nos toquen donde de verdad nos duele?Teología sin censura
Viernes, 17 de febrero
José Mª Castillo
Josemari Lorenzo Amelibia
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José Mª Castillo
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