Teología sin censura

EL DESAMPARO DEL DERECHO

31.01.10 | 08:32. Archivado en Sin censura

Se ha dicho muchas veces que el derecho siempre llega tarde. Y es así. Primero, se cometen agresiones contra las personas. Y luego, las instituciones públicas dictan leyes para castigar a los infractores o para impedir que las agresiones se sigan cometiendo. Es muy extraño e infrecuente que se aprueben leyes para prevenir delitos. Las leyes y los derechos son la respuesta a necesidades sociales que la gente padece y ve que no están resueltas. Por eso se puede afirmar, con toda razón, que el derecho tiene una finalidad de amparo. De la misma manera que se puede asegurar que quienes carecen de derechos son los más desamparados de este mundo. Nunca, por tanto, elogiaremos suficientemente el valor y la importancia del derecho. Pero con tal que hablemos con propiedad del derecho en sentido estricto. Quiero decir, una persona tiene un derecho (propiamente tal) cuando, si se ve privada de él, puede presentar una demanda, con las suficientes garantías de que la demanda será escuchada, acogida y resuelta de acuerdo al imperio de la ley. El que no puede acudir al juzgado de guardia, para denunciar al agresor de un derecho, es que carece de ese derecho. Esto es tan evidente que no necesita más aclaración.

Pues bien, estando así las cosas, se comprende fácilmente el inmenso desamparo que, en el ámbito fundamental de nuestros derechos, nos vemos sumergidos en la presente situación. Porque carecemos de derechos en cosas que son muy importantes en la vida de cualquier ser humano. Baste pensar en los inmigrantes "sin papeles". Seguramente son el ejemplo más patente y más patético de lo duro que es vivir en el desamparo del derecho. Desamparo jurídico porque, cuando uno carece de "papeles", no tiene más posibilidades de salir adelante que la buena voluntad de los demás. Y bien sabemos que la buena voluntad no siempre abunda, sino que, por el contrario, escasea demasiado.

Por eso es importante y urgente que la gente piense, que todos pensemos, en la cantidad de asuntos capitales en los que carecemos de derechos. La vida y los cambios sociales van tan de prisa, que carecemos de instituciones públicas y de leyes que nos puedan amparar y sean capaces de protegernos de los muchos buitres, de las miles de aves de carroña, de las fieras, que gozan de poder y carecen de conciencia en asuntos que son vitales para la humanidad, para los pueblos y para los individuos. Voy a poner algunos ejemplos que explican bien lo que estoy diciendo. 1) Economía: se ha globalizado, es decir, los verdaderos problemas, que generan abundancia o crisis, son problemas de ámbito mundial. Pero no existe una autoridad mundial con capacidad para dictar leyes universales sobre la economía. Y menos aún existe un tribunal penal internacional, con poderes en el mundo entero, para juzgar y castigar a los muchos canallas que tienen poder para dar órdenes a los mercados financieros con la inevitable consecuencia de hundir empresas, arruinar a paises enteros, dejar a millones de travajadores en el paro, etcétera. Eso es lo que se ha hecho en los últimos años. Y se sigue haciendo. Pero, ¿quién juzga a esos buitres de tantan maldad? ¿quién los puede meter en la cárcel? ¿quién tiene capacidad para exigir que devuelvan el dinero que nos han robado a todos? Ahí están, en la calle, como señores respetados y respetables, disfruntando de sus caudales fabulosos. Y todo esto, ¿por qué? Porque vivimos dependiendo de un mercado mundial, al tiempo que no existe ni un derecho financiero mundial, ni un tribunal penal mundial, ni una justicia mundial. 2) Informática. Internet ha llegado hasta los rincones más lejanos del mundo. Y bien sabemos que, con la información que circula libremente, se gana dinero, se hace propaganda, se critica a instituciones y personas, se crean estados de opinión que pueden ser decisivos en la sociedad, se hace mucho bien o mucho mal, se educa o se corrompe a toda clase de personas, y sobre todo se ha creado una red mundial de comunicación en la que la información ha ocupado el lugar del pensamiento. Es decir, sabemos más que nunca, pero cada día pensamos menos, leemos menos libros, tenemos menos espíritu crítico, estamos más dominados por el llamado con razín "pensamiento único". Ya no somos nosotros los que mandamos en la Informática, sino que la Informática se ha hecho la dueña del mundo y manda en todos y en casi todo, por no decir "en todo". O sea, estamos más controlados que nunca y quizá "somos más esclavos que nunca". 3. Religión. Es un asunto que a mí, como creo que a mucha gente, nos preocupa de manera creciente. La religión nos impone obligaciones y deberes, pero no nos da derechos, si es que hablamos del derecho en sentido propio y estricto, tal como antes lo he explicado. Otro día hablaremos de esto más detenidamente. De momento, me limito a decir que, por ejemplo en la Iglesia católica, aunque existe en Código de Derecho Canónico, que contiene 1752 cánones, en realidad los católicos carecemos de derechos eclesiásticos que nos amparen con garantías de verdadera protección jurídica. Y esto es así por una razón muy clara: la Iglesia católica está organizada de forma que los tres poderes (legislativo, judicial y ejecutivo) se concentran en un solo hombre, el papa. De lo cual se sigue que, si un cura o un obispo (pongamos por caso) se ve privado del cargo que ocupa, se entera de que ha sido suspendido "a divinis", etc, etc, ¿a quién recurre? ¿puede poner una denuncia? El canon 1372 dispone que, si alguien recurre a un Concilio Ecuménico o a todo el Colegio Episcopal contra una decisión del papa, debe ser castigado. Todos los presuntos "derechos" que establece el Código de la Iglesia no son derechos en sentido propio. Dependemos de la buena voluntad del párroco, del obispo, del papa, según los casos. Os sea, nuestro desamparo religioso de derecho es asombroso. Al decir esto, tengo la debida cautela de indicar que, no por esto, el papa o los obispos son "buitres" que nos van a comer. No. Ellos mismos son víctimas de un sistema que se quedó atrasado y que, por tanto, no está a la altura de los tiempos.

Sólo he puesto tres ejemplos. Podríamos seguir con una larga lista de derechos, que deberíamos tener, pero que no tenemos. Y así anda todo: literalmente "manga por hombro". Otro día seguiremos hablando de este penoso asunto. Teología sin censura


EL DINERO LE GANA A DIOS

29.01.10 | 11:07. Archivado en Sin censura

Escribo esto con pena. En el morado penitencial de los días de austeridad. Porque siento tristeza y hasta indignación, mucha indignación, al presenciar lo que estamos viendo. Los medios de comunicación nos informan a diario de lo que se dice en el Foro de Davos. Como la semana pasada nos informaban del provocador rapapolvos que el presidente Obama les ha echado a los banqueros, precisamente cuando las primeras de todos los diarios e informativos nos abrumaban con las imágenes de muerte y miseria del deastre de Haití. Y a uno se le revuelven las tripas cuando se entera de que son muchos los bancos que no dejan de cobrar sus comisiones ni siquiera cuando se trata de transferir la generosidad de las buenas personas para remediar las desesperanción de las víctimas del terremoto. ¿Estamos locos? ¿O es que somos tan canallas que hasta nos arañamos lo que está a nuestro alcance aunque eso se haga a costa de hundir más en la miseria a los más desgraciados de este mundo?

Yo no soy economista. Ni sé cómo funcionan los bancos o por qué sube la bolsa. Lo que sí sé (porque lo sabe todo el mundo) es que los grandes bancos y las grandes financieras nos metieron en la crisis eco´nómica que estamos padeciendo. Y ahora resulta que los bancos y las bolsas son los primeros que están saliendo de la crisis. Y, por supuesto, los que más dinero está ganando. Insisto en que no soy economista. Pero, si lo que acabo de decir es cierto (y parece que lo es), resulta evidente que estamos a merced y en manos de una aconomía canalla. Tan canalla, que hacen con nosotros lo que quieren: y ante tanta canallada nos sentimos indefensos. Más aún, han montado la cosa de manera, que ya no podemos escapar de este sistema. No hay más salida que esperar que a ellos (a los que gestionan todo este asombroso y solemne tingalo) les venga bien y les interese sacarnos el dinero y el sudor de otra forma y utilizando otros procedimientos.

¿Solución? A veces, pienso que esto es cuestión de fe. Es como una especie de religión. Es más, lo que hay en juego es una auténtica religión en toda regla. Lo dice el Evangelio: "No podéis servir a dos señores... No podeís servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). Esto supuesto, la cosa está clara: el dinero le ha ganado la partida a Dios. Por eso, mi pregunta es tan simple como quizás ingenua: ¿Dónde, en qué o en quién creemos de verdad? ¿En quién hemos puesto nuestra fe? ¿O es que la religión y las creencias no tienen que ver nada con lo que, en este momento, es el factor más determiannte de la felicidad o la desgracia de millones de seres huamos?
Teología sin Censura


LA "SANA" LAICIDAD

25.01.10 | 18:11. Archivado en Sin censura

En una visita que hizo a París el año pasado, Benedicto XVI defendió públicamente la "sana laicidad" del Estado. A los periodistas llegó a decirles que "la licidad en sí misma no es contradictoria con la fe, sino que la fe es fuente de una sana laicidad". Estas palabras del papa han hecho pensar a no pocas personas que Benedicto XVI ha tomado, en cuanto se refiere a las relaciones de la Iglesia y el Estado, una postura más abierta que la de los obispos españoles. ¿Es realmente así?

Creo que no. Más aún, estoy convencido de que el papa sigue pensando, sobre este asunto, exactamente lo mismo que pensaba el día que fue elegido obispo de Roma. Pocos días después de su elección, el 24 de junio de 2005, en la visita que, como exige el protocolo, el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano hizo al Presidente de la República Italiana, en el palacio del Quirinal, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que dijo: "Es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según las normas que les son propias, pero sin excluir las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino" ("L?Osservatore Romano, 25.VI.5, pg.5). Por tanto, en cuanto se refiere al controvertido asunto de la laicidad del Estado, el papa actual ya hablaba, al empezar su pontificado, como ha hablado recientemente en Francia, de "sana" laicidad. Es decir, para el papa Ratzinger (según parece), no es aceptable la laicidad sin más. Esa laicidad tiene que ser "sana". ¿Y en qué consiste una laicidad "sana"? Si nos atenemos al programa de gobierno que el propio Ratzinger presentó ante el Jefe del Estado Italiano, la laicidad es "sana" cuando no excluye las referencias éticas que tienen su último fundamento en la religión. Por tanto, este papa afirmó sin titubeos, desde el comienzo de su pontificado, que, en todo cuanto se refiere a los comportamientos éticos, la referencia última, o sea la última palabra, la tiene la religión.

Por tanto, la convicción firme del papa actual es que el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano es quien tiene la última palabra en las decisiones de todos los demás Estados que, con sus leyes, puedan afectar a la conducta ética de los ciudadanos. A partir de este supuesto, se puede empezar a hablar de la "sana laicidad" que el papa acepta gustosamente. Todos sabemos los problemas que la llamada "sana laicidad" está creando en los países en los que la presencia de los católicos sigue siendo lo suficientemente fuerte como para que los obispos y los nuncios se sientan con fuerza para enfrentarse a los gobiernos que no favorecen a la Iglesia todo lo que los obispos y, en última instancia, el papa piensan que se han de privilegiar los puntos de vista y los intereses de la Iglesia por encima de los del Estado.

Así las cosas, lo primero que a cualquiera se le ocurre es que la postura del papa representa la pretensión de ingerencia de un Estado (el Vaticano) en los asuntos internos de otros Estados. Es verdad que esto lo hace el Jefe del Estado del Vaticano en cuanto Sumo Pontífice que es y, por tanto, jefe supremo de todos los obispos y de todos los católicos. Ahora bien, así las cosas, nos encontramos con un "poder religioso" que pretende estar por encima de un "poder político". No voy a discutir este asunto echando mano de teorías abstractas. Me voy a referir a algo mucho más concreto. El poder que tiene el papa, como Sucesor de Pedro, no como Jefe de Estado, le viene de Jesucristo. Pues bien, los católicos sabemos que Jesús prohibió severamente a sus apóstoles ejercer el poder como lo ejercen los jefes de la naciones: "No ha de ser así entre vosotros" (Mc 10, 43; Mt 20, 26; Lc 22, 26). Y si esto lo tuvo prohibido san Pedro, es de suponer que lo tienen también prohibido sus sucesores. Pero, sobre todo, si a los apóstoles ( y a sus sucesores) les está prohibido ejercer el poder "como" lo ejercen los jefes de las naciones, mucho más prohibido les estará pretender ejercer el poder "por encima" de los jefes de las naciones". Jesús se refería, por supuesto, a un poder espiritual. Pero es que resulta que el poder, que el papa insinúa tener sobre los Estados, se refiere exactamente a las cuestiones éticas, cuestiones que entran de lleno en lo que llamamos "poder espiritual".

No entro aquí a discutir los problemas filosóficos, jurídicos y políticos que plantea la "sana laicidad" que defiende el papa. Sea lo que sea de esos complejos problemas, lo que yo veo, como estudioso de la teología cristiana, es que el poder que pretende tener el papa no se puede fundamentar en las enseñanzas de Jesús. Es más, si tomamos en serios el Evangelio, esa presunta "sana" lacidad no tiene fundamento alguno para lo que pueden y deben creer los cristianos. Vamos a quedarnos con la laiciadd a secas, que si se acepta y se respeta debidamente, con ella tenemos bastante. Y con ella viviremos en paz y en armonía.

José Mª CastilloTeología sin censura


Nota aclaratoria al artículo anterior

24.01.10 | 09:17. Archivado en Sin censura

Perdonen, una corrección importante a lo dicho a propósito de la "Intolerancia": Al hablar de las "dos españas", lo que he querido decir es que "ahora NO nos matamos por ser de derechas o de izquierdas".

Gracias por vuestra comprensión.

José Mª CastilloTeología sin censura


LA INTOLERANCIA

24.01.10 | 09:04. Archivado en Sin censura

Muchas veces se ha dicho que la intolerancia es constitutiva de los españoles. Eso afirmaban algunos frailes en el siglo XIX. Y lo hemos visto de sobra en el siglo XX, sobre todo desde la república y la guerra civil hasta la insoportable crispación vivida en la pasada legislatura. Pero es un error decir que la intolerancia es característica de tal país, de tal grupo o de tal persona. Intolerantes somos todos. Es más, la intolerancia ya se da en los animales, muchos de los cuales marcan su territorio con sus propios excrementos y luego luchan a muerte para no tolerar que otro les arrebate lo que les pertenece. La intolerancia es natural en el niño, como afán de apoderarse de todo lo que le gusta. Y es que la intolerancia escapa a todo análisis, a toda definición. Como bien ha dicho Umberto Eco, cuando la intolerancia se convierte en teoría, ya es tarde para derrotarla.

Afinando más, P. Ricoeur ha precisado: "La intolerancia tiene su fuente en una disposición común a todos los hombres, que es la de imponer sus propias creencias, sus propias convicciones, dado que cada individuo no sólo tiene poder para imponerlas, sino que, además, está convencido de la legitimidad de dicho poder". Por eso el mismo Ricoeur añade: "Dos son los aspectos esenciales de la intolerancia: la desaprobación de las creencias y convicciones de los demás, y el poder de impedir a estos últimos vivir su vida como les plazca".

Pues bien, si esto se da, de una forma u otra, en todos los seres humanos, la intolerancia aumenta en la medida en que una persona o un grupo se rige más por creencias que por evidencias. Nadie va a ser intransigente por defender que dos y dos son cinco. Pero sí hay mucha gente intransigente por afirmar o por negar la existencia de Dios. Lo que ocurre es que las evidencias son más escasas que las creencias. Y lo peor de todo es que hay demasiada gente que tiene inclinación a convertir en evidencias lo que son meras convicciones que se aceptan o se rechazan libremente.

Por eso las instituciones, que se basan en creencias y las fomentan, tienen el peligro de convertirse en volcanes de intolerancia. Tanto más cuanto más plural es la sociedad y sus ciudadanos. De ahí que, cuando era verdad lo de las "dos españas", en España no se podía vivir ni convivir. La intolerancia nos asfixiaba a todos. Y a muchos les quitó la vida. Ahora, es verdad que nos matamos por ser de derechas o de izquierdas. Pero la intolerancia persiste. Entre otras razones, porque muchos ciudadanos tienen viva la convicción de que la intolerancia da votos. Lo cual, al menos en España, es un camino erizado de dificultades y crecientes amenazas. Y si de la política pasamos a la religión, la cosa es más preocupante. La búsqueda de espacios humanos de tolerancia entre confesiones religiosas no abunda demasiado. Ni en eso hemos avanzado mucho en los últimos años. Si nos referimos al cristianismo, es un hecho que, en el pontificado de Juan Pablo II, se dieron pasos importantes en el diálogo con los líderes de otras religiones y con las otras confesiones cristianas, por ejemplo al aceptar un documento común con los protestantes en el espinoso asunto de la "justificación por la fe", que de forma tan radical planteó Lutero en el siglo XVI. Pero tan cierto como lo que acabo de decir es que, en la Iglesia católica, el papado de Benedicto XVI se está caracterizando, entre otras cosas, por la creciente intolerancia dentro de la Iglesia. Intolerancia entre católicos conservadores y progresistas. Lo cual, hasta cierto punto, es comprensible y ha pasado casi siempre en la Iglesia. El problema más preocupante radica en el hecho de que la cúpula eclesial ha tomado partido, de forma clara y decidida, por el sector más conservador e integrista de la Iglesia. La intolerancia de los que mandan ha encontrado su mejor acogida en la intolerancia de los que más se someten.

Tal como están las cosas, en este momento de crisis y dificultades, lo que menos necesitamos es intolerancia. Esa postura no es buena ni para la sociedad, ni para la Iglesia. Es bueno saber que los tiempos de más prosperidad para la Iglesia fueron los tiempos en que los cristianos se hicieron más receptivos y tolerantes. La primera gran expansión del cristianismo se produjo en una "época de angustia" (E. R. Dodds). Antes de Constantino, cuando se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia, fue cuando la Iglesia, en lugar de cerrarse sobre sí misma, se hizo más tolerante con las gentes de entonces, que se sentían más desamparadas que nunca. Debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la Iglesia se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa de verdad por nosotros. Sin duda alguna, el mejor servicio que las religiones pueden prestarnos a todos, en la difícil situación en que estamos entrando, no es presionar más sobre la gente con intolerancias que pocos entienden y soportan. Lo que más necesitamos todos no es intolerancia, sino respeto y acogida. En cualquier caso, lo que menos falta nos hace ahora mismo es seguir levantando barreras de intolerancia con los excrementos que nos dividen y nos enfrentan.

José Mª CastilloTeología sin censura


HUMANIZAR A DIOS

22.01.10 | 11:35. Archivado en Sin censura

En la clausura del Parlamento de las Religiones, celebrado en Barcelona, hace más de un año, Federico Mayor Zaragoza, presidente de Cultura y Paz y exsecretario general de la Unesco, dijo esto: "Apelo a las religiones a que eleven juntas sus voces en favor del entendimiento y en rechazo del proceso acción-represalia en que está metido el mundo".

Esto es lo que las religiones tendrían que hacer. Pero, ¿lo hacen? Sabemos hasta qué punto las religiones han sido, con frecuencia, agentes de violencia y de muerte. No me refiero solamente a las guerras de religión de otros tiempos. La barbarie del terrorismo suicida, que se disfraza de fe en Dios y de esperanza en la "otra vida", está logrando que la gente que deteste cualquier forma de religión. Impresiona el éxito mundial que ha tenido La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. ¿Qué extraña sintonía o atracción han encontrado millones de personas ante la representación "religiosa" de tanta crueldad y tanta sangre? Por otra parte, uno de los acontecimientos más preocupantes de finales del siglo XX ha sido la expansión alarmante, dentro de las tradiciones religiosas más importantes, de movimientos militantes conocidos como "fundamentalismos" (Karen Armstrong). Y sabemos hasta qué punto los grupos "integristas" son los más favorecidos, tanto entre los protestantes de USA, que aplauden a Bush, como entre los católicos más reaccionarios que son apoyados por Roma.

Como es lógico, yo no pretendo, en los reducidos límites de un artículo, analizar las misteriosas y profundas razones que explican la relación entre religión y violencia. Aquí me limito a plantear una pregunta que, en cualquier caso, toca fondo en este asunto. ¿En qué Dios creen quienes invocan motivos religiosos para justificar cualquier forma de violencia? Me refiero a toda forma de violencia. No sólo a la de las guerras o el terrorismo. Estoy pensando también en la violencia que supone privar a las personas de su libertad, de sus derechos, de su dignidad. Más aún, estoy pesando en la violencia que margina o excluye a grupos enteros, como es el caso de las mujeres, los homosexuales, los que provienen de otros países, otras religiones, otras culturas. Y, sobre todo, estoy pensando en la violencia de un Dios que necesita la sangre de su Hijo para perdonar y salvar a los que le ofenden, o sea que necesita sacrificio, violencia y muerte para perdonar las ofensas que recibe. Resulta aterrador pensar que Dios sea efectivamente así. Porque de semejante Dios se puede temer cualquier cosa. Y, lo que es peor, los representantes de ese Dios en la tierra se pueden sentir autorizados para prohibir o imponer lo que sea. ¿Se comprende ahora por qué hay imanes que predican la "guerra santa", rabinos que bautizan a los tanques con el esperpéntico nombre de las "torres de Dios", o sacerdotes cristianos que prohíben usar el preservativo aun a sabiendas de que eso va a servir para que el sida se propague y mate a miles de criaturas?

Estoy hablando de cosas que entrañan una gravedad extrema. Ahora bien, todo esto no tendrá solución mientras no tengamos la libertad y la audacia de afrontar el problema de fondo. El problema que consiste en saber si podemos imaginar a Dios, no sólo distante de lo humano, sino incluso (en no pocos casos) enfrentado a lo humano y hasta rival de lo más humano que hay en nosotros. Digo esto porque, si las religiones han deshumanizado tantas veces a la gente, eso se explica porque las religiones han creído con frecuencia en dioses sencillamente inhumanos.

Por eso, la primera tarea que tendrían que plantearse las religiones, en este momento, debería ser el empeño por depurar sus representaciones de Dios de cuanto pueda presentar a la divinidad enfrentada (de la manera que sea) a la humanidad. Los cristianos creemos en el misterio de la "encarnación". Con eso queremos decir que, cuando hablamos de ese "misterio", nos estamos refiriendo, no sólo de la divinización del hombre, sino igualmente de la humanización de Dios. Es decir, en Jesús de Nazaret, Dios se nos ha dado a conocer fundido y confundido con lo humano. Por eso, Jesús nos enseña a pensar la trascendencia de Dios de otra manera. Cuando Dios, en Jesús, se identifica con todo lo que es sufrimiento y desamparo en este mundo (Mt 25, 31-46), lo que en realidad está diciendo es que Dios nos trasciende, no porque tiene más poder, más saber y más grandeza que todos nosotros, sino porque es tan profundamente humano que en él queda superada y desterrada cualquier forma o manifestación de inhumanidad. Es verdad que a los cristianos nos resulta difícil entender esto así. Porque la imagen de Dios, que muchos tienen en su cabeza, es una mezcla del Dios del Antiguo Testamento, el Dios de la filosofía griega y el Padre que nos enseña el Evangelio. O sea, una mezcolanza de la que no puede resultar sino mucha confusión y dudas insolubles.

La amenaza de las religiones consiste en que, con frecuencia, deshumanizan a sus adeptos y provocan conductas inhumanas. La fe cristiana nos dice que solamente podemos creer en Dios en la medida, y sólo en la medida, en que seamos tan profundamente humanos que no seamos capaces de hacer daño a nadie y, sobre todo, cuando lleguemos al extremo de saber que encontramos a Dios haciendo felices a los demás.

José Mª CastilloTeología sin censura


LA "CONVERSIÓN DIABÓLICA" DE DIOS

20.01.10 | 11:34. Archivado en Sin censura

El abandono de las prácticas religiosas y la creciente militancia de los ateos contra la creencia en Dios son hechos que están a la vista de todos. El año pasado, los autobuses de ciudades importantes llevaron grandes anuncios en los que se decía "Probablemente no hay Dios, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida". ¿Se puede decir tranquilamente que las gentes que piensan así son malas personas que proceden por turbios intereses? Los hechos no avalan semejante explicación. Porque gente buena y mala la hay en todas partes, entre los ateos, los agnósticos y los creyentes. Por tanto, que nadie intente despachar este problema echando mano de explicaciones éticas, de tipo moralizante. El problema no está en nada de eso. ¿Dónde entonces?

No es lo mismo hablar de Dios que hablar de religión. Ni Dios es una pieza más (la más importante) de la religión. Más aún, uno puede estar de acuerdo con la búsqueda de Dios y en completo desacuerdo con las religiones. Es más, se puede afirmar con seguridad que, con demasiada frecuencia, lo que han hecho las religiones ha sido desfigurar a Dios y presentarlo de tal manera que a muchas personas se les hace muy difícil, por no decir imposible, creer en él. ¿Por qué?

Cuando hablamos de Dios, en realidad ¿de qué estamos hablando? Lo que especifica a Dios, lo que lo diferencia radicalmente de todo lo que no es Dios, es que Dios es el Trascendente. Es decir, Dios es específicamente el que "trasciende" nuestra capacidad de conocimiento. Por tanto, Dios está más allá de todo cuanto puede alcanzar nuestra razón. O sea, lo más exacto que podemos decir de Dios "en sí mismo" es que no podemos conocerlo. Porque está más allá del campo puramente inmanente de nuestra capacidad de conocer. Entonces, cuando las religiones nos dicen que Dios es así o de otra forma, que Dios dice esto o lo otro; o que quiere tal cosa, las religiones ya no hablan de Dios "en sí mismo", sino de las "representaciones" de Dios que nos hacemos los humanos. Porque cuando Dios, que está más allá del horizonte último de nuestra capacidad de conocer, entra en el campo inmanente de lo que nosotros podemos alcanzar con nuestra razón, entonces ya no estamos hablando de Dios en sí mismo, sino de la representación o de la objetivación de Dios que nosotros nos hacemos. Se produce entonces lo que Paul Ricoeur ha llamado acertadamente el proceso de "conversión diabólica", en virtud del cual el Absoluto, el Trascendente, degenera en "objeto". Insisto: nosotros no tenemos capacidad de acceso nada más que a los objetos que están a nuestro alcance. Y eso no es sino la "objetivación" de Dios.

¿Quiere esto decir que Dios es un invento de los hombres? La existencia de Dios no se puede demostrar por la razón. A Dios sólo tenemos acceso por la fe. Y la fe es una decisión libre que tiene su razón de ser en las incontables limitaciones que son propias de la condición humana. De ahí que la fe en Dios tiene su explicación en los anhelos más profundos del ser humano. Anhelos de humanidad, de plenitud de vida, de felicidad. Anhelos a los que la condición humana por sí sola no puede responder. De ahí, la búsqueda de Dios, que trasciende las inevitables limitaciones de lo humano.

Si Dios tiene alguna razón de ser, es encontrar respuesta a los anhelos más profundos de los seres humanos. Lo cual quiere decir que un Dios, que entra en conflicto con lo verdaderamente humano, no puede ser Dios. Por eso el problema no está en Dios. Está en las religiones que nos representan a Dios, no como respuesta a los anhelos que son comunes a todos los seres humanos, sino de acuerdo con los intereses y conveniencias de los "hombres de la religión" quienes, a su vez, representan intereses y conveniencias de las que ni los mismos "religiosos" son conscientes. Intereses y conveniencias que, en lugar de fomentar la fe en Dios, lo que consiguen es alienar la fe haciéndola odiosa. Y haciendo además insoportable la práctica religiosa. Si los autobuses de Londres le van a decir a la gente que probablemente no hay Dios y que, por eso, se dediquen a disfrutar de la vida, es evidente que las religiones presentan a Dios como un ser incompatible con el disfrute de esta vida. ¿Y nos vamos a extrañar de la que haya mucha gente que quiera sacudirse el peso insoportable de instituciones y poderes que, en nombre de un desconocido Absoluto le prohíben o limitan a la gente la dicha y el disfrute de vivir?

La cosa está clara. Mientras las religiones se aferren a un Dios que entra en conflicto con lo humano, con la felicidad, la dignidad, la libertad y el disfrute de la vida, cosas a las que tenemos derecho los humanos, ni Dios ni la religión tienen futuro. Con el mayor respeto posible a otras tradiciones religiosas, me permito recordar que el cristianismo tiene su punto de partida en la "encarnación de Dios", que es la "humanización de Dios". En la encarnación, Dios renuncia a su poder y su gloria, nace en la miseria de un estableo y muere en la exclusión de un esclavo y un subversivo, en una cruz. Y no hizo eso para aguarnos la fiesta de la vida, sino porque no soportó a los hombres de la religión que, en nombre de Dios, hacían (y siguen haciendo) insoportable el yugo de la religión.

José M. CastilloTeología sin censura


HA NACIDO OTRA CONTRACULTURA

18.01.10 | 20:23. Archivado en Sin censura

El término "contracultura" estuvo de moda en mayo del 68. Fue entonces cuando Theodore Roszak publicó un libro excitante ("El nacimiento de una contracultura") que llamó mucho la atención, sobre todo entre la juventud de Estados Unidos. Roszak decía: "Entendemos por contracultura una cultura tan radicalmente desviada o desafecta a los principios y valores fundamentales de nuestra sociedad, que a muchos no les parece siquiera una cultura, sino que va adquiriendo la alarmante apariencia de una invasión bárbara". Era el tiempo de los jipis, las revueltas juveniles en las universidades, los Beatles, la lectura apasionada de H. Marcuse o de "El Extranjero" de A. Camus.

Movimientos contraculturales los ha habido desde tiempos remotos. Roszak recordaba la "invasión de los centauros", que quedó plasmada en el frontón del templo de Zeus en Olimpia. Ebrios y furiosos, los centauros invaden las fiestas civilizadas que se están celebrando. Pero surge un severo Apolo, guardián de la cultura ortodoxa, que se adelanta para recriminar a los perturbadores y echarlos fuera. Era una buena imagen para representar lo que estaba pasando en los añorados y denostados años 60. Los centauros (pensaba Roszak) eran los jóvenes de entonces, que irrumpieron en la sociedad de aquel tiempo, con una concepción de la vida que nada tenía que ver con la cultura dominante.

Arnold J. Toymbee vio en el cristianismo primitivo otro de los grandes movimientos contraculturales de la historia. A juicio del historiados inglés, los primeros cristianos fueron los "proletarios desheredados", que, a partir de unos valores radicalmente nuevos, influyeron decisivamente en la trasformación del Imperio Romano. Es verdad que la tesis de Toymbee necesita ser matizada (P. Heather). Pero lo importante, en cualquier caso, es que los "centauros" de los años 60 no fueron precisamente proletarios, sino intelectuales. Y aquí es donde llegamos al punto que interesa en este momento. Estamos asistiendo al nacimiento de otra contracultura: la aparición de valores, formas de pensar y pautas de conducta que a casi todos nos tienen desconcertados. Porque los promotores de la nueva situación no son ya ni los proletarios, ni los intelectuales. Hemos entrado de lleno en nueva etapa de la historia, en la que no interesan los proletarios ni lo que ellos representan; y en la que los intelectuales se van extinguiendo como una especie que se precipita hacia su desaparición. No hace mucho me decía el director de una editorial importante: "ya hay una generación entera que no lee". Hay ya demasiada gente a la que le basta con internet. Basta apretar el ratón del ordenador para tener cantidades abrumadoras de información. Pero, teniendo tanta información, no se sabe qué hacer con ella. Ni se sabe a dónde vamos, acumulando tanto saber, pero sin saber para qué sirve. Ni se sabe estructurar un pensamiento. Y menos aún, un pensamiento crítico. A fuerza de publicidad, consumo y bienestar, nos han embrutecido hasta el punto de que, pensando que somos libres, en realidad nos tienen más controlados que nunca. Pero controlados, ¿para qué? Eso no lo saben ni los que nos controlan. Cuando más sabemos de política, la política está más desprestigiada que nunca. Cuando más sabemos de economía, la economía se ha metido en la peor de todas sus crisis. Cuando más se habla de ética, hay más corrupción. Cuando es tan frecuente hablar de curas y obispos, las iglesias están vacías y las religiones andan a la greña, perdiendo credibilidad a marchas forzadas.

¿Qué nos está ocurriendo? Una ciencia para potenciar la tecnología, y una tecnología que ya es imposible abarcar, todo eso al servicio de los intereses de una economía desbocada, esas tres cosas, ciencia, tecnocracia y capital, la nueva trinidad que manda en el mundo, ha desplazado al pensamiento, se ha dado cuenta de que le estorba el proletariado y su enorme potencial de transformación histórica; como igualmente le estorban los intelectuales que piensan en la realidad desde una postura libre y crítica, capaz de darle un giro distinto a este cúmulo de despropósitos y desconciertos. Cuando hay tanta gente que ya no quiere pensar, sino a lo sumo entretenerse, mal van las cosas. Hoy es elocuente visitar una librería. Casi todo lo que se publica es narrativa, novela, historia, cuentos..., muy poco de ensayo y casi nada de pensamiento serio, que vaya al fondo de las cosas. A lo sumo, se reedita y se repite lo que otros pensaron en tiempos pasados y para situaciones que no son las nuestras. Así las cosas, en este desbarajuste de hechos y decisiones que no sabemos a dónde nos llevan, sólo somos capaces de pensar en la salida de la crisis. ¿Para qué? Para recuperar las condiciones de vida que nos metieron de lleno en la crisis. Y no hablo sólo de crisis económica. Cuando estamos dispuestos a tropezar de nuevo en la misma piedra, no cabe duda de que esto tiene muy mala pinta. Yo no tengo la solución. Me limito a pedir que entre todos la busquemos.

José M. CastilloTeología sin censura


DESPUES DEL TERREMOTO: ¿AYUDA O CAMBIO?

17.01.10 | 09:40. Archivado en Sin censura

El 1 de Noviembre de 1755, Lisboa quedó arrasada por un terremoto en el que murieron más de 90.000 personas, en una ciudad que, por aquel entonces, tenía unos 275.000 habitantes. Aquella espantosa desgracia, como es bien sabido, representó un motivo determinante en el proceso de la Ilustración. Basta leer al Voltaire o Kant para hacerse una idea de lo que acabo de apuntar. Digo esto cuando todavía están sacando cadáveres de la ciudad de Puerto Príncipe donde, según las estimaciones que se han podido hacer hasta ahora, las víctimas mortales del desastre de Haití pueden llegar a los 150.000 muertos.

Así las cosas, la pregunta que hay que afrontar es clara: ¿ayuda o cambio? Por supuesto, la ayuda es lo más urgente. Cuando miles de criaturas se mueren de hambre y de sed, cuando los heridos se debaten luchando entre la vida y la muerte, sería insensato y cosa de locos centrar nuestras preocupaciones en discutir sobre las causas últimas de la exitencia del mal en el mundo. Lo que importa, en este momento, es ayudar a los damnificados a salir, cuanto antes, de la situación desesperada en que se ven metidos. Por eso, todo lo que derrochemos en generosidad siempre será poco, si tenemos en cuen ta lo que el país más pobre de América necesita sin demora.

Pero, tan cierto como lo que acabo de decir, es que la con la sola ayuda, no afrontamos responsablemente el problema que nos ha venido a plantear la catástrofe de Haití. Mi idea es que, si el teremoto de Lisboa fue un argumento más para caer en la cuenta de que el mundo no podía seguir como hasta entonces, algo parecido es lo que el terrmoto de Haití nos está diciendo en este momento. Estas enormes hecatombres nos plantean problemas que tocan fondo en la vida. Pienso yo ahora como, no hace mucho, pensaba Johan Baptist Metz, uno de los grandes de la Teología, que todavía nos quedan en vida. Hablaba Metz de cómo situarse "en medio de las historias de sufrimiento y catástrofes de nuestra época". Desde este punto de vista, ha dicho - con toda la razón del mundo - el conocido profesor de la Universidad de Münster - que el espantoso espectáculo de Auschwitz es para los ciudadanos de nuestro tiempo un auténtico "ultimatum". Auschwitz (y ahora Haití, como antes el tsunami de Indonesia) "señala un horror situado más allá de toda teología conocida, un horror que hace que todo discurso descontextualizado sobre Dios parezca vacío y ciego". Si algo vieron claro los hombres más lúcidos del s. XVIII, es que con las ideas que tenían, en aquellos tiempos, sobre el poder y sobre la vida, sobre Dios y sobre la religión, sobre la política y el derecho, no iban a ninguna parte. Por eso ellos se dieron de que había que cambiar, darle a la sociedad y a la historia un giro nuevo y una orientación distinta. Sin duda, aquellos hombres se equivocaron cuando le concedieron tal valor a la razón, que, con el paso de los años, se ha llegado al esperpento de que aún quede gente que vea "razonable" el Holocausto nazi, como 2razonables" se han visto tantos otros holocaustos de los que ahora nos avergonzamos.

Pero, en todo caso, lo más evidente, que tenemos ante la vita en este momento, es que un mundo, con tanto poder, como el que hay ahora mismo, y con tan pocas ideas para gestionar y orientar ese poder, como ocurre en este momento, sin instituciones que gestionen con eficacia el derecho y la economía, la política y la ciencia, la religión y la convivencia, la justicia y la dignidad de las personas, un mundo así va derecho y de prisa a precipitarse en un vacío sin solución y sin retorno. La catástrofe de Haití ha venido a decirnos a todos que, no sólo los habitantes de aquel país están hundidos en una situación desesperada. No. Somos los habitantes del mundo entero los que, ahora mismo vagamos sin rumbo, por más seguridades que nos ofrezcan los políticos optimistas. Y por más amenazas que nos prediquen los obispos desorintados. Ni con el poder de esos políticos, con el Dios se semejantes teólogos, podremos darle a todo esto un giro de esperanza para las generaciones que nos van a suceder.

¿Hay solución? ¿Tenemos alguna pista para orientarnos? Nos queda nuestra propia humanidad. Lo que más necesitamos es humanizarnos, ser más profundamente humanos, superando las deshumanización que nos lleva derechos al desastre. No es pesimismo. Ni amargura. Y menos aún resentimiento. Lo que afirmo es precisamente todo lo contrario: SI SOMOS FIELES A NUESTRA PROPIA HUMANIDAD, CONTAMOS CON MEDIOS PARA QUE EL MUNDO FUTURO SEA MÁS HABITABLE E ILUSIONANTE.Teología sin censura


MUNILLA: COMPRENDO A LOS CURAS VASCOS

15.01.10 | 07:53. Archivado en Sin censura

Escribo en rojo por la indignación que tengo. Lo que ha dicho el nuevo obispo de San Sebastián, Mons. Munilla, es mucho más grave de lo que sin duda él se imagina. Y de lo que muchas personas sienten ante semejante disparate. Por supuesto, lo más horrible es el desprecio por el sufrimiento y la muerte de tantas criaturas. Para una persona que cree en Dios, lo más sagrado es la vida humana. Porque, para los creyentes, Dios es el autor de la vida. De ahí que el obispo Munilla es un individuo que empieza por menospreciar la vida humana, ya que ha dicho claramente que aprecia más la moralidad o la espiritualidad religiosa. Dicho más claramente, Munilla valora más la religión que la vida. Con lo cual, lo que en el fondo está diciendo este obispo es que aprecia más los mandatos religiosos que la seguridad y la dignidad de la obra fundamental de Dios, que es el ser humano. Lo cual, en última instancia, equivale a decir que Munilla cree en un Dios para el que es más importante la observancia religiosa que la vida. Con lo cual desembocamos inevitablemente en un Dios detestable, que resulta sencillamente insoportable.
No se imagina Munilla el daño que le está haciendo a la causa de Dios y de la religión. Porque un Dios como el de este obispo, y una religión como la de este mitrado, todo eso es intolerable, da asco, resulta repugnante. Entiendo que las iglesias se queden vacías, que la gente hable mal de la Iglesia. que los curas vascos se resistan a recibir a un pastor que antepone la muerte de sus ovejas a la dignidad de su pastoreo.
Y que nadie me venga diciendo que, al decir estas cosas, estoy desprestigiando a la Iglesia. ¡Por favor! Son estos obispos los que están destrozando la dignidad de la Iglesia y el respeto que se merece la bondad de Dios. Si hablo de esta manera, no es porque la Iglesia no me importe. Hablo así porque me importa mucho. Me importan los misioneros y misioneras que estos días están sufriendo con el sufrido pueblo de Haití. Y me importa el Dios en el que creen estas personas tan generosas. En ese Dios creo. Porque creo en la vida y en la dignidad de la vida.
Y todavía, algo fundamental: yo le ruego al obispo Munilla ( y a quienes piensan como él) que lea los profetas de Israel, que lean a Is 1, 11-18; 58, 6-9; 66, 1-3; Jer 7, 4-11: Eclo 34, 18-22. Son sólo algunos ejemplos de aquellos hombres de Dios que aseguraban que les daban asco los sacrificios y los cultos del templo, las ceremonias de los sacerdotes, los rituales de los curas de entonces. Y todo esto, por una sola razón: Porque anteponían la religión a la vida. Y preferían los derechos de la religión a los derechos de la vida. La historia sigue. Y nosotros seguimos, como los antiguos israelitas, teniendo que soportar disparates tan sin pies ni canbeza como los que nos acaba de regalar este pobre hombre al que le han puesto una mitra en la cabeza, una mitra que ha sido el apagavelas de la inteligencia.
Nota final: Lo más seguro es el Sr. Munilla no va a leer lo que aquí escribo. Pero si lo lee, por favor le pido que me conteste y me diga en qué estoy equivocado. Y ya, puestos a decir, que diga en qué se equivocaron los grandes profetas bíblicos que atacaron tan duramente al clero de aquellos tiempos porque veían que el templo y sus sacerdotes se interesaban más por "lo religioso" que por "lo humano". ¿Es que Munilla no se ha enterado todavía de que Jesús dijo: "Lo que hicisteis por uno de éstos, a Mí me lo hicisteis"?
Teología sin censura


DIOS Y EL TERREMOTO DE HAITÍ

14.01.10 | 19:00. Archivado en Sin censura

Empiezan a entrar comentarios sobre el terromoto de Haití en los que algunos se preguntan lo que se pregunta mucha gente: Si Dios existe, ¿cómo permite estos desastres con todo el sufrimiento que causan? Mi respuesta es clara: Si Dios existe y es como nosotros nos lo imaginamos, es decir, con poder para impedir que pasen estas catástrofes, ese Dios es un canalla, un criminal sádico. Y no vale aquí echar mano del fácil argumento según el cual Dios es un Misterio. Un "Misterio criminal" sigue siendo criminal, por muy Misterio que sea. Por tanto, mi convicción es que el poder de Dios no es, no puede ser, como nosotros nos lo imaginamos. Nunca deberíamos olvidar que Dios es el Trascendente. Y eso quiere decir que Dios nos trasciende, o sea, no está a nuestro alcance. No podemos saber cómo es. Lo único que sabemos es que el mundo, el planeta, la naturaleza, todo eso es como es. Y no podemos saber si existe algún responsable de que pasen estas cosas. No olvidemos que el relato de Adán y Eva, en el Génesis, es un mito, elaborado por culturas antiguas. Un mito con el que se pretendía culpar al hombre para exculpar a Dios, es decir, según el mito adámico, el mal existe porque el hombre pecó, o sea el culpable del mal y el sufrimiento es el hombre. Pero eso no pasa de ser un mito. Dar, desde ese mito, el salto a la "trascendencia" y así hacernos una idea de Dios sobre el que cargamos todo lo malo que pasa en el mundo, eso es el mayor disparate y la más peligrosa equivocación que han cometido las religiones. En definitiva, lo único sensato que se puede decir en este momento es que el mundo es como es. Y a nosotros, lo que nos toca, es procurar que este mundo funcione de tal manera que en él se pueda remediar o aliviar el sufrimiento lo más y lo mejor posible. Por ejemplo, tenemos que luchar para que la economía mundial se gestione de forma que se puedan aliviar estas desgracias. Todo lo que no sea ver así el problema, es meternos en un callejón sin salida, en el que tendremos además que convivir con un Dios maldito. Tan maldito, que maldita se la hora en la que nos lo enseñaron así, tan criminal y tan peligroso. Teología sin censura


EL TERREMOTO DE HAITÍ Y NOSOTROS

14.01.10 | 15:33. Archivado en Sin censura

Ante la hecatombre sobrecogedora que ha hundido más aún en la muerte y la miseria al país más pobre de América Latina, el mundo rico y opulento, en el que nos gastamos cantidades asombrosas de millones en cosmética y animales de compañía, en drogas y otras adicciones, en lujos y caprichos (muchos de ellos sin pies ni cabeza), se emociona y se conmociona, se moviliza enviando ayudas y haciendo, a veces, verdaderos heroísmos y tomando decisiones de enorme generosidad. Todo eso está muy bien. Todo eso es altamente meritorio. Hay que hacerlo. Porque quedarse impasible, ante tanto dolor y tanta muerte, sería una crueldad sin nombre. Pero quede constancia de que el Mundo Rico, y cuantos en él disfrutamos de lo mejor del mundo, no lava su conciencia dando limosnas a Cáritas o Cruz Roja, pongamos por caso. Esta catástrofes ocurren porque la Naturaleza es como es. Pero se agravan, hasta el terror absoluto, porque nosotros somos como somos. Un terremoto en Haití e en Centroamérica no es lo mismo que en California o Japón. Cuando ocurre una desgracia de esta magnitud, mucha gente se limita a decir que los pobres son los más desgraciados. Porque es a ellos a quienes les vienen encima las peores calamidades. Si tales calamidades son tan graves, precisamente en los países pobres, eso no ocurre así por casualidad. Ocurre porque en esos países las casas están peor hechas, hay menos hospitales, menos médicos, menos bomberos, peores medios de prevención... Todo, absolutamente todo, está peor preparado para afrontar una situación así. Hace años, a mí me pilló en la ciudad de San Francisco, en California, un terremoto de casi tantas intensidad como el que ha destrozado la capital de Haití. Allí no pasó nada, absolutamente nada. Aquello no fue ni noticia en los medios de comunicación. Porque todo, en un país tan rico, está perfectamente preparado para que que los terremotos, que allí son frecuentes y muy fuertes, jamás causen el desastre que ha ocurrido en ese país de tanta miseria y carencias como es Haití. ¿Qué quiero decir, al escribir esto? Quiero decir que la culpa de lo que ha ocurrido en Haití la tiene el sistema económico mundial, es decir, el sistema capitalista. Y ahí es donde tenemos que centrar nuestro interés y nuestras preocupaciones. Bueno y urgente es mandar ayudas a Haití. Pero más urgente es que caigamos en la cuenta de que ya es hora de plantar cara a este sistema criminal y canalla, que gestiona la economía global de manera que, a unos pocos nos toca el 80 % del pastel, mientras que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta se tienen que contentar con lo poco que nosotros les dejamos. Este espantoso desequilibrio no se arregla ahora mandando una limosna.
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LA RELIGIÓN DE KAKÁ

12.01.10 | 14:41. Archivado en Sin censura

Esta pasada noche, en un programa deportivo de amplia audiencia y que se transmite desde la capital de España, el famoso jugador de futbol del Real Madrid, Kaká, dijo - en respuesta a un locutor de radio - que él es profundamente cristiano, que lee la Biblia todos los días, y que llegó virgen al matrimonio. Esto ha llamado la atención a mucha gente. Y hoy es tema de comentarios elogiosos en no pocos medios. Lo cual es perfectamente comprensible. Porque no es frecuente, entre los jóvenes de la edad de este futbolista, ni decir a boca llena que son creyentes, ni mantenerse fieles a las prácticas religiosas, ni leer la Biblia todos los días, ni por supuesto vivir con tanta pureza de cuerpo y espíritu. Además, no tenemos derecho a dudar ni de la sinceridad del joven Kaká, ni de la verdad objetiva de lo que afirma. Se trata, sin duda, de un chico excepcional, como deportista profesional y como hombre religioso. Pero conste que, si yo saco aquí a colación el "caso Kaká", no es sólo por lo que acabo de decir. Además de eso, a mí al menos, me da que pensar lo que no se suele decir en esta historia. Me refiero a la cantidad de millones de Euros que cobra Kaká en el Real Madrid (he oído que son seis al año). Y a eso habrá que sumar la cantidad de dinero que cobra por venta de camisetas y publicidad, sumas de dinero que sólo Kaká sabrá a lo que alcanza. Al decir esto, no pretendo quitar mérito alguno a este joven ejemplar. Porque bien puede suceder que dedique cantidades importantes del dinero que gana para fines de solidaridad con gentes necesitadas del tercer mundo, para ayudar a instituciones culturales o para otras causas nobles. Sabemos de otros futbolistas que lo hacen, como ocurre con Casillas, Kanouté, Etoo y tantos otros cuyos nombres no sabemos. No es mi intención - insisto - poner en duda la generosidad de Kaká. Si hablo aquí de este asunto es porque me producen malestar y, a veces náusea, los elogios a la religiosidad, cuando esos elogios se limitan a ponderar las prácticas religiosas, las ortodoxias doctrinales y el puritanismo sexual. Yo no pongo en duda las excelencias de la práctica religiosa, de la fidelidad doctrinal y de la pureza angélica. Lo que me fastidia es que la ejemplaridad religiosa se reduzca a esas cosas y, al mismo tiempo, no se le conceda la importancia que merece lo más serio de la vida: la actitud que cada cual tiene ante el dinero, por causa de lo que gana; y por causa de lo que gasta y en qué lo gasta. Y ya, puestos a hablar de este espinoso asunto, en España sabemos que los futbolistas extranjeros son seguramente los que menos impuestos pagan a la Haciendia pública. Por eso España es un paraísfo fiscal para futbolistas. Y ahora, cuando el Gobierno anuncia que les va a subir los impuestos, para equipararlos a los de la Unión Europea, han saltado las voces de alarma y de protesta. En todo caso, que yo sepa al menos, el futbolista Kaká no ha dicho en público que quien gana tantos millones en España es razonable que en España pague al fisco lo que pagan (proporcionalmente) los inmigrantes que vienen a este país a ganarse la vida. ¿Hasta cuándo vamos a practicar un cristianismo a la carta? Quiero decir, ¿hasta cuándo vamos a tomar del Evangelio lo que nos resulta más fácil (leerlo, por ejemplo) y vamos a aparcar lo que nos complica la vida? ¿cuándo nos vamos a convencer de que no se puede creeer, a la vez, en Dios y el dinero? Entonces, ¿en qué consiste la verdadera religiosidad? Además, a mí me da igual la religión que practique o dejar de practicar cada cual. Lo que me importante - y nos tendría que importar a todos - es la vida que lleva cada cual y la postura concreta que adopta ante sus responsab ilidades como ciudadano de este mundo. Teología sin censura


MUERTE EN AFRICA

11.01.10 | 10:31. Archivado en Sin censura

Estos días es noticia la brutal agresión que han sufrido los furbolistas de la selección de Togo que han ido a participar en la Copa de futbol de Africa. Han muerto tres personas y otros están heridos, alguno de ellos de gravedad. Y es lógico que esto sea noticia mundial. Porque se trata de un acontecimiento de resonancia mediática mundial. Y porque los agredidos han sido los jugadores de una selección nacional. Todo esto es comprensible. Lo que no es posible comprender es que tres muertes den tanto que hablar cuando sabemos que esas muertes se han producido en un continente en el que, por ejemplo, sólo la tuberculosis causa 540.000 muertos al año. Esto es lo que nos dice el último informe oficial de la OMS. Si a eso sumamos los muertos por el sida, la malaria y, sobre todo, el hambre y la malnutrición, no es ningún disparate asegurar que estamos asistiendo a un genocidio mucho más espantoso que el del Holocausto, que causó la barbarie y la aterradora brutalidad del nazismo, en la segunda guerra mundial. Desde que ocurrió aquella espantosa catástrofe, se han escrito cientos de libros sobre el tema. Y se ha analizado al detalle la maldad de los causantes de tanto dolor, tanta humillación y tanta muerte. Pero un punto capital que no ha analizado debidamente. Me refiero al silencio cómplice de quienes sabían lo que estaba pasando y no dijeron ni palabra. Es más, da miedo pensar que todavía hay gente que se empeña en defender que aquello no sucedió. ¿Podemos ser tan salvajes los humanos? ¿Nos podemos considerar "humanos" quienes vivimos tranquilamente en circunstancias de tanta "inhumanidad"? Por Internet circulan diversos videos sobre el Holocausto. Como los hay también sobre el genocidio de Africa al estamos asistiendo con los brazos cruzados y los labios cosidos por el miedo y la desvergüenza. Recuerdo aquí la palabras de Edmund Bunke: "Todo lo que es necesario para el triunfo del mal es que los hombres de bien no hagan nada".
¿No tendría que ser noticia de primera página, todos los días, en toda la prnsa del mundo undial, "HOY HAN MUERTO EN AFRICA MÁS DE 30.000 PERSONAS? ¿Y no habría que añadir que nuestro silencio y nuestra pasividad son los agentes que hacen posible semejante exterminio?
Teología sin censura


DEFENDER LA FAMILIA: ¿EN QUÉ?

09.01.10 | 09:06. Archivado en Sin censura

El papa y los obispos no dejan de insistir en su preocupación constante por defender y proteger la familia. La familia cristiana, que es la familia tradicional, la que, según la doctrina de la Iglesia, tiene que ser necesariamente la familia compuesta por una pareja heterosexual, unida hasta que la muerte los separe y con la firme decisión de aceptar todos los hijos que Dios les mande. Por tanto, ni hablar de control de la natalidad, a no ser que eso se haga mediante la abstinencia sexual más rigurosa y ortodoxa. Y, por supuesto, en ese grupo humano, que es la familia así entendida, todos queriéndose mucho, soportándose lo que sea necesario, y viviendo felices. Es el modelo de familia que hemos visto por la tele en las grandes concentraciones que organiza el cardenal Rouco en Madrid, cuando el papá y la mamá suben al altar, con cuatro, cinco o seis hijos, para "hacer la lectura", pero también (y de camino) para que "la gente se entere" de cómo tiene que ser una familia "como Dios manda".
Pues bien, estando así las cosas, lo primero que yo les preguntaría a los obsipos es si ellos están seguros de que ese modelo de familia, y solamente ése, es el que Dios quiere. Digo esto porque, por supuesto, los obispos afirman que, en el modelo de familia que ellos defienden, todos los miembros de la familia tienen la misma dignidad y los mismos derechos. Pero los mismos obispos, que dicen eso, saben perfectamente que, en la práctica, las cosas no funcionan así. Porque es muy frecuente que, en muchísimas familias, el hombre goza de derechos y privilegios de los que no puede gozar la mujer. Por ejemplo, es de sobra sabido que los derechos laborales y económicos del marido no suelen ser los mismos que los de la esposa. Y, sin embargo, de este asunto tan fundamental en la vida, los obispos hablan poco. O en todo caso, no insisten en este asunto con la misma frecuencia y la misma fuerza con que machaconamente insisten en el problema del aborto, por poner un ejemplo. Y no deberíamos olvidar que una de las causas, que acentúan la violencia machista de los hombres contra las mujeres, es precisamente la desigualdad de facto, que laboralmente y económicamente tienen que soportar tantas mujeres. Son muchas las mujeres que no se separan de sus maridos porque, si se separan, no tienen de qué comer o no saben dónde ni cómo van a vivir. Con un agravante: una mujer, que tiene que criar a cuatro o más hijos, difícilmente puede tener un trabajo estable y ganarse ella un sueldo. El ideal de mujer, que los obispos proponen (sin decirlo así) es el ama de casa, la mujer que de la "triple K", como decían antiguamente los alemanes: Kinder (niños), Küche (cocina), Kirche (iglesia), las tres tareas a las que las muejeres deben dedicarse. Esta dedicación de la mujer y sus consecuencias, un asunto tan serio y de tan serias consecuencias, no se suele analizar en los documentos episcopales. Ni los obispos imponen, para estos temas, los castigos y excomuniones que imponen cuando hablan del aborto o de la homsexualidad, por ejemplo.
Y otro tema importante: ¿qué tipo de vivienda necesita un matrimonio que, desde el día de su boda, tienen que pensar en la probabilidad de que van a tener cinco, seis, siete o más hijos? Tal como hoy está el problema de la vivienda (y el problema de los colegios), ¿es razonable exigir a todo el mundo y sin disntinciones que tienen que aceptar todos los hijos que "Dios les mande"? ¿están seguros los obispos de que eso es lo que Dios quiere y exige en los tiempos que corren y tal como está la economía, las hipotecas y todo lo relacionado con esos asuntos?
Que el problema del aborto es un problema, nadie lo duda. Que el divorcio es también un problema serio, nadie lo pone en cuestión. Que la homosexualidad es asunto muy delicado y muy discutido, es cosa que todos sabemos. Pero, sea cual sea la postura que cada cual tenga sobre estas cosas, mi pregunta es por qué los obispos insisten tanto en unos temas, que afectan seriamente a la familia, y se callan otros, que son también asuntos muy graves para cualquier ser humano y para cualquier familia.
Es notable esto: según los evangelios, Jesús fue muy crítico con la familia, hasta el punto de hablar de enfrentamientos, divisiones, odios y muertes, porque él habia venido a traer todo eso (Mt 10, 34-38; Lc 12, 51-53; 14, 26-27, etc). Se sabe que la familia judía del tiempo de Jesús era el modelo de familia patriarcal, en la que el padre y patriarca tenía todos los derechos, de forma que la mujer y los hijos era algo así como propiedad del padre (J. Jeremias). Esto explica por qué Jesús es tan crítico con la institución familiar. ¿Y por qué nuestros obispos no hablan como hablaba Jesús, siendo así que ahora se dan situaciones que son tan violentas y humillantes como las que se daban en el s. I? Es más, en los siglos siguientes, cuando la Iglesia se instaló en el Imperio romano, la Iglesia no tenía una dereho eclesiástico para la familia, que se regía por el derecho común a todos los ciudadanos del Imperio. Pues bien, como ha estudiado uno los mejores conocedores de este asunto, Pierre Grimal, "uno de los caracteres más duraderos del derecho romano, aquel del que se han derivado mayores consecuencias, es sin duda la posición privilegiada que se atribuye al jefe de gens, al pater familias: sólo él es plenamente responsable, plenamente propietario, plenamente apto para obrar en justicia..., en el interior de la familia, ni el hijo ni la mujer poseen primitivamente ningún derecho, ninguna personalidad jurídica". Pues bien, es notable saber que san Isidoro de Sevilla, en el Concilio Hispalense II (año 619), invocaba este derecho romano como la lex mundialis, que se identificaba con el Breviario de Alarico. Es verdad que el concilio de Sevilla se refería a los derechos de unas iglesias sobre otras. Pero también es cierto que no hacen excepción en cuanto a la universidad del derecho romano. Más aún, en torno al año 850, Benedetto Levita hace una profesión de fe en la universalidad del derecho romano: "La ley romana es la madre de todas las leyes". Así pensaba la Iglesia del primer milenio. ¿Por qué hoy se piensa de manera tan distinta? ¿Qué intereses inconfesables había entonces, y hay ahora, para pensar y hablar de maneras tan distintas? Habría que preguntar esto en la Curia Vaticana. Y en cada curia episcopal.
Hay que defender a la familia. Pero seamos consecuentes. Si es que la defendemos, se la defiende en todo, no sólo en aquellas cuestiones que nos convienen, por el motivo que sea y por más que se invoquen todos los derechos de la tierra y del cielo.
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EL "ETHOS" CRISTIANO EN EL QUE NO CREEMOS

07.01.10 | 17:04. Archivado en Sin censura

La conducta cristiana, tal como fue aceptada y transmitida por el cristianismo primitivo, es un programa de vida en el que los cristianos no creemos. Y si no creemos en él, menos aún lo practicamos. No nos entra en la cabeza. Es más, nos parece un despropósito, un auténtico disparate, una tontería sin pies ni cabeza.
No exagero. Ni saco las cosas de quicio. Según los evangelios, Jesús planteó, con toda claridad y firmeza, que la aceptación de la fe cristiana comporta, en cualquier caso, la renuncia al afán de dominar a los demás. Una renunca que va más lejos de lo que imaginamos. En el Sermón de la Montaña, Jesús afirma, no sólo la invitación a refrenar la agresividad hacia los otros, sino también a soportar su agresividad. Entre las antítesis, que Jesús presenta, una de ellas (la quinta) plantea esta exhortación paradójica: no hay que resistirse al mal; "si uno te abofetea en la mejilla derecha, le pones también la otra" (Mt 5, 39). Como bien se ha dicho, estas palabras presentan la invitación más seria y consciente a la auto-estigmatización, es decir, a abrazar abierta y libremente una posición inferior que atrae y soporta la agresión de los demás. De este modo, el otro no quedará reforzado en su conducta, sino que se sentirá inseguro (G. Theissen).
Yo sé muy bien que todo esto, a mucha gente, le suena a música celestial. Es algo que ocurre en todas partes. Pero me atrevo a decir que, en España, tan cristianos como decimos que somos y tan católicos como muchos se confiesan, no sé por qué, pero el hecho es que estamos como incapacitados para aceptar y asumir este criterio. Nuestro país es un país "cainita", en el que el deseo de dominar al otro, de estar por encima de los demás, es algo tan fuerte, que nos ha dividido, nos ha enfrentado, y vivimos fracturados quizá para siempre. Los intereses políticos y económicos han tenido más fuerza que esa presunta fe por la que nos echamos a la calle, casi siempre para acusar a alguien, para despreciar a otros, para humillar a quien sea. Me atrevo a decir que la España católica ha vencido al Evangelio en el que muchos españoles decimos que creemos. Y nuestro drama es que, precisamente porque no nos entra en la cabeza el Evangelio, pos eso (entre otras muchas razones) no podemos convivir los unos con los otros. Quizá los años de la transición, cuando pensábamos que era posible unirnos en un proyecto común, fueron tiempos de esperanza. Pero no hemos necesitado muchos años para tirar por tierra lo que entonces pudimos esperar y soñar. Ha podido más el deseo de dominar al otro. Y así andamos, rotos, enfrentados. Nuestro deseo de dominar es inmenso. Pero en realidad estamos derrotados.
Teología sin censura


2010: AL SALIR DE LA CRISIS....

04.01.10 | 15:20. Archivado en Sin censura

Se nos dice que este año empezamos a salir de la crisis. Y nadie que duda que eso es importante. Pero, más importante que salir de la crisis, es aprender de esta situación las lecciones que tendríamos que aprender. De lo mucho que podemos (y debemos) aprender, propongo tres cosas que, a mi juicio, deben ser determinantes en en los próximos años.1. Dar más importancia al papel y a la intervención del Estado. Porque, si algo ha dejado claro esta crisis, es que hay situaciones, en la vida de los pueblos y de la sociedad, de las que no se sale como no sea a base de una intervención eficaz de los poderes del Estado. En la crisis nos metieron sobre todo las instituciones privadas, especialmente las instituciones financieras. Es más, si eso ocurrió es porque la intervención del Estado no fue eficaz para evitar el desastre. Y si estamos saliendo es porque el Estado se está empleando a fondo, con más o menos acierto. Pero el hecho que, lo mismo en Estados Unidos que en la Unión Europea, si estamos saliendo de la crisis, es porque los Estados están tomando medidas eficaces. Por supuesto, las instituciones privadas son más eficaces que las estatales para determinados asuntos. Por ejemplo, un hospital privado o un colegio privado suelen funcionar, en muchas cosas, mejor que los hospitales o los colegios públicos. Pero, aun concediendo que eso sea verdad, el problema que eso plantea es que lo privado es privilegio para quienes pueden costearlo, o sea, es privilegio de los ricos. Un país, que potencia mucho al sector privado, por eso mismo privilegia a las clases pudientes y agranda las desigualdades sociales. 2. Reorientar la producción y el consumo. Porque, si algo nos ha enseñado la crisis, es que se puede vivir bien con menos gastos suntuosos, gastos en cosas de lujo, ostentación y capricho. Hay que fabricar menos coches de lujo, menos ropa de lujo, menos viviendas de mero capricho y lujo. Y así sucesivamente. Para ir igualando a la población en sus gustos y en las cosas que la gente considera indispensables para ser felices. Por eso mismo, una decisión de enormes consecuencias sería fomentar los servicios públicos: mejores transportes públicos, más económicos, más numerosos, más eficaces. De forma que todos nos vayamos acostumbrando a sentirnos bien con menos ostentación y menos caprichos. Se ha demostrado que el mero hecho de que a uno le suban el sueldo no aumenta su felicidad. Uno se siente más feliz cuando a él le suben el sueldo por encima de los demás. Nos han educado para ser felices sobre la base de acentuar las diferencias y la superioridad de unos sobre otros. Esto no tiene que llevar a desmotivar a la gente para el rendimiento en el trabajo y la productividad. Nos tendríamos que meter en la cabeza que los sentimientos de emulación y competencia se pueden realizar en actividades que rinden para la comunidad humana, por ejemplo en la investigación intelectual, en la creatividad, en el arte, en la ciencia....3. Podemos ser más felices compartiendo más. Se trata de dar la vuelta a la mentalidad que nos han introyectado. La mentalidad según la cual la felicidad se consigue acumulando, nunca compartiendo. Y eso es negar y renegar una de las inclinaciones más fundamentales del ser humano. Querer y sentirnos queridos son constitutivos de nuestro ser más profundo. Por eso disfrutamos tanto cuando hacemos un regalo y se nos reconoce. Por eso gozamos con la "comensalía" (compartiendo mesa y mantel con personas a las queremos y que nos quieren) que con la "comida" (llenando el estómago a solas). ¿No habría que orientar la formación y los plantes de estudio en este sentido y con esta finalidad?Nota final: Es evidente que la crisis ha sido dura. Pero no hay mal que por bien no venga. Yo soy optimista. La condición humana es como es. Y todos tenemos nuestros egoísmos y ambiciones. Pero todo eso se puede educar o deseducar. Se puede orientar en una dirección o en otra. Y, en todo caso, es evidente que el sistema político y económico debe estar pensado para sacar de nosotros lo mejor que tenemos. No para fomentar nuestras apetencias más bajas, torpes y dañinas. Teología sin censura


2 DE ENERO: LOS ORÍGENES DEL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO

02.01.10 | 07:33. Archivado en Sin censura

Hoy, día 2 de enero, es una fiesta singular en Granada, donde vivio y donde escribo esta entrada en el blog. Tradicionalmente, esta fiesta se ha llamado aquí "El día de la toma", es decir, el aniversario del día en que los Reyes Católicos (en 1492) tomaron Granada, el último bastión musulmán en la cristiandad. Pero sabemos que ese mismo año ocurrieon otros dos acontecimientos históricos de enormes consecuencias para la posteridad. El 31 de marzo, los reyes Fernando e Isabel firmaron el edicto de Expulsión mediante el cual echaron de España a todos los judíos. Y en agosto del mismo año 1492, Cristóbal Colón, protegido por los Reyes Católicos según las "Capitulaciones" firmadas en el capamento de Santa Fe (en la vega de Granada), zarpó desde Huelva rumbo a América. Se ha dicho con toda razón que estos tres acontecimientos "reflejan tanto la gloria como la devastación del comienzo de la Edad Moderna" (Karen Armstrong). Si hoy recuerdo estas cosas, es porque se trata de hechos que tienen una actualidad patética. Insisto en ello. Por más que, en Europa (especialmente en España), estos hechos se hayan explicado como gestas gloriosas para las generaciones posteriores, la pura verdad es que se trata de sucesos de los que se ha podido decir que marcan los orígenes del "fundamentalismo religioso" en las tres grandes religiones monoteístas: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Sin duda, la profesora Armostrong debería haber tenido en cuenta que, mucho antes, el fundamentalismo religioso ya había hecho acto de presencia, por ejemplo en el fariseísmo judío, en los cruzados cristianos medievales o quizá en el teólogo Taqqi al-Din Ahmad ibn Abdelhalim al-Taymiyya (1263-1328), el primer mululmán que, a juicio del profesor Tamayo Acosta, contribuyó "a la construcción ideológica de la doctrina militarista en torno al yihad islámico, como principio legitimador de la violencia y de la guerra. En todo caso, y sea lo que sea de estas posibles interpretaciones, hay un hecho que hoy, a siglos de distancia, vemos con lamentable claridad. Me refiero al hecho de que los grupos religiosos, que se sienten perseguidos y amenazos, reaccionan adoptando posturas fundamentalistas. Al decir esto, estamos hablando de un "principio determinante" del comportamiento, lo mismo en no pocas especies animales que en los seres humanos: el que se siente acorralado, si puede, se defiende con violencia. Y esto es lo que está pasando ahora mismo. Concretamente en los movimientos religiosos fundamentalistas: en los integristas judíos, los jaredim ultra-ortodoxos, en los fanáticos musulmanes de Al-Qaeda, o en el fundamentalismo cristiano que propagan los telepredicadores norteamericanos, lo mismo que en los movimientos integristas católicos que encuentran su protección más eficaz en no pocos altos cargos del Vaticano. Todos los fundamentalistas religiosos tienen la impresión de que hoy la religión está amenazada y perseguida. Lo que provoca en ellos una reacción de violencia agresiva. Una violencia que se manifiesta en todas las formas posibles: desde los atentados terroristas hasta la extravagante idea según la cual las convicciones religiosas se matan a cañonazos, con tanques y con misiles. No nos convencemos de que las creencias religiosas son un asunto muy delicado y que, con frecuencia, puede resultar enormemente peligroso. Sobre todo, cuando se ve amenazado, atacado y ofendido. Es urgente que todos nos metamos en la cabeza y en las entrañas esta convicción fundamental: La fe religiosa sólo es provechosa cuando es auténtica. Y es auténtica solamente cuando se corresponde con sus orígenes. Estoy de acuerdo con el criterio que obsesionaba, en el s. XVI, a Erasmo de Rotterdam cuando clamaba por el retorno Ad Fontes: "Volved a las fuentes". En el caso de los cristianos, los que vivimos en países que quieren mantener las mejores relaciones posibles con el Papa y con la Iglesia, el camino para acabar con los fundamantalismos religiosos y sus terrorismos no es el camino de los armamentos y las guerras (por más necesaria y razonable que sea la legítima defensa de las fueras de seguridad del Estado contra las amenazas del terrorismo). El camino a seguir es el retorno a nuestros orígenes como creyentes. Porque la fe cristiana de la Iglesia, que tuvo su origen en Jesús, ha quedado sepultada por un cúmulo de teologías y tradiciones, que poco o nada tienen que ver con el Evangelio de Jesús. El Vaticano,´el clero, la teología y nuestras cabezas y costumbres tienen que tormar el camino de retorno al Evangelio, si es que de verdad queremos paz y armonía en este mundo tan atormentado.Teología sin censura


Viernes, 17 de febrero

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