Después de varios días de silencio en este blog, silencio impuesto por obligaciones a las que no he podido renunciar, quiero decir, ante todo, una palabra de gratitud y reconocimiento a todos los que, llevados por su buena voluntad y su anhelo de búsqueda, visitan el blog. A todos quiero agradecer sinceramente lo que nos ayudan a los demás que aquí colaboramos. Y quede claro que nos ayudan, hagan o no hagan comentarios, y, por supuesto, sean cuales sean sus puntos de vista, sus aportaciones, sus consensos o sus disensos. La diversidad y el pluralismo son constitutivos de la vida humana. Y si aquí se manifiesta la diversidad y el pluralismo, eso nos quiere decir que aquí hay humanidad. La humanidad en la que, según recordamos estos días los creyentes, Dios se ha hecho presente. La divinidad nos rebasa y no está a nuestro alcance. Por eso Dios se humanizó. Y así nos enseñó que, siendo cada día más sinceramente y honradamente humanos, es como podemos establecer nuestra verdadera relación con Dios.
No hablo de males y catástrofes, que ya tenemos bastantes. Y bastante hablamos de nuestras desgracias. Mejor nos iría si tuviéramos una visión positiva y esperanzadora de la vida y de las cosas. Por eso hoy, en vísperas de Navidad, propongo que pensemos en el daño que a todos nos hace el miedo que le tenemos a nuestra propia humanidad. Porque estoy persuadido de que, en ese miedo, está la explicación y la raíz de tantas torpezas y maldades que se podrían y se tendrían que evitar.
Desde que, hace poco más de un año, empecé a publicar este blog, yo me pregunto si es posible hacer teología utilizando el insulto, la agresión, la ofensa y la descalificación como argumento. De ahí, la pregunta que me planteo tantas veces: ¿es posible hacer teología mediante ofensas, insultos y agresiones todo el que no piensa como yo? Por desgracia, en el mundo mediático de la religión, es frecuente que quien lee algo que contraríe sus propias ideas o intereses responde enseguida, no ya dando argumentos, para defender sus propias convicciones, sino propinando expresiones humillantes al que se atreve a decir lo que a mí no me gusta o afirma lo que yo pienso que es falso. De ahí, mi pregunta, que repito de nuevo: ¿se puede hacer teología utilizando como argumento la agresión al contrario?
Una de las cosas, que ha puesto en evidencia el conflicto de los controladores en España, es que un grupo reducido de personas puede paralizar la vida normal de un país, desencadenando pérdidas asombrosas, conflictos increíbles, etc, etc. Y si, en lugar de los controladores, hubieran sido los banqueros o, lo que es más grave, los grandes señores que manejan los mercados financieros, en ese caso, un grupo mucho más reducido de individuos, de la noche a la mañana, nos habrían hundido a todos en la más espantosa miseria. Así funciona nuestro mundo. Y así de insegura es nuestra situación. Por supuesto, el Estado de derecho cuenta con medios para evitar que se produzca una catástrofe de semejantes dimensiones. Pero el problema está en que no es absurdo pensar que se puede producir. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el poder económico está cada día en manos de menos personas.
El 10 de diciembre de 1948 se firmó, en París, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es importante recordar y hacer mención de esta fecha. Porque esta Declaración representa uno de los acontecimientos más decisivos en la historia de la cultura, del derecho, de la política, de la humanidad entera. Y, por tanto, es también un acontecimiento de máxima importancia para la historia de las religiones, para los criterios que han de regir los comportamientos éticos. Y, por supuesto, para las espiritualidades.
La fiesta de la Inmaculada no se refiere ni a la sexualidad, ni a la virginidad, ni a la pureza sin mancha alguna. Esta prerrogativa de María, la madre de Jesús, se discutió, se elaboró y se definió en un tiempo en el que no se sabía lo que hoy sabemos con sobrada certeza sobre los orígenes de la humanidad y sobre todo lo que gira en torno a la idea del “pecado original”. Ocurre en esto algo que se puede comparar con lo que pasaba cuando la Iglesia condenó a Galileo. Hoy, la Iglesia no lo condenaría porque los conocimientos científicos no lo permiten. Pues algo parecido se puede (y se debe) decir de los orígenes de la humanidad y de la explicación que se le ha dado al llamado “pecado original”. Por eso, para ilustrar nuestra fe y nuestra devoción a María, resulta necesario hacer una re-lectura de lo que queremos decir cuando afirmamos que la Madre de Jesús fue “inmaculada”, es decir, “sin-mácula” o sea “sin-macha”.
Todos estamos viviendo, en nuestras propias carnes, el malestar, la tensión, las preocupaciones y angustias, la inseguridad y, sobre todo, las carencias y estrecheces que se nos han venido encima por causa de la crisis económica y de la incapacidad de los políticos para sacarnos de esta angustia en que nos vemos metidos. Además, todo esto se agrava en una sociedad como la nuestra, marcada por una larga tradición cainita. La tradición de las “dos españas”, la conservadora y la progresista, la de derechas y la de izquierdas, la religiosa y la laicista, etc. El hecho es que este conjunto de factores objetivos y de sentimientos personales nos han abocado a una estado de crispación interna y social, que, algunos días se nos hace sencillamente insoportable.
En 1988, por motivos que (a estas alturas) desconozco, me comunicaron desde Roma que quedaba destituido de mi cátedra en la Facultad de Teología de Granada. En 1989, asesinaron a seis jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador. Em 1990, respondiendo a la propuesta que me habían hecho los jesuitas centroamericanos, empecé a enseñar, como profesor invitado, en la UCA de San Salvador. En 1992, terminó la guerra civil de aquel país. Poco después, con ayuda de unas monjas, las Apostólicas del Corazón de Jesús, y con la valiosa colaboración de una mujer excepcional, Margarita Orozco Fernández, empecé a trabajar con un grupo de campesinos y familias desplazadas por la guerra. Algunas mujeres de este grupo habían sido catequistas, en la parroquia de El Paisnal, donde el jesuita Rutilio Grande ejerció de párroco hasta que, en 1977, fue acribillado a tiros por los sicarios de los terratenientes de la zona. Por aquel entonces, El Salvador (todo el país) era propiedad de 12 familias, que actuaban como dueños de vidas y haciendas. Rutilio no era comunista. Era un hombre tímido, que rezaba mucho y leía mucho el Evangelio. Además, era muy amigo del arzobispo de San Salvador. Mons. Romero. La muerte de Rutilio fue lo que le dio un giro nuevo a la vida de Romero, que, en 1980, fue también asesinado por agentes del partido ARENA, de extrema derecha.
En algunos de los comentarios, que se han hecho en este blog, a lo que yo escribí, hace dos días, sobre “Hablemos de Dios”, se viene a decir (poco más o menos y con la debida delicadeza) que yo, en definitiva, lo que hago es negar la existencia y la necesidad que tenemos de Dios. Porque, si nos quedamos sólo con nuestra “inmanencia” y afirmamos que no tenemos acceso a la “trascendencia”, entonces, ¿con qué nos quedamos? O mejor dicho: ¿no equivale este discurso a una afirmación descarada de ateísmo tan disimulado como puro y duro?
El reciente libro “Luz del mundo”, en el que el periodista Peter Seewald publica una larga entrevista con Benedicto XVI, está dando que hablar: la píldora, el celibato de los curas, la ordenación de las mujeres, la España de la II República y la España de Franco, los homosexuales, los pederastas, Marcial Maciel..., todo eso es lo que a mucha le interesa y le preocupa. Por supuesto, respeto esas preocupaciones. Porque son temas muy serios. Pero a mí me parece que hay algo mucho más serio y más urgente sobre lo que tenemos que hablar. Me refiero al tema de Dios.
Es correcto decir - me parece a mí - que cada cual cree en aquello que de verdad le interesa y le preocupa. Este criterio, tan sencillo, tan elemental, resulta esclarecedor cuando se trata de ver dónde pone cada uno sus creencias. Y quiero dejar claro que, cuando hablo de “creencias”, me refiero a las “convicciones” que guían la vida de una persona y que por eso son las convicciones que movilizan sus reacciones, sus hábitos de vida, sus costumbres y, en general, su conducta.
He hablado en este blog del respeto al otro, de la tolerancia con los demás, del amor a los otros. Hoy daré un paso más. Quienes tenemos creencias religiosas, basadas en el Evangelio, en Jesús, en la tradición cristiana, si es que pretendemos ser coherentes con tales creencias, tendríamos que tomar en serio que no basta con el “respeto” al otro. Hay que llegar hasta la “sacralización” del otro. En la teología cristiana tenemos, entre otros, un vacío importante. El vacío de una buena teología y de una buena experiencia de “lo sagrado”, vivido cristianamente. Para el cristianismo, como para las demás religiones, “lo sagrado” es el templo, es el altar, el cáliz y la patena, las imágenes de los santos, los días sagrados de la semana santa o de otras fiestas religiosas, las personas consagradas, como es el caso de los sacerdotes, los obispos, el papa, las monjas y los frailes. Es decir, los cristianos, como los demás hombres religiosos del mundo, hemos sacralizado cosas, objetos, cargos, en los que pensamos que encontramos a Dios y nos relacionamos con Dios. En esto, el cristianismo no ha hecho sino imitar o copiar lo que venían haciendo todas las religiones desde tiempos antiquísimos.
Los evangelios de Mateo y Lucas, cuando relatan cómo Jesús se acercaba a Jerusalén donde él sabía que le esperaba un trágico final, ponen en boca del propio Jesús unas palabras de profecía y lamento que resultan conmovedoras: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus pollitos bajo las alas, pero no habéis querido! Pues mirad, vuestra casa se quedará vacía” (Lc 13, 34-35; Mt 23, 37-39).
El post que puse en este blog el pasado domingo, día 31 de octubre, “Esperando al papa”, ha suscitado en muchos de nuestros visitantes bastante interés. Prueba de ello es que, en el momento en que escribo esto, ya tenemos en el blog 38 comentarios. Y, entre tantos comentarios, como era de esperar, hay quienes se adhieren a lo que digo sobre la próxima visita del papa a España. Y hay quienes expresan desacuerdo o incluso protesta contra lo que yo expreso a propósito del viaje del papa a Santiago y Barcelona.
Falta menos de una semana para que el papa Benedicto XVI vuelva a España. Y ya se está caldeando el ambiente. Desde los que hablan con entusiasmo sobre el magno acontecimiento que se nos avecina, hasta los que se quejan o incluso protestan de la suntuosidad y el despilfarro que la visita papal va a suponer, precisamente ahora en tiempos de crisis económica. Aunque no faltan los que aseguran que la visita del Pontífice a Barcelona le va a proporcionar a la ciudad condal unos ingresos que van a superar los treinta millones de euros. En todo caso, y como parece lógico, las protestas más airadas provienen de grupos o instituciones que, como es el caso de “Europa laica”, propugnan un laicismo sin recortes. Todo esto, naturalmente, da mucho que hablar y genera no pocos acaloramientos. Por eso me ha parecido que puede resultar pertinente hacer algunas observaciones que quizá ayuden a encontrar algo de luz y poner cierto orden en esta enmarañada situación.
El pasado día 17 de septiembre, el teólogo José Comblin pronunció en la UCA de San Salvador una conferencia que, desde hace algunas semanas, está circulando profusamente por la red. A mí me llegan todos los días varios correos con el texto de esta conferencia. El tema que propuso Comblin es estimulante y da que pensar, como ya lo indica el título del tema que trató: “¿Qué nos está pasando en la Iglesia?” El texto completo de la conferencia se puede encontrar en www.atrio.org
La manifestación del sábado 23 de octubre, por las calles de Madrid, en la que numerosos colectivos de ciudadanos y de creyentes han expresado su protesta por la mal disimulada “confesionalidad” de un Estado (el español) que constitucionalmente es “no-confesional” (Const. Española, art. 16, 3), plantea, entre otras, una cuestión que los cristianos tendríamos que afrontar con lucidez, valentía y libertad. Esta cuestión se refiere, no a la confesionalidad religiosa del Estado, sino a la confesionalidad religiosa del Cristianismo. Digo esto porque parece razonable sospechar que bastantes ciudadanos (sean o no sean cristianos) ven un serio problema en la confesionalidad religiosa del Estado. Lo cual es, efectivamente, un problema importante, que necesita ser debidamente matizado por los expertos en Derecho Constitucional. Y por eso entiendo que es enteramente razonable y necesario que muchos ciudadanos, sean o no sean creyentes, protesten por el hecho de que sus dineros se dediquen a costear una confesión religiosa (la Iglesia) o a pagar los viajes del papa.
Esto es lo que le pedía a Dios el Maestro Eckhard, uno de los místicos más grandes que ha tenido la Iglesia en su larga historia. Este hombre, que nació en 1260 (Hochheim - Alemania) y murió en 1327 (Avignon - Francia), fue un dominico que ocupó cargos de gobierno y enseñanza en su Orden Religiosa y en la Universidad de Paris. En 1326, el arzobispo de Colonia inició un proceso contra las enseñanzas de Eckhard en sus sermones. El asunto llegó al papa Juan XXII, que residía en Avignon. Pero el místico dominico se sometió, de antemano, a la decisión que pudiera tomar el Pontífice. Eckhard viajó a Avignon para defenderse ante el papa, pero antes de poder presentar su defensa, murió inesperadamente.
Hace sesenta años, el profesor E. R. Dodds, de la Universidad de Oxford, pronunció una serie de conferencias, en la Universidad de California, que poco después se publicaron en un volumen titulado “Los griegos y lo irracional”. En este libro, Dodds analiza, con todo rigor documental, algunos de los problemas que han marcado de forma decisiva la cultura de Occidente: el tránsito de la cultura de la vergüenza a la de la culpabilidad, las bendiciones de la locura, los chamanes y los orígenes del puritanismo, etc. Con razón, este libro ha recorrido Europa y América, se sigue editando con éxito y explica no pocas claves de lo que ahora estamos viviendo. Mi idea es que si, en 1950, se podía hablar de “los griegos y los irracional”, en este momento tenemos sobrados argumentos para hablar de “los cristianos y lo irracional”.
He leído con atención los comentarios que se han hecho a lo que escribí, el pasado día 7, sobre los viajes del papa. Ante todo, quiero agradecer sinceramente, a quienes han expresado sus puntos de vista sobre este asunto, las aportaciones que han hecho para que todos sepamos situarnos lo mejor posible ante lo que implican los viajes papales, que siempre tienen una importante repercusión mediática. Comprendo las críticas que han hecho algunos comentarios. Es más, no sólo las comprendo, sino que además quiero destacar que las agradezco especialmente. Porque me hacen caer en la cuenta de puntos de vista que, sin duda yo no he sabido expresar debidamente. Si este blog quiere presentar una teología “sin censura”, el peor enemigo de este blog sería quien pretendiera asumir competencias de censor. Con tal que las propias ideas se expongan con el debido respeto, para quienes piensan de manera diferente, nunca deberíamos perder la compostura. Aceptar a los demás, tal como son y como piensan, es lo mejor que podemos hacer cuando entramos en este blog.
A partir del pontificado de Pablo VI, en el década de los 60, la Iglesia católica ha sumado una nueva forma de presencia en el mundo: la presencia visible y clamorosa que representan los viajes de los papas por todo el planeta tierra. Los nuevos medios de comunicación y las nuevas tecnologías de la comunicación han hecho posible lo que, hasta el pontificado de Juan XXIII, era impensable. Es de alabar que la más alta cúpula de la Iglesia haya sabido adaptarse a las nuevas circunstancias y aprovechar sus enormes posibilidades. Desde este punto de vista, puede decirse que la Iglesia se ha puesto al día. Cosa que lógicamente nos alegra.
Como es sabido, después de casi quinientos años de controversias y enfrentamientos, se ha llegado a un acuerdo entre católicos y protestantes en lo que se refiere a la justificación por la fe. Hoy estamos de acuerdo en que una fe, que no se traduce en un comportamiento coherente con esa fe, no es verdadera fe. Una fe sin obras, sería una fe muerta. El problema está en saber qué clase de conducta es que debe ser la correcta manifestación de que una persona tiene fe. La fe que corresponde a un cristiano.
El nuevo blog, que se agrega a Religión Digital,"Miradas cristianas", del profesor José Ignacio González Faus, es para mí - y sin duda para otros muchos seguidores asiduos de esta página - un motivo importante de alegría, esperanza y gratitud.
Lo siento así porque me parece importante que, en una web en la que entran diariamente miles de personas de todo el mundo, se puedan encontrar grandes nombres de la teología que trasciende nuestras froteras. Y González Faus es uno de esos nombres. Uno de los que más han enriquecido la reflexión cristiana, especialmente en cuanto se refiere al conocimiento de Jesús el Señor. Y también debo decir que este eminente teólogo es uno de los que más han aportado, en los difíciles años del pos-concilio, al conocimiento, al amor y a la más sana postura de respeto a la Iglesia. Todo esto, dentro de una sana libertad en la Iglesia y por fidelidad a ella. Por lo demás, como es bien sabido, el nombre de González Faus está vinculado a la fundación y dirección de una institución importante. Me refiero a “Cristianisme i Justicia” cuyos Cuadernos, entre otras importantes actividades, llegan a cientos de miles de personas cada mes. Así pues, Religión Digital se enriquece con la importante aportación de un hombre eminente por sus numerosos estudios de la más seria y reconocida investigación teológica. Y también por su larga experiencia de divulgación, análisis de la realidad y crítica de hondo calado, desde su reconocida competencia, su experiencia religiosa y su cercanía a todos, especialmente a quienes más sufren y más lo necesitan. Enhorabuena a Religión Digital. Y gratitud sincera al profesor González Faus, del que tantos hemos aprendido. Y seguiremos aprendiendo.
Escribo este comentario el mismo día 29 de septiembre, el día de la huelga, convocada por las organizaciones sindicales, para protestar por la política económica y el ajuste laboral que ha decidido y lleva adelante el gobierno socialista que preside el señor Rodríguez Zapatero. Estoy redactando esta breve reflexión a las doce de la mañana, cuando ya han manifestado sus primeras impresiones tanto los dirigentes sindicales como el portavoz del gobierno. Y confieso que lo que más me ha llamado la atención es que, lo mismo los sindicalistas que los gobernantes, todos andan diciendo esta mañana que la huelga se está desarrollando y va transcurriendo “dentro de la normalidad”. O sea, lo mismo los gobernantes (los que toman las decisiones económicas y laborales opresoras) que los trabajadores (o sus representantes oficiales) oprimidos por el gobierno opresor, todos ellos (unos y otros), coinciden en que lo que está ocurriendo hoy en España, y tal como está ocurriendo, todo eso “se ajusta a la normalidad” o “está dentro de lo normal”.
Hoy, domingo 26 de septiembre, el evangelio de la misa es la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). Pero sabemos que también el evangelio de Juan habla de un enfermo, llamado Lázaro (Jn 11, 1), el hermano de Marta y María, al que Jesús resucitó (Jn 11, 43-44). Seguramente, nunca hemos pensado que el Lázaro del evangelio de Lucas y el Lázaro del evangelio de Juan no son dos personajes distintos, sino que son el mismo individuo o, mejor dicho, son el mismo símbolo, que prolonga y completa la misma enseñanza. De forma que el Lázaro de Juan es el complemento final de una lección estremecedora, que empieza en la parábola de Lucas.
Que yo sepa, nadie pone en duda la ejemplaridad de Jesús de Nazaret. Por eso se comprende el respeto que le tienen incluso los que no se consideran creyentes. Por supuesto, no faltan los “atrevidos” (con frecuencia ignorantes) que despachan un asunto tan serio como éste diciendo tranquilamente que Jesús no existió. Me parece superfluo y hasta frívolo discutir aquí una cuestión de la que, recientemente, un buen conocedor (laico) del tema (Frédéric Lenoir) ha escrito: “El único consenso verdadero entre los estudiosos, al margen de sus diversas orientaciones, es la certeza de la existencia histórica de Jesús”.
Hoy, 20 de septiembre, me parece importante recordar estos tres nombres, que, tal como yo veo las cosas, nos recuerdan algo muy valioso, que nos vendría muy bien tener siempre presente en nuestras vidas. Y eso que, a primera vista y como es lógico, nada tienen en común un papa, un cantautor agnóstico (quizá ateo) y un futbolista, que, por muy bueno que sea, es eso, un jugador de futbol. ¿Qué pueden tener en común estos tres hombres? ¿Por qué hablo de ellos a la vez y precisamente en este día?
Como es lógico, sentirse orgulloso de algo y después avergonzarse de eso mismo son dos sentimientos literalmente contradictorios. Dos sentimientos a los que extrañamente somos muchos los que nos hemos tenido que acostumbrar. Y nos hemos acostumbrado hasta el extremo de que hablamos de ambas experiencias, y hasta es posible que intentemos justificarlas. La vida, las ideas, las costumbres, la sociedad, tantas cosas..., han cambiado tanto en tan poco tiempo, que hasta resulta comprensible que todos, cada cual como ha podido, nos hayamos habituado a vivir esta extraña contradicción como la cosa más natural del mundo. Es más, hasta nos hemos familiarizado con el asunto de tal forma, que no es raro encontrar personas que hablan de su orgullo y su vergüenza, como “lo que tiene que ser”.
El pequeño debate de estos días en este blog, en torno al complicado tema de la verdad, nos puede llevar a una discusión interminable, que vendría a ser como “el cuento de nunca acabar”. Por eso, me parece conveniente hacer algunas indicaciones que espero nos venga bien a todos tenerlas en cuenta.
Ante todo, pido disculpas por el silencio de los seis últimos días. He estado en Italia presentando un libro mío que han editado en italiano. Se trata de "La ética de Cristo", publicado por le Edit. Citadella, de Asís. Han sido días de mucho trabajo, viajes, etc. No he podido escribir. Perdón por mi silencio.
Cada día que pasa, se hace más difícil la fe. Y cada día que pasa, hay más gente que anda hecha un lío con esto de la fe. Por eso, me parece que vendrá bien ir poniendo algo de orden en lo que pensamos y sentimos sobre este lío y este embrollo de cosas.
Hace unos días, hablaba yo de "los que tienen fe según los evangelios": paganos, samaritanos, publicanos, prostitutas.... Pues bien, hoy hablamos de los que no tenían fe o la tenían tan deficiente, que no era en modo alguno una fe sólida y firme en Jesús.
Aclaro tres cosas, que ya han aparecido en los comentarios:
El tema de la fe nos ha llevado al tema de Dios. Y, dado que no es posible entender el uno sin entender el otro, me ha parecido conveniente decir algo - cuanto antes - sobre el problema de Dios. Para que así podamos comp'render mejor el problema de la fe. No intento convencer a nadie. Simplemente pretendo informar de datos que, a mi juicio, es conveniente conocer. Porque se trata de datos que, con frecuencia, no se tienen en cuenta. Y pienso que son datos de enorme importancia.
Según el Diccionario de la RAE, la fe es "la primera de las virtudes teologales: luz y conocimiento sobrenatural con que un ser se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone". En este sentido, tener fe es aceptar una serie de verdades. Es, por tanto, esencialmente un acto intelectual. Pero, cuando hablamos de la fe, no nos referimos sólo a eso. Porque tener "fe en alguien" es "fiarse" de esa persona. Es, por eso, "confiar" y "ser fiel" (tener "fidelidad") hacia aquél en quien confiamos o en quien tenemos depositada nuestra fe. En este segundo signidicado, la fe ya no es esencialmente un "acto intelectual", sino una "experiencia", que nos lleva a fiarnos y a ser fieles, no ya sólo a lo que "dijo" el Señor Jesús, sino, antes que eso, a la "persona" misma del Señor Jesús. O sea, la fe cristiana, antes que fidelidad a las "verdades" que enseñó el Señor, es fidelidad a la "vida" que llevó el Señor.
En esto de la religión y de las creencias, las cosas se han puesto de tal manera que, si todo este asunto se piensa detenidamente, pronto se tiene la sospecha (la fundada sospecha) de que hay gentes que se ven a sí mismos como agnósticos, heréticos o ateos, y que sin embargo lo más razonable es pensar que tienen fe, que (sin saberlo ellos) creen en Dios, buscan a Dios, son creyentes. De la misma manera que, en el extremo opuesto, también hay personas (quizá más de las que imaginamos) que se ven a sí mismas como creyentes y, sin embargo, seguramente no lo son.
Se entiende por "contagio" la transmisión, por contacto, de una efnfermedad. Pero, además de este significado, hablamos también de "contagio" cuando nos referimos a la transmisión de hábitos, actitudes, simpatías... por efecto de la convivencia con otras personas.
Es evidente que la guerra de Irak no ha sido, primordialmente, una guera de religión. Pero nadie duda, a estas alturas, de que la religión ha jugado un papel importante en esta guerra. En ella ha sido determinante la "razón de estado" (M. Weber). Pero, como bien dijo el mismo Weber: todo esto, "desde el punto de vista religioso, aparece casi irremediablemente sin sentido".
Queridos amigos y amigas blogeros:
Hoy, 16 de agosto, interrumpo mis vacaciones, que todavía durarán hasta el comienzo de la próxima semana. La interrupción se debe a que hoy cumplo mis 81 años. No os lo digo para que me felicitéis. No vale la pena. Hoy os escribo porque esta fecha me evoca recuerdos que, para mí al menos, son importantes. Y los quiero compartir con vosotros.
Amigos y amigas visitantes del blog, desde hoy me tomo unos días de descanso. Antes de mediados de agosto retomaremos la tarea. Agradezco a todos vuestra colaboración, las interesantes aportaciones que hacéis y, por lo que mí respecta, lo mucho que aprendo de vuestros comentarios y la valiosa ayuda que prestáis para que esta sencilla iniciativa siga adelante.
FELIZ DESCANSO A TODOS.
José María Castillo
En los comentarios, que hacen los visitantes de este blog, con frecuencia se recurre a la "ley natural". Como es un asunto al que algunos le conceden notable importancia, me ha parecido que puede ayudar a los lectores aclarar algunas cuestiones relativas a esa ley.
Los evangelios se refieren con frecuencia a los samaritanos. Porque las relaciones entre judíos y samaritanos, en tiempos de Jesús, eran tensas y hasta conflictivas. Samaría fue fundada por Omrí hacia el 880 (1 Re 16, 24). Después de la deportación del 772, su población era una mezcla de razas (2 Re 17, 3-6, 24). En el s. I, los samaritanos eran tratados como heréticos y se les tenía como legalmente impuros (Lc 9, 52; Jn 4, 9; 8, 48). Uno de los motivos de enfrentamiento era el hecho de que los samaritanos no iban jamás al templo de Jerusalén porque ellos se habían construido su propio templo en el monte Garizín. De ahí la intolerancia mutua entre judíos y samaritanos.
El evangelio de la misa de hoy (18.VII.10) ofrece una de las claves fundamentales de la vida. Una clave que explica por qué hay personas que pasan por la vida haciendo el bien. Y por qué hay otras personas que pasan por este mundo como una apisonadora, actuando con peso y fuerza, pero haciendo eso para aplastar a todo el que se les interpone en el camino de la vida.
Noto en el blog, desde hace no muchos días, un palapable aumento de comentarios que producen la impresión de que, en lugar de construir, parece que consideran más importante destruir, desautorizar, agredir a alguien, unas veces, a mí; en otros casos, a los demás visitantes del blog. No sé si esto se viene produciendo por mera coincidencia o, si más bien, responde a otro motivos. No lo sé. Ni me interesa. Ni me preocupa. Hoy escribo esta entrada en el blog para decir tres cosas:
Me ha llamado la atención la cantidad de comentarios que ha motivado el tema de la ética, muchos más que ningún otro tema (según creo) en este blog. Está claro que los problemas, que plantea la ética, interesan vivamente y motivan a muchas personas a escribir. Pero debo confesar que, al igual que la "cantidad" de comentarios, más aún me ha llamado la atención el "alambicamiento" especulativo de la mayoría de esos comentarios. Con frecuencia olvidamos (yo, por supuesto, también) que la ética no se inventó para hacer consideraciones abstractas sobre ella, sino para ponerla en práctica, para integrarla en nuestras vidas, para que sea la fuerza determinante de lo que hacemos. Y también de lo que dejamos de hacer. Pero de esto último, del llamado "pecado de omisión", hablaremos otro día.
Han comenzado a entrar, en este blog, una serie de comentarios en los que se repite machaconamente una misma idea, que, en el fondo, viene a decir: "lo que tenemos que hacer es centrarnos en el Evangelio, pero en el Evangelio interpretado tal como lo interpreta el papa, y nada más que el papa, teniendo en cuenta la siempre maravillosa y refescante liturgia...", etc, etc, etc. No pienso ponerme aquí a discutir ni una sola de esas afirmaciones. Respeto los puntos de vista de los demás, con tal que cada cual se exprese con el debido respeto, la debida tolerancia y la estima que todos los seres humanos merecemos.
Estos días se habla del gran Festival de teatro de Aviñón. Entre otras razones, porque está llamando poderosamente la atención la puesta en escena que el director suizo Christoph Marthaler está realizando con su espectáculo Papperlapapp, algo así como un blablablá en alemán. Como era de esperar, el espectáculo ridiculiza el boato, el lujo, las ambiciones y las intrigas de los papas de Aviñón, que provocaron el "Gran Cisma", desde 1378 hasta 1417. Esta historia es bien conocida y no es éste el momento de repetirla. Lo que quiero destacar aquí es que, una vez más, la historia y el arte escénico nos recuerdan hechos dolorosos, que fomentan (pretendiéndolo o no) lo ridículo y vergozoso que hay en la larga historia de la Iglesia, al tiempo que se nos pasa inadvertido el problema de fondo, el enorme e irresuelto problema, que vino a plantear (a la Iglesia y su teología) aquel cisma.
La lectura de los evangelios resulta, a veces, desconcertante. Jesús les dijo a sus discípulos que él les había dado "ejemplo" (hypodeigma), "para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros" (Jn 13, 15). Y así fue efectivamente. Como los profetas han sido siempre "ejemplo" para los demás (Sant 5, 10). Nadie, pues, va a poner en duda que Jesús ha sido, y sigue siendo, uno de los grandes modelos en los que las personas de buena voluntad encuentran el ejemplo a seguir, para que esta vida resulte soportable, para que nuestro mundo (tan deshumanizado) se humanice, y para que entre los mortales se mantenga viva la esperanza.
Con frecuencia se habla de la crisis del clero: cada día hay menos sacerdotes, y los que van quedando, envejecen, se enferman....; además, las vocaciones descienden más y más. Otro tanto hay que decir de los religiosos y religiosas, de forma que las órdenes y congregaciones religiosas se van reduciendo y muchas de ellas están abocadas a desaparecer. Por otra parte, es comprensible que, en una situación de crisis como la actual, los clérigos que van quedando, resulta inevitable que, de día en día, se sientan menos motivados, con menos inciativas y con menos fuerzas. Es ley de vida.
Con ocasión de la festividad de San Pedro y San Pablo, parece pertinente decir algo sobre la reforma del papado. Porque estoy convencido de que ese asunto es uno de los problemas más urgentes que tiene que afrontar la Iglesia católica. Y, entre los problemas urgentes, el más grave de todos.
Hoy mismo, de madrugada, ha fallecido José María Díez Alegría. Estaba muy cerca de los 99 años. Para quienes no han podido conocer a este hombre más de cerca, diré que ha sido una de las personalidades más fuertes y más influyentes de la Iglesia española, siempre en la línea progresista y de apertura posconciliar. Hombre, por tanto, que, en las últimas décadas, ha tenido que sufrir mucho, por más que su fuerte espiritualidad y su enorme calidad humana le hicieran estar por encima de las situaciones adversas que ha tenido que vivir.
Una de las noticias que más se comentan hoy en los medios de comunicación es el sorprendente aumento del número de ricos, en todo el mundo, concretamente en España: 16.000 más que en 2008. O sea, los ricos han aumentado, en 2009, un 12, 5 % respecto al año anterior. El informe del Merril Lynch Global Health Management entiende por ricos los que tienen, al menos, un millón de euros, sin contar la primera vivienda y los gastos de consumo.
Ayer falleció José Saramago, premio Nobel de literatura. Y esta mañana, al ponerme a escribir esta entrada en el blog, no puedo dejar de pensar en algo que me causa un profundo malestar: son ya muchas las personas de gran calidad que, como Saramago, se han distinguido por dedicar lo mejor de sus vidas a la defensa de las causas más nobles (la justicia, el derecho, la libertad, la paz, los oprimidos...), pero resulta que, al mismo tiempo, muchos, muchísimos, de los que se han dedicado a todo eso son agnósticos, ateos y, por supuesto, nada religiosos. ¿Qué pasa aquí? Desde luego, son también muchos los creyentes que, por la fuerza de sus creencias, han dado lo mejor sus vidas, y hasta la vida misma, por esas mismas causas. Pero esto no le quita importancia, ni suprime el problema que representa el hecho, tan repetido, de tantos ateos, tan profundamente humanistas. Como tampco le quita su peso al hecho de tantos hombres religiosos, que han dado pruebas sobradas de vivir como unos sinvergüenzas.
Desde que Pablo VI estrenó la práctica de los viajes del papa por el mundo, se ha introducido en la Iglesia una nueva manera de hacer presente el Evangelio que - hay que decirlo desde el primer momento - es literalmente contraria al Evangelio. Se trata de la evangelización mediante grandes concentraciones, que se preparan cuidadosamente y en las que se invierten cantidades asombrosas de dinero. Para que la gente nos vea.
La palabra que más se usa en este tiempo es la palabra "crisis". Sobre todo, por causa de la crisis económica. La crisis que tanto nos preocupa a todos, en la que más pensamos y de la que más se habla por todas partes y a todas horas. Pero seguramente nubca nos paramos a pensar que la crisis de la economía está causada por algo previo.
La creencias religiosas no se matan a cañonazos. Todo lo contrario. Cuando los creyentes se sienten atacados, la convicción de que son víctimas de su fe en el "dios verdadero" les hace sentirse más fuertes, más seguros, más fanáticos. La historia de las guerras de religión, de las persecuciones y los conflictos, motivados por algún tipo de creencias (las que sean), ya nos tendría que haber enseñado que a las ideas, a las convicciones y, sobre todo, a las creencias no se las mata con armamentos militares o con cualquier tipo de violencia, aunque sea la más sencilla, por ejemplo, con el solo hecho de ridiculizar la creencia o la práctica religiosa de quienes no cmulgan con mis ideas.
El gran error - ¡inmenso error! - de Estados Unidos ha sido meterse en guerras contra grupos religiosos, fuertemente motivados por el fanatismo que suele destilar la religión. Las guerras recientes de Irak y Afganistán lo están poniendo en evidencia. Guerras perdidas antes de empezarlas. Como en la Edad Media las Cruzadas no acabaron con el "infiel sarraceno", como ya decían los "Caballeros del Templo" (los templarios), ni la Inquisición acabó con los heterodoxos, ni Hitler acabó con los judíos, ni nadie que se ponga acabará por hundir y extirpar la creencia que quiere desprestigiar, arrasar... o lo que sea. Con misiles y bombas se destruyen ciudades y se matan vidas humanas. Las ideas religiosas no mueren por el hecho de verse perseguidas. Al contrario, una idea religiosa perseguida, por eso mismo, se enardece, se hace más firme, se siente más fuerte y más verdadera. Y hasta se antepone a la propia dignidad, a la propia libertad y a la propia vida. Mueren los creyentes, mártires de sus creencias. Y las creencias siguen, más sólidas que antes.
En tiempos de tantas y tantas confrontaciones, en buena medida motivadas o "legitimadas" por principios religiosos, lo peor que podemos hacer es agredir al que ve las cosas de la religión de manera distinta a como yo las veo. También en esto, el Evangelio es genial. Jesús fue intolerante con los intolerantes de su propia religión. Con los demás (paganos, samaritanos, descreídos, pecadores...) siempre fue respetuoso, tolerante, acogedor, comprensivo. Y llegó hasta el exceso de afirmar que un centurión romano tenía una fe tan grande, que no había visto cosa igual en todo Israel (Mt 8, 10 par). Aquel militar de las tropas de ocupación no creía en el mismo Dios en el que creían los israelitas. Pero tenía algo más grande: un corazón bueno, capaz de sufrir porque veía sufrir a un criado que tenía en su casa.
Me preocupan mucho las ideas xenófobas que veo cundir por todo el llamado "mundo desarrollado". ¿Qué hemos desarollado en este mundo nuestro? ¿La intolerancia? ¿El desprecio hacia todo el que no piensa como nosotros? Esta guerra la tenemos perdida de antemano. Y, lo que es peor, no sólo saldremos derrotados, sino que terminaremos siendo tan fanáticos como aquéllos a los que acusamos de fanáticos. Porque, a fin de cuentas, como bien se ha dicho, "la esencia del fanatimso consiste en la pretensión de cambiar a los demás" (Samuel Oz).
No se trata de renunciar a decir lo que sea necesario decir. Lo que pasa es que, si lo que decimos son agresiones a quienes ven las cosas de otra manera, con eso sólo conseguimos exactamente lo contrario de lo que pretendemos: todos nos dividimos y nos enfrentamos más y más. Hasta convertir la convivencia en una forma de vida que destruye todo lo que pilla por delante. O, por lo menos, nos hace daño a nosotros mismos y no consigue lo que se trataba de conseguir. Toda forma de violencia, por pequeña que sea, no sirve nada más que para descandenar la espiral de la violencia. Y así nos metemos por un camino que no lleva a ninguna parte. O, mejor, SÍ, nos lleva a todos a nuestra propia destrucción. Teología sin censura
Hace casi veinte años, un jesuita norteamericano, David Schweickard, , profesor de la "Loyola University" (Chicago-Ohio), publicó un libro que dio que hablar. El libro se titulaba Against Capitalism, que en España se publicó con el título maquillado Más allá del capitalismo. En este libro, Schweickart decía: "dado que existe una alternativa al capitalismo no sólo viable, sino claramente superior, el capitalismo no tiene ya justificación válida alguna, ni económica ni ética. Si esto es así, entonces los intelectuales ... deberían dejar de pretender que el capitalismo tiene algún derecho a nuestra lealtad moral. Debemos admitir que en estos momentos no podemos ir más allá del capitalismo, no porque no exista un "más allá" viable y deseable, sino porque aquellos que más se benefician del orden presente son demasiado poderosos. Ni más ni menos". Si, en 1993, esto era una verdad como una catedral, ahora nos damos cuenta de que Schweickart tenía toda la razón del mundo. ¿Por qué?
Porque ha sido el sistema capitalista el que nos ha metido de lleno en el cataclismo que estamos viviendo y padeciendo. Sobre todo, los más débiles, que son quienes están pagando, con sus sufrimientos y hasta con sus vidas, los escándalos, la corrupción y los abusos que han sido posibles gracias al sistema capitalista. Un sistema que. no contento con matar de hambre a más de 70.000 personas cada veinticuatro horas, está destrozando el planeta, acabando con las reservas y energías de la tierra, contamiando aguas, aires, ciudades y casi todo lo que se mueve, sino que, además de todo eso, ha hecho algo que seguramente es peor, es más grave y más peligroso. Y es que a todos nos ha metido en la cabeza que la ganancia es lo que importa. Por eso ha pasado lo que tenía que pasar: si la ganancia es lo que importa, pues ¡VAMOS A GANAR! Este principio, erigido en criterio rector de la economía del mundo, y sin unas leyes eficaces que lo controlen y, menos aún, una justicia de ámbito mundial, que pueda encausar y meter en la cárcel a los "listos" y "canallas" que han abusado, hasta reirse de todos nosotros impunemente, ha desembocado en el caos en el que nos debatimos, sin saber exactamente ni quién tiene la culpa de lo que pasa, ni quién nos va a sacar de este pozo sin fondo, ni (menos todavía) cuándo vamos a salir este estado de cosas.
Y lo peor del caso es que, cuando estamos metidos hasta el cuello entre tanta porquería ("con perdón"), los que manejan, o intentan manejar, el poder político, en lugar de unirse para sacarnos cuanto antes de la crisis, se ponen a pelearse entre ellos, para decirnos a todos quién es el que sabe más y el que puede más. Con lo cual han conseguido dos cosas: 1) Complicar mucho más la salida de la crisis, porque así han puesto en evidencia las contradicciones del sistema. 2) Desacreditar más aún el noble ejercicio de la gestión política y, sobre todo, crear una desconfianza generalizada en el sistema democrático. Porque la gente ve, a las claras, que se trata de un sistema en el que lo determinante no es el bien de los ciudadanos, sino el interés del partido. De forma que, con tal que gane el partido, se hunde (si es necesario) más y más la economía del país, para que quede en evidencia lo incompetente que es la oposición, ya sea que la oposición esté en el Gobierno o esté aspirando a gobernar.
Así las cosas, la pregunta que todos tenemos que afrontar es ésta: ¿Lo que interesa es ganar o lo que interesa es sobrevivir? La respuesta, por supuesto, la tienen lo políticos, los banqueros, los empresarios, los sindicalistas, los economistas. Pero no sólo ellos. Esa pregunta nos la tenemos que hacer todos. Y la respuesta, la tiene que afrontar cada uno, yo el primero.Teología sin censura
Cuando se producen situaciones de sufrimiento, violencia y muerte, el silencio de las religiones resulta sospechoso. Porque, a poco que se piense en tales situaciones, enseguida se comprende que el silencio de los responsables religiosos (sobre todo los dirigentes de la religión) es, de facto, un silencio cómplice. Un silencio, quiero decir, que, al callarse ante lo que está pasando, se hace responsable de la violencia y sus causas, del sufrimiento de las víctimas y de la impunidad de los verdugos que producen las agresiones violentas. No olvidemos que todo el que se calla, cuando está informado de una agresión a terceros, se hace cómplice de esa agresión. Pero, además, es claro que la complicidad se hace más insoportable cuando el que se calla es una persona cualificada o una institución prestigiosa, por la autoridad moral que la sociedad le atribuye.
Digo estas cosas porque me siento mal ante el silencio de la Igleia Jerárquica ante las situaciones concretas de sufrimiento que está causando la crisis económica mundial. Es verdad que el papa ha lamentado esta situación más de una vez. Es cierto también que el papa y no pocos obispos han pedido que se le ponga remedio a este estado de cosas. Pero todo eso no pasa de ser retórica convencional sin efecto alguno para poner remedio a tanta barbarie como se ha desatado en el mundo financiero, por la codicia de los más poderosos a costa del hambre, el paro y la miseria de millones de ciudadanos inocentes e indefensos. Yo me pregunto por qué los obispos son tan elocuentes y tan rigurosos en sus exigencias cuando se trata de problemas relacionados con la moral privada (sexo, aborto, eutanasia...). Y por qué se quedan como mudos cuando se producen situaciones (a veces muy graves, como ocurre ahora) relacionada con la moral de los negocios y las finanzas, con las decisiones de los políticos y de los organismos internacionales (FMI, BM, OMC, ONU, OMS...). ¿Es que quienes se presentan, ante la opinión pública, como defensores del derecho y de la justicia, del amor y de la libertad, no tienen nada que decir cuando esos grandes valores se ven más violentados y pisoteados por Estados, instituciones y personas cuyos nombres son suficientemente conocidos?
En asuntos de tanta gravedad, la pretendidad "neutralidad" (el silencio) se convierte inevitablemente en "complicidad". ¿De qué o de quién son complices los dirigentes religiosos de Estados Unidos y de la Unión Europea en la situación que estamos viviendo y padeciendo? ¿Por qué ahora los obispos españoles están tan callados, sabiendo (como sabemos) lo elcocuentes y activos que han sido cuando se discutió la ley del divorcio o del aborto, las campañas sobre el preservativo, la legislación sobre los matrimonios homosexuales... etc?
Confieso que, al plantear estas preguntas, lo hago porque me duele el sufrimiento y la humillación de las familias que se han quedado sin trabajo y no saben cómo van a poder salir adelante con dignidad. Eso me duele y me angustia. Pero también me angustia el hecho de que un nuevo silencio, añadido al silencio de los obispos que han ocultado a curas pederastas, viene ahora a hundir más la poca credibilidad que le va quedando a esta Iglesia en la que nací y he vivido; y en la que espero morir. Porque es la Iglesia en la que he encontrado a Jesús y su Evangelio, la luz y la fuerza que da sentido a mi vida.Teología sin censura
Sí, "el que tenga las manos limpias (en este país y en cualquier país del mundo) que tire la primera pieda". Pienso que, en este momento, nos viene bien a todos recordar estas palabras de Evangelio. Ahora precisamente, cuando la crispación social es más fuerte. Y cuando todo el mundo busca culpables de la crisis económica y de las calamidades que la crisis nos ha traído. Y las que nos va a traer. El hecho es que los políticos se echan en cara, unos a otros, las responsabilidades que tienen en el desastre económico en el que nos vemos metidos. Y con los políticos de cada bando, los fieles seguidores de cada grupo, los de la derecha y los de la izquierda, recordando todos cosas que no quiséramos oír. Y todos apuntando con el dedo al que cada cual considera culpable de todos los males, sin mezcla de bien alguno.
Decir estas cosas es echar mano de tópicos gastados y baratos, cosas que todos sabemos. Pero, si las recuerdo aquí, es porque me parece que estamos viviendo una especie de espejismo de proporciones fabulosas. Nos están engañando. Porque esta crisis es de tales proporciones, que ni la ha causado un hombre, ni la va a resolver otro hombre. Mi idea es que entre todos hemos causado el desastre. Y entre todos lo tenemos que resolver. Por supuesto, es decisivo tener buenos gobernantes. Pero, tan decisivo como eso, es tener buenos ciudadanos.
Concretando más, me atrevo a pedir dos cosas: 1) A los políticos: que no antepongan el bien del partido al bien del país. Porque, en este momento, lo más urgente no es que gane mi partido, sino que España salga adelante. 2) A los ciudadanos: que todos arrimemos el hombro, rindiendo más en el trabajo, favoreciendo cualquier propuesta solidaria en favor de quienes más lo necesitan, fomentado la recuperación de la unidad perdida. ¡Ya está bien de enfrentamientos y fracturas maniqueas! ¿No nos hemos enterado todavía de que los enfrentamientos (en España y en todo el mundo) no han servido sino para hundirnos más a todos? Sin duda alguna, es importante "mi razón". Pero, ¿es que no nos damos cuenta de que más urgente que imponer mi razón es que todos salgamos adelante?
Y para terminar: No me explico el silencio de los "hombres de la religión" en este momento? ¿por qué están tan callados? ¿es que el papa, los obispos, los teólogos, los imanes y los rabinos, los gurus y los chamanes no tienen nada que decir cuando está en juego el hambre de tantas familias, la justicia que defienda a los parados, los inmigrantes, los arruinados por la crisis...? ¿qué lectura hacemos de este extraño silencio? Y ¡por favor!, aporten ideas que nos sirvan para emprender acciones positivas. De quejas, acusaciones y lamentos, ya estamos bien servidos.Teología sin censura
La prestigiosa economista Loretta Napoleoni, consultora del Fondo Monetario Internacioanl y de la FAO, asesora de la BBC y la CNN, la persona que más ha estudiado y mejor conoce cómo se financia el terrorismo mundial, acaba de publicar un libro apasionante, La Mordaza (Barcelona - Paidós), en el que dice esto: "Lo que ha puesto de rodillas a la economía estadounidense y mundial ha sido ha sido la locura de la guerra contra el terrorismo" (p. 34). Se trata del terrorismo que contra el que luchan los poderosos de Occidente en las guerras de Irak y Afganistán. Dos guerras llamadas al fracaso. Porque, ni han resuelto, ni van a resolver nada. Lo único que se ha conseguido con esas guerras ha sido desquiciar la economía de Estados Unidos y de la Unión Europa. Al tiempo que las finanzas islámicas se han disparado en flecha, haciendo de Dubái la Wall Estreet del Gorlfo Pérsico (p. 39). Si a esto se suma el crecimiento económico, imparable y progresivo, de la economía de China (con la que la deuda de Estado Unidos crece más y más cada año), cualquiera entiende que la crisis económica, en la que estamos metidos, no depende (en sus causas y en su solución) ni de Zapatero, ni de Bruselas, ni siquiera de Obama. Es el falso equilibrio de sistema, en el que hemos vivido los países ricos por encima de nuestras posibilidades, el que se ha roto. Y seguramente se ha roto para siempre.
¿Tiene solución este estado de cosas? Depende de lo que entendamos por "solución". Si, al hablar de solución, estamos pensando en volver a donde estábamos antes de la crisis, es muy problemático que eso se pueda conseguir, al menos a corto plazo. En las condiciones, en las que estamos, lo más necesario y hasta lo más urgente, no es que cambien los gobernantes, sino que cambiemos nosotros. Concretamente, lo que más falta nos hace es que cambie nuestra mentalidad. ¿En qué sentido?
Aceptemos que se ha terminado el "Estado del Bienestar" y del "Crecimiento Sostenible", en el que hemos vivido engañados durante años. Sí, lo repito, nos han engañado. No éramos tan ricos como para vivir al nivel que hemos vivido. Eso ha sido posible porque acumulábamos y consumíamos lo que tenía que estar mejor repartido. Por tanto, lo primero que tendrían que hacer los políticos es dejar de seguir engañando a la gente. Que tangan la valentía de decirnos que la solución que urge no es hacer promesas imposibles de cumplir, promesas de recuperar lo que ya es seguramente irrecuperable. Lo que urge es educarnos a todos en la convicción de que podemos ser más felices viviendo más austeramente. Se puede vivir mejor con menos cosas, con menos caprichos, con una vida reorientada hacia el logro de otros valores.
Desde el planteamiento de este blog, propongo (con toda claridad, pero también con toda modestia) dos cosas que me parecen importantes en este momento: 1) Necesitamos repensar nuestras convicciones y nuestras creencias. Está visto que la religión "oficial", que enseña la Iglesia, no le ayuda mucho a este país para hacer a la gente más feliz. No es posible establecer con certeza si es la fe la causa de la felicidad o es la felicidad la causa de la fe (R. Layard). En cualquier caso, lo que sí podemos afirmar es que las personas que han incorporado en su vida convicciones que les hacen más generosos y más sensibles ante la felicidad o el sufrimiento de los demás, esas personas suelen ser más felices. Y son más felices con menos cosas. 2) La forma de interactuar con los demás es decisiva para sentirse bien o para sentirse mal. Está bastante bien probado que las personas que se preocupan por los demás son en general más felices que las que viven preocupadas por sí mismas. La ansiedad derivada de "beneficiarse" uno a sí mismo genera problemas y es causa de mucho malestar. Por el contrario, la preocupación por "beneficiar" al resto del mundo es fuente insesante de un profundo bienestar que sólo conocen los que viven con esa preocupación.
¿Y esto qué tiene que ver con la solución de la crisis? Más de lo que imaginamos. Los miles de ciudadanos, que andan estos días crispados porque les bajan el sueldo, la ansiedad que tienen los que temen que les suban los impuestos, los que no se dan cuenta de que no les llega la camisa al cuerpo porque no ven caer a tal o cual político, los que temen que el jefe de su partido no gane las próximas elecciones..., en fin tanta gente que anda indignada o irritada estos días, ¿por qué no piensa en serio en los que no saben si mañana van a tener para poder cenar? ¿Por qué no se tragan, de una vez, que pueden vivir con menos caprichos? ¿por qué no pensamos todos más en las "soluciones" y menos en las "elecciones"? Lo digo con firmeza para terminar hoy: nuestra felicidad depende de nuestro ser interior y de nuestra filosofía de la vida. Por muy buenos políticos que nos pongan, si no cambiamos de mentalidad, seguiremos siendo bastante desgraciados. A no ser que perdamos del todo la vergüenza y nos hagamos unos canallas. Pero eso no serviría sino para aumentar nuestras desventuras. Teología sin censura
En días de tanta confusión, incluso de tanta angustia, como los que estamos viviendo en casi todo el mundo por causa de la crisis económica, me parece que la cosa más sensata, que podemos decir, es que, en este momento, lo que más necesitamos es unirnos, en lugar de enfrentarnos cada día más. La salida de la crisis no será posible mientras los políticos sigan dividos, enfrentados, crispados ellos y crispándonos a todos, con sus destemplazas y agravios mutuos y, sobre todo, con el convenecimiento de que cada uno tiene la razón y la solución en sus manos. Cada día veo más claro que por este camino no vamos a ninguna parte. O lo que es peor, es seguro que, por este camino de incesante confrontación y vergonzosas trifulcas, a donde vamos derechos es a hundirnos del todo y por muchos años.
¡Qué malo y qué canalla es el afán de poder y de mando! Da miedo y da vergüenza pensar que hay personas y grupos que anteponen sus deseos de poder a la necesidad apremiante que tenemos todos de recuperar la paz en ka convivencia, incluso aunque para eso sea necesario ceder en puntos que uno considera indiscutibles. Hay que decirlo una vez más: tal como están las cosas, si los partidos poíticos no se unen, no saldremos de la situación miserable en la que estamos metidos. Y conste que es miserable la situación de los parados y gentes así. Pero es indeciblemente más miserable la crispación y el cainismo que se ha convertido en el cancer de la convivencia de nuestra propia dignidad.
Muchas veces he pensado que también en este asunto tiene mucho que decir el Evangelio. Puede parecer una salida de tono o una cosa sin pies ni cabeza querere meter el Evangelio en un asunto que, a primera vista, parece que nada tiene que ver. A ningún político, a ningún economista, se le ocurre echar mano de la religión para aportar solución a lo que está pasando. La religión de los santos y las liturgias, por supuesto, poco tiene que decir en este tipo de situaciones. El Evangelio es otra cosa. Porque cuando Jesús se enfrentó, una y otra vez, a sus propios discípulos, en cuanto aquellos hombre mostraron pretensiones de poder, de ser los primeros, de estar por encima de los demás, ¿no estaba Jesúa afirmando la convicción de que las soluciones a los problemas serios de la vida no las aportan los que quieren mandar a toda costa? El que aspira a mandar, incluso mintiendo, machacando al contrincante, anteponiendo sus propios intereses a las necesidades de los más necesitados, ese individuo es un peligri público al que, en ningún caso, se puede entregar el mando. ¿Nos vamos a poner en manos de un ambicisoso, que pone sus intereses por encima y por delante de lo que necesitamos? ¿Estamos locos de remate?
Yo se´que, al decir estas cosas, no aporto la solución. Pero también sé que, si lo que digo aquí no se tiene muy en cuenta, lo más seguro es que nos vamos a meter en un pozo más profundo del que ya estamos metidos y del que la salida va a ser poco menos que imposible. Esperemos que la sensatez se imponga, antes de que nos terminemos de hundir todos.Teología sin censura
¿Qué es lo que hace a la gente más feliz? ¿El dinero o el honor? ¿Ganar más o ser ser más importante? Se tiene la impresión, bastante extendida, de que, en la actual cultura capitalista, el factor determinante de la felicidad es el dinero. Al contrario de lo que ocurría en las culturas mediterraneas de la antigüedad, en las que el fector decisivo de la felicidad o la desgracia era el honor, el status que cada cual tenía en la sociedad y en la estimación de los demás.
Sin embargo, no está claro, en modo alguno, que las cosas sean así. Por supuesto, el dinero nos interesa a todos. Y más en tiempos de crisis económica, como ocurre ahora. Pero incluso ahora se puede decir con bastante seguridad que el factor más importante en la felicidad o la desgracia de la inmensa mayoría de la gente es la catergoría y la estimación que tiene ante los demás. Unos de los economistas más pretigiosos del Reino Unido, Richard Layard, ha escrito recientemente un libro importante sobre "La felicidad". Y en ese libro afirma que "los ingresos representan mucho más que un medio para comprar cosas. También utilizamos nuestros ingresos, mediante su comparación con los demás, como una medida de cómo somos valorados". De ahí que, "la única situación en la que estamos dispuestos a aceptar un recorte de nuestro sueldo es cuando a los demás les pasa lo mismo". Por eso "cuando la gente compara sus sueldos, lo hace generalmente con otros semejantes a los suyos, no con los de las estrellas de cine o los de los más desfavorecidos". Esto hechos han llevado a este autor, importante miembro de la London School of Economics, a la conclusión de que una persona a la que suben el sueldo, se siente mejor si se lo suben a él solo. Si se lo suben por igual a los demás (de su empresa, de su categoría, etc), por eso no se siente más feliz. Esto, como regla general, está más que comprobado.
Lo peor que han hecho con nosotros es fomentar la competitividad y formarnos para ser los primeros. Y es que el ser el primero, el estar por encima o por delante de los demás, es lo que nos gratifica en la vida. Por eso, sin duda, én los evangelios se nos dice, una y otra vez, que los discípulos de Jesús discutían frecuentemente sobre cuál de ellos era el más importante. O quién era el primero. Y sabemos que Jesís cortó de forma tajante estas recillas de honor y dignidades. Es claro que Jesús se dio cuenta de que lo más peligroso que hay en este mundo no es el afán de tener, sino la categoría del ser, la dignidad de estar por encima de los demás.
Nos educan para ser los mejores, para estor los primeros, para subir hasta lo más alto. Y esto es lo que arruina la convivencia y hace de la vida un infierno. ¿Por qué la lucha que hay entre políticos, entre curas, entre empresarios, entre gentes de todos los colores y de todas las categorías? Si no aprendemos a sentirnos felices en el último puesto, no haremos en esta vida sino pasar por ella pegando codazos para subir y situarnos en el sitio preferente. Hemos organizado el infierno en esta vida. Ahora mismo, el infierno de los políticos - y el de los curas - son las marcas de esta sociedad que nos tendría que avergonzar. Teología sin censura
El pasado día 19, uno de los comentaristas de este blog, que se firma Adrian, escribió lo siguiente acerca de lo que, en la entrada anterior, he escrito sobre los templos vacíos: "No, usted no nos habla de religión, ni de teología, usted propone una suerte de política o moralidad, que no es lo propio de la religión... La Iglesia no debe ocuparse de la vida terrena, sino más bien de la eterna...".
Esta reflexión de Adrian me ha dado que pensar. Porque este visitante expresa lo que, sin duda, piensa mucha gente. Y lo que, a mucha gente, quizá le desagrada en este blog. Por eso me ha parecido importante decir lo que pienso sobre este asunto que, por otra parte, me parece capital.
No tengo que insistir en que respeto sinceramente el punto de vista de Adrian y de todos los que puedan pensar como él. Además, me explico que haya bastante gente que piensa así, cuando se habla de la religión y la teología. Porque eso es lo que se ha enseñado - y se sigue enseñando - en las catequesis, las clases de religión, en sermones y homilías, en muchas publicaciones relativas a estos temas.
Sin embargo, debo decir que no estoy de acuerdo con esa mentalidad. Porque, detrás de esa mentalidad, se oculta una teología que considero profundamente equivocada. Aquí me parece necesario informar que el debate teológico más serio y más fuerte, que se ha mantenido dentro de la Iglesia, en la segunda mitad del siglo pasado, se centró precisamente en este problema capital. Apenas terminada la segunda guerra mundial, estalló en Francia la gran controversia. Todo nació con un potente movimiento teológico, la Nouvelle Théologie, en la que destacaba una figura eminente, H. de Lubac, un jesuita francés, al que se unieron (con puntos de vista diferentes) otros grandes teólogos: K. Rahner, H. Urs von Balthasar, J. Alfaro... No es posible explicar aquí los argumentos y matices de esta controversia, la más profunda teológicamente de todo el siglo XX. El papa Pío XII, en 1950, en la encíclica Humani Generis puso serios reparos a esta "nueva teología". Pero el hecho es que esta forma de pensar terminó por imponerse en los teólogos más autorizados del último medio siglo.
El punto central de la cuestión está en esto: el ser humano, tal como de hecho existe, ¿es una realidad meramente "humana" y "natural"? ¿o es, desde su mismo origen, una realidad "sobrenatural"? La respuesta "teológica" (no "científica" o "filosófica") es que el ser humano, tal como Dios ha querido que exista, es un ser que no puede entenderse sino como "el acontecimiento de una autocomunicación sobrenatural de Dios". Por eso, como bien dijo K. Rahner, podemos (y debemos) hablar del ser humano como un "existencial sobrenatural". Es decir, toda la existencia humana, tal como Dios ha querido que exista, está elevada al orden sobrenatural.
La consecuencia, que se sigue de esto, es que todo lo verdaderamente "humano" y "natural" es, por eso mismo, también "divino" y "sobrenatural". De ahí que el ser humano experimenta y vive la condición divina y sobrenatural, no sólo cuando reza o realiza actos específicamente religiosos, sino en todo lo que es verdaderamente humano: en el trabajo y el descanso, en la calle y en la casa, en el quehacer cotidiano en todas su manifestaciones.
Es capital tener esto muy claro, para organizar nuestra vida como Dios quiere. Dios quiere que recemos y fomentemos nuestra fe en El. Pero igualmente quiere que hagamos cuanto esté a nuestro alcance por mejorar este mundo. Por eso, Jesús pasó por este mundo curando enfermos, dando de comer a los necesitados, ayudando a los excluidos... Según la teología más tradicional y antigua, Jesús hacía esas cosas para demostrar que era Dios. Pero ocurre que eso no se puede demostrar. Ni los teólogos más entendidos lo admiten así. Jesús hizo lo que hizo porque luchar contra el sufrimiento humano es lo más divino que podemos hacer los humanos. Este es el punto capital de la teología que presenta este blog. La teología en la que me pienso mantener a costa de todo lo sea necesario. Teología sin censura
Es sabido que en la Iglesia primitiva no había templos. Los cristianos se reunían en las casas, ya que la casa era la estructura base del cristianismo primitivo. Es decir, la Iglesia era la institución que aglutibana a las "iglesias domésticas" (R. Aguirre). Esta situación duró hasta el s. IV, cuando (a partir de Constantino) se construyeron los primeros templos cristianos. Fue el concilio de Laodicea (del 360 al 370) el que prohibió la celebración de las eucaristías domésticas. Hasta entonces, o sea durante tres siglos la Iglesia no tuvo templos, es decir, no tuvo espacios sagrados. Porque "lo sagrado", para la Iglesia de aquellos tiempos, no estaba en determinados edificios o locales concretos, sino que lo sagrado eran "las personas". Vale la pena explicar esto. Y sacar las debidas consecuencias.
Por lo que cuentan los evangelios, Jesús no levantó ningún templo o capilla. Ni organizó un centro de espiritualidad o una casa de retiros. Jesús fue un laico, que vivió laicamente, como un profeta itinerante. Un profeta, además, que, como sabemos, tuvo serios conflictos con el Templo de Jerusalén y sus sacerdotes. Hasta que aquello terminó trágicamente en la pasión y en la cruz. Después de la Resurrección y de Pentecostés, el libro de los Hechos cuenta que, cuando mataron al primer martir, Esteban, éste, precisamente cuando lo iban a matar, dijo que "el Altísimo no habita en dificios construidos por hombres" (Hech 7, 48). Y, lo que es más importante, San Pablo afirma con toda claridad que la morada propia de Dios no está construida por manos de hombres (2 Cor 5, 1). Es más, la carta a los hebreos dice de forma terminante que el templo "no hecho por manos de hombres" se instaura a partir de Cristo (Heb 9, 11).
Los primeros cristianos tenían razones muy serias para decir estas cosas. Aquellos cristianos no querían templos. El motivo de este rechazo no era económico (no tenían dinero para tales edificios), ni político (se tenían que ocultar en tiempos de persecuciónes). El motivo por el que rechazaban los templos era teológico. Porque una de las convicciones más fuertes de la Iglesia de aquellos primeros siglos cristianos era que el templo de los cristianos es la comunidad (1 Cor 3, 16-17; Ef 2, 21) o cada cristiano en particular (1 Cor 6, 19; 2 Cor 6, 16). Lo cual quiere decir, lógicamente, que para los cristianos (los de entonces y los de ahora) no hay más templo que la comunidad misma o cada ser humano en concreto. Es decir, el lugar del encuentro con Dios no es un espacio material (geográfico), sino el espacio humano del encuentro entre las personas. Donde los humanos se encuentran, se comunican, se unen y conviven, ahí es donde se encuentra a Dios.
Esta manera de pensar, tan revolucionaria, duró algún tiempo, no mucho. Sólo aguanto tres siglos. A partir del momento en que la Iglesia se vio con poder, expresió ese poder (entre otras cosas) en los edificios, es decir, levantando iglesias, templos, basílicas y capillas. Con lo cual se conseguían varias cosas: 1) A Dios se le encerraba en el templo, que podía ser grandioso, señal de que quien estaba allí era el Todopoderoso, pero ya no era el Dios humanizado, al que se le encuntra entre los humanos y humanizándose. Una cosa que ha sido fatal. Porque así los cristianos descargamos las conciencias acudiendo un rato al templo, mientras que en la calle, en la casa, en el trabajo..., nos portamos como si Dios no existiese. El respeto se guarda en el templo, lo que hace más tolerables las frecuentes faltas de respeto que cometemos en la convivencia a todas horas y en todas partes. Nos espanta la profanación de un templo. Y no nos impresiona las constantes profanaciones de toda clase de personas que cometemos, incluso con la conciencia tranquila del que hace "lo que tiene que hacer". 2) Es más fácil construir un templo que construir una comunidad. Se maneja mejor el ladrillo que la convivencia. Y así nos encontramos ahora con muchos templos y tan pocas comunidades. Enseñamos monumentos, pero no podemos enseñar grupos humanos que se quieren y en los que no hay secretos que ocultar. 3) Los templos suelen dar un buen rendimiento económico. Cosa que se sabe desde que se empezaron a levantar templos. Uno de los favores que Constantino le hizo a la Iglesia fue la concesión de recibir herencias y legados, cosa de la que da cuenta el Código de Teodosio (CTh. 16. 2. 4 = CJ 1.2.1, del 321). Así se abrió la puerta al enriquecimiento de la Iglesia mediante las enormes donaciones de la gente rica, que dejaba sus bienes al templo y así se moría en paz, tal como lo explica el reciente y magnífico estudio del Prof. Ennio Cortese, en su estudio sobre las grandes líneas de la Historia Jurídica Medieval (Roma, 2008).
Uno de los muchos problemas que la Iglesia tiene que afrontar es éste: ¿Creemos en el Dios que hemos encerrado en los templos o creemos en el Dios que está en cada ser humano? He aquí dos modelos de Iglesia, que desencadenan dos formas de entender el cristianismo y la fe en Jesús el Señor.Teología sin censura
La crisis mundial de la economía, que está golpeando con especial crueldad a los países más débiles, y sobre todo a los más debiles en esos países, se está ensañando con muchos de nosotros, sobre todo con los inmigrantes, los parados, las personas dependientes... ¿Qué están haciendo las religiones en esta situación? ¿Qué está haciendo nuestra Iglesia?
No es éste el momento de echarnos en cara culpas y responsabilidades. Es la hora de buscar soluciones. Y mi propuesta es muy clara, aunque entiendo que no será fácil de llevarla a la práctica, al menos de inmediato, a corto plazo. Pero, aun a sabiendas de la dificultad que entraña, lo quiero decir con toda claridad y con toda firmeza. ¿De qué se trata?
Tenemos que buscar y poner en práctica un "modelo alternativo de religiosidad". Lo he dicho ya muchas veces y no me canso de repetirlo. Nuestra Iglesia padece una hipertrofia de prácticas religiosas y una atrofia de convicciones evangélicas. En las parroquias, en las iglesias y conventos, por lo general, se siguen cuidando con esmero las prácticas sacramentales, al tiempo que no se cuidan con el mismo esmero las personas que peor lo están pasando en esta dramática situación. Mi propuesta es que el centro de atención, de interés y de desvelos, en cada diócesis, en cada parroquia, en cada convento..., sea la atención, la acogida, el cuidado de las personas que más sufren, que se ven más desamparadas, más desprotegidas, con un futuro más oscuro.
Mucha gente no sabe que, si el cristianismo creció vertiginosamente durante los siglos III y IV, eso se debió a que, en aquellos tiempos, el Imperio empezó a vivir lo que con razón se ha denominado como "una época de angustia" (E. R. Dodds). Las instituciones hacían agua, la economía se hundía, las gentes estaban asustadas. Pues bien, estando así las cosas, los cristianos tuvieron el acierto de organizarse por "comunidades de acogida", que fueron un alivio para los más desgraciados de entonces. Como bien nos ha explicado el citado Profesor Dodds (Oxford), "los beneficios que acarreaba el ser cristiano no quedaban confinados al otro mundo. Una congregación cristiana poseía un sentido comunitario más fuerte que cualquier otro grupo (isiaco o mitriano) equivalente. Sus miembros quedaban unidos no sólo por unos ritos comunes, sino también por una forma común de vida... La Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Pero más importante que estos beneficios materiales era el sentimiento de grupo que el cristianismo estaba en condiciones de fomentar. Los modernos estudios sociológicos nos han familiarizado con la universalidad de ese "sentimiento de grupo" como algo absolutamente necesario para el individuo, así como con las formas inesperadas en que esa necesidad puede influir sobre la conducta humana, particularmente entre los individuos desarraigados de las grandes ciudades... Epicteto nos describe el horrible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes (Epict. 3. 13.1-3). Debieron ser muchos los que experimentaron este desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro".
Esto escribió el Profesor E. R. Dodds, en 1963. Su punto de vista tiene ahora seguramente más actualidad que cuando él lo dijo. Y más, incluso, que en los lejanos tiempos, de los siglos III y IV, que con tanta competencia analiza y describe. Esto supuesto, mi pregunta es: ¿no tendría que ser ésta la tarea más urgente, y el culto religioso más necesario que nuestras parroquias y nuestras iglesias tendrían que poner en práctica de manera urgente y apremiante?
Todos sabemos que esto no sería la solución a la crisis. Pero sí sería, sin duda alguna, el alivio de muchos sufrimientos humanos que, de otra manera, no van a tener ni solución, ni remedio. Por lo demás, nunca deberíamos olvidar que esta "religiosidad alternativa" fue precisamente la forma de religiosidad que estrenó Jesús. La religiosidad que marcó la originalidad del cristianismo. Teología sin censura
En la Iglesia, la "religión" le ha ganado la partida a la "misericordia", a la "profecía", a la "ética". Nuestra Iglesia padece de "hiper-religiosidad". Lo que, en concreto, quiere decir que padece de "hipersacramentalidad". Explico esto.
El prefijo griego hiper significa "exceso". Los ejemplos que pone el Diccionario de RAE son muy claros: HIPERtensión, HIPERmercado, HIPERclorhidria, términos que indican "superación ", "demasía" o "exceso". Pues bien, esto es lo que le pasa a la Iglesia y a casi todos los que seguimos en ella. ¿A qué va la gente a una iglesia? A misa, a un funeral, a una boda, a un bautizo, quizá a confesarse. ¿A rezar? Algunas personas mayores van también a eso. A no ser que se trate de una iglesia-monumento, como ocurre en no pocas catedrales. Pero en este caso, con frecuencia, hay que pagar para entrar, como se paga la entrada a un museo, a una exposición o cosas así. Antiguamente, cuando no había tele ni otras formas de distraerse, iba mucha gente a los sermones. Ahora, eso es más raro.
Pero, volviendo a los sacramentos, si se piensa despacio, lo que uno ve en las parroquias, es que la gran mayoría de la gente acude a ellas porque allí es donde se administran los sacramentos: bodas, bautizos, comuniones. También va mucha gente a los entierros, que en definitiva son una misa, "misa de difuntos". Y los domingos y "días de precepto", los que siguen fieles a eso, van a alguna iglesia a "cumplir con el precepto". Por supuesto, en las parroquias se organizan reuniones: de catequesis, de Cáritas, de tal cofradía... Pero también es cierto que muchas de esas reuniones giran en torno a loa sacramentos: reuniones de preparación al bautismo, a la confirmación, al matrimonio... No es ningún disparate decir que, si en una parroquia se suprimieran los sacramentos, ¿no sería eso algo así como dejar al párroco y su parroquia en el paro? ¿no se quedaría aquello en una especie de vacío, sin saber qué hacer, ni el cura ni los feligreses?
La cosa está clara: la Iglesia se ha organizado de forma que se ha convertido en un HIPER de religiosidad sacramental. Y lo más notable es que todo esto se ha organizado así con el convencimiento de que así es como tiene que funcionar la Iglesia. Sin pararse a pensar en serio que Jesús no se dedicó a todo este montaje sacramental en el que la Iglesia ha puesto sus cinco sentidos. Y lo ha hecho así, basándose en una teología, que se da por segura y por indiscutible, cuando en realidad es sumamente discutible, como explicaré en día sucesivos.
De momento, sólo quiero fijarme en un punto, que me parece capital. Me refiero a que la práctica de los sacramentos, tal como está organizada, es UN INSTRUMENTO DE CONTROL Y DE PODER, que resulta sumamente eficaz para que el clero pueda imponerse y dominar a los laicos. No discuto ahora el valor sobrenatural de los sacramentos. Lo que digo es que los sacramentos están legislados y controlados (por la autoridad jerárquica) de forma que practicar los sacramentos equivale a someterse al clero. Porque es el clero el que los administra. Y los administra de manera que el cura puede negar el bautizo, la boda, la comunión... a quien considere (según las normas establecidas e interpretadas por el cura de turno) que no es digno, por ejemplo, de comulgar o de recibir la absolución de los pecados en un confesionario.
Este asunto es muy serio. Y en Roma lo toman así, muy en serio. La Curia Vaticana controla severamen te a cada obispo para que en su diócesis se administren los sacramentos ajustándose escrupulosamente al ritual y a las normas. Cada obispo se preocupa de que cada cura sea obediente a lo prescrito en esta materia. Y cada sacerdote tiene sumo cuidado para que nadie le pueda llamar la atención en el sentido de que no dice la misa como hay que decirla o que hace cosas que se salen de las normas.
La consecuencia es que quien quiere seguir siendo católico, no tiene otra salida que aceptar este sistema, someterse a él sin protestar, y, para casos "especiales", buscarse un cura amigo, a ver si se atreve a que le den la comunión a un amigo homosexual, a un divorciado, a..., ¡cualquiera sabe!
En todo caso, es evidente que el control de la Iglesia en cuanto se refiere a los ritos sacramentales es mucho más riguroso que en cuanto afecta a la vida que llevan los curas, los frailes, las monjas; en tema de dinero, de ambiciones de poder y de trepar, etc, etc. ¡Qué pena da esta Iglesia! Con tanto HIPERsacramentalismo le va bien. Porque así tiene poder, conserva el poco poder que le queda. Y, de camino, gana dinero. Porque es un hecho que vivir como vivió Jesús, eso lo único que acarrea son problemas. Problemas con las autoridades, problemas con la gente de dinero, con mucha gente de derechas y con algunos de izquierdas también. Por eso, lo más seguro y lo más rentable es seguir con lo que estamos y como estamos. A ver lo que esto dura... ¿Hasta cuándo? Seguiremos con el tema. Porque aquí queda mucha tela que cortar. Teología sin censura
Para nadie es un secreto que la práctica religiosa ha descendido en casi toda Europa de forma alarmante. Lo hemos pensado y lo hemos dicho muchas veces: los templos casi vacíos, los seminarios y noviciados también (fuera de contadas excepciones) casi vacíos, y muchos de ellos cerrados. Cada día hay menos sacerdotes, menos religiosos/as. Cada día nos enteramos de nuevas noticias desagradables relacionadas con el clero, etc, etc. Pero, a mi manera de ver, lo más preocupante es que la Iglesia y sus prácticas religiosas, todo eso, es ya un hecho marginal en Europa, en su cultura, sus costumbres, sus proyectos. La Iglesia tiene una influencia cada día más escasa, más insignificante, en la vida, la moralidad y las costumbres de los ciudadanos en el gran continente donde primero se expandió el cristianismo y donde, desde sus orígenes, tiene su centro organizativo y administrativo. ¿A dónde vamos con todo esto? ¿No tenemos derecho y motivos para pensar seriamente en que nuestra religión, al menos en Europa, ha entrado en un proceso de creciente degradación? ¿No tendríamos que hablar, por lo tanto, de un proceso de "descomposición" del cristianismo, precisamente en la cultura en la que se encarnó, pero con la que no ha sabido crecer y estar a la altura de las circunstancias?
¿Se puede pensar que esto se va a reorientar dentro de algunos años? No podemos saber lo que va a ocurrir en el futuro. Pero lo que sí sabemos - y lo sabemos con seguridad - es que la religiosidad clerical, que la Iglesia ha impuesto como la forma de vivir el cristianismo, no se parece a lo que vivió y enseñó el fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret.
Hablo de "religiosidad clerical" porque las prácticas religiosas, organizadas, presididas y controladas por el clero, son el centro de la religión que enseña e impone la autoridad de la Iglesia. Pues bien, como todos sabemos, se trata de una religiosidad que tiene su centro en los templos, que es dirigida y presidida por sacerdotes, que controlan las prácticas religiosas mediante las leyes, normas y rúbricas que impone la Jerarquía de la Iglesia. Esto supuesto, lo primero que tendríamos que pensar es que de nada de esto habló Jesús. Ni de nada de esto se preocupó Jesús. Ni por nada de esto se interesó Jesús. Hay que leer y releer los cuatro evangelios. Y caer en la cuenta de que en ellos no se habla jamás de que Jesús fundara un templo, una capilla, o que instituiyera unos sacerdotes, o que organizara funciones religiosas... Nada, nada de eso, aparece por ninguna parte en los evangelios. Pronto explicaré esto más detenidamente.
De momento, me limito a insisitir en que Jesús se dedicó a tres cosas: anunciar el Reino de Dios. Y eso lo realizó en tres formas de actuación, que están presentes en todas las páginas de los evangelios: 1) Curar enfermos y endemoniados. 2) Compartir la comida con toda clase de gentes. 3) Repetir y explicar cómo deben ser las relaciones humanas, de acuerdo con lo que quiere el Padre del Cielo.
Jesús fue un laico, que vivió laicamente, con una espiritualidad muy profunda, pero vivida en la soledad del campo y de los montes. Jesús jamás aparece rezando en el Templo de Jerusalén. Ni jamás se dice que asistiera a los cultos del Templo. Jesús iba al Templo porque era el sitio donde se reunía la gente; y allí le hablaba a todo el mundo. Pero, insisto, en ninguna parte se dice que Jesús fuera a participar en los cultos sagrados del Templo. Incluso cuando se dice que iba a las sinagogas, siempre se advirte que lo que hacía allí era hablar. y hablar de tal forma que, con frecuencia, irritaba a los "observantes". Jesús fue un profeta de las "convicciones éticas" que pueden cambiar la vida de las personas. ¿No ha llegado ya la hora de que afrontemos en serio el desplazamiento de la "religiosidad de los templos y los clérigos" a la espiritualidad de las "convicciones éticas" que nos hagan a todos más humanos, más honrados y memos "inquisidores"?Teología sin censura
Con frecuencia se dice ahora que la religión está de capa caída, que se está hundiendo y que pronto será un recuerdo del pasado. No estoy de acuerdo con esa manera de pensar. Sencillamente porque los hechos no concuerdan con semejante criterio, tan negativo, sobre la actualidad y el futuro de la religión, no sólo en los pueblos del tercer mundo, sino también en los países más desarrollados. ¿Por qué digo esto?
Ante todo, porque es evidente que la religión tiene una presencia mundial más fuerte de lo que muchos se imaginan. Si no estuvieran presentes las religiones ahora mismo en el mundo, las guerras no serían lo que son, el terrorismo no sería lo que es, la fabricación y comercio de armamentos tampoco tendría la importancia que tiene, la política sería distinta, la crisis económica funcionaría de otra manera, la convivencia de los ciudadanos y de los pueblos iría por otros derroteros. Y así sucesivamente. Pero hay algo más. Si la religión no motivara a tantas personas de buena voluntad, los servicios sociales en Africa, por poner un ejemplo muy elocuente, no seráin lo que son, ni funcionarían como funcionan. Y lo que digo de Africa, se puede asegurar igualmente de no pocos países de Asia y América Latina.
Por lo demás, y en cualquier caso, existe una constante en el ser humano que jamás deberíamos olvidar. Recientemente, el conocido e ilustre miembro de la Royal Society, Robert A. Hinde, ha publicado un excelente estudio que lleva un título estimulante: ¿Por qué persisten los dioses? Hinde dice con tazón: "Muchas de nuestras instituciones tienen raíces religiosas, y a pesar de la obvia contradicción entre la ciencia moderna y las interpretaciones liberales de los textos religiosos, una gran proporción de individuos sigue acudiendo a lugares de oración. ¿A qué se debe esto? Una posible respuesta es que la observancia religiosa es una consecuencia de características psicológicas humanas pan-culturales, características que, en el contexto de las sociedades humanas, han dado forma a los sistemas religiosos en toda su diversidad". En el fondo, como indica este mismo autor, se trata de que "todos tenemos un conjunto básicamente similar de objetivos... Me refiero aquí no solamente a los objetivos más obvios de comida, seguridad y sexo, sino también a cosas como dar sentido al mundo atribuyendo causas a los efectos, sentir que uno controla su propia vida o tratar de conseguir un status, propensiones todas ellas que contribuyen a la observancia religiosa".
Con lo dicho, me limito solamente a apuntar lo más genérico que se puede decir sobre "la persistencia de los dioses". Pienso que, además de las razones que aduce R. A. Hinde, sería conveniente tener en cuenta el motivo del miedo. La gente tiene miedo. Por muchos motivos. Cuando vivimos en la sociedad más avanzada, nos encontramos con sentimientos de inseguridad y miedo que, década atrás, no teníamos. Siempre se dijo que "en las trincheras no hay ateos". Y es que, en momentos de miedo fuerte, uno se agarra a un clavo ardiendo. Y ese clavo, para muas personas, suele ser la religión.
Pero quiero terminar advirtiendo que, si hablamos de este asunto entre cristianos, nunca deberíamos olvidar que el cristianismo es, por supuesto, una religión. Pero es una religión que, tal como0 hoy la conocemos y la vivimos, es una religión "degradada". Por una razón muy sencilla: la religiosidad de Jesús y la nuestra se parecen poco. Es un asunto capital que urge explicar. Y lo explicaré pronto. De momento, me limito a decir que la religión de Jesús no tuvo su centro en la "observancia religiosa", sino en la "experiencia humana", concretamente en la experiencia sobrecogedora de la intolerancia ante el sufrimiento humano. Y la verdad es que de eso estamos muy lejos, demasiado lejos. Seguiremos pensando en este asunto la semana próxima.Teología sin censura
En el lenguaje religioso, es muy frecuente el uso del plural para referirse a cosas muy serias, a veces muy graves. Por ejemplo, cuando rezamos el Padre Nuestro, le decimos a Dios: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Como es lógico, el plural expresa un deseo y un propósito comunitario. Lo cual es bueno, más aún es excelente y ejemplar. Pero eso, que es tan positivo, entraña el peligro de no decir nada. Porque las fórmulas en plural se utilizan cuando el que las pronuncia es un colectivo de personas, que se refieren a algo que les concierne a todos y en la que todos se ven implicados. Pero, con el rezo del Padre Nuestro, nos en contramos con el hecho extraño de que una fórmula plural, pensada para un colectivo o una comunidad, con enorme frecuencia es rezada por un individuo, para pedir ayuda o para referirse a hechos y situaciones que le conciernen al sujeto singular y único que pronuncia esa oración. Y entonces ocurre que el orante singular le dice a Dios "perdónanos como nosotros perdonamos"... ¿Se atrevería ese mismo orante a decirle en serio a Dios: "¡Señor!, perdóname como yo perdono"? O sea, ¿estamos dispuestos a decirle a Dios: "¡Señor!, trátame a mí de la misma manera que yo trato a mi mujer, a mi marido, a mi vecino, a mi empleado, a mi enemigo, a mi adversario político, a mi empleada de hogar....". Y así sucesivamente y sin límite alguno. ¿Estamos de verdad dispuestos a rezar siempre, siempre, siempre, el Padre Nuestro de esta manera, cuando lo rezamoa en privado?
En la piedad religiosa, los plurales nos engañan. Y con los plurales decimos vaciedades que carecen de contenido. Sin ir más lejos, cuando nos pillan en una contradicción de la que no sabemos salir, despachamos el asunto diciendo tranquilamente. "todos somos humanos", "todos somos pecadores", "todos somos contradictorios"... Prescindiendo de que eso, en muchos casos es mentira (porque no todo el mundo es contradictorio), en realidad eso es la escapatoria de los cínicos y los tontos. Seamos honestos y coherentes. Cuando nos enfrentamos a una situación que le concierne a uno, y solamente a uno mismo, por favor, no nos escapemos con la vulgar generalidad de que eso mismo se le puede aplicar a todo el mundo. Y si no, ¿por qué no recurrimos al plural cuando tenemos que echarle en cara a un individuo algo que queremos que le duela? Si ese individuo te ha engañad0, no le dirás "todos somos embusteros". No. Le dirás en su cara: "¡Eeres un mentiroso y un embustero! Me has engañado". En singular, directo y muy concreto.
Pues bien, vamos a tomar la costumbre de rezar el Padre Nuestro diciéndole a Dios: "¡Señor!, trátame desde hoy exactamente lo mismo que yo trato a.... (quien sea, la persona que te resulte más odiosa). A ver si todos tenemos el valor de rezar así desde hoy mismo. Y si no tenemos ese valor, entonces mejor será que no recemos. Los rezos no se han inventado para engañarnos y para engañar. Los rezos no pueden tener otra finalidad y otro destino que el de enfrentarnos a la realidad, a nuestra propia realidad, para que en lla nos veamos como el que se ve en un espejo.Teología sin censura
Se habla estos días del velo que las mujeres de la religión islámica tienen que llevar cubriéndose la cabeza. Así, según dicen los expertos en el islam, tienen que hacerlo las mujeres que siguen esa religión. Y efectivamente en el Corán hay textos que marcan una clara discriminación de la mujeres con respecto a los hombres (sura: 4, 34; 4, 3; 24, 31). Esta última sura menciona el velo en el cuello. Aunque también es cierto que los cristianos deberíamos tener presente que nuestra religión, desde San Pablo, dispone que la mujer no está liberada del marido (1 Cor 11, 3. 7; Ef 5, 22 s; Col 3, 18; Tit 2, 5; 1 Pe 3, 1) y tiene un rango secundario en la Iglesia (1 Cor 14, 35 s; 1 Tim 2, 11 s), si bien es cierto que el mismo Pablo afirma que la distinción de sexos queda superada en el cristianismo (Gal 3, 28) y la mujer es igual al hombre (1 Cor 7, 2-5). En todo caso, bien sabemos la situación de discriminación en que todavía viven las mujeres en la gran mayoría de los países cristianos. Y, desde luego, las posiciones de San Pablo no son siempre coherentes a este respecto.
Sea de esto lo que sea, es un hecho que el velo que en el islám se impone a las mujeres está siendo motivo de conflictos sociales y políticos, no sólo en España, sino también en otros países, como es el caso de Francia. ¿Qué decir sobre este asunto?
Es claro, ante todo, que en esta cuestión no somos coherentes. Porque a los cristianos nos molesta el velo de las mujeres musulmanas, pero no molesta igualmente el velo o la toca que las monjas (de algunos institutos religiosos) tienen que llevar en público. Esto habría que pensarlo para ser enteramente coherentes, sea cual sea la religión de la que hablemos.
Por otra parte, es determinante, en este asunto, tener muy claro que el hecho religioso no es un hecho individual, que se debe recluir en la intimidad de la vida privada. El hecho religioso es un fenómeno cultural. Y como todos los hechos, que son componentes de una determinada cultura, son por eso mismo "hechos públicos" y "hechos sociales". Como todo lo cultural es público y social. No olvidemos que el hecho religioso se elabora, no sólo a partir de experiencias interiores de la conciencia, sino, además de eso, también hay que tener en cuenta que las creencias religiosas se transmiten y se expresan por medio de signos, metáforas y sobre todo símbolos. Ahora bien, lo mismo los signos, que las metáforas y los símbolos, son siempre fenómenos culturales que nunca pueden quedar relegados al ámbito de lo privado. En este asunto, tan determinante, se equivocan (por ignorancia) los políticos que pretenden enclaustrar a la religión en la intimidad de las conciencias y no toleran que se manifieste en signos públicos.
Otra cosa es las implicaciones políticas que puede (y suele) tener la religión. He dicho que la religión es un hecho público. Pero precisamente por eso, toda religión tiene que atenerse a las leyes y al ordenamiento constitucional del país donde se practica. En teoría, esto está muy claro. Pero plantea problemas en la práctica, problemas que no son fáciles de resolver. En el caso concreto del velo de las mujeres islámicas, hay quienes sostienen que el islám no es sólo una religión, sino que además está asociado a formas de administración política que, en no pocos países islámicos, no son plenamente democráticas. De ser eso así, el velo indicaría que una mujer, que está vinculada a un sistema no democrático, se aprovecha de las libertades de una democracia para utilizar signos públicos ajenos a esa democracia. Posiblemente en países como Francia, en los que la prsencia de los ciudadanos islámicos es muy notable, todo esto pueda ser origen de roces y conflictos. No lo sé. En todo caso, a mí me parece que lo mejor que podemos hacer, en los países democráticos, es ser consecuentes con el principio de tolerancia y de igualdad para todos los ciudadanos. De forma que cada cual exprese sus creencias religiosas como crea que debe hacerlo, con tal que eso no interfiera la igualdad y los derechos de los demás. En la sociedad tan plutal en que vivimos, tenemos que ser tolerantes y respetuosos con los demás, aunque no comulguemos todos con las mismas creencias y las mismas prácticas. A fin de cuentas, si hay mujeres islámicas que llevan velo, también hay mon jas que lo llevan. Con tal que unas y otras respeten el orden constitucional y las libertades establecidas en nuestro país, que cada cual se vista como crea conveniente. Y si decimos que las mujers musulmanas se ven dominadas por sus maridos, no menos lo están muchas mujeres católicas por los suyos. El problema, pues, es más profundo. Es un problema que se resuelve, no con prohibiciones, sino con una buena educación en el respeto de todos a todos.Teología sin censura
Sobre la religión puede haber - y de hecho hay - muchos errores por todas partes. Pero en Espeña, según yo veo las cosas, se destacan dos errores que me parecen especialmente significativos: 1) El error de los que piensan que la religión es un hecho puramente privado, que se ha de vivir en el ámbito de la vida privada de cada cual, sin presencia pública alguna, a no ser en las costumbres y tradiciones populares, como pueden ser las fiestas patronales de los pueblos y ciudades, las cofradías, las peregrinaciones y otros actos públicos de ese tipo, que no inciden en las leyes que rigen la vida pública, los derechos y los deberes de los ciudadanos. 2) El error de los que piensan que la religión solamente se puede vivir en la identificación total y en la sumisión acrítica con el "modelo oficial" de la religión; en el caso de España, la identificación sin fisuras con la Iglesia jerárquica, sus enseñanzas y sus pautas de conducta, sobre todo en cuanto se refiere a la vida pública, especialmente en el ámbito de la política.
El primer error ha sido característico de amplios sectores del PSOE, que, en no pocos casos, llega al extremo de pretender eliminar el hecho religioso de todo lo que sea el sector público, por ejemplo, eliminar los símbolos religiosos en actos y espacios públicos, en la enseñanza, en la vida ciudadana en general. El segundo error ha sido la idea que distingue e los grupos más integristas, tradicionales y fundamentalistas, que defienden a toda costa la sumisión acrítica al papa y a los obispos, hasta en asuntos que no pertenecen propiamente a la fe religiosa, sino que son cuestiones discutidas y discutibles, si se piensan desde los postulados de la teología mejor documentada.
El primer error es inaceptable porque la religión no ha sido nunca un hecho puramente privado. Desde que en el mundo hay religiones, el fenómeno religioso es, por supuesto, una decisión privada. Pero es una decisión sobre un hecho público, que no se puede reducir a la intimidad de las conciencias. De ahí que, al no reconcer el carácter público de la religión, los gobiernos del PSOE han provocado situaciones problemáticas o conflictivas. Y, en otros casos, han incurrido en manifiestas contradicciones, como es el hecho de dificultar la presencia pública de las religiones en la vida ciudadana, pero al mismo tiempo mantener los acuerdos de 1979 entre el Estado Español y la Santa Sede.
El segundo error es inaceptable porque el hecho religioso, por su misma naturaleza, no es uniforme. Lo que es lo mismo que afirmar que se trata de un hecho plural, que puede ser vivido en la unidad, pero dentro de un pluralismo de manifestaciones concretas, que no rompen la unidad necesaria de la fe. No es necesario identificarse con todo lo que dicen y hacen los obispos para ser buen católico. Entre otras razones, porque, como ahora sabemos, hay obispos que han ocultado a sacerdotes delincuentes en asuntos de abusos sexuales; o se han comportado de forma indebida, al ser más celosos de su propia imagen que de la defensa de los derechos de inmigrantes, mujeres, grupos marginales.... Por otra parte, tal como están las cosas ahora mismo en España, identificarse por completo con los obispos equivale a identificarse con las opciones más determinantes de la derecha política. Pero, como es lógico, en ninguna parte está escrito que para ser buen católico sea necesario identificarse con las decisiones y los intereses del PP.
Así las cosas, se impone, en el catolicismo español, re-pensar las actitudes y opciones más básicas, que cada cual ha asumido. Tales opciones y actitudes, ¿están basadas en la fe y en el Evangelio? ¿están fuertemente condicionadas por intereses políticos o por ideas que no están debidamente justificadas por la más y mejor documentada teología cristiana? He aquí la gran cuestión que los católicos españoles tendríamos que afrontar en este momento. Teología sin censura
Nadie me puede quitar de la cabeza la idea de que, si tenemos que soportar la vergüenza de los escándalos de abusos sexuales de tantos clérigos, eso no se debe sólo a la fragilidad de la condición humana. Eso, por supuesto, es verdad. Pero el triste espectáculo, al que estamos asistiendo, no se explica sólo porque "somos humanos". Tampoco creo que la cosa se explique por el celibato de los curas. Y, menos aún, por la extravagante explicación que le ha buscado el cardenal Tarsicio Bertone: la homosexualidad.
A mí me parece que el problema de fondo está en la teología que, desde hace bastantes décadas, se viene enseñando en los seminarios y centros de estudios eclesiásticos. Me refiero a la teología que ha dado pie a los Catecismos que ha aprendido el pueblo cristiano. Y a la teología que subyace al Código de Derecho Canónico. Una teología que ha exaltado de tal manera la obediencia a la autoridad religiosa, que esa autoridad se ha sentido en el derecho de ocultar a los delincuentes. Y, lo que es peor, una teología que les ha metido en la cabeza a los jerarcas de la Iglesia el convencimiento de que ellos podían vivir al margen de las leyes civiles. Una teología que, quizá sin pretenderlo, en definitiva concede más importancia a la buena imagen de la Iglesia que a los derechos de las víctimas de esa misma Iglesia. O sea, una teología tan disparatada, que nada tiene que ver, en los asuntos indicados, con lo más elemental del sentido común y de las enseñanzas del Evangelio.
Y lo peor del caso es que me temo que la Iglesia no va a modificar fácilmente esta teología. Si Jesús dijo que "por sus frutos los conoceréis", está visto que los frutos que viene produciendo esta teología nos está dando a conocer unos frtuos que le sacan a uno los colores a la cara. ¿Por qué los clérigos le conceden tanta importancia al poder del papa, a la buena imagen del papa, a la sumisión a los obispos, al prestigio del clero.... y no le dan más importancia al cuidado extremo que hay que poner en la vida para no hacer daño a nadie, sobre todo a los más pequeños e indefensos de este mundo? No cabe duda: esta teología tiene lagunas muy serias, muy preocupantes. Y, además, el control de Roma sobre los teólgos es tan fuerte, que mucho me temo que esto va a seguir así por mucho tiempo. Hasta que terminemos, entre todos, por dejar a la Iglesia hecha un guiñapo despreciable. Por no hablar de lo más grave: el dolor y la humillación de los que menos culpa tienen.Teología sin censura
Hay gentes para quienes es más grave cuestionar al Papa que cuestionar el Evangelio. Me refiero a las personas que se ponen nerviosas y hasta se irritan, si se pone en duda o se critica una afirmación del Papa, mientras que curiosamente no tienen la misma reacción si se dice que tal frase o tal pasaje del Evangelio no dice lo que siempre se ha dicho que dice. Es más, en las costumbres y tradiciones de la Iglesia se han introducido palabras, usos y costumbres que están literalmente contra el Evangelio. Pero no por eso se ponen nerviosos los que llegan a insultar a quien dice algo contra el Papa. ¿Por qué ocurre esto? Una pregunta seria, muy seria. Porque, en el fondo, si esto es así (y vemos que lo es), esta situación nos viene a decir que las cosas se han puesto de tal manera, en la Iglesia, que el papado ha asumido una importancia que ya no se le concede al Evangelio.
La cosa no es de ahora. Viene de lejos. Para no remontarnos a tiempos demasiado lejanos, vamos a tomar, como punto de partida, lo que sucedió con motivo de la Ilustración y la Revolución. El orden antiguo había sido radicalmente trastornado por el filosofismo del s. XVIII, por la Revolución francesa y por Napoleón. Se hacía necesaria y urgente una restauración del orden perdido. Y para eso, nada más eficaz que las ideas del catolicismo más tradicional. Resulta programático, en este sentido, lo que dijo F. Lamennais: "¿De qué se trata? De reconstruir la sociedad política con la ayuda de la sociedad religiosa, que consiste en la unión de los espíritus por medio de la obediencia al mismo poder". Los hombres de Iglesia del s. XIX estaban persuadidos de que todos los trastornos socio-políticos, que había acarreado el s. XVIII, tenían un fundamento religioso. Y ese fundamento no era otro que la Reforma del s. XVI. Este planteamiento había sido formulado desde 1791 por Burke y más tarde por Novalis, Fr. Schlegel, Görres, Baader y Möhler. La Revolución francesa, pensaban estos autores, no hizo sino aplicar, en el dominio político, el principio del libre examen que habían propugnado los Reformadores al rechazar la autoridad de la Iglesia (Y. Congar).
Esta manera de ver las cosas llevaba consigo una consecuencia: puesto que la Revolución no había hecho nada más que traducir al dominio de lo temporal un error dogmático, por eso la Revolución era considerada como una herejía. De ahí la necesidad de oponerse al desorden revolucionario mediante un principio capital: la soberanía y la infalibilidad del Papa. Un autor decisivo del s. XIX, Joseph De Maistre lo dijo de forma terminante. "No hay moral pública ni carácter nacional sin religión, no hay religión europea sin cristianismo, no hay cristianismo sin catolicismo, no hay catolicismo sin papa, no hay papa sin la supremacía que le corresponde". Y de forma más tajante, el mismo De Maistre escribió en su famoso libro Du Pape: "Sin Soberano Pontífice no hay cristianismo". Más aún, en una frase lapidaria, De Maistre llega a afirmar: "No puede haber sociedad humana sin gobierno, ni gobierno sin soberanía, ni soberanía sin infalibilidad". Es exactamente la misma tesis que se encuentra en Lamennais: "Sin papa, no hay Iglesia; sin Iglesia, no hay cristianismo; sin cristianismo, no hay sociedad: de suerte que la vida de las naciones europeas tiene su fuente, su única fuente, en el poder pontificio".
A veces, pienso que todo esto tiene mucha más actualidad de lo que imaginamos. También ahora, en tiempos de cambios y de inseguridad, hay gente que necesita una tabla de salvación que les dé la paz y la seguridad de la que carecen. Y se agarran, como los católicos fervientes del s. XIX, a la autoridad que más sosiego les produce. Y esa autoridad no es otra que la del Papa.
A fin de cuentas, sigue siendo cierto lo que, con magistral agudeza y profundidad, dijo Fedor Dostoyevsky en la leyenda de El Gran Inquisidor, de Los Hermanos Karamazov (V, 5): "Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad". Y así es. Lo que más terror nos produce (sin darnos cuenta de ello) es la idea de tener que cargar con el peso insoportable de la libertad. Mucha gente ha depositado esa libertad en la autoridad que más seguridad les da. Y esa autoridad no es otra que la del Papa. Por eso, ahí está el contraste: el Evangelio nos enfrenta al proyecto de la libertad, mientras que el Papa nos tranquiliza las conciencias al precio (bastante llevadero) de la obediencia. Y son muchos los que anteponen la "mentalidad sumisa" a la "libertad evangélica". Me sospecho que esto es lo que explica por qué hay personas respetables que ofenden y hasta insultan a quien les pone en duda la necesaria e indudable sumisión que es su fuente de paz y bienestar. Teología sin censura
El canon 1404, del vigente Código de Derecho Canónico, estable textualmente que: "La Primera Sede por nadie puede ser juzgada". Según el canon 631, cuando el Derecho Canónico habla de la "Primera Sede" se refiere al Romano Pontífice. Y el comentario (autorizado por la Santa Sede) del can. 1404 indica que este canon quiere decir - y deja establecido - que la persona del papa está al margen de cualquier fuero, ya sea eclsiástico o civil. Porque, según la legislación eclesiástica, no existe en este mundo ninguna autoidad que pueda juzgar al Sumo Pontífice.
Además, el canon 333, párrafo 3º, estable que: "No cabe apelación ni recurso contra una sentencia o un decreto del Romano Pontífice". Lo cual quiere decir que cualquier decisión del papa, ya sea dooctrinal o dusciplinar, es inapelable. Lo que significa que, ante cualquier decisión papal, no es posible establecer recurso alguno. Ni hay autoridad competente en este mundo para enjuiciarle y, mucho menos, para juzgarle. Así está pensada la autoridad papal en la legislación de la Iglesia.
Es importante saber estas cosas en este momento. Porque se anda diciendo que hay quienes pretenden llevar al papa ante los tribunales civiles por haber silenciado los delitos de abusos sexuales contra menos de edad que han cometido determinados clérigos. Y, efectivamente, hay datos muy claros en el sentido de que el responsable último del ocultamiento de esos delitos ha sido la Sede Apostóliac, o sea, el papa. Lo cual es verdad. No sólo porque hay documentos del papa actual, cuando era Cardenal Prefecto de Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (por ejemplo el de 18 de mayo de 2001), sino además porque, en el funcionamiento ordinario de la Curia Romana, todo escrito que se envía desde la Curia pasa en éltima instancia por la Congregación que ha presidido el actual papa durante 24 años.
Pero, en última instancia, más allá de las cuestiones dosctrinales o legales, hay algo que es lo más da que pensar: en los ambientes teológicos y jerárquicos existe la convicción de que el papa no tiene que someterse al juicio de nadie, ni tiene que dar cuenta a nadie de las decisiones que toma, pormás que, como en este caso, se trate de decisiones que pueden constituir un delito, según ls leyes vigentes en los países más avanzados.
Por tanto, el problema de fondo está en esta forma de pensar, que ha sido argumentada y fomentada por la teología católica. Y mientras esa mentalidad siga en pie, seguiremos con este embrollo de ocultamientos, medias verdades, contradicciones..., cosa que hacen demasiado daño a la Iglesia y le quitan el papa y a los obispos la credibilidad para poder hablar en público y ser aceptados en la sociedad actual. Esto es lo más grave. Y lo más lamentable.Teología sin censura
Como sin duda saben ya muchas de las personas que visitan este blog, el conocido teólogo Hans Küng acaba de publicar una carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo. En ella, el Profesor Küng hace un análisis severo del pontificado de Benedicto XVI, en el quinto aniversario del acceso del cardenal Ratzinger al papado. Es de suponer que esta carta va a tener una amplia divulgación, y será motivo de numerosos comentarios y debates en las próximas fechas.
Así las cosas, lo primero que quiero afirmar, sin titubeos ni reticencias, es que estoy completamente de acuerdo con el contenido de la carta del H. Küng. Y no sólo con el contenido, sino además con la forma de expresarlo. Se trata de un documento que expresa una gran estima por la Iglesia y a la Iglesia, al igual que un notable respeto hacia el episcopado. Lo que es tanto como afirmar una profunda fe en Dios, en Jesucristo y en el Evangelio, todo ello en comunión de fe con la Iglesia entera.
Me parece que, en este momento, es de suma importancia tener muy claro que el amor a la Iglesia no se reduce ni se concentra en el amor al papa. Ni enjuiciar los fallos que el papa tiene, o puede tener, es actuar en contra de la fe católica y apostólica. El papa es infalible solamente cuando pronuncia, en comunión con la fe de la Iglesia, una definición dogmática. De ahí que el papa merece nuestro respeto y obediencia, como cabeza del Colegio Episcopal, siempre que, fiel al Evangelio, gestiona el gobierno de la Iglesia de acuerdo con la tradición cristiana. Pero igualmente tenemos que saber que, fuera del caso excepcional de una definición dogmática, todo lo que hace el papa, o lo que decide la curia vaticana, puede y debe ser objeto de disenso y crítica, cuando estamos viendo - como viene ocurriendo durante este pontificado - que en la Iglesia se hacen y se toleran cosas que escandalizan a la gente, que desprestigian la autoridad de la Iglesia ante la opinión pública, y son motivo de que cada día aumente el número de personas que abandonan la fe en Dios o se alejan de la Iglesia.
En estas circunstacias, como bien dice el Profesor Küng, callarse es hacerse cómplice de lo que está sucediendo. Es un hecho que, en la Iglesia, se ha impuesto con más fuerza la obediencia incondicional que la libertad cristiana; de la misma manera que ha prevalecido la sumisión por encima de la responsabilidad. La mentalidad sumisa es una de las características que más se notan en grandes sectores de la población creyente entre los católicos. Seguir callándonos sumisamente ante tantos despropósitos y situaciones escandalosas, como estamos viendo y viviendo, es un asunto muy grave que cada cual debe examinar en su conciencia.
Pero no basta hablar. Además de hablar, hay que actuar. Todos podemos tomar decisiones, en las parroquias, en las comunidades eclesiales, en los movimientos y grupos cristianos. Para intervenir, cada cual dentro de sus posibilidades, ante nuestros obispos y párrocos, para que se tomen las medidas pertinentes en orden a modificar la actual gestión de la Iglesia, de su liturgia, de su pastoral, de su catequesis. Nadie puede excusarse alegando que no se puede hacer nada. Y, menos aún, echando mano de argumentos teológicos que no tienen valor. Porque el valor supremo, para un seguidor de Jesucristo, no es la obediencia, sino el seguimiento de Jesús, que fue el primero en darnos ejemplo de desobediencia a autoridades religiosas que actuaban de forma que alejaban a la gente de la debida estima hacia la religión y hacia el Dios y Padre de Jesucristo.
Hay un motivo que no podemos callar en este momento: la crisis económica y política mundial está agravando la situación desesperada de más de mil millones de seres humanos que se ven abocados a una muerte cada día más cruel y más cercana. Así las cosas, seguramente el mayor escándalo de la Iglesia, en este momento, es su pasividad, no a la hora de hablar, sino a la hora de actuar ante los poderes económicos y políticos para que se ponga remedio a este estado de cosas. La Iglesia da la impresión de estar más preocupada por ella misma y por su propio prestigio que por el sufrimiento de tantas criaturas indefensas y excluidas. Es urgente que la Iglesia afronte este problema, antes que nada, replanteando su teología, para que ésta no siga callándose ante la cruel situación de sufrimiento extremo en que vive nuestro mundo.
Por último, dada la situación excepcional en que se ve la Iglesia católica en este momento, no parece fuera de lugar pedir que el papa Benedicto XVI dimita de su cargo y deje paso a un hombre más joven que, desde otra mentalidad teológica, gestione lo antes posible la convocatoria de un concilio ecuménico o, al menos, la celebración de sínodos regionales o nacionales, en orden a buscar caminos de solución a la presente crisis eclesial.
Con todo el respeto que merece el actual obispo de Roma, Benedicto XVI, deberíamos insistir en afirmar nuestra fe y adhesión a la Iglesia. Porque nos importa y la queremos; y porque queremos el mayor bien para ella, por eso pedimos insistentemente al Señor que ilumine a quienes tienen la responsabilidad más directa en esta Iglesia, para busquen los caminos más eficaces de solución al presente y lamentable estado de cosas que estamos viviendo y padeciendo.
Insisto, de nuevo, en que estoy enteramente de acuerdo con el reciente escrito de Hans Küng. Y, consciente de la seriedad del tema, me hago responsable de cuanto he dicho y defiendo en esta entrada de mi blog.
José María CastilloTeología sin censura
Resulta indignante la pertinaz presencia (en Estados Unidos, en España, en no pocos países de América Latina...) de la extrema derecha. Entre otras razones, por el daño que la extrema derecha le está haciendo a la derecha y, por supuesto, a la democracia. Desde luego, sabemos que no se pueden identificar los grupos españoles de extrema derecha con los neocons americanos. Pero, sean cuales sean los matices que caracterizan a cada uno de estos movimientos, hay cosas muy serias en las que casi todos ellos coinciden. Y de eso quiero hablar.
No pretendo hacer la historia del conservadurismo más integrista. Ni aquí se trata de analizar las razones de fondo que lo alimentan. Lo que yo quiero apuntar - nada más que apuntar - es una lista de hechos que se dan donde hay gente de marcada orientación "neoconservadora".
Resulta elocuente recordar algunas de las "causas" que defienden. Y también las que atacan. Se les llame "extrema derecha" o se diga de ellos que son "neocons", en cualquier caso:
- No toleran que los homosexuales gocen de los mismos derechos que los hetero...
- Su lucha en favor de la vida se centra sobre todo en la lucha contra el aborto.
- Recelan de los inmigrantes o actúan abiertamente contra ellos.
- Están en contra de la eutanasia, lo que puede provocar situaciones de extremo dolor en el caso de algunos enfermos terminales.
- Aceptan a regañadientes el divorcio.
- No toleran la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.
- No aceptan el uso de anticonceptivos, por ej. el uso del preservativo, aunque sepan que eso puede causar el aumento de enfermos de sida.
- Se muestran a favor de la guerra contra los árabes (guerras de Irak, Afganistán...).
- Pretenden que los presuntos "derechos de Dios" estén por encima de los "derechos de los hombres" .
- Les importa más el buen nombre de los curas que la dignidad de las víctimas de los curas.
- Buscan su apoyo en la Iglesia más tradicional, su moral, sus tradiciones...
- Se empeñan en defender causas perdidas, por ejemplo, el evolucionismo, el creacionismo...
La lista se podría alargar mucho más. Y, desde luego, estoy de acuerdo en que no todos defienden la lista entera que acabo de apuntar. Pero hay una cosa que difícilmente se puede discutir: no sé dónde está el motor último de la mentalidad de la derecha extrema. Ni sé en qué consiste la fuerza de ese motor. Lo que sí ve todo el mundo es que se trata de una fuerza que, en nombre de Dios y de la Patria, defiende los intereses de unos pocos a costa de los derechos de la gran mayoría, sobre todos los derechos de mucha pobre gente que sufre más de lo que humanamente se puede soportar.
Esto supuesto, en este blog de teología, debo afirmar que seguramente quienes defienden los planteamientos más duros de la derecha más dura no se dan cuenta del daño que le hacen a la Iglesia, a la Religión, a la Fe y a la causa de Dios. Y lo peor del caso es que dentro de la misma Iglesia, y hasta en sus más altas jerarquías, hay personas que se identifican con estas posturas. Lo cual quiere decir, en última instancia, que en la Iglesia hay gentes que creen en un Dios que nadie sabe de dónde se lo han sacado. En el Evangelio no está ese Dios. Ni es el Dios-Padre del que nos habló Jesús. Quizás sea el "dios" de San Constantino, el emperador del s. IV, que se veneraba como santo y tenía su fiesta el 21 de mayo. Se sabe que este emperador, justamento al año siguiente de presidir el concilio de Nicea, asesinó a su mujer y a su hijo. Pero nada de eso impidió que, entonces como ahora, el poder tuviera más fuerza que la bondad, el respeto y el amor. Teología sin censura
No pocos libros de cristología bien decumentada, y hasta con sello de "progre", han defendido acertadamente lo que, con razón, se calificado como una cristología "ascendente". El acontecimiento culminante de esra cristología es la resurrección, a partir de la cual, Jesús "fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza" (Rom 1, 4). Esta formulación de san Pablo ha sido interpretada por la cristología ascendente en el sentido de que el hombre Jesús de Nazaret, a partir de la resurrección entró en el ámbito de "lo divino". Y entonces, ¿"lo humano"?
Muchos creyentes han tenido, y tienen la tentación, de ver al Resucitado como "plenamente divino". Pero, ¿sigue siendo "plenamente humano"? En teoría, y según la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia, sin duda alguna, Jesúcristo es "perfecto en la humanidad". Pero yo no sé lo que pasa, pero el hecho es que son demasiados los cristianos que al Resucitado lo ven más divino que humano. Lo que justifica una teología, un a fe y una Iglesia, que, fiel al Resucitado, anda más por las nubel del cielo que por los problemas, penas y alegría que los mortales vivimos en la tierra. Aquí estamos tocando uno de los asuntos que han arruinado la fe de mucha gente y no pocos comportamientos de la Iglesia y sus jerarquías.
Pues bien, estando así las cosas, lo que aquí quiero dejar claro es que Jesús, precisamente a partir de la resurrección, se nos muestra en los relatos de los evangelios "más humano" que cuando andaba por el mundo "como uno de tantos" (Fil 2, 7). No exagero. La humanidad del Resucitado resulta más patente y entrañable que la del Jesús Histórico.
Sabemos que los relatos de las apariciones del Resucitado presentan no pocos problemas históricos, ya que lo que nos cuentan son las experiencias que tuvieron los primeros testigos de la resurrección. De todas maneras, y en cualquier caso, hay dos datos que se destacan esos relatos: 1) La relación preferente de Jesús con las mujeres. 2) La importancia de las comidas cuando se trata de conocer y reconocer a Jesús. En efecto, a quienes primero se aparece el Resucitado no es a los apóstoles, sino a las mujeres, que son las que madrugan para ir al sepulcro, las que abrazan a Jesús y dan muestras de una singular familiaridad con él. Y en cuanto a las comidas, los evangelios repiten que es Jesús el que pide comer con los discípulos, el que se da a conocer precisamente al "partir el pan", el que les prepara a los discípulos el desayuno en la playa.
La resurreción de Jesús, cuando con más argumentos podemos hablar de su "divinización", precisamente a partir de ese acontecimiento es cuando, con más argumentos, podemos hablar de su entrañable "humanización".
Los hombres de Iglesia se equivocan cuando se comportan de manera que, amparados en no sé qué fe en el Resucitado y en su "divinidad", se comportan con poca, muy poca, "humanidad". Y no se dan cuenta de que una presunta "divinidad" que justifica comportamientos "poco humanos", eso no es, ni puede ser, "divino". Y es que ya estamos demasiado cansados de que, en nombre de Dios y del poder divino, se recorten o anulen derechos humanos. O se le presente a la gente el asunto de Dios de forma que hace muy desagdable "lo religioso", "lo espiritual", "lo divino". ¿Veremos el día en que la Iglesia entera se convenza de que "lo humano" no pude estar en conflcito con "lo divino"? ¿No se dan cuenta los clérigos del daño que le hacen a "lo divino" precisamente por causa de lo mal que tratan muchas veces a "lo humano"?
Si algo está quedando en evidencia, precisamente ahora (en estos días), es el miedo insuperable que provocan las víctimas, sean quienes sean esas víctimas y por el motivo que lo sean. Los niños de los que se ha abusado, y a los que se ha humillado, son las víctimas de los delitos de pederastia. Los muertos que siguen sepultados en fosas comunes o en las cunetas de los caminos de España, son las víctimas de los delitos de nuestra guerra civil del 36. Niños y muertos, víctimas todos ellos, que en este momento nos resultan terriblemente incómodos. Incómodos, porque a todos ellos les tenemos miedo. ¿Por qué?
Lo entiende cualquiera: hay víctimas porque hay verdugos. Y si feo es el papel de las víctimas, más feo es el de los verdugos. Por eso, si las víctimas nos parecen insoportables, más insoportables nos parecen los verdugos. De ahí que el remedio, que en la vida suelen encontrar los verdugos, es hacer todo lo posible para que nadie se acuerde de las víctimas y que nadie hable de ellas. Lo estamos viendo en estos días: ni la jerarquía eclesiástica quiere que se hable de los curas pederastas, ni la extrema derecha quiere que se habla de los crímenes de la guerra civil. Por eso el fraile Cantalamessa (por poner un ejemplo), el pasado viernes santo y en la basílica de San Pedro de Roma, ha pasado como gato sobre ascuas al mencionar de refilón los delitos de pederastia. Y por eso, sin duda alguna, ahora se echa mano de fallos de procedimiento para encausar al juez Garzón porque ha puesto sobre la mesa la memoria de las víctimas de la guerra civil. Víctimas en un caso y en otro. Víctimas que molestan y a las que quiséramos olvidar para siempre. Para olvidar también a los verdugos y que nadie piense en ellos.
Y quiero dejar constancia de que, al hablar del miedo a las víctimas, nos enfrentamos a un asunto tan profundamente enigmático y mitserioso, que incluso cuando hablamos de la víctima que fue Jesús crucificado, hasta el mismo san Pablo se las apañó para explicar aquella muerte tan violenta echando mano nada menos que de un decreto divino, ya que fue el Padre del cielo el que tomó la decisión de clavar a su Hijo en la cruz, clavando así también nuestras maldades (Col 2, 13 b). De ahí que, para la teología cristiana, fue Dios el que"no perdonó ni a su propio HIjo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8, 32). Es algo sobrecogedor. Pero así es cómo Pablo explica que Jesús fuera víctima. Víctima, ¿de quién? Es decir, ¿quién fue allí el verdugo? En realidad, y si se toman en serio las afirmaciones de Pablo, el verdugo fue Dios: todo aquello respondía a un plan divino. Con lo que, a fin de cuentas, quienes intervinieron en aquella barbarie no fueron sino meros ejecutores que no hicieron sino lo que Dios quería. Jesús, la gran Víctima que venera el cristianismo, fue una víctima sin verdugo, ya que decir de Dios que es un verdugo, eso equivale a pronunciar una blasfemia.
En el caso de Cristo, sabemos muy bien que aquello tuvo una historia, unas causas y unas consecuencias. Jesús murió como murió porque los dirigentes religiosos de su pueblo y de su tiempo no soportaron lo que hacía y lo que decía. Pero - insisto - yo no sé lo que pasa con esto de las víctimas, que ni en el caso de Cristo, hemos podido soportar la decisión de los verdugos. Y hemos mandado esa responsabilidad nada menos que los cielos. Pero, ¿y en el caso de los niños humillados y destrozados por la sevicia de adultos cuyos nombres y cuyos rostros se conocen? ¿y en el caso de los muertos cuyos asesinos fueron personas y grupos que existieron? En estos casos, como nada de esto se puede mandar a los ciel0s, nos encargamos en la tierra de buscar escapatorias porque, quizá de alguna manera, todos tenemos no sé qué extraña impresión de haber sido verdugos. En unos casos, por acción. En otros, por omisión. Y con bastante frecuencia, por complicidad, pos silencios inconfesables, por "simpatías" o "antipatías" que no hacen sino enturbiar más las cosas.
¿No ha llegado la hora de que afrontemos todos nuestras propias responsabilidades? ¿No ha llegado la hora de que superemos el miedo a las víctimas y a los verdugos, para asumir responsablemente la cuota de participación que todos tenemos en que esta tierra y esta sociedad se hayan emturbiado con un aire que resulta que día más irrespirable?Teología sin censura
Me da pena esta Iglesia. Lo confieso públicamente: siento mucho dolor interior por lo que está ocurriendo en ella. Cuando más arrecian las denuncias públicas de tribunales de justicia de países muy diversos, desde Chile a Canadá, desde Estados Unidos a España; y cuando sabemos que se trata de abusos humillantes contra criaturas inocentes, abusos que vienen siendo sistemáticamente ocultados, ante la justicia y ante la opinión pública, por decisiones emanadas desde la más alta cúpula de la Iglesia católica, ayer, domingo de Pascua de Resurrección, el cardenal Angelo Sodano le dijo en público al Papa: "La Iglesia está contigo, dulce Cristo en la tierra". Y añadió el mismo cardenal: "Contigo están cardenales, obispos, 400.000 sacerdotes y la gente que no se deja llevar por chismorreos y murmuraciones".
Esto es lo que me produce una tristeza muy honda. Porque - lo digo una vez más - la Iglesia es para mí muy importante. Y la quiero con toda mi alma. Lo que pasa es que, según viene enseñando el papado desde hace siglos, la Iglesia no es sólo el Papa, sino todo el pueblo creyente en Jesucristo. En esta Iglesia, en la que somos más de mil millones los creyentes en Jesús, muchas criaturas indefensas e inocentes han sido víctimas de abusos horribles, que son delitos muy graves. Pero ahora vemos con estupor que, si el cardenal Sodano tiene razón, el clero está, no con quienes han sido víctimas de los citados abusos, sino con la suprema autoridad que ha impuesto silencio ante esos abusos. El Papa es el "el Santo Padre". Padre, ¿de quién? Todos los católicos le llamamos "Padre". Pero, ¿no es lo más lógico, lo más razonable, lo más humano, que un padre esté junto a sus hijos más débiles, los más humillados, los más escandalizados? ¿Qué es lo que de verdad le importa al papado y a sus obispos: la imagen pública del papa o defender a criaturas indefensas cuya dignidad y cuyos derechos han sido humillados y pisoteados?
Yo me pregunto, con ansia y estupor: ¿a dónde va esta Iglesia? ¿qué credibilidad le queda? ¿con qué autoridad moral puede hablar ahora de honradez, sinceridad y transparencia ante el mundo y ante la sociedad? Si le importa más su propia imagen y su propio prestigio que los derechos de los que han sido atropellados por sus propios dirigentes (curas, religiosos, obispos que han ocultado a los delincuentes...) ¿cómo vamos a poder ver en esta institución al "cuerpo de Cristo" y vamos a poder escuchar en su voz la palabra de Jesús? Me cuenta mucho creer que la Iglesia es "Madre". Porque una buena madre, de lo primero que se preocupa es de sus hijos más débiles y más desprotegidos. ¡Por favor!, que no nos digan más que esta Iglesia, que habla así en público, es nuestra madre. Al decir esto, ofenden a todas las madres de esta tierra. Y que no nos repitan más que los trapos sucios se lavan en casa y no se airean en la calle. No y mil veces no. Aquí hay en juego algo muy grave: miles de criaturas destrozadas y la autoridad de la Iglesia por los suelos. ¿No ha llegado la hora de que Benedicto XVI dimita? ¿No demuestra esto que la Iglesia entera tiene que afrontar esta situación de otra manera? ¿No está quedando patente que la Iglesia está siendo gobernada por hombres incompetentes que se aferran al infantil pretexto de "quedar bien" y no se dan cuenta del precipicio ante el que está abocados? Teología sin censura
En 1798, el gran escritor sevillano, que fue José Blanco White, en sus Cartas de España, escribía esto: "Nuestra enfermedad nacional es la más horrible y compleja que jamás haya hecho presa en las entrañas de la sociedad humana. A pesar de gozar de algunas de las mejores cualidades que un pueblo puede poseer..., estamos, más que degradados, verdaderamente corrompidos por aquello mismo que debería servirnos para alimentar y promover las virtudes sociales. Nuestros corruptores, nuestros mortales enemigos son la religión y el gobierno" (carta 2ª, ed. Fundación José M. Lara, Barcelona 2004, p. 48).
Esto escribía, hace más de 200 años, un sacerdote que, como testigo de su tiempo y de su país en la Inglaterra de finales del XVIII, está considerado como un testigo de sigular valor, incluso por un crítico de mentalidad tan tradicional como Menéndez Pelayo. Y es importante saber que, hace más de dos siglos, había buenos conocedores de nuestro país que ya decían lo que en la actualidad sigue diciendo tanta gente. Nuestro país, al menos (no sé si otros también), va mal porque tanto la religión como la política funcionan mal. Tan mal, que religión y política actúan como factores desencadenantes de descomposición social.
No se trata, pues, de que la gente se ha pervertido. El problema es más hondo. Por supuesto, no somos ángeles. Pero precisamente por eso, porque no todos somos ángeles (ni mucho menos), por eso necesitamos una autoridad política y una autoridad religiosa que fueran ambas ejemplares, responsables, que orientasen todo su empeño y sus trabajos a promover el bien, los derechos, la dignidad y la estabilidad social que tanto necesitamos. Lo cual exige una educación bien programada y ejecutada, unas leyes orientadas a defender los derechos de todos por igual, una democracia más participativa que la que tenemos, una religión más ejemplar, respetuosa, solidaria y abierta a las verdaderas necesidades de la gente, sobre todo de la gente más necesitada y desamparada.
El problema, sin embargo, está en que, por lo visto, lo mismo la religión y la política del s. XVIII que la religión y la política de ahora, las dos, eran entonces y siguen siendo ahora "poderes" que intentan dominar, para mantenerse en el poder, pero ni eran entonces ni lo son ahora "autoridades", que con su ejemplaridad promueven la honradez, la responsabilidad, el mutuo entendimiento entre los ciudadanos, el rendimiento en el trabajo, la convivencia mejor posible de todos con todos.
Cuando uno ve que los políticos corruptos actúan con el convencimiento de que lo importante es hacer lo que complace a la mayoría, porque eso les dará la mayoría en las urnas, por más que sigan adelante con sus corruptelas y sus corrupciones, es evidente que, con tales políticos y gobernantes, lo que conseguiremos será perpetuar esta corrupción que ya tiene carta de ciudadanía entre nosotros. Y, por lo visto, hay una notable mayoría a la que le va bien con lo que tenemos. Y, es claro, mientras esa mayoría persista en sus criterio, tenemos corrupción para tiempo.
Y de la religión, ¿qué podemos decir cuando nos damos cuenta de que lo que importa es mantener la "buena imagen", por más que sea necesario ocultar tanta miseria que poco o nada tiene que ver con el sentido más elemental de la religión? Los últimos escándalos, de los que nos hemos enterado, dan buena cuenta de lo que vengo diciendo. ¡Por favor!, vamos a aparcar nuestras diferencias y nuestros intereses. Las divisiones y los enfrentamientos no consiguen sino dividirnos y enfrentarnos más y más unos a otros. Con lo que lo único que conseguimos es enfilar cada día más derechamente el camino de la mediocridad, la deshumanización y el hundimiento en una sociedad con poco, muy poco, futuro. Por no hablar de los problemas de conciencia que todo esto nos deja a todos en el fondo del espíritu. Teología sin censura
Una de las cosas que más me impresionan, en la lectura del evangelio de Juan, cuando relata el lavatorio de los pies (el evangelio de hoy, jueves santo), es que Jesús, primero, les lavó los pies a los discípulos (Jn 13, 1-11); y después, les explicó lo que había hecho (Jn 13, 12-20). O sea, primero, el hecho; después, la explicación de lo que ha hecho.
Posiblemente, muchas veces hemos leído este relato y no hemos caído en la cuenta de lo que entraña. Y - sinceramente lo digo - lo que entraña es mucho mñás exigente de lo que seguramente imaginamos. Porque este relato nos viene a decir cómo "actuaba" y cómo "hablaba" Jesús. Era una forma de vida tan sencilla de explicar como difícil de realizar. Una fora de vida que, se reducía nada más y nada menos que, a esto: Jesús, ante todo, hacía lo que tenía que hacer; y después, explicaba lo que había hecho. Lo que iba por delante era su ejemplo de vida. Y sólo después de eso, les decía a los demás por qué vivía de aquella manera y por qué hacía las cosas que hacía. Es una forma de vida y de predicación religiosa que se palpa en los evangelios: Jesús curaba enfermos, daba de comer a gentes hambrientas, acogía a los pecadores, convivía con los excluidos, tenía serios enfrentamientos con los observantes religiosos y con los dirigentes judíos. Y luego, en sus predicaciones al pueblo, explicaba lo que hacía y por qué lo hacía.
La fuerza de la palabra (hablada o escrtita) está en su equivalencia con hechos de vida, con realidades vividas, que se explican madiante la palabra. En esta vida hay demasiados maestros que enseñan lo que otros han vivido, no lo que viven ellos. Sobran predicadores de nada, repetidores de ideas, defensores de sus propias manías, intolerantes que no paran de repetir sus propias intolerancias. Por el contrario, es muy difícil encontrar personas que dicen: "yo vivio así, he hecho o hago esto, y lo hago por esto....".
Sólo cuando la vida es transparente, cuando no hay que ocultar nada, cuando podemos ir diciendo lo que vivimos, cómo lo vivimos y por qué lo vivimos, sólo entonces la palabra tiene una fuerza irresistible. Seguramente, ésta es la enseñanza más exigente del jueves santo. No se trata de la vanidad que se pone como modelo para los demás. Se trata de la fuerza que tiene la vida, los hechos, la conducta, la realidad. Es fácil hablar. Lo difícil es vivir de forma que lo que se vive se pueda contar a los demás, y eso les ayude a otros a sentir ganas de ser más útiles en esta vida. Eso es todo.Teología sin censura
En estos días de la Semana Santa, se suele decir (entre personas creyentes) que Cristo sufrió y murió por nuestros pecados. O también, que Cristo nos salvó mediante su pasión y su muerte. Quienes utilizan este tipo de expresiones, en el fondo, lo que realmente afirman es que Dios exigió y necesitó sufrimiento y muerte. Con lo cual, lo que en definitiva estamos diciendo es que los cristianos creemos en un Dios que, para aceptarnos y querernos, tuvo que clavar a su Hijo en la cruz. Y con su Hijo, clavar allí nuestras maldades, para "perdonar nuestros delitos" (Col 2, 13 b). El Dios del que habla san Pablo, cuando se refiere a la "salvación-redención", resulta sobrecogedor. Porque es el Dios que "no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8, 32).
Los cristianos estamos acostumbrados a escuchar este lenguaje. Y mucha gente lo ve como la cosa más natural del mundo. Sin embargo, y como es lógico, si la cosa se piensa despacio, en seguida uno cae en la cuenta de que un padre, que necesita la muerte de su hijo para perdonar a quien sea o lo que sea, por mucho misterio con que queramos recubrir o maquillar semejante enseñanza, teoría o doctrina, eso es una barbaridad de tal calibre, para quien no haya perdido del todo el sentido común, que la consecuencia que se sigue de tal enseñanza es que quien lo escucha dice: o eso no es verdad; o quizá sea mejor no pensar en tan brutal disparate. Por no hablar de los que, al oír una teología tan peregrina, terminan diciendo: "Mire Usted, yo prefiero no creer en ese disparate, ni en ese dios tan disparatado".
¿Quiso Dios el sufrimiento de su Hijo? ¿Quiere Dios el sufrimiento humano?
Si Dios es Padre, un padre no quiere que sus hijos sufran. Y si lo quiere, es que ese padre es un sádico, un tirano, un vampiro, que necesita sangre para sentirse satisfecho. En definitiva, Dios no puede ser así. Nos lo han explicado mal. ¿También San Pablo? Quizás lo que suele ocurrir es que nos explican mal lo que San Pablo quiso decir.
A ver si nos aclaramos. En la vida hay sufrimientos porque la vida es como es: nos ponemos enfermos, ocurren desgracias, nos hacemos viejos, al final todos morimos. La vida es así. ¿Dios la pudo hacer de otra manera? No lo sabemos. Ni lo podremos saber nunca. Porque no sabemos cómo es Dios en sí mismo. Ni por tanto sabemos hasta dónde llega o en qué consiste eso que llamamos la "omnipotencia" de Dios. Lo único que sabemos es que Dios es Padre. Y si los padres de la tierra no quieren que sus hijos sufran, ¿cómo lo va a querer el Padre del Cielo? Además - y esto es importante - en los evangelios, cuando se habla del Padre, siempre es para referirse a su "bondad", nunca a su "poder". Por eso la única definción de Dios, que hay en todo el N. T., es que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16).
Pero, hablando del sufrimiento, hay que decir algo que es lo más decisivo. Se trata de esto: la inmensa mayoría de los sufrimientos, que tenemos que sportar en la vida, son sufrimientos que nos causamos unos a otros, es decir, sufrimientos de los que los causantes y los responsables somos los propios seres humanos. Esto supuesto, el criterio detrminante y decisivo, que hemos de tener claro siempre en la vida es que el único sufrimiento que Dios quiere es el que brota de la lucha contra el sufrimiento. Esto quiere decir que la tarea central, que Dios nos impone en la vida, es vivir para ser nosotros felices y para hacer felices a los demás.
Esto es lo que explica por qué sufrió y murió Jesús. Sufrió y murió porque tomó en serio la tarea de luchar contra el sufrimiento: por eso curó a los enfermos, dio de comer a los pobres, se hizo amigo de los pecadores, acogió a los extranjeros, se enfrentó a los poderosos de la política, el capital y la religión. Jesús antepuso la felicidad de todos a las observancias de la religión. Y eso, ni más ni menos, fue lo que le costó la vida. Además - y esto es capital - eso es lo que quiso el Padre. Dios nos enseñó en Jesús que en esta vida se pueden aliviar muchas penas y que la existencia de los más desgraciados puede mejorarse de muchas maneras. Por eso Jesús denunció los abusos de la religión y de los ricos. Y por eso la religión y sus aliados vieron claro que tenían que quitar de enmedio a Jesús.
Para terminar, dos indicaciones: 1) Tomar en serio la lucha contra el sufrimiento es, sin duda alguna, lo que más nos puede complicar la vida y lo que más privaciones y sufrimientos nos puede acarrear. Y eso es lo que nos da miedo. Es mucho más cómoda una religión de misas y procesiones, de rezos y sermones... Todo eso puede ser bueno, si nos ayuda a ser más fuertes en nuestro empeño por hacer felices a quienes conviven con nosotros. 2) Los textos de San Pablo, que hablan del "sacrificio de la cruz", se explican porque Pablo era un judío que no conoció a Jesús en su vida, su pasión y su muerte. Por otra parte, en aquel tiempo, decir que se creía en un "Dios crucificado", era una contradicción tal, que Pablo vio que tenía que buscar una explicación "razonable" (entonces) para semejante Dios y semajante muerte. Por eso, Pablo echó mano de la teología del Antiguo Testamento sobre el "sacrificio" del cordero o el cabrito que se sacrificaba en el día del perdón de los pecados. Pero, cuando se explica así la muerte de Cristo, se olvida que el N. T. cambia radicalmente el concepto de "sacrificio". En la carta a los hebreos, se dice: "No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios" (Heb 13, 16). Este es el criterio determinante de la vida cristiana. Teología sin censura
Todos los años, cuando llega la semana santa, pero especialmente este año, los cristianos deberíamos recordar que el cristianismo nació a partir de un jucio o, para ser más exactos, nació de de varios juicios y sus consiguientes condenas, con la ejecución final del reo. Jesús, en efecto, fue denunciado a las autoridades civiles y religiosas. Por eso, según nos dicen los evangelios, Jesús tuvo que pasar por el juicio (informal) de Anás y luego de Caifás. A continuación vinieron los juicios civiles: Herodes, en priper lugar, y finalmente el juicio ante Pilatos. Aquella cadena de juicios, como todo juicio, fueron una vergüenza, una humillación, un descrédito. En el juicio ante Anás, le pegaron una bofetada sin que Jesús diera motivo para ello. En el juico ante Caifás, lo declararon blasfemo, que era seguramente lo peor que le podían decir a un judío. En el juicio ante Herodes, se vió despreciado y se rieron de él. Y en el definitivo juicio ante el procurador romano, Pilatos, fue insultado por los acusadores; fue excluido cuando se le comparó con el bandido Barrabás; fue torturado por los legionarios romanos; fue acusado de cosas muy graves que no había hecho. Y, después de todo eso, fue condenado y ejecutado.
El cristianismo, pues, nació de un fracaso ante los tribunales. Un fracaso tan tremendo que, durante más de dos siglos y medio, no hay rastro alguno de que los cristianos hicieran cruces y crucifijos; o de que los cristianos dieran muestras de respeto y devoción ante una cruz. De hecho, antes del emperador Constantino (s. IV), no se han encontrado crucifijos con figura, ni siquiera cruces sin figura (J. D. Crossan, J. L. Reed). La única excepción, que se ha podido encontrar es humillante y vergonzosa: un dibujo con "graffiti", que data de alrededor del año 200, en el monte Palatino de Roma, donde Augusto tuvo su palacio, que representa a un hombre delante de una cruz en la que está crucificado un hombre con cabeza de burro. El grabado, en girego, que hay debajo de esa imagen dice: "Alejandro adora a Dios". Sin duda, se trata de un criado pagano (del palacio imperial) que ridiculizaba así la fe de un compañero, que sería cristiano, y que se veía así humillado por la vergüenza que, en aquellos tiempos, depresentaba la cruz.
Me parece que es bueno recordar estas cosas, precisamente ahora. Porque tenemos el peligro de que pase toda la semana santa y no caigamos en la cuenta de lo que realmente representa, de lo que nos viene a decir; y de lo que nosotros, los que decimos que creemos en el Crucificado, debemos aprender cuando pretendemos actualizar la "memoria subversiva" de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. La Iglesia está pasando por una situación vergonzosa. Muchos sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales y hasta el mismo papa, se ven señalados con el dedo amenazante de quienes denuncian hechos delictivos y humillantes. Hay sacerdotes que han sido llevados ante los tribunales, algunos han sido condenados, los hay que ya cumplen su condena en cárceles o se ven obligados a pagar multas cuantiosas. Es verdad que las situaciones (de Jesús, por una parte, y de los clérigos pederatas, por otra) son tan diametralmente opuestas, que parece una frivolidad, una contradicción o incluso una falta de respeto, comparar una cosa con otra. Se trata de dos hechos tan contradictorios, que, mientras en uno se trata de la condena injusta del gran defensor de la dignidad humana, que es lo que hizo Jesús, en el el hecho actual, se trata de la condena de individuos que han pisoteado la dignidad de criaturas inocentes. Todo esto es cierto, claro está.
Pero, en ambos casos, hay una realidad tremenda que es exactamente la misma. Jesús, en su momento hiostórico, fue condenado y ejecutado brutalmente por las autoridades competentes y por hechos delictivos que, en el s. I, según las leyes de aquel tiempo, eran cosas mucho más graves que lo que ahora es abusar sexualmente de un niño. En tiempo de Jesús, y en las culturas mediterráneas del s. I, era normal encontrar bebés vivos, tirados en los basureros , de los que eran recogidos por gente sin escrúpulos que los vendía como esclavos. Hoy vemos, con toda razón, que eso un crimen horrendo. Pero en aquel momento las cosas se veían de otra manera. Con lo cual estoy indicando que la Iglesia del s. XXI, como el Jesús del s. I, coinciden en verse enfrentados a la vergüenza y al fracaso de una condena que deseautoriza y hunde a una persona o a una institución.
Pero los cristianos sabemos que la cruz, con todo lo que tiene de fracaso, humillación y desprestigio, es fuente de vida y de futuro. Y conste que los cristianos decimos esto, no porque seamos unos masoquistas indeseables. Ni porque estemos en las nubes sin poner los pies en el suelo. Dios quiso que Jesús pasara por la cruz, no porque el sufrimiento en sí sea una bendición divina. No es eso. Se trata de que, en esta vida, todo el mundo quiere triunfar, ser importante, tener fama, tener poder, aparecer como intachable, como ejemplar. Y eso, bien lo sabemos, suele ser fuente de enfrentamientos, confrontaciones, luchas, divisiones y deshumanización. Por supuesto, que los curas pederastas son unos delincuentes, que tienen que dar cuenta ante la justicia y pagar sus delitos, según las leyes. Pero, dado que las cosas han sucedido así, volvemos la mirada al Crucificado, no sólo ni principalmente para pedir perdón y misericordia. Eso es bueno. Pero con eso nada más no se arreglan las cosas. El que ha cometido delitos, que pase por los tribunales. Pero, además de eso, yo pienso que a la Iglesia, a los cristianos, a todos, nos viene bien bajar los humos, dejarnos de andar diciendo que somos ejemplares o que somos los mejores. No y mil veces no. Los cristianos creemos que en el Crucificado hay vida. No sólo por los motivos divinos que enseñan los teólogos. Sino, más a ras de tierra, porque la experiencia nos dice que nuestros orgullos y nuetras pretensiones de ejemplaridad son una miseria de la que tenemos que liberarnos de raíz y cuanto antes. He aquí, me parece a mí, una enseñanza clave de la semana santa de este año.Teología sin censura
Muchuas de las personas que visitan este blog saben perfectamente que yo he sido jesuita durante más de 50 años. He salido de la Orden, no ya en la madurez, sino en la ancianidad, a mis 78 años. ¿Y Ustedes saben lo que más me ha sorprendido cuando he vuelto a la vida civil? Una cosa tan sencilla como inesperada: lo que representa en la vida la libertad de pensar. Sin duda alguna, pensar libremente es una de las cosas más difíciles y más raras que hay en la vida. Todos tenemos miedo a pensar sin miedo. O por lo menos, tenemos miedo a pensar si miedo superando el miedo. Y lo peor, en todo este asunto, es que ni nos damos cuenta de que el miedo nos atenaza, nos controla, nos prohíbe y nos censura. Somos nosotros mismos los que nos cortamos los caminos del pensamiento, los que bloqueamos nuestra mente, los nos decimos a nosotros mismos que hay cosas que no se pueden ni tocar, ni cuestionar, ni poner en duda.
Cuando yo era jesuita, yo tenía la ingeua convicción de que mis miedos se referían a lo que decía o dejaba de decir, a lo que escribía y a cómo lo escribía. Y tranquilizaba mi conciencia dicéndome a mí mismo que un jesuita no podía hablar con libertad. Ahora veo que todo eso era un montaje que yo mismo me hacía para austojustificar mi miedo a pensar. Confieso que la Compañía de Jesús es una institución mucho más tolerante y mucho más respetuosa, con los de dentro y con los de fuera de la Orden, de lo que la gente se imagina. Los jesuitas han tenido conmigo una paciencia que seguramente no hubiera tenido ningún partido político. En los jesuitas no hay disciplina de voto. Ni disciplina de pensamiento. Lo que ocurre es que la Compañía de Jesús - como les pasa a todas las instituciones eclesiásticas - tienen sobre sí a la Iglesia y a la autoridad vaticana y episcopal, que controla y censura toto lo que se mueve dentro del mundo eclesiástico. Por eso, ni más ni menos, los jesuitas no dicen ni hacen muchas cosas que, a muchos de ellos, les gustaría decir y hacer.
Así las cosas, y después de pensarlo en serio durante más de 25 años, tomé la decisión de acabar los días de mi vida fuera del ambiente clerical. Y ahora confieso que me sinto feliz como no podía ni imaginar. Sencillamente porque, después de tantos años imaginando que yo pensaba con libertad, me doy de que ahora es cuando empiezo a pensar sin miedos. Y eso - lo aseguro con toda sinceridad - es una fuente de creatividad, de felicidad y de ilusiones que no tienen precio. No por la infantil satisfacción del que se imagina que es libre como el viento. No se trata de semejante estupidez. Se trata de que yo he dedicado mi vida al estudio y la enseñanza de la teología. Y ahora veo, como nunca lo había visto tan claro, que la teología está estancada (o quizá atascada) por la sencilla razón de que, en los ambientes eclesiásticos, en los que se elabora la teología, hay mucho miedo. Por supuesto, miedo inconsciente. Pero es miedo. Sobre todo, y ante todo, miedo a pensar. Y p0r eso, prcisamente por eso, la teología tiene cada día menos presencia en la sociedad y en la cultura. Por eso, sobre todo, la teología se ve cada día más incapacitada para decirle a la gente lo que la gente necesita oír.
Miedo a pensar con plena libertad tiene todo el mundo. Miedo tienen los políticos. Y los economistas. Y los docentes. Y la gente de los medios de comunicación. Precisamente ahora, cuando nos imaginamos ingenuamente que somos más libres que nunca, ahora es cuando estamos más controlados que nunca. En el ambiente flotan seguramente tantos "dogmas" como los que circulaban por medio mundo durante la Edad Media. Ahora son "dogmas civiles", "dogmas políticos", "dogmas económicos", ¡vaya Vd a saber! El hecho es que el pensamiento dogmático no se acaba, al contrario, aumenta. Porque es la única manera de controlar a la opinión pública y de perpeturar la "mentalidad sumisa", condición indispoensable para que este mundo siga funcionando "como tiene que funcionar".
Mi convicción más firme es que sólo quienes luchan en su vida por alcanzar logros de libertad, aunque sean pequeños logros, sólo quienes orientan su vida desde ese proyecto, podrán aportar algo válido a esta humanidad tan machacada por "el pensamiento único" que a todos nos bloquea y no nos deja ni movernos. Y ya lo sabemos: un mundo paralizado, estancado, apoltronado en sus muchas ortodoxias, un mundo así, no va a ninguna parte. Ni dejará un futuro abierto a las futuras generaciones. Teología sin censura
Hoy hace 30 años que el arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar A. Romero, fue asesinado, mientras celebraba la eucaristía en la capilla del hospital para enfermos terminales donde él mismo vivía. Un tirador profesional le puso la bala mortal en el corazón. Su cuerpo ensangrentado cayó sobre el altar en el momento del ofertorio.
A Mons. Romero no lo mataron por comunista. Ni por meterse en política, como si él perteneciera a la guerrilla del FMLN, enfrentada al partido ARENA, de extrema derecha. Los que dicen tales cosas, mienten. A Romero lo mataron porque se puso de parte de un pueblo machacado por la ambición de 12 familias, que eran los dueños de todo aquel país, El Salvador. Más en concreto, a Romero lo asesinaron un lunes. El día anterior, en la homilía que pronunció en la catedral, les dijo a los militares:
"Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: NO MATAR... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios... Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla... Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado... La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre... En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más y más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión...!"
Al decir esto, Romero firmó su propia sentencia de muerte. Y él lo sabía. Romero pronunció aquella homilía con miedo, con mucho miedo. Me consta, por un sacerdote que habló con él aquella misma tarde, que se sentía hundido y solo, sumido en una profunda noche oscura. Al día siguiente lo mataron.
Han pasado 30 años. En estos años, han subido a los altares cientos y cientos de santos y beatos. El arzobispo Romero sigue esperando en la cripta de la catedral de San Salvador, que en Roma se acuerden de él. Esto da que pensar. Aunque da más que pensar que el pueblo sencillo y humilde de los países pobres del Sur lo llame "San Romero de América". Los pobres lo han subido al altar pobre que ellos tienen.
Pero más que esto, da que pensar - y mucho - el ejemplo de este obispo. Ejemplo de libertad al servicio de la misericordia. Ahora, a los 30 años de su muerte, lo más urgente no es que Roma lo canonice, sino que Roma aprenda lo que representa y exige la libertad al servicio de la misericordia. Esto es tan urgente porque el día que en Roma tomen en serio este criterio, ese día los obispos de todo el mundo empezarán a decir, en sus sermones, en sus homilías, en sus escritos y declaraciones públicas, lo que, hace 30 años, dijo Monseñor Romero. Es urgente que los obispos, como hizo Romero, se pongan de parte de la vida. No sólo en el asunto del aborto y la eutanasia, sino además en tantas otras situaciones en las que la vida de los más débiles e indefensos se ve machacada y humillada de tantas formas. Sueño con el día en que nuestros obispos hablen contra la corrupción de los bancos y las empresas financieras con la misma energía con que hablan contra los pecados que afectan a la vida privada de los individuos y de las familias. Sueño con el día en que los obispos clamen contra los niños esclavos que trabajan en las minas y al servicio de las multinacionales por uno o dos dólares por noches enteras de trabajo. Sueño con el día en el que los obispos denuncien en los tribunales a los curas pederastas de sus diócesis. Sueño con el día en que los obispos clamen públicamente contra la fabricación y venta de aramamentos. Sueño con el día en que se acaben tantos silencios episcopales que son muy difíciles de entender.
Y ¡por favor!, que nadie me diga que siempre estoy hablando contra los obispos. ¿Pero no se dan cuenta de que aquí estoy hablando a favor de ellos? A mis 80 años, puedo asegurar que he sufrido mucho de la Iglesia y por la Iglesia. Nunca jamás me iré de ella. Nunca dejaré de amarla. Porque veo que sólo amando a la Iglesia, desde la libertad al servicio de la misericordia, podré verle sentido a mi vida. Respeto y admiro a quienes ven las cosas de otra manera. Pero yo, con la humildad que puedo, digo en público que éste es el sentido que le veo a mi vida y a mi futuro. Teología sin censura
Ayer, domingo 5º de cuaresma, el arzobispo de Granada no leyó en la misa de la catedral el evangelio que tocaba, el relato de la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). Ignoro las razones que tuvo el prelado para excluir de la eucaristía dominical ese episodio de la vida de Jesús. En lugar de la adúltera, habló de la resurrección de Lázaro. Para deducir, de ese hecho prodigioso, una conclusión que ahora mismo, cuando estoy escribiendo esta entrada en el blog, las emisoras de radio están repitiendo y comentando: los abusos sexuales con niños, que cometen algunos clérigos, tienen su explicación en "el desorden de los afectos y de la sexualidad" que vive la sociedad actual. O sea - si yo me he enterado bien - la responsabilidad de los pecados y delitos del clero, en materia de sexo, recae sobre la sociedad. Un argumento que, por lo visto, exime al arzobispo de Granada de reconocer la responsabilidad que obviamente recae sobre la institución eclesiástica y sus dirigentes.
Por su parte, el papa (también ayer domingo y haciendo mención del evangelio de la adúltera) afirmó que es necesario, por supuesto, rechazar el pecado, pero hay que tener comprensión con el pecador. Por eso, indicaba el papa, Jesús le dijo a la adúltera: "Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más". Con este razonamiento, el papa estaba insinuando- creo yo - que es necesario rechar la pederastia de los curas, pero hay que ser comprenmsivos con los pederastas.
A ver si nos aclaramos. Una cosa es un "pecado" y otra cosa es un "delito". El pecado es una afensa a Dios, que quien lo comete (según sus creencias), se las tiene que arreglar para que Dios lo perdone. El delito es la violación de una ley humana, que es castigado por las autoridades civiles, según las leyes penales de cada país. Pues bien, en el relato de la adúltera, lo que allí se planteó, no fue sólo un pecado, sino igualmente un delito. Porque, en la sociedad judía del tiempo de Jesús, religión y política estaban de tal manera unidas y fundidas la una a la otra, que, con frecuencia, quien cometía determinados pecados, era castigado, no sólo por Dios, sino también por los poderes públicos. En el caso del adulterio, el castigo era la pena de muerte que se ejecutaba mediante un linchamiento popular, es decir el "pecador-delincuente" era apedreado en público.
Esto supuesto, lo que Jesús hizo, según el relato de la adúltera, fue "despenalizar" el adulterio. Jesús le dijo a la mujer: "Yo tampoco te condeno". Y añadió: "Vete y no peques más". Jesús mantuvo que el adulterio es un pecado. Pero actuó de forma que evitó la ejecución mortal de aquella pecadora. Despenalizar el adulterio no equivale a permitir el adulterio. Jesús mantuvo que el adulterio está mal y es una afensa a Dios y al prójimo. Pero eso no quiere decir que los pecados tengan que ser castigados como si fueran delitos. Esto, que está tan claro, por lo visto no está así de claro en ciertos ambientes eclesiásticos. Lo que ayer dijo el papa, me parece a mí, da pie a que haya quienes piensen que el papa está pidiendo comprensión y tolerancia con los curas pederastas. Si hablamos de los pecados de esos curas, por supuesto, que Dios los perdone. Pero las autoridades civiles no pueden proceder según ese criterio. Los poderes públicos tienen la obligación de castigar a todos los pederastas, no sólo a los curas, sino igualmente a los padres que abusan de sus hijos o hijas pequeñas y, en general, a todos los ciudadanos que usan a los pequeños como objetos de placer.
Por lo demás, todo esto me viene a decir que tampoco entiendo cómo el papa y los obispos piden tanta severidad contra los abortistas y, al mismo tiempo, tanta comprensión con los pederatas, sobre todo si son curas. No le falta razón a Eduardo Galeano cuando asegura que si fueran los hombres los que abortan, hace siglos que el aborto estaría permitido en todo el mundo.Teología sin censura
Entrevista a Carlos Escudero Freire, por la reciente publicación de su libro: Jesús, novedad radical. A vino nuevo, odres nuevos (Marcos 2,22).
J.M. Castillo: Aparte del subtítulo del libro, A vino nuevo, odres nuevos, ¿Hay algún texto del Evangelio en particular que te sugiriera el título: Jesús, novedad radical?
C. Escudero: Sí. Lucas 16,16: La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan; desde entonces se anuncia el reinado de Dios.
Lucas contrapone el Antiguo y el Nuevo Testamento. La novedad radical del Nuevo está en que Jesús anuncia y realiza el reinado de Dios, con las características y valores que le son propios:
- la justicia como pórtico de entrada; el amor al prójimo como la plenitud.
- Dios reina siempre como Padre: Hay ofrecimiento, nunca imposición.
- Jesús nos revela a Dios como Padre de toda la humanidad: Se rompen pues las barreras étnico-sociales y religiosas. La hermandad se hace efectiva, y nos iguala a todos de manera radical: no hay gente superior o de mayor dignidad?
- El reinado de Dios es gratuito. Por la fe lo aceptamos y lo interiorizamos: El reino de Dios está dentro de vosotros (Lucas 17,20). Es necesario la conversión ?metánoia-, para preparar un terreno abonado.
- El Espíritu de Dios nos da la fortaleza necesaria para seguir realizando el reinado de Dios como discípulos de Jesús, con una vida sencilla y digna ?desde la pobreza-, para poder dar en rostro a los falsos dioses: -los ídolos de nuestro tiempo.
J.M. Castillo: El reinado de Dios tiene también una vertiente económico-social y político-religiosa. ¿Cómo refleja el libro esta importante realidad?
C. Escudero: Esta realidad, a la que podemos llamar el aspecto histórico del reinado de Dios, es por eso mismo una realidad constatable. Nuestra sociedad defiende sus propios valores, y el reinado de Dios propugna una sociedad alternativa, con el cambio radical de esos valores. Para realizar esta ardua tarea, muchos creyentes cristianos nos unimos con creyentes de otras religiones y con personas no creyentes.
J.M. Castillo: ¿Cuáles son los principales valores, propios del reinado de Dios, que desarrollas en tu libro?
C. Escudero:
- El ser humano es lo realmente sagrado, y está en el centro de la actividad y enseñanza de Jesús, por encima de cualquier institución. Es decir, el Evangelio defiende, por encima de todo, la dignidad de la persona.
- Jesús, bajo el influjo del Espíritu Santo, proclama la liberación de los pobres, de los sometidos, marginados, y esclavizados como tarea suya esencial. En esto consiste la buena noticia del reinado de Dios (Lucas 4,18-19). Mateo lo proclama de otra manera en el juicio de las naciones: Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber? (Mateo 25). Ambos pasajes están fuera de todo ambiente religioso, es decir, pertenecen al terreno de lo cotidiano, de lo secular, de lo profano, como el Evangelio mismo que es laico.
- Jesús ha llevado una vida de servicio, solidaridad y hermandad con los más necesitados y con los excluidos por la sociedad religiosa y civil. Nos invita a sus discípulos a hacer lo mismo.
- Cuando las distintas religiones, en nombre de Dios, someten y marginan a las personas, es decir, cometen injusticia contra ellas, hay que tener el coraje de defender los valores humanos contra esas instituciones, y la valentía para desacreditar a las personas sagradas que las presiden.
El libro recoge estos temas con insistencia y, en su conjunto, hace ver con claridad la novedad absoluta de Jesús y del Nuevo Testamento, en relación con el Antiguo.
J.M. Castillo: Acabas de decir que el Evangelio es laico. ¿En qué sentido lo afirmas?
C. Escudero: En el sentido de que el Evangelio discurre por la vida normal, por lo secular o profano; este último término no es peyorativo en este contexto. Se opone a lo sagrado. Jesús fue laico, de la estirpe de David. El anuncio de su nacimiento tiene lugar en un ambiente profano, el ambiente normal y cotidiano de la vida irrelevante de María, que estaba en su casa en Nazaret, y que aceptó por la fe el mensaje de Gabriel. Estamos en el Nuevo Testamento (Lucas 1,26-38).
El contrapunto lo encontramos en el anuncio a Zacarías, sacerdote, ofreciendo la ofrenda en el templo. Todo es sagrado, pero Zacarías no cree. Quedó mudo y con él enmudeció el sacerdocio del Antiguo Testamento para siempre (Lucas 1,5-25).
El nacimiento de Jesús en un pesebre y rodeado de pastores, pobres de solemnidad y despreciados por la sociedad de su tiempo, lleva el sello de lo laico, de lo profano, en un ambiente de pobreza dura (Lucas 2,1-20). Su bautismo tuvo lugar en el río Jordán, fuera de todo lugar sagrado (Lucas 3,21-22). Echó por tierra las instituciones más sagradas de Israel el sábado (Marcos 2,23-38), y el templo (Juan 2,13-22).
Para concluir este importante tema, le dedico a la eucaristía y a la muerte de Jesús en la cruz bastante espacio en el libro. Hago ver que ni la eucaristía, ni la muerte de Jesús son sacrificios expiatorios para aplacar a Dios. No hay lugar sagrado, ni altar, ni sacerdotes, es decir, no existe la mediación sagrada. Por lo demás, con el asesinato de Jesús en la cruz, los sumos sacerdotes y demás jefes del pueblo pretendieron despojarlo de todos sus derechos civiles y religiosos. El Padre, resucitándolo, lo acreditó como salvador y única piedra angular (Marcos 14,22-26; 15,22-40; Hechos 4,10-12).
J.M. Castillo: Entiendo que tu libro pretenda liberarnos de una teología trasnochada, la teología del infantilismo y del miedo, patrimonio de la iglesia oficial, para poder vivir con libertad y felicidad.
C. Escudero: Es la teología que brota espontánea y cristalina de los evangelios, donde se proclama dichosos a los seguidores de Jesús. El Evangelio busca el desarrollo y la plenitud del ser humano; quiere su libertad aunque pueda equivocarse, y una vida llena de felicidad. La teología tradicional sigue manteniendo al Dios lejano y trascendente del Antiguo Testamento que infunde temor, tanto más que no deja de recordarnos el tema del purgatorio y del infierno. Por eso la iglesia jerárquica exige a la gente sacrificios y ayunos con carácter expiatorio, como en el Antiguo Testamento.
J.M. Castillo: Entonces para ti, ¿es la revelación que Jesús hace sobre Dios como Padre lo que hace cambiar de manera radical el rumbo de la teología?
C. Escudero: Por supuesto. El Dios cercano de Jesús, su propio Padre y también el nuestro, sólo infunde amor y confianza. Baste recordar la parábola del hijo pródigo, donde el Padre, al mismo tiempo que respeta la decisión equivocada de su hijo, sale todos los días a otear el horizonte con impaciencia, para hacerle ver que, con su vida depravada, no ha perdido la condición de hijo, con tal de que quiera regresar voluntariamente a la casa paterna (Lucas 15).
J.M. Castillo: Hablamos de pasada sobre la desacralización que Jesús llevó a cabo de las fiestas e instituciones judías. ¿Por qué te centras en el sábado y en el templo?
C. Escudero. En el sábado, porque ha sido siempre una de las instituciones fundamentales del judaísmo. La observancia del reposo sabático ha constituido durante siglos un distintivo de los judíos en medio de los pueblos paganos. Para los rabinos la observancia del sábado era tan sagrada que prevalecía sobre los demás mandamientos. Guardar este precepto tenía tanto peso como los demás mandamientos juntos, es decir, observarlo correctamente equivalía a cumplir toda la ley. Su transgresión se comparaba con los peores pecados: idolatría, asesinato, incesto. Marcos, en el episodio de las espigas (Marcos 2,23-28), pone en boca de Jesús esta rotunda declaración:
El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado: así que el Hijo del hombre es señor también del sábado (Marcos 2,27-28).
Es evidente que el ser humano está por encima de cualquier institución por sagrada que sea.
Me centro también en el templo, porque éste era el lugar más sagrado para los israelitas. Pero con el tiempo lo fueron convirtiendo en máquina de hacer dinero: lugar de explotación, abuso y engaño. Este baluarte del poder y dominio sobre la gente fue declarado por Jesús cueva de bandidos. El nuevo templo es Jesús, portador del Espíritu, y todos los que estamos bajo su influjo (Juan 2,13-22; Juan 4). La abolición del culto, tapadera de tantas injusticias, incluye la abolición de lo sagrado. Jesús inaugura así la normalidad de lo profano, de lo secular, de la vida cotidiana. Lo verdaderamente sagrado, que hay que respetar y dignificar, son el hombre y la mujer, que están en el centro del mensaje de Jesús, y por encima de las instituciones.
J.M. Castillo: Has elegido como subtítulo del libro la sentencia: A vino nuevo, odres nuevos (Marcos 2,22). ¿Te parece tan significativa para recalcar la novedad radical de Jesús?
C. Escudero: Esta pequeña parábola encierra un significado profundo sobre la novedad absoluta de Jesús. Está enmarcada en el tema central de la Nueva Alianza (Marcos 2,18-22). Ante la pregunta que le hacen a Jesús los fariseos: ¿Por qué razón tus discípulos no ayunan? (Marcos 2,18), Jesús responde:
¿Es que pueden ayunar los amigos del novio mientras duran las bodas? Mientras tienen al novio con ellos no pueden ayunar (Marcos 2,19).
Jesús se pone en el lugar del esposo, ocupando el lugar de Jahvé en el Antiguo Testamento, pero en lugar de hablar aquí de pacto o alianza, lenguaje jurídico, se habla de una boda, en la que el novio/esposo queda relacionado con el amor y la lealtad a su pueblo (Juan 1,17). La boda, con carácter de alianza, va a ser una realidad permanente a través del Espíritu, por eso la alegría y la felicidad están garantizadas. Las prácticas expiatorias del Antiguo Testamento han caducado.
Llegamos así a la pequeña parábola del vino nuevo en odres nuevos, que nos muestra que todo intento para hacer compatibles la Antigua Alianza y el Reinado de Dios es inútil y pernicioso, porque lo nuevo puede estropearse irremediablemente al querer hacerlo compatible con lo viejo, que no puede resistir la pujanza y fuerza de lo nuevo. Es además sugerente, porque la imagen del vino pertenece a la boda como algo sustancial e imprescindible: es el símbolo del amor nupcial como elemento esencial del banquete. Este vino hace referencia y simboliza la sangre de Jesús como sello de la Nueva Alianza (Marcos 14,24-25). El vino nuevo significa pues su entrega total por amor. No tiene el significado de sacrificio expiatorio para aplacar a Dios, como los de la Antigua Alianza. Jesús encarna el reinado de Dios como una novedad radical y absoluta.
J.M. Castillo: En otro apartado del libro hablas de Jesús como revelador del Padre. Me parecen unas páginas preciosas. ¿Qué alcance pueden tener para una teología renovada?
C. Escudero: La relación y experiencia única y misteriosa de Jesús con su Padre es lo más novedoso y entrañable del Nuevo Testamento. Jesús se identifica constantemente con su Padre como algo natural, y como lo más importante de su vida. Por eso Jesús nos puede hablar del Padre, de sus sentimientos y de las características de su reino, a través de su persona, actividad y mensaje.
J.M. Castillo: Las ?primeras palabras? de Jesús, ¿tienen más trascendencia de lo que parece a simple vista?
C. Escudero: Creo que sí. Son el punto culminante del evangelio de la infancia de Lucas, y contraponen la obediencia que Jesús debe a su Padre, como su Hijo único, a la relación normal y obediencia que Jesús debe a sus padres naturales, María y José:
Ante el reproche de María:
- Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo! (Lucas 2,48).
Jesús responde:
¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que ocuparme de lo que es de mi Padre? (Lucas 2,49).
Esta buscada oposición nos está indicando que Jesús se relaciona de manera natural y prioritaria con Dios, su Padre. Se está proclamando pues a sí mismo Hijo de Dios, de manera trascendente, como lo había hecho Gabriel en la Anunciación (Lucas 1,35).
Las primeras palabras de Jesús están relacionadas con la obediencia que debe a su Padre por encima de todo, que en su vida pública se traduce en la adhesión de Jesús al plan de Dios sobre él. Así cuando lo quieren retener en Cafarnaún Jesús replica a la multitud que lo andaba buscando:
También a los otros pueblos tengo que dar la buena noticia del reinado de Dios, pues para eso he sido enviado (Lucas 4,43).
J.M. Castillo: ¿No es más explícito el pasaje de Lucas 10,22, a este respecto?
C. Escudero: Sí que lo es, porque se habla directamente de la revelación sobre el Padre que sólo puede hacer el Hijo. Pero veamos el contexto, ya que Lucas 10,21-22 tiene una innegable unidad:
En aquel momento, con la alegría del Espíritu Santo, (Jesús) exclamó: -¡Bendito seas Padre, Señor de cielo y tierra, porque, si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien.
Mi Padre me lo ha enseñado todo. Quién es el Hijo, lo sabe sólo el Padre. Quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Lucas 10,21-22).
Llama la atención, en primer lugar, la alegría de Jesús por el Espíritu, y cómo bendice espontáneamente al Padre porque ha querido revelarle a la gente sencilla los secretos del reino (Lucas 10,21). El siguiente versículo, con la expresión mi Padre, expresa de manera directa el conocimiento único y recíproco del Padre y el Hijo. Por tanto, podríamos afirmar que el conocimiento exclusivo que Jesús, el Hijo, tiene de su Padre, además de entrañar una relación profunda y misteriosa con Él, hace posible que Jesús nos revele algunos de esos secretos insondables que pertenecen a Dios, a su reinado, a su manera de actuar -como la predilección por los pobres y por la gente sencilla.
Por eso Jesús tiene la capacidad de hacernos comprender y experimentar que Dios es también Padre de todas las personas y pueblos de la tierra. Cae pues la expresión el Dios de Israel y todas las demás barreras y fronteras entre los seres humanos, como algo artificial. La jerarquía, que mira en muchos aspectos más al Antiguo que al Nuevo Testamento, sigue invocando al Dios de Israel en la liturgia, como si Jesús no hubiera venido, y se siguen proclamando a sí mismos Maestros ?más de los dogmas y del Derecho Canónico que del Evangelio-, sin admitir que Jesús sigue revelando los secretos del reino a la gente sencilla. Además, el título de Maestro le atañe sólo a Jesús (Mateo 23,8-9).
J.M. Castillo: Tu libro ha sido publicado por la editorial Bubok de Internet. ¿Cuál es la manera más sencilla de adquirirlo?
C. Escudero: Esa editorial no tiene stock de libros, pero se pueden encargar a través e librerías que hay en todas las capitales de España. Se entra en la página web:
http://www.bubok.es/librerias/mapas
Ahí salen las librerías afiliadas a bubok de todas las capitales españolas, con su dirección y número de teléfono. Se encarga el libro y tarde en venir de 7 a 10 días.
J.M. Castillo: Es evidente que hay otros muchos puntos que se podrían destacar, pero una entrevista sus límites.Teología sin censura
Un aforismo de la Sabiduría Sufí dice:
"Un día visito una iglesia,
otro una mezquita.
Yendo de templo en templo,
no te busco más que a Ti".
Realmente, ¿qué buscamos en la vida cuando nos preguntamos por la religión, por las muchas religiones que hay en el mundo, por los cutos sagrados y las ceremonias rituales? ¿Qué buscamos cuando nos preguntamos por el problema de Dios o el problema del mal? ¿Qué buscamos cuando atacamos o defendemos a la Iglesia y a los curas? ¿Por qué hablamos mal o bien de los imanes o de los rabinos?
La religión puede ser, para mucha gente, un camino para encontrar a Dios. Pero también puede convertirse en un impedimento para relacionarse con Dios. Porque hay personas que se quedan atrapadas por la religión, en ella se complacen, con ella se sienten bien y hasta es posible que las observancias religiosas les sirvan de ascensor que les sube al piso más alto del alto cielo, desde donde ellos, los observantes, se sienten mejores, se ven superiores a los demás y hasta con derecho para menospreciar o despreciar a los "malos", a los ateos, agnósticos, pecadores y gentes que la religión presenta como anormales o pervertidas. Por no hablar de los que rechazan a los que van a la sinagoga o a la mezquita. Como también hay quienes rechazan a que vamos a la iglesia.
Ya es hora de que todos los creyentes, cada cual desde sus propias creencias, seamos capaces de trascender nuestras ideas y nuestras costumbres, nuestras obeservancias y nuestros ritos. Dios es el Trascendente. Es decir, Dios nos trasciende a todos y, por tanto, no está a nuestro alcance. De ahí, que la tarea de las religiones no es discutir cuál de ellas es la verdadera. Ni siquiera, cuál es la mejor. La religión no puede tener otra finalidad que llevarnos a Dios. Pero Dios, si es Dios de todos y para todos los humanos, sólo se puede encontrar allí y en aquello en lo que todos los humanos coincidimos: la defensa de la vida, la salud, la comida, el respeto, la tolerancia, la estima mutua... Cuando acudimos a la mezquita, a la sinagoga, a la iglesia, al templo, sea el que sea, lo que importa es que eso nos haga más humanos. Y si es que se tratata de personas que no tienen creencias religiosas, en cualquier caso, lo que sin duda tienen es humanidad. Y en la humanidad coincidimos todos. Hay templos de la religión, como hay templos de la ciencia, del arte, del poder, del dinero. ¿Cuándo llegará el día en el que en todos los templos encontremos lo más profundamente humano que nos une a todos, más allá de nuestras creencias, de nuestras ideas, de nuestros intereses o de nuestras esperanzas?Teología sin censura
Algunos de los que visitan el blog me han pedido que tenga más cuidado en la maquetación de las entradas y en evitar tantas erratas. Pido disculpas por estos descuidos que dificultan la lectura de los textos. Haré lo posible, dentro del poco tiempo del que dispongo para el blog, en orden a mejorar estos defectos, que parecen no tener importancia, pero que en realidad la tienen. Perdón. Y gracias por vuestra atención y paciencia.
Josè M. CastilloTeología sin censura
Estos días se palpa el malestar creciente que muchos católicos perciben dentro de la Iglesia o en torno a la Iglesia. El desencadenante de tal malestar son las noticias que nos llegan cada día sobre abusos sexuales de sacerdotes y religiosos con niños y adolescentes. Es perfectamente comprensible que un asunto tan turbio y escandaloso sea motivo de malestar. Hay quienes se sienten molestos por los hechos escandalosos de los que nos enteramos. Hay quienes protestan de que esas cosas se divulguen y cargan la responsabilidad sobre los periodistas y quienes difunden o comentan noticias tan humillantes para la Iglesia. Hay quienes se quejan de que el Papa no sea más contundente con los curas pecadores y delincuentes en esta materia. Y hay quienes protestan de que se le dé tanto bombo a este penoso asunto, al tiempo que no se enaltece la inmensa generosidad de tantos misioneros y misioneras en los países del Tercer Mundo; y en los múltiples servicios sociales que prestan a enfermos, pobres, ancianos, etc, lo mismo en países ricos que en los más pobres.
La revista de pensamiento y cultura, EL CIERVO (Barcelona), acaba de publicar la siguiente recensión de mi último libro. Recojo aquí el contenido de esta información, ya que, quizá, pueda ser de interés para algunos de los que visitan este blog.
El diario Le Monde decía ayer que la única religión, que queda en el mundo exigiendo a sus ministros (obispos, sacerdotes) la obligación de renunciar al matrimonio, es la religión católica. Por otra parte, también es cierto que la única religión, que se ve en la penosa situación de tener que soportar tantas denucnias de curas que cometen abusos sexuales con niños y adolescentes, es también la religión católica. ¿Mera coincidencia? No puede serlo. El asunto es demasiado grave y demasiado importante en la vida (tanto del que comete el abuso como, sobre todo, del que lo padece), que un hecho así, tan masivo, tan peligroso y tan repugnante, no puede ser el resultado de una simple coincidencia y, menos aún, de una pura casualidad.
El pasado día 9, dije en este blog algo que me parece importante en relación a la creciente marea de acusaciones y denuncias que se publican sobre los abusos sexuales de curas y religiosos con niños y jóvenes. Hoy tengo que volver sobre el mismo asunto. No para cargar más las tintas, sino para aportar - si es que puedo - algo más de luz en un tema tan turbio y escabroso, que además se va complicando por días.
La religiosidad se puede vivir de dos maneras o según dos modelos: el modelo "profético" y el modelo "farisáico". Los profetas se fijan más en el comportamiento ético y al cambio social, mientras que los fariseos dan más importancia a la observancia de la ley y el cumplimiento de los ritos y ceremonias religiosas. Soy consciente de que, al decir esto, simplifico el contenido de ambos modelos. Pero, para lo que vamos a tratar aquí, me parece que con lo dicho es suficiente.
La conocida escritora M. Yourcenar se quejaba, quizá con bastante razón, de los que "elogian la pureza porque no saben cuánta turbiedad puede esconder la pureza". Desde hace ya algún tiempo, nos enteramos con frecuencia de nuevos escándalos causados por "profesionales" de la pureza. Me refiero a las noticias que nos llegan de sacerdotes y religiosos que han abusado de niños o que, sabiendo de tales abusos, los han ocultado. Por supuesto, a cualquiera se le ocurre pensar que, de entrada al menos, no vendría mal adoptar una actitud de sospecha ante semejantes noticias. Todo lo relacionado con el sexo tiene morbo. Y si además es asunto de curas, monjas, frailes, obispos..., entonces el morbo resulta aún más morboso. Esto es cierto. Pero también es verdad que muchas de esas informaciones no hacen sino reproducir hechos probados ante los tribunales de justicia. Porque - no lo olvidemos - cuando hablamos de estas morbosidades, estamos hablando, no sólo de un "pecado", sino además de un "delito", que ha sido denunciado, juzgado y condenado en un tribunal de justicia. Por lo demás, si es cierto que con frecuencia nos hablan de "gente de Iglesia" que ha cometido abusos con criaturas inocentes, no es menos verdad que hay fundadas razones para sospechar que lo que conocemos, en esta materia, no es sino la punta de iceberg. Lo que está oculto es probablemente más, bastante más, que lo que se sabe.
El título de esta breve reflexion esta tomado de una conocida plegaria del Maestro Eckhart, uno de los grandes misticos de la tradicion alemana, muerto hacia el 1329. La oracion se encuentra en uno de los sermones de este fraile dominico. Una plegaria que, en el fondo, viene a decir que la religion puede ser verdad y mentira, solucion y perdicion. Y confieso que yo, tomando ejemplo de Meister Eckhart, tambien le pido a Dios que me libre de Dios, es decir, le pido a Dios que me libre de la religion que justifica la intolerancia, el fanatismo, las faltas de respeto. La religion que, en nombre de la etica, machaca la misericordia, La religion de los dictadores y de los tiranos. La religion que antepone la verdad a la misericordia. La religion que lleva derechamente al fundamentalismo y a la intolerancia. Me da miedo esa religion y el Dios que la justifica. Me da miedo esa religiosidad y el Dios que tranquiliza la conciencia con la seguridad de los verdugos. La religion que desencadena la violencia. Prefieron vivir en la mentira que, en nombre de mi mentira, causar dolor, humillacion y sufrimiento a cualquier ser humano.
En España, se anuncia (para el próximo domingo, día 7 de marzo) otra manifestación callejera, una más. ¿Para qué? ¿Para pedir que no se siga maltratando a los inmigrantes? ¿Para impedir que salgan adelante los proyectos de ley que se anuncian y que podrían privar a los jóvenes de sus derechos en el mercado laboral?
Me parece que, a estas alturas, ya está sobradamente demostrado que uno de los factores más decisivos de la crisis económica, que estamos padeciendo, ha sido la falta de vergüenza, la inmoralidad, la codicia desmedida, la ambición y la deshonestadidad desvergonzada de mucha gente, que ha podido robar "legalmente" (¡?).
Brevemente, pero con toda firmeza, quiero (y debo) expresar mi desacuerdo con la desafortunada decisión de los obispos que - si es cierto lo que ha llegado a mis oídos - han mandado retirar de las librerías la última edición del libro "JESÚS", de José A. Pagola. Este sacerdote ejemplar y gran teólogo ha tenido la humildad de corregir las ediciones anteriores de su libro. Ha hecho las correcciones que le había impuesto la Conferencia Episcopal. El libro, así corregido, ha obtenido el "Nihil Obstat" del que ha sido su obispo, Mons. Uriarte. Bueno, pues ni esto les ha bastado a los obispos para tomar una decisión que, por otra parte, no es competencia de los pastores de la Iglesia. Ellos no tienen autoridad para decidir lo que los libreros pueden o no pueden vender.
La gente está alborotada. Y es de temer que seguramente todos nos vamos a alborotar más, a medida que el Gobierno de cada país vaya anunciando medidas restrictivas en sueldos, edad de jubilación, congelación de salarios, reducción del gato público y así sucesivamente. Lo que está ocurriendo en Grecia es una llamada de atención para todos.
Hoy, primer domingo de cuaresma, la liturgia de la misa nos rescuerda el evangelio de las tentaciones de Cristo en el desierto. Evidentemente, no se trata de un relato histórico. Porque no puede ser verdad que un hombre, que se pasó cuarenta días y curante noches sin comer, sólo sintiera hable al final, como dice ese relato tan extraño. Podemos estar seguros de que ahí se cuenta algo que le pasó a Jesús, pero no en un momento determiando, sino a lo largo de su ministerio público. Y con ello, lo que se pretende es decirnos, a quienes leemos los evangelios, que también nosotros, al igual que Jesús, estamos sometidos, durante toda nuestra vida, a las mismas tentaciones, que son, sin duda alguna, las perores tentaciones que podemos sentir en este mundo. ¿De qué tentaciones se trata?
"Fanatismo" y "fanático" son palabras que vienen del término latino fanum. Este término es estrictamente religioso. El fanum era, en la religión romana primitiva, el "lugar sagrado", que muchas veces podía consistir en un bosque sagrado. Más tarde, el fanum fue sustituido por el aedes, el santuario, que se suponía ser la morada de la divinidad (R. Schilling). Y es por esto, porque el fanum es el espacio de "lo sagrado", por lo que pro-fano es lo que está "fuera de lo sagrado".
No. De verdad que no voy a decir nada contra el episcopado o contra cualquiera de nuestros pastores. Lo que hoy quiero decir aquí es muy simple. Llevo con esto del blog poco más de cuatro meses. Y en este tiempo - que no es mucho, pero ya es suficiente - he podido advertir una cosa que me ha llamado la atención. Se trata de esto: los temas que más interesan (a la vista de los comentarios que suscitan) son los que se refieren a los obispos o se relacionan con ellos.
Como sabemos, en los dos últimos siglos, se ha discutido mucho si Jesús de Nazaret es un personaje histórico o es una invención de los cristianos. Se ha discutido, por tanto, si los evangelios son documentos históricos o, más bien, son relatos míticos que no merecen crédito. Hace poco, el conocido filósofo y sociólogo francés, Frédéric Lénoir, ha escrito sobre este asunto precisamente: No disponemos de pruebas científicas absolutas sobre la existencia de Jesús, como las hay, por ejemplo, en el caso de Julio César a través de las monedas, los restos arqueológicos y los diversos textos conservados.
¿Qué les pasa a nuestros obispos que están tan callados? ¿Por qué no hablan ahora, cuando la crisis económica aprieta más que nunca, cuando en España tenemos más de cuatro millones de parados, cuando los políticos están llegando al culmen del paroxismo, en una espiral de crispación que sólo sirve para empeorar las cosas, cuando hay familias enteras que pasan necesidad y se ven en aprietos para seguir tirando de la vida, cuando los inmigrantes sin papeles se sienten más amenazados, cuando raro es el día que no nos enteramos de nuevos escándalos y nuevos casos de corrupción en personas que ocupan altos cargos de responsabilidad pública, y así sucesivamente? En nuestra sociedad hay mucha gente desorientada, dividida, crispada, enfrentada, en no pocos casos al borde de la desesperación. La gente espera una palabra que no sea el mitin de turno, el consabido ataque al adversario, el parloteo retórico y barato de políticos y politicastros que buscan votos a costa de nuestra exasperación, en otra espiral creciente de malestar. Así están las cosas.
En España, por lo menos, nos quejamos con toda razón del fracaso escolar y de los muchos e importantes defectos que tienen los programas educativos, que se vienen poniendo en práctica en las últimas décadas. Por otra parte, sabemos muy bien que una de las cosas más graves, que pueden ocurrir en un país, es que la educación entre en crisis. Pues bien, así las cosas, si la educación en general ha sido un importante fracaso, mucho más lo ha sido la educación "religiosa".
Nicolás Maquiavelo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (I, 12), dice: "Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben, pues, mantener las bases de la religión, y hecho esto, les será fácil mantener al país religioso, y por tanto bueno y unido". Y añado el mismo Maquiavelo: "Y deben favorecer y acrecetar todas las cosas que sean beneficiosas para ella (la religión), aunque las juzguen falsas". Como es lógico, Maquiavelo muestra aquí un interés por la religión en el que lo importante no es la creencia en Dios, sino la utilidad de la religión. ¿Para qué? Para mantener al país unido. Porque una religión fracturada, acaba fracturando también la convivencia y rompiendo la sociedad. Es decir, una religión rota produce un país roto también. Esto ocurría en el s. XVI, cuando escribía Maquiavelo. Y sigue ocurriendo ahora, en el s. XXI. Hay gente que se imagina que la religión está muerta o mortecina y que, por tanto, lo mejor que se hace es arrumbarla o incluso perseguirla. ¡Qué error tan monumental! No entro en el tema religioso propiamente tal. Me refiero al bien de la sociedad y de la convivencia de un pueblo. El hecho religioso sigue siendo determinante. Para bien o para mal. También en Europa. Y en Estados Unidos. En todas partes.
Por eso Maquiavelo erremete contra la Iglesia, por el triste papel que, ya en aquellos tiempos, jugaba en Italia. El juicio de Maquiavelo es muy duro. La idea del gran politólogo del XVI es que la Iglesia ha creado mucho malestar en Italia. Y da dos razones: "La primera es que por los malos ejemplos de aquella corte (la corte papal) ha perdido Italia toda devoción y toda religión, lo que tiene infinitos inconvenientes y provoca muchos desórdenes; porque así como donde hay religión se presupone todo bien, donde ella falta sucede lo contrario. Los italianos tenemos, pues, con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía otra mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido nuestro país".
No quiero pensar lo que Maquiavelo diría ahora, si viera lo que ocurre en tantos países del mundo. Países en los que la religión, en lugar de unir a la gente, lo que hace es enfrentar más a los ciudadanos. El caso de España, o mejor, el caso de las "dos españas", es elocuente. La Iglesia no ha cumplido sus deberes para unir a los españoles. No juzgo el problema religios como tal. Ni el problema ético que esto conlleva. Me refiero a lo que estamos viviendo ahora mismo, en España, en otros países de Europa, en Estados Unidos.... ¿Qué creencias religiosas tenemos y mantenemos? ¿Es que Dios, si es el Padre de todos, nos va a dividir y enfrentar más de lo que ya nos enfrentan los intereses políticos, sociales y económicos?
Por eso, mi pregunta final hoy es tan clara como provocadora: ¿Creemos realmente en Dios? O sea,: ¿No será que nuestras creencias reales son otras y utilizamos a Dios para sacar adelante lo que de verdad nos conviene y nos interesa?Teología sin censura
Un filósofo francés - nada sospechoso de conservador -, Michel Onfray, ha dicho: "La época en que vivimos no es atea. Tampoco parece postcristiana, o muy poco. En cambio, sigue siendo cristiana, y mucho más de lo que parece". Lo que ocurre es que el cristianismo que estamos viviendo es, como se ha dicho seguramente con razón, un "Cristianismo invisible". Nos guste o no nos guste, el mensaje de Cristo se está saliendo de la Iglesia, se va alejando de ella (o quizá sea ella la que se distancia cada día más del Evangelio), y se está imponiendo en el mundo moderno de una "forma laicizada".
Pues bien, así las cosas, recientemente, el conocido sociólogo Frédéric Lenoir ha escrito: "El Cristianismo invisible de la sociedades modernas tiene sus defectos, qué duda cabe, y se basa en una forma secular de trascendencia que fundamenta nuestros valores, pero no se ha encontrado todavía nada mejor para legitimar y aplicar una ética universal de respeto al otro. A no ser que se odie, como lo hace Nietzsche, la igualdad, el amor al prójimo o la sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, no veo en qué sentido son tan nefastos el mensaje judeocristiano y sus avatares laicos o por qué otra formula maravillosa se pueden sustituir. Así pues, con los ojos bien abiertos y la razón crítica en guardia, asumamos serenamente lo que hay de bueno y útil para el hombre en nuestra herencia cristiana. Y reconozcamos, aunque sea de manera provisional, que nuestros ideales necesitan todavía cierta forma de trascendencia para mantenerse en pie. Al fin y al cabo, ¿no es mejor una ética humanista surgida del judeocristianismo que la barbarie?".
Frédéric Lenoir es filósofo y sociólgo, especialista en Historia de las Religiones y ahora es investigador en la École des Hautes Études en Sciences Socialees. Además, es el Director de la prestigiosa revista "Le Monde des Religions".
Pienso que es, por lo menos, pertinente reflexionar con sosiego, sinceridad y anhelo de Dios, en el problema de fondo que aquí se nos plantea. Un problema que, insisto, nos guste o no nos gueste, tenemos que afrontar, en lugar de volverle el rostro o, lo que sería peor, atacarlo desde las vísceras y con poca cabeza.Teología sin censura
El extraño episodio de los "demonios de Gerasa" tiene una sorprendente actualidad. Lo cuentan los tres evangelios sinópticos (Mc 5, 1-20; Mt 8, 28-34; Lc 8, 26-39). No es posible precisar si esta historia sucedió tal como la cuentan los evangelios. Los estudiosos de este asunto no se ponen de acuerdo sobre los detalles históricos. Pero esos detalles no son lo que interesa en este relato. Lo que importa de verdad es lo que este episodio extravagante nos viene a enseñar en este momento. Un momenjto histórico de tantas muertes y de tantas crisis. Me explico enseguida.
El hecho es que, en el territorio de Gerasa (una bellísima ciudad romana, actualmente en Jordania), había una aldea, no lejos del lago de Galilea, en la que (según los evangelios) había tal cantidad de demonios, que se llamaban "Legión". Todos ellos se habían mentido en un hombre. Y lo peor del caso es que eran demonios de muerte. Porque, según cuentan los evangelios, el endemoniado vivía en el cementerio, metido en las tumbas, golpeándose con piedras, con instintos de muerte tan incontenibles que los vecinos de la aldea no podían ni sujetarlo con cadenas. Lo destrozaba todo. Y andaba, como loco, gritando solitario por los montes. Era, sin duda alguna, la expresión más patética de la "legión de la muerte".
Así las cosas, Jesús desembarca en aquella comarca. Y libera a aquel hombre, tan locamente peligroso, de la lagión satánica de muerte que amenazaba a todos y se destruía a sí mismo. Pero el suceso, como es sabido, no acabó en eso. La legión de demonios, al salir de aquel extraño novio de la muerte, le pidió a Jesús que los dejara ir y meterse en una enorme piara de cerdos (unos dos mil) que hozaban tranquilamente enla falda del monte, junto al lago. Jesús les permitió a los demonios que fueran a meterse en los cerdos. Y entonces, inesparadamente, ocurrió lo más extraño del relato. Los dos mil cerdos, impulsados por la legión de demonios, se lanzaron, acantilado abajo, hasta que todo ellos se ahogaron en el mar. Los que, hasta entonces, habían sino "demonios de muerte", pasaron a ser demonios de dinero. Porque es evidente que dos mil cerdos, que ahora valdrían un capital, en aquel entonces serían una auténtica fortuna. Lo más seguro es que los vecinos de la aldea se vieron arruinados.
El hecho es que el pueblo entero salió a pedirle a Jesús que se fuera de allí. Lo cual quiere decir que aquellas gentes, que habían soportado a los demonios de la muerte, no pudieron soportar al que convirtió a tales demonios en en fuerzas incontenibles que, en pocos minutos, los dejaron sin cerdos, es decir, fuerzas que metieron al pueblo entero en una crisis económica que no tenían prevista y cuyas consecuencias desconocemos.
No hace falta calentarse mucho la cabeza para ver la palpitante actualidad de este estrambótico relato. Nosotros ahora somos como los gerasenos de entonces. Toleramos que los demonios de la muerte maten a miles de personas . Demonios del hambre y de la guerra, del paro y de la crisis, demonios vestidos de banqueros y gestores de finanzas, de políticos que se reúnen en Kyoto, Copenhague, Davos, en la Casa Blanca y en todas las casas negras que emsombrecen este mundo tan atiborrado de tantas legiones de demonios, legionarios de la muerte, a los que toleramos gustosamente, y pagamos con el dinero que nos quitamos de la boca. Porque estamos dispuestos a tolerar los instintos de muerte y sus espantosas consecuencias. Dando una ayudida a los niños de Haití, lavamos la conciencia. Pero, ¡amigo mío!, que no nos hablen de organizar la economía de forma que nuestros "cerdos" se precipiten por el acantilado de la crisis. El hecho es tan patente como patético: toleramos mejor un mundo de muerte que un mundo de crisis y soportamos gustosamente a los demonios de los sepulcros, con tal que no les toquen a nuestros cerdos. ¿Qué han hecho con nosotros? ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿No ha llegado la hora de poner las cartas boca arriba y mostrar a las claras lo que realmente tenemos y lo que de verdad buscamos o estamos dispuestos a tolerar, con tal que no nos toquen donde de verdad nos duele?Teología sin censura
Se ha dicho muchas veces que el derecho siempre llega tarde. Y es así. Primero, se cometen agresiones contra las personas. Y luego, las instituciones públicas dictan leyes para castigar a los infractores o para impedir que las agresiones se sigan cometiendo. Es muy extraño e infrecuente que se aprueben leyes para prevenir delitos. Las leyes y los derechos son la respuesta a necesidades sociales que la gente padece y ve que no están resueltas. Por eso se puede afirmar, con toda razón, que el derecho tiene una finalidad de amparo. De la misma manera que se puede asegurar que quienes carecen de derechos son los más desamparados de este mundo. Nunca, por tanto, elogiaremos suficientemente el valor y la importancia del derecho. Pero con tal que hablemos con propiedad del derecho en sentido estricto. Quiero decir, una persona tiene un derecho (propiamente tal) cuando, si se ve privada de él, puede presentar una demanda, con las suficientes garantías de que la demanda será escuchada, acogida y resuelta de acuerdo al imperio de la ley. El que no puede acudir al juzgado de guardia, para denunciar al agresor de un derecho, es que carece de ese derecho. Esto es tan evidente que no necesita más aclaración.
Pues bien, estando así las cosas, se comprende fácilmente el inmenso desamparo que, en el ámbito fundamental de nuestros derechos, nos vemos sumergidos en la presente situación. Porque carecemos de derechos en cosas que son muy importantes en la vida de cualquier ser humano. Baste pensar en los inmigrantes "sin papeles". Seguramente son el ejemplo más patente y más patético de lo duro que es vivir en el desamparo del derecho. Desamparo jurídico porque, cuando uno carece de "papeles", no tiene más posibilidades de salir adelante que la buena voluntad de los demás. Y bien sabemos que la buena voluntad no siempre abunda, sino que, por el contrario, escasea demasiado.
Por eso es importante y urgente que la gente piense, que todos pensemos, en la cantidad de asuntos capitales en los que carecemos de derechos. La vida y los cambios sociales van tan de prisa, que carecemos de instituciones públicas y de leyes que nos puedan amparar y sean capaces de protegernos de los muchos buitres, de las miles de aves de carroña, de las fieras, que gozan de poder y carecen de conciencia en asuntos que son vitales para la humanidad, para los pueblos y para los individuos. Voy a poner algunos ejemplos que explican bien lo que estoy diciendo. 1) Economía: se ha globalizado, es decir, los verdaderos problemas, que generan abundancia o crisis, son problemas de ámbito mundial. Pero no existe una autoridad mundial con capacidad para dictar leyes universales sobre la economía. Y menos aún existe un tribunal penal internacional, con poderes en el mundo entero, para juzgar y castigar a los muchos canallas que tienen poder para dar órdenes a los mercados financieros con la inevitable consecuencia de hundir empresas, arruinar a paises enteros, dejar a millones de travajadores en el paro, etcétera. Eso es lo que se ha hecho en los últimos años. Y se sigue haciendo. Pero, ¿quién juzga a esos buitres de tantan maldad? ¿quién los puede meter en la cárcel? ¿quién tiene capacidad para exigir que devuelvan el dinero que nos han robado a todos? Ahí están, en la calle, como señores respetados y respetables, disfruntando de sus caudales fabulosos. Y todo esto, ¿por qué? Porque vivimos dependiendo de un mercado mundial, al tiempo que no existe ni un derecho financiero mundial, ni un tribunal penal mundial, ni una justicia mundial. 2) Informática. Internet ha llegado hasta los rincones más lejanos del mundo. Y bien sabemos que, con la información que circula libremente, se gana dinero, se hace propaganda, se critica a instituciones y personas, se crean estados de opinión que pueden ser decisivos en la sociedad, se hace mucho bien o mucho mal, se educa o se corrompe a toda clase de personas, y sobre todo se ha creado una red mundial de comunicación en la que la información ha ocupado el lugar del pensamiento. Es decir, sabemos más que nunca, pero cada día pensamos menos, leemos menos libros, tenemos menos espíritu crítico, estamos más dominados por el llamado con razín "pensamiento único". Ya no somos nosotros los que mandamos en la Informática, sino que la Informática se ha hecho la dueña del mundo y manda en todos y en casi todo, por no decir "en todo". O sea, estamos más controlados que nunca y quizá "somos más esclavos que nunca". 3. Religión. Es un asunto que a mí, como creo que a mucha gente, nos preocupa de manera creciente. La religión nos impone obligaciones y deberes, pero no nos da derechos, si es que hablamos del derecho en sentido propio y estricto, tal como antes lo he explicado. Otro día hablaremos de esto más detenidamente. De momento, me limito a decir que, por ejemplo en la Iglesia católica, aunque existe en Código de Derecho Canónico, que contiene 1752 cánones, en realidad los católicos carecemos de derechos eclesiásticos que nos amparen con garantías de verdadera protección jurídica. Y esto es así por una razón muy clara: la Iglesia católica está organizada de forma que los tres poderes (legislativo, judicial y ejecutivo) se concentran en un solo hombre, el papa. De lo cual se sigue que, si un cura o un obispo (pongamos por caso) se ve privado del cargo que ocupa, se entera de que ha sido suspendido "a divinis", etc, etc, ¿a quién recurre? ¿puede poner una denuncia? El canon 1372 dispone que, si alguien recurre a un Concilio Ecuménico o a todo el Colegio Episcopal contra una decisión del papa, debe ser castigado. Todos los presuntos "derechos" que establece el Código de la Iglesia no son derechos en sentido propio. Dependemos de la buena voluntad del párroco, del obispo, del papa, según los casos. Os sea, nuestro desamparo religioso de derecho es asombroso. Al decir esto, tengo la debida cautela de indicar que, no por esto, el papa o los obispos son "buitres" que nos van a comer. No. Ellos mismos son víctimas de un sistema que se quedó atrasado y que, por tanto, no está a la altura de los tiempos.
Sólo he puesto tres ejemplos. Podríamos seguir con una larga lista de derechos, que deberíamos tener, pero que no tenemos. Y así anda todo: literalmente "manga por hombro". Otro día seguiremos hablando de este penoso asunto. Teología sin censura
Escribo esto con pena. En el morado penitencial de los días de austeridad. Porque siento tristeza y hasta indignación, mucha indignación, al presenciar lo que estamos viendo. Los medios de comunicación nos informan a diario de lo que se dice en el Foro de Davos. Como la semana pasada nos informaban del provocador rapapolvos que el presidente Obama les ha echado a los banqueros, precisamente cuando las primeras de todos los diarios e informativos nos abrumaban con las imágenes de muerte y miseria del deastre de Haití. Y a uno se le revuelven las tripas cuando se entera de que son muchos los bancos que no dejan de cobrar sus comisiones ni siquiera cuando se trata de transferir la generosidad de las buenas personas para remediar las desesperanción de las víctimas del terremoto. ¿Estamos locos? ¿O es que somos tan canallas que hasta nos arañamos lo que está a nuestro alcance aunque eso se haga a costa de hundir más en la miseria a los más desgraciados de este mundo?
Yo no soy economista. Ni sé cómo funcionan los bancos o por qué sube la bolsa. Lo que sí sé (porque lo sabe todo el mundo) es que los grandes bancos y las grandes financieras nos metieron en la crisis eco´nómica que estamos padeciendo. Y ahora resulta que los bancos y las bolsas son los primeros que están saliendo de la crisis. Y, por supuesto, los que más dinero está ganando. Insisto en que no soy economista. Pero, si lo que acabo de decir es cierto (y parece que lo es), resulta evidente que estamos a merced y en manos de una aconomía canalla. Tan canalla, que hacen con nosotros lo que quieren: y ante tanta canallada nos sentimos indefensos. Más aún, han montado la cosa de manera, que ya no podemos escapar de este sistema. No hay más salida que esperar que a ellos (a los que gestionan todo este asombroso y solemne tingalo) les venga bien y les interese sacarnos el dinero y el sudor de otra forma y utilizando otros procedimientos.
¿Solución? A veces, pienso que esto es cuestión de fe. Es como una especie de religión. Es más, lo que hay en juego es una auténtica religión en toda regla. Lo dice el Evangelio: "No podéis servir a dos señores... No podeís servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). Esto supuesto, la cosa está clara: el dinero le ha ganado la partida a Dios. Por eso, mi pregunta es tan simple como quizás ingenua: ¿Dónde, en qué o en quién creemos de verdad? ¿En quién hemos puesto nuestra fe? ¿O es que la religión y las creencias no tienen que ver nada con lo que, en este momento, es el factor más determiannte de la felicidad o la desgracia de millones de seres huamos?
Teología sin Censura
En una visita que hizo a París el año pasado, Benedicto XVI defendió públicamente la "sana laicidad" del Estado. A los periodistas llegó a decirles que "la licidad en sí misma no es contradictoria con la fe, sino que la fe es fuente de una sana laicidad". Estas palabras del papa han hecho pensar a no pocas personas que Benedicto XVI ha tomado, en cuanto se refiere a las relaciones de la Iglesia y el Estado, una postura más abierta que la de los obispos españoles. ¿Es realmente así?
Creo que no. Más aún, estoy convencido de que el papa sigue pensando, sobre este asunto, exactamente lo mismo que pensaba el día que fue elegido obispo de Roma. Pocos días después de su elección, el 24 de junio de 2005, en la visita que, como exige el protocolo, el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano hizo al Presidente de la República Italiana, en el palacio del Quirinal, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que dijo: "Es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según las normas que les son propias, pero sin excluir las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino" ("L?Osservatore Romano, 25.VI.5, pg.5). Por tanto, en cuanto se refiere al controvertido asunto de la laicidad del Estado, el papa actual ya hablaba, al empezar su pontificado, como ha hablado recientemente en Francia, de "sana" laicidad. Es decir, para el papa Ratzinger (según parece), no es aceptable la laicidad sin más. Esa laicidad tiene que ser "sana". ¿Y en qué consiste una laicidad "sana"? Si nos atenemos al programa de gobierno que el propio Ratzinger presentó ante el Jefe del Estado Italiano, la laicidad es "sana" cuando no excluye las referencias éticas que tienen su último fundamento en la religión. Por tanto, este papa afirmó sin titubeos, desde el comienzo de su pontificado, que, en todo cuanto se refiere a los comportamientos éticos, la referencia última, o sea la última palabra, la tiene la religión.
Por tanto, la convicción firme del papa actual es que el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano es quien tiene la última palabra en las decisiones de todos los demás Estados que, con sus leyes, puedan afectar a la conducta ética de los ciudadanos. A partir de este supuesto, se puede empezar a hablar de la "sana laicidad" que el papa acepta gustosamente. Todos sabemos los problemas que la llamada "sana laicidad" está creando en los países en los que la presencia de los católicos sigue siendo lo suficientemente fuerte como para que los obispos y los nuncios se sientan con fuerza para enfrentarse a los gobiernos que no favorecen a la Iglesia todo lo que los obispos y, en última instancia, el papa piensan que se han de privilegiar los puntos de vista y los intereses de la Iglesia por encima de los del Estado.
Así las cosas, lo primero que a cualquiera se le ocurre es que la postura del papa representa la pretensión de ingerencia de un Estado (el Vaticano) en los asuntos internos de otros Estados. Es verdad que esto lo hace el Jefe del Estado del Vaticano en cuanto Sumo Pontífice que es y, por tanto, jefe supremo de todos los obispos y de todos los católicos. Ahora bien, así las cosas, nos encontramos con un "poder religioso" que pretende estar por encima de un "poder político". No voy a discutir este asunto echando mano de teorías abstractas. Me voy a referir a algo mucho más concreto. El poder que tiene el papa, como Sucesor de Pedro, no como Jefe de Estado, le viene de Jesucristo. Pues bien, los católicos sabemos que Jesús prohibió severamente a sus apóstoles ejercer el poder como lo ejercen los jefes de la naciones: "No ha de ser así entre vosotros" (Mc 10, 43; Mt 20, 26; Lc 22, 26). Y si esto lo tuvo prohibido san Pedro, es de suponer que lo tienen también prohibido sus sucesores. Pero, sobre todo, si a los apóstoles ( y a sus sucesores) les está prohibido ejercer el poder "como" lo ejercen los jefes de las naciones, mucho más prohibido les estará pretender ejercer el poder "por encima" de los jefes de las naciones". Jesús se refería, por supuesto, a un poder espiritual. Pero es que resulta que el poder, que el papa insinúa tener sobre los Estados, se refiere exactamente a las cuestiones éticas, cuestiones que entran de lleno en lo que llamamos "poder espiritual".
No entro aquí a discutir los problemas filosóficos, jurídicos y políticos que plantea la "sana laicidad" que defiende el papa. Sea lo que sea de esos complejos problemas, lo que yo veo, como estudioso de la teología cristiana, es que el poder que pretende tener el papa no se puede fundamentar en las enseñanzas de Jesús. Es más, si tomamos en serios el Evangelio, esa presunta "sana" lacidad no tiene fundamento alguno para lo que pueden y deben creer los cristianos. Vamos a quedarnos con la laiciadd a secas, que si se acepta y se respeta debidamente, con ella tenemos bastante. Y con ella viviremos en paz y en armonía.
José Mª CastilloTeología sin censura
Perdonen, una corrección importante a lo dicho a propósito de la "Intolerancia": Al hablar de las "dos españas", lo que he querido decir es que "ahora NO nos matamos por ser de derechas o de izquierdas".
Gracias por vuestra comprensión.
José Mª CastilloTeología sin censura
Muchas veces se ha dicho que la intolerancia es constitutiva de los españoles. Eso afirmaban algunos frailes en el siglo XIX. Y lo hemos visto de sobra en el siglo XX, sobre todo desde la república y la guerra civil hasta la insoportable crispación vivida en la pasada legislatura. Pero es un error decir que la intolerancia es característica de tal país, de tal grupo o de tal persona. Intolerantes somos todos. Es más, la intolerancia ya se da en los animales, muchos de los cuales marcan su territorio con sus propios excrementos y luego luchan a muerte para no tolerar que otro les arrebate lo que les pertenece. La intolerancia es natural en el niño, como afán de apoderarse de todo lo que le gusta. Y es que la intolerancia escapa a todo análisis, a toda definición. Como bien ha dicho Umberto Eco, cuando la intolerancia se convierte en teoría, ya es tarde para derrotarla.
Afinando más, P. Ricoeur ha precisado: "La intolerancia tiene su fuente en una disposición común a todos los hombres, que es la de imponer sus propias creencias, sus propias convicciones, dado que cada individuo no sólo tiene poder para imponerlas, sino que, además, está convencido de la legitimidad de dicho poder". Por eso el mismo Ricoeur añade: "Dos son los aspectos esenciales de la intolerancia: la desaprobación de las creencias y convicciones de los demás, y el poder de impedir a estos últimos vivir su vida como les plazca".
Pues bien, si esto se da, de una forma u otra, en todos los seres humanos, la intolerancia aumenta en la medida en que una persona o un grupo se rige más por creencias que por evidencias. Nadie va a ser intransigente por defender que dos y dos son cinco. Pero sí hay mucha gente intransigente por afirmar o por negar la existencia de Dios. Lo que ocurre es que las evidencias son más escasas que las creencias. Y lo peor de todo es que hay demasiada gente que tiene inclinación a convertir en evidencias lo que son meras convicciones que se aceptan o se rechazan libremente.
Por eso las instituciones, que se basan en creencias y las fomentan, tienen el peligro de convertirse en volcanes de intolerancia. Tanto más cuanto más plural es la sociedad y sus ciudadanos. De ahí que, cuando era verdad lo de las "dos españas", en España no se podía vivir ni convivir. La intolerancia nos asfixiaba a todos. Y a muchos les quitó la vida. Ahora, es verdad que nos matamos por ser de derechas o de izquierdas. Pero la intolerancia persiste. Entre otras razones, porque muchos ciudadanos tienen viva la convicción de que la intolerancia da votos. Lo cual, al menos en España, es un camino erizado de dificultades y crecientes amenazas. Y si de la política pasamos a la religión, la cosa es más preocupante. La búsqueda de espacios humanos de tolerancia entre confesiones religiosas no abunda demasiado. Ni en eso hemos avanzado mucho en los últimos años. Si nos referimos al cristianismo, es un hecho que, en el pontificado de Juan Pablo II, se dieron pasos importantes en el diálogo con los líderes de otras religiones y con las otras confesiones cristianas, por ejemplo al aceptar un documento común con los protestantes en el espinoso asunto de la "justificación por la fe", que de forma tan radical planteó Lutero en el siglo XVI. Pero tan cierto como lo que acabo de decir es que, en la Iglesia católica, el papado de Benedicto XVI se está caracterizando, entre otras cosas, por la creciente intolerancia dentro de la Iglesia. Intolerancia entre católicos conservadores y progresistas. Lo cual, hasta cierto punto, es comprensible y ha pasado casi siempre en la Iglesia. El problema más preocupante radica en el hecho de que la cúpula eclesial ha tomado partido, de forma clara y decidida, por el sector más conservador e integrista de la Iglesia. La intolerancia de los que mandan ha encontrado su mejor acogida en la intolerancia de los que más se someten.
Tal como están las cosas, en este momento de crisis y dificultades, lo que menos necesitamos es intolerancia. Esa postura no es buena ni para la sociedad, ni para la Iglesia. Es bueno saber que los tiempos de más prosperidad para la Iglesia fueron los tiempos en que los cristianos se hicieron más receptivos y tolerantes. La primera gran expansión del cristianismo se produjo en una "época de angustia" (E. R. Dodds). Antes de Constantino, cuando se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia, fue cuando la Iglesia, en lugar de cerrarse sobre sí misma, se hizo más tolerante con las gentes de entonces, que se sentían más desamparadas que nunca. Debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la Iglesia se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa de verdad por nosotros. Sin duda alguna, el mejor servicio que las religiones pueden prestarnos a todos, en la difícil situación en que estamos entrando, no es presionar más sobre la gente con intolerancias que pocos entienden y soportan. Lo que más necesitamos todos no es intolerancia, sino respeto y acogida. En cualquier caso, lo que menos falta nos hace ahora mismo es seguir levantando barreras de intolerancia con los excrementos que nos dividen y nos enfrentan.
José Mª CastilloTeología sin censura
En la clausura del Parlamento de las Religiones, celebrado en Barcelona, hace más de un año, Federico Mayor Zaragoza, presidente de Cultura y Paz y exsecretario general de la Unesco, dijo esto: "Apelo a las religiones a que eleven juntas sus voces en favor del entendimiento y en rechazo del proceso acción-represalia en que está metido el mundo".
Esto es lo que las religiones tendrían que hacer. Pero, ¿lo hacen? Sabemos hasta qué punto las religiones han sido, con frecuencia, agentes de violencia y de muerte. No me refiero solamente a las guerras de religión de otros tiempos. La barbarie del terrorismo suicida, que se disfraza de fe en Dios y de esperanza en la "otra vida", está logrando que la gente que deteste cualquier forma de religión. Impresiona el éxito mundial que ha tenido La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. ¿Qué extraña sintonía o atracción han encontrado millones de personas ante la representación "religiosa" de tanta crueldad y tanta sangre? Por otra parte, uno de los acontecimientos más preocupantes de finales del siglo XX ha sido la expansión alarmante, dentro de las tradiciones religiosas más importantes, de movimientos militantes conocidos como "fundamentalismos" (Karen Armstrong). Y sabemos hasta qué punto los grupos "integristas" son los más favorecidos, tanto entre los protestantes de USA, que aplauden a Bush, como entre los católicos más reaccionarios que son apoyados por Roma.
Como es lógico, yo no pretendo, en los reducidos límites de un artículo, analizar las misteriosas y profundas razones que explican la relación entre religión y violencia. Aquí me limito a plantear una pregunta que, en cualquier caso, toca fondo en este asunto. ¿En qué Dios creen quienes invocan motivos religiosos para justificar cualquier forma de violencia? Me refiero a toda forma de violencia. No sólo a la de las guerras o el terrorismo. Estoy pensando también en la violencia que supone privar a las personas de su libertad, de sus derechos, de su dignidad. Más aún, estoy pesando en la violencia que margina o excluye a grupos enteros, como es el caso de las mujeres, los homosexuales, los que provienen de otros países, otras religiones, otras culturas. Y, sobre todo, estoy pensando en la violencia de un Dios que necesita la sangre de su Hijo para perdonar y salvar a los que le ofenden, o sea que necesita sacrificio, violencia y muerte para perdonar las ofensas que recibe. Resulta aterrador pensar que Dios sea efectivamente así. Porque de semejante Dios se puede temer cualquier cosa. Y, lo que es peor, los representantes de ese Dios en la tierra se pueden sentir autorizados para prohibir o imponer lo que sea. ¿Se comprende ahora por qué hay imanes que predican la "guerra santa", rabinos que bautizan a los tanques con el esperpéntico nombre de las "torres de Dios", o sacerdotes cristianos que prohíben usar el preservativo aun a sabiendas de que eso va a servir para que el sida se propague y mate a miles de criaturas?
Estoy hablando de cosas que entrañan una gravedad extrema. Ahora bien, todo esto no tendrá solución mientras no tengamos la libertad y la audacia de afrontar el problema de fondo. El problema que consiste en saber si podemos imaginar a Dios, no sólo distante de lo humano, sino incluso (en no pocos casos) enfrentado a lo humano y hasta rival de lo más humano que hay en nosotros. Digo esto porque, si las religiones han deshumanizado tantas veces a la gente, eso se explica porque las religiones han creído con frecuencia en dioses sencillamente inhumanos.
Por eso, la primera tarea que tendrían que plantearse las religiones, en este momento, debería ser el empeño por depurar sus representaciones de Dios de cuanto pueda presentar a la divinidad enfrentada (de la manera que sea) a la humanidad. Los cristianos creemos en el misterio de la "encarnación". Con eso queremos decir que, cuando hablamos de ese "misterio", nos estamos refiriendo, no sólo de la divinización del hombre, sino igualmente de la humanización de Dios. Es decir, en Jesús de Nazaret, Dios se nos ha dado a conocer fundido y confundido con lo humano. Por eso, Jesús nos enseña a pensar la trascendencia de Dios de otra manera. Cuando Dios, en Jesús, se identifica con todo lo que es sufrimiento y desamparo en este mundo (Mt 25, 31-46), lo que en realidad está diciendo es que Dios nos trasciende, no porque tiene más poder, más saber y más grandeza que todos nosotros, sino porque es tan profundamente humano que en él queda superada y desterrada cualquier forma o manifestación de inhumanidad. Es verdad que a los cristianos nos resulta difícil entender esto así. Porque la imagen de Dios, que muchos tienen en su cabeza, es una mezcla del Dios del Antiguo Testamento, el Dios de la filosofía griega y el Padre que nos enseña el Evangelio. O sea, una mezcolanza de la que no puede resultar sino mucha confusión y dudas insolubles.
La amenaza de las religiones consiste en que, con frecuencia, deshumanizan a sus adeptos y provocan conductas inhumanas. La fe cristiana nos dice que solamente podemos creer en Dios en la medida, y sólo en la medida, en que seamos tan profundamente humanos que no seamos capaces de hacer daño a nadie y, sobre todo, cuando lleguemos al extremo de saber que encontramos a Dios haciendo felices a los demás.
José Mª CastilloTeología sin censura
El abandono de las prácticas religiosas y la creciente militancia de los ateos contra la creencia en Dios son hechos que están a la vista de todos. El año pasado, los autobuses de ciudades importantes llevaron grandes anuncios en los que se decía "Probablemente no hay Dios, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida". ¿Se puede decir tranquilamente que las gentes que piensan así son malas personas que proceden por turbios intereses? Los hechos no avalan semejante explicación. Porque gente buena y mala la hay en todas partes, entre los ateos, los agnósticos y los creyentes. Por tanto, que nadie intente despachar este problema echando mano de explicaciones éticas, de tipo moralizante. El problema no está en nada de eso. ¿Dónde entonces?
No es lo mismo hablar de Dios que hablar de religión. Ni Dios es una pieza más (la más importante) de la religión. Más aún, uno puede estar de acuerdo con la búsqueda de Dios y en completo desacuerdo con las religiones. Es más, se puede afirmar con seguridad que, con demasiada frecuencia, lo que han hecho las religiones ha sido desfigurar a Dios y presentarlo de tal manera que a muchas personas se les hace muy difícil, por no decir imposible, creer en él. ¿Por qué?
Cuando hablamos de Dios, en realidad ¿de qué estamos hablando? Lo que especifica a Dios, lo que lo diferencia radicalmente de todo lo que no es Dios, es que Dios es el Trascendente. Es decir, Dios es específicamente el que "trasciende" nuestra capacidad de conocimiento. Por tanto, Dios está más allá de todo cuanto puede alcanzar nuestra razón. O sea, lo más exacto que podemos decir de Dios "en sí mismo" es que no podemos conocerlo. Porque está más allá del campo puramente inmanente de nuestra capacidad de conocer. Entonces, cuando las religiones nos dicen que Dios es así o de otra forma, que Dios dice esto o lo otro; o que quiere tal cosa, las religiones ya no hablan de Dios "en sí mismo", sino de las "representaciones" de Dios que nos hacemos los humanos. Porque cuando Dios, que está más allá del horizonte último de nuestra capacidad de conocer, entra en el campo inmanente de lo que nosotros podemos alcanzar con nuestra razón, entonces ya no estamos hablando de Dios en sí mismo, sino de la representación o de la objetivación de Dios que nosotros nos hacemos. Se produce entonces lo que Paul Ricoeur ha llamado acertadamente el proceso de "conversión diabólica", en virtud del cual el Absoluto, el Trascendente, degenera en "objeto". Insisto: nosotros no tenemos capacidad de acceso nada más que a los objetos que están a nuestro alcance. Y eso no es sino la "objetivación" de Dios.
¿Quiere esto decir que Dios es un invento de los hombres? La existencia de Dios no se puede demostrar por la razón. A Dios sólo tenemos acceso por la fe. Y la fe es una decisión libre que tiene su razón de ser en las incontables limitaciones que son propias de la condición humana. De ahí que la fe en Dios tiene su explicación en los anhelos más profundos del ser humano. Anhelos de humanidad, de plenitud de vida, de felicidad. Anhelos a los que la condición humana por sí sola no puede responder. De ahí, la búsqueda de Dios, que trasciende las inevitables limitaciones de lo humano.
Si Dios tiene alguna razón de ser, es encontrar respuesta a los anhelos más profundos de los seres humanos. Lo cual quiere decir que un Dios, que entra en conflicto con lo verdaderamente humano, no puede ser Dios. Por eso el problema no está en Dios. Está en las religiones que nos representan a Dios, no como respuesta a los anhelos que son comunes a todos los seres humanos, sino de acuerdo con los intereses y conveniencias de los "hombres de la religión" quienes, a su vez, representan intereses y conveniencias de las que ni los mismos "religiosos" son conscientes. Intereses y conveniencias que, en lugar de fomentar la fe en Dios, lo que consiguen es alienar la fe haciéndola odiosa. Y haciendo además insoportable la práctica religiosa. Si los autobuses de Londres le van a decir a la gente que probablemente no hay Dios y que, por eso, se dediquen a disfrutar de la vida, es evidente que las religiones presentan a Dios como un ser incompatible con el disfrute de esta vida. ¿Y nos vamos a extrañar de la que haya mucha gente que quiera sacudirse el peso insoportable de instituciones y poderes que, en nombre de un desconocido Absoluto le prohíben o limitan a la gente la dicha y el disfrute de vivir?
La cosa está clara. Mientras las religiones se aferren a un Dios que entra en conflicto con lo humano, con la felicidad, la dignidad, la libertad y el disfrute de la vida, cosas a las que tenemos derecho los humanos, ni Dios ni la religión tienen futuro. Con el mayor respeto posible a otras tradiciones religiosas, me permito recordar que el cristianismo tiene su punto de partida en la "encarnación de Dios", que es la "humanización de Dios". En la encarnación, Dios renuncia a su poder y su gloria, nace en la miseria de un estableo y muere en la exclusión de un esclavo y un subversivo, en una cruz. Y no hizo eso para aguarnos la fiesta de la vida, sino porque no soportó a los hombres de la religión que, en nombre de Dios, hacían (y siguen haciendo) insoportable el yugo de la religión.
José M. CastilloTeología sin censura
El término "contracultura" estuvo de moda en mayo del 68. Fue entonces cuando Theodore Roszak publicó un libro excitante ("El nacimiento de una contracultura") que llamó mucho la atención, sobre todo entre la juventud de Estados Unidos. Roszak decía: "Entendemos por contracultura una cultura tan radicalmente desviada o desafecta a los principios y valores fundamentales de nuestra sociedad, que a muchos no les parece siquiera una cultura, sino que va adquiriendo la alarmante apariencia de una invasión bárbara". Era el tiempo de los jipis, las revueltas juveniles en las universidades, los Beatles, la lectura apasionada de H. Marcuse o de "El Extranjero" de A. Camus.
Movimientos contraculturales los ha habido desde tiempos remotos. Roszak recordaba la "invasión de los centauros", que quedó plasmada en el frontón del templo de Zeus en Olimpia. Ebrios y furiosos, los centauros invaden las fiestas civilizadas que se están celebrando. Pero surge un severo Apolo, guardián de la cultura ortodoxa, que se adelanta para recriminar a los perturbadores y echarlos fuera. Era una buena imagen para representar lo que estaba pasando en los añorados y denostados años 60. Los centauros (pensaba Roszak) eran los jóvenes de entonces, que irrumpieron en la sociedad de aquel tiempo, con una concepción de la vida que nada tenía que ver con la cultura dominante.
Arnold J. Toymbee vio en el cristianismo primitivo otro de los grandes movimientos contraculturales de la historia. A juicio del historiados inglés, los primeros cristianos fueron los "proletarios desheredados", que, a partir de unos valores radicalmente nuevos, influyeron decisivamente en la trasformación del Imperio Romano. Es verdad que la tesis de Toymbee necesita ser matizada (P. Heather). Pero lo importante, en cualquier caso, es que los "centauros" de los años 60 no fueron precisamente proletarios, sino intelectuales. Y aquí es donde llegamos al punto que interesa en este momento. Estamos asistiendo al nacimiento de otra contracultura: la aparición de valores, formas de pensar y pautas de conducta que a casi todos nos tienen desconcertados. Porque los promotores de la nueva situación no son ya ni los proletarios, ni los intelectuales. Hemos entrado de lleno en nueva etapa de la historia, en la que no interesan los proletarios ni lo que ellos representan; y en la que los intelectuales se van extinguiendo como una especie que se precipita hacia su desaparición. No hace mucho me decía el director de una editorial importante: "ya hay una generación entera que no lee". Hay ya demasiada gente a la que le basta con internet. Basta apretar el ratón del ordenador para tener cantidades abrumadoras de información. Pero, teniendo tanta información, no se sabe qué hacer con ella. Ni se sabe a dónde vamos, acumulando tanto saber, pero sin saber para qué sirve. Ni se sabe estructurar un pensamiento. Y menos aún, un pensamiento crítico. A fuerza de publicidad, consumo y bienestar, nos han embrutecido hasta el punto de que, pensando que somos libres, en realidad nos tienen más controlados que nunca. Pero controlados, ¿para qué? Eso no lo saben ni los que nos controlan. Cuando más sabemos de política, la política está más desprestigiada que nunca. Cuando más sabemos de economía, la economía se ha metido en la peor de todas sus crisis. Cuando más se habla de ética, hay más corrupción. Cuando es tan frecuente hablar de curas y obispos, las iglesias están vacías y las religiones andan a la greña, perdiendo credibilidad a marchas forzadas.
¿Qué nos está ocurriendo? Una ciencia para potenciar la tecnología, y una tecnología que ya es imposible abarcar, todo eso al servicio de los intereses de una economía desbocada, esas tres cosas, ciencia, tecnocracia y capital, la nueva trinidad que manda en el mundo, ha desplazado al pensamiento, se ha dado cuenta de que le estorba el proletariado y su enorme potencial de transformación histórica; como igualmente le estorban los intelectuales que piensan en la realidad desde una postura libre y crítica, capaz de darle un giro distinto a este cúmulo de despropósitos y desconciertos. Cuando hay tanta gente que ya no quiere pensar, sino a lo sumo entretenerse, mal van las cosas. Hoy es elocuente visitar una librería. Casi todo lo que se publica es narrativa, novela, historia, cuentos..., muy poco de ensayo y casi nada de pensamiento serio, que vaya al fondo de las cosas. A lo sumo, se reedita y se repite lo que otros pensaron en tiempos pasados y para situaciones que no son las nuestras. Así las cosas, en este desbarajuste de hechos y decisiones que no sabemos a dónde nos llevan, sólo somos capaces de pensar en la salida de la crisis. ¿Para qué? Para recuperar las condiciones de vida que nos metieron de lleno en la crisis. Y no hablo sólo de crisis económica. Cuando estamos dispuestos a tropezar de nuevo en la misma piedra, no cabe duda de que esto tiene muy mala pinta. Yo no tengo la solución. Me limito a pedir que entre todos la busquemos.
José M. CastilloTeología sin censura
El 1 de Noviembre de 1755, Lisboa quedó arrasada por un terremoto en el que murieron más de 90.000 personas, en una ciudad que, por aquel entonces, tenía unos 275.000 habitantes. Aquella espantosa desgracia, como es bien sabido, representó un motivo determinante en el proceso de la Ilustración. Basta leer al Voltaire o Kant para hacerse una idea de lo que acabo de apuntar. Digo esto cuando todavía están sacando cadáveres de la ciudad de Puerto Príncipe donde, según las estimaciones que se han podido hacer hasta ahora, las víctimas mortales del desastre de Haití pueden llegar a los 150.000 muertos.
Así las cosas, la pregunta que hay que afrontar es clara: ¿ayuda o cambio? Por supuesto, la ayuda es lo más urgente. Cuando miles de criaturas se mueren de hambre y de sed, cuando los heridos se debaten luchando entre la vida y la muerte, sería insensato y cosa de locos centrar nuestras preocupaciones en discutir sobre las causas últimas de la exitencia del mal en el mundo. Lo que importa, en este momento, es ayudar a los damnificados a salir, cuanto antes, de la situación desesperada en que se ven metidos. Por eso, todo lo que derrochemos en generosidad siempre será poco, si tenemos en cuen ta lo que el país más pobre de América necesita sin demora.
Pero, tan cierto como lo que acabo de decir, es que la con la sola ayuda, no afrontamos responsablemente el problema que nos ha venido a plantear la catástrofe de Haití. Mi idea es que, si el teremoto de Lisboa fue un argumento más para caer en la cuenta de que el mundo no podía seguir como hasta entonces, algo parecido es lo que el terrmoto de Haití nos está diciendo en este momento. Estas enormes hecatombres nos plantean problemas que tocan fondo en la vida. Pienso yo ahora como, no hace mucho, pensaba Johan Baptist Metz, uno de los grandes de la Teología, que todavía nos quedan en vida. Hablaba Metz de cómo situarse "en medio de las historias de sufrimiento y catástrofes de nuestra época". Desde este punto de vista, ha dicho - con toda la razón del mundo - el conocido profesor de la Universidad de Münster - que el espantoso espectáculo de Auschwitz es para los ciudadanos de nuestro tiempo un auténtico "ultimatum". Auschwitz (y ahora Haití, como antes el tsunami de Indonesia) "señala un horror situado más allá de toda teología conocida, un horror que hace que todo discurso descontextualizado sobre Dios parezca vacío y ciego". Si algo vieron claro los hombres más lúcidos del s. XVIII, es que con las ideas que tenían, en aquellos tiempos, sobre el poder y sobre la vida, sobre Dios y sobre la religión, sobre la política y el derecho, no iban a ninguna parte. Por eso ellos se dieron de que había que cambiar, darle a la sociedad y a la historia un giro nuevo y una orientación distinta. Sin duda, aquellos hombres se equivocaron cuando le concedieron tal valor a la razón, que, con el paso de los años, se ha llegado al esperpento de que aún quede gente que vea "razonable" el Holocausto nazi, como 2razonables" se han visto tantos otros holocaustos de los que ahora nos avergonzamos.
Pero, en todo caso, lo más evidente, que tenemos ante la vita en este momento, es que un mundo, con tanto poder, como el que hay ahora mismo, y con tan pocas ideas para gestionar y orientar ese poder, como ocurre en este momento, sin instituciones que gestionen con eficacia el derecho y la economía, la política y la ciencia, la religión y la convivencia, la justicia y la dignidad de las personas, un mundo así va derecho y de prisa a precipitarse en un vacío sin solución y sin retorno. La catástrofe de Haití ha venido a decirnos a todos que, no sólo los habitantes de aquel país están hundidos en una situación desesperada. No. Somos los habitantes del mundo entero los que, ahora mismo vagamos sin rumbo, por más seguridades que nos ofrezcan los políticos optimistas. Y por más amenazas que nos prediquen los obispos desorintados. Ni con el poder de esos políticos, con el Dios se semejantes teólogos, podremos darle a todo esto un giro de esperanza para las generaciones que nos van a suceder.
¿Hay solución? ¿Tenemos alguna pista para orientarnos? Nos queda nuestra propia humanidad. Lo que más necesitamos es humanizarnos, ser más profundamente humanos, superando las deshumanización que nos lleva derechos al desastre. No es pesimismo. Ni amargura. Y menos aún resentimiento. Lo que afirmo es precisamente todo lo contrario: SI SOMOS FIELES A NUESTRA PROPIA HUMANIDAD, CONTAMOS CON MEDIOS PARA QUE EL MUNDO FUTURO SEA MÁS HABITABLE E ILUSIONANTE.Teología sin censura
Escribo en rojo por la indignación que tengo. Lo que ha dicho el nuevo obispo de San Sebastián, Mons. Munilla, es mucho más grave de lo que sin duda él se imagina. Y de lo que muchas personas sienten ante semejante disparate. Por supuesto, lo más horrible es el desprecio por el sufrimiento y la muerte de tantas criaturas. Para una persona que cree en Dios, lo más sagrado es la vida humana. Porque, para los creyentes, Dios es el autor de la vida. De ahí que el obispo Munilla es un individuo que empieza por menospreciar la vida humana, ya que ha dicho claramente que aprecia más la moralidad o la espiritualidad religiosa. Dicho más claramente, Munilla valora más la religión que la vida. Con lo cual, lo que en el fondo está diciendo este obispo es que aprecia más los mandatos religiosos que la seguridad y la dignidad de la obra fundamental de Dios, que es el ser humano. Lo cual, en última instancia, equivale a decir que Munilla cree en un Dios para el que es más importante la observancia religiosa que la vida. Con lo cual desembocamos inevitablemente en un Dios detestable, que resulta sencillamente insoportable.
No se imagina Munilla el daño que le está haciendo a la causa de Dios y de la religión. Porque un Dios como el de este obispo, y una religión como la de este mitrado, todo eso es intolerable, da asco, resulta repugnante. Entiendo que las iglesias se queden vacías, que la gente hable mal de la Iglesia. que los curas vascos se resistan a recibir a un pastor que antepone la muerte de sus ovejas a la dignidad de su pastoreo.
Y que nadie me venga diciendo que, al decir estas cosas, estoy desprestigiando a la Iglesia. ¡Por favor! Son estos obispos los que están destrozando la dignidad de la Iglesia y el respeto que se merece la bondad de Dios. Si hablo de esta manera, no es porque la Iglesia no me importe. Hablo así porque me importa mucho. Me importan los misioneros y misioneras que estos días están sufriendo con el sufrido pueblo de Haití. Y me importa el Dios en el que creen estas personas tan generosas. En ese Dios creo. Porque creo en la vida y en la dignidad de la vida.
Y todavía, algo fundamental: yo le ruego al obispo Munilla ( y a quienes piensan como él) que lea los profetas de Israel, que lean a Is 1, 11-18; 58, 6-9; 66, 1-3; Jer 7, 4-11: Eclo 34, 18-22. Son sólo algunos ejemplos de aquellos hombres de Dios que aseguraban que les daban asco los sacrificios y los cultos del templo, las ceremonias de los sacerdotes, los rituales de los curas de entonces. Y todo esto, por una sola razón: Porque anteponían la religión a la vida. Y preferían los derechos de la religión a los derechos de la vida. La historia sigue. Y nosotros seguimos, como los antiguos israelitas, teniendo que soportar disparates tan sin pies ni canbeza como los que nos acaba de regalar este pobre hombre al que le han puesto una mitra en la cabeza, una mitra que ha sido el apagavelas de la inteligencia.
Nota final: Lo más seguro es el Sr. Munilla no va a leer lo que aquí escribo. Pero si lo lee, por favor le pido que me conteste y me diga en qué estoy equivocado. Y ya, puestos a decir, que diga en qué se equivocaron los grandes profetas bíblicos que atacaron tan duramente al clero de aquellos tiempos porque veían que el templo y sus sacerdotes se interesaban más por "lo religioso" que por "lo humano". ¿Es que Munilla no se ha enterado todavía de que Jesús dijo: "Lo que hicisteis por uno de éstos, a Mí me lo hicisteis"?
Teología sin censura
Empiezan a entrar comentarios sobre el terromoto de Haití en los que algunos se preguntan lo que se pregunta mucha gente: Si Dios existe, ¿cómo permite estos desastres con todo el sufrimiento que causan? Mi respuesta es clara: Si Dios existe y es como nosotros nos lo imaginamos, es decir, con poder para impedir que pasen estas catástrofes, ese Dios es un canalla, un criminal sádico. Y no vale aquí echar mano del fácil argumento según el cual Dios es un Misterio. Un "Misterio criminal" sigue siendo criminal, por muy Misterio que sea. Por tanto, mi convicción es que el poder de Dios no es, no puede ser, como nosotros nos lo imaginamos. Nunca deberíamos olvidar que Dios es el Trascendente. Y eso quiere decir que Dios nos trasciende, o sea, no está a nuestro alcance. No podemos saber cómo es. Lo único que sabemos es que el mundo, el planeta, la naturaleza, todo eso es como es. Y no podemos saber si existe algún responsable de que pasen estas cosas. No olvidemos que el relato de Adán y Eva, en el Génesis, es un mito, elaborado por culturas antiguas. Un mito con el que se pretendía culpar al hombre para exculpar a Dios, es decir, según el mito adámico, el mal existe porque el hombre pecó, o sea el culpable del mal y el sufrimiento es el hombre. Pero eso no pasa de ser un mito. Dar, desde ese mito, el salto a la "trascendencia" y así hacernos una idea de Dios sobre el que cargamos todo lo malo que pasa en el mundo, eso es el mayor disparate y la más peligrosa equivocación que han cometido las religiones. En definitiva, lo único sensato que se puede decir en este momento es que el mundo es como es. Y a nosotros, lo que nos toca, es procurar que este mundo funcione de tal manera que en él se pueda remediar o aliviar el sufrimiento lo más y lo mejor posible. Por ejemplo, tenemos que luchar para que la economía mundial se gestione de forma que se puedan aliviar estas desgracias. Todo lo que no sea ver así el problema, es meternos en un callejón sin salida, en el que tendremos además que convivir con un Dios maldito. Tan maldito, que maldita se la hora en la que nos lo enseñaron así, tan criminal y tan peligroso. Teología sin censura
Ante la hecatombre sobrecogedora que ha hundido más aún en la muerte y la miseria al país más pobre de América Latina, el mundo rico y opulento, en el que nos gastamos cantidades asombrosas de millones en cosmética y animales de compañía, en drogas y otras adicciones, en lujos y caprichos (muchos de ellos sin pies ni cabeza), se emociona y se conmociona, se moviliza enviando ayudas y haciendo, a veces, verdaderos heroísmos y tomando decisiones de enorme generosidad. Todo eso está muy bien. Todo eso es altamente meritorio. Hay que hacerlo. Porque quedarse impasible, ante tanto dolor y tanta muerte, sería una crueldad sin nombre. Pero quede constancia de que el Mundo Rico, y cuantos en él disfrutamos de lo mejor del mundo, no lava su conciencia dando limosnas a Cáritas o Cruz Roja, pongamos por caso. Esta catástrofes ocurren porque la Naturaleza es como es. Pero se agravan, hasta el terror absoluto, porque nosotros somos como somos. Un terremoto en Haití e en Centroamérica no es lo mismo que en California o Japón. Cuando ocurre una desgracia de esta magnitud, mucha gente se limita a decir que los pobres son los más desgraciados. Porque es a ellos a quienes les vienen encima las peores calamidades. Si tales calamidades son tan graves, precisamente en los países pobres, eso no ocurre así por casualidad. Ocurre porque en esos países las casas están peor hechas, hay menos hospitales, menos médicos, menos bomberos, peores medios de prevención... Todo, absolutamente todo, está peor preparado para afrontar una situación así. Hace años, a mí me pilló en la ciudad de San Francisco, en California, un terremoto de casi tantas intensidad como el que ha destrozado la capital de Haití. Allí no pasó nada, absolutamente nada. Aquello no fue ni noticia en los medios de comunicación. Porque todo, en un país tan rico, está perfectamente preparado para que que los terremotos, que allí son frecuentes y muy fuertes, jamás causen el desastre que ha ocurrido en ese país de tanta miseria y carencias como es Haití. ¿Qué quiero decir, al escribir esto? Quiero decir que la culpa de lo que ha ocurrido en Haití la tiene el sistema económico mundial, es decir, el sistema capitalista. Y ahí es donde tenemos que centrar nuestro interés y nuestras preocupaciones. Bueno y urgente es mandar ayudas a Haití. Pero más urgente es que caigamos en la cuenta de que ya es hora de plantar cara a este sistema criminal y canalla, que gestiona la economía global de manera que, a unos pocos nos toca el 80 % del pastel, mientras que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta se tienen que contentar con lo poco que nosotros les dejamos. Este espantoso desequilibrio no se arregla ahora mandando una limosna.
Teología sin censura
Esta pasada noche, en un programa deportivo de amplia audiencia y que se transmite desde la capital de España, el famoso jugador de futbol del Real Madrid, Kaká, dijo - en respuesta a un locutor de radio - que él es profundamente cristiano, que lee la Biblia todos los días, y que llegó virgen al matrimonio. Esto ha llamado la atención a mucha gente. Y hoy es tema de comentarios elogiosos en no pocos medios. Lo cual es perfectamente comprensible. Porque no es frecuente, entre los jóvenes de la edad de este futbolista, ni decir a boca llena que son creyentes, ni mantenerse fieles a las prácticas religiosas, ni leer la Biblia todos los días, ni por supuesto vivir con tanta pureza de cuerpo y espíritu. Además, no tenemos derecho a dudar ni de la sinceridad del joven Kaká, ni de la verdad objetiva de lo que afirma. Se trata, sin duda, de un chico excepcional, como deportista profesional y como hombre religioso. Pero conste que, si yo saco aquí a colación el "caso Kaká", no es sólo por lo que acabo de decir. Además de eso, a mí al menos, me da que pensar lo que no se suele decir en esta historia. Me refiero a la cantidad de millones de Euros que cobra Kaká en el Real Madrid (he oído que son seis al año). Y a eso habrá que sumar la cantidad de dinero que cobra por venta de camisetas y publicidad, sumas de dinero que sólo Kaká sabrá a lo que alcanza. Al decir esto, no pretendo quitar mérito alguno a este joven ejemplar. Porque bien puede suceder que dedique cantidades importantes del dinero que gana para fines de solidaridad con gentes necesitadas del tercer mundo, para ayudar a instituciones culturales o para otras causas nobles. Sabemos de otros futbolistas que lo hacen, como ocurre con Casillas, Kanouté, Etoo y tantos otros cuyos nombres no sabemos. No es mi intención - insisto - poner en duda la generosidad de Kaká. Si hablo aquí de este asunto es porque me producen malestar y, a veces náusea, los elogios a la religiosidad, cuando esos elogios se limitan a ponderar las prácticas religiosas, las ortodoxias doctrinales y el puritanismo sexual. Yo no pongo en duda las excelencias de la práctica religiosa, de la fidelidad doctrinal y de la pureza angélica. Lo que me fastidia es que la ejemplaridad religiosa se reduzca a esas cosas y, al mismo tiempo, no se le conceda la importancia que merece lo más serio de la vida: la actitud que cada cual tiene ante el dinero, por causa de lo que gana; y por causa de lo que gasta y en qué lo gasta. Y ya, puestos a hablar de este espinoso asunto, en España sabemos que los futbolistas extranjeros son seguramente los que menos impuestos pagan a la Haciendia pública. Por eso España es un paraísfo fiscal para futbolistas. Y ahora, cuando el Gobierno anuncia que les va a subir los impuestos, para equipararlos a los de la Unión Europea, han saltado las voces de alarma y de protesta. En todo caso, que yo sepa al menos, el futbolista Kaká no ha dicho en público que quien gana tantos millones en España es razonable que en España pague al fisco lo que pagan (proporcionalmente) los inmigrantes que vienen a este país a ganarse la vida. ¿Hasta cuándo vamos a practicar un cristianismo a la carta? Quiero decir, ¿hasta cuándo vamos a tomar del Evangelio lo que nos resulta más fácil (leerlo, por ejemplo) y vamos a aparcar lo que nos complica la vida? ¿cuándo nos vamos a convencer de que no se puede creeer, a la vez, en Dios y el dinero? Entonces, ¿en qué consiste la verdadera religiosidad? Además, a mí me da igual la religión que practique o dejar de practicar cada cual. Lo que me importante - y nos tendría que importar a todos - es la vida que lleva cada cual y la postura concreta que adopta ante sus responsab ilidades como ciudadano de este mundo. Teología sin censura
Estos días es noticia la brutal agresión que han sufrido los furbolistas de la selección de Togo que han ido a participar en la Copa de futbol de Africa. Han muerto tres personas y otros están heridos, alguno de ellos de gravedad. Y es lógico que esto sea noticia mundial. Porque se trata de un acontecimiento de resonancia mediática mundial. Y porque los agredidos han sido los jugadores de una selección nacional. Todo esto es comprensible. Lo que no es posible comprender es que tres muertes den tanto que hablar cuando sabemos que esas muertes se han producido en un continente en el que, por ejemplo, sólo la tuberculosis causa 540.000 muertos al año. Esto es lo que nos dice el último informe oficial de la OMS. Si a eso sumamos los muertos por el sida, la malaria y, sobre todo, el hambre y la malnutrición, no es ningún disparate asegurar que estamos asistiendo a un genocidio mucho más espantoso que el del Holocausto, que causó la barbarie y la aterradora brutalidad del nazismo, en la segunda guerra mundial. Desde que ocurrió aquella espantosa catástrofe, se han escrito cientos de libros sobre el tema. Y se ha analizado al detalle la maldad de los causantes de tanto dolor, tanta humillación y tanta muerte. Pero un punto capital que no ha analizado debidamente. Me refiero al silencio cómplice de quienes sabían lo que estaba pasando y no dijeron ni palabra. Es más, da miedo pensar que todavía hay gente que se empeña en defender que aquello no sucedió. ¿Podemos ser tan salvajes los humanos? ¿Nos podemos considerar "humanos" quienes vivimos tranquilamente en circunstancias de tanta "inhumanidad"? Por Internet circulan diversos videos sobre el Holocausto. Como los hay también sobre el genocidio de Africa al estamos asistiendo con los brazos cruzados y los labios cosidos por el miedo y la desvergüenza. Recuerdo aquí la palabras de Edmund Bunke: "Todo lo que es necesario para el triunfo del mal es que los hombres de bien no hagan nada".
¿No tendría que ser noticia de primera página, todos los días, en toda la prnsa del mundo undial, "HOY HAN MUERTO EN AFRICA MÁS DE 30.000 PERSONAS? ¿Y no habría que añadir que nuestro silencio y nuestra pasividad son los agentes que hacen posible semejante exterminio?
Teología sin censura
El papa y los obispos no dejan de insistir en su preocupación constante por defender y proteger la familia. La familia cristiana, que es la familia tradicional, la que, según la doctrina de la Iglesia, tiene que ser necesariamente la familia compuesta por una pareja heterosexual, unida hasta que la muerte los separe y con la firme decisión de aceptar todos los hijos que Dios les mande. Por tanto, ni hablar de control de la natalidad, a no ser que eso se haga mediante la abstinencia sexual más rigurosa y ortodoxa. Y, por supuesto, en ese grupo humano, que es la familia así entendida, todos queriéndose mucho, soportándose lo que sea necesario, y viviendo felices. Es el modelo de familia que hemos visto por la tele en las grandes concentraciones que organiza el cardenal Rouco en Madrid, cuando el papá y la mamá suben al altar, con cuatro, cinco o seis hijos, para "hacer la lectura", pero también (y de camino) para que "la gente se entere" de cómo tiene que ser una familia "como Dios manda".
Pues bien, estando así las cosas, lo primero que yo les preguntaría a los obsipos es si ellos están seguros de que ese modelo de familia, y solamente ése, es el que Dios quiere. Digo esto porque, por supuesto, los obispos afirman que, en el modelo de familia que ellos defienden, todos los miembros de la familia tienen la misma dignidad y los mismos derechos. Pero los mismos obispos, que dicen eso, saben perfectamente que, en la práctica, las cosas no funcionan así. Porque es muy frecuente que, en muchísimas familias, el hombre goza de derechos y privilegios de los que no puede gozar la mujer. Por ejemplo, es de sobra sabido que los derechos laborales y económicos del marido no suelen ser los mismos que los de la esposa. Y, sin embargo, de este asunto tan fundamental en la vida, los obispos hablan poco. O en todo caso, no insisten en este asunto con la misma frecuencia y la misma fuerza con que machaconamente insisten en el problema del aborto, por poner un ejemplo. Y no deberíamos olvidar que una de las causas, que acentúan la violencia machista de los hombres contra las mujeres, es precisamente la desigualdad de facto, que laboralmente y económicamente tienen que soportar tantas mujeres. Son muchas las mujeres que no se separan de sus maridos porque, si se separan, no tienen de qué comer o no saben dónde ni cómo van a vivir. Con un agravante: una mujer, que tiene que criar a cuatro o más hijos, difícilmente puede tener un trabajo estable y ganarse ella un sueldo. El ideal de mujer, que los obispos proponen (sin decirlo así) es el ama de casa, la mujer que de la "triple K", como decían antiguamente los alemanes: Kinder (niños), Küche (cocina), Kirche (iglesia), las tres tareas a las que las muejeres deben dedicarse. Esta dedicación de la mujer y sus consecuencias, un asunto tan serio y de tan serias consecuencias, no se suele analizar en los documentos episcopales. Ni los obispos imponen, para estos temas, los castigos y excomuniones que imponen cuando hablan del aborto o de la homsexualidad, por ejemplo.
Y otro tema importante: ¿qué tipo de vivienda necesita un matrimonio que, desde el día de su boda, tienen que pensar en la probabilidad de que van a tener cinco, seis, siete o más hijos? Tal como hoy está el problema de la vivienda (y el problema de los colegios), ¿es razonable exigir a todo el mundo y sin disntinciones que tienen que aceptar todos los hijos que "Dios les mande"? ¿están seguros los obispos de que eso es lo que Dios quiere y exige en los tiempos que corren y tal como está la economía, las hipotecas y todo lo relacionado con esos asuntos?
Que el problema del aborto es un problema, nadie lo duda. Que el divorcio es también un problema serio, nadie lo pone en cuestión. Que la homosexualidad es asunto muy delicado y muy discutido, es cosa que todos sabemos. Pero, sea cual sea la postura que cada cual tenga sobre estas cosas, mi pregunta es por qué los obispos insisten tanto en unos temas, que afectan seriamente a la familia, y se callan otros, que son también asuntos muy graves para cualquier ser humano y para cualquier familia.
Es notable esto: según los evangelios, Jesús fue muy crítico con la familia, hasta el punto de hablar de enfrentamientos, divisiones, odios y muertes, porque él habia venido a traer todo eso (Mt 10, 34-38; Lc 12, 51-53; 14, 26-27, etc). Se sabe que la familia judía del tiempo de Jesús era el modelo de familia patriarcal, en la que el padre y patriarca tenía todos los derechos, de forma que la mujer y los hijos era algo así como propiedad del padre (J. Jeremias). Esto explica por qué Jesús es tan crítico con la institución familiar. ¿Y por qué nuestros obispos no hablan como hablaba Jesús, siendo así que ahora se dan situaciones que son tan violentas y humillantes como las que se daban en el s. I? Es más, en los siglos siguientes, cuando la Iglesia se instaló en el Imperio romano, la Iglesia no tenía una dereho eclesiástico para la familia, que se regía por el derecho común a todos los ciudadanos del Imperio. Pues bien, como ha estudiado uno los mejores conocedores de este asunto, Pierre Grimal, "uno de los caracteres más duraderos del derecho romano, aquel del que se han derivado mayores consecuencias, es sin duda la posición privilegiada que se atribuye al jefe de gens, al pater familias: sólo él es plenamente responsable, plenamente propietario, plenamente apto para obrar en justicia..., en el interior de la familia, ni el hijo ni la mujer poseen primitivamente ningún derecho, ninguna personalidad jurídica". Pues bien, es notable saber que san Isidoro de Sevilla, en el Concilio Hispalense II (año 619), invocaba este derecho romano como la lex mundialis, que se identificaba con el Breviario de Alarico. Es verdad que el concilio de Sevilla se refería a los derechos de unas iglesias sobre otras. Pero también es cierto que no hacen excepción en cuanto a la universidad del derecho romano. Más aún, en torno al año 850, Benedetto Levita hace una profesión de fe en la universalidad del derecho romano: "La ley romana es la madre de todas las leyes". Así pensaba la Iglesia del primer milenio. ¿Por qué hoy se piensa de manera tan distinta? ¿Qué intereses inconfesables había entonces, y hay ahora, para pensar y hablar de maneras tan distintas? Habría que preguntar esto en la Curia Vaticana. Y en cada curia episcopal.
Hay que defender a la familia. Pero seamos consecuentes. Si es que la defendemos, se la defiende en todo, no sólo en aquellas cuestiones que nos convienen, por el motivo que sea y por más que se invoquen todos los derechos de la tierra y del cielo.
Teología sin censura
La conducta cristiana, tal como fue aceptada y transmitida por el cristianismo primitivo, es un programa de vida en el que los cristianos no creemos. Y si no creemos en él, menos aún lo practicamos. No nos entra en la cabeza. Es más, nos parece un despropósito, un auténtico disparate, una tontería sin pies ni cabeza.
No exagero. Ni saco las cosas de quicio. Según los evangelios, Jesús planteó, con toda claridad y firmeza, que la aceptación de la fe cristiana comporta, en cualquier caso, la renuncia al afán de dominar a los demás. Una renunca que va más lejos de lo que imaginamos. En el Sermón de la Montaña, Jesús afirma, no sólo la invitación a refrenar la agresividad hacia los otros, sino también a soportar su agresividad. Entre las antítesis, que Jesús presenta, una de ellas (la quinta) plantea esta exhortación paradójica: no hay que resistirse al mal; "si uno te abofetea en la mejilla derecha, le pones también la otra" (Mt 5, 39). Como bien se ha dicho, estas palabras presentan la invitación más seria y consciente a la auto-estigmatización, es decir, a abrazar abierta y libremente una posición inferior que atrae y soporta la agresión de los demás. De este modo, el otro no quedará reforzado en su conducta, sino que se sentirá inseguro (G. Theissen).
Yo sé muy bien que todo esto, a mucha gente, le suena a música celestial. Es algo que ocurre en todas partes. Pero me atrevo a decir que, en España, tan cristianos como decimos que somos y tan católicos como muchos se confiesan, no sé por qué, pero el hecho es que estamos como incapacitados para aceptar y asumir este criterio. Nuestro país es un país "cainita", en el que el deseo de dominar al otro, de estar por encima de los demás, es algo tan fuerte, que nos ha dividido, nos ha enfrentado, y vivimos fracturados quizá para siempre. Los intereses políticos y económicos han tenido más fuerza que esa presunta fe por la que nos echamos a la calle, casi siempre para acusar a alguien, para despreciar a otros, para humillar a quien sea. Me atrevo a decir que la España católica ha vencido al Evangelio en el que muchos españoles decimos que creemos. Y nuestro drama es que, precisamente porque no nos entra en la cabeza el Evangelio, pos eso (entre otras muchas razones) no podemos convivir los unos con los otros. Quizá los años de la transición, cuando pensábamos que era posible unirnos en un proyecto común, fueron tiempos de esperanza. Pero no hemos necesitado muchos años para tirar por tierra lo que entonces pudimos esperar y soñar. Ha podido más el deseo de dominar al otro. Y así andamos, rotos, enfrentados. Nuestro deseo de dominar es inmenso. Pero en realidad estamos derrotados.
Teología sin censura
Se nos dice que este año empezamos a salir de la crisis. Y nadie que duda que eso es importante. Pero, más importante que salir de la crisis, es aprender de esta situación las lecciones que tendríamos que aprender. De lo mucho que podemos (y debemos) aprender, propongo tres cosas que, a mi juicio, deben ser determinantes en en los próximos años.1. Dar más importancia al papel y a la intervención del Estado. Porque, si algo ha dejado claro esta crisis, es que hay situaciones, en la vida de los pueblos y de la sociedad, de las que no se sale como no sea a base de una intervención eficaz de los poderes del Estado. En la crisis nos metieron sobre todo las instituciones privadas, especialmente las instituciones financieras. Es más, si eso ocurrió es porque la intervención del Estado no fue eficaz para evitar el desastre. Y si estamos saliendo es porque el Estado se está empleando a fondo, con más o menos acierto. Pero el hecho que, lo mismo en Estados Unidos que en la Unión Europea, si estamos saliendo de la crisis, es porque los Estados están tomando medidas eficaces. Por supuesto, las instituciones privadas son más eficaces que las estatales para determinados asuntos. Por ejemplo, un hospital privado o un colegio privado suelen funcionar, en muchas cosas, mejor que los hospitales o los colegios públicos. Pero, aun concediendo que eso sea verdad, el problema que eso plantea es que lo privado es privilegio para quienes pueden costearlo, o sea, es privilegio de los ricos. Un país, que potencia mucho al sector privado, por eso mismo privilegia a las clases pudientes y agranda las desigualdades sociales. 2. Reorientar la producción y el consumo. Porque, si algo nos ha enseñado la crisis, es que se puede vivir bien con menos gastos suntuosos, gastos en cosas de lujo, ostentación y capricho. Hay que fabricar menos coches de lujo, menos ropa de lujo, menos viviendas de mero capricho y lujo. Y así sucesivamente. Para ir igualando a la población en sus gustos y en las cosas que la gente considera indispensables para ser felices. Por eso mismo, una decisión de enormes consecuencias sería fomentar los servicios públicos: mejores transportes públicos, más económicos, más numerosos, más eficaces. De forma que todos nos vayamos acostumbrando a sentirnos bien con menos ostentación y menos caprichos. Se ha demostrado que el mero hecho de que a uno le suban el sueldo no aumenta su felicidad. Uno se siente más feliz cuando a él le suben el sueldo por encima de los demás. Nos han educado para ser felices sobre la base de acentuar las diferencias y la superioridad de unos sobre otros. Esto no tiene que llevar a desmotivar a la gente para el rendimiento en el trabajo y la productividad. Nos tendríamos que meter en la cabeza que los sentimientos de emulación y competencia se pueden realizar en actividades que rinden para la comunidad humana, por ejemplo en la investigación intelectual, en la creatividad, en el arte, en la ciencia....3. Podemos ser más felices compartiendo más. Se trata de dar la vuelta a la mentalidad que nos han introyectado. La mentalidad según la cual la felicidad se consigue acumulando, nunca compartiendo. Y eso es negar y renegar una de las inclinaciones más fundamentales del ser humano. Querer y sentirnos queridos son constitutivos de nuestro ser más profundo. Por eso disfrutamos tanto cuando hacemos un regalo y se nos reconoce. Por eso gozamos con la "comensalía" (compartiendo mesa y mantel con personas a las queremos y que nos quieren) que con la "comida" (llenando el estómago a solas). ¿No habría que orientar la formación y los plantes de estudio en este sentido y con esta finalidad?Nota final: Es evidente que la crisis ha sido dura. Pero no hay mal que por bien no venga. Yo soy optimista. La condición humana es como es. Y todos tenemos nuestros egoísmos y ambiciones. Pero todo eso se puede educar o deseducar. Se puede orientar en una dirección o en otra. Y, en todo caso, es evidente que el sistema político y económico debe estar pensado para sacar de nosotros lo mejor que tenemos. No para fomentar nuestras apetencias más bajas, torpes y dañinas. Teología sin censura
Hoy, día 2 de enero, es una fiesta singular en Granada, donde vivio y donde escribo esta entrada en el blog. Tradicionalmente, esta fiesta se ha llamado aquí "El día de la toma", es decir, el aniversario del día en que los Reyes Católicos (en 1492) tomaron Granada, el último bastión musulmán en la cristiandad. Pero sabemos que ese mismo año ocurrieon otros dos acontecimientos históricos de enormes consecuencias para la posteridad. El 31 de marzo, los reyes Fernando e Isabel firmaron el edicto de Expulsión mediante el cual echaron de España a todos los judíos. Y en agosto del mismo año 1492, Cristóbal Colón, protegido por los Reyes Católicos según las "Capitulaciones" firmadas en el capamento de Santa Fe (en la vega de Granada), zarpó desde Huelva rumbo a América. Se ha dicho con toda razón que estos tres acontecimientos "reflejan tanto la gloria como la devastación del comienzo de la Edad Moderna" (Karen Armstrong). Si hoy recuerdo estas cosas, es porque se trata de hechos que tienen una actualidad patética. Insisto en ello. Por más que, en Europa (especialmente en España), estos hechos se hayan explicado como gestas gloriosas para las generaciones posteriores, la pura verdad es que se trata de sucesos de los que se ha podido decir que marcan los orígenes del "fundamentalismo religioso" en las tres grandes religiones monoteístas: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Sin duda, la profesora Armostrong debería haber tenido en cuenta que, mucho antes, el fundamentalismo religioso ya había hecho acto de presencia, por ejemplo en el fariseísmo judío, en los cruzados cristianos medievales o quizá en el teólogo Taqqi al-Din Ahmad ibn Abdelhalim al-Taymiyya (1263-1328), el primer mululmán que, a juicio del profesor Tamayo Acosta, contribuyó "a la construcción ideológica de la doctrina militarista en torno al yihad islámico, como principio legitimador de la violencia y de la guerra. En todo caso, y sea lo que sea de estas posibles interpretaciones, hay un hecho que hoy, a siglos de distancia, vemos con lamentable claridad. Me refiero al hecho de que los grupos religiosos, que se sienten perseguidos y amenazos, reaccionan adoptando posturas fundamentalistas. Al decir esto, estamos hablando de un "principio determinante" del comportamiento, lo mismo en no pocas especies animales que en los seres humanos: el que se siente acorralado, si puede, se defiende con violencia. Y esto es lo que está pasando ahora mismo. Concretamente en los movimientos religiosos fundamentalistas: en los integristas judíos, los jaredim ultra-ortodoxos, en los fanáticos musulmanes de Al-Qaeda, o en el fundamentalismo cristiano que propagan los telepredicadores norteamericanos, lo mismo que en los movimientos integristas católicos que encuentran su protección más eficaz en no pocos altos cargos del Vaticano. Todos los fundamentalistas religiosos tienen la impresión de que hoy la religión está amenazada y perseguida. Lo que provoca en ellos una reacción de violencia agresiva. Una violencia que se manifiesta en todas las formas posibles: desde los atentados terroristas hasta la extravagante idea según la cual las convicciones religiosas se matan a cañonazos, con tanques y con misiles. No nos convencemos de que las creencias religiosas son un asunto muy delicado y que, con frecuencia, puede resultar enormemente peligroso. Sobre todo, cuando se ve amenazado, atacado y ofendido. Es urgente que todos nos metamos en la cabeza y en las entrañas esta convicción fundamental: La fe religiosa sólo es provechosa cuando es auténtica. Y es auténtica solamente cuando se corresponde con sus orígenes. Estoy de acuerdo con el criterio que obsesionaba, en el s. XVI, a Erasmo de Rotterdam cuando clamaba por el retorno Ad Fontes: "Volved a las fuentes". En el caso de los cristianos, los que vivimos en países que quieren mantener las mejores relaciones posibles con el Papa y con la Iglesia, el camino para acabar con los fundamantalismos religiosos y sus terrorismos no es el camino de los armamentos y las guerras (por más necesaria y razonable que sea la legítima defensa de las fueras de seguridad del Estado contra las amenazas del terrorismo). El camino a seguir es el retorno a nuestros orígenes como creyentes. Porque la fe cristiana de la Iglesia, que tuvo su origen en Jesús, ha quedado sepultada por un cúmulo de teologías y tradiciones, que poco o nada tienen que ver con el Evangelio de Jesús. El Vaticano,´el clero, la teología y nuestras cabezas y costumbres tienen que tormar el camino de retorno al Evangelio, si es que de verdad queremos paz y armonía en este mundo tan atormentado.Teología sin censura
Jueves, 16 de febrero
José Mª Castillo
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Urbano Sánchez García
Josemari Lorenzo Amelibia