Una de las muchas cosas buenas, que las religiones ofrecen a sus creyentes, es la esperanza de trascender el tiempo. Para el "hombre religioso", que se aferra a sus creencias, la muerte no es el "final", sino el "paso" a otra forma de existencia, que, al estar fuera del tiempo, más allá del tiempo, no es ya una existencia "temporal", sino "eterna". Pero no sólo "eterna", sino sobre todo indeciblemente "feliz". Sin duda alguna, las dos grandes religiones, que más han desarrollado esta forma de esperanza, la esperanza en la "felicidad sin fin", han sido el cristianismo y el islam. El cristianismo con sus enseñanzas sobre la resurrección y el cielo (1 Cor 15; Mc 2, 18-27; Mt 22, 23-33; Lc 20, 27-40). El islam con sus insistentes explicaciones sobre el paraíso que entraña una alegría inimaginable (Sura 32, 17), en jardines que proporcionan todas las satisfacciones (Sura 2, 82; 3, 15; 4, 13. 122-124....).
Seguramente no imginamos la paz y la alegría gratificante, que estas promesas de felicidad sin límites, proporcionan a millones de creyentes, que así se sieten reforzados en sus códigos de moralidad y en la fortaleza necesaria para superar las dificultades de esta vida. La experiencia de muchas personas que, motivadas así, superan situaciones inimaginables, es elocuente.
Pero nada de esto es capaz de suprimir o aminorar la fuerza con que los motales nos aferramos, no sólo a nuestras creencias, sino mucho más que a nuestras creencias y esperanzas, al tiempo que pasa, que corre, que se nos va. El "tempus fugit", de Virgilio, es una evidencia aplastante: "el tiempo vuela". Este sentimiento es el que está en la base de los festejos y celebraciones, que en casi todo el mundo, se organizan en la noche del 31 de Diciembre al 1 de Enero. Es como una especie de necesidad compulsiva de "fuga hacia delate", con sus originalidades y sus excesos, con los cuales mucha gente pretende olvidar que las sombras del tiempo pasan sin que nada ni nadie pueda detenerlas.
Y más allá (o más en el fondo) de esta fuerza que nos atrae y nos ata al tiempo, está el hecho de que la "esperanza" de trascender el tiempo puede convertirse (diabólicamente) en un peligro aterrador. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que hombres que esperan, después de la muerte, cielos y paraísos de felicidad infinita, si son hombres fanáticos en sus creencias, tales hombres pueden convertirse en una amenaza que nada ni nadie puede detener. Los cruzados medievales y los talibanes de hoy en día (que no son ni compartables en tantas cosas) son la prueba más clara de lo que estoy diciendo. Cuando en el s. XII, san Bernardo exhortaba a los "milites templi" a matar al infiel sarraceno, sin duda estaba motivado por una esperanza que le cegaba para ver la realidad "histórica", que, en aras de una esperanza "meta-histórica", le llevaba a proponer la muerte para alcanzar la vida. Y algo semejante hay que decir de los actuales terroristas que se auto-inmolan, es decir, que se matan matando. Porque así esperan alcanzar una felicidad sin fin.
La esperanza religiosa es una de las creencias que más nos puden motivar para dar sentido a la vida. Y para reforzar nuestras mejores convicciones éticas. El peligro, en este caso (como en tantos otros) está en degradar la sublimidad del martirio en la degradación del crimen.
Por lo demás, nunca deberíamos olvidar que el acto religioso, "químicamente puro", no existe. Lo mismo a los cruzados medievales que a los talibanes de hoy les movieron y les mueven motivos de orden político, económico, nacionalista... que poco o nada tienen que ver con la religión. De ahí la importancia decisiva de que nuestras creencias religiosas siempre estén orientadas a contagiar felicidad, paz, tolerancia, comprensión y prosperidad para todos. Teología sin censura
El cardenal de Madrid, Antonio M. Rouco, dijo en una misa en el centro de la capital y ante cientos de miles de personas, que el futuro de Europa está ligado al futuro de la familia, es decir, que el futuro de de Europa depende del futuro de la institución familiar. Por supuesto, esta afirmación del cardenal Rouco, a mi manera de ver, merece ser tomada muy en serio. Porque está demostrado por la experiencia que cuando, en una sociedad, la estabilidad de la institución familiar se deshace, por eso mismo el tejido social se descompone. Y cuando el tejido social, en un país, en un pueblo, en una cultura, se desintegra, las consecuencias son imprevisibles. Por ejemplo, una sociedad rota, de esa manera, es una sociedad en la que inevitablemente se desencadenan formas de violencia que no imaginamos: violencia de de los hombres contra las mujeres; y de éstas contra los hombres. Y, lo que es más preocupante, la violencia contra los hijos, contra los niños, en todas las formas imaginables. Por eso, creo que el cardenal Rouco ha hecho bien en recordar la importancia de la estanilidad de la familia para asegurar así la estabilidad de la soxiedad en Europa. Es un tema capital y en el que nos jugamos mucho.
Pero me sospecho que la propuesta de Rouco apunta a algo más concreto. No se trata, en esta propuesta, de asegurar la estabilidad de la familia, sino de un modelo de familia. Se trata del modelo de familia tradicional: "un hombre y una mujer que se unen indisolublemente para tener todos los hijos que Dios les mande". Lo cual quiere decir que los divorciados, las madres solteras, los padres solteros, los homosexuales, las parejas de hecho y, por supuesto, los padres y madres que deciden tener sólo un hijo o, a lo sumo dos, todas esas personas (que son la inmensa mayoría de los ciudadanos de la Unión Europea) le están haciendo un daño irreparable al futuro de Europa. Esto es lo que se deduce, en sana lógica, del discurso del cardenal Rouco. Por lo tanto, a juico de Rouco, Europa irá bien el día que las familias tengan todos los hijos que puedan. Y el día en que los divorciados, solteros/as con hijos, los homosexuales... sean excluidos, en la medida de lo posible, de la vida social, de las instituciones y de la construción de Europa.
Pero, ¿es esto realmente posible? ¿es esto lo que más le conviene a Europa en los tiempos que vivimos? Por ejemplo, si las familias han de tener todos los hijos "que Dios les mande", es seguro que habrá habrá muchas familias que media docena (o más) de hijos. Como es lógico, esto tendría una serie de consecuencias: las viviendas tendrían que ser más grandes, las mujeres no podrían tener un trabajo o ejercer una profesión, ya que tendrían que estar en casa criando a los hijos, la fuente de ingresos en la cada casa sería sólo el hombre, con lo que la desigualdad (de hecho) entre hombres y mujeres se perpetuaría, y así sucesivamente. Es el modelo de familia que defiende, a capa y espada, el Movimiento Neocatecumenal, uno de los grupos más integristas y fundamentalistas que hay en la Iglesia en este momento. Con lo cual, lo que estoy diciendo es que la propuesta de Rouco consiste en que el futuro de Europa está vinculado al proyecto de Quico Argüeyo. Se trata, pues, de una propuesta tan seria como sorprendente. Es desuponer que el Papa sabe todo esto y está de acuerdo con ello. Y uno se pregunta: ¿es posible que imaginar que el el portavoz de la voluntad de Dios para estos tiempos sea el señor Argüeyo?
Teología sin censura
La víspera de Navidad falleció, en Nimega (Holanda), uno de los teólogos más grandes que produjo el s. XX. Tenía 95 años. Y era dominco. Quienes visitan este blog se manejan en Internet y no les será difícil encontrar un buen resumen biográfico de este hombre genial y de su enorme y valiosa producción teológica. Por eso, al recordar a este teólogo que "se atrevió a pensar" por sí mismo, quiero limitarme a indicar lo que nos viene a decir, en este momento, cuando nos deja este gran maestro, uno de los pensadores más serios y fecundos del siglos pasado.
Lo primero, lo más claro, es que la muerte de Schillebeeckx indica el final inminente de la generación de grandes teólogos que brillaron, con luz propia, en el s. XX. La generación de aquellos hombres geniales que fueron capaces de dar una orientación nueva al Cristianismo y a la Iglesia, los pensadores más fecundos que ha tenido la tradición cristiana después del s. XVI. Hablo de H. Urs von Balthasar, Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer, Rudolf Bultmann, M. D. Chenu, Yves Congar, Henri de Lubac, Karl Rahner, Paul Tillich y el propio E. Schillebeeckx. Se puede decir que de ellos, aún nos quedan hombres eminentes como, entre otros, el caso de Hans Küng o J. B. Metz. Pero es claro que éstos (al menos, por ahora) ya son los últimos testigos de una generación que se acaba. Porque es claro que, detrás de esos nombres, ya no vienen otros de la misma talla, con parecida creatividad y con la misma libertad para pensar por sí mismos.
Esto quiere decir que la teología se ha empobrecido. Precisamente cuando el mundo está cambiando más de prisa, cuando se nos plantean preguntas nuevas que no imaginábamos, cuando necesitamos hombres libres, que sean capaces de pensar, desde situaciones que no sospechábamos, el tema de Dios y de la Religión, el significado de Cristo, el papel de la Iglesia, las respuestas que exige la ética mundial..., ahora precisamente se van apagando las luces, nos vamos quedando sin las nuevas soluciones para los nuevos problemas; y nos vemos en la penosa situación de quienes tienen que soportar la palabrería clerical de antaño, los tópicos de sacristía de toda la vida, para dar respuesta a quienes buscan (quizá sin saberlo) caminos nuevos para salir de la parálisis mental y valorativa en que nos hemos atascado.
¿Qué nos está pasando? ¿Por qué añoramos la libertad y la creatividad de hombres que se han muerto de viejos, al tiempo que nos produce tanto rechazo la petulancia autosuficiente de chicos jóvenes, de muchachos que aún están madurando, y van por la vida diciendo que ellos no tienen nada que aprender de quienes, en los pasados años 60, fueron capaces de darle un giro nuevo a la Iglesia y a la historia del cristianismo?
Es verdad que, en los años que siguieron al Vaticano II, hubo mucha gente desconcertada, gente que no supo (o no pudo) asumir los cambios a los que se tuvieron que enfrentar. Es verdad también que Pablo VI fue, a veces duvitativo, quizá tuvo miedos inconfesables, cosa que se traslucía en algunas de sus decisiones. Pero lo más claro que muchos vemos ahora es que el largo pontificado de Juan Pablo II ha sido decisivo para frenar los cambios más importantes del Concilio. Y, sobbre todo, hoy vemos con claridad que el proyecto de aquel Papa fue asumir y monopolizar, él solo, el pensamiento y la orientación que tiene que llevar la Iglesia en estos tiempos. Al decir esto, recuerdo lo que Y. Congar escribía en su Diario, cuando decía, refiriéndose a Pío XII, que aquel Papa había desarrollado hasta la obsesión el convencimiento de que el papel de los teólogos se reduce a comentar y argumentar lo que el Papa de turno dice en cada documento y cada vez que habla en público. Pero, entonces, lo que pasa es que el Papa se identifica con la Iglesia entera y pretende que él, y sólo él, posee la verdad de la fe y la respuesta para todos los problemas. ¿Qué decir de un hombre que llega a pensar así?
Por lo demás, cuando se nos va uno de estos grandes hombres, como es el caso de Schillebeeckx, resulta inevitable recordar que corren malos tiempos para el pensamiento, para la libertad y la creatividad en los ambientes intelectuales. No es ningún disparate afirmar que el "intelectual puro" es una figura que se va extinguiendo. Basta visitar cualquier librería. Por todas partes, novelas, relatos, historias... Pero cada día menos libros de pensamiento con entidad y peso. El ensayo, la investigación literaria, humanista, histórica, filosófica... están atravesando una crisis muy preocupante y muy grave. Hay toda una generación (o quizá más) que ya no lee. Internet, y la ténica barata del "cortar" y "pegar" ha suplantado a la creatividad intelectual. ¿Qué futuro nos espera por este camino, cuando vivimos asustados por el crecimiento de una tecnología que vive costeada y al servicio de los intereses de las empresas multinacionales? Es la gran pregunta que se me plantea al evocar la imagen gigantesca del Profesor Edward Schillebeeckx.
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Lo que quiero explicar hoy tiene mucho que ver con la Navidad, la fiesta del consumo. Y sabemos que el consumo0 actual está basado, no sólo en la economía, sino además en la tecnología: lo que compramos y consumimos, si no tuviéramos la tecnología que tenemos, sería sencillamente impensable e imposible. Por eso, en estos días, además de ángeles y pastores, de Belén y Nazaret, hay que hablar de economía y de tecnología.
Se entiende por hombre "no-económico" a los seres humanos que existieron hasta unos cinco mil años antes de Cristo. Los hombres de aquellos tiempos eran cazadores-recolectores, que vivían de lo que la naturaleza producía espontámeamente. Entre otras cosas, los hombres de aquellos tiempos necesitaban, para la supervivencia, la "movilidad". No tenían más remedio que ir de un lado para otro, en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir. Consecuencia: aquellos hombres vivían del "desprecio de las cosas": ningún apego a los objetos, ni les interesaba para nada la riqueza. Todo lo que para nosotros es "riqueza", para los cazadores nómadas era "estorbo", una carga insoportable. Esta situación se mantuvo durante miles de años. Hasta unoa cuatro mil años antes de Cristo.
En el III milenio (a.C.) se inicia el gran cambio. Aparecen los primeros signos de la "Civilización", que nació a causa de las primeras técnicas: sistemas de regadío, asentamientos urbanos. Esto empezó a ocurrir en Oriente Próximo, concretamente en Mesopotamia. Y fue entonces cuando aparecieron una serie de fenómenos, procesos culturales e instituciones que (de una forma u otra) han perdurado hasta nuestros días. Lo más llamativo que aparece, con la llamada civilización, son las desigualdades económicas, las jerarquías verticales, el poder de unos hom bres sobre otros, las dominaciones despóticas, las religiones.
De lo dicho se sigue una consecuencia patética: el proceso que surge de la civilización prueba que la evolución tecnológica y la evolución social pueden "disociarse". Y, de hecho, se discociaron, avanazando en sentido inverso: la evolución tecmológica como progreso; la evolución social como degradación (María Daraki). Hasta que hemos llegado a la peligrosa cumbre en que ahora estamos inestablemente instalados. Porque, cuando hemos alcanzado el mayor progreso tecnológico, hemnos hundido a este mundo en la pero degradación social. Y lo más grave del asunto es que a esto ya no se le ve solución. Porque no podemos detener el crecimiento tecnológico. Pero hacemos eso a sabiendas que con ello ahondaremos más y más las desigualdades sociales.
Se ha dicho, seguramente con todo acierto, que el Próximo Oriente antiguo fue el teatro de dos acontecimientos excepcionales: la Revolución Tecnológica antigua y el nacimiento del Monoteísmo. Estos dos mega-acontecimientos están unidos entre sí. El segundo tendría que haber sido la réplica al primero. Pero no lo ha sido. Porque el hecho es que el "hombre-económico" y sus tecnologías han sido más fuertes que la Religión monoteísta. Al menos, hasta este momento. Seguiremos hablando de esto.
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"La mirada apocalíptica busca las huellas de Dios en el rostro de las personas que sufren, para así mantener su clamor en la memoria y ponerle plazo a su tiempo".
Estas palabras del gran teólogo, que sigue siendo Juan Bautista Metz, me sirven de texto programático para desearos una NAVIDAD EVANGÉLICA, que es lo mismo que decir una NAVIDAD FELIZ.
Y, de paso - para quienes no lo conozcáis - me permito deciros que recientemente he publicado este libro que explica brevemente todos los "evangelios" del año litúrgico.
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Vamos hoy otra vez con los pastores. Sabemos que fueron los primeros que acudieron a Jesús. Ellos fueron los preferidos, los más importantes. Pero, cuando hablamos de este asunto, es determinante saber lo que los " pastores" representaban en aquel tiempo y en aquella cultura. No digamos nunca que fueron los primeros porque eran los pobres. Ni digamos tampoco que acudieron enseguida a Jesús porque eran los más "bondadosos", los más "sencillos" o cosas así. Nada de eso es verdad. Se sabe muy bien lo que eran los pastores en la sociedad judía de aquel tiempo. Los judíos pensaban que había una serie de oficios que, a quienes los ejercían, pos eso mismo y por eso sólo, los hacían personas "despreciables". En Israel había listas de "oficios despreciados". Pues bien, en la primera de esas listas, estaban los pastores , junto con los arrieros de asnos, los camelleros, los marineros y los cocheros. Los oficios que entraban en esta lista eran especialmente despreciados y odiosos porque se pensaba que eran "oficios de ladrones", es decir, oficios que llevaban por sí mismos a la maldad. De ahí que eran oficios que "rebajaban socialmente, de forma inexorable, a quienes los ejercían" (Joachim Jeremias).
De los pastores se tenían tan baja estima, y eran individuos de tan mala reputación, porque la experiencia demostraba que eran tramposos y ladrones; conducían sus rebaños a propiedades ajenas y, además, robaban leche, lana, las crías del ganado, etc . Por tanto, lo más claro que sabemos, por el relato de los pastores, es que a los primeros a los que llamó Jesús fue a la gente de mala fama, no precisamente a los selectos y edificantes. Así empezó a fraguarse la escandalosa imagen de un profeta de Dios que anduvo con malas compañías.
A nadie se le va a ocurrir pensar, ni siquiera sospechar, que Jesús quería elogiar a los canallas y sinvergüenzas. Todo el secreto de esta conducta está en comprender que lo primero, para el Evangelio, no es la "ejemplaridad" , sino la "humanidad". Jesús se junto con pecadores, samaritanos, impuros y prostitutas, los llevó a sentarlos en su mesa o él compartió mesa y mantel con esas gentes, no porque la moral le importase un bledo, sino porque esos grupos socielae son los más despreciados, y con frecuencia los más deshumanizados también.
Así las cosas, lo que el Evangelio deja patente es que este mundo no se arregla despreciando a los que pensamos que son los "malos" y alejándose de ellos. Este mundo se arregla mediante la cercanía, la bondad sin límites, la humanidad sin fisuras. Es lo que más necesitamos en este momento.
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Ya dije ayer que Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret. Lo que pasa es que, cuando llegan estas fiestas, se suele hablar del " belén". Y, por tanto, de los "pastores" de Belén. Por el evangelio de Lucas sabemos que, cuando nació Jesús, un ángel del cielo se apareció a unos pastores, "que pasaban la noche al raso velando el rebaño". Y fueron aquellos modestos trabajadores los primeros invitados para ir al encuentro de Jesús (Lc 2, 8-12).
El tema de los pastores suele ser utilizado por los predicadores cristianos para ponderar lo mucho que Dios ama la pobreza y lo importante que es la pobreza. Lo cual es una solemne tontería. Porque la pobreza es una cosa horrible, es mala, es causa de inedecibles sufrimientos, es humillante y es la expresión más dolorosa de las desigualdades que ensucian y pudren la convivencia social. Dios no quiere que haya pobreza. Ni puede querer que existan los pobres. Lo que Dios quiere es que todos los humanos seamos "iguales" en dignidad y derechos. Y, puesto que somos "diferentes" (unos más listos que otros, o más trabajadores que otros, o más honrados que otros...), es inevitable que se produzcan "desigualdades" sociales, culturales, económicas. Esto supuesto, el mensaje del Evangelio, al decir que los pastores fueron los primeros invitados para acercarse a Jesús, lo que nos viene a decir es que, puesto que las "diferencias" provocan tantas "desigualdades", Jesús considera que los primeros para él son los que están más abajo en la escala de las "diferencias". Para ir así acortando las "desigualdades". Las "desigualdades" no se acaban por decreto. Las "desigualdades" se van aminorando en la medida en que, quienes pueden hacerlo, se ponen de parte de los que están los últimos, en cuanto se refiere a las "diferencias" económicas, sociales, culturales, sanitarias y así sucesivamente. Por eso, sin duda, Jesús dijo, tantas veces, que los primeros se pongan los últimos. Para que los últimos vayan teniendo, también ellos, lo que tienen los primeros. Porque sólo así, mediante hechos patentes, los derechos de los últimos se convertirán en realidades tangibles.
Como es lógico, los que, por el motivo que sea, estamos bien situados en cuanto se refiere a las "diferencias", nos resistimos con uñas y dientes a que el "orden" establecido, a base de "desigualdades", se convierta en " desorden". El "desroden" necesario para acabar con las "desigualdades". Y es que el problema y las resistencias para que eso suceda, no provienen sólo del egoísmo, el orgullo, la ambición, etc. No se trata sólo de un problema moral. Ese problema moral existe, no cabe duda. Pero tal problema se sostiene y se justifica por argumentos y razones que nos hemos buscado los afortunados de arriba. Para seguir arriba. Y seguir donde estamos con buena conciencia.
Como es bien sabido, los mejores educadores de la "mentalidad burguesa" fueron los predicadores del s. XVIII en Francia. Concretamente, los grandes educadores de la burguesía, en aquel tiempo, fueron los oradores sagrados. Así lo desmostró ampliamente el excelente y enorme estudio de Bermhard Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, publicado en alemán en 1927, y editado en castellano en 1943 (Fondo de Cultura Económica). La idea de aquellos predicadores es que que la "virtud" y el "orden" son la misma cosa. Es decir, para que haya virtud tiene que haber orden, decía el jesuita Crasset. De ahí que, para Bourdaloue, lo que ante todo interesa mantener a toda costa es el orden social. De donde este predicador, entre otros muchos, sacaba la conclusión: "Fue necesario que hubiera diversas clases y, ante todo, fue inevitable que hubiera pobres, a fin de que existieran en la sociedad humana obediencia y orden" (o. c., p. 285). Porque, según esta forma de pensar, si todos en la sociedad quisieran ser iguales, "¡qué trastorno no se experimentaría en el mundo, qué no vendría a ser la sociedad humana!" (o. c., p. 282). Por lo demás, fue inevitable que estas ideas pasran a España, con retraso pero con fuerza. Y así, el s. XIX, predicadores como Fray Diego José de Cádiz, sembraron con estos discursos la semilla de la seguridad en las calses pudientes, que se sintieron justificadas y tranquilizadas en sus conciencias por los clérigos que les decían que Dios quiere a los ricos y a los pobres, pero a cada uno en su sitio, para que no se perturbe el "orden" querido por el mismo Dios.
Así las cosas, ¿nos va a extrañar que estemos viviendo lo que estamos viviendo? En consecuencia, ¿no es verdad que los pastores de Belén tienen hoy más actualidad que la noche aquélla en la que el ángel los llamó por primera vez a ser los primeros en acercarse a Jesús? Por eso, mi pregunta angustiosa es ésta: ¡Dios mío! ¿qué hemos hecho con el Evangelio? Y sobre todo, ¿qué hemos hecho con la dignidad de los seres humanos?
Teología sin censura
En las creencias populares, que tiene la gente sobre la Navidad, hay una serie de cosas que no cuadran. Es importante aclarar estas cosas. Porque sólo así podremos entender el verdadero significado del nacimiento de Jesús y lo que este acontecimiento representa para la humanidad. Es necesario tener una idea clara sobre los siguientes hechos: 1) Lo más seguro es que Jesús no nació en Belén. Este es un asunto importante sobre el que cada día hay un consenso más unánime entre los especialistas que han estudiado los evangelios de la infancia de Jesús (R. E. Brown, R. Schnakenburg, J. P. Meier...). Sólo en Mt 2 y Lc 2 (indirectamente en Jn 7, 42) se dice que Jesús nació en Belén. Fuera de estos textos, lo mismo en los evangelios que en el libro de los Hechos, siempre se dice que Jesús era de Nazaret. Lo de Belén se explica porque expresa la iedea teológica de que Jesús provenía de la familia del rey David, cuya ciudad era Belén. 2) Los parientes, incluso los más cercanos, de Jesús pensaban de él que estaba loco, hasta el punto de que fueron a buscarlo porque decían que se le había ido la cabeza (Mc 3, 21). 3) Los mismos parientes, cuando Jesús volvió por primera vez a su pueblo, se quedaron asombraros de que hablara bien, de que dijera cosas que llamaban la atención y de que hiciera prodigios con los enfermos. Y conste que esto fue tan chocante, que el propio Jesús se sintió despreciado y todo el pueblo se escandalizó de lo que decía y hacía (Mc 6, 1-6). 4) En otra ocasión, Jesús se puso a predicar en la sinagoga de Nazaret y dijo tales cosas que la gente no entendía que "el hijo de José" dijera hablara de aquella forma y hasta quisieron matarlo tirándolo por un tajo (Lc 4, 22-30). 5) También el IV evangelio afirma que la familia de Jesús no creía en él (Jn 7, 5).
Estos hechos dan que pensar. Porque ¿cómo se explica que la familia de Jesús, y los vecinos de una pequeña aldea de Galilea, pensaran así de un paisano del pueblo del que todos tenían que saber que, cuando nació, hasta los ángeles se aparecieron en el cielo, cantaron anuncios de paz, aseguraron que aquel vecino del pueblo era el Mesías, el Salvador el mundo, y al que acudió tanta gente a adorarlo? Más aún, ¿es imaginable que a la aldea vinieran hasta unos Magos famosos de Oriente, con regalos espléndidos, con comitivas regias, y que todo aquello ocurrió de forma que hasta el rey Herodes se asustó, los sumos sacerdotes del templo y toda la capital se alborotó, y las cosas llegaron al extremo de que el tirano mató a todos los niños de la región, de forma que los padres de Jesús tuvieron que salir huyendo al extranjero y vivieron en Egipto no se sabe cuánto tiempo? Cabe en cabeza humana que todo esto ocurriera así y, a los pocos años, todo el pueblo dijera que el "el Mesías y Salvador del mundo" esta loco de remato y que era motivo de escándalo e incluso que había que matarlo?
Todo esto no cuadra. El valor histórico está de parte de los relatos de los evangelios de la vida pública de Jesús. Entonces, ¿qué significado tienen las cosas que se nos cuentan en los llamados "Evangelios de la Infancia" (Mt 1-2; Lc 1-2)? Es muy dudoso el valor histórico de esos Evangelios, que fueron una añadidura posterior a los relatos originales. Lo que queda en pie y merece crédito es el mensaje religioso de los evangelios que recordamos en Navidad. Y ¿en qué consiste ese "mensaje religioso". Consiste en que nos viene a decir que el Salvador y la salvación, es decir, la solución para este mundo viene por los caminos extraños y entrañables que nos trazan los evangelios de estos días: los caminos de la bondad y la sencillez, los caminos de la preferencia por lo débil y lo humilde, los caminos que prefieren la identificación con los pobres y excluidos, los caminos de la alegría y el gozo de los últimos, una alegría y un gozo que pone nerviosos a los hombres importantes de la política (Herodes) y de la religión (Sumos Sacerdotes). Son los caminos del respeto a todos, la tolerancia con todos, la estima hacia todos. Porque sólo así es posible que todos vivamos en armonía, en paz y con esperanza
.
Nota Importante: si uno compara todo esto con lo que vivimos en este momento, cuando nos vemos diididos por la Religión y enfrentados por la Política, uno no tiene más remedio que decir: ¡Dios mío! ¿vamos a tapar tanta contradicción con la "huida hacia delante", que representan muchos festejos, regalos y comilonas de estos días, cuando sabemos que lo que "vivimos" tiene tan poco que ver con lo que "decimos" que "creemos"? Es molesto terminar así. Pero así estamos.
Teología sin censura
En Navidad, los cristianos recordamos el nacimiento de Jesús. Pero son muchos los que no caen en la cuenta de que celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret es celebrar el nacimiento de una contracultura. Porque en realidad eso es lo que sucedió cuando nació Jesús. Según el relato de aquel nacimiento, cuando Jesús vino al mundo, unos ángeles (o sea un "mensaje sobrenatural") se aparecieron a unos pastores y les explicaron la clave de lo que pasó aquella noche: "os ha nacido un Salvador... Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 11-12). Lo que menos importa en este relato es la "verdad histórica" de lo que se cuenta. Lo que interesa es el "mensaje religioso" que se transmite. ¿En qué consiste ese mensaje?
Consiste, ante todo, en que los humanos tenemos un principio y un criterio de "salvación", es decir, de solución para tantos y tantos problemas que nos agobian. Tenemos, pues, una esperanza. Porque tenemos así "una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo" (Lc 2, 10). Pero, ¿cuál es la señal que se nos da para encontrar esa gran noticia y esa fuente inagotable de alegría? La cosa es sorprendente: "un niño en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 12).
En la Navidad recordamos que nació Jesús. Y eso es importante. Pero tan importante como eso es saber dónde se encuentra a Jesús. Pues bien, la señal está muy clara: a Jesús (la salvación, la solución, la esperanza) se le encuentra "en un niño recién nacido" y "en un pesebre". O sea, la solución y la alegría está en un "proceso contra-cultural". Me explico: se denomina contracultura a los valores, tendencias y formas sociales que chocan con los establecidos dentro de una sociedad. Como es sabido, el término contracultura se usa especialmente para referirse a un movimiento organizado y visible cuya acción afecta a muchas personas y persiste durante un periódo de tiempo considerable. Se puede decir que una contra-cultura nació con la Ilustración, con el romanticismo del s. XIX, con la Generación Beat norteamerricana de los años cincuencua del s. XX, con los movimientos contraculturales de los años sesenta (un buen estudio de este fenómeno, que aparece y reaparece a lo largo de los siglos, en Ken Goffman, La contracultura a través de los tiempos. De Abrahán al acid-house, Barcelona, Anagrama, 2005).
Pues bien, esto supuesto, en nuestro tiempo es contracultural ir por la vida afirmando que la buena noticia que necesitamos, que la fuente de felicidad que nos hace falta, todo eso nada menos, se encuentra en lo que puede representar un bebé desamprado en un establo, donde lo que se encuentra es estiercol, telarañas, suciedad, miseria y basura. ¿Qué significa esto? ¿Estamos locos?
Intentemos ponernos en razón. Un bebé, en las condiciones indicadas, sólo puede provocar una cosa: ternura, cariño, bondad, humanidad. Pues ahí, en esos sentimientos, está la clave. Una de las cosas más torpes, que arrastra nuestra cultura, es que ha sustituido la "bondad" por "objetos". Esto se nota, por ejemplo, en cómo se trata a los niños, a los jóvenes, a las personas que tenemos más cerca. No tenemos ni tiempo ni serenidad o sosiego para quererlos. Y lo que no les damos en respeto, cariño y bondad, se lo queremos dar en juguetes, caprichos, regalos, cosas. Yo pienso muho en el desamparo de niños que estan cansados de tanta ropa, de tantos chuches, de tantísimos juguetes... Hace años, me quedé de piedra cuando un día visité la guardería miserable, de una parroquia miserable, en un barrio miserable, de una de las megápolis que abundan en América Latina. Había allí unos veinte niños pequeñitos. Cuando entré, estaban todos en una esquina de la habitación destartalada que era la guardería. Todos, menos uno, que se había quedado solillo junto a la puerta de entrada. Cuando abrí aquella puerta y me encontré aqule pequeñito, descalzo, flaco y con su barriguita de niño hambriento, lo levanté en el aire con mis manos y le di un beso en la fente. En ese momento, viví una las cosas más impresionantes que me han pasado en mi larga vida. Todo los demás chiquillos se me vinieron encima gritando: "¡A mí! ¡A mí! ¡A mí!"
¿Qué me pedían aquellas criaturas? No me pedían una moneda, un caramelo, un juguete... Me pedían un beso, una señal de cariño... ¡Qué desamparo el de aquellos chiquillos,
muchos de los caules no sabían ni quién era su madre y, por supuesto, tampoco su padre!
La "contra-cultura" que nace en Navidad es la cultura del respeto, de la rolerancia, de la estima, de la bondad sin límites, de la delicadeza y la ternura. La cultura de quienes jamás pasan facturas, de los que nunca echan nada en cara a nadie, de los que no dan cabida a la envidia, de quienes no quieren estar jamás por encima de otros, la cultura del que entra en la historia como un bebé, desconocido e insospechado. La cultura, en definitiva, del que rompe tantas vanidades de cosas, tantas cosas, que nos dan todo - lo que necesitamos y lo que no necesitamos -, pero no nos dan lo que de verdad nos hace felices: el respeto, la delicadeza, la bondad sin límites. He aquí por qué digo que la Natividad es el NACIMIENTO DE UNA CONTRA-CULTURA. EL GRAN REGALO QUE TODOS NECESITAMOS ESTA NAVIDAD ES EL REGALO DE LA BONDAD. ¡FELICES PASCUAS!Teología sin censura
Yo tuve un viejo y sabio profesor que nos decía a los alumnos: "en el periódico todo es mentira, menos la fecha". Y conste que no estoy para bromas esta mañana. Porque no puedo reprimir mi indignación. Ahora mismo, cuando la noticia que recorre el mundo, como una flecha envenenada, es que la Cumbre del Clima ha terminado en un sonoro fracaso, los diarios de todo color y de cualquier pelaje nos hablan de "pacto insuficiente", de "acuerdo de mínimos" o de un "documento que no ha satisfecho a todos". Acabo de ojear un diario tan prestigioso como El País. Y me quedo de piedra cuando veo que, al problema más grave y angustioso que ahora mismo tiene la humanidad, se le dedica página y media, mientras que al futbol se le conceden cuatro páginas enteras. Y me han dicho que algunos periódicos de hoy han resaltado más la posible prohibición de las corridas de toros que el fracaso de la Cumbre de Copenhague. El ocultamiento de la verdad, que campa a sus anchas en los "medios", es un indicador elocuente de lo que estamos viviendo. Es, ni más ni menos, "el auge del capitalismo del desastre", según la acertada expresión de la inteligente escritora canadiense Naomí Klein. Ya no hablo ni siquiera del sombrío y amenazante mundo que les vamos a dejar a nuestros niños para cuando sean adultos, o sea a la gente que estará en la plenitud de su vida dentro de veinte o treinta años. No hablo del futuro. Hablo de lo que ya es presente, es decir, de lo que está pasando en este momento. Y lo que está pasando es que hay más de mil millones de seres humanos que se mueren literalmente de hambre. Sí, lo repito, es así. Se están muriendo de hambre. Y dentro de pocos años, serán dos mil millones los moribundos sin remedio. Porque quienes tenemos que controlar el colesterol, el sobrepeso y la tensión, los que tenemos que hacer curas de adelgazamiento, los que no soportamos ni un día sin calefacción en invierno o sin refrigeración en verano, los que no sabemos ya dónde meter la ropa que nos sobra, ni tenemos claro a dónde vamos a llevar nuestro dinero para que produzca más, los que hacemos todo eso y cosas mucho peores que aquí no se pueden decir, todos nosotros los privilegiados del mundo, no sólo dejamos, aquí mismo, a los parados y a los inmigrantes sufrir sus desamparos y miserias, sino que, sobre todo, nos quedamos tan tranquilos cuando sabemos que nuestros gobernantes no tienen "voluntad poítica" para dar por lo menos el 0'7 % del PIB para que no mueran tan espantosamente los millones de criaturas que ya tienen la muerte llamando a sus puertas. ¿Estamos locos? ¿Cómo y por qué justificamos nuestro silencio y nuestra pasividad? ¿Somos realmente tan cobardes? ¿Es que, efectivamente, nuestro "dios" es el "dinero"? Sea lo que sea de estas preguntas agobiantes, lo que no admite duda es que estamos metidos de lleno en una auténtica guerra. Pero no es la guerra contra la pobreza, sino la guerra contra los pobres (Susan George). Y ya se sabe, cuando el enemigo es tan débil, esta guerra vergonzosa y repugnante la tenemos ganada. Este es el ejemplo que vamos a dejar a nuestros herederos. Teología sin censura
El reciente nombramiento del obispo de San Segastián, y la reacción de más de 130 curas de su diócesis, es un hecho paradigmático. En estas ocasiones es cuando mejor se ve cómo funciona la Iglesia: los procedimientos que usa el Vaticano para mantener intacta su estructura piramidal; y las reacciones que tales procedimientos desencadenan.
Lo que interesa es mantener, a toda costa, la mentalidad sumisa. Por eso se nombran los obispos que se nombran: hombres incondicionalmente obedientes a Roma, ya que no pueden hacer de obispos sino "en comunión jerárquica con la cabeza y con los miembros del Colegio" (episcopal) (can. 375). Esto se justifica porque la obediencia se considera indispensable para mantener la unidad. Lo que en realidad se pretende, sin embargo, es asegurar la sumisión, en un régimen que funciona sobre la base de la exaltación del poder papal. De donde resulta inevitablemente que la Iglesia católica funciona como una fabulosa institución represiva. Se reprime el pensamiento mediante los dogmas. Se reprime la libertad mediante la obediencia. Se reprime el amor y las relaciones humanas mediante el celibato, el voto de castidad, la moral sexual, con la eficaz colaboración de los predicadores, los confesores y los directores espirituales. Todo esto no se dice nunca, tal como lo estoy diciendo aquí. Porque una institución represiva, para poder funcionar, tiene que ser evidentemente "una gran máquina de disimular la verdad", a base de proponer siempre cosas sublimes, en lugar de presentar la realidad del deseo más clamoroso que brota de nuestra intimidad profunda (cf. Pierre Legendre).
Ahora bien, todo esto entraña una consecuencia terrible: para que un sistema así, funcione bien, se necesitan gobernantes que, ellos a su vez, sean auténticos esclavos. Porque, como se ha dicho acertadamente, "sólo los esclavos son aptos para la represión". Como se sabe, los atenienses sólo empleaban a esclavos en la policía. Quien practica la represión como oficio tiene que ser él mismo un represor ejemplar. Esta es la causa profunda de que la obediencia ciega y los ejercicios absurdos de instrucción desempeñen un papel tan importante en el ejército y en la policía. De ahí también que, como se sabe, entre los vigilantes más fieles y seguros de los campos de concentradicón nazis estaban los propios prisioneros (cf. Vicente Romano).
Yo entiendo perfectamente el nombramiento del obispo Munilla. Entiendo que ese hombre, no obstante la reacción de la mayoría del clero donostiarra, esté dispuesto a "gobernar" una diócesis en tales condiciones. Y entiendo la reacción de los 131 curas que han firmado el escrito que conocemos. A esos curas se les echa en cara ahora que son todos pro-etarras. Que todos sean así, es una mentira y una calumnia. Sin embargo, lo que dicen en su escrito es impecablemente cierto, a saber: que en el nombramiento del nuevo obispo no se les ha conusltado, ni se ha sondeado tampoco el parecer de los fieles a los que Munilla va a pastorear. Y es que, efectivamente, esta Iglesia funciona como una excelente máquina de ocultar la verdad. Digo esto con pena, con dolor, con temor de escandalizar a algunas personas. Pero creo que, si nos seguimos callando en estos casos, lo único que conseguimos es perpetuar la mentalidad sumisa, no (en modo alguno) manifestar nuestro amor a la Iglesia y al Evangelio que la Iglesia debe presentar y explicar a la gente.
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La religión más antigua del mundo, la religión de Mesopotamia, que duró desde el cuarto milenio, antes de Cristo, hasta bien entrada nuestra era, perduró tanto tiempo porque sus devotos elaboraron sus convicciones religiosas "en perfecta coherencia con su propia manera de ser, de vivir, de ver y de pensar" (Jean Bottéro). Es decir, aquella religión fue un "hecho cultural" perfectamente integrado en su propia cultura. Y tuvo que ser así. De otra manera, no hubiera durado tantos siglos. Cuando cultura y religión se desajustan, la religión es la que sale perdiendo. Empieza por debilitarse, luego se adultera, se corrompe, se enrarece y termina por desaparecer.
A mí me parece que la coherencia y el ajuste entre religión y cultura es una de las razones que mejor explican la pervivencia, la ifluencia y la vitalidad que tienen, en este momento, religiones como el judaísmo y el islam. El judaísmo, porque ha sabido integrar religión y progreso (económico, científico, tecnológico...). Baste recordar la cantidad de premios Nobel que acumula el judaísmo. El islam, porque ha sabido integrar religión y política, de forma que lo uno es indisociable de lo otro, al menos en todos los países en los que el Estado tiene una identidad confesional.
El genio del cristianismo está en que, en su inspiración original, fue un "fenómeno contra-cultural", de forma que el Evangelio y su inspirador genial, Jesús de Nazaret, entró en conflicto con la religión de su pueblo y de su tiempo. Y bien sabemos que allí se produjo un conflicto tan serio, tan grave y tan profundo, que el final resultó trágico. Porque la religión mató a Jesús. Es decir, el genio del cristianismo terminó en tragedia. Así las cosas, cualquiera entiende que la co-existencia de genio y tragedia no podía perdurar por mucho tiempo. Y, como era de esperar, la Religión le pudo al Evangelio. Con lo cual quiero decir que el cristianismo terminó por integrarse en el Imperio. Y así se puso en marcha, lenta, creciente y siempre cuesta arriba, el conflicto entre el "genio" y la "tragedia" del cristianismo. El genio es conocido: la identificación de Jesús con todo lo que en este mundo es sufrimiento, pobreza, humillación y miseria. La tragedia es algo que sabemos, pero en lo que no queremos pensar: me refiero al hecho sobrecogedor de que el Evangelio de los pobres y los últimos se ha "inculturado" en los países que económicamente y políticamente son los más poderosos del mundo. Al menos, hasta ahora.
Entonces, ¿qué queda como presencia visible de la "memoria de Jesús". Es doloroso decirlo: una Iglesia que quiere, a toda costa, entenderse lo mejor posible con el poder de los países poderosos. Con lo que el genio de Jesús y la tragedia de la Iglesia se palpan cada día con más dolor y más evidencia. Y lo que más da que pensar es que mientras la Iglesia no se identifique con la genialidad de Jesús, sino que se empeñe en seguir apareciendo como esplendor y poder, el "genio" y la "tragedia" del cristianismo se harán cada día más incompatibles. ¿No explica esto, en buena medida, la desorientación en que vivimos tantos cristianos de buena fe, que buscamos una respuesta a nuestros anhelos y no la encontramos?
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Ya sé que no tengo que dar explicaciones de si un día escribo o dejo de escribir en el blog. Pero quiero simplemente decir que llego tres días sin entrar en este espacio de encuentro porque he tenido que hacer dos viajes ineludibles que me lo han impedido.
Dicho esto, vamos con el tema de hoy. El Diccionario de la Lengua Española entiende, entre otras cosas, por dogmatismo "la presunción de los que quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas por verdades inconcusas". O sea el dogmatismo es la postura de los que piensan y hablan de tal manera que están firmemente persuadidos de que lo que afirman no admite discusión. Sobre todo porque el dogmático de pura sangre es el que atribuye a sus ideas y aseveraciones un valor absoluto, como si se tratara de verdades reveladas por la divinidad, por el Absoluto, por Dios mismo. Por eso el dogmatismo suele germinar y florecer en ambientes religiosos. Ya que son los creyentes, que se adhieren con más firmeza a sus creencias, quienes otorgan a tales creencias la categoría de verdades indiscutibles.
Como es lógico, el dogmático de pura cepa es, por eso mismo, intolerante. Y es, en consecuencia, una persona con la que se hace muy difícil convivir. El dogmático no dialoga, ni puede dialogar. Lleva siempre la razón. Censura a todo el que no piensa como él. Condena y rechaza a quienes no le dan la razón. Todo lo cual es, no sólo una fuente inagotable de incesantes conflictos, discusiones inútiles, divisiones y enfrentamientos... Porque el dogmático auténtico, lo que en realidad hace es despreciar a todo el que no piensa como él y a todo el que se atreve a decir lo que disiente de lo que él piensa y habla.
Sin duda, en el dogmatismo radica una de las causas más claras y fuertes del desprestigio creciente en el que se van hundiendo las religiones. Porque, entre otras cosas, los "dogmáticos" no se dan cuenta de que nadie en este mundo, absolutamente nadie, puede tener la verdad completa, la verdad total. De ahí que puede (y suele) haber otras personas que ven lo que no ve el dogmático. Y con cuyo pensamiento el dogmático se podría enriquecer. Pero, más que nada, aquí es decisivo dejar claro que, en cualquier caso, siempre tiene que quedar patente que el respeto al otro debe estar siempre por encima de mis verdades, mis ideas o mis seguridades.
La conclusión, que se sigue de lo dicho es clara: Sólo el que no es dogmático puede ir por la vida respetando, aceptando, escuchando y, en definitiva, siendo buena persona. Quienes practican el dogmatismo son siempre gente peligrosa. Gente que, si se radicaliza, puede acabar insultando, ofendiendo, agrediento y hasta matando como el que cumple con un deber sagrado.
Todo el mundo comenta hoy el discurso del presidente Obama al recibir, ayer mismo, el Nobel de la Paz. Resulta paradójico que el presidente del país más violento del mundo, desde hace más de medio siglo, sea premiado con el galardón más importante que se concede a los defensores de la paz. El mismo Obama lo reconoció, de alguna manera. Y justificó su comportamiento, al mantener dos guerras en este momento, echando mano de la teoría de la "guerra justa". Esta teoría, como es sabido, se remonta a los autores cristianos de los primeros siglos (d.C.). En el s. XIII, fue elaborada por Tomás de Aquino; y en el XVI por Fracisco de Vitoria, pero sobre todo por el filósofo holandés Hugo Grotius, en 1625. Recientemente, se han destacado en este asunto los estudios de Hans Kelsen, John Rawls y Michael Walzer. No debemos ignorar que la teoría del bellum justum es, sobre todo, una "doctrina ética", antes que una "doctrina jurídica". Si bien es cierto que la Declaración de los derechos humanos ha orientado todo este problema más al campo del derecho que el de la ética, si bien lo ético sigue siendo determinante en el enjuiciamiento de este enorme problema. En resumen, se puede decir lo siguiente. 1) Los especialistas en el tema establecen dos principios para que una guerra se pueda considerar "justa": a) El "principio de discriminación" según el cual hay que diferenciar claramente los "combatientes" de "lo que no intervienen" en los combates. Pero resulta que este principio valía para las guerras antiguas. En las actuales, si tenemos en cueta los armamentos que se urilizan (bombas, misiles, atentados...), todda la población está iguamente amenazada. Ya no sirve el primer principio. b) El "principio de proporcionalidad" que establece la proporción que debe existir siempre entre los daños que se causan en la gurra (muertes, sufrimientos, daños colaterales...) y los beneficios que se van a conseguir con la guerra. Pero, ¿qué proporción se puede establecer hoy entre los destrozos que causan los nuevos armamentos y las agresiones que pueden provocar una guerra? ¿No hay otros medios (políticos, diplomáticos...) para intentar conseguir lo que se pretende. Por todo esto, como ha dicho G. Pontara, "la doctrina de la guerra justa no sólo es extremadamente problemática, sino también de difícil aplicación práctica". Pero hay más. Porque, en este momento, hay en juego en este asunto dos hechos que nunca se pueden olvidar: 1º) La fabricación y el negocio de armamentos bélicos es uno de los negocios más rentables para los países que se dedican a producir armas de violencia y muerte, para venderlas a los países que luego organizan guerras espantosas. Y sabemos que Estados Unidos es el primero de esos países, que mantiene ese negocio criminal. 2º) Hoy es un componente determinante de las gueras el "factor religioso". Esto ocurrió en la guerra civil española. Y esto viene siendo más claro aún en las guerras contra el fundamentalismo islámico (Irak, Afganistán...). Ahora bien, la religión no se combate a cañonazos. Con eso, lo que se consigue es exacerbar más el fanatismo de los combatientes. Hoy es capital caer en la cuenta de que el fanatismo religioso no se combate con misiles, bombas y armas automáticas. Los fanáticos religiosos quieren inmolarse porque así creen que logran el premio del paraíso en la "otra vida". Esto es capital: cuando en una guerra entra el juego el factor religioso, eso nos tiene que llevar, no a fabricar más armamentos y mandar más soldados a la masacre. El factor religioso no tiene más solución que la educación para la paz, la renovación de nuestras ideas sobre la "esperanza en la otra vida", repensar en que Dios creemos, buscar a toda costa el mutuo entendimiento, la ayuda mutua, revisar las injusticias que se cometen con otros países..... Sólo por este camino será necesario en el futuro buscar nuevos caminos para la paz y el entendimiento entre los pueblos y sobre todo entre las religiones. Sólo la bondad es capaz de desarmar a los fanáticos, a los fundamentalistas, a los intolerantes, a los violentos.Yo sé que esto es utópico. Pero sólo las utopías han demostrado que tienen fuerza para cambiar la historia. Por eso propongo que se acaben los "Nobel de la Paz". Y pongamos en marcha los "Nobel de la Utopía". Teología sin censura
Viernes, 17 de febrero
José Mª Castillo
Isabel Gómez Acebo
Rodrigo del Pozo Fernández
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Teresa Forcades i Vila
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi