El enorme crecimiento del cristianismo no se produjo a partir de Constantino (s. IV), cuando la Iglesia fue aceptada y privilegiada por el poder imperial. El cristianismo se extendió en la sociedad del Imperio, ya en el s. III, precisamente cuando, según los documentados estudios del profesor E. R. Dodds, los cristianos eran "en gran parte (aunque con algunas excepciones) un ejército de desheredados". Esto se debió, sobre todo, a que "el cristianismo estaba abierto a todos y no hacía distinciones sociales: aceptaba al obrero manual, al esclavo, al proscrito y al ex criminal" (Paganos y cristianos en una época de angustia, Madrid 1975, p. 174-175). Precisamente cuando el Imperio padecía los primeros síntomas de su decadencia y su caída, "la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Pero más importante que estos beneficios materiales era el sentimiento de grupo que el cristianismo estaba en condiciones de fomentar" (o. c., p. 178). Epicteo nos descibe "el horible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes". Y es que "debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesaba por nosotros, en este mundo y en el otro" (o. c., p. 179).
A la vista de estos hechos, sólidamente desmotrados, uno tiene la impresión de que ahora, cuando también vivimos en una "época de angustia" y crisis, la aportación mejor, que puede hacer la Iglesia, es comportarse más como "acogedora" que como "castigadora". La Iglesia es acogedora, como siempre lo ha sido. Pero, por favor, que no dé pie para que de ella se diga que discrimina y amenaza a personas o grupos sociales que necesitan más acogida que castigo.
Sábado, 2 de junio
José Mª Castillo
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Religión Digital
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