Raro es el día que no nos llegan desagradables noticias del peligro que entrañan las religiones en este momento. La última de estas noticias, que tiene preocupada a media Europa, es la decisión que ha tomado la mayoría de los cantones suizos (23 en concreto). Según esta noticia, los suizos han decidido que no haya minaretes en las mezquitas, consideradas por el partido de derecha "Unión Democrática de Centro" (UCD) como "una expresión amenazadora del poder del Islam". Mucha gente está asustada porque teme que esta decisión, que se ha tomado en Suiza, provoque reacciones violentas por parte de grupos islamistas radicales. De nuevo, pues, el peligro de las creencias y las prácticas religiosas. Las grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianism, islam) han sido denominadas, no sin motivo, "religiones de confrontación". No pretendo ponerme ahora a recordar historias de violencia que, más o menos, son de sobra conocidas por casi todo el mundo. Hoy sólo quiero fijarme en el contenido exacto de esta noticia. Y el contenido, en definitiva, se reduce a esto: hay gente que tiene miedo a los edificios religiosos. Los europeos les tenemos miedo a las mezquitas, como es de suponer que los musulmanes les tienen miedo a las catedrales. En un caso y en otro, son edificios seguramente bellos desde el punto de vista estético. Pero tan bellos como peligrosos, desde el punto de vista de la intolerancia que, con frecuencia, evocan las creencias y las prácticas religiosas. Por eso, hoy me parece acertado recordar aquel bello y profundo aforismo de la Sabiduría Sufí: "Un día visito una iglesia
otro una mezquita.
Yendo de templo en templo,
no te busco más que a Ti".
Como me acuerdo igualmente de las palabras de Jesús a la samaritana:
"Créme, mujer: se acerca la hora en que no adoraréis culto al Padre ni en este momente ni en Jerusalén... se acerca la hora, o, mejor dicho, ya ha llegado, en que los que dan culto verdadero adorarán al Padre con espíritu y lealtad" (Jn 4, 21-23). Jesús no fundó un templo, ni construyó una capilla, ni reunía a la gente en un lugar sagrado. Jesús rezaba en la soledad del campo y de los montes. Y dijo que los sacerdotes habían convertido el Templo en una "cueva de bandidos" (Mt 21, 13). Es más, en el juicio religioso contra Jesús, teniendo aquellos jueces religiosos tantas cosas como tenían contra él, sólo le echan en cara el ataque directo que jesús le hizo al templo (Mt 26, 59-62 par). De la misma manera que el único motivo de las burlas ante la cruz volvió a ser el tema del templo (Mt 27, 40 par). Sin duda, el tema del Templo es lo que más impresionó en la sociedad judía de Jerusalén cuando mataron a Jesús. Y ahora, al leer la noticia de los minaretes de las mezquitas, al temer represiones y sentir nuestros miedos, caemos en la cuenta de que la religión se convierte en un peligro cuando pone su centro en los edificios y no en los seres humanos. Si lo que nos hemos gastado en templos y mezquitas, en sinagogas y capillas, lo hubiéran empleado las religiones en aliviar el dolor de los que sufren y hacer más digna la vida de las víctimas, es seguro que este mundo sería más habitable.Teología sin censura
En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (II, 11), dice Maquiavelo que Numa Pompilio, "encontrando un pueblo ferocísimo, y queriendo reducirlo a la obediencia civil con artes pacíficas, recurrió a la religión como elemento imprescindible para mantener la vida civil, y la construyó de modo que, por muchos siglos, en ninguna parte había tanto temor de Dios como en aquella república, lo que facilitó cualquier empresa que el senado o los grandes hombres de Roma planearon llevar a cabo". Maquiavelo no fue un teólogo. Ni lo que dice en este texto es ejemplar desde cualquier punto de vista. Con todo, hay en estas palabras de Maquiavelo algo muy serio, que a todos nos tendría que hacer pensar. La religión tiene que servir para unir a los ciudadanos, no para enfrentarlos. Por eso pienso que Maquiavelo tuvo más talento que nuestros obispos. España está fracturada, dividida, enfrentada, entre otras cosas, por causa de la religión. La Iglesia ha sido responsable de muchas fracturas en nuestra historia. ¡Ya está bien! Según la tradición cristiana, a Jesús le preocupaban las creencias de la gente. Pero mil veces más que eso, él quiso sobre todo que supiéramos unirnos. ¿A qué espera la Conferencia Episcopal para programar en serio un proyecto de unión, respeto, tolerancia y ayuda entre todos? Teología sin censura
Leyendo los evangelios con cierta atención, pronto se da uno cuenta de que las tres cosas que más le preocuparon a Jesús fueron: 1) La salud de las personas. 2) La comida de la gente. 3) Las relaciones humanas de todos con todos. La prueba más clara de que éstas fueron las tres preocupaciones fundamentales de Jesús está en el hecho patente de que los evangelios se ocupan constantemente de estos tres temas. Es de lo que más hablan los evangelios. Jesús curaba enfermos, participaba en comidas y hablaba de ese asunto con mucha más frecuencia de lo que nos imaginamos, y se referería constantemente a las relaciones de unos con otros. Y es determinante caer en la cuenta de que los evangelios hablan de estas tres cosas más que de la oración, la religiosidad, el culto.... Es más, cuando Jesús se refiere al Padre del cielo, es para justificar sus tres grandes preocupaciones. ¿Qué signidica esto? Al proceder de esta manera, Jesús nos revelaba cómo es Dios y lo que le gusta a Dios. El Dios que se nos revela en Jesús es el Padre que se preocupa, ante todo, por la salud y el bienestar de todos los seres humanos. Que se preocupa, además, por la alimentación de todos. Y que se interesa, más que nada, por las buenas relaciones de todos con todos. La salud, la alimentación, las buenas relaciones con los demás, son las primeras preocupaciones de todo ser humano. Con lo cual, estoy diciendo que, cuando hablamos de le Ecarnación de Dios, lo que en realidad estamos diciendo es que Dios se ha fundido y confundido con lo humano. De forma que a Dios, lo encontramos humanizándonos, es decir, siendo cada día más humanos, más sensibles a todo lo humano. Y estas tres preocupaciones tendrían que ser las tres preocupaciones de la Iglesia. Queremos y necesitamos una Iglesia más humana, más interesa por lo que preocupa a todos los humanos, sean de la cultura que sean, o de la religión que sea, o de la mentalidad política que cada cual quiera ser. La Iglesia sigue obsesionada con sus dogmas y sus normas, sus poderes y sus ceremonias... Todo eso es bueno, con tal que, mediente esas cosas, la Iglesia nos haga a todos más humanos, más buenas personas, más respetuosos, tolerantes, cercanos al sufrimiento de los demás. Sólo una Iglesia así, tendrá futuro.Teología sin censura
De todo eso hay en la Iglesia, entre los laicos, en el clero, en el episcopado.... Y conste que empiezo por los héroes y los mártires, que la inmensa mayoría pasan por este mundo sin que nadie sepa de ellos, ni los recuerde, ni luego se conserve su memoria y, menos aún, se les levante un monumento o se les dedique una calle en su pueblo. Son sencillamente personas profundamente humanas, que sintonizan con lo más humano que llevamos en la sangre misma de nuestras ideas más queridas. Yo me he encontrado en las montañas de los Andes y en las selvas del Amazonas, en sitios a donde nadie va, religiosas que se pasan la vida entera trabajando en condiciones que yo no podía soportar ni durante una semana. Estas mujeres, y tantos sacerdotes o grupos de voluntarios laicos, son lo mejor de la Iglesia. Y nunca son noticia para nadie. El año pasado, me decía un profesor de nacionalidad congoleña, que enseña en la Universidad de Bruselas, que los servicios sociales en Africa los están sacando adelante los curas, los religiosos y religiosas, que educan a los niños y jóvenes, atienden a los enfermos, cuidan de los ancianos.... Pero casi nada de esto es noticia para nadie.
Las noticias sobre la Iglesia, los curas y los obispos, noticias de portada y en letras grandes, suelen ser de signo muy distinto. Hoy mismo se habla de los 161 millones de Euros que la Iglesia de Irlanda va a pagar por los delitos nefandos que han cometido con niños no pocos curas pederastas que han abusado de criaturas inocentes durante cerca de treinta años. Como también se habla, con letras destacadas de primera página, de las cantidades de dinero que determinados curas católicos les dan a los terroristas hutus, detrayendo esas cantidades del dinero que tendría que ir para sostener a las pobres gentes que se mueren de miseria en los campamentos de refugiados en el Congo.
¿Cómo es posible que la misma Iglesia, que produce tanto heroísmo y tanta generosidad, sea también fuente incesante de tanta canallada y de tanta desvergüenza? Se suele decir que somos humanos. Y que eso es lo que da sí la condición humana. Por supuesto, así es. Pero eso es lo que pasa en todos los países, en todas las culturas y en todas las religiones. Y con decir eso, en realidad no respodemos a la pregunta. Porque el problema está en saber cómo se explica que quienes van por la vida anunciando el Evangelio de Jesucristo, hagan compatible esa forma de vida con las mayores bajezas y hasta los delitos más repugnantes.
Mi convicción es que lo de menos es explicar lo que pasa. Lo que interesa es evitar que siga pasando. ¿Qué hacer para conseguir eso? Por lo menos, una cosa que parece evidente: que en la Iglesia haya transparencia, es decir, que no se oculte a los delincuentes, de forma que los obispos sean los primeros en denunciarlos. El día que Roma les dé a los obispos normas claras y exigentes, sobre este tipo de crímenes, como se las da para los pecados de aborto o de eutanasia, ese día nos vamos a enterar de cosas desagradables. Pero seguramente temabién ese mismo día quizá se empiece a hablar más de las personas que por su fe en Jesús dan la vida. Y se hablará menos de los descerebrados que son capaces de abusar de personas inocentes sin piedad y sin vergüenza.Teología sin censura
El cardenal Rouco se ha quejado de la escasez creciente de sacerdotes para atender las parroquias. Y es verdad. Cada año hay más parroquias sin párroco. Y cada año los párrocos tienen más años. Hace tiempo, un jesuita francés me dijo que él era párroco de 40 parroquias en una diócesis de Francia. ¿Cómo puede un cura atender a 40 pueblos? Y sobre todo, ¿tiene derecho la autoridad eclesiástica para organzar las cosas de forma que los fieles cristianos se vean privados de la predicación, la catequesis y los sacramentos?
Se dirá que eso no depende de la autoridad eclesiástica, sino de la falta de fe y de generosidad de los jóvenes actuales, que se dejan seducir por intereses mundanos, en lugar de estar atentos a la llamada del Señor.
Esa respuesta pone de manifiesto una lamentale ignorancia de cosas que se deberían conocer. En la Iglesia de los diez primeros siglos, la vocación para ejercer el ministerio pastoral en la Iglesia se entendía de una manera muy distinta a como se entiende ahora. En la actualidad, la vocación se entiende como la llamada de Dios, para atender a una comunidad de cristianos. Durante los primeros mil años de la vida de la Iglesia, la vocación se entendía como la llamada de la comunidad, que elegía de entre sus miembros al que consideraba más idóneo para educar en la fe a un grupo de cristianos. Esta manera de entender la vocación estaba tan clara entre los cristianos, que la la condición indispensable, para que el obispo admitiera a un candidato a la ordenación para ejercer el ministerio, era no que el dujeto se ofreciera diciendo que Dios le llamaba, sino que se resistiera a ser ordenado, porque se consideraba indigno y sin cualidades para un servicio tan exigente. Esto estaba tan claro y era tan normal en aquellos siglos, que, como está muy bien documentado, en enquellos tiempos se hablaba de las ordenaciones "invitus" y "coactus". Es decir, lo normal era la ordenación de los que "no querían y se resistían". Esos eran los que daban garantías de que Dios los quería para ejercer el ministerio pastoral. Los testimonios, en este sentido, son interminables: santos como Cipriano, Gregorio Nacianceno, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Agustín, Greorio Magno, etc. Además, así lo decretaban los sínodos y los concilios, los cánones y los decretos de la jerarquía. Esta documentaión equedó recogida en el Decreto de Graciano, en el s. XI (c. 9, q. 1 C. VIII, col. 592): "El gobierno: de la misma manera que se ha de negar a los que lo desean, debe ofrecerse a los que huyen de él" (cf. Y. Congar: Rev.Sc.Ph.Th. 50 (1966) 169-197). La Iglesia estaba convencida de que su peor enemigo eran los "trepas", los que buscan subir y alcanzar puestos, cargos, dignidades...., por más que ellos aseguren que desean todo eso "para servir a la Iglesia". Es mentira. Lo que desean, los que desean subir, es subir y ser importantes. Así de sencillo, así de claro y así de duro.
En la Iglesia faltan curas porque las autoridades de la Iglesia han puesto unas condiciones que no permiten otra cosa. Tenemos lo que la Iglesia ha optado que tengamos. En la Iglesia no tienen por qué faltar sacerdotes. El día que se enferma, se va o se muere un cura, que la comunidad parroquial se reuna, que vea el que mejor puede hacerlo, que lo presente al obispo. No importa que esté casado o que sea soletaro. Puede ser un hombre o una mujer. Y luego, que lo preparen durante el tiempo que neccesite para aprender lo que necesita. Y nada más. No tiene que ser un teólogo. Tiene que ser un hombre honrado, evangélico, valorado como creyente por quienes lo conocen bien. Y que la comunidad, si es necesario, lo obligue a aceptar. Que viva de su trabajo, de su profesión... La Iglesia necesitaría mucho menos dinero para pagar a los curas. Que en cada parroquia haya un grupo de colabordores y co-responsables de la marcha de la paqrroquia. Y no habría problema en nada de eso. Y lo que digo de las parroquias, que se aplique lo mismo a las diócesis. Cuando el obispo se jubile, que la comunidad diocesana elija al sucesor. Y que los obispos de las diócesis vecinas lo ordenen de obispo. Como se hizo en la Iglesia durante dies siglos. Se acabarían los ascensos, las prebendas, la mayoría de los gastos. Y la Iglesia sería asunto de todos y no sólo del clero. ¿Principio de unión? La fe, el Espíritu del Señor, la forma de vida que brota del Evangelio. Y se acabó el el sacerdocio como carrera. Y el obispado como premio o como tentación para llegar a ser importante. Todo eso no tiene nada que ver con el Espíritu de Jesucristo. Teología sin censura
El domingo que viene, día 29, es el primer domingo de Adviento. Empieza un nuevo año litúrgico, en el que las lecturas de la eucaristía serán las que corresponden al Ciclio C.
Para los evangelios de este año (como ya lo hice el año pasado), he publicado un libro que se titula La Religión de Jesús. Comentario al evangelio diario, ciclo C (2009 - 2010), Editorial Desclée.
Un libro en formato bolsillo, de 495 pgs. Cada día presenta el evangelio de la misa y un comentario breve, en tres puntos. Es una lectura breve, que ayuda a comprender el texto evangélico. Y puede servir para la oración personal o para la explicación del texto. El precio no llega a 10 ?. Teología sin censura
Hay gente que se queja de lo autotitarios y mandones que son muchos obispos. Y son bastantes los ciudadanos que se sienten mal ante la imagen pública que ven en los prelados, con sus atuendos solemnes y hasta extravagantes, que no pueden disimular ese aire de superioridad, majestad, solemnidad, que ciertamente ne se remedia con el lenguaje dulzón y acaramelado, que algunos monseñores utilizan. Dan la impresión de que les gusta aparecer como notables, personajes importantes, distinguidos y, en todo caso, nada sencillos, humanos y cercanos. Puede ocurrir que todo esto sea mera apariencia. Pero el hecho es que así son vistos la mayoría de los obispos.
Esto viene de lejos. En cuanto apareció en la Iglesia el episcopado monárquico (en cada diócesis un obispo), se empezó a hablar de los obispos de tal forma que se tiene la impresión de que los sucesores de los Apóstoles no se pusieron los últimos, como mandó Jesús, sino los primeros., como hacen los señores de este mundo. Es más, parece que no tuvieron bastante con colocarse los primeros. Pretendieron subir más. Y se inventaron - o toleraron - un lenguaje y unas ideas que jamás se debieron permitir entre los seguidores de Jesucristo.
No me invento nada. Ya en los primeros años del s. III, se publicó en Siria un documento, de carácter litúrgico y canónico, que tuvo una enorme influencia en Oriente y que se extendió también por Occidente. Este documento, que era un largo tratado de ritos y normas litúrgicas, se conoce como la Didaskalía. Las Constituciones Apostólicas lo copiaron casi al pie de la letra. Y en la Alta Edad Media, se difundió en las Galias a través de los Statuta Ecclesiae Antiqua. Pues bien en este escrito se exalta la figura del obispo hasta tal punto que de él se dice: "El primer sacerdote y levita para vosotros es el obispo; él es el que os imparte la palabra y es vuestro mediador...; él reina en lugar de Dios y ha de ser venerado como Dios, porque el obispo os preside en representación de Dios" (Did. 26, 4). Y más adelante: "Estimad al obispo como la boca de Dios" (Did. 28, 9). Más aún: "Amad al obispo como padre, temedlo como rey, honradlo como Dios" (Did. 34, 5). En estas normas litúrgicas, se advierte, más que una "sacralización" del obispo, un auténtico "endiosamiento". Por eso, nada tiene de extraño que la Didaskalía llegue a establecer: "Juzga, obispo, con potestad como Dios".
A Dios se le puede ofender de muchas maneras: negándo su existencia, blasfemando contra Él, desobedeciéndole.... Pero no sé si es peor que todo esto pretender ponerse en el lugar de Dios. Es lo que hacen los hombres que, con tanta tranquilidad como seguridad, se atreven a decir: "Esto es lo que quiere Dios"... "Ésta es la voluntad de Dios".... "Esto es lo que dice Dios". Tales cosas se afirman como lo más natural del mundo. Y sin embargo, ¿No es eso "endiosarse"? Si se encierra como un demente al que asegura que él es como Napoleón, ¿no es más peligroso ir por la vida afirmando: "yo soy la voz de Dios", de forma que "lo que yo quiero es lo que quiere Dios"? Y lo más grave de todo es que estas cosas se dicen, se oyen y se hacen como "lo que tiene que ser". Así, se ofende al Ser Divino y se humilla a los seres humanos. Triste papel en la vida.Teología sin censura
Los Apóstoles y los ministros del Evangelio, a los que Jesús jamás designó como "sacerdotes" ni la Iglesia primitiva los tuvo como tales, empezaron a ser reconocidos con ese título a partir de comienzos del s. III. Así, en la Tradición Apostólica de Hipólito y en Tertuliano, que empezaron a llamar "sacerdotes" a los obispos. Unos años más tarde, Cipriano de Cartago aplica ya el título de "sacerdos" a los presbíteros (Epist. 40). Desde entonces, quienes utilizaban este título en la Iglesia, se constituyeron en una categoría superior. Por eso, desde el s. III, se empezó a hablar en la Iglesia los ministros de la comunidad como los que reciben la "ordenación" y son los "ordenados". Porque recibían el "orden".
Estos títulos no están en el N.T. Los dirigentes de las comunidades cristianas se los aplicaron tomándolos de las instituciones del Imperio. En la sociedad romana había tres "órdines": el de los senadores ("ordo senatorum"), el de los caballeros ("ordo equitum") y el de la plebe o pueblo llano ("ordo plebeius") (Pauly-Wissowa, vol. 18/1). En la práctica, el "orden" se aplica a las dos primeras categorías porque eran los notables, los distinguidos que estaban sobre la plebe. Tertuliano dice que esta división de categorías y dignidades fue un invento de los curas. Pero unos años después, Cipriano ya afirma que se trata de una división "de derecho divino" (Epist. 33, 1).
Así empezó la más peligrosa perversión de la Iglesia. Jesús les había dicho a sus Apóstoles que tenían que ser como chiquillos (Mc 33-37; Mt 19, 13-15), hacerse "esclavos" de los demás (Mc 10, 42-45) y ponerse los últimos (Lc 22, 24-30). Sin embargo, la voluntad de Jesús se cumplió durante dos siglos, no más. Desde el s. III, los "ordenados" se situaron en un rango superior. De forma que sus prerrogativas son, desde entonces, el "honor", la "dignidad" y la "potestad", como se atestigua insistentemente ya en el apistolario de Cipriano de Cartago.
Cuando Jesús insistió tanto en que "los primeros" tenían que ser y situarse "los últimos", no estaba hablando simplemente de "humildad". Jesús se refería sobre todo al "poder". El poder "sagrado" es, en las tradiciones religiosas, el poder "supremo". De ahí que, en Roma, el título de "Sumo Pontífice" lo utilizaba el emperador, una costumbre que duró hasta Teodosio el Grande, a finales del s. IV. Pero los títulos de "Rey" y "Sacerdote" fueron utilizados por los emperadores hasta Carlo Magno.
El hecho es que los respresentantes de Jesús se erigieron en poderosos de este mundo. Con un poder que llega hasta la intimidad de las conciencias. Así, los hombres de la religión le hemos quitado la fuerza al Evangelio. Ni el mundo se cambia con poderes, ni a los humanos se les hace mejores dominándolos. Ni el Vaticano ni sus teólogos entienden esto. De los que están abajo, de la gente sencilla y normal, de los pobres y las víctimas, de esas gentes vendrá el cambio y el futuro que anhelamos. Hay curas humildes, por supuesto. Pero insisto en que el problema no es asunto de "espiritualidad", sino de "estructura". La Iglesia no es una institución de "sumisos", sino una comunidad de "iguales", en la que los primeros se ponen los últimos.Teología sin censura
En todas las grandes religiones de la humanidad, la tensión entre sacerdotes y profetas ha sido una constante. Así lo dice y lo demuestra el más importante sociólogo de la religión, Max Weber. Y añade que es "una cuestión de poder", además "condicionada por la situación política". Esto es exactamente lo que le pasó a Jesús. Él se puso de parte de la vida y en contra del sufrimiento y de la muerte, de forma que a eso le dio más importancia que a las ceremonias del Templo y a las observancias de la Ley religiosa. Cosa que no soportaron los sacerdotes. Por eso, porque Jesús daba vida y todo el mundo se iba con él, por eso los sacerdotes lo condenaron a muerte (Jn 11, 47-53). Y no pararon hasta que lo vieron colgado, como un maldito entre malditos. Y se rieron de él, lo humillaron y se mofaron de su fracaso. Aquello fue, en los inicios del cristianismo, la primera vez que ganaron los sacerdotes: derrotaron a Jesús hasta verlo hundido y fracasado. Por eso, siempre que en los evangelios se menciona a los sumos sacerdotes es para presentarlos como agentes de sufrimiento y muerte (A. Vanhoye).
Así las cosas, se comprende que los seguidores de Jesús no pusieron en marcha un "movimiento sacerdotal", sino un "movimiento profético". Los sacerdotes se basan en una "institución" (el Templo y todo lo que eso conlleva) y en un "cargo" (que se basa en su "consagración"). Los profetas son "carismáticos". Y el carisma "es el don de ejercer autoridad, sin basarse en instituciones o funciones previas" (G. Theissen). Por eso los profetas adoptan una "conducta desviada" y "entran en conflicto con las intituciones".
Esto explica que, mientras las religiones de la antigüedad tenían una nomenclatura consagrada para designar a sus cuadros de mando, el cristianismo primitivo designó a sus ministros con nombres tomados, no de la religión, sino de realidades profanas y laicas, que nada tenían que ver con las religiones: "siervos" ("esclavos), "diáconos" (camareros), "presbíteros" (los que presidían ciertas instituciones civiles), "obispos" (los "inspectores" o "prefectos civiles"), "presidentes" ("pristámenoi"), "directores" ("egoúmenoi"). La Iglesia naciente excluyó el lenguaje sagrado. El mismo nombre que adoptó aquel movimiento original, "ekklesía", era el nombre de la asamblea democrática de los ciudadanos libres, reunidos para tomar sus decisiones. Todo esto ha sido bien estudiado y se trata de conclusiones seguras (J. Dupont, A. Lemaire, H. F. von Kampenhuasen, G. Hasenhüttl).
Así estuvieron las cosas hasta el siglo III. La Iglesia primitiva, la más cercana a Jesús, nacio de un derrotado por los sacerdotes. Pero ella prescindió de los sacerdotes, de sus templos, sus altares y sus ceremonias sagradas. Los cristianos celebraban la eucaristía. Pero lo hacían como una cena de hermanos y amigos. De esto hablaremos más adelante. Pero con el paso del tiempo, a medida que los cristianos se hicieron más numerosos y se integraron en la sociedad del Imperio, el movimiento original y profético de Jesús, fue evolucionando hacia una institución estructurada en la que los ministros de las comunidades fueron adquiriendo una posición cada vez más privilegiada, con más poder, hasta acabar por ser vistos como "hombres consagrados". Así se produjo la segunda victoria de los sacerdotes. Vencieron al desoncertante Jesús y desviaron su proyecto: el centro dejó de ser la lucha por la vida y contra el sufrimiento. Y en lugar de eso, se impuso la Religión, con sus dogmas y sus leyes, sus poderes y sus amenazas. Pero todo esto necesita ser analizado más despacio. Lo haremos. De momento, queda en pie que "los curas vecen dos veces". ¿Qué futuro nos espera?Teología sin censura
Jesús no fue sacerdote. Es verdad que en la carta a los Hebreos se le aplica este título a Cristo varias veces. Otro día explicaré lo que pretende enseñar la carta a los Hebreos cuando designa a Cristo como sacerdote. Desde ahora debo adelantar que la doctrina de Hebreos sobre el sacerdocio no se refiere a lo que son actualmente los sacerdotes en la Iglesia. Pero de esto hablaremos más adelante.
Si exceptuamos la carta a los Hebreos, en ningún escrito del N. T. se designa a Jesús como sacerdote. Además, es importante recordar que Jesús, durante su vida pública, suscitó muchas cuestiones: "¿Quién es éste", se preguntaba la gente, los discípulos, los maestros de la Ley. ¿Quién decís vosotros que soy yo", les pregunta el mismo Jesús a los Doce. La respuesta fue siempre la misma: Jesús era un profeta. Lo decía la gente (Mc 6, 15; 8, 27-28; Lc 7, 39, etc). Y lo afirmaba el propio Jesús (Mc 6, 4; Lc 13, 33). Era, pues, común el convencimiento de que Jesús fue un Profeta. Sin embargo, en los evangelios jamás se dice que Jesús fuera el Sacerdote esperado, igual que era esperado el Mesías. Esta doble expectativa (del "profeta" y del "sacerdote") está atestiguada en los documentos de Qumran (1 QS IX 10-11) al igual que en los Testamentos de los XII Patriarcas, escritos que se conocían en Israel en tiempo de Jesús. Pero tan cierto como eso es que Jesús respondió a las esperanzas del "profeta" deseado y esperado. Mientras que de ninguna manera respondió al deseo del "sacerdote" que vendría a restaurar el sacerdocio decadente de aquel tiempo en Israel.
Además, ni Jesús era de familia sacerdotal. Ni jamás actuó como sacerdote. Ni estaba vinculado al personal que servía en el Templo. Ni él fundó un templo aparte, un santuario, un lugar de culto. Ni organizó ceremoniales o ritos religiosos para la gente que le seguía. Ni instruyó a sus discípulos en alguna liturgia original y nueva. Decididamente, el proyecto de Jesús no fue un proyecto sacerdotal, asociado al Templo, al altar, al culto litúrgico. El proyecto de Jesús fue un proyecto profético. Y en el Evangelio queda patente, una vez más, la antigua y tradicional tensión entre el "sacerdote" y el "profeta". En días sucesivos iremos analizado las consecuencias que todo esto entraña.Teología sin censura
Para comprender lo que la Iglesia naciente pensaba sobre el sacerdocio, es importante empezar por Juan Bautista, que tuvo la misión de "preparar los caminos del Señor" (Mc 1, 3; Is 40, 3). El padre de Juan fue el sacerdote Zacarías (Lc 1, 5-23). Y su madre, Isabel, era de la familia de Aarón (Lc 1, 5), la más ilustre de las familias sacerdotales de Israel. Puesto que el sacerdocio judío era hereditario, lo lógico es que Juan, heredero de una familia sacerdotal por los cuatro costados, hubiera sido él también sacerdote, dedicado al culto religioso del Templo. Sin embargo, Juan no se fue al templo a formarse como sacerdote, sino que se fue al desierto (Lc 1, 80). Parece lógico pensar que el Evangelio cuenta esto con una intención: los caminos del Señor no se preparan desde el sacerdocio y las ceremonias del Templo, sino desde la vida profética de un hombre del desierto. De hecho, esto es lo que sucedió allí.
Pero hay más. El evangelio de Lucas empieza relatando dos apariciones de ángeles, que anuncian dos nacimientos prodigiosos: la aparición al sacerdote Zacarías en el Templo (Lc 1, 8-27); y la aparición a una joven en Nazaret, una aldea de Galilea (Lc 1, 26-38). El hombre consagrado del Templo no creyó el anuncio del ángel (Lc 1, 20) y por eso se quedó mudo (Lc 1, 20). Por el contrario, la mujer sencilla del pueblo creyó, como atestigua Isabel (Lc 1, 45) y enseguida habló en el precioso himno del Magníficat (Lc 1, 46 ss). Sea lo que sea de la historicidad de estos datos, lo que importa es la lección religiosa que plantea el evangelio de Lucas: cuando Jesús viene a este mundo, el sacerdocio enmudece y no tiene ya nada que decir, mientras que la mujer sencilla del pueblo sin importancia pronuncia el proyecto subversivo de la "misericordia" del Señor: "desbaratar los planes de los arrogantes, derribar del trono a los poderosos, encumbrar a los humildes, colmar de bienes a los hambrientos y despedir a los ricos con las manos vacías" (Lc 1, 50-53).
Jesús entró en la historia humana de forma tan desconcertante como subversiva. La salvación, que nos trae Jesús, no viene de los hombre consagrados del Templo, sino de la mujer "humillada como una esclava" (Lc 1, 48) y perdida en el pueblo desconocido, un pueblo (Nazaret) del que, a juicio de los primeros discípulos de Jesús, "nada bueno podía salir" (Jn 1, 46). El Evangelio es más sorprendente de lo que imaginamos. Si lo entendemos, nos descoloca a todos.Teología sin censura
El papa Benedicto XVI ha convocado un "Año Sacerdotal", para promover la santificación de los sacerdotes. Esta convocatoria se ha hecho con motivo del 150 aniversario del nacimiento del Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos. Y se celebra desde la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de 2009 (19 de junio) hasta la misma fiesta en 2010 (11 de Junio). Estamos pues casi a la mitad del año que, por deseo del papa, la Iglesia católica quiere dedicar al cuidado y a la mejor fomación posible de los sacerdotes.
Por supuesto, las preocupaciones de Benedicto XVI por los sacerdotes católicos son perfectamente comprensibles. El papa tiene motivos para estar preocupado por la situación que atraviesa el clero. La creciente escasez de vocaciones sacerdotales y los escándalos, a que han dado motivo tantos curas y tantos religiosos, justifican de sobra las preocupaciones del Pontífice en este orden de cosas.
Pero, si es que sinceramente queremos ir a la raiz de las cosas, la pregunta que hay que afrontar, en este año dedicado al sacerdocio en la Iglesia es si el problema del clero se va a resolver promoviendo la santificación de los sacerdotes o si la cuestión que tenemos que resolver no es mucho más radical: realmente, ¿Jesucristo quiere que haya sacerdotes en la Iglesia? La pregunta es enteramente lógica. Porque ni en los evangelios ni en todo el Nuevo Testamento se dice en lugar alguno que Jesús instituyera un sacerdocio o que en las iglesias que fundaron los apóstoles hubiera "sacerdotes". En la Iglesia se empezó a hablar de "sacerdotes" en el siglo III. ¿Qué quiere decir esto? ¿Es que ni Jesús, ni los Apóstoles, ni los primeros cristianos cayeron en la cuenta de la importancia del sacerdocio? ¿O es que se trata de una cuestión meramente semántica, es decir, que en aquel tiempo se les llamaba a los sacerdotes con otros nombres?
De este asunto tan serio y de tan serias consecuencias, hablaremos en los próximos días. Pero ya advierto una cosa que me parece fundamental. No se trata de atacar a la Iglesia o a su estructura jerárquica. Se trata de repensar si lo que está más de acuerdo con las intenciones y la voluntad de Jesús el Señor es que la estructura de la Iglesia sea la estructura sacerdotal y clerical, que tenemos, o si lo más coherente con el Evangelio de Jesucristo es otra forma de organización de la Iglesia. Hasta el s. III, la Iglesia funcionón de otra manera. ¿Por qué no vamos a tener la libertad y la audacia de pensar en serio si no tendríamos que volver a los orígenes del Cristianismo? Ésta es la cuestión.Teología sin censura
Mucha gente se pregunta por qué los obispos hablan con tanta dureza cuando se trata de los temas relacionados con el sexo, mientras que, por el contrario, cuando se plantean problemas relacionados con la justicia no dicen nada; o se limitan a hacer afirmaciones genéricas con las que todo el mundo está de acuerdo, por ejemplo, exhortar a los ricos y poderosos a que sean más caritativos. En cualquier caso, es evidente que a las mujeres que abortan (y a quienes colaboran con eso) les cae encima la "excomunión" y hasta se les acusa de "herejes", cosa que nunca se les dice a los gobernantes y magnates del gran capital, que son directamente responsables de que cada 24 horas se mueran de hambre 35.000 niños. Los obispos, que se echanron a la calle para manifestarse contra el matrimonio de los homoexuales, no han dicho ni pío contra los políticos y patronos corruptos que han acarreado o acentuado la crisis económica que padecemos. ¿Por qué esta doble vara de medir?
Por supuesto, todo el mundo entiende que defender la vida de un ser humano no nacido es una cosa ejemplar: se defiende al inocente, al indefenso, al más débil. Lo cual da una imagen de ejemplaridad ética. Por el contrario, decirle al presidente de Estados Unidos que estará excomulgado y será un hereje mientras en ese país se siga practicando la pena de muerte, se siga contaminando la atmósfera como actualmente se hace o la industria americana siga fabricando y vendiendo armamentos de guerra y muerte a medio mundo, eso le traerá (sin duda alguna) muchos problemas al obispo o al papa que se atreviera a decirlo o hacerlo. Condenar el aborto o las indecencias sexuales no le complica la vida a ningún clérigo. Denunciar (con nombres y apellidos) a los responables (por acción u omisión) del sufrimiento de los más débiles, eso crea muchos problemas.
Por otra parte, según dices los psicoanalistas o los más agudos pensadores, es un hecho que dominar el sexo de la gente da poder, mientras que enfrentarse a los potentados corruptos quita poder. Esto ya es, por sí solo, un buena explicación de la "doble vara de medir" que he mencionado antes.
Además, la historia nos enseña que debe ser cierto lo que acabo de apuntar. Mucho antes de que Jesucristo viniera al mundo, allá por s. V (a.C.), los griegos ya decían que "el cuerpo es la prisión del alma", una idea que Pitágoras había aprendido de los chamanes del Norte, desde los países escandinavos hasta el Pacífico. De donde se llegó a dedcucir la conclusión que, según la certera fórmula del profesor (clásico en estos estudios, E. R. Dodds), "la pureza, más bien que la justicia, se ha convertido en el medio cardinal de la salvación". Y nuestros obispos, que quieren salvarnos a toda costa, han tomado (según parece) la firme resolución de acabar con todas las impurezas, aunque eso se haga a costa de dejar las injusticias campar a sus anchas.Teología sin censura
Parece casi un misterio que esta Iglesia, concretamente su Jerarquía, que lleva tantos siglos mandando, prohibiendo, amenazando, castigando, incurrieno en contradicciones inexplicables, a veces ocultando la verdad, en otros casos mintiendo o diciendo lo que le conviene, etc, etc, parece mentira - digo - que a estas alturas y con la que está cayendo, el papa y los obispos sigan teniendo la presencia social qude tienen y se impongan ante mucha gente con la eficacia con que se imponen. Se dice ahora que la gran mayoría de los ciudadanos no les hace caso a los obispos. Y que a casi todo el mundo le importa un bledo lo que diga el papa o el prelado de turno.
Todo esto es lo que se dice. Pero yo me sospecho que todo eso no es así. No sé lo que pasa en otros países, por ejemplo en los más avanzados de Europa central. En todo caso, lo que es indudable es que, en España o Italia, en Portugal, Irlanda o el Reino Unido, los discursos y las decisiones del papa y los obispos siguen teniendo una resonancia notable. Más aún, si un cura cualquiera le niega la comunión o el bautizo a una persona o una familia, tenemos noticia de relevancia y luego los interminables comentarios a favor o en contra. Y es que, nos guste o no nos guste, la Iglesia sigue teniendo presencia, influencia y eficacia. Con la Iglesia cuentan los políticos y los que quieren influir en la sociedad, los ricos y los pobres, los de derechos y los de izquierdas. ¿Qué tiene la Iglesia para seguir ejerciendo la influencia que ejerce, a pesar de tantos despropósitos e incluso disparates?
La respuesta está en el poder sobre las conciencias. Porque hay mucha gente (más de la que imaginamos) que necesita la sumisión. El sometimiento al poder que da seguridad es una misteriosa necesidad que muchas personas sienten. Lo que es cieto hasta el extremo de que, como bien se ha dicho "el deseo de sumisión" llega a ser tan determinante que "la obra maestra del poder consiste en hacerse amar" (Pierre Legendre). Este mecanismo es lo que explica cómo es posible que precisamente suele suceder que los papas más integristas y autoritarios son los más amados, los más aplaudidos, los que tienen sus seguidores más entusiastas y apasionados. Como ocurrió con Histler en la Alemania nazi o con Franco en la España embelesada por el Caudillo que la sometió durante 40 años. Además, no olvidemos que la gente que tiene más dinero suele ser la gente más apasionada a favor de la Religión, de lo que manda el papa o prohíbe el obispo. ¿No será que la sumisión religiosa de los más acaudalados es la "moneda de cambio" con la que pretenen asegurarse la felicidad de la "otra" vida, puesto que la de "ésta" la tienen ya garantizada?
Mons. Martínez Camino ha dicho que aprobar la ley del aborto es una "herejía" y lleva consigo la "excomunión". Como es lógico, los periodistas y "tertulianos" de diversas cadenas de radio y TV se han ocupado de este asunto y comentan la gravedad de las palabras que ha utilizado el obispo Martínez Camino. Pero ocurre que los periodistas no son teólogos. Y tienen el peligro de utilizar sin la debida precisión las palabras que ha dicho el obispo. Por eso me ha parecido que podrá ayudar, a quienes entran en este blog, saber algo más preciso sobre los términos tan fuertes y severos que ha utilizado el portavoz de la Conferencia Episcopal.
El Código de Derecho Canónico dice que "se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma" (can. 751). Por tanto, la herejía no es un acto de "desobediencia" a una decisión del papa o del obispo. Ni coniste en la "insumisión" a las orientaciones o preceptos morales que impone la jerarquía eclesiástica. La herejía es algo mucho más grave. No se refiere a la "obediencia a los obispos", sino a la aceptación de la "fe divina y católica", es decir, lo que Dios nos ha revelado y la Iglesia lo propone como tal. Esto exactamente es lo que dijo (a. 1870) el concilio Vaticano I (Denzinger-Hünermann, nº 3011). Por tanto, el aborto podría ser motivo de herejía sólo si se considera como una verdad de fe divina y católica. Es verdad que Dios prohíbe matar. Pero no sólo a los no nacidos, sino a todo ser humano. Sin embargo, la Iglesia no amenaza con la herejía a quienes admiten la pena de muerte. Y, durante siglos, los clérigos enseñaron que matar a herejes, infieles, homosexuales y otras gentes rechazadas por la religión, eso no era pecado, sino un deber. Así las cosas, un católico tiene que estar en contra de la muerte. Pero de la muerte de todo ser humano. Y aquí habría que aclarar dos cosas: 1) a partir de qué momento un embrión empieza a ser un "ser humano", un asunto sobre el que no hay un consenso ni en la comunidad científica, ni en la comunidad creyente. 2) por qué los obispos son tan exigentes en el tema del aborto y no lo son en otras agresiones mortales a la vida humana, como es el caso de la guerra o de la pena de muerte. Por lo demás, no olvidemos que el problema que se plantea no es que el Parlamento vaya a imponer la obligación de abortar, sino que va a regular las cosas de manera que las mujeres que consideren que pueden o deben interrumpir su embarazo, lo hagan en condiones humanas y sanitarias menos peligrosas e inhumanas. Y siempre dentro de los márgenes que permitan las leyes, que el Parlamento dicta para todos los ciudadanos, creyentes y no creyentes.
La excomunión es la privación de la comunión sacramental y de la participación en cualquier ceremonia de culto sagrado, así como desempeñar oficios o cargos eclesiásticos (can. 1331). Por tanto, es un castigo que se refiere directamente a la Eucaristía y, por eso, a la vida cultual de la Iglesia en todas sus manifestaciones. Aquí es conveniente recordar que, según cuentan los evangelios, Jesús no excluyó jamás nadie de su mesa. Ni siquiera excluyó a Judas en la Cena en que instituyó la Eucaristía. Es más, sabemos que a Jesús se le acusaba de que precisamente solía compartir sus comidas con pecadores y gentes de mala fama (Lc 15, 1 ss), lo que era motivo de escándalo para los observantes de entonces. Pasado el tiempo, se introdujo la costumbre de prohibír la comunión a los pecadores "escandalosos". Esta práctica se mantuvo hasta finales del s. VII. Pero, si el problema estaba en los pecados "escandalosos", eso quiere decir que eran hechos "públicos" y "notorios". No hay datos que demuestren con seguridad que la "vida privada" de los cristianos fuera motivo de exclusión de la Eucariatía. Como es lógico, la interrupción del embarazo, si se practica en los comienzos de la gestación, parece que se sitúa en el ámbito de la privacidad de la persona.
En cualquier caso, yo me limito a exponer el sentido de los térimnos teológicos. Soy teólogo y no quiero hablar sino de lo que puedo entender. En este asunto tan complejo, hay que escuchar sobre todo a los entendidos en biología, medicina, derecho y otros saberes que inciden en el problema. Yo me limito a exponer mi punto de vista, en lo que puedo entender sobre el tema. Respeto los puntos de vista de los demás.Teología sin censura
Según los evangelios, especialmente el de Lucas, Jesús no dudó en elogiar a los samaritanos (Lc 10, 30-35; 17, 11-19). Esto llama la atención. Porque los samaritanos no iban nunca al Templo de Jerusalén, ni creían en los Sacerdotes y el culto que celebraban los judíos. En la parábola del buen samaritano, los funcionarios del Templo hacen la vista gorda ante el sufrimiento y la injusticia, mientras que el samaritano es el que arrima el hombro y cuida del desgraciado. Y cuando Jesús curó a diez leprosos, resulta que el único que volvió a dar las gracias a Jesús fue precisamente un samaritano, en contraste con los nueve judíos, que se fueron al Templo a cumplir con sus deberes religiosos ante los Sacerdotes.
¿Por qué el Evangelio se pone de parte de los que no acudían al Templo ni hacían caso de los Sacerdotes? ¿Es que a Jesús no le importaba la Religión? ¿Se puede decir que el Evangelio es anticlerical? Según los presenta el Evangelio, los samaritanos son para nosotros un enigma. Porque el Evangelio propone como ejemplo precisamente a los que no se someten a la Religión "oficial". Pero el enigma de los samaritanos deja de serlo cuando caemos en la cuenta de que la fiel observancia de la religión oficial tiene un peligro: la observancia religiosa tranquiliza la conciencia y le hace pensar al observante que él es, precisamente por su observancia, una buena persona. Sin embargo, el criterio del Evangelio es muy distinto: para Jesús, lo único "sagrado", que hay en este mundo, es el ser humano. No es lo mismo lo "sagrado" que lo "consagrado. Consagrado es un templo, un altar, un objeto litúrgico, un sacerdote. Pero al Dios, que se nos revela en Jesús, no le interesa lo "consagrado", sino sencillamente lo "sagrado": la dignidad del ser humano, su vida, su felicidad. Por eso el enigma de los samaritanos deja de serlo cuando comprendemos que ellos, como no creían en lo "consagrado" (el Templo y los Sacerdotes), no tenían más que lo "sagrado" para verse como buenas personas que hacen lo que hay que hacer en la vida: portarse bien con los demás. Porque no hay más camino que ése para encontrar a Dios. La gente e queja muchas veces de las religiones, sus ceremonias y sus funcionarios. Y no le falta razón. Porque las religiones tienen el peligro de engañar, desviando la atención de lo que Dios quiere a otras coasas, que, con aparienci de santidad consagrada, no pasan de ser un gasto de dinero y de tiempo, en detrimento de lo más urgente: hacer esta vida más soportable. Hay personas a las que les gusta la religión. Y merecen un respeto. Pero que tales personas tengan cuidado de las posibles trampas que esconden las conductas religiosas.Teología sin censura
La caída del muro de Berlín, que hoy celebramos, es también la celebración del hundimiento del comunismo. Con tal motivo celebramos el triunfo de la libertad. Así quedó patente que, en la cultura actual, no se soporta la represión de los regímenes dictatoriales. Hoy es evidente que, para todos los ciudadanos de nuestro mundo, es insostenible un sistema - sea el que sea - que pretende gobernar mediante el mayor control posible sobre el pensaimiento y las decisiones de los individuos. La gente ya no aguanta los poderes absolutos, por más que esos poderes intenten justificar el dominio sobre las personas echando mano de los más altos y sublimes argumentos. El comunismo quiso imponer la igualdad reduciendo o incluso anulando la libertad. Eso no funiconó. Porque sabido es que en los países comunistas no había ni igualdad ni libertad. Una situación así era insoportable. Por eso se hundió.
La caída del muro de Berlín es el símbolo del triunfo de capitalismo. El sistema que afirma defender la libertad, por más que eso lleve consigo un escandaloso y brutal aumento de la desigualdad económica, social.... O sea, el comunismo defendía la igualdad a costa de la libertad. Por el contrario, el capitalismo defiende la libertad a costa de la igualdad. Así, hoy nos enorgullecemos de nuestras libertades, pero nos avergonzamos de las brutales desigualdades, que se agrandan de día en día.
La primera leccion que sacamos de esto es clara: igualdad y libertad son realidades dialécticas. Si se opta por una es a costa de la otra. En la economía de mercado en que vivimos, las cosas no puden funcionar de otra manera. Es un hecho demostrado hasta la saciedad.
¿Se puede remediar o, al menos corregir, esta dieléctica mediante motivaciones éticas, sociales o religiosas?. Hasta ahora, nada de eso no ha servido para mucho. Porque ahora nos damos cuenta de la segunda lección que tenemos a la vista: la fuerza de atracción del poder y el bienestar es mayor que la fuerza de los movimientos sociales y religiosos. Porque tales movimientos están organizados en forma de instituciones condicionadas, ellas también, por los intereses del poder y las ofertas del bienestar.
¿Tiene esto alguna solución? La experiencia también nos enseña que sólo aquellas personas o grupos que se sienten motivados por una mística (religiosa o laica) que es capaz de superar las gratificaciones que ofrece la atracción por el poder y el bienestar, sólo ellos pueden representar, en este momento, una luz y un motivo de esperanza. Es evidente, además, que los místicos de esa esperanza no van a nacer ni crecer en las instituciones sociales y religiosas que actualmente tenemos. Ni las religiones ni los sindicatos producen "místicos ". Más bien, educan "funcionarios ", quizá ejemplares. Pero nunca los funcionarios dieron un giro nuevo a la historia.
La conclusión es clara: necesitamos con urgencia profetas y místicos. Si no llegan pronto, nos espera el caos. El cambio climático, la corrupción de los poderosos y las energías de la tierra no dan para más.Teología sin censura
El papa y muchos obispos están preocupados porque las legislaciones laicas de los modernos Estados no-confesionales quieren quitar los signos religiosos de las escuelas. Es comprensible. A fin de cuentas, el papa y los obispos son los responsables oficiales de la Iglesia. Y el crucifijo es, para muchos cristianos, la imagen que en la actualidad representa e identifica a los cristianos. Por eso, a mí me parece bien que, en las escuelas a las que asisten solamente alumnos cristianos, haya un crucifijo presidiendo el aula. El problema se plantea en las escuelas públicas a las que pueden acudir estudiantes, no sólo cristianos, sino de otras creencias también. Siendo esto así, si es que queremos ser coherentes y respetuosos con las creencias de todos, en una escuela cuyos responsables optan por las imágenes religiosas como símbolo que preside el aula, habría que poner en la pared un crucifijo, una estrella de David, una media luna, un Buda, un Confucio y tantas otras imágenes que representan a tantas otras confesiones que tendrían que estar allí presentes, ya que puede haber alumnos judíos, musulmanes, budistas, confionistas, taotistas, etc, etc, además de cristianos. Por eso, a mí me parece que lo mejor sería no dar tanta importancia a una imagen. Y dar más importancia a la educación que allí reciben los alumnos. Todos tenemos el peligro de que el árbol tape el bosque. Quiero decir, ponemos en la pared un crucifijo y eso nos deja tranquilos y satisfechos. Pero, ¿qué ideas y qué criterios aprenden allí los alumnos? ¿Las ideas y los criterios que representa Jesús colgado en la cruz? ¿O las ideas y los criterios por los que se colgó a Cristo en la cruz? Ahí está el problema.
El 24 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar A. Romero fue asesinado en la capilla del hospital de enfermos terminales (donde vivía), mientras celebraba la eucaristía. El día que lo mataron era lunes. El domingo, día 24, en la homilía que pronunció en la catedral, cuando las masacres del ejército salvadoreño se ensañaban con el pueblo, Mons. Romero dijo: "En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno! en nombre de Dios: ¡Cese la represión!". Al decir esto, por defender la vida de los más pobres, Mons. Romero firnmó su sentencia de muerte. Al día liguiente, lunes, cuando el arzobispo estaba en el ofertorio de la misa, un coche se detuvo ante la puerta abierta de la capilla del hospitalito. Y del coche salió un disparo que dio justamente en el corazón del prelado.
Han tenido que pasar casi 30 años para que un presidente del Gobierno de El Salvador haga justicia y diga en público, al mundo entero, quién fue el responsable de aquel asesinato. Fue el Gobierno de extrema derecha, del partido ARENA, que, desde entonces hasta el año pasado, ha mandado en aquel país, el que ordenó la ejecución de un buen sacerdote, de un excelente obispo, que tuvo la libertad y la audacia de ponerse de parte de quienes más sufren, para defender su vida.
Lo que sucedió en vida de Mons. Romero fue un dolor. Lo que ha venido después ha sido una vergüenza. El sucesor de Romero, Mons. Rivera y Damas, puso en marcha la causa de beatificación del arzobispo mártir. Pero Rivera murió poco después a causa de un infarto. Le sucedió Mons. Fernando Sáenz Lacalle, hasta entonces capellán general del ejército salvadoreño. Poco después, la causa de beatificación empezó a tener dificultades. Y las sigue teniendo hasta el día de hoy. Se sabe que en Roma el cardel López Trujillo (ya fallecido) ha sido un activo militante contra la beatificación y canonización de Romero. Roma ha puesto siempre el reparo de que Mons. Romero "se metió en política". Lo sorprendente es que este reparo venga del Vaticano, cuyo gobernante supremo, el Romano Pontífice, ha visitado tantos y tantos países, no sólo como Pastor Supremo de la Iglesia, sino además como Jefe de Estado. Pero hay más. Yo he sido profesor de la Universidad UCA, en San Salvador, durante más de 15 años. Y he podido conocer muy de cerca a quienes vivieron junto a Romero sus últimos años. Uno de los colaboradores más cercanos de Romero me contó que un día el arzobispo se desahogó con él y le pidió un favor increíble. Romero tenía motivos muy serios para sospechar que la embajada de Estados Unidos en San Salvador interfería su correspondencia con el Papa. Lo que más preocupaba a Romero era una carta, en la que el arzobispo comunicaba al Papa un "asunto extremadamente grave". La carta había llegado al despacho del Papa (Juan Pablo II). Esto se sabe con seguridad porque, por medio del P. Arrupe, se tenía la certeza de que el P. Dezza (luego cardenal y ya difunto) dejó la carta sobre la mesa del despacho del Pontífice. Pues bien, el hecho es que, poco después, una fotocopia de esa carta estaba en la Embajada de Estados Unidos en San Salvador. Quien me contó este hecho tenía prueba documental de lo sucedido. Sin duda, alguien, my vinculado a Juan Pablo II, estaba igualmente vinculado a los manejos de la CIA en el Caribe de los años 80. Eran los tiempos de la adminsitración Reagan, cuando, según las investigaciones (conocidas en todo el mundo) de Carl Berstein y Marco Politi (publicadas en el libro Su Santidad, Planeta, 1996), queda patente hasta qué punto Ronald Reagan convirtió en secreto al Vaticano en su principal aliado y, de forma encubierta, enviaba a William Casey, director de la CIA, a entrevistarse regularmente con el Papa.
Me da mucha pena pensar que en Roma las cosas funcionen de manera que Juan Pablo II esté ya próximo a su beatificación, por su ejempalridad evangélica (lo que me parece bien), mientras que el arzobispo Romero esté aún lejos de ese reconocimiento oficial de la Iglesia , por sus implicaciones políticas. ¿No da todo esto mucho que pensar? En cualquier caso, la gente sencilla y los pueblos de aquel continente ya han canonizado a Mons. Romero. Para ellos es San Romero de América. Lo mejor que puede hacer el Vaticano es respetar la fe de aquel pueblo. Mons. Romero no necesita solemnidades en la Plaza de San Pedro de Roma. Tiene bastante con la fe sencilla de los más sencillos de este mundo.
Si algo está poniendo en evidencia la crisis económica es que el dinero interesa más que las personas, importa más que las personas y se privilegia más que a las personas. Esto, dicho así, representa una brutalidad de tales dimensiones, que por eso no se suele plantear de esta forma tan cruda y descarada. Por eso, para maquillar semejante barbarie, se inventó el principio inviolable de la propiedad privada. El principio que justifica al propietario del dinero para acumularlo, para tenerlo a buen seguro, y para defenderlo haciendo lo que sea necesario con el fin de retener lo que le pertenece, por más que haya gente necesitada que se muere de hambre. Las asombrosas desigualdades económicas y sociales, que vemos a diario y por todas partes, demuestran que esto es así.
Lo peor del caso es que este estado de cosas está amparado por las leyes. Leyes que vienen de lejos, de muchos siglos atrás. Y que han marcado la mentalidad de nuestra cultura hasta el extremo de que casi todo el mundo ve, como lo más natural, que haya individuos tan ricos que ni saben lo que tienen, al tiempo que ahora mismo hay más de mil millones de criaturas humanas que se mueren de hambre. Vamos a decirlo con sinceridad y sin medias tintas: de hecho y tal como funciona la economía mundial, esta mentalidad, que ve la propiedad privada como un principio inviolable, es una mentalidad criminal, aunque, por supuesto, quienes tenemos semejante manera de pensar nos consioderamos personas honradas.
Nosotros no hemos sido los inventores de esta mentalidad. La cosa viene de lejos. Dicen que fue el año 451 a.C. cuando se redactó una colección de normas, conocida como las XII Tablas. Lo que interesaba, en estas normas, eran las reglas que gobernaban la propiedad individual y su defensa a toda costa. Por ejemplo, estas leyes disponían que cuando el propietario de una casa capturase a un ladrón en el mismo acto del robo, si el ladrón se resistía al arresto, podía matarlo sin mayor consecuencia (P. E. Stein). Con el paso del tiempo, esta ley (y la mentalidad que a ella subyace) se desarrolló de forma que los juristas se ocuparon prefrentemente del Derecho privado y prestaron escasa atención a los asuntos públicos. Este criterio ha marcado la cultura de Occidente más de lo que imaginamos. De ahí que, como bien demostró Bernhard Windscheid, el Derecho que ha configurado a Europa es altamente individualista. En él se alentó la libertad contractual sin ningún miramiento hacia la desigualdad de las partes contractuales. Los juristas dieron la máxima protección a la propiedad privada y redujeron al mínimo la responsabilidad de los hombres de negocios por los perjuicios que causaban a otros en el curso de sus operaciones. Esta la tesis que defiende Windscheid en su Pandektenrecht (1862-1870).
La consecuencia ha sido fatal: el Derecho privado de propiedad ha prevalecido sobre el Derecho fundamental a la igualdad en dignidad y derechos entre todos los seres humanos. Hoy hay personas y movimientos ciudadanos que trabajan por el logro de una mayor igualdad. Pero la tarea es difícil y larga. Porque viene de siglos atrás la idea de la desigualdad como algo esencial entre los humanos. En 1878, el papa León XIII, en su encíclica Quod Apostolici, afirmaba que "la desigualdad en drecho y en poderes dimana del mismo Autor de la naturaleza". Por eso el papa se lamentaba de quienes van propalando que "todos los hombres son por naturaleza iguales" (ASS, 1878, p, 372). Este criterio sigue introyectado hasta tal punto en la mayoría de la gente, que eso explica por qué las legislaciones actuales de los modernos Estados permiten las desigualdades más agresivas en materia de economía. Y por qué los ciudadanos ven eso como algo irremediable, incluso necesario. Así hemos llegado a la espantosa situación en la que ya nadie tendría que dudar que, en la práctica diaria de la vida, asegurar la propiedad del dinero importa más que la dignidad y la vida de las personas.
Saramago, motivado por su ateísmo militante, ha querido hacer de Caín una víctima del "dios" más vengativo y cruel que se puede imaginar. No discuto el valor litearario del libro de Saramago. Y respeto sus ideas, como pienso que él respeta las de los demás. Pero nada de eso es lo que aquí me interesa. Sólo quiero aclarar lo que representan Caín y Abel. El relato de la Biblia (Gén 4, 1-16) utiliza materiales que provienen de mitos muy antiguos (G. von Rad). Según este relato, Caín fue agricultor, mientras que Abel era pastor. Es decir, Caín representa la cultura de los pueblos instalados y (en ese sentido) sedentarios, en tanto que Abel representa la cultura de los pueblos nómadas que peregrinan con sus rebaños. En la antigüedad esto era frecuente. En la actualidad, Caín representaría la cultura de los instalados y sedentarios. Abel nos remite a las gentes que se ven obligados a emigrar, los desinstalados y trashumantes. Esto supuesto, es importante recordar que Víctor Maag, siguiendo a M. Buber, ha destacado la diferencia entre la vieja religión de los nómadas y la religión nacional de los instalados en un territorio. Cada una de estas religiones tienen sus "dioses". La religión de los nómadas es religión de promesa. El nómada no vive inserto en el ciclo de la siembra y la cosecha, sino en el mundo de la migración. Este Dios de los nómadas guía y protege a sus fieles, a diferencia de los "dioses" vinculaos a un lugar, a un templo, a un culto, a un sistema.
El relato del Génesis dice que Dios aceptó el culto religioso de Abel y rechazó el de Caín (Gén 4, 5). Lo que originó el odio, la violencia y la muerte. Queda así indicada la relación entre religión y violencia. La violencia entre culturas y religiones. La violencia de los instalados frente a los nómadas. Isarel fue un pueblo de nómadas del desierto. Hasta que se instaló en Canaán, la tierra prometida. Una historia marcada por la violencia y la muerte. Una historia que tiene una palpitante actualidad en este momento. No hay que hacer muchos esfuerzos de imaginación para pensar que hoy Caín sigue asesinando a Abel: los pueblos instalados no soportan a las gentes que tienen que emigrar, sin tierra ni nacionalidad que les identifique. El Dios de los templos y sus cultos solemnes no sporta a los "dioses" menores de los nómadas sin patria y sin papeles. La violencia no viene de Dios. La violencia es producto de la cultura (W. Sofsky). Y lo que importa y urge es que creamos en un Dios de paz, respeto y tolerancia, que sea una auténtica rèplica a la violencia que se asocia a la cultura.Teología sin censura
El enorme crecimiento del cristianismo no se produjo a partir de Constantino (s. IV), cuando la Iglesia fue aceptada y privilegiada por el poder imperial. El cristianismo se extendió en la sociedad del Imperio, ya en el s. III, precisamente cuando, según los documentados estudios del profesor E. R. Dodds, los cristianos eran "en gran parte (aunque con algunas excepciones) un ejército de desheredados". Esto se debió, sobre todo, a que "el cristianismo estaba abierto a todos y no hacía distinciones sociales: aceptaba al obrero manual, al esclavo, al proscrito y al ex criminal" (Paganos y cristianos en una época de angustia, Madrid 1975, p. 174-175). Precisamente cuando el Imperio padecía los primeros síntomas de su decadencia y su caída, "la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Pero más importante que estos beneficios materiales era el sentimiento de grupo que el cristianismo estaba en condiciones de fomentar" (o. c., p. 178). Epicteo nos descibe "el horible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes". Y es que "debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesaba por nosotros, en este mundo y en el otro" (o. c., p. 179).
A la vista de estos hechos, sólidamente desmotrados, uno tiene la impresión de que ahora, cuando también vivimos en una "época de angustia" y crisis, la aportación mejor, que puede hacer la Iglesia, es comportarse más como "acogedora" que como "castigadora". La Iglesia es acogedora, como siempre lo ha sido. Pero, por favor, que no dé pie para que de ella se diga que discrimina y amenaza a personas o grupos sociales que necesitan más acogida que castigo.
No existe ninguna definición de fe sobre la existencia del infierno. Lo que la Iglesia ha definido, como doctrina de fe, es que, si alguien muere en pecado mortal, se condena. Pero no está definido que alguien haya muerto en pecado mortal. En el concilio Vaticano II, un obispo pidió que, en el capítulo final de la Constitución sobre la Iglesia, al tratar de la otra vida, se dijera que hay personas en el infierno. Pero la Comisión Redactora del texto final se negó a poner eso. Por tanto no es doctrina de fe que hay difundos en el infierno.
Pero, ¿puede haberlos? ¿es posible el infierno? El infierno es un castigo. Y además un castigo eterno. Por tanto, es un castigo que no tiene una finalidad para otra cosa, sino que es fin en sí mismo. Es decir, no tiene más finalidad (para los que van allí, si es que existe) que hacer sufrir a los condenados. Ahora bien, un castigo no puede ser un fin en sí mismo. Un castigo siempre es un medio. Para mejorar la conducta del que se porta mal. O para evitar que haga daño a otros. Pero es evidente que un Padre bueno no puede crear y mantener, por toda la aternidad (o sea, sin fin) un castigo que no tiene más finalidad que hacer sufrir. Si Dios es un Padre infinitamente bueno, no puede haber hecho un infierno que sólo sirve para castigar y hacer sufrir. Dios no puede ser contradictorio en sí mismo.
Hay gente que asocia "la santidad" más con "lo divino" que con "lo humano". O también que relaciona "lo santo" más con "lo sagrado" que con "lo profano". Es comprensible que ocurra esto. Porque, a fin de cuentas, los santos se relacionan más con el cielo que con la tierra. Y más con lo sagrado de un templo que con lo profano de una calle.... Por eso, hoy día de todos los santos, vendrá bien recordar que el la liturgia de la Iglesia nos recuerda sabiamente el evangelio de las "Bienaventuranzas". Pero, si leemos atentamente este evangelio, una cosa que llama la atención es que Jesús no habla ahí de prácticas religiosas, normas sagradas o ceremonias de piedad y devoción. Por supuesto, las prácticas, las normas y las ceremonias son importantes. Pero lo son en tanto en cuanto nos hacen más humanos, más buenas personas, más honrados. Por eso hoy, en la festividad de todos los santos, la Iglesia nos recuerda el ejemplo y la vida de todas las buenas personas, que han pasado por la vida, haciendo el bien, contagiando paz, esperanza, alegría, felicidad. Y aliviando penas y sufrimientos. Tales personas, la mayor parte de ellas enteramente desconocidas, ésos son los santos cuya memoria hoy celebra la Iglesia. Como se ha dicho tan acertadamente, las víctimas de este mundo, los vencidos y fracasados, ésos son los protagonistas de la Historia. En tales personas, que son legión, están los santos que hoy veneramos.
Viernes, 17 de febrero
José Mª Castillo
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
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Religión Digital
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Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya