Don Miguel de Unamuno, en el prólogo a la segunda edición de la "Vida de Don Quijote y Sancho", cuando habla de "El sepulcro de Don Quijote", dice esto: "¿No te parece que en vez de buscar el sepulcro de Don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques, deberíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperan allí, dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada"? La pregunta de Unamuno es hiriente y duele. Pero hay problemas de fondo, las preguntas que tocan el fondo de uno mismo, que nos inquietan, nos producen inconfesables miedos y seguramente nos causan desazón. Es desagradable andar enredado en estas cosas. Pero seguramente es sano. Y, en todo caso, lo más insano de la vida es despreciar estas cuestiones, como cosas que no nos conciernen. Es lo más insano porque eso pone en evidencia una falsa seguridad sobre la cuestión última y decisiva. Una cuestión ante la que no cabe seguridad alguna. Ni la seguridad del creyente. Ni la del ateo. Mi convicción es que, ante semejante cuestión, sólo cabe el anhelo de la búsqueda.
Sábado, 2 de junio
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