Una de las muchas cosas buenas, que las religiones ofrecen a sus creyentes, es la esperanza de trascender el tiempo. Para el "hombre religioso", que se aferra a sus creencias, la muerte no es el "final", sino el "paso" a otra forma de existencia, que, al estar fuera del tiempo, más allá del tiempo, no es ya una existencia "temporal", sino "eterna". Pero no sólo "eterna", sino sobre todo indeciblemente "feliz". Sin duda alguna, las dos grandes religiones, que más han desarrollado esta forma de esperanza, la esperanza en la "felicidad sin fin", han sido el cristianismo y el islam. El cristianismo con sus enseñanzas sobre la resurrección y el cielo (1 Cor 15; Mc 2, 18-27; Mt 22, 23-33; Lc 20, 27-40). El islam con sus insistentes explicaciones sobre el paraíso que entraña una alegría inimaginable (Sura 32, 17), en jardines que proporcionan todas las satisfacciones (Sura 2, 82; 3, 15; 4, 13. 122-124....).
Seguramente no imginamos la paz y la alegría gratificante, que estas promesas de felicidad sin límites, proporcionan a millones de creyentes, que así se sieten reforzados en sus códigos de moralidad y en la fortaleza necesaria para superar las dificultades de esta vida. La experiencia de muchas personas que, motivadas así, superan situaciones inimaginables, es elocuente.
Pero nada de esto es capaz de suprimir o aminorar la fuerza con que los motales nos aferramos, no sólo a nuestras creencias, sino mucho más que a nuestras creencias y esperanzas, al tiempo que pasa, que corre, que se nos va. El "tempus fugit", de Virgilio, es una evidencia aplastante: "el tiempo vuela". Este sentimiento es el que está en la base de los festejos y celebraciones, que en casi todo el mundo, se organizan en la noche del 31 de Diciembre al 1 de Enero. Es como una especie de necesidad compulsiva de "fuga hacia delate", con sus originalidades y sus excesos, con los cuales mucha gente pretende olvidar que las sombras del tiempo pasan sin que nada ni nadie pueda detenerlas.
Y más allá (o más en el fondo) de esta fuerza que nos atrae y nos ata al tiempo, está el hecho de que la "esperanza" de trascender el tiempo puede convertirse (diabólicamente) en un peligro aterrador. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que hombres que esperan, después de la muerte, cielos y paraísos de felicidad infinita, si son hombres fanáticos en sus creencias, tales hombres pueden convertirse en una amenaza que nada ni nadie puede detener. Los cruzados medievales y los talibanes de hoy en día (que no son ni compartables en tantas cosas) son la prueba más clara de lo que estoy diciendo. Cuando en el s. XII, san Bernardo exhortaba a los "milites templi" a matar al infiel sarraceno, sin duda estaba motivado por una esperanza que le cegaba para ver la realidad "histórica", que, en aras de una esperanza "meta-histórica", le llevaba a proponer la muerte para alcanzar la vida. Y algo semejante hay que decir de los actuales terroristas que se auto-inmolan, es decir, que se matan matando. Porque así esperan alcanzar una felicidad sin fin.
La esperanza religiosa es una de las creencias que más nos puden motivar para dar sentido a la vida. Y para reforzar nuestras mejores convicciones éticas. El peligro, en este caso (como en tantos otros) está en degradar la sublimidad del martirio en la degradación del crimen.
Por lo demás, nunca deberíamos olvidar que el acto religioso, "químicamente puro", no existe. Lo mismo a los cruzados medievales que a los talibanes de hoy les movieron y les mueven motivos de orden político, económico, nacionalista... que poco o nada tienen que ver con la religión. De ahí la importancia decisiva de que nuestras creencias religiosas siempre estén orientadas a contagiar felicidad, paz, tolerancia, comprensión y prosperidad para todos. Teología sin censura
El cardenal de Madrid, Antonio M. Rouco, dijo en una misa en el centro de la capital y ante cientos de miles de personas, que el futuro de Europa está ligado al futuro de la familia, es decir, que el futuro de de Europa depende del futuro de la institución familiar. Por supuesto, esta afirmación del cardenal Rouco, a mi manera de ver, merece ser tomada muy en serio. Porque está demostrado por la experiencia que cuando, en una sociedad, la estabilidad de la institución familiar se deshace, por eso mismo el tejido social se descompone. Y cuando el tejido social, en un país, en un pueblo, en una cultura, se desintegra, las consecuencias son imprevisibles. Por ejemplo, una sociedad rota, de esa manera, es una sociedad en la que inevitablemente se desencadenan formas de violencia que no imaginamos: violencia de de los hombres contra las mujeres; y de éstas contra los hombres. Y, lo que es más preocupante, la violencia contra los hijos, contra los niños, en todas las formas imaginables. Por eso, creo que el cardenal Rouco ha hecho bien en recordar la importancia de la estanilidad de la familia para asegurar así la estabilidad de la soxiedad en Europa. Es un tema capital y en el que nos jugamos mucho.
Pero me sospecho que la propuesta de Rouco apunta a algo más concreto. No se trata, en esta propuesta, de asegurar la estabilidad de la familia, sino de un modelo de familia. Se trata del modelo de familia tradicional: "un hombre y una mujer que se unen indisolublemente para tener todos los hijos que Dios les mande". Lo cual quiere decir que los divorciados, las madres solteras, los padres solteros, los homosexuales, las parejas de hecho y, por supuesto, los padres y madres que deciden tener sólo un hijo o, a lo sumo dos, todas esas personas (que son la inmensa mayoría de los ciudadanos de la Unión Europea) le están haciendo un daño irreparable al futuro de Europa. Esto es lo que se deduce, en sana lógica, del discurso del cardenal Rouco. Por lo tanto, a juico de Rouco, Europa irá bien el día que las familias tengan todos los hijos que puedan. Y el día en que los divorciados, solteros/as con hijos, los homosexuales... sean excluidos, en la medida de lo posible, de la vida social, de las instituciones y de la construción de Europa.
Pero, ¿es esto realmente posible? ¿es esto lo que más le conviene a Europa en los tiempos que vivimos? Por ejemplo, si las familias han de tener todos los hijos "que Dios les mande", es seguro que habrá habrá muchas familias que media docena (o más) de hijos. Como es lógico, esto tendría una serie de consecuencias: las viviendas tendrían que ser más grandes, las mujeres no podrían tener un trabajo o ejercer una profesión, ya que tendrían que estar en casa criando a los hijos, la fuente de ingresos en la cada casa sería sólo el hombre, con lo que la desigualdad (de hecho) entre hombres y mujeres se perpetuaría, y así sucesivamente. Es el modelo de familia que defiende, a capa y espada, el Movimiento Neocatecumenal, uno de los grupos más integristas y fundamentalistas que hay en la Iglesia en este momento. Con lo cual, lo que estoy diciendo es que la propuesta de Rouco consiste en que el futuro de Europa está vinculado al proyecto de Quico Argüeyo. Se trata, pues, de una propuesta tan seria como sorprendente. Es desuponer que el Papa sabe todo esto y está de acuerdo con ello. Y uno se pregunta: ¿es posible que imaginar que el el portavoz de la voluntad de Dios para estos tiempos sea el señor Argüeyo?
Teología sin censura
La víspera de Navidad falleció, en Nimega (Holanda), uno de los teólogos más grandes que produjo el s. XX. Tenía 95 años. Y era dominco. Quienes visitan este blog se manejan en Internet y no les será difícil encontrar un buen resumen biográfico de este hombre genial y de su enorme y valiosa producción teológica. Por eso, al recordar a este teólogo que "se atrevió a pensar" por sí mismo, quiero limitarme a indicar lo que nos viene a decir, en este momento, cuando nos deja este gran maestro, uno de los pensadores más serios y fecundos del siglos pasado.
Lo primero, lo más claro, es que la muerte de Schillebeeckx indica el final inminente de la generación de grandes teólogos que brillaron, con luz propia, en el s. XX. La generación de aquellos hombres geniales que fueron capaces de dar una orientación nueva al Cristianismo y a la Iglesia, los pensadores más fecundos que ha tenido la tradición cristiana después del s. XVI. Hablo de H. Urs von Balthasar, Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer, Rudolf Bultmann, M. D. Chenu, Yves Congar, Henri de Lubac, Karl Rahner, Paul Tillich y el propio E. Schillebeeckx. Se puede decir que de ellos, aún nos quedan hombres eminentes como, entre otros, el caso de Hans Küng o J. B. Metz. Pero es claro que éstos (al menos, por ahora) ya son los últimos testigos de una generación que se acaba. Porque es claro que, detrás de esos nombres, ya no vienen otros de la misma talla, con parecida creatividad y con la misma libertad para pensar por sí mismos.
Esto quiere decir que la teología se ha empobrecido. Precisamente cuando el mundo está cambiando más de prisa, cuando se nos plantean preguntas nuevas que no imaginábamos, cuando necesitamos hombres libres, que sean capaces de pensar, desde situaciones que no sospechábamos, el tema de Dios y de la Religión, el significado de Cristo, el papel de la Iglesia, las respuestas que exige la ética mundial..., ahora precisamente se van apagando las luces, nos vamos quedando sin las nuevas soluciones para los nuevos problemas; y nos vemos en la penosa situación de quienes tienen que soportar la palabrería clerical de antaño, los tópicos de sacristía de toda la vida, para dar respuesta a quienes buscan (quizá sin saberlo) caminos nuevos para salir de la parálisis mental y valorativa en que nos hemos atascado.
¿Qué nos está pasando? ¿Por qué añoramos la libertad y la creatividad de hombres que se han muerto de viejos, al tiempo que nos produce tanto rechazo la petulancia autosuficiente de chicos jóvenes, de muchachos que aún están madurando, y van por la vida diciendo que ellos no tienen nada que aprender de quienes, en los pasados años 60, fueron capaces de darle un giro nuevo a la Iglesia y a la historia del cristianismo?
Es verdad que, en los años que siguieron al Vaticano II, hubo mucha gente desconcertada, gente que no supo (o no pudo) asumir los cambios a los que se tuvieron que enfrentar. Es verdad también que Pablo VI fue, a veces duvitativo, quizá tuvo miedos inconfesables, cosa que se traslucía en algunas de sus decisiones. Pero lo más claro que muchos vemos ahora es que el largo pontificado de Juan Pablo II ha sido decisivo para frenar los cambios más importantes del Concilio. Y, sobbre todo, hoy vemos con claridad que el proyecto de aquel Papa fue asumir y monopolizar, él solo, el pensamiento y la orientación que tiene que llevar la Iglesia en estos tiempos. Al decir esto, recuerdo lo que Y. Congar escribía en su Diario, cuando decía, refiriéndose a Pío XII, que aquel Papa había desarrollado hasta la obsesión el convencimiento de que el papel de los teólogos se reduce a comentar y argumentar lo que el Papa de turno dice en cada documento y cada vez que habla en público. Pero, entonces, lo que pasa es que el Papa se identifica con la Iglesia entera y pretende que él, y sólo él, posee la verdad de la fe y la respuesta para todos los problemas. ¿Qué decir de un hombre que llega a pensar así?
Por lo demás, cuando se nos va uno de estos grandes hombres, como es el caso de Schillebeeckx, resulta inevitable recordar que corren malos tiempos para el pensamiento, para la libertad y la creatividad en los ambientes intelectuales. No es ningún disparate afirmar que el "intelectual puro" es una figura que se va extinguiendo. Basta visitar cualquier librería. Por todas partes, novelas, relatos, historias... Pero cada día menos libros de pensamiento con entidad y peso. El ensayo, la investigación literaria, humanista, histórica, filosófica... están atravesando una crisis muy preocupante y muy grave. Hay toda una generación (o quizá más) que ya no lee. Internet, y la ténica barata del "cortar" y "pegar" ha suplantado a la creatividad intelectual. ¿Qué futuro nos espera por este camino, cuando vivimos asustados por el crecimiento de una tecnología que vive costeada y al servicio de los intereses de las empresas multinacionales? Es la gran pregunta que se me plantea al evocar la imagen gigantesca del Profesor Edward Schillebeeckx.
Teología sin censura
Lo que quiero explicar hoy tiene mucho que ver con la Navidad, la fiesta del consumo. Y sabemos que el consumo0 actual está basado, no sólo en la economía, sino además en la tecnología: lo que compramos y consumimos, si no tuviéramos la tecnología que tenemos, sería sencillamente impensable e imposible. Por eso, en estos días, además de ángeles y pastores, de Belén y Nazaret, hay que hablar de economía y de tecnología.
Se entiende por hombre "no-económico" a los seres humanos que existieron hasta unos cinco mil años antes de Cristo. Los hombres de aquellos tiempos eran cazadores-recolectores, que vivían de lo que la naturaleza producía espontámeamente. Entre otras cosas, los hombres de aquellos tiempos necesitaban, para la supervivencia, la "movilidad". No tenían más remedio que ir de un lado para otro, en busca del alimento que necesitaban para sobrevivir. Consecuencia: aquellos hombres vivían del "desprecio de las cosas": ningún apego a los objetos, ni les interesaba para nada la riqueza. Todo lo que para nosotros es "riqueza", para los cazadores nómadas era "estorbo", una carga insoportable. Esta situación se mantuvo durante miles de años. Hasta unoa cuatro mil años antes de Cristo.
En el III milenio (a.C.) se inicia el gran cambio. Aparecen los primeros signos de la "Civilización", que nació a causa de las primeras técnicas: sistemas de regadío, asentamientos urbanos. Esto empezó a ocurrir en Oriente Próximo, concretamente en Mesopotamia. Y fue entonces cuando aparecieron una serie de fenómenos, procesos culturales e instituciones que (de una forma u otra) han perdurado hasta nuestros días. Lo más llamativo que aparece, con la llamada civilización, son las desigualdades económicas, las jerarquías verticales, el poder de unos hom bres sobre otros, las dominaciones despóticas, las religiones.
De lo dicho se sigue una consecuencia patética: el proceso que surge de la civilización prueba que la evolución tecnológica y la evolución social pueden "disociarse". Y, de hecho, se discociaron, avanazando en sentido inverso: la evolución tecmológica como progreso; la evolución social como degradación (María Daraki). Hasta que hemos llegado a la peligrosa cumbre en que ahora estamos inestablemente instalados. Porque, cuando hemos alcanzado el mayor progreso tecnológico, hemnos hundido a este mundo en la pero degradación social. Y lo más grave del asunto es que a esto ya no se le ve solución. Porque no podemos detener el crecimiento tecnológico. Pero hacemos eso a sabiendas que con ello ahondaremos más y más las desigualdades sociales.
Se ha dicho, seguramente con todo acierto, que el Próximo Oriente antiguo fue el teatro de dos acontecimientos excepcionales: la Revolución Tecnológica antigua y el nacimiento del Monoteísmo. Estos dos mega-acontecimientos están unidos entre sí. El segundo tendría que haber sido la réplica al primero. Pero no lo ha sido. Porque el hecho es que el "hombre-económico" y sus tecnologías han sido más fuertes que la Religión monoteísta. Al menos, hasta este momento. Seguiremos hablando de esto.
Teología sin censura
"La mirada apocalíptica busca las huellas de Dios en el rostro de las personas que sufren, para así mantener su clamor en la memoria y ponerle plazo a su tiempo".
Estas palabras del gran teólogo, que sigue siendo Juan Bautista Metz, me sirven de texto programático para desearos una NAVIDAD EVANGÉLICA, que es lo mismo que decir una NAVIDAD FELIZ.
Y, de paso - para quienes no lo conozcáis - me permito deciros que recientemente he publicado este libro que explica brevemente todos los "evangelios" del año litúrgico.
Teología sin censura
Teología sin censura
Teología sin censura
Vamos hoy otra vez con los pastores. Sabemos que fueron los primeros que acudieron a Jesús. Ellos fueron los preferidos, los más importantes. Pero, cuando hablamos de este asunto, es determinante saber lo que los " pastores" representaban en aquel tiempo y en aquella cultura. No digamos nunca que fueron los primeros porque eran los pobres. Ni digamos tampoco que acudieron enseguida a Jesús porque eran los más "bondadosos", los más "sencillos" o cosas así. Nada de eso es verdad. Se sabe muy bien lo que eran los pastores en la sociedad judía de aquel tiempo. Los judíos pensaban que había una serie de oficios que, a quienes los ejercían, pos eso mismo y por eso sólo, los hacían personas "despreciables". En Israel había listas de "oficios despreciados". Pues bien, en la primera de esas listas, estaban los pastores , junto con los arrieros de asnos, los camelleros, los marineros y los cocheros. Los oficios que entraban en esta lista eran especialmente despreciados y odiosos porque se pensaba que eran "oficios de ladrones", es decir, oficios que llevaban por sí mismos a la maldad. De ahí que eran oficios que "rebajaban socialmente, de forma inexorable, a quienes los ejercían" (Joachim Jeremias).
De los pastores se tenían tan baja estima, y eran individuos de tan mala reputación, porque la experiencia demostraba que eran tramposos y ladrones; conducían sus rebaños a propiedades ajenas y, además, robaban leche, lana, las crías del ganado, etc . Por tanto, lo más claro que sabemos, por el relato de los pastores, es que a los primeros a los que llamó Jesús fue a la gente de mala fama, no precisamente a los selectos y edificantes. Así empezó a fraguarse la escandalosa imagen de un profeta de Dios que anduvo con malas compañías.
A nadie se le va a ocurrir pensar, ni siquiera sospechar, que Jesús quería elogiar a los canallas y sinvergüenzas. Todo el secreto de esta conducta está en comprender que lo primero, para el Evangelio, no es la "ejemplaridad" , sino la "humanidad". Jesús se junto con pecadores, samaritanos, impuros y prostitutas, los llevó a sentarlos en su mesa o él compartió mesa y mantel con esas gentes, no porque la moral le importase un bledo, sino porque esos grupos socielae son los más despreciados, y con frecuencia los más deshumanizados también.
Así las cosas, lo que el Evangelio deja patente es que este mundo no se arregla despreciando a los que pensamos que son los "malos" y alejándose de ellos. Este mundo se arregla mediante la cercanía, la bondad sin límites, la humanidad sin fisuras. Es lo que más necesitamos en este momento.
Teología sin censura
Ya dije ayer que Jesús no nació en Belén, sino en Nazaret. Lo que pasa es que, cuando llegan estas fiestas, se suele hablar del " belén". Y, por tanto, de los "pastores" de Belén. Por el evangelio de Lucas sabemos que, cuando nació Jesús, un ángel del cielo se apareció a unos pastores, "que pasaban la noche al raso velando el rebaño". Y fueron aquellos modestos trabajadores los primeros invitados para ir al encuentro de Jesús (Lc 2, 8-12).
El tema de los pastores suele ser utilizado por los predicadores cristianos para ponderar lo mucho que Dios ama la pobreza y lo importante que es la pobreza. Lo cual es una solemne tontería. Porque la pobreza es una cosa horrible, es mala, es causa de inedecibles sufrimientos, es humillante y es la expresión más dolorosa de las desigualdades que ensucian y pudren la convivencia social. Dios no quiere que haya pobreza. Ni puede querer que existan los pobres. Lo que Dios quiere es que todos los humanos seamos "iguales" en dignidad y derechos. Y, puesto que somos "diferentes" (unos más listos que otros, o más trabajadores que otros, o más honrados que otros...), es inevitable que se produzcan "desigualdades" sociales, culturales, económicas. Esto supuesto, el mensaje del Evangelio, al decir que los pastores fueron los primeros invitados para acercarse a Jesús, lo que nos viene a decir es que, puesto que las "diferencias" provocan tantas "desigualdades", Jesús considera que los primeros para él son los que están más abajo en la escala de las "diferencias". Para ir así acortando las "desigualdades". Las "desigualdades" no se acaban por decreto. Las "desigualdades" se van aminorando en la medida en que, quienes pueden hacerlo, se ponen de parte de los que están los últimos, en cuanto se refiere a las "diferencias" económicas, sociales, culturales, sanitarias y así sucesivamente. Por eso, sin duda, Jesús dijo, tantas veces, que los primeros se pongan los últimos. Para que los últimos vayan teniendo, también ellos, lo que tienen los primeros. Porque sólo así, mediante hechos patentes, los derechos de los últimos se convertirán en realidades tangibles.
Como es lógico, los que, por el motivo que sea, estamos bien situados en cuanto se refiere a las "diferencias", nos resistimos con uñas y dientes a que el "orden" establecido, a base de "desigualdades", se convierta en " desorden". El "desroden" necesario para acabar con las "desigualdades". Y es que el problema y las resistencias para que eso suceda, no provienen sólo del egoísmo, el orgullo, la ambición, etc. No se trata sólo de un problema moral. Ese problema moral existe, no cabe duda. Pero tal problema se sostiene y se justifica por argumentos y razones que nos hemos buscado los afortunados de arriba. Para seguir arriba. Y seguir donde estamos con buena conciencia.
Como es bien sabido, los mejores educadores de la "mentalidad burguesa" fueron los predicadores del s. XVIII en Francia. Concretamente, los grandes educadores de la burguesía, en aquel tiempo, fueron los oradores sagrados. Así lo desmostró ampliamente el excelente y enorme estudio de Bermhard Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, publicado en alemán en 1927, y editado en castellano en 1943 (Fondo de Cultura Económica). La idea de aquellos predicadores es que que la "virtud" y el "orden" son la misma cosa. Es decir, para que haya virtud tiene que haber orden, decía el jesuita Crasset. De ahí que, para Bourdaloue, lo que ante todo interesa mantener a toda costa es el orden social. De donde este predicador, entre otros muchos, sacaba la conclusión: "Fue necesario que hubiera diversas clases y, ante todo, fue inevitable que hubiera pobres, a fin de que existieran en la sociedad humana obediencia y orden" (o. c., p. 285). Porque, según esta forma de pensar, si todos en la sociedad quisieran ser iguales, "¡qué trastorno no se experimentaría en el mundo, qué no vendría a ser la sociedad humana!" (o. c., p. 282). Por lo demás, fue inevitable que estas ideas pasran a España, con retraso pero con fuerza. Y así, el s. XIX, predicadores como Fray Diego José de Cádiz, sembraron con estos discursos la semilla de la seguridad en las calses pudientes, que se sintieron justificadas y tranquilizadas en sus conciencias por los clérigos que les decían que Dios quiere a los ricos y a los pobres, pero a cada uno en su sitio, para que no se perturbe el "orden" querido por el mismo Dios.
Así las cosas, ¿nos va a extrañar que estemos viviendo lo que estamos viviendo? En consecuencia, ¿no es verdad que los pastores de Belén tienen hoy más actualidad que la noche aquélla en la que el ángel los llamó por primera vez a ser los primeros en acercarse a Jesús? Por eso, mi pregunta angustiosa es ésta: ¡Dios mío! ¿qué hemos hecho con el Evangelio? Y sobre todo, ¿qué hemos hecho con la dignidad de los seres humanos?
Teología sin censura
En las creencias populares, que tiene la gente sobre la Navidad, hay una serie de cosas que no cuadran. Es importante aclarar estas cosas. Porque sólo así podremos entender el verdadero significado del nacimiento de Jesús y lo que este acontecimiento representa para la humanidad. Es necesario tener una idea clara sobre los siguientes hechos: 1) Lo más seguro es que Jesús no nació en Belén. Este es un asunto importante sobre el que cada día hay un consenso más unánime entre los especialistas que han estudiado los evangelios de la infancia de Jesús (R. E. Brown, R. Schnakenburg, J. P. Meier...). Sólo en Mt 2 y Lc 2 (indirectamente en Jn 7, 42) se dice que Jesús nació en Belén. Fuera de estos textos, lo mismo en los evangelios que en el libro de los Hechos, siempre se dice que Jesús era de Nazaret. Lo de Belén se explica porque expresa la iedea teológica de que Jesús provenía de la familia del rey David, cuya ciudad era Belén. 2) Los parientes, incluso los más cercanos, de Jesús pensaban de él que estaba loco, hasta el punto de que fueron a buscarlo porque decían que se le había ido la cabeza (Mc 3, 21). 3) Los mismos parientes, cuando Jesús volvió por primera vez a su pueblo, se quedaron asombraros de que hablara bien, de que dijera cosas que llamaban la atención y de que hiciera prodigios con los enfermos. Y conste que esto fue tan chocante, que el propio Jesús se sintió despreciado y todo el pueblo se escandalizó de lo que decía y hacía (Mc 6, 1-6). 4) En otra ocasión, Jesús se puso a predicar en la sinagoga de Nazaret y dijo tales cosas que la gente no entendía que "el hijo de José" dijera hablara de aquella forma y hasta quisieron matarlo tirándolo por un tajo (Lc 4, 22-30). 5) También el IV evangelio afirma que la familia de Jesús no creía en él (Jn 7, 5).
Estos hechos dan que pensar. Porque ¿cómo se explica que la familia de Jesús, y los vecinos de una pequeña aldea de Galilea, pensaran así de un paisano del pueblo del que todos tenían que saber que, cuando nació, hasta los ángeles se aparecieron en el cielo, cantaron anuncios de paz, aseguraron que aquel vecino del pueblo era el Mesías, el Salvador el mundo, y al que acudió tanta gente a adorarlo? Más aún, ¿es imaginable que a la aldea vinieran hasta unos Magos famosos de Oriente, con regalos espléndidos, con comitivas regias, y que todo aquello ocurrió de forma que hasta el rey Herodes se asustó, los sumos sacerdotes del templo y toda la capital se alborotó, y las cosas llegaron al extremo de que el tirano mató a todos los niños de la región, de forma que los padres de Jesús tuvieron que salir huyendo al extranjero y vivieron en Egipto no se sabe cuánto tiempo? Cabe en cabeza humana que todo esto ocurriera así y, a los pocos años, todo el pueblo dijera que el "el Mesías y Salvador del mundo" esta loco de remato y que era motivo de escándalo e incluso que había que matarlo?
Todo esto no cuadra. El valor histórico está de parte de los relatos de los evangelios de la vida pública de Jesús. Entonces, ¿qué significado tienen las cosas que se nos cuentan en los llamados "Evangelios de la Infancia" (Mt 1-2; Lc 1-2)? Es muy dudoso el valor histórico de esos Evangelios, que fueron una añadidura posterior a los relatos originales. Lo que queda en pie y merece crédito es el mensaje religioso de los evangelios que recordamos en Navidad. Y ¿en qué consiste ese "mensaje religioso". Consiste en que nos viene a decir que el Salvador y la salvación, es decir, la solución para este mundo viene por los caminos extraños y entrañables que nos trazan los evangelios de estos días: los caminos de la bondad y la sencillez, los caminos de la preferencia por lo débil y lo humilde, los caminos que prefieren la identificación con los pobres y excluidos, los caminos de la alegría y el gozo de los últimos, una alegría y un gozo que pone nerviosos a los hombres importantes de la política (Herodes) y de la religión (Sumos Sacerdotes). Son los caminos del respeto a todos, la tolerancia con todos, la estima hacia todos. Porque sólo así es posible que todos vivamos en armonía, en paz y con esperanza
.
Nota Importante: si uno compara todo esto con lo que vivimos en este momento, cuando nos vemos diididos por la Religión y enfrentados por la Política, uno no tiene más remedio que decir: ¡Dios mío! ¿vamos a tapar tanta contradicción con la "huida hacia delante", que representan muchos festejos, regalos y comilonas de estos días, cuando sabemos que lo que "vivimos" tiene tan poco que ver con lo que "decimos" que "creemos"? Es molesto terminar así. Pero así estamos.
Teología sin censura
En Navidad, los cristianos recordamos el nacimiento de Jesús. Pero son muchos los que no caen en la cuenta de que celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret es celebrar el nacimiento de una contracultura. Porque en realidad eso es lo que sucedió cuando nació Jesús. Según el relato de aquel nacimiento, cuando Jesús vino al mundo, unos ángeles (o sea un "mensaje sobrenatural") se aparecieron a unos pastores y les explicaron la clave de lo que pasó aquella noche: "os ha nacido un Salvador... Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 11-12). Lo que menos importa en este relato es la "verdad histórica" de lo que se cuenta. Lo que interesa es el "mensaje religioso" que se transmite. ¿En qué consiste ese mensaje?
Consiste, ante todo, en que los humanos tenemos un principio y un criterio de "salvación", es decir, de solución para tantos y tantos problemas que nos agobian. Tenemos, pues, una esperanza. Porque tenemos así "una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo" (Lc 2, 10). Pero, ¿cuál es la señal que se nos da para encontrar esa gran noticia y esa fuente inagotable de alegría? La cosa es sorprendente: "un niño en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2, 12).
En la Navidad recordamos que nació Jesús. Y eso es importante. Pero tan importante como eso es saber dónde se encuentra a Jesús. Pues bien, la señal está muy clara: a Jesús (la salvación, la solución, la esperanza) se le encuentra "en un niño recién nacido" y "en un pesebre". O sea, la solución y la alegría está en un "proceso contra-cultural". Me explico: se denomina contracultura a los valores, tendencias y formas sociales que chocan con los establecidos dentro de una sociedad. Como es sabido, el término contracultura se usa especialmente para referirse a un movimiento organizado y visible cuya acción afecta a muchas personas y persiste durante un periódo de tiempo considerable. Se puede decir que una contra-cultura nació con la Ilustración, con el romanticismo del s. XIX, con la Generación Beat norteamerricana de los años cincuencua del s. XX, con los movimientos contraculturales de los años sesenta (un buen estudio de este fenómeno, que aparece y reaparece a lo largo de los siglos, en Ken Goffman, La contracultura a través de los tiempos. De Abrahán al acid-house, Barcelona, Anagrama, 2005).
Pues bien, esto supuesto, en nuestro tiempo es contracultural ir por la vida afirmando que la buena noticia que necesitamos, que la fuente de felicidad que nos hace falta, todo eso nada menos, se encuentra en lo que puede representar un bebé desamprado en un establo, donde lo que se encuentra es estiercol, telarañas, suciedad, miseria y basura. ¿Qué significa esto? ¿Estamos locos?
Intentemos ponernos en razón. Un bebé, en las condiciones indicadas, sólo puede provocar una cosa: ternura, cariño, bondad, humanidad. Pues ahí, en esos sentimientos, está la clave. Una de las cosas más torpes, que arrastra nuestra cultura, es que ha sustituido la "bondad" por "objetos". Esto se nota, por ejemplo, en cómo se trata a los niños, a los jóvenes, a las personas que tenemos más cerca. No tenemos ni tiempo ni serenidad o sosiego para quererlos. Y lo que no les damos en respeto, cariño y bondad, se lo queremos dar en juguetes, caprichos, regalos, cosas. Yo pienso muho en el desamparo de niños que estan cansados de tanta ropa, de tantos chuches, de tantísimos juguetes... Hace años, me quedé de piedra cuando un día visité la guardería miserable, de una parroquia miserable, en un barrio miserable, de una de las megápolis que abundan en América Latina. Había allí unos veinte niños pequeñitos. Cuando entré, estaban todos en una esquina de la habitación destartalada que era la guardería. Todos, menos uno, que se había quedado solillo junto a la puerta de entrada. Cuando abrí aquella puerta y me encontré aqule pequeñito, descalzo, flaco y con su barriguita de niño hambriento, lo levanté en el aire con mis manos y le di un beso en la fente. En ese momento, viví una las cosas más impresionantes que me han pasado en mi larga vida. Todo los demás chiquillos se me vinieron encima gritando: "¡A mí! ¡A mí! ¡A mí!"
¿Qué me pedían aquellas criaturas? No me pedían una moneda, un caramelo, un juguete... Me pedían un beso, una señal de cariño... ¡Qué desamparo el de aquellos chiquillos,
muchos de los caules no sabían ni quién era su madre y, por supuesto, tampoco su padre!
La "contra-cultura" que nace en Navidad es la cultura del respeto, de la rolerancia, de la estima, de la bondad sin límites, de la delicadeza y la ternura. La cultura de quienes jamás pasan facturas, de los que nunca echan nada en cara a nadie, de los que no dan cabida a la envidia, de quienes no quieren estar jamás por encima de otros, la cultura del que entra en la historia como un bebé, desconocido e insospechado. La cultura, en definitiva, del que rompe tantas vanidades de cosas, tantas cosas, que nos dan todo - lo que necesitamos y lo que no necesitamos -, pero no nos dan lo que de verdad nos hace felices: el respeto, la delicadeza, la bondad sin límites. He aquí por qué digo que la Natividad es el NACIMIENTO DE UNA CONTRA-CULTURA. EL GRAN REGALO QUE TODOS NECESITAMOS ESTA NAVIDAD ES EL REGALO DE LA BONDAD. ¡FELICES PASCUAS!Teología sin censura
Yo tuve un viejo y sabio profesor que nos decía a los alumnos: "en el periódico todo es mentira, menos la fecha". Y conste que no estoy para bromas esta mañana. Porque no puedo reprimir mi indignación. Ahora mismo, cuando la noticia que recorre el mundo, como una flecha envenenada, es que la Cumbre del Clima ha terminado en un sonoro fracaso, los diarios de todo color y de cualquier pelaje nos hablan de "pacto insuficiente", de "acuerdo de mínimos" o de un "documento que no ha satisfecho a todos". Acabo de ojear un diario tan prestigioso como El País. Y me quedo de piedra cuando veo que, al problema más grave y angustioso que ahora mismo tiene la humanidad, se le dedica página y media, mientras que al futbol se le conceden cuatro páginas enteras. Y me han dicho que algunos periódicos de hoy han resaltado más la posible prohibición de las corridas de toros que el fracaso de la Cumbre de Copenhague. El ocultamiento de la verdad, que campa a sus anchas en los "medios", es un indicador elocuente de lo que estamos viviendo. Es, ni más ni menos, "el auge del capitalismo del desastre", según la acertada expresión de la inteligente escritora canadiense Naomí Klein. Ya no hablo ni siquiera del sombrío y amenazante mundo que les vamos a dejar a nuestros niños para cuando sean adultos, o sea a la gente que estará en la plenitud de su vida dentro de veinte o treinta años. No hablo del futuro. Hablo de lo que ya es presente, es decir, de lo que está pasando en este momento. Y lo que está pasando es que hay más de mil millones de seres humanos que se mueren literalmente de hambre. Sí, lo repito, es así. Se están muriendo de hambre. Y dentro de pocos años, serán dos mil millones los moribundos sin remedio. Porque quienes tenemos que controlar el colesterol, el sobrepeso y la tensión, los que tenemos que hacer curas de adelgazamiento, los que no soportamos ni un día sin calefacción en invierno o sin refrigeración en verano, los que no sabemos ya dónde meter la ropa que nos sobra, ni tenemos claro a dónde vamos a llevar nuestro dinero para que produzca más, los que hacemos todo eso y cosas mucho peores que aquí no se pueden decir, todos nosotros los privilegiados del mundo, no sólo dejamos, aquí mismo, a los parados y a los inmigrantes sufrir sus desamparos y miserias, sino que, sobre todo, nos quedamos tan tranquilos cuando sabemos que nuestros gobernantes no tienen "voluntad poítica" para dar por lo menos el 0'7 % del PIB para que no mueran tan espantosamente los millones de criaturas que ya tienen la muerte llamando a sus puertas. ¿Estamos locos? ¿Cómo y por qué justificamos nuestro silencio y nuestra pasividad? ¿Somos realmente tan cobardes? ¿Es que, efectivamente, nuestro "dios" es el "dinero"? Sea lo que sea de estas preguntas agobiantes, lo que no admite duda es que estamos metidos de lleno en una auténtica guerra. Pero no es la guerra contra la pobreza, sino la guerra contra los pobres (Susan George). Y ya se sabe, cuando el enemigo es tan débil, esta guerra vergonzosa y repugnante la tenemos ganada. Este es el ejemplo que vamos a dejar a nuestros herederos. Teología sin censura
El reciente nombramiento del obispo de San Segastián, y la reacción de más de 130 curas de su diócesis, es un hecho paradigmático. En estas ocasiones es cuando mejor se ve cómo funciona la Iglesia: los procedimientos que usa el Vaticano para mantener intacta su estructura piramidal; y las reacciones que tales procedimientos desencadenan.
Lo que interesa es mantener, a toda costa, la mentalidad sumisa. Por eso se nombran los obispos que se nombran: hombres incondicionalmente obedientes a Roma, ya que no pueden hacer de obispos sino "en comunión jerárquica con la cabeza y con los miembros del Colegio" (episcopal) (can. 375). Esto se justifica porque la obediencia se considera indispensable para mantener la unidad. Lo que en realidad se pretende, sin embargo, es asegurar la sumisión, en un régimen que funciona sobre la base de la exaltación del poder papal. De donde resulta inevitablemente que la Iglesia católica funciona como una fabulosa institución represiva. Se reprime el pensamiento mediante los dogmas. Se reprime la libertad mediante la obediencia. Se reprime el amor y las relaciones humanas mediante el celibato, el voto de castidad, la moral sexual, con la eficaz colaboración de los predicadores, los confesores y los directores espirituales. Todo esto no se dice nunca, tal como lo estoy diciendo aquí. Porque una institución represiva, para poder funcionar, tiene que ser evidentemente "una gran máquina de disimular la verdad", a base de proponer siempre cosas sublimes, en lugar de presentar la realidad del deseo más clamoroso que brota de nuestra intimidad profunda (cf. Pierre Legendre).
Ahora bien, todo esto entraña una consecuencia terrible: para que un sistema así, funcione bien, se necesitan gobernantes que, ellos a su vez, sean auténticos esclavos. Porque, como se ha dicho acertadamente, "sólo los esclavos son aptos para la represión". Como se sabe, los atenienses sólo empleaban a esclavos en la policía. Quien practica la represión como oficio tiene que ser él mismo un represor ejemplar. Esta es la causa profunda de que la obediencia ciega y los ejercicios absurdos de instrucción desempeñen un papel tan importante en el ejército y en la policía. De ahí también que, como se sabe, entre los vigilantes más fieles y seguros de los campos de concentradicón nazis estaban los propios prisioneros (cf. Vicente Romano).
Yo entiendo perfectamente el nombramiento del obispo Munilla. Entiendo que ese hombre, no obstante la reacción de la mayoría del clero donostiarra, esté dispuesto a "gobernar" una diócesis en tales condiciones. Y entiendo la reacción de los 131 curas que han firmado el escrito que conocemos. A esos curas se les echa en cara ahora que son todos pro-etarras. Que todos sean así, es una mentira y una calumnia. Sin embargo, lo que dicen en su escrito es impecablemente cierto, a saber: que en el nombramiento del nuevo obispo no se les ha conusltado, ni se ha sondeado tampoco el parecer de los fieles a los que Munilla va a pastorear. Y es que, efectivamente, esta Iglesia funciona como una excelente máquina de ocultar la verdad. Digo esto con pena, con dolor, con temor de escandalizar a algunas personas. Pero creo que, si nos seguimos callando en estos casos, lo único que conseguimos es perpetuar la mentalidad sumisa, no (en modo alguno) manifestar nuestro amor a la Iglesia y al Evangelio que la Iglesia debe presentar y explicar a la gente.
Teología sin censura
La religión más antigua del mundo, la religión de Mesopotamia, que duró desde el cuarto milenio, antes de Cristo, hasta bien entrada nuestra era, perduró tanto tiempo porque sus devotos elaboraron sus convicciones religiosas "en perfecta coherencia con su propia manera de ser, de vivir, de ver y de pensar" (Jean Bottéro). Es decir, aquella religión fue un "hecho cultural" perfectamente integrado en su propia cultura. Y tuvo que ser así. De otra manera, no hubiera durado tantos siglos. Cuando cultura y religión se desajustan, la religión es la que sale perdiendo. Empieza por debilitarse, luego se adultera, se corrompe, se enrarece y termina por desaparecer.
A mí me parece que la coherencia y el ajuste entre religión y cultura es una de las razones que mejor explican la pervivencia, la ifluencia y la vitalidad que tienen, en este momento, religiones como el judaísmo y el islam. El judaísmo, porque ha sabido integrar religión y progreso (económico, científico, tecnológico...). Baste recordar la cantidad de premios Nobel que acumula el judaísmo. El islam, porque ha sabido integrar religión y política, de forma que lo uno es indisociable de lo otro, al menos en todos los países en los que el Estado tiene una identidad confesional.
El genio del cristianismo está en que, en su inspiración original, fue un "fenómeno contra-cultural", de forma que el Evangelio y su inspirador genial, Jesús de Nazaret, entró en conflicto con la religión de su pueblo y de su tiempo. Y bien sabemos que allí se produjo un conflicto tan serio, tan grave y tan profundo, que el final resultó trágico. Porque la religión mató a Jesús. Es decir, el genio del cristianismo terminó en tragedia. Así las cosas, cualquiera entiende que la co-existencia de genio y tragedia no podía perdurar por mucho tiempo. Y, como era de esperar, la Religión le pudo al Evangelio. Con lo cual quiero decir que el cristianismo terminó por integrarse en el Imperio. Y así se puso en marcha, lenta, creciente y siempre cuesta arriba, el conflicto entre el "genio" y la "tragedia" del cristianismo. El genio es conocido: la identificación de Jesús con todo lo que en este mundo es sufrimiento, pobreza, humillación y miseria. La tragedia es algo que sabemos, pero en lo que no queremos pensar: me refiero al hecho sobrecogedor de que el Evangelio de los pobres y los últimos se ha "inculturado" en los países que económicamente y políticamente son los más poderosos del mundo. Al menos, hasta ahora.
Entonces, ¿qué queda como presencia visible de la "memoria de Jesús". Es doloroso decirlo: una Iglesia que quiere, a toda costa, entenderse lo mejor posible con el poder de los países poderosos. Con lo que el genio de Jesús y la tragedia de la Iglesia se palpan cada día con más dolor y más evidencia. Y lo que más da que pensar es que mientras la Iglesia no se identifique con la genialidad de Jesús, sino que se empeñe en seguir apareciendo como esplendor y poder, el "genio" y la "tragedia" del cristianismo se harán cada día más incompatibles. ¿No explica esto, en buena medida, la desorientación en que vivimos tantos cristianos de buena fe, que buscamos una respuesta a nuestros anhelos y no la encontramos?
Teología sin censura
Ya sé que no tengo que dar explicaciones de si un día escribo o dejo de escribir en el blog. Pero quiero simplemente decir que llego tres días sin entrar en este espacio de encuentro porque he tenido que hacer dos viajes ineludibles que me lo han impedido.
Dicho esto, vamos con el tema de hoy. El Diccionario de la Lengua Española entiende, entre otras cosas, por dogmatismo "la presunción de los que quieren que su doctrina o sus aseveraciones sean tenidas por verdades inconcusas". O sea el dogmatismo es la postura de los que piensan y hablan de tal manera que están firmemente persuadidos de que lo que afirman no admite discusión. Sobre todo porque el dogmático de pura sangre es el que atribuye a sus ideas y aseveraciones un valor absoluto, como si se tratara de verdades reveladas por la divinidad, por el Absoluto, por Dios mismo. Por eso el dogmatismo suele germinar y florecer en ambientes religiosos. Ya que son los creyentes, que se adhieren con más firmeza a sus creencias, quienes otorgan a tales creencias la categoría de verdades indiscutibles.
Como es lógico, el dogmático de pura cepa es, por eso mismo, intolerante. Y es, en consecuencia, una persona con la que se hace muy difícil convivir. El dogmático no dialoga, ni puede dialogar. Lleva siempre la razón. Censura a todo el que no piensa como él. Condena y rechaza a quienes no le dan la razón. Todo lo cual es, no sólo una fuente inagotable de incesantes conflictos, discusiones inútiles, divisiones y enfrentamientos... Porque el dogmático auténtico, lo que en realidad hace es despreciar a todo el que no piensa como él y a todo el que se atreve a decir lo que disiente de lo que él piensa y habla.
Sin duda, en el dogmatismo radica una de las causas más claras y fuertes del desprestigio creciente en el que se van hundiendo las religiones. Porque, entre otras cosas, los "dogmáticos" no se dan cuenta de que nadie en este mundo, absolutamente nadie, puede tener la verdad completa, la verdad total. De ahí que puede (y suele) haber otras personas que ven lo que no ve el dogmático. Y con cuyo pensamiento el dogmático se podría enriquecer. Pero, más que nada, aquí es decisivo dejar claro que, en cualquier caso, siempre tiene que quedar patente que el respeto al otro debe estar siempre por encima de mis verdades, mis ideas o mis seguridades.
La conclusión, que se sigue de lo dicho es clara: Sólo el que no es dogmático puede ir por la vida respetando, aceptando, escuchando y, en definitiva, siendo buena persona. Quienes practican el dogmatismo son siempre gente peligrosa. Gente que, si se radicaliza, puede acabar insultando, ofendiendo, agrediento y hasta matando como el que cumple con un deber sagrado.
Todo el mundo comenta hoy el discurso del presidente Obama al recibir, ayer mismo, el Nobel de la Paz. Resulta paradójico que el presidente del país más violento del mundo, desde hace más de medio siglo, sea premiado con el galardón más importante que se concede a los defensores de la paz. El mismo Obama lo reconoció, de alguna manera. Y justificó su comportamiento, al mantener dos guerras en este momento, echando mano de la teoría de la "guerra justa". Esta teoría, como es sabido, se remonta a los autores cristianos de los primeros siglos (d.C.). En el s. XIII, fue elaborada por Tomás de Aquino; y en el XVI por Fracisco de Vitoria, pero sobre todo por el filósofo holandés Hugo Grotius, en 1625. Recientemente, se han destacado en este asunto los estudios de Hans Kelsen, John Rawls y Michael Walzer. No debemos ignorar que la teoría del bellum justum es, sobre todo, una "doctrina ética", antes que una "doctrina jurídica". Si bien es cierto que la Declaración de los derechos humanos ha orientado todo este problema más al campo del derecho que el de la ética, si bien lo ético sigue siendo determinante en el enjuiciamiento de este enorme problema. En resumen, se puede decir lo siguiente. 1) Los especialistas en el tema establecen dos principios para que una guerra se pueda considerar "justa": a) El "principio de discriminación" según el cual hay que diferenciar claramente los "combatientes" de "lo que no intervienen" en los combates. Pero resulta que este principio valía para las guerras antiguas. En las actuales, si tenemos en cueta los armamentos que se urilizan (bombas, misiles, atentados...), todda la población está iguamente amenazada. Ya no sirve el primer principio. b) El "principio de proporcionalidad" que establece la proporción que debe existir siempre entre los daños que se causan en la gurra (muertes, sufrimientos, daños colaterales...) y los beneficios que se van a conseguir con la guerra. Pero, ¿qué proporción se puede establecer hoy entre los destrozos que causan los nuevos armamentos y las agresiones que pueden provocar una guerra? ¿No hay otros medios (políticos, diplomáticos...) para intentar conseguir lo que se pretende. Por todo esto, como ha dicho G. Pontara, "la doctrina de la guerra justa no sólo es extremadamente problemática, sino también de difícil aplicación práctica". Pero hay más. Porque, en este momento, hay en juego en este asunto dos hechos que nunca se pueden olvidar: 1º) La fabricación y el negocio de armamentos bélicos es uno de los negocios más rentables para los países que se dedican a producir armas de violencia y muerte, para venderlas a los países que luego organizan guerras espantosas. Y sabemos que Estados Unidos es el primero de esos países, que mantiene ese negocio criminal. 2º) Hoy es un componente determinante de las gueras el "factor religioso". Esto ocurrió en la guerra civil española. Y esto viene siendo más claro aún en las guerras contra el fundamentalismo islámico (Irak, Afganistán...). Ahora bien, la religión no se combate a cañonazos. Con eso, lo que se consigue es exacerbar más el fanatismo de los combatientes. Hoy es capital caer en la cuenta de que el fanatismo religioso no se combate con misiles, bombas y armas automáticas. Los fanáticos religiosos quieren inmolarse porque así creen que logran el premio del paraíso en la "otra vida". Esto es capital: cuando en una guerra entra el juego el factor religioso, eso nos tiene que llevar, no a fabricar más armamentos y mandar más soldados a la masacre. El factor religioso no tiene más solución que la educación para la paz, la renovación de nuestras ideas sobre la "esperanza en la otra vida", repensar en que Dios creemos, buscar a toda costa el mutuo entendimiento, la ayuda mutua, revisar las injusticias que se cometen con otros países..... Sólo por este camino será necesario en el futuro buscar nuevos caminos para la paz y el entendimiento entre los pueblos y sobre todo entre las religiones. Sólo la bondad es capaz de desarmar a los fanáticos, a los fundamentalistas, a los intolerantes, a los violentos.Yo sé que esto es utópico. Pero sólo las utopías han demostrado que tienen fuerza para cambiar la historia. Por eso propongo que se acaben los "Nobel de la Paz". Y pongamos en marcha los "Nobel de la Utopía". Teología sin censura
Raro es el día que no nos llegan desagradables noticias del peligro que entrañan las religiones en este momento. La última de estas noticias, que tiene preocupada a media Europa, es la decisión que ha tomado la mayoría de los cantones suizos (23 en concreto). Según esta noticia, los suizos han decidido que no haya minaretes en las mezquitas, consideradas por el partido de derecha "Unión Democrática de Centro" (UCD) como "una expresión amenazadora del poder del Islam". Mucha gente está asustada porque teme que esta decisión, que se ha tomado en Suiza, provoque reacciones violentas por parte de grupos islamistas radicales. De nuevo, pues, el peligro de las creencias y las prácticas religiosas. Las grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianism, islam) han sido denominadas, no sin motivo, "religiones de confrontación". No pretendo ponerme ahora a recordar historias de violencia que, más o menos, son de sobra conocidas por casi todo el mundo. Hoy sólo quiero fijarme en el contenido exacto de esta noticia. Y el contenido, en definitiva, se reduce a esto: hay gente que tiene miedo a los edificios religiosos. Los europeos les tenemos miedo a las mezquitas, como es de suponer que los musulmanes les tienen miedo a las catedrales. En un caso y en otro, son edificios seguramente bellos desde el punto de vista estético. Pero tan bellos como peligrosos, desde el punto de vista de la intolerancia que, con frecuencia, evocan las creencias y las prácticas religiosas. Por eso, hoy me parece acertado recordar aquel bello y profundo aforismo de la Sabiduría Sufí: "Un día visito una iglesia
otro una mezquita.
Yendo de templo en templo,
no te busco más que a Ti".
Como me acuerdo igualmente de las palabras de Jesús a la samaritana:
"Créme, mujer: se acerca la hora en que no adoraréis culto al Padre ni en este momente ni en Jerusalén... se acerca la hora, o, mejor dicho, ya ha llegado, en que los que dan culto verdadero adorarán al Padre con espíritu y lealtad" (Jn 4, 21-23). Jesús no fundó un templo, ni construyó una capilla, ni reunía a la gente en un lugar sagrado. Jesús rezaba en la soledad del campo y de los montes. Y dijo que los sacerdotes habían convertido el Templo en una "cueva de bandidos" (Mt 21, 13). Es más, en el juicio religioso contra Jesús, teniendo aquellos jueces religiosos tantas cosas como tenían contra él, sólo le echan en cara el ataque directo que jesús le hizo al templo (Mt 26, 59-62 par). De la misma manera que el único motivo de las burlas ante la cruz volvió a ser el tema del templo (Mt 27, 40 par). Sin duda, el tema del Templo es lo que más impresionó en la sociedad judía de Jerusalén cuando mataron a Jesús. Y ahora, al leer la noticia de los minaretes de las mezquitas, al temer represiones y sentir nuestros miedos, caemos en la cuenta de que la religión se convierte en un peligro cuando pone su centro en los edificios y no en los seres humanos. Si lo que nos hemos gastado en templos y mezquitas, en sinagogas y capillas, lo hubiéran empleado las religiones en aliviar el dolor de los que sufren y hacer más digna la vida de las víctimas, es seguro que este mundo sería más habitable.Teología sin censura
En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (II, 11), dice Maquiavelo que Numa Pompilio, "encontrando un pueblo ferocísimo, y queriendo reducirlo a la obediencia civil con artes pacíficas, recurrió a la religión como elemento imprescindible para mantener la vida civil, y la construyó de modo que, por muchos siglos, en ninguna parte había tanto temor de Dios como en aquella república, lo que facilitó cualquier empresa que el senado o los grandes hombres de Roma planearon llevar a cabo". Maquiavelo no fue un teólogo. Ni lo que dice en este texto es ejemplar desde cualquier punto de vista. Con todo, hay en estas palabras de Maquiavelo algo muy serio, que a todos nos tendría que hacer pensar. La religión tiene que servir para unir a los ciudadanos, no para enfrentarlos. Por eso pienso que Maquiavelo tuvo más talento que nuestros obispos. España está fracturada, dividida, enfrentada, entre otras cosas, por causa de la religión. La Iglesia ha sido responsable de muchas fracturas en nuestra historia. ¡Ya está bien! Según la tradición cristiana, a Jesús le preocupaban las creencias de la gente. Pero mil veces más que eso, él quiso sobre todo que supiéramos unirnos. ¿A qué espera la Conferencia Episcopal para programar en serio un proyecto de unión, respeto, tolerancia y ayuda entre todos? Teología sin censura
Leyendo los evangelios con cierta atención, pronto se da uno cuenta de que las tres cosas que más le preocuparon a Jesús fueron: 1) La salud de las personas. 2) La comida de la gente. 3) Las relaciones humanas de todos con todos. La prueba más clara de que éstas fueron las tres preocupaciones fundamentales de Jesús está en el hecho patente de que los evangelios se ocupan constantemente de estos tres temas. Es de lo que más hablan los evangelios. Jesús curaba enfermos, participaba en comidas y hablaba de ese asunto con mucha más frecuencia de lo que nos imaginamos, y se referería constantemente a las relaciones de unos con otros. Y es determinante caer en la cuenta de que los evangelios hablan de estas tres cosas más que de la oración, la religiosidad, el culto.... Es más, cuando Jesús se refiere al Padre del cielo, es para justificar sus tres grandes preocupaciones. ¿Qué signidica esto? Al proceder de esta manera, Jesús nos revelaba cómo es Dios y lo que le gusta a Dios. El Dios que se nos revela en Jesús es el Padre que se preocupa, ante todo, por la salud y el bienestar de todos los seres humanos. Que se preocupa, además, por la alimentación de todos. Y que se interesa, más que nada, por las buenas relaciones de todos con todos. La salud, la alimentación, las buenas relaciones con los demás, son las primeras preocupaciones de todo ser humano. Con lo cual, estoy diciendo que, cuando hablamos de le Ecarnación de Dios, lo que en realidad estamos diciendo es que Dios se ha fundido y confundido con lo humano. De forma que a Dios, lo encontramos humanizándonos, es decir, siendo cada día más humanos, más sensibles a todo lo humano. Y estas tres preocupaciones tendrían que ser las tres preocupaciones de la Iglesia. Queremos y necesitamos una Iglesia más humana, más interesa por lo que preocupa a todos los humanos, sean de la cultura que sean, o de la religión que sea, o de la mentalidad política que cada cual quiera ser. La Iglesia sigue obsesionada con sus dogmas y sus normas, sus poderes y sus ceremonias... Todo eso es bueno, con tal que, mediente esas cosas, la Iglesia nos haga a todos más humanos, más buenas personas, más respetuosos, tolerantes, cercanos al sufrimiento de los demás. Sólo una Iglesia así, tendrá futuro.Teología sin censura
De todo eso hay en la Iglesia, entre los laicos, en el clero, en el episcopado.... Y conste que empiezo por los héroes y los mártires, que la inmensa mayoría pasan por este mundo sin que nadie sepa de ellos, ni los recuerde, ni luego se conserve su memoria y, menos aún, se les levante un monumento o se les dedique una calle en su pueblo. Son sencillamente personas profundamente humanas, que sintonizan con lo más humano que llevamos en la sangre misma de nuestras ideas más queridas. Yo me he encontrado en las montañas de los Andes y en las selvas del Amazonas, en sitios a donde nadie va, religiosas que se pasan la vida entera trabajando en condiciones que yo no podía soportar ni durante una semana. Estas mujeres, y tantos sacerdotes o grupos de voluntarios laicos, son lo mejor de la Iglesia. Y nunca son noticia para nadie. El año pasado, me decía un profesor de nacionalidad congoleña, que enseña en la Universidad de Bruselas, que los servicios sociales en Africa los están sacando adelante los curas, los religiosos y religiosas, que educan a los niños y jóvenes, atienden a los enfermos, cuidan de los ancianos.... Pero casi nada de esto es noticia para nadie.
Las noticias sobre la Iglesia, los curas y los obispos, noticias de portada y en letras grandes, suelen ser de signo muy distinto. Hoy mismo se habla de los 161 millones de Euros que la Iglesia de Irlanda va a pagar por los delitos nefandos que han cometido con niños no pocos curas pederastas que han abusado de criaturas inocentes durante cerca de treinta años. Como también se habla, con letras destacadas de primera página, de las cantidades de dinero que determinados curas católicos les dan a los terroristas hutus, detrayendo esas cantidades del dinero que tendría que ir para sostener a las pobres gentes que se mueren de miseria en los campamentos de refugiados en el Congo.
¿Cómo es posible que la misma Iglesia, que produce tanto heroísmo y tanta generosidad, sea también fuente incesante de tanta canallada y de tanta desvergüenza? Se suele decir que somos humanos. Y que eso es lo que da sí la condición humana. Por supuesto, así es. Pero eso es lo que pasa en todos los países, en todas las culturas y en todas las religiones. Y con decir eso, en realidad no respodemos a la pregunta. Porque el problema está en saber cómo se explica que quienes van por la vida anunciando el Evangelio de Jesucristo, hagan compatible esa forma de vida con las mayores bajezas y hasta los delitos más repugnantes.
Mi convicción es que lo de menos es explicar lo que pasa. Lo que interesa es evitar que siga pasando. ¿Qué hacer para conseguir eso? Por lo menos, una cosa que parece evidente: que en la Iglesia haya transparencia, es decir, que no se oculte a los delincuentes, de forma que los obispos sean los primeros en denunciarlos. El día que Roma les dé a los obispos normas claras y exigentes, sobre este tipo de crímenes, como se las da para los pecados de aborto o de eutanasia, ese día nos vamos a enterar de cosas desagradables. Pero seguramente temabién ese mismo día quizá se empiece a hablar más de las personas que por su fe en Jesús dan la vida. Y se hablará menos de los descerebrados que son capaces de abusar de personas inocentes sin piedad y sin vergüenza.Teología sin censura
El cardenal Rouco se ha quejado de la escasez creciente de sacerdotes para atender las parroquias. Y es verdad. Cada año hay más parroquias sin párroco. Y cada año los párrocos tienen más años. Hace tiempo, un jesuita francés me dijo que él era párroco de 40 parroquias en una diócesis de Francia. ¿Cómo puede un cura atender a 40 pueblos? Y sobre todo, ¿tiene derecho la autoridad eclesiástica para organzar las cosas de forma que los fieles cristianos se vean privados de la predicación, la catequesis y los sacramentos?
Se dirá que eso no depende de la autoridad eclesiástica, sino de la falta de fe y de generosidad de los jóvenes actuales, que se dejan seducir por intereses mundanos, en lugar de estar atentos a la llamada del Señor.
Esa respuesta pone de manifiesto una lamentale ignorancia de cosas que se deberían conocer. En la Iglesia de los diez primeros siglos, la vocación para ejercer el ministerio pastoral en la Iglesia se entendía de una manera muy distinta a como se entiende ahora. En la actualidad, la vocación se entiende como la llamada de Dios, para atender a una comunidad de cristianos. Durante los primeros mil años de la vida de la Iglesia, la vocación se entendía como la llamada de la comunidad, que elegía de entre sus miembros al que consideraba más idóneo para educar en la fe a un grupo de cristianos. Esta manera de entender la vocación estaba tan clara entre los cristianos, que la la condición indispensable, para que el obispo admitiera a un candidato a la ordenación para ejercer el ministerio, era no que el dujeto se ofreciera diciendo que Dios le llamaba, sino que se resistiera a ser ordenado, porque se consideraba indigno y sin cualidades para un servicio tan exigente. Esto estaba tan claro y era tan normal en aquellos siglos, que, como está muy bien documentado, en enquellos tiempos se hablaba de las ordenaciones "invitus" y "coactus". Es decir, lo normal era la ordenación de los que "no querían y se resistían". Esos eran los que daban garantías de que Dios los quería para ejercer el ministerio pastoral. Los testimonios, en este sentido, son interminables: santos como Cipriano, Gregorio Nacianceno, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Agustín, Greorio Magno, etc. Además, así lo decretaban los sínodos y los concilios, los cánones y los decretos de la jerarquía. Esta documentaión equedó recogida en el Decreto de Graciano, en el s. XI (c. 9, q. 1 C. VIII, col. 592): "El gobierno: de la misma manera que se ha de negar a los que lo desean, debe ofrecerse a los que huyen de él" (cf. Y. Congar: Rev.Sc.Ph.Th. 50 (1966) 169-197). La Iglesia estaba convencida de que su peor enemigo eran los "trepas", los que buscan subir y alcanzar puestos, cargos, dignidades...., por más que ellos aseguren que desean todo eso "para servir a la Iglesia". Es mentira. Lo que desean, los que desean subir, es subir y ser importantes. Así de sencillo, así de claro y así de duro.
En la Iglesia faltan curas porque las autoridades de la Iglesia han puesto unas condiciones que no permiten otra cosa. Tenemos lo que la Iglesia ha optado que tengamos. En la Iglesia no tienen por qué faltar sacerdotes. El día que se enferma, se va o se muere un cura, que la comunidad parroquial se reuna, que vea el que mejor puede hacerlo, que lo presente al obispo. No importa que esté casado o que sea soletaro. Puede ser un hombre o una mujer. Y luego, que lo preparen durante el tiempo que neccesite para aprender lo que necesita. Y nada más. No tiene que ser un teólogo. Tiene que ser un hombre honrado, evangélico, valorado como creyente por quienes lo conocen bien. Y que la comunidad, si es necesario, lo obligue a aceptar. Que viva de su trabajo, de su profesión... La Iglesia necesitaría mucho menos dinero para pagar a los curas. Que en cada parroquia haya un grupo de colabordores y co-responsables de la marcha de la paqrroquia. Y no habría problema en nada de eso. Y lo que digo de las parroquias, que se aplique lo mismo a las diócesis. Cuando el obispo se jubile, que la comunidad diocesana elija al sucesor. Y que los obispos de las diócesis vecinas lo ordenen de obispo. Como se hizo en la Iglesia durante dies siglos. Se acabarían los ascensos, las prebendas, la mayoría de los gastos. Y la Iglesia sería asunto de todos y no sólo del clero. ¿Principio de unión? La fe, el Espíritu del Señor, la forma de vida que brota del Evangelio. Y se acabó el el sacerdocio como carrera. Y el obispado como premio o como tentación para llegar a ser importante. Todo eso no tiene nada que ver con el Espíritu de Jesucristo. Teología sin censura
El domingo que viene, día 29, es el primer domingo de Adviento. Empieza un nuevo año litúrgico, en el que las lecturas de la eucaristía serán las que corresponden al Ciclio C.
Para los evangelios de este año (como ya lo hice el año pasado), he publicado un libro que se titula La Religión de Jesús. Comentario al evangelio diario, ciclo C (2009 - 2010), Editorial Desclée.
Un libro en formato bolsillo, de 495 pgs. Cada día presenta el evangelio de la misa y un comentario breve, en tres puntos. Es una lectura breve, que ayuda a comprender el texto evangélico. Y puede servir para la oración personal o para la explicación del texto. El precio no llega a 10 ?. Teología sin censura
Hay gente que se queja de lo autotitarios y mandones que son muchos obispos. Y son bastantes los ciudadanos que se sienten mal ante la imagen pública que ven en los prelados, con sus atuendos solemnes y hasta extravagantes, que no pueden disimular ese aire de superioridad, majestad, solemnidad, que ciertamente ne se remedia con el lenguaje dulzón y acaramelado, que algunos monseñores utilizan. Dan la impresión de que les gusta aparecer como notables, personajes importantes, distinguidos y, en todo caso, nada sencillos, humanos y cercanos. Puede ocurrir que todo esto sea mera apariencia. Pero el hecho es que así son vistos la mayoría de los obispos.
Esto viene de lejos. En cuanto apareció en la Iglesia el episcopado monárquico (en cada diócesis un obispo), se empezó a hablar de los obispos de tal forma que se tiene la impresión de que los sucesores de los Apóstoles no se pusieron los últimos, como mandó Jesús, sino los primeros., como hacen los señores de este mundo. Es más, parece que no tuvieron bastante con colocarse los primeros. Pretendieron subir más. Y se inventaron - o toleraron - un lenguaje y unas ideas que jamás se debieron permitir entre los seguidores de Jesucristo.
No me invento nada. Ya en los primeros años del s. III, se publicó en Siria un documento, de carácter litúrgico y canónico, que tuvo una enorme influencia en Oriente y que se extendió también por Occidente. Este documento, que era un largo tratado de ritos y normas litúrgicas, se conoce como la Didaskalía. Las Constituciones Apostólicas lo copiaron casi al pie de la letra. Y en la Alta Edad Media, se difundió en las Galias a través de los Statuta Ecclesiae Antiqua. Pues bien en este escrito se exalta la figura del obispo hasta tal punto que de él se dice: "El primer sacerdote y levita para vosotros es el obispo; él es el que os imparte la palabra y es vuestro mediador...; él reina en lugar de Dios y ha de ser venerado como Dios, porque el obispo os preside en representación de Dios" (Did. 26, 4). Y más adelante: "Estimad al obispo como la boca de Dios" (Did. 28, 9). Más aún: "Amad al obispo como padre, temedlo como rey, honradlo como Dios" (Did. 34, 5). En estas normas litúrgicas, se advierte, más que una "sacralización" del obispo, un auténtico "endiosamiento". Por eso, nada tiene de extraño que la Didaskalía llegue a establecer: "Juzga, obispo, con potestad como Dios".
A Dios se le puede ofender de muchas maneras: negándo su existencia, blasfemando contra Él, desobedeciéndole.... Pero no sé si es peor que todo esto pretender ponerse en el lugar de Dios. Es lo que hacen los hombres que, con tanta tranquilidad como seguridad, se atreven a decir: "Esto es lo que quiere Dios"... "Ésta es la voluntad de Dios".... "Esto es lo que dice Dios". Tales cosas se afirman como lo más natural del mundo. Y sin embargo, ¿No es eso "endiosarse"? Si se encierra como un demente al que asegura que él es como Napoleón, ¿no es más peligroso ir por la vida afirmando: "yo soy la voz de Dios", de forma que "lo que yo quiero es lo que quiere Dios"? Y lo más grave de todo es que estas cosas se dicen, se oyen y se hacen como "lo que tiene que ser". Así, se ofende al Ser Divino y se humilla a los seres humanos. Triste papel en la vida.Teología sin censura
Los Apóstoles y los ministros del Evangelio, a los que Jesús jamás designó como "sacerdotes" ni la Iglesia primitiva los tuvo como tales, empezaron a ser reconocidos con ese título a partir de comienzos del s. III. Así, en la Tradición Apostólica de Hipólito y en Tertuliano, que empezaron a llamar "sacerdotes" a los obispos. Unos años más tarde, Cipriano de Cartago aplica ya el título de "sacerdos" a los presbíteros (Epist. 40). Desde entonces, quienes utilizaban este título en la Iglesia, se constituyeron en una categoría superior. Por eso, desde el s. III, se empezó a hablar en la Iglesia los ministros de la comunidad como los que reciben la "ordenación" y son los "ordenados". Porque recibían el "orden".
Estos títulos no están en el N.T. Los dirigentes de las comunidades cristianas se los aplicaron tomándolos de las instituciones del Imperio. En la sociedad romana había tres "órdines": el de los senadores ("ordo senatorum"), el de los caballeros ("ordo equitum") y el de la plebe o pueblo llano ("ordo plebeius") (Pauly-Wissowa, vol. 18/1). En la práctica, el "orden" se aplica a las dos primeras categorías porque eran los notables, los distinguidos que estaban sobre la plebe. Tertuliano dice que esta división de categorías y dignidades fue un invento de los curas. Pero unos años después, Cipriano ya afirma que se trata de una división "de derecho divino" (Epist. 33, 1).
Así empezó la más peligrosa perversión de la Iglesia. Jesús les había dicho a sus Apóstoles que tenían que ser como chiquillos (Mc 33-37; Mt 19, 13-15), hacerse "esclavos" de los demás (Mc 10, 42-45) y ponerse los últimos (Lc 22, 24-30). Sin embargo, la voluntad de Jesús se cumplió durante dos siglos, no más. Desde el s. III, los "ordenados" se situaron en un rango superior. De forma que sus prerrogativas son, desde entonces, el "honor", la "dignidad" y la "potestad", como se atestigua insistentemente ya en el apistolario de Cipriano de Cartago.
Cuando Jesús insistió tanto en que "los primeros" tenían que ser y situarse "los últimos", no estaba hablando simplemente de "humildad". Jesús se refería sobre todo al "poder". El poder "sagrado" es, en las tradiciones religiosas, el poder "supremo". De ahí que, en Roma, el título de "Sumo Pontífice" lo utilizaba el emperador, una costumbre que duró hasta Teodosio el Grande, a finales del s. IV. Pero los títulos de "Rey" y "Sacerdote" fueron utilizados por los emperadores hasta Carlo Magno.
El hecho es que los respresentantes de Jesús se erigieron en poderosos de este mundo. Con un poder que llega hasta la intimidad de las conciencias. Así, los hombres de la religión le hemos quitado la fuerza al Evangelio. Ni el mundo se cambia con poderes, ni a los humanos se les hace mejores dominándolos. Ni el Vaticano ni sus teólogos entienden esto. De los que están abajo, de la gente sencilla y normal, de los pobres y las víctimas, de esas gentes vendrá el cambio y el futuro que anhelamos. Hay curas humildes, por supuesto. Pero insisto en que el problema no es asunto de "espiritualidad", sino de "estructura". La Iglesia no es una institución de "sumisos", sino una comunidad de "iguales", en la que los primeros se ponen los últimos.Teología sin censura
En todas las grandes religiones de la humanidad, la tensión entre sacerdotes y profetas ha sido una constante. Así lo dice y lo demuestra el más importante sociólogo de la religión, Max Weber. Y añade que es "una cuestión de poder", además "condicionada por la situación política". Esto es exactamente lo que le pasó a Jesús. Él se puso de parte de la vida y en contra del sufrimiento y de la muerte, de forma que a eso le dio más importancia que a las ceremonias del Templo y a las observancias de la Ley religiosa. Cosa que no soportaron los sacerdotes. Por eso, porque Jesús daba vida y todo el mundo se iba con él, por eso los sacerdotes lo condenaron a muerte (Jn 11, 47-53). Y no pararon hasta que lo vieron colgado, como un maldito entre malditos. Y se rieron de él, lo humillaron y se mofaron de su fracaso. Aquello fue, en los inicios del cristianismo, la primera vez que ganaron los sacerdotes: derrotaron a Jesús hasta verlo hundido y fracasado. Por eso, siempre que en los evangelios se menciona a los sumos sacerdotes es para presentarlos como agentes de sufrimiento y muerte (A. Vanhoye).
Así las cosas, se comprende que los seguidores de Jesús no pusieron en marcha un "movimiento sacerdotal", sino un "movimiento profético". Los sacerdotes se basan en una "institución" (el Templo y todo lo que eso conlleva) y en un "cargo" (que se basa en su "consagración"). Los profetas son "carismáticos". Y el carisma "es el don de ejercer autoridad, sin basarse en instituciones o funciones previas" (G. Theissen). Por eso los profetas adoptan una "conducta desviada" y "entran en conflicto con las intituciones".
Esto explica que, mientras las religiones de la antigüedad tenían una nomenclatura consagrada para designar a sus cuadros de mando, el cristianismo primitivo designó a sus ministros con nombres tomados, no de la religión, sino de realidades profanas y laicas, que nada tenían que ver con las religiones: "siervos" ("esclavos), "diáconos" (camareros), "presbíteros" (los que presidían ciertas instituciones civiles), "obispos" (los "inspectores" o "prefectos civiles"), "presidentes" ("pristámenoi"), "directores" ("egoúmenoi"). La Iglesia naciente excluyó el lenguaje sagrado. El mismo nombre que adoptó aquel movimiento original, "ekklesía", era el nombre de la asamblea democrática de los ciudadanos libres, reunidos para tomar sus decisiones. Todo esto ha sido bien estudiado y se trata de conclusiones seguras (J. Dupont, A. Lemaire, H. F. von Kampenhuasen, G. Hasenhüttl).
Así estuvieron las cosas hasta el siglo III. La Iglesia primitiva, la más cercana a Jesús, nacio de un derrotado por los sacerdotes. Pero ella prescindió de los sacerdotes, de sus templos, sus altares y sus ceremonias sagradas. Los cristianos celebraban la eucaristía. Pero lo hacían como una cena de hermanos y amigos. De esto hablaremos más adelante. Pero con el paso del tiempo, a medida que los cristianos se hicieron más numerosos y se integraron en la sociedad del Imperio, el movimiento original y profético de Jesús, fue evolucionando hacia una institución estructurada en la que los ministros de las comunidades fueron adquiriendo una posición cada vez más privilegiada, con más poder, hasta acabar por ser vistos como "hombres consagrados". Así se produjo la segunda victoria de los sacerdotes. Vencieron al desoncertante Jesús y desviaron su proyecto: el centro dejó de ser la lucha por la vida y contra el sufrimiento. Y en lugar de eso, se impuso la Religión, con sus dogmas y sus leyes, sus poderes y sus amenazas. Pero todo esto necesita ser analizado más despacio. Lo haremos. De momento, queda en pie que "los curas vecen dos veces". ¿Qué futuro nos espera?Teología sin censura
Jesús no fue sacerdote. Es verdad que en la carta a los Hebreos se le aplica este título a Cristo varias veces. Otro día explicaré lo que pretende enseñar la carta a los Hebreos cuando designa a Cristo como sacerdote. Desde ahora debo adelantar que la doctrina de Hebreos sobre el sacerdocio no se refiere a lo que son actualmente los sacerdotes en la Iglesia. Pero de esto hablaremos más adelante.
Si exceptuamos la carta a los Hebreos, en ningún escrito del N. T. se designa a Jesús como sacerdote. Además, es importante recordar que Jesús, durante su vida pública, suscitó muchas cuestiones: "¿Quién es éste", se preguntaba la gente, los discípulos, los maestros de la Ley. ¿Quién decís vosotros que soy yo", les pregunta el mismo Jesús a los Doce. La respuesta fue siempre la misma: Jesús era un profeta. Lo decía la gente (Mc 6, 15; 8, 27-28; Lc 7, 39, etc). Y lo afirmaba el propio Jesús (Mc 6, 4; Lc 13, 33). Era, pues, común el convencimiento de que Jesús fue un Profeta. Sin embargo, en los evangelios jamás se dice que Jesús fuera el Sacerdote esperado, igual que era esperado el Mesías. Esta doble expectativa (del "profeta" y del "sacerdote") está atestiguada en los documentos de Qumran (1 QS IX 10-11) al igual que en los Testamentos de los XII Patriarcas, escritos que se conocían en Israel en tiempo de Jesús. Pero tan cierto como eso es que Jesús respondió a las esperanzas del "profeta" deseado y esperado. Mientras que de ninguna manera respondió al deseo del "sacerdote" que vendría a restaurar el sacerdocio decadente de aquel tiempo en Israel.
Además, ni Jesús era de familia sacerdotal. Ni jamás actuó como sacerdote. Ni estaba vinculado al personal que servía en el Templo. Ni él fundó un templo aparte, un santuario, un lugar de culto. Ni organizó ceremoniales o ritos religiosos para la gente que le seguía. Ni instruyó a sus discípulos en alguna liturgia original y nueva. Decididamente, el proyecto de Jesús no fue un proyecto sacerdotal, asociado al Templo, al altar, al culto litúrgico. El proyecto de Jesús fue un proyecto profético. Y en el Evangelio queda patente, una vez más, la antigua y tradicional tensión entre el "sacerdote" y el "profeta". En días sucesivos iremos analizado las consecuencias que todo esto entraña.Teología sin censura
Para comprender lo que la Iglesia naciente pensaba sobre el sacerdocio, es importante empezar por Juan Bautista, que tuvo la misión de "preparar los caminos del Señor" (Mc 1, 3; Is 40, 3). El padre de Juan fue el sacerdote Zacarías (Lc 1, 5-23). Y su madre, Isabel, era de la familia de Aarón (Lc 1, 5), la más ilustre de las familias sacerdotales de Israel. Puesto que el sacerdocio judío era hereditario, lo lógico es que Juan, heredero de una familia sacerdotal por los cuatro costados, hubiera sido él también sacerdote, dedicado al culto religioso del Templo. Sin embargo, Juan no se fue al templo a formarse como sacerdote, sino que se fue al desierto (Lc 1, 80). Parece lógico pensar que el Evangelio cuenta esto con una intención: los caminos del Señor no se preparan desde el sacerdocio y las ceremonias del Templo, sino desde la vida profética de un hombre del desierto. De hecho, esto es lo que sucedió allí.
Pero hay más. El evangelio de Lucas empieza relatando dos apariciones de ángeles, que anuncian dos nacimientos prodigiosos: la aparición al sacerdote Zacarías en el Templo (Lc 1, 8-27); y la aparición a una joven en Nazaret, una aldea de Galilea (Lc 1, 26-38). El hombre consagrado del Templo no creyó el anuncio del ángel (Lc 1, 20) y por eso se quedó mudo (Lc 1, 20). Por el contrario, la mujer sencilla del pueblo creyó, como atestigua Isabel (Lc 1, 45) y enseguida habló en el precioso himno del Magníficat (Lc 1, 46 ss). Sea lo que sea de la historicidad de estos datos, lo que importa es la lección religiosa que plantea el evangelio de Lucas: cuando Jesús viene a este mundo, el sacerdocio enmudece y no tiene ya nada que decir, mientras que la mujer sencilla del pueblo sin importancia pronuncia el proyecto subversivo de la "misericordia" del Señor: "desbaratar los planes de los arrogantes, derribar del trono a los poderosos, encumbrar a los humildes, colmar de bienes a los hambrientos y despedir a los ricos con las manos vacías" (Lc 1, 50-53).
Jesús entró en la historia humana de forma tan desconcertante como subversiva. La salvación, que nos trae Jesús, no viene de los hombre consagrados del Templo, sino de la mujer "humillada como una esclava" (Lc 1, 48) y perdida en el pueblo desconocido, un pueblo (Nazaret) del que, a juicio de los primeros discípulos de Jesús, "nada bueno podía salir" (Jn 1, 46). El Evangelio es más sorprendente de lo que imaginamos. Si lo entendemos, nos descoloca a todos.Teología sin censura
El papa Benedicto XVI ha convocado un "Año Sacerdotal", para promover la santificación de los sacerdotes. Esta convocatoria se ha hecho con motivo del 150 aniversario del nacimiento del Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos. Y se celebra desde la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús de 2009 (19 de junio) hasta la misma fiesta en 2010 (11 de Junio). Estamos pues casi a la mitad del año que, por deseo del papa, la Iglesia católica quiere dedicar al cuidado y a la mejor fomación posible de los sacerdotes.
Por supuesto, las preocupaciones de Benedicto XVI por los sacerdotes católicos son perfectamente comprensibles. El papa tiene motivos para estar preocupado por la situación que atraviesa el clero. La creciente escasez de vocaciones sacerdotales y los escándalos, a que han dado motivo tantos curas y tantos religiosos, justifican de sobra las preocupaciones del Pontífice en este orden de cosas.
Pero, si es que sinceramente queremos ir a la raiz de las cosas, la pregunta que hay que afrontar, en este año dedicado al sacerdocio en la Iglesia es si el problema del clero se va a resolver promoviendo la santificación de los sacerdotes o si la cuestión que tenemos que resolver no es mucho más radical: realmente, ¿Jesucristo quiere que haya sacerdotes en la Iglesia? La pregunta es enteramente lógica. Porque ni en los evangelios ni en todo el Nuevo Testamento se dice en lugar alguno que Jesús instituyera un sacerdocio o que en las iglesias que fundaron los apóstoles hubiera "sacerdotes". En la Iglesia se empezó a hablar de "sacerdotes" en el siglo III. ¿Qué quiere decir esto? ¿Es que ni Jesús, ni los Apóstoles, ni los primeros cristianos cayeron en la cuenta de la importancia del sacerdocio? ¿O es que se trata de una cuestión meramente semántica, es decir, que en aquel tiempo se les llamaba a los sacerdotes con otros nombres?
De este asunto tan serio y de tan serias consecuencias, hablaremos en los próximos días. Pero ya advierto una cosa que me parece fundamental. No se trata de atacar a la Iglesia o a su estructura jerárquica. Se trata de repensar si lo que está más de acuerdo con las intenciones y la voluntad de Jesús el Señor es que la estructura de la Iglesia sea la estructura sacerdotal y clerical, que tenemos, o si lo más coherente con el Evangelio de Jesucristo es otra forma de organización de la Iglesia. Hasta el s. III, la Iglesia funcionón de otra manera. ¿Por qué no vamos a tener la libertad y la audacia de pensar en serio si no tendríamos que volver a los orígenes del Cristianismo? Ésta es la cuestión.Teología sin censura
Mucha gente se pregunta por qué los obispos hablan con tanta dureza cuando se trata de los temas relacionados con el sexo, mientras que, por el contrario, cuando se plantean problemas relacionados con la justicia no dicen nada; o se limitan a hacer afirmaciones genéricas con las que todo el mundo está de acuerdo, por ejemplo, exhortar a los ricos y poderosos a que sean más caritativos. En cualquier caso, es evidente que a las mujeres que abortan (y a quienes colaboran con eso) les cae encima la "excomunión" y hasta se les acusa de "herejes", cosa que nunca se les dice a los gobernantes y magnates del gran capital, que son directamente responsables de que cada 24 horas se mueran de hambre 35.000 niños. Los obispos, que se echanron a la calle para manifestarse contra el matrimonio de los homoexuales, no han dicho ni pío contra los políticos y patronos corruptos que han acarreado o acentuado la crisis económica que padecemos. ¿Por qué esta doble vara de medir?
Por supuesto, todo el mundo entiende que defender la vida de un ser humano no nacido es una cosa ejemplar: se defiende al inocente, al indefenso, al más débil. Lo cual da una imagen de ejemplaridad ética. Por el contrario, decirle al presidente de Estados Unidos que estará excomulgado y será un hereje mientras en ese país se siga practicando la pena de muerte, se siga contaminando la atmósfera como actualmente se hace o la industria americana siga fabricando y vendiendo armamentos de guerra y muerte a medio mundo, eso le traerá (sin duda alguna) muchos problemas al obispo o al papa que se atreviera a decirlo o hacerlo. Condenar el aborto o las indecencias sexuales no le complica la vida a ningún clérigo. Denunciar (con nombres y apellidos) a los responables (por acción u omisión) del sufrimiento de los más débiles, eso crea muchos problemas.
Por otra parte, según dices los psicoanalistas o los más agudos pensadores, es un hecho que dominar el sexo de la gente da poder, mientras que enfrentarse a los potentados corruptos quita poder. Esto ya es, por sí solo, un buena explicación de la "doble vara de medir" que he mencionado antes.
Además, la historia nos enseña que debe ser cierto lo que acabo de apuntar. Mucho antes de que Jesucristo viniera al mundo, allá por s. V (a.C.), los griegos ya decían que "el cuerpo es la prisión del alma", una idea que Pitágoras había aprendido de los chamanes del Norte, desde los países escandinavos hasta el Pacífico. De donde se llegó a dedcucir la conclusión que, según la certera fórmula del profesor (clásico en estos estudios, E. R. Dodds), "la pureza, más bien que la justicia, se ha convertido en el medio cardinal de la salvación". Y nuestros obispos, que quieren salvarnos a toda costa, han tomado (según parece) la firme resolución de acabar con todas las impurezas, aunque eso se haga a costa de dejar las injusticias campar a sus anchas.Teología sin censura
Parece casi un misterio que esta Iglesia, concretamente su Jerarquía, que lleva tantos siglos mandando, prohibiendo, amenazando, castigando, incurrieno en contradicciones inexplicables, a veces ocultando la verdad, en otros casos mintiendo o diciendo lo que le conviene, etc, etc, parece mentira - digo - que a estas alturas y con la que está cayendo, el papa y los obispos sigan teniendo la presencia social qude tienen y se impongan ante mucha gente con la eficacia con que se imponen. Se dice ahora que la gran mayoría de los ciudadanos no les hace caso a los obispos. Y que a casi todo el mundo le importa un bledo lo que diga el papa o el prelado de turno.
Todo esto es lo que se dice. Pero yo me sospecho que todo eso no es así. No sé lo que pasa en otros países, por ejemplo en los más avanzados de Europa central. En todo caso, lo que es indudable es que, en España o Italia, en Portugal, Irlanda o el Reino Unido, los discursos y las decisiones del papa y los obispos siguen teniendo una resonancia notable. Más aún, si un cura cualquiera le niega la comunión o el bautizo a una persona o una familia, tenemos noticia de relevancia y luego los interminables comentarios a favor o en contra. Y es que, nos guste o no nos guste, la Iglesia sigue teniendo presencia, influencia y eficacia. Con la Iglesia cuentan los políticos y los que quieren influir en la sociedad, los ricos y los pobres, los de derechos y los de izquierdas. ¿Qué tiene la Iglesia para seguir ejerciendo la influencia que ejerce, a pesar de tantos despropósitos e incluso disparates?
La respuesta está en el poder sobre las conciencias. Porque hay mucha gente (más de la que imaginamos) que necesita la sumisión. El sometimiento al poder que da seguridad es una misteriosa necesidad que muchas personas sienten. Lo que es cieto hasta el extremo de que, como bien se ha dicho "el deseo de sumisión" llega a ser tan determinante que "la obra maestra del poder consiste en hacerse amar" (Pierre Legendre). Este mecanismo es lo que explica cómo es posible que precisamente suele suceder que los papas más integristas y autoritarios son los más amados, los más aplaudidos, los que tienen sus seguidores más entusiastas y apasionados. Como ocurrió con Histler en la Alemania nazi o con Franco en la España embelesada por el Caudillo que la sometió durante 40 años. Además, no olvidemos que la gente que tiene más dinero suele ser la gente más apasionada a favor de la Religión, de lo que manda el papa o prohíbe el obispo. ¿No será que la sumisión religiosa de los más acaudalados es la "moneda de cambio" con la que pretenen asegurarse la felicidad de la "otra" vida, puesto que la de "ésta" la tienen ya garantizada?
Mons. Martínez Camino ha dicho que aprobar la ley del aborto es una "herejía" y lleva consigo la "excomunión". Como es lógico, los periodistas y "tertulianos" de diversas cadenas de radio y TV se han ocupado de este asunto y comentan la gravedad de las palabras que ha utilizado el obispo Martínez Camino. Pero ocurre que los periodistas no son teólogos. Y tienen el peligro de utilizar sin la debida precisión las palabras que ha dicho el obispo. Por eso me ha parecido que podrá ayudar, a quienes entran en este blog, saber algo más preciso sobre los términos tan fuertes y severos que ha utilizado el portavoz de la Conferencia Episcopal.
El Código de Derecho Canónico dice que "se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma" (can. 751). Por tanto, la herejía no es un acto de "desobediencia" a una decisión del papa o del obispo. Ni coniste en la "insumisión" a las orientaciones o preceptos morales que impone la jerarquía eclesiástica. La herejía es algo mucho más grave. No se refiere a la "obediencia a los obispos", sino a la aceptación de la "fe divina y católica", es decir, lo que Dios nos ha revelado y la Iglesia lo propone como tal. Esto exactamente es lo que dijo (a. 1870) el concilio Vaticano I (Denzinger-Hünermann, nº 3011). Por tanto, el aborto podría ser motivo de herejía sólo si se considera como una verdad de fe divina y católica. Es verdad que Dios prohíbe matar. Pero no sólo a los no nacidos, sino a todo ser humano. Sin embargo, la Iglesia no amenaza con la herejía a quienes admiten la pena de muerte. Y, durante siglos, los clérigos enseñaron que matar a herejes, infieles, homosexuales y otras gentes rechazadas por la religión, eso no era pecado, sino un deber. Así las cosas, un católico tiene que estar en contra de la muerte. Pero de la muerte de todo ser humano. Y aquí habría que aclarar dos cosas: 1) a partir de qué momento un embrión empieza a ser un "ser humano", un asunto sobre el que no hay un consenso ni en la comunidad científica, ni en la comunidad creyente. 2) por qué los obispos son tan exigentes en el tema del aborto y no lo son en otras agresiones mortales a la vida humana, como es el caso de la guerra o de la pena de muerte. Por lo demás, no olvidemos que el problema que se plantea no es que el Parlamento vaya a imponer la obligación de abortar, sino que va a regular las cosas de manera que las mujeres que consideren que pueden o deben interrumpir su embarazo, lo hagan en condiones humanas y sanitarias menos peligrosas e inhumanas. Y siempre dentro de los márgenes que permitan las leyes, que el Parlamento dicta para todos los ciudadanos, creyentes y no creyentes.
La excomunión es la privación de la comunión sacramental y de la participación en cualquier ceremonia de culto sagrado, así como desempeñar oficios o cargos eclesiásticos (can. 1331). Por tanto, es un castigo que se refiere directamente a la Eucaristía y, por eso, a la vida cultual de la Iglesia en todas sus manifestaciones. Aquí es conveniente recordar que, según cuentan los evangelios, Jesús no excluyó jamás nadie de su mesa. Ni siquiera excluyó a Judas en la Cena en que instituyó la Eucaristía. Es más, sabemos que a Jesús se le acusaba de que precisamente solía compartir sus comidas con pecadores y gentes de mala fama (Lc 15, 1 ss), lo que era motivo de escándalo para los observantes de entonces. Pasado el tiempo, se introdujo la costumbre de prohibír la comunión a los pecadores "escandalosos". Esta práctica se mantuvo hasta finales del s. VII. Pero, si el problema estaba en los pecados "escandalosos", eso quiere decir que eran hechos "públicos" y "notorios". No hay datos que demuestren con seguridad que la "vida privada" de los cristianos fuera motivo de exclusión de la Eucariatía. Como es lógico, la interrupción del embarazo, si se practica en los comienzos de la gestación, parece que se sitúa en el ámbito de la privacidad de la persona.
En cualquier caso, yo me limito a exponer el sentido de los térimnos teológicos. Soy teólogo y no quiero hablar sino de lo que puedo entender. En este asunto tan complejo, hay que escuchar sobre todo a los entendidos en biología, medicina, derecho y otros saberes que inciden en el problema. Yo me limito a exponer mi punto de vista, en lo que puedo entender sobre el tema. Respeto los puntos de vista de los demás.Teología sin censura
Según los evangelios, especialmente el de Lucas, Jesús no dudó en elogiar a los samaritanos (Lc 10, 30-35; 17, 11-19). Esto llama la atención. Porque los samaritanos no iban nunca al Templo de Jerusalén, ni creían en los Sacerdotes y el culto que celebraban los judíos. En la parábola del buen samaritano, los funcionarios del Templo hacen la vista gorda ante el sufrimiento y la injusticia, mientras que el samaritano es el que arrima el hombro y cuida del desgraciado. Y cuando Jesús curó a diez leprosos, resulta que el único que volvió a dar las gracias a Jesús fue precisamente un samaritano, en contraste con los nueve judíos, que se fueron al Templo a cumplir con sus deberes religiosos ante los Sacerdotes.
¿Por qué el Evangelio se pone de parte de los que no acudían al Templo ni hacían caso de los Sacerdotes? ¿Es que a Jesús no le importaba la Religión? ¿Se puede decir que el Evangelio es anticlerical? Según los presenta el Evangelio, los samaritanos son para nosotros un enigma. Porque el Evangelio propone como ejemplo precisamente a los que no se someten a la Religión "oficial". Pero el enigma de los samaritanos deja de serlo cuando caemos en la cuenta de que la fiel observancia de la religión oficial tiene un peligro: la observancia religiosa tranquiliza la conciencia y le hace pensar al observante que él es, precisamente por su observancia, una buena persona. Sin embargo, el criterio del Evangelio es muy distinto: para Jesús, lo único "sagrado", que hay en este mundo, es el ser humano. No es lo mismo lo "sagrado" que lo "consagrado. Consagrado es un templo, un altar, un objeto litúrgico, un sacerdote. Pero al Dios, que se nos revela en Jesús, no le interesa lo "consagrado", sino sencillamente lo "sagrado": la dignidad del ser humano, su vida, su felicidad. Por eso el enigma de los samaritanos deja de serlo cuando comprendemos que ellos, como no creían en lo "consagrado" (el Templo y los Sacerdotes), no tenían más que lo "sagrado" para verse como buenas personas que hacen lo que hay que hacer en la vida: portarse bien con los demás. Porque no hay más camino que ése para encontrar a Dios. La gente e queja muchas veces de las religiones, sus ceremonias y sus funcionarios. Y no le falta razón. Porque las religiones tienen el peligro de engañar, desviando la atención de lo que Dios quiere a otras coasas, que, con aparienci de santidad consagrada, no pasan de ser un gasto de dinero y de tiempo, en detrimento de lo más urgente: hacer esta vida más soportable. Hay personas a las que les gusta la religión. Y merecen un respeto. Pero que tales personas tengan cuidado de las posibles trampas que esconden las conductas religiosas.Teología sin censura
La caída del muro de Berlín, que hoy celebramos, es también la celebración del hundimiento del comunismo. Con tal motivo celebramos el triunfo de la libertad. Así quedó patente que, en la cultura actual, no se soporta la represión de los regímenes dictatoriales. Hoy es evidente que, para todos los ciudadanos de nuestro mundo, es insostenible un sistema - sea el que sea - que pretende gobernar mediante el mayor control posible sobre el pensaimiento y las decisiones de los individuos. La gente ya no aguanta los poderes absolutos, por más que esos poderes intenten justificar el dominio sobre las personas echando mano de los más altos y sublimes argumentos. El comunismo quiso imponer la igualdad reduciendo o incluso anulando la libertad. Eso no funiconó. Porque sabido es que en los países comunistas no había ni igualdad ni libertad. Una situación así era insoportable. Por eso se hundió.
La caída del muro de Berlín es el símbolo del triunfo de capitalismo. El sistema que afirma defender la libertad, por más que eso lleve consigo un escandaloso y brutal aumento de la desigualdad económica, social.... O sea, el comunismo defendía la igualdad a costa de la libertad. Por el contrario, el capitalismo defiende la libertad a costa de la igualdad. Así, hoy nos enorgullecemos de nuestras libertades, pero nos avergonzamos de las brutales desigualdades, que se agrandan de día en día.
La primera leccion que sacamos de esto es clara: igualdad y libertad son realidades dialécticas. Si se opta por una es a costa de la otra. En la economía de mercado en que vivimos, las cosas no puden funcionar de otra manera. Es un hecho demostrado hasta la saciedad.
¿Se puede remediar o, al menos corregir, esta dieléctica mediante motivaciones éticas, sociales o religiosas?. Hasta ahora, nada de eso no ha servido para mucho. Porque ahora nos damos cuenta de la segunda lección que tenemos a la vista: la fuerza de atracción del poder y el bienestar es mayor que la fuerza de los movimientos sociales y religiosos. Porque tales movimientos están organizados en forma de instituciones condicionadas, ellas también, por los intereses del poder y las ofertas del bienestar.
¿Tiene esto alguna solución? La experiencia también nos enseña que sólo aquellas personas o grupos que se sienten motivados por una mística (religiosa o laica) que es capaz de superar las gratificaciones que ofrece la atracción por el poder y el bienestar, sólo ellos pueden representar, en este momento, una luz y un motivo de esperanza. Es evidente, además, que los místicos de esa esperanza no van a nacer ni crecer en las instituciones sociales y religiosas que actualmente tenemos. Ni las religiones ni los sindicatos producen "místicos ". Más bien, educan "funcionarios ", quizá ejemplares. Pero nunca los funcionarios dieron un giro nuevo a la historia.
La conclusión es clara: necesitamos con urgencia profetas y místicos. Si no llegan pronto, nos espera el caos. El cambio climático, la corrupción de los poderosos y las energías de la tierra no dan para más.Teología sin censura
El papa y muchos obispos están preocupados porque las legislaciones laicas de los modernos Estados no-confesionales quieren quitar los signos religiosos de las escuelas. Es comprensible. A fin de cuentas, el papa y los obispos son los responsables oficiales de la Iglesia. Y el crucifijo es, para muchos cristianos, la imagen que en la actualidad representa e identifica a los cristianos. Por eso, a mí me parece bien que, en las escuelas a las que asisten solamente alumnos cristianos, haya un crucifijo presidiendo el aula. El problema se plantea en las escuelas públicas a las que pueden acudir estudiantes, no sólo cristianos, sino de otras creencias también. Siendo esto así, si es que queremos ser coherentes y respetuosos con las creencias de todos, en una escuela cuyos responsables optan por las imágenes religiosas como símbolo que preside el aula, habría que poner en la pared un crucifijo, una estrella de David, una media luna, un Buda, un Confucio y tantas otras imágenes que representan a tantas otras confesiones que tendrían que estar allí presentes, ya que puede haber alumnos judíos, musulmanes, budistas, confionistas, taotistas, etc, etc, además de cristianos. Por eso, a mí me parece que lo mejor sería no dar tanta importancia a una imagen. Y dar más importancia a la educación que allí reciben los alumnos. Todos tenemos el peligro de que el árbol tape el bosque. Quiero decir, ponemos en la pared un crucifijo y eso nos deja tranquilos y satisfechos. Pero, ¿qué ideas y qué criterios aprenden allí los alumnos? ¿Las ideas y los criterios que representa Jesús colgado en la cruz? ¿O las ideas y los criterios por los que se colgó a Cristo en la cruz? Ahí está el problema.
El 24 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador, Mons. Oscar A. Romero fue asesinado en la capilla del hospital de enfermos terminales (donde vivía), mientras celebraba la eucaristía. El día que lo mataron era lunes. El domingo, día 24, en la homilía que pronunció en la catedral, cuando las masacres del ejército salvadoreño se ensañaban con el pueblo, Mons. Romero dijo: "En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno! en nombre de Dios: ¡Cese la represión!". Al decir esto, por defender la vida de los más pobres, Mons. Romero firnmó su sentencia de muerte. Al día liguiente, lunes, cuando el arzobispo estaba en el ofertorio de la misa, un coche se detuvo ante la puerta abierta de la capilla del hospitalito. Y del coche salió un disparo que dio justamente en el corazón del prelado.
Han tenido que pasar casi 30 años para que un presidente del Gobierno de El Salvador haga justicia y diga en público, al mundo entero, quién fue el responsable de aquel asesinato. Fue el Gobierno de extrema derecha, del partido ARENA, que, desde entonces hasta el año pasado, ha mandado en aquel país, el que ordenó la ejecución de un buen sacerdote, de un excelente obispo, que tuvo la libertad y la audacia de ponerse de parte de quienes más sufren, para defender su vida.
Lo que sucedió en vida de Mons. Romero fue un dolor. Lo que ha venido después ha sido una vergüenza. El sucesor de Romero, Mons. Rivera y Damas, puso en marcha la causa de beatificación del arzobispo mártir. Pero Rivera murió poco después a causa de un infarto. Le sucedió Mons. Fernando Sáenz Lacalle, hasta entonces capellán general del ejército salvadoreño. Poco después, la causa de beatificación empezó a tener dificultades. Y las sigue teniendo hasta el día de hoy. Se sabe que en Roma el cardel López Trujillo (ya fallecido) ha sido un activo militante contra la beatificación y canonización de Romero. Roma ha puesto siempre el reparo de que Mons. Romero "se metió en política". Lo sorprendente es que este reparo venga del Vaticano, cuyo gobernante supremo, el Romano Pontífice, ha visitado tantos y tantos países, no sólo como Pastor Supremo de la Iglesia, sino además como Jefe de Estado. Pero hay más. Yo he sido profesor de la Universidad UCA, en San Salvador, durante más de 15 años. Y he podido conocer muy de cerca a quienes vivieron junto a Romero sus últimos años. Uno de los colaboradores más cercanos de Romero me contó que un día el arzobispo se desahogó con él y le pidió un favor increíble. Romero tenía motivos muy serios para sospechar que la embajada de Estados Unidos en San Salvador interfería su correspondencia con el Papa. Lo que más preocupaba a Romero era una carta, en la que el arzobispo comunicaba al Papa un "asunto extremadamente grave". La carta había llegado al despacho del Papa (Juan Pablo II). Esto se sabe con seguridad porque, por medio del P. Arrupe, se tenía la certeza de que el P. Dezza (luego cardenal y ya difunto) dejó la carta sobre la mesa del despacho del Pontífice. Pues bien, el hecho es que, poco después, una fotocopia de esa carta estaba en la Embajada de Estados Unidos en San Salvador. Quien me contó este hecho tenía prueba documental de lo sucedido. Sin duda, alguien, my vinculado a Juan Pablo II, estaba igualmente vinculado a los manejos de la CIA en el Caribe de los años 80. Eran los tiempos de la adminsitración Reagan, cuando, según las investigaciones (conocidas en todo el mundo) de Carl Berstein y Marco Politi (publicadas en el libro Su Santidad, Planeta, 1996), queda patente hasta qué punto Ronald Reagan convirtió en secreto al Vaticano en su principal aliado y, de forma encubierta, enviaba a William Casey, director de la CIA, a entrevistarse regularmente con el Papa.
Me da mucha pena pensar que en Roma las cosas funcionen de manera que Juan Pablo II esté ya próximo a su beatificación, por su ejempalridad evangélica (lo que me parece bien), mientras que el arzobispo Romero esté aún lejos de ese reconocimiento oficial de la Iglesia , por sus implicaciones políticas. ¿No da todo esto mucho que pensar? En cualquier caso, la gente sencilla y los pueblos de aquel continente ya han canonizado a Mons. Romero. Para ellos es San Romero de América. Lo mejor que puede hacer el Vaticano es respetar la fe de aquel pueblo. Mons. Romero no necesita solemnidades en la Plaza de San Pedro de Roma. Tiene bastante con la fe sencilla de los más sencillos de este mundo.
Si algo está poniendo en evidencia la crisis económica es que el dinero interesa más que las personas, importa más que las personas y se privilegia más que a las personas. Esto, dicho así, representa una brutalidad de tales dimensiones, que por eso no se suele plantear de esta forma tan cruda y descarada. Por eso, para maquillar semejante barbarie, se inventó el principio inviolable de la propiedad privada. El principio que justifica al propietario del dinero para acumularlo, para tenerlo a buen seguro, y para defenderlo haciendo lo que sea necesario con el fin de retener lo que le pertenece, por más que haya gente necesitada que se muere de hambre. Las asombrosas desigualdades económicas y sociales, que vemos a diario y por todas partes, demuestran que esto es así.
Lo peor del caso es que este estado de cosas está amparado por las leyes. Leyes que vienen de lejos, de muchos siglos atrás. Y que han marcado la mentalidad de nuestra cultura hasta el extremo de que casi todo el mundo ve, como lo más natural, que haya individuos tan ricos que ni saben lo que tienen, al tiempo que ahora mismo hay más de mil millones de criaturas humanas que se mueren de hambre. Vamos a decirlo con sinceridad y sin medias tintas: de hecho y tal como funciona la economía mundial, esta mentalidad, que ve la propiedad privada como un principio inviolable, es una mentalidad criminal, aunque, por supuesto, quienes tenemos semejante manera de pensar nos consioderamos personas honradas.
Nosotros no hemos sido los inventores de esta mentalidad. La cosa viene de lejos. Dicen que fue el año 451 a.C. cuando se redactó una colección de normas, conocida como las XII Tablas. Lo que interesaba, en estas normas, eran las reglas que gobernaban la propiedad individual y su defensa a toda costa. Por ejemplo, estas leyes disponían que cuando el propietario de una casa capturase a un ladrón en el mismo acto del robo, si el ladrón se resistía al arresto, podía matarlo sin mayor consecuencia (P. E. Stein). Con el paso del tiempo, esta ley (y la mentalidad que a ella subyace) se desarrolló de forma que los juristas se ocuparon prefrentemente del Derecho privado y prestaron escasa atención a los asuntos públicos. Este criterio ha marcado la cultura de Occidente más de lo que imaginamos. De ahí que, como bien demostró Bernhard Windscheid, el Derecho que ha configurado a Europa es altamente individualista. En él se alentó la libertad contractual sin ningún miramiento hacia la desigualdad de las partes contractuales. Los juristas dieron la máxima protección a la propiedad privada y redujeron al mínimo la responsabilidad de los hombres de negocios por los perjuicios que causaban a otros en el curso de sus operaciones. Esta la tesis que defiende Windscheid en su Pandektenrecht (1862-1870).
La consecuencia ha sido fatal: el Derecho privado de propiedad ha prevalecido sobre el Derecho fundamental a la igualdad en dignidad y derechos entre todos los seres humanos. Hoy hay personas y movimientos ciudadanos que trabajan por el logro de una mayor igualdad. Pero la tarea es difícil y larga. Porque viene de siglos atrás la idea de la desigualdad como algo esencial entre los humanos. En 1878, el papa León XIII, en su encíclica Quod Apostolici, afirmaba que "la desigualdad en drecho y en poderes dimana del mismo Autor de la naturaleza". Por eso el papa se lamentaba de quienes van propalando que "todos los hombres son por naturaleza iguales" (ASS, 1878, p, 372). Este criterio sigue introyectado hasta tal punto en la mayoría de la gente, que eso explica por qué las legislaciones actuales de los modernos Estados permiten las desigualdades más agresivas en materia de economía. Y por qué los ciudadanos ven eso como algo irremediable, incluso necesario. Así hemos llegado a la espantosa situación en la que ya nadie tendría que dudar que, en la práctica diaria de la vida, asegurar la propiedad del dinero importa más que la dignidad y la vida de las personas.
Saramago, motivado por su ateísmo militante, ha querido hacer de Caín una víctima del "dios" más vengativo y cruel que se puede imaginar. No discuto el valor litearario del libro de Saramago. Y respeto sus ideas, como pienso que él respeta las de los demás. Pero nada de eso es lo que aquí me interesa. Sólo quiero aclarar lo que representan Caín y Abel. El relato de la Biblia (Gén 4, 1-16) utiliza materiales que provienen de mitos muy antiguos (G. von Rad). Según este relato, Caín fue agricultor, mientras que Abel era pastor. Es decir, Caín representa la cultura de los pueblos instalados y (en ese sentido) sedentarios, en tanto que Abel representa la cultura de los pueblos nómadas que peregrinan con sus rebaños. En la antigüedad esto era frecuente. En la actualidad, Caín representaría la cultura de los instalados y sedentarios. Abel nos remite a las gentes que se ven obligados a emigrar, los desinstalados y trashumantes. Esto supuesto, es importante recordar que Víctor Maag, siguiendo a M. Buber, ha destacado la diferencia entre la vieja religión de los nómadas y la religión nacional de los instalados en un territorio. Cada una de estas religiones tienen sus "dioses". La religión de los nómadas es religión de promesa. El nómada no vive inserto en el ciclo de la siembra y la cosecha, sino en el mundo de la migración. Este Dios de los nómadas guía y protege a sus fieles, a diferencia de los "dioses" vinculaos a un lugar, a un templo, a un culto, a un sistema.
El relato del Génesis dice que Dios aceptó el culto religioso de Abel y rechazó el de Caín (Gén 4, 5). Lo que originó el odio, la violencia y la muerte. Queda así indicada la relación entre religión y violencia. La violencia entre culturas y religiones. La violencia de los instalados frente a los nómadas. Isarel fue un pueblo de nómadas del desierto. Hasta que se instaló en Canaán, la tierra prometida. Una historia marcada por la violencia y la muerte. Una historia que tiene una palpitante actualidad en este momento. No hay que hacer muchos esfuerzos de imaginación para pensar que hoy Caín sigue asesinando a Abel: los pueblos instalados no soportan a las gentes que tienen que emigrar, sin tierra ni nacionalidad que les identifique. El Dios de los templos y sus cultos solemnes no sporta a los "dioses" menores de los nómadas sin patria y sin papeles. La violencia no viene de Dios. La violencia es producto de la cultura (W. Sofsky). Y lo que importa y urge es que creamos en un Dios de paz, respeto y tolerancia, que sea una auténtica rèplica a la violencia que se asocia a la cultura.Teología sin censura
El enorme crecimiento del cristianismo no se produjo a partir de Constantino (s. IV), cuando la Iglesia fue aceptada y privilegiada por el poder imperial. El cristianismo se extendió en la sociedad del Imperio, ya en el s. III, precisamente cuando, según los documentados estudios del profesor E. R. Dodds, los cristianos eran "en gran parte (aunque con algunas excepciones) un ejército de desheredados". Esto se debió, sobre todo, a que "el cristianismo estaba abierto a todos y no hacía distinciones sociales: aceptaba al obrero manual, al esclavo, al proscrito y al ex criminal" (Paganos y cristianos en una época de angustia, Madrid 1975, p. 174-175). Precisamente cuando el Imperio padecía los primeros síntomas de su decadencia y su caída, "la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida; tenía un fondo para funerales de los pobres y un servicio para las épocas de epidemia. Pero más importante que estos beneficios materiales era el sentimiento de grupo que el cristianismo estaba en condiciones de fomentar" (o. c., p. 178). Epicteo nos descibe "el horible desamparo que puede experimentar un hombre en medio de sus semejantes". Y es que "debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesaba por nosotros, en este mundo y en el otro" (o. c., p. 179).
A la vista de estos hechos, sólidamente desmotrados, uno tiene la impresión de que ahora, cuando también vivimos en una "época de angustia" y crisis, la aportación mejor, que puede hacer la Iglesia, es comportarse más como "acogedora" que como "castigadora". La Iglesia es acogedora, como siempre lo ha sido. Pero, por favor, que no dé pie para que de ella se diga que discrimina y amenaza a personas o grupos sociales que necesitan más acogida que castigo.
No existe ninguna definición de fe sobre la existencia del infierno. Lo que la Iglesia ha definido, como doctrina de fe, es que, si alguien muere en pecado mortal, se condena. Pero no está definido que alguien haya muerto en pecado mortal. En el concilio Vaticano II, un obispo pidió que, en el capítulo final de la Constitución sobre la Iglesia, al tratar de la otra vida, se dijera que hay personas en el infierno. Pero la Comisión Redactora del texto final se negó a poner eso. Por tanto no es doctrina de fe que hay difundos en el infierno.
Pero, ¿puede haberlos? ¿es posible el infierno? El infierno es un castigo. Y además un castigo eterno. Por tanto, es un castigo que no tiene una finalidad para otra cosa, sino que es fin en sí mismo. Es decir, no tiene más finalidad (para los que van allí, si es que existe) que hacer sufrir a los condenados. Ahora bien, un castigo no puede ser un fin en sí mismo. Un castigo siempre es un medio. Para mejorar la conducta del que se porta mal. O para evitar que haga daño a otros. Pero es evidente que un Padre bueno no puede crear y mantener, por toda la aternidad (o sea, sin fin) un castigo que no tiene más finalidad que hacer sufrir. Si Dios es un Padre infinitamente bueno, no puede haber hecho un infierno que sólo sirve para castigar y hacer sufrir. Dios no puede ser contradictorio en sí mismo.
Hay gente que asocia "la santidad" más con "lo divino" que con "lo humano". O también que relaciona "lo santo" más con "lo sagrado" que con "lo profano". Es comprensible que ocurra esto. Porque, a fin de cuentas, los santos se relacionan más con el cielo que con la tierra. Y más con lo sagrado de un templo que con lo profano de una calle.... Por eso, hoy día de todos los santos, vendrá bien recordar que el la liturgia de la Iglesia nos recuerda sabiamente el evangelio de las "Bienaventuranzas". Pero, si leemos atentamente este evangelio, una cosa que llama la atención es que Jesús no habla ahí de prácticas religiosas, normas sagradas o ceremonias de piedad y devoción. Por supuesto, las prácticas, las normas y las ceremonias son importantes. Pero lo son en tanto en cuanto nos hacen más humanos, más buenas personas, más honrados. Por eso hoy, en la festividad de todos los santos, la Iglesia nos recuerda el ejemplo y la vida de todas las buenas personas, que han pasado por la vida, haciendo el bien, contagiando paz, esperanza, alegría, felicidad. Y aliviando penas y sufrimientos. Tales personas, la mayor parte de ellas enteramente desconocidas, ésos son los santos cuya memoria hoy celebra la Iglesia. Como se ha dicho tan acertadamente, las víctimas de este mundo, los vencidos y fracasados, ésos son los protagonistas de la Historia. En tales personas, que son legión, están los santos que hoy veneramos.
La fiesta de Todos los Santos (1 de Noviembre) nos recuerda, entre otras cosas, que las personas honradas van al cielo. Por el contrario, las personas corruptas van al paraíso o, mejor dicho, a los paraísos. Estoy hablando de los "paraísos fiscales", en los que son acogidos, protegidos y amparados todos los corruptos, los ladrones, los canallas. Los que tienen que ocultar sus fortunas. Porque son fortunas acumuladas y amasadas al margen de la ley, robando a la pobre gente que se queda sin trabajo, olvidando el hambre que hay en el mundo, los niños que mueren de mieseria cada día, mientras ellos, a fuerza de desvergüenas y "pelotazos urbanísticos y fiscales" atesoran riquezas que ya nadie puede saber a cuánto alcanzan, ni a dónde llegan. En estos días, no celebramos a los "santos", sino que deploramos a los "corruptos. Y maldecimos un sistema que hace posible esta descomposición social y la espantosa desvergüenza de gentes que aparecen como personas dignísimas, cuando en realidad son bandoleros con corbatas de Armani.
El pasado 21 de Octubre, el diario "El Economista" informaba que el ministro francés del Presupuesto, Eric Woerth, dijo que 17 países de la OCDE, reunidos en París, han pedido revisar la "lista negra" de los "paraísos fiscales", los países en los que el secreto bancario ampara los capitales de oscura procedencia, protege a quienes se presentan como dueños de tales capitales y facilitan el blanqueo de dinero. O sea, los "paraísos fiscales" son las cuevas de ladrones de la modernidad, donde depositan sus fortunas los corruptos que roban y los que ganan tanto dinero que, depositando sus fabulosos ingresos en los bancos de esos países, evaden los impuestos, y así se quedan con todos los beneficios y no cargan con el deber de ciudadanos honrados que cumplen con sus obligaciones fiscales, para bien de los países en los que enriquecen.
Se sabe que, en este momento, los "paraísos fiscales" son más de 40.
El pensamiento helenístico de los grigos se interesaba sobre todo por el "ser". El pensamiento bíblico de los judíos centraba sus preocupaciones en el "acontecer". El Evangelio, cuando habla del Reino de Dios, no se interesa propiamente por "lo que es", sino por "lo que sucede" cuando Dios está presente y actúa en la vida de una persona, de un grupo humano, de una institución... (Bernhard Welte). Dicho de otra manera, mientras que a los griegos lo que les interesaba era el "ser" (Metafísica), al Evangelio lo que le preocupa es el "acontecer" (Historia). Y no olvidemos que el "ser" pertenece a la Ontología, en tanto que el "acontecer" es lo que sucede en la Vida.
Esta explicación meramente "teórica" nos lleva derechamente a una cuestión enormemente "práctica". Porque con frecuencia ocurre que el interés y las preocupaciones por el "ser" (de Dios, de Cristo, de la Fe...) no es sino una fuga, una auténtica huida, de la Historia y de la Vida. Quienes tienen miedo a afrontar lo concreto, lo que "sucede" (la "práctica"), encuentrasn una excelente escapatoria en lo abstracto, en lo que "es" (la "teoría).
Así desembocamos en una pregunta que resulta angustiosamente preocupante: ¿por qué en la Iglesia se le da tanta importancia a la correcta "doctrina" y no se le da la misma importancia a la correcta "conducta"? En la Iglesia hay una Sagrada Congregación para la "Doctrina" de la Fe. Pero no hay otra Sagrada Congregación semejante para interesarse por la "conducta" ejemplar y evangélica de los obispos, de los sacerdotes, de los religiosos/as, de los laicos/as. Y algo que es peor: a un párroco le llaman la atención si predica una homilía que no se ajusta a lo que ha dicho el papa en un discurso reciente, pero seguramente ni el obispo ni la Curia Vaticana se ponen nerviosos si saben que ese párroco no se preocupa de los pobres, es interesado en asuntos de dinero, busca cargos de importancia, tiene rasgos de fariseo hipócrita, y así sucesivamente.
La cosa está clara: la Iglesia del "ser" se ha superpuesto a la Iglesia del "acontecer". Lo cual da que pensar. Y hay que atreverse a pensar: ¿No será que el poder eclesiástico controla mejor las "ideas" que las "conductas"? ¿No estaremos ante la sutil y eficaz adulteración del Evangelio (y de la vida) esgrimiendo como argumento la deslumbrante teoría de la estricta fidelidad a la doctrina y, por cierto, a una doctrina que se afana (sin darse cuenta) por ser más fiel a la Metafísica que a la Biblia?
Me llama la atención, y me preocupa, que en la Iglesia se nos hable tan poco de Dios. Obispos, curas, cristianos de derechas y de izquierdas, casi todos andamos enzarzados en discusiones sobre muchas cosas. Asuntos relacionados con lo que opinan los políticos, los periodistas, los científicos, los hombres de negocios, los economistas, los progresistas y los conservadores. Nos preocupa todo eso. Y por eso hablamos tanto de esas cosas. Señal de que todo eso es lo que nos apasiona. ¿Y de Dios? ¿No tenemos nada que decir? Seguramente, y sin darnos cuenta de lo que ocurre, la pura verdad es que de Dios hablamos. Pero lo hacemos de forma que damos de él una imagen lamentable. Con nuestras divisiones, conflictos y enfrentamientos, con nuestros insultos y mututas agresiones, con las cosas extravagantes que decimos y hacemos, con todo eso, lo que pasa es que muchos ciudadanos terminan pensando y diciendo que hablar con "gente religiosa" es hablar con "gente rara", gente que vive en "su mundo". Porque no tenemos los pies en la tierra, sino que, con frecuencia, damos la impreisón de andar por las nubes. Así, lo que conseguimos, es dar una imagen de Dios que resulta lamentable, desagradable, sospechosa, quizá insoportable. Y entonces pasa lo que estamos viendo: es ya demasiada la gente que "puentea" a la Iglesia, pasa por encima de ella, precinde de obispos, curas y teologías, y prefiere entenderse directamente, y como puede, con Dios.
¿Por qué no hablamos más de Dios? ¿Es que no sabemos hablar de eso? ¿Es que nos da miedo? ¿Es que no tenemos nada que decir sobre esa cuestión fundamental? Jesús habló constantemente del Padre porque hablaba constantemente con el Padre. Nuesto silencio sobre Dios es la denuncia más fuerte de nuestra falta de experiencia de Dios. Si lo que de verdad nos apasiona en la vida es la política, el dinero, los cargos, ascensos y dignidades, ¿cómo vamos a poder hablar de Dios?
Don Miguel de Unamuno, en el prólogo a la segunda edición de la "Vida de Don Quijote y Sancho", cuando habla de "El sepulcro de Don Quijote", dice esto: "¿No te parece que en vez de buscar el sepulcro de Don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques, deberíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperan allí, dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada"? La pregunta de Unamuno es hiriente y duele. Pero hay problemas de fondo, las preguntas que tocan el fondo de uno mismo, que nos inquietan, nos producen inconfesables miedos y seguramente nos causan desazón. Es desagradable andar enredado en estas cosas. Pero seguramente es sano. Y, en todo caso, lo más insano de la vida es despreciar estas cuestiones, como cosas que no nos conciernen. Es lo más insano porque eso pone en evidencia una falsa seguridad sobre la cuestión última y decisiva. Una cuestión ante la que no cabe seguridad alguna. Ni la seguridad del creyente. Ni la del ateo. Mi convicción es que, ante semejante cuestión, sólo cabe el anhelo de la búsqueda.
Por desgracia, es frecuente encontrar en la vida gente fanática. Hay fanáticos en el mundo del pensamiento, del deporte, de la política.... Y por supuesto, también en la religión. Sobre todo, cuando política y religión se refuerzan mutuamente. En ese caso, el fanatismo desemboca inevitablemente en las formas más aberrantes de violencia. Pero, ¡antención!, no nos engañemos hablando de este asunto con ligereza. Uno de los estudiosos, que ha analizado con más seriedad el fenómeno del fanatismo, ha sido Amos Oz, reconocido intelectual comprometido con el proceso de paz en Oriente Medio. Pues bien, este escritor israelí, galardonado por sus trabajos sobre este espinoso problema, ha dicho acertadamente que "el fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo, Nás viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera".
Fanatismo viene del término latino fanum, que significa "sagrado", era (en la religión romana) un lugar sagrado. De ahí que "profano" es lo que está fuera del espacio sagrado. Por lo tanto, se puede afirmar que "fanatismo" es la postura y la convicción de quien hace de sus ideas algo literalmente "sagrado", por más que él no se dé cuenta de lo que hace. Y, como es lógico, el que hace de sus ideas o de sus preferencias una "realidad sagrada", por eso mismo convierte sus ideas y sus gustos en algo intocable, incuestionable, indiscutible. Lo cual ya es molesto y suele ser origen de conflictos y situaciones conflictivas en las que hablar con calma y sosiego, dialogar en paz y con buena voluntad, todo eso resulta sencillamente imposible.
Pero en el fanatismo hay algo peor y mucho más peligroso. El citado Amos Oz se ha dado cuenta de lo más destructivo que entraña el fanatimso y lo ha formulado así: "Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar". Aquí está el verdadero problema. Porque quien va por la vida pretendiendo obligar a los demás a que cambien de ideas, de convicciones, de preferencias, de conducta...., quien hace eso en la vida es inavitablemente una persona que va faltando al respeto, agrediendo a todo el que no piensa o vive como él, despreciando a mucha gente y, si es necesario, un individuo puede terminar siendo un auiténtico terrorista. Un terrorista que a lo mejor no pone bombras, ni mata a nadie. Pero bien sabemos que hay terroristas del espíritu, que se sienten con derecho a insultar, ofender, humillar, despreciar, denunciar, amargarle la vida a otras personas. Y, además, hacen todo eso tan tranquilos. Más aún, con la conciencia de que es eso lo que tienen que hacer.
Desgraciadamente, los terroristas del espíritu abundan en las religiones. Cosa temible. Porque pueden llegar a ser las peorres personas del mundo con la mejor conciencia del mundo. No sé si este tipo de gentes tienen solución. Lo dudo mucho. Sea lo que sea de este asunto, lo que es seguro es que los terroristas del espíritu son los que másd daño le hacen a la causa de Dios. He ahí por qué he dicho que el fanatismo es un peligro de alta tensión.
José M. Castillo
Tolerante es el que deja a los demás ser lo que son y como son. Más aún, tolerante de verdad es el que anima y ayuda a los demás a que sean como son. Por tanto, tolerante es el que no pretende que los demás cambien. Y, menos aún, intenta que los otros piensen como él piensa o que se comporten como él se comporta. Tolerante, en consecuencia, es el que jamás echa en cara nada a nadie. El que no reprende nunca. Y, por supuesto, el que jamás ejerce violencia alguna contra nadie, sea quien sea.
José M. Castillo
Cada día veo con más claridad que una de las cosas más difíciles y más arriesgadas, que hay en la vida, es la libertad de pensar. Pensar sin miedo, teniendo el coraje de soltar las amarras y las seguridades que nos proporcionan las "autoridades doctrinales", con sus "verdades incuestionables", sus "dogmas", sus "obediencias" y sus "absolutos", por muy absolutos que nos digan que son.
Cada día abundan más los cristianos que, al no estar de acuerdo en muchas cosas con el papa, con la mayoría de los obispos y de muchos curas, no tienen más remedio que vivir como "cristianos por libre". Son, por lo general, personas que admiran a Jesús y ven en el Evangelio un proyecto que puede dar sentido a sus vidas. Pero ven, al mismo tiempo, que la Iglesia "oficial" anda lejos del Evangelio. Además, son muchos los clérigos que se han pegado demasiado a la derecha política, en sus ideas, en sus preocupaciones y en sus preferencias. Por eso hay personas de buena voluntad que se preguntan: ¿es que para ser cristiano hay que ser de derechas? ¿es que para creer en Jesús hay que hacer cosas (apetencias de cargos, dignidades, dinero, poder...) que prohibió Jesús? El problema está en que los "cristianos por libre" suelen verse como "cristianos desamparados". La fe religiosa no se vive en solitario. La fe en Jesús es un hecho comunitario, social, compartido. ¿Hata cuándo tantos creyentes podrán que vivir sus creencias en la soledad, la oscuridad y la duda? Esto es preocupante.
Juan Pablo II pensó que el Vaticano II se había pasado. Y decidió dar marcha atrás. Había que volver a lo antiguo. Y lo peor del caso es que Benedicto XVI, que sigue retrocediendo, ha pisado el acelerador. Como es lógico, los fundamentalistas católicos están encantados con esta regresión. Y lo agradecen acudiendo en masa a las concentraciones callejeras que tanto gustan al papa y sus obispos. Así consiguen que algunas gentes lleguen a convencerse de que ésta la buena dirección que hay que seguir. El papa y sus obispos se ponen tan contentos cuando reúnen un millón de fieles. Pero seguramente no piensan en que hay cientos de millones, que buscan a Jesús y necesitan respuestas para sus angustiosas preguntas, pero no encuentran, ni lo que buscan, ni lo que necesitan, en esta teología de marcha atrás, que nunca estuvo tan lejos como ahora de tantas gentes que buscan al Jesús del Evangelio y no lo encuentran en esta Iglesia. Nunca hubo ni más pompa clerical ni menos teología.
En tiempos de crisis económica, lo más urgente es repensar si nuestro nivel de gastos y consumo está a la altura de nuestras posibilidades. Se dice que más del 60 % de las familias españolas tienen problemas para llegar a fin de mes. Eso da que pensar. Entre otras cosas, obliga a pensar si la familia no puede llegar a fin de mes porque tiene que mantener dos casas, tres coches, hacerse regalos suntuosos, permitirse varios viajes largos cada año, usar siempre ropa de marcas caras, y así sucesivamente. Nos quejamos - con razón - de los abundantes casos de corrupción. Un escándalo tras otro. Y es que somos muchos los españoles que nos hemos acostumbrado a vivir por encima de lo que puede dar de sí la economía española. En España se habla mucho de ética. Pero los temas estrella son los relacionados con la bio-ética. Y eso es importante, por supuesto. Pero, ¿no será que hemos descuidado la ética de la responsabilidad en la profesión y de la austeridad en gastos de lujo y capricho? Seguiremos hablando de esto.
El mismo papa que rechaza a los sacerdotes casados católicos, acepta a los sacerdotes casados anglicanos. ¿Por qué no se les tolera a los católicos, lo que se les permite a los anglicanos que se pasan al catolicismo? La respuesta es clara y bien sabida: los anglicanos que acepta el Vaticano son los que no están de acuerdo ni con el matrimonio de los homosexuales ni con el sacerdocio de las mujeres. Dicho claramente: el modelo de sacerdote que quiere el papa es el sacerdote integrista, fundamentalista, intolerante. El papa no lo dice así. Pero la decisión que acaba de tomar Benedicto XVI, en relación a los curas anglicanos, ha dejado muy claro que lo que al papa le interesa de verdad es un clero que no tolera la igualdad de derechos de los homosexuales y de las mujeres. En eso está el nudo del asunto, por más que el Vaticano y sus letrados busquen y rebusquen otras razones para maquillar una decisión (una más) que pone en evidencia el camino regresivo que ha emprendido nuestra Iglesia. Un camino que con este papa se recorre ya a tumba abierta y pisando el pie en el acelerador. Con lo que nos alejamos cada día más del Evangelio. Jesús no habló jamás ni de homosexuales, ni de curas casados o solteros.
El Nobel de literatura, J. Saramago, en su reciente libro sobre Caín, dice que "la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con Dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él". No estoy de acuerdo con la lectura que hace Saramago del mito de Caín. Respeto su ateísmo militante, por más que no lo comparta. Pero, en todo caso, pienso que Saramago pone el dedo en la llaga cuando afirma que no entendemos a Dios. Es un hecho que "Dios" nos divide, nos enfrenta, nos aleja a unos de otros. Por "Dios", la gente se odia y se mata. Así ha sido siempre. Y sigue siendo ahora mismo. Decididamente, no entendemos a Dios. O más exactamente: el "dios" que mucha gente lleva en su cabeza y en sus entrañas es un "ídolo". Eso no es Dios. No puede serlo. Un "dios" que legitima a los canallas y corruptos, que sella la boca de los cobardes, que atiza sentimientos de venganza, que produce más sensibilidad ante el altar que ante el dolor y la humillación de los humanos, eso no merece el nombre de "dios". Esto es urgente: tenemos que cambiar nuestra idea de Dios.
Los obispos hablan contra el aborto. Los obispos no hablan contra la corrupción política y económica. Parece lógico, y resulta inevitable, preguntarse por qué hablan con tanta claridad y con tanta firmeza en un caso y se callan en otro. Siguiendo el lema que orienta el proyecto de este blog, atrévene a pensar sobre esta elocuencia antiabortista y este silencio anticorrupción. Según el relato de la pasión, Jesús le dijo al sumo sacerdote Anás que él siempre había hablado con ¨libertad¨, parresía, una palabra griega que significa libertad, audacia, atrevimiento... Atrévete a pensar por qué Jesús hablaba con parresía. Y por qué, según parece, a nuestros pastores les falta esa parresía. No sé si es que tienen miedo. No sé a quién o a qué le tienen miedo. A Jesús, por decir que hablaba con parresía, le dieron una bofetada. Yo me figuro que nuestros obispos no temen que nadie les pegue. En tal caso, no acabo de entender por qué dan que pensar que quizá están lejos de aquella libertad admirable con la que Jesús hablaba.
Desde la religión es enormemente difícil entender a un hombre que fue asesinado por la religión. La casi totalidad de las personas que entramos en este blog - al menos por ahora - lo más seguro es que hemos nacido en una cultura religiosa, hemos sido educados en la religión, vivimos integrados en ella, aunque no estemos de acuerdo con muchas de las cosas que hace o dice la religión. Pero el hecho es que la "cultura religiosa" nos ha configurado y forma parte esencial de nuestra propia identidad. Pues bien, estando así las cosas, lo primero que debemos tener en cuenta, cuando pensamos en Jesús e intentamos comprender su mensaje y su significación para nosotros, es que Jesús fue un hobre que habló y vivió de tal forma, que los supremos responsables de la religión (y los hombres más religiosos de su pueblo y de su tiempo) se dieron cuenta muy pronto de que Jesús no coincidía con ellos y, lo que es más elocuente, aquellos responsables de la religión vieron en Jesús un peligro, una amenaza tan grave, que vieron con claridad que tenían que eliminar a Jesús. Por eso, lo insultaron, lo persiguieron, lo llevaron a junio, lo conderanos y lo ejecutaron. Con la forma de ejecución más dura que había entonces. No sólo porque era la más dolorosa, sino sobre todo porque era la exclusión social total. Es decir, Jesús fue totalmente excluido y condenado por la religión. Y es importante tener presente que el motivo último de la condena fue que era un blasfemo. Lo cual quiere decir que el Dios de Jesús - el Padre de quien él tanto habló y al que tanto le rezó - era incompatible con el Dios justiciero, amenazante y peligroso, qie da miedo a tanta gente. El Dios de la religión, de entonces y de ahora, que tantos creyentes siguen teniendo en su cabeza
Los medios de comunicación se han encargado de difundir la noticia. El prsidente de la FAO acaba de informar que el número de personas que padecen hambre extrema ha aumentado de forma alarmante, por causa de la crisis económica mundial. Antes de la crisis, había en el mundo 800 millones de personas que tenían que vivir con menos de un dolar al día, lo que significa que ese gentío inmenso no puede recibir la calorías indispensables que necesita para no morirse de hambre en poco tiempo. Ahora nos enteramos de que ese número de hambrientos severos se ha disparado. Y en poco tiempo ha aumentado en más de doscientos millones. Estamos, pues, ante una situación clamorosa, esperpéntica, sobrecogedora. No exagero. Ahora mismo hay más de mil millones de moribundos en nuestro mundo. No pretendo insistir, una vez más, en nuestras responsabilidades. NO quiero, por tanto, presionar sobre nuestras malas conciencias. Lo que quiero decir es que todo esto, además del terrible problema humano que representa, es también un problema teológico. Jesús dijo ¨tuve hambre y me disteis d comer´. No sé si realmente creemos en Dios. No sé si de verdad creemos en Jesús y su Evanglio. Cada día que pasa, el Vaticano, sus hombres y sus teologías, se me ponen más oscuras. Porque no sé cómo es posible creer en Dios y vivir, tolerar, legitimar y hasta quizá fomentar que Jesús siga muriendo..... de hambre y de miseria. Me duele tener que decir esto. Pero tenego que decirlo. Tenemos que insistir en ello. Porque aquellos en los que está Dios, se mueren de necesidad.
Susan George, conocida politóloga, presidenta del Obeservatorio de la mundialización y vice-presidenta de la asociación ATTAC, ha escrito en su excelente libro The Lugano report: "La aspiración inmediata al bienestar material se ha revelado como una fuerza mucho más poderosa que las promesas del comunismo o de las religiones, para las cuales la recompensa llegará en un futuro radiante pero indeterminado, por no hablar de las promesas que se nos hacen para la "otra vida".
Dicho con más claridad: está visto, y más que comprobado, que el consumismo capitalista y el bienestar inmediato que el consumo proporciona, eso tiene más fuerza de seducción, de atracción y de organización de nuestros comportamientos, que los gritos del hambre y del dolor del mundo. Esto es algo que saben muy bien quienes manejan la economía mundial y las políticas de todos los colores. Por eso todos vivimos en la enorme y brutal contradicción de estar quejándonos de tanta corrupción, cuando todos sabemos que, en el fondo, estamos encantados con la oferta que a todas horas nos hacen los corruptos. ¿Y así vamos a superar nuestras crisis?
Disponemos "que a nadie se le conceda la facultad de ofrecer sacrificios, que ninguno se acerque a los templos, que nadie reverencie los santuarios".
Este texto no fue redactado por un ateo, un pagano o un hereje. Es un pasaje del CODEX THEODOSIANUS 16, 10, 11. Publicado el 7 de Abril del 529, el Código de Teodosio fue parte del intendo desesperado del Emperador por restaurar la solidez y consistencia del Imperio Romano. Esto spuesto, lo notable es que este texto muestra claramente hasta qué punto el cristianismo representó un cambio radical en la forma de entender y practicar la religión. Queda patente que los cristianos tenían prohibido (en el s. VI) ofrecer sacrificios, entrar en los templos o respetar los santuarios. Esto tiene su explicación. Teodosio prohíbe los cultos paganos. Pero además nos recuerda que Jesús fue un laico, que no levantó ningún templo, ni capilla alguna. La religión de Jesús se funde con la vida. Y la reverencia de los cristianos no es respeto a los edificios o a las ceremonias sagradas, sino respeto, estima y bondad ante las personas.
José M. Castillo
Por equivocación, al redactar el texto anterior, he dicho lo contrario de lo que quería decir. Me refiero al paréntesis donde afirmo que conste ue yo soy abortista. NO LO SOY. Pienso que el aborto es matar una vida humana. Otra cosa es que el Parlamento no pueda ni discutir el problema del aborto, que es un tema enormemente debatido, sobre el que existen posturas muy contrarias. De ahí que el legislador, en una sociedad pluralista, tiene el derecho y el deber de analizar el problema y buscar la mejor solución.
José M. Castillo
En muchas más cosas de las que imaginamos, pero sobre todo en asuntos de religión, una enorme mayoría de creyentes estamos "programados" de tal manera, que, sin darnos cuenta de lo que nos pasa, el hecho es que pensamos, no como nosotros queremos, sino como otros quieren. Y lo peor de todo es que sometemos nuestro pensamiento como si eso fuera lo que hay que hacer, lo que tiene que hacer todo el mundo. Para conseguir esto, las religiones utilizan un mecanismo que reslta contundente por su tremenda eficacia. Liberarse de ese mecanismo es una tarea titánica que raras veces llega a su término y alcanza su fin. El mecanismo del que estoy hablando es el siguiente: una persona religiosa es una persona que, desde el momento en que acepta ser "creyente", desde ese momento introduce en su vida un elemento extraño a la vida misma, un elemento que no es verificable, que es indiscutible, y sobre todo que es manipulable. De donde se sigue que una persona que introyecta en la sangre misma de sus ideas más queridas un elemento así, desde ese momento y de forma inevitable, empezamos a pensar, no como nosotros queremos, sino como quieren y les interesa a los "guardianes de la ortodoxia", a los "censores de la fe". Por eso hay tanta gente que aceptan, sin más, las cosas más extravagantes que, a veces, se dicen o se oyen en los sermones de las iglesias. ¿Qué explicación tiene que, en estos mismos días, los obispos anden más preocupados por la ley que se va a discutir en el Parlamento sobre el aborto (y conste que yo soy antiabortista) que por los escándalos de corrupción política de los que cada día nos enteramos? ¡POR FAVOR! VAMOS A UTILIZAR LA CABEZA PARA PENSASAR Y NO PARA SOMETER NUESTRAS IDEAS A LAS IDEAS QUE LES INTERESAN A OTROS.
Comentario al Evangelio diario - Ciclo C (2009 - 2010)
Editorial Desclée, 495 pgs.
Este libro, en tamaño bolsillo, ofrece el texto del evangelio de cada día según el calendario litúrgico, empezando en Adviento (29.XI.2009) hasta el final del año tal como lo fija la liturgia de la Iglesia (27.XI.2010). A continuación del texto evangélico, se hace un comentario distribuido en tres puntos, que pretenden explicar el sentido del texto y las aplicaciones que de él se pueden deducir para la reflexión y la oración.
En la solapa del libro se dice que el Evangelio es una recopilación de "recuerdos". O mejor, el Evangelio es el "recuerdo peligroso de la libertad". Porque este recuerdo se refiere a aquellas tradiciones en las que nació el anhelo de la libertad (J. B. Metz).
La libertad que cuestiona todas nuestras opresiones, nuestros miedos, nuestros desalientos y nuestras cobardías. Y también nuestras seguridades. Por eso el Evangelio es "memoria subversiva", que nos descubre horizontes insospechados de libertad y autenticidad. Sólo así podremos recuperar el significado y la práctica de la Religión de Jesús.
Editorial Trotta, 383 pgs. (Nota de solapa de libro)
¿Existió Jesucristo? Y si es cierto que existió, ¿qué dijo? ¿qué hizo? ¿qué representa Jesús de Nazaret para todos y cada uno de nosotros? Este libro intenta, por supuesto, responder a estas preguntas. Pero, antes que eso, aquí se pretende dejar claro que aquel judío desconcertante, que fue Jesús, llevó a cabo la revolución más asombrosa que se ha producido en la historia de las tradiciones religiosas de la humanidad. Una revolución que pronto fue controlada, domesticada y bien integrada en el sistema por la religión. Sí, fue la religión de los templos y las leyes, de los sacerdotes y los altares, la religión de las muchas liturgias y las pocas entrañas de humanidad, la que expulsó a Jesús de la ciudad santa, lo sacó del espacio sagrado y allí, ?fuera de la puerta? (Heb 13, 12), en el ámbito de lo profano, lo laico, lo secular, allí precisamente, lo asesinó. Para que quede en evidencia, por todas las generaciones, que al Dios de Jesús no lo encontramos en la trascendencia y en la divinidad, sino en la inmanencia y en la humanidad. Nos guste o no nos guste, las últimas generaciones que han nacido en los países de Occidente están marcadas por la patética fórmula que acuñó Nietzsche, en El Anticristo (af. 18): ?El concepto cristiano de Dios -...- es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra; tal vez represente incluso el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. ¡Dios, degenerado a ser la contradicción de la vida, en lugar de ser su transfiguración y su eterno sí?. Lo que pasa es que ni Friedrich Nietzsche, ni nadie entre los mortales, cuando pronunciamos la palabra ?Dios?, estamos hablando de Dios. ¿Qué hacemos nosotros pretendiendo indagar en lo que sólo se puede encontrar más allá del campo inmanente de nuestra capacidad de conocimiento? Por eso, lo que este libro intenta explicar es que en Jesús, Dios ?se despojó de su rango y se hizo como uno de tantos? (Fil 2, 7). Y es ahí, sólo ahí, vaciándose de todo poder y de toda gloria, en la búsqueda de nuestra propia humanidad, donde es posible encontrar el sentido de la vida, que trasciende las representaciones del Trascendente que nosotros nos hemos hecho y nos hemos servido a la carta, con frecuencia y por desgracia, para dividirnos más y hacernos más daño los unos a los otros.
José M. Castillo
Cuando yo era niño, un día, al volver a casa del cole, le dije a mi madre que en la clase de religión me habían explicado que Dios no hay más que uno. Pero que Dios es uno de tal manera que, al mismo tiempo, en Dios hay tres personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. O sea, que Dios es uno y tres al mismo tiempo. ¿Cómo se puede entender eso, mamá?, le pregunté. La respuesta fue tajante: "En eso no se piensa". Aquel día aprendí que hay cosas en las que no se puede pensar. Porque son indiscutibles. Así empezó la larga y penosa historia de mi bloqueo mental, en virtud del cual yo mismo he sido el implacable censor de mí mismo.
Tengo la impresión de que esto, que me pasa a mí, es algo muy parececido a lo que le ocurre a mucha gente. Cada cual, en su intimidad secreta y seguramente sin saber lo que le pasa, se corta constantemente los caminos por los que puede avanzar en la incesante tarea de descubrir la verdad, comprender la realidad, salir de tantos engaños que la sociedad y la convivencia nos han contagiado. Hemos nacido en la cultura del "pensamiento único". Y el pensamiento estandarizado, configurado de acuerdo con los intereses del sistema, es la "cárcel de oro" en la que cada cual clausura su propia capacidad de buscar, de avanzar, de encontrar la verdad de las cosas, la explicación de tantos hechos que no sabemos explicar porque ni nos atrevemos a pensar en ellos.
A partir de este sencillo planteamiento, ofrezco este blog a quienes estén interesados en luchar contra sus propios miedos, sus inconfesables miedos, a pensar. Sólo de esta manera podremos empezar a ser verdaderamente libres. Y por eso también, creativos. Los eternos asustados a pensar son (somos) parásitos sociales, que vivimos a costa de lo que piensan otros por nosotros y para nosotros.
Jueves, 16 de febrero
José Mª Castillo
Francisco Baena Calvo
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Religión Digital
José Arregi
Francisco Margallo
Juan Fernandez Krohn
Vicente Luis García
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya