Los obispos españoles han conseguido un “éxito” apostólico (¡?) que no resulta fácil de interpretar y más difícil de explicar. La asignatura de religión, en los planes de enseñanza, será una asignatura que se evaluará con nota, como se hace con cualquier otra asignatura, las matemáticas, pongamos por caso. ¡Pobre Religión! ¡Para lo que ha quedado el Evangelio! Por supuesto, así los obispos se quedan tranquilos. Y tienen la seguridad de que quien no aprenda religión, se verá reprobado. ¿Para tener que vérselas con Dios y con su conciencia? No. Con el profesor, en septiembre.
Mucha gente se sigue preguntando si el papa Francisco va a ser el hombre que imprima un cambio, profundo y de consecuencias decisivas, en la Iglesia. Yo estoy convencido de que ese cambio no es que se va a producir, sino que ya se ha efectuado.
Lo que hace y lo que dice este papa está desconcertando tanto a tanta gente en la Iglesia, que cada día aumentan los que, por un motivo o por otro, no se fían de lo que están viendo y oyendo. Es lógico que haya quienes opinan que es pronto para dar un juicio, en el sentido de que estamos viviendo un cambio definitivo o, por el contrario, es pronto para opinar que no tardaremos en ver cómo todo sigue igual que antes. Sea lo que sea y pase lo que pase, lo que no me parece razonable es ponerse ya a sentenciar que no tardaremos en ver que el fracaso de este papa - a primera vista tan innovador - está a la vuelta de la esquina. Y el hecho es que así piensan - y así lo dan a entender - más de dos y más de cuatro, por mucho que intenten disimularlo los que, no sólo no se fían del papa Francisco, sino que en realidad lo que desean intensamente es que se estrelle cuanto antes.
La carta de Santiago dice: “Religión pura y sin defecto a los ojos de Dios Padre, es ésta: mirar por los huérfanos y las viudas en sus apuros y no dejarse contaminar por el mundo”. Recuerdo aquí, y en el momento cruel que estamos viviendo, estas palabras de la carta de Santiago porque tengo la firme convicción de que si los obispos españoles se hubieran plantado y se hubieran echado a la calle, ante el sufrimiento de los parados, los desahuciados, los suicidados, los engañados, los desesperados, ahora mismo el reparto de los duros sacrificios, que está imponiendo la crisis, se habría planificado y se estaría gestionando de otra manera. De forma que nos parecería imposible e impensable que la distancia entre ricos y pobres, y la diferencia de ingresos entre unos y otros, en lugar de aumentar escandalosamente (que es lo que está pasando), estaría disminuyendo.
El nuevo estilo de presentarse en público, que el papa Francisco está poniendo de manifiesto y que tanto llama la atención de la gente, entraña más hondura de lo que seguramente imaginamos. Si, hace
unos días, yo decía que no basta con cambiar de zapatos (y vestimenta) para renovar la Iglesia, hoy debo insistir en otro aspecto del problema que me parece enteramente necesario. Más aún, fundamental.
En todo el mundo han sido noticia las nuevas costumbres que el papa Francisco ha introducido en la imagen pública que el sucesor de Pedro ofrece ante el mundo. Nadie duda ya que el papa se parece cada día más a un hombre normal, sin los zapatos rojos de Prada y cada vez con menos indumentarias de ésas, tan llamativas como trasnochadas. Por supuesto, esto es de elogiar, Y expresa que este papa tiene una personalidad fuerte, original, ejemplar. Un papa es importante, no por su imagen pública, sino por su ejemplaridad. Es evidente que el papa Francisco tiene esto muy claro. Por eso lo admiramos, lo aplaudimos, lo sentimos más cerca. Y esperamos mucho de él.
El papa Francisco, por las cosas que ha dicho desde el día que fue elegido y, más aún, por su llamativa forma humilde y sencilla de presentarse en público (ya que desde que era arzobispo de Buenos Aires), ha despertado tales expectativas de renovación en la Iglesia, que, con razón, se ha visto en él una evocación de Juan XXIII. El reciente libro de José Manuel Vidal y Jesús Bastante dejan muy claro este aspecto del nuevo papa. Por no hablar de los interminables comentarios, en el mismo sentido, que los medios difunden a diario y que, en cantidades asombrosas, circulan por la red. Es evidente que son muchos los católicos que ven la renovación de la Iglesia, no sólo como una posibilidad, sino incluso como una probabilidad cercana.
1. La raíz de la crisis de la Iglesia No parece que sea ninguna exageración afirmar que, en las últimas décadas, jamás se había hablado tanto de crisis de la religión y, más en concreto, de crisis en la Iglesia. Pero, en un asunto tan delicado y tan grave como éste, no basta con lamentarse de escándalos y del daño que hacen quienes los cometen. Por supuesto, es importante saber lo que pasa, si es que queremos de verdad ponerle remedio y atajar el mal. Pero, si nos limitamos a eso, el mal no se ataja. Lo que importa de verdad es ir derechamente a la raíz de la crisis. ¿Dónde está el fondo del problema?
Los medios de comunicación han difundido y comentado, durante la semana pasada, una información que ha sorprendido a unos y a otros ha indignado. Dicho en pocas palabras, se trata de que en una parroquia de Madrid han cambiado el párroco. Y resulta que el nuevo responsable de la parroquia ha tomado la decisión de que un local importante de la parroquia se dedique, no para atender a los pobres (que eran las personas que allí se atendía), sino que ahora ese mismo local servirá para enseñar catequesis.
El papa Bergoglio, ¿es un hombre conservador? No (con las salvedades que diré). ¿Es progresista? Tampoco. Entonces, ¿qué es? Quienes le conocen bien aseguran que Bergoglio es Bergoglio. O sea es único y, por eso precisamente, desconcertante. En cualquier caso, los que han convivido con él aseguran que este hombre se caracteriza por dos cosas que se le notan cuando se le conoce bien: su singular capacidad de poder y la naturalidad con que evidencia su protagonismo. De ahí que donde está, destaca. Su voluntad se impone. Pero se impone de forma que no se acomoda ni se adapta a lo acostumbrado o, si se prefiere, “lo habitual”. Es un hombre que, donde está, su eficacia se palpa.
Benedicto XVI, sobre todo con su renuncia al papado, ha dejado patente que es un hombre bueno. Y que ha sufrido, en el ejercicio de este cargo, más de lo que seguramente sospechamos. En cualquier caso, le decisión de su renuncia representa un precedente que puede ser decisivo para el futuro del papado. No sólo por el ejemplo que nos deja J. Ratzinger, sino además porque ya no es impensable que, en un futuro no lejano, el papado deje de ser un cargo a perpetuidad. Si todos los obispos del mundo, a cierta edad, tienen que presentar su renuncia, ¿por qué no el obispo de Roma?
El problema de la Iglesia no está en los conflictos de la Curia, sino en la integración y consiguiente pertenencia de la institución eclesiástica al sistema económico que nos ha arruinado y nos está destrozando.
Miércoles, 22 de mayo
José Mª Castillo
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Faustino Vilabrille Linares
Religión Digital
Manuel Mandianes
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
JC Rodríguez, A Eisman
El Pórtico