En España, por lo menos, nos quejamos con toda razón del fracaso escolar y de los muchos e importantes defectos que tienen los programas educativos, que se vienen poniendo en práctica en las últimas décadas. Por otra parte, sabemos muy bien que una de las cosas más graves, que pueden ocurrir en un país, es que la educación entre en crisis. Pues bien, así las cosas, si la educación en general ha sido un importante fracaso, mucho más lo ha sido la educación "religiosa". Nuestros obispos se han preocupado por que la clase de religión no se suprima en los planes de estudio. Es más, los prelados han batallado con empeño para que la clase de religión sea obligatoria. Es perfectamente comprensible ese empeño de los obispos. Pero, en cualquier caso, lo que no resulta comprensible es que la Iglesia consiga que la asignatura de religión se mantenga en la escuela. Que consigan además que el Estado pague a los profesores de esa asignatura. Y lo que es más, que hayan conseguido que a los profesores de religión los pone y los quita la Iglesia, no el Estado, que es el que paga el sueldo de los profesores. Por otra parte, es sabido que los obispos se han preocupado de que los profesores de religión sean ejemplares, que su vida familiar y hasta privada sea una vida sin tacha. Todo esto, como sabe todo el mundo, es motivo de dudas y enfrentamientos entre los ciudadanos, ya que no todos están de acuerdo en que el tema de la religión se enseñe de esta manera y se gestione así.
Pero lo que, a mí por lo menos, me preocupa en todo esta complicado asunto no es nada de lo que acabo de mencionar. Lo que da mucho que pensar es que, después de tanto defender la enseñanza de la religión, la ignorancia religiosa sea tan alarmante en este país. Se puede ser creyente o ateo, indiferente o agnóstico. Lo que no se debe ser, en ningún caso, es ignorante. Y puedo asegurar que la ignorancia religiosa, al menos en España, es muy preocupante. No sólo desde el punto de vista propiamente religioso, lo cual es comprensible. Pero es que, además de eso, yo me pregunto cómo una persona puede visitar el museo de El Prado, la catedral de Burgos, la Alhambra de Granada, y tantos otros lugares de reconocida importancia histórica y cultural, sin tener ni idea de lo que realmente se está visitando. No es posible conocer ni la historia, ni la cultura, ni la sociedad, ni la política..., si no se tiene una cultura religiosa al menos elemantal. Porque, en cualquier cultura del mundo, religión y cultura van inevitablemente fundidas. De forma que si se desconoce la una, por eso mismo se ignora la otra. Un país o un individuo ignorante en religión es un país o un individuo ignorante a secas.
Puntualizando más, lo peor de todo - desde el punto de vista del cristianismo - lo más alarmante de todo, es la ignorancia de conocimientos bíblicos que tienen la gran mayoría de los que se reconocen como cristianos. Esto es irritante. Porque no hay ninguna otra institución que tenga la ventaja que tiene la Iglesia para explicar cada domingo el Evangelio, los textos del Nuevo Testamento, la tradición de la Biblia. Miles de iglesia, muchos más miles de misas, a las que la gente acude, dispuesta a escuchar lo que le digan. Pero, ¿como se las apaña el clero para tener una posibilidad que nadie más tiene, ni los partidos políticos, y sin embargo, el hecho es que lo que se enseña en las homilías debe ser tan pobre, tan mal enseñado, que la gran mayoría de los que asisten a misas y funciones de iglesia, ni saben lo que son los evangelios sinópticos, ni tienen una idea clara de por qué no se puede decir que Jesús existió, ni saben qué es la redención, por qué Jesús curaba a los enfermos o qué quiere decir eso... Y asi sucesivamente.
Lo repito: esto es exasperante. ¿No se ha tomado conciencia de este gravísimo problema? ¿No se toman las medidas petinentes para resolverlo? ¿Por qué? A veces, pienso o al menos sospecho que la Iglesia le tiene miedo al Evangelio. Y le tiene más miedo a que la gente se entere de lo que realmente dijo y quiso Jesús. ¿Será eso cierto? Y hasta me da por pensar que, en no pocos ambientes eclesiásticos, se tiene más interés en que el público sepa lo que dice el papa que lo que dijo Jesús. Si esto es verdad (¡Dios no lo quiera!), entonces es que la crisis de la Iglesia es más profunda de lo que imaginamos. Porque significaría que el cristianismo se está saliendo de la Iglesia.Teología sin censura
Nicolás Maquiavelo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (I, 12), dice: "Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben, pues, mantener las bases de la religión, y hecho esto, les será fácil mantener al país religioso, y por tanto bueno y unido". Y añado el mismo Maquiavelo: "Y deben favorecer y acrecetar todas las cosas que sean beneficiosas para ella (la religión), aunque las juzguen falsas". Como es lógico, Maquiavelo muestra aquí un interés por la religión en el que lo importante no es la creencia en Dios, sino la utilidad de la religión. ¿Para qué? Para mantener al país unido. Porque una religión fracturada, acaba fracturando también la convivencia y rompiendo la sociedad. Es decir, una religión rota produce un país roto también. Esto ocurría en el s. XVI, cuando escribía Maquiavelo. Y sigue ocurriendo ahora, en el s. XXI. Hay gente que se imagina que la religión está muerta o mortecina y que, por tanto, lo mejor que se hace es arrumbarla o incluso perseguirla. ¡Qué error tan monumental! No entro en el tema religioso propiamente tal. Me refiero al bien de la sociedad y de la convivencia de un pueblo. El hecho religioso sigue siendo determinante. Para bien o para mal. También en Europa. Y en Estados Unidos. En todas partes.
Por eso Maquiavelo erremete contra la Iglesia, por el triste papel que, ya en aquellos tiempos, jugaba en Italia. El juicio de Maquiavelo es muy duro. La idea del gran politólogo del XVI es que la Iglesia ha creado mucho malestar en Italia. Y da dos razones: "La primera es que por los malos ejemplos de aquella corte (la corte papal) ha perdido Italia toda devoción y toda religión, lo que tiene infinitos inconvenientes y provoca muchos desórdenes; porque así como donde hay religión se presupone todo bien, donde ella falta sucede lo contrario. Los italianos tenemos, pues, con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía otra mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido nuestro país".
No quiero pensar lo que Maquiavelo diría ahora, si viera lo que ocurre en tantos países del mundo. Países en los que la religión, en lugar de unir a la gente, lo que hace es enfrentar más a los ciudadanos. El caso de España, o mejor, el caso de las "dos españas", es elocuente. La Iglesia no ha cumplido sus deberes para unir a los españoles. No juzgo el problema religios como tal. Ni el problema ético que esto conlleva. Me refiero a lo que estamos viviendo ahora mismo, en España, en otros países de Europa, en Estados Unidos.... ¿Qué creencias religiosas tenemos y mantenemos? ¿Es que Dios, si es el Padre de todos, nos va a dividir y enfrentar más de lo que ya nos enfrentan los intereses políticos, sociales y económicos?
Por eso, mi pregunta final hoy es tan clara como provocadora: ¿Creemos realmente en Dios? O sea,: ¿No será que nuestras creencias reales son otras y utilizamos a Dios para sacar adelante lo que de verdad nos conviene y nos interesa?Teología sin censura
Un filósofo francés - nada sospechoso de conservador -, Michel Onfray, ha dicho: "La época en que vivimos no es atea. Tampoco parece postcristiana, o muy poco. En cambio, sigue siendo cristiana, y mucho más de lo que parece". Lo que ocurre es que el cristianismo que estamos viviendo es, como se ha dicho seguramente con razón, un "Cristianismo invisible". Nos guste o no nos guste, el mensaje de Cristo se está saliendo de la Iglesia, se va alejando de ella (o quizá sea ella la que se distancia cada día más del Evangelio), y se está imponiendo en el mundo moderno de una "forma laicizada".
Pues bien, así las cosas, recientemente, el conocido sociólogo Frédéric Lenoir ha escrito: "El Cristianismo invisible de la sociedades modernas tiene sus defectos, qué duda cabe, y se basa en una forma secular de trascendencia que fundamenta nuestros valores, pero no se ha encontrado todavía nada mejor para legitimar y aplicar una ética universal de respeto al otro. A no ser que se odie, como lo hace Nietzsche, la igualdad, el amor al prójimo o la sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, no veo en qué sentido son tan nefastos el mensaje judeocristiano y sus avatares laicos o por qué otra formula maravillosa se pueden sustituir. Así pues, con los ojos bien abiertos y la razón crítica en guardia, asumamos serenamente lo que hay de bueno y útil para el hombre en nuestra herencia cristiana. Y reconozcamos, aunque sea de manera provisional, que nuestros ideales necesitan todavía cierta forma de trascendencia para mantenerse en pie. Al fin y al cabo, ¿no es mejor una ética humanista surgida del judeocristianismo que la barbarie?".
Frédéric Lenoir es filósofo y sociólgo, especialista en Historia de las Religiones y ahora es investigador en la École des Hautes Études en Sciences Socialees. Además, es el Director de la prestigiosa revista "Le Monde des Religions".
Pienso que es, por lo menos, pertinente reflexionar con sosiego, sinceridad y anhelo de Dios, en el problema de fondo que aquí se nos plantea. Un problema que, insisto, nos guste o no nos gueste, tenemos que afrontar, en lugar de volverle el rostro o, lo que sería peor, atacarlo desde las vísceras y con poca cabeza.Teología sin censura
El extraño episodio de los "demonios de Gerasa" tiene una sorprendente actualidad. Lo cuentan los tres evangelios sinópticos (Mc 5, 1-20; Mt 8, 28-34; Lc 8, 26-39). No es posible precisar si esta historia sucedió tal como la cuentan los evangelios. Los estudiosos de este asunto no se ponen de acuerdo sobre los detalles históricos. Pero esos detalles no son lo que interesa en este relato. Lo que importa de verdad es lo que este episodio extravagante nos viene a enseñar en este momento. Un momenjto histórico de tantas muertes y de tantas crisis. Me explico enseguida.
El hecho es que, en el territorio de Gerasa (una bellísima ciudad romana, actualmente en Jordania), había una aldea, no lejos del lago de Galilea, en la que (según los evangelios) había tal cantidad de demonios, que se llamaban "Legión". Todos ellos se habían mentido en un hombre. Y lo peor del caso es que eran demonios de muerte. Porque, según cuentan los evangelios, el endemoniado vivía en el cementerio, metido en las tumbas, golpeándose con piedras, con instintos de muerte tan incontenibles que los vecinos de la aldea no podían ni sujetarlo con cadenas. Lo destrozaba todo. Y andaba, como loco, gritando solitario por los montes. Era, sin duda alguna, la expresión más patética de la "legión de la muerte".
Así las cosas, Jesús desembarca en aquella comarca. Y libera a aquel hombre, tan locamente peligroso, de la lagión satánica de muerte que amenazaba a todos y se destruía a sí mismo. Pero el suceso, como es sabido, no acabó en eso. La legión de demonios, al salir de aquel extraño novio de la muerte, le pidió a Jesús que los dejara ir y meterse en una enorme piara de cerdos (unos dos mil) que hozaban tranquilamente enla falda del monte, junto al lago. Jesús les permitió a los demonios que fueran a meterse en los cerdos. Y entonces, inesparadamente, ocurrió lo más extraño del relato. Los dos mil cerdos, impulsados por la legión de demonios, se lanzaron, acantilado abajo, hasta que todo ellos se ahogaron en el mar. Los que, hasta entonces, habían sino "demonios de muerte", pasaron a ser demonios de dinero. Porque es evidente que dos mil cerdos, que ahora valdrían un capital, en aquel entonces serían una auténtica fortuna. Lo más seguro es que los vecinos de la aldea se vieron arruinados.
El hecho es que el pueblo entero salió a pedirle a Jesús que se fuera de allí. Lo cual quiere decir que aquellas gentes, que habían soportado a los demonios de la muerte, no pudieron soportar al que convirtió a tales demonios en en fuerzas incontenibles que, en pocos minutos, los dejaron sin cerdos, es decir, fuerzas que metieron al pueblo entero en una crisis económica que no tenían prevista y cuyas consecuencias desconocemos.
No hace falta calentarse mucho la cabeza para ver la palpitante actualidad de este estrambótico relato. Nosotros ahora somos como los gerasenos de entonces. Toleramos que los demonios de la muerte maten a miles de personas . Demonios del hambre y de la guerra, del paro y de la crisis, demonios vestidos de banqueros y gestores de finanzas, de políticos que se reúnen en Kyoto, Copenhague, Davos, en la Casa Blanca y en todas las casas negras que emsombrecen este mundo tan atiborrado de tantas legiones de demonios, legionarios de la muerte, a los que toleramos gustosamente, y pagamos con el dinero que nos quitamos de la boca. Porque estamos dispuestos a tolerar los instintos de muerte y sus espantosas consecuencias. Dando una ayudida a los niños de Haití, lavamos la conciencia. Pero, ¡amigo mío!, que no nos hablen de organizar la economía de forma que nuestros "cerdos" se precipiten por el acantilado de la crisis. El hecho es tan patente como patético: toleramos mejor un mundo de muerte que un mundo de crisis y soportamos gustosamente a los demonios de los sepulcros, con tal que no les toquen a nuestros cerdos. ¿Qué han hecho con nosotros? ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿No ha llegado la hora de poner las cartas boca arriba y mostrar a las claras lo que realmente tenemos y lo que de verdad buscamos o estamos dispuestos a tolerar, con tal que no nos toquen donde de verdad nos duele?Teología sin censura
Se ha dicho muchas veces que el derecho siempre llega tarde. Y es así. Primero, se cometen agresiones contra las personas. Y luego, las instituciones públicas dictan leyes para castigar a los infractores o para impedir que las agresiones se sigan cometiendo. Es muy extraño e infrecuente que se aprueben leyes para prevenir delitos. Las leyes y los derechos son la respuesta a necesidades sociales que la gente padece y ve que no están resueltas. Por eso se puede afirmar, con toda razón, que el derecho tiene una finalidad de amparo. De la misma manera que se puede asegurar que quienes carecen de derechos son los más desamparados de este mundo. Nunca, por tanto, elogiaremos suficientemente el valor y la importancia del derecho. Pero con tal que hablemos con propiedad del derecho en sentido estricto. Quiero decir, una persona tiene un derecho (propiamente tal) cuando, si se ve privada de él, puede presentar una demanda, con las suficientes garantías de que la demanda será escuchada, acogida y resuelta de acuerdo al imperio de la ley. El que no puede acudir al juzgado de guardia, para denunciar al agresor de un derecho, es que carece de ese derecho. Esto es tan evidente que no necesita más aclaración.
Pues bien, estando así las cosas, se comprende fácilmente el inmenso desamparo que, en el ámbito fundamental de nuestros derechos, nos vemos sumergidos en la presente situación. Porque carecemos de derechos en cosas que son muy importantes en la vida de cualquier ser humano. Baste pensar en los inmigrantes "sin papeles". Seguramente son el ejemplo más patente y más patético de lo duro que es vivir en el desamparo del derecho. Desamparo jurídico porque, cuando uno carece de "papeles", no tiene más posibilidades de salir adelante que la buena voluntad de los demás. Y bien sabemos que la buena voluntad no siempre abunda, sino que, por el contrario, escasea demasiado.
Por eso es importante y urgente que la gente piense, que todos pensemos, en la cantidad de asuntos capitales en los que carecemos de derechos. La vida y los cambios sociales van tan de prisa, que carecemos de instituciones públicas y de leyes que nos puedan amparar y sean capaces de protegernos de los muchos buitres, de las miles de aves de carroña, de las fieras, que gozan de poder y carecen de conciencia en asuntos que son vitales para la humanidad, para los pueblos y para los individuos. Voy a poner algunos ejemplos que explican bien lo que estoy diciendo. 1) Economía: se ha globalizado, es decir, los verdaderos problemas, que generan abundancia o crisis, son problemas de ámbito mundial. Pero no existe una autoridad mundial con capacidad para dictar leyes universales sobre la economía. Y menos aún existe un tribunal penal internacional, con poderes en el mundo entero, para juzgar y castigar a los muchos canallas que tienen poder para dar órdenes a los mercados financieros con la inevitable consecuencia de hundir empresas, arruinar a paises enteros, dejar a millones de travajadores en el paro, etcétera. Eso es lo que se ha hecho en los últimos años. Y se sigue haciendo. Pero, ¿quién juzga a esos buitres de tantan maldad? ¿quién los puede meter en la cárcel? ¿quién tiene capacidad para exigir que devuelvan el dinero que nos han robado a todos? Ahí están, en la calle, como señores respetados y respetables, disfruntando de sus caudales fabulosos. Y todo esto, ¿por qué? Porque vivimos dependiendo de un mercado mundial, al tiempo que no existe ni un derecho financiero mundial, ni un tribunal penal mundial, ni una justicia mundial. 2) Informática. Internet ha llegado hasta los rincones más lejanos del mundo. Y bien sabemos que, con la información que circula libremente, se gana dinero, se hace propaganda, se critica a instituciones y personas, se crean estados de opinión que pueden ser decisivos en la sociedad, se hace mucho bien o mucho mal, se educa o se corrompe a toda clase de personas, y sobre todo se ha creado una red mundial de comunicación en la que la información ha ocupado el lugar del pensamiento. Es decir, sabemos más que nunca, pero cada día pensamos menos, leemos menos libros, tenemos menos espíritu crítico, estamos más dominados por el llamado con razín "pensamiento único". Ya no somos nosotros los que mandamos en la Informática, sino que la Informática se ha hecho la dueña del mundo y manda en todos y en casi todo, por no decir "en todo". O sea, estamos más controlados que nunca y quizá "somos más esclavos que nunca". 3. Religión. Es un asunto que a mí, como creo que a mucha gente, nos preocupa de manera creciente. La religión nos impone obligaciones y deberes, pero no nos da derechos, si es que hablamos del derecho en sentido propio y estricto, tal como antes lo he explicado. Otro día hablaremos de esto más detenidamente. De momento, me limito a decir que, por ejemplo en la Iglesia católica, aunque existe en Código de Derecho Canónico, que contiene 1752 cánones, en realidad los católicos carecemos de derechos eclesiásticos que nos amparen con garantías de verdadera protección jurídica. Y esto es así por una razón muy clara: la Iglesia católica está organizada de forma que los tres poderes (legislativo, judicial y ejecutivo) se concentran en un solo hombre, el papa. De lo cual se sigue que, si un cura o un obispo (pongamos por caso) se ve privado del cargo que ocupa, se entera de que ha sido suspendido "a divinis", etc, etc, ¿a quién recurre? ¿puede poner una denuncia? El canon 1372 dispone que, si alguien recurre a un Concilio Ecuménico o a todo el Colegio Episcopal contra una decisión del papa, debe ser castigado. Todos los presuntos "derechos" que establece el Código de la Iglesia no son derechos en sentido propio. Dependemos de la buena voluntad del párroco, del obispo, del papa, según los casos. Os sea, nuestro desamparo religioso de derecho es asombroso. Al decir esto, tengo la debida cautela de indicar que, no por esto, el papa o los obispos son "buitres" que nos van a comer. No. Ellos mismos son víctimas de un sistema que se quedó atrasado y que, por tanto, no está a la altura de los tiempos.
Sólo he puesto tres ejemplos. Podríamos seguir con una larga lista de derechos, que deberíamos tener, pero que no tenemos. Y así anda todo: literalmente "manga por hombro". Otro día seguiremos hablando de este penoso asunto. Teología sin censura
Escribo esto con pena. En el morado penitencial de los días de austeridad. Porque siento tristeza y hasta indignación, mucha indignación, al presenciar lo que estamos viendo. Los medios de comunicación nos informan a diario de lo que se dice en el Foro de Davos. Como la semana pasada nos informaban del provocador rapapolvos que el presidente Obama les ha echado a los banqueros, precisamente cuando las primeras de todos los diarios e informativos nos abrumaban con las imágenes de muerte y miseria del deastre de Haití. Y a uno se le revuelven las tripas cuando se entera de que son muchos los bancos que no dejan de cobrar sus comisiones ni siquiera cuando se trata de transferir la generosidad de las buenas personas para remediar las desesperanción de las víctimas del terremoto. ¿Estamos locos? ¿O es que somos tan canallas que hasta nos arañamos lo que está a nuestro alcance aunque eso se haga a costa de hundir más en la miseria a los más desgraciados de este mundo?
Yo no soy economista. Ni sé cómo funcionan los bancos o por qué sube la bolsa. Lo que sí sé (porque lo sabe todo el mundo) es que los grandes bancos y las grandes financieras nos metieron en la crisis eco´nómica que estamos padeciendo. Y ahora resulta que los bancos y las bolsas son los primeros que están saliendo de la crisis. Y, por supuesto, los que más dinero está ganando. Insisto en que no soy economista. Pero, si lo que acabo de decir es cierto (y parece que lo es), resulta evidente que estamos a merced y en manos de una aconomía canalla. Tan canalla, que hacen con nosotros lo que quieren: y ante tanta canallada nos sentimos indefensos. Más aún, han montado la cosa de manera, que ya no podemos escapar de este sistema. No hay más salida que esperar que a ellos (a los que gestionan todo este asombroso y solemne tingalo) les venga bien y les interese sacarnos el dinero y el sudor de otra forma y utilizando otros procedimientos.
¿Solución? A veces, pienso que esto es cuestión de fe. Es como una especie de religión. Es más, lo que hay en juego es una auténtica religión en toda regla. Lo dice el Evangelio: "No podéis servir a dos señores... No podeís servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24). Esto supuesto, la cosa está clara: el dinero le ha ganado la partida a Dios. Por eso, mi pregunta es tan simple como quizás ingenua: ¿Dónde, en qué o en quién creemos de verdad? ¿En quién hemos puesto nuestra fe? ¿O es que la religión y las creencias no tienen que ver nada con lo que, en este momento, es el factor más determiannte de la felicidad o la desgracia de millones de seres huamos?
Teología sin Censura
En una visita que hizo a París el año pasado, Benedicto XVI defendió públicamente la "sana laicidad" del Estado. A los periodistas llegó a decirles que "la licidad en sí misma no es contradictoria con la fe, sino que la fe es fuente de una sana laicidad". Estas palabras del papa han hecho pensar a no pocas personas que Benedicto XVI ha tomado, en cuanto se refiere a las relaciones de la Iglesia y el Estado, una postura más abierta que la de los obispos españoles. ¿Es realmente así?
Creo que no. Más aún, estoy convencido de que el papa sigue pensando, sobre este asunto, exactamente lo mismo que pensaba el día que fue elegido obispo de Roma. Pocos días después de su elección, el 24 de junio de 2005, en la visita que, como exige el protocolo, el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano hizo al Presidente de la República Italiana, en el palacio del Quirinal, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que dijo: "Es legítima una sana laicidad del Estado en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según las normas que les son propias, pero sin excluir las referencias éticas que encuentran su último fundamento en la religión. La autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que se derivan de una visión integral del hombre y de su eterno destino" ("L?Osservatore Romano, 25.VI.5, pg.5). Por tanto, en cuanto se refiere al controvertido asunto de la laicidad del Estado, el papa actual ya hablaba, al empezar su pontificado, como ha hablado recientemente en Francia, de "sana" laicidad. Es decir, para el papa Ratzinger (según parece), no es aceptable la laicidad sin más. Esa laicidad tiene que ser "sana". ¿Y en qué consiste una laicidad "sana"? Si nos atenemos al programa de gobierno que el propio Ratzinger presentó ante el Jefe del Estado Italiano, la laicidad es "sana" cuando no excluye las referencias éticas que tienen su último fundamento en la religión. Por tanto, este papa afirmó sin titubeos, desde el comienzo de su pontificado, que, en todo cuanto se refiere a los comportamientos éticos, la referencia última, o sea la última palabra, la tiene la religión.
Por tanto, la convicción firme del papa actual es que el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano es quien tiene la última palabra en las decisiones de todos los demás Estados que, con sus leyes, puedan afectar a la conducta ética de los ciudadanos. A partir de este supuesto, se puede empezar a hablar de la "sana laicidad" que el papa acepta gustosamente. Todos sabemos los problemas que la llamada "sana laicidad" está creando en los países en los que la presencia de los católicos sigue siendo lo suficientemente fuerte como para que los obispos y los nuncios se sientan con fuerza para enfrentarse a los gobiernos que no favorecen a la Iglesia todo lo que los obispos y, en última instancia, el papa piensan que se han de privilegiar los puntos de vista y los intereses de la Iglesia por encima de los del Estado.
Así las cosas, lo primero que a cualquiera se le ocurre es que la postura del papa representa la pretensión de ingerencia de un Estado (el Vaticano) en los asuntos internos de otros Estados. Es verdad que esto lo hace el Jefe del Estado del Vaticano en cuanto Sumo Pontífice que es y, por tanto, jefe supremo de todos los obispos y de todos los católicos. Ahora bien, así las cosas, nos encontramos con un "poder religioso" que pretende estar por encima de un "poder político". No voy a discutir este asunto echando mano de teorías abstractas. Me voy a referir a algo mucho más concreto. El poder que tiene el papa, como Sucesor de Pedro, no como Jefe de Estado, le viene de Jesucristo. Pues bien, los católicos sabemos que Jesús prohibió severamente a sus apóstoles ejercer el poder como lo ejercen los jefes de la naciones: "No ha de ser así entre vosotros" (Mc 10, 43; Mt 20, 26; Lc 22, 26). Y si esto lo tuvo prohibido san Pedro, es de suponer que lo tienen también prohibido sus sucesores. Pero, sobre todo, si a los apóstoles ( y a sus sucesores) les está prohibido ejercer el poder "como" lo ejercen los jefes de las naciones, mucho más prohibido les estará pretender ejercer el poder "por encima" de los jefes de las naciones". Jesús se refería, por supuesto, a un poder espiritual. Pero es que resulta que el poder, que el papa insinúa tener sobre los Estados, se refiere exactamente a las cuestiones éticas, cuestiones que entran de lleno en lo que llamamos "poder espiritual".
No entro aquí a discutir los problemas filosóficos, jurídicos y políticos que plantea la "sana laicidad" que defiende el papa. Sea lo que sea de esos complejos problemas, lo que yo veo, como estudioso de la teología cristiana, es que el poder que pretende tener el papa no se puede fundamentar en las enseñanzas de Jesús. Es más, si tomamos en serios el Evangelio, esa presunta "sana" lacidad no tiene fundamento alguno para lo que pueden y deben creer los cristianos. Vamos a quedarnos con la laiciadd a secas, que si se acepta y se respeta debidamente, con ella tenemos bastante. Y con ella viviremos en paz y en armonía.
José Mª CastilloTeología sin censura
Perdonen, una corrección importante a lo dicho a propósito de la "Intolerancia": Al hablar de las "dos españas", lo que he querido decir es que "ahora NO nos matamos por ser de derechas o de izquierdas".
Gracias por vuestra comprensión.
José Mª CastilloTeología sin censura
Muchas veces se ha dicho que la intolerancia es constitutiva de los españoles. Eso afirmaban algunos frailes en el siglo XIX. Y lo hemos visto de sobra en el siglo XX, sobre todo desde la república y la guerra civil hasta la insoportable crispación vivida en la pasada legislatura. Pero es un error decir que la intolerancia es característica de tal país, de tal grupo o de tal persona. Intolerantes somos todos. Es más, la intolerancia ya se da en los animales, muchos de los cuales marcan su territorio con sus propios excrementos y luego luchan a muerte para no tolerar que otro les arrebate lo que les pertenece. La intolerancia es natural en el niño, como afán de apoderarse de todo lo que le gusta. Y es que la intolerancia escapa a todo análisis, a toda definición. Como bien ha dicho Umberto Eco, cuando la intolerancia se convierte en teoría, ya es tarde para derrotarla.
Afinando más, P. Ricoeur ha precisado: "La intolerancia tiene su fuente en una disposición común a todos los hombres, que es la de imponer sus propias creencias, sus propias convicciones, dado que cada individuo no sólo tiene poder para imponerlas, sino que, además, está convencido de la legitimidad de dicho poder". Por eso el mismo Ricoeur añade: "Dos son los aspectos esenciales de la intolerancia: la desaprobación de las creencias y convicciones de los demás, y el poder de impedir a estos últimos vivir su vida como les plazca".
Pues bien, si esto se da, de una forma u otra, en todos los seres humanos, la intolerancia aumenta en la medida en que una persona o un grupo se rige más por creencias que por evidencias. Nadie va a ser intransigente por defender que dos y dos son cinco. Pero sí hay mucha gente intransigente por afirmar o por negar la existencia de Dios. Lo que ocurre es que las evidencias son más escasas que las creencias. Y lo peor de todo es que hay demasiada gente que tiene inclinación a convertir en evidencias lo que son meras convicciones que se aceptan o se rechazan libremente.
Por eso las instituciones, que se basan en creencias y las fomentan, tienen el peligro de convertirse en volcanes de intolerancia. Tanto más cuanto más plural es la sociedad y sus ciudadanos. De ahí que, cuando era verdad lo de las "dos españas", en España no se podía vivir ni convivir. La intolerancia nos asfixiaba a todos. Y a muchos les quitó la vida. Ahora, es verdad que nos matamos por ser de derechas o de izquierdas. Pero la intolerancia persiste. Entre otras razones, porque muchos ciudadanos tienen viva la convicción de que la intolerancia da votos. Lo cual, al menos en España, es un camino erizado de dificultades y crecientes amenazas. Y si de la política pasamos a la religión, la cosa es más preocupante. La búsqueda de espacios humanos de tolerancia entre confesiones religiosas no abunda demasiado. Ni en eso hemos avanzado mucho en los últimos años. Si nos referimos al cristianismo, es un hecho que, en el pontificado de Juan Pablo II, se dieron pasos importantes en el diálogo con los líderes de otras religiones y con las otras confesiones cristianas, por ejemplo al aceptar un documento común con los protestantes en el espinoso asunto de la "justificación por la fe", que de forma tan radical planteó Lutero en el siglo XVI. Pero tan cierto como lo que acabo de decir es que, en la Iglesia católica, el papado de Benedicto XVI se está caracterizando, entre otras cosas, por la creciente intolerancia dentro de la Iglesia. Intolerancia entre católicos conservadores y progresistas. Lo cual, hasta cierto punto, es comprensible y ha pasado casi siempre en la Iglesia. El problema más preocupante radica en el hecho de que la cúpula eclesial ha tomado partido, de forma clara y decidida, por el sector más conservador e integrista de la Iglesia. La intolerancia de los que mandan ha encontrado su mejor acogida en la intolerancia de los que más se someten.
Tal como están las cosas, en este momento de crisis y dificultades, lo que menos necesitamos es intolerancia. Esa postura no es buena ni para la sociedad, ni para la Iglesia. Es bueno saber que los tiempos de más prosperidad para la Iglesia fueron los tiempos en que los cristianos se hicieron más receptivos y tolerantes. La primera gran expansión del cristianismo se produjo en una "época de angustia" (E. R. Dodds). Antes de Constantino, cuando se extendió por el mundo occidental la más grave crisis de su historia, fue cuando la Iglesia, en lugar de cerrarse sobre sí misma, se hizo más tolerante con las gentes de entonces, que se sentían más desamparadas que nunca. Debieron ser muchos los que experimentaron ese desamparo: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la Iglesia se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa de verdad por nosotros. Sin duda alguna, el mejor servicio que las religiones pueden prestarnos a todos, en la difícil situación en que estamos entrando, no es presionar más sobre la gente con intolerancias que pocos entienden y soportan. Lo que más necesitamos todos no es intolerancia, sino respeto y acogida. En cualquier caso, lo que menos falta nos hace ahora mismo es seguir levantando barreras de intolerancia con los excrementos que nos dividen y nos enfrentan.
José Mª CastilloTeología sin censura
En la clausura del Parlamento de las Religiones, celebrado en Barcelona, hace más de un año, Federico Mayor Zaragoza, presidente de Cultura y Paz y exsecretario general de la Unesco, dijo esto: "Apelo a las religiones a que eleven juntas sus voces en favor del entendimiento y en rechazo del proceso acción-represalia en que está metido el mundo".
Esto es lo que las religiones tendrían que hacer. Pero, ¿lo hacen? Sabemos hasta qué punto las religiones han sido, con frecuencia, agentes de violencia y de muerte. No me refiero solamente a las guerras de religión de otros tiempos. La barbarie del terrorismo suicida, que se disfraza de fe en Dios y de esperanza en la "otra vida", está logrando que la gente que deteste cualquier forma de religión. Impresiona el éxito mundial que ha tenido La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. ¿Qué extraña sintonía o atracción han encontrado millones de personas ante la representación "religiosa" de tanta crueldad y tanta sangre? Por otra parte, uno de los acontecimientos más preocupantes de finales del siglo XX ha sido la expansión alarmante, dentro de las tradiciones religiosas más importantes, de movimientos militantes conocidos como "fundamentalismos" (Karen Armstrong). Y sabemos hasta qué punto los grupos "integristas" son los más favorecidos, tanto entre los protestantes de USA, que aplauden a Bush, como entre los católicos más reaccionarios que son apoyados por Roma.
Como es lógico, yo no pretendo, en los reducidos límites de un artículo, analizar las misteriosas y profundas razones que explican la relación entre religión y violencia. Aquí me limito a plantear una pregunta que, en cualquier caso, toca fondo en este asunto. ¿En qué Dios creen quienes invocan motivos religiosos para justificar cualquier forma de violencia? Me refiero a toda forma de violencia. No sólo a la de las guerras o el terrorismo. Estoy pensando también en la violencia que supone privar a las personas de su libertad, de sus derechos, de su dignidad. Más aún, estoy pesando en la violencia que margina o excluye a grupos enteros, como es el caso de las mujeres, los homosexuales, los que provienen de otros países, otras religiones, otras culturas. Y, sobre todo, estoy pensando en la violencia de un Dios que necesita la sangre de su Hijo para perdonar y salvar a los que le ofenden, o sea que necesita sacrificio, violencia y muerte para perdonar las ofensas que recibe. Resulta aterrador pensar que Dios sea efectivamente así. Porque de semejante Dios se puede temer cualquier cosa. Y, lo que es peor, los representantes de ese Dios en la tierra se pueden sentir autorizados para prohibir o imponer lo que sea. ¿Se comprende ahora por qué hay imanes que predican la "guerra santa", rabinos que bautizan a los tanques con el esperpéntico nombre de las "torres de Dios", o sacerdotes cristianos que prohíben usar el preservativo aun a sabiendas de que eso va a servir para que el sida se propague y mate a miles de criaturas?
Estoy hablando de cosas que entrañan una gravedad extrema. Ahora bien, todo esto no tendrá solución mientras no tengamos la libertad y la audacia de afrontar el problema de fondo. El problema que consiste en saber si podemos imaginar a Dios, no sólo distante de lo humano, sino incluso (en no pocos casos) enfrentado a lo humano y hasta rival de lo más humano que hay en nosotros. Digo esto porque, si las religiones han deshumanizado tantas veces a la gente, eso se explica porque las religiones han creído con frecuencia en dioses sencillamente inhumanos.
Por eso, la primera tarea que tendrían que plantearse las religiones, en este momento, debería ser el empeño por depurar sus representaciones de Dios de cuanto pueda presentar a la divinidad enfrentada (de la manera que sea) a la humanidad. Los cristianos creemos en el misterio de la "encarnación". Con eso queremos decir que, cuando hablamos de ese "misterio", nos estamos refiriendo, no sólo de la divinización del hombre, sino igualmente de la humanización de Dios. Es decir, en Jesús de Nazaret, Dios se nos ha dado a conocer fundido y confundido con lo humano. Por eso, Jesús nos enseña a pensar la trascendencia de Dios de otra manera. Cuando Dios, en Jesús, se identifica con todo lo que es sufrimiento y desamparo en este mundo (Mt 25, 31-46), lo que en realidad está diciendo es que Dios nos trasciende, no porque tiene más poder, más saber y más grandeza que todos nosotros, sino porque es tan profundamente humano que en él queda superada y desterrada cualquier forma o manifestación de inhumanidad. Es verdad que a los cristianos nos resulta difícil entender esto así. Porque la imagen de Dios, que muchos tienen en su cabeza, es una mezcla del Dios del Antiguo Testamento, el Dios de la filosofía griega y el Padre que nos enseña el Evangelio. O sea, una mezcolanza de la que no puede resultar sino mucha confusión y dudas insolubles.
La amenaza de las religiones consiste en que, con frecuencia, deshumanizan a sus adeptos y provocan conductas inhumanas. La fe cristiana nos dice que solamente podemos creer en Dios en la medida, y sólo en la medida, en que seamos tan profundamente humanos que no seamos capaces de hacer daño a nadie y, sobre todo, cuando lleguemos al extremo de saber que encontramos a Dios haciendo felices a los demás.
José Mª CastilloTeología sin censura
El abandono de las prácticas religiosas y la creciente militancia de los ateos contra la creencia en Dios son hechos que están a la vista de todos. El año pasado, los autobuses de ciudades importantes llevaron grandes anuncios en los que se decía "Probablemente no hay Dios, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida". ¿Se puede decir tranquilamente que las gentes que piensan así son malas personas que proceden por turbios intereses? Los hechos no avalan semejante explicación. Porque gente buena y mala la hay en todas partes, entre los ateos, los agnósticos y los creyentes. Por tanto, que nadie intente despachar este problema echando mano de explicaciones éticas, de tipo moralizante. El problema no está en nada de eso. ¿Dónde entonces?
No es lo mismo hablar de Dios que hablar de religión. Ni Dios es una pieza más (la más importante) de la religión. Más aún, uno puede estar de acuerdo con la búsqueda de Dios y en completo desacuerdo con las religiones. Es más, se puede afirmar con seguridad que, con demasiada frecuencia, lo que han hecho las religiones ha sido desfigurar a Dios y presentarlo de tal manera que a muchas personas se les hace muy difícil, por no decir imposible, creer en él. ¿Por qué?
Cuando hablamos de Dios, en realidad ¿de qué estamos hablando? Lo que especifica a Dios, lo que lo diferencia radicalmente de todo lo que no es Dios, es que Dios es el Trascendente. Es decir, Dios es específicamente el que "trasciende" nuestra capacidad de conocimiento. Por tanto, Dios está más allá de todo cuanto puede alcanzar nuestra razón. O sea, lo más exacto que podemos decir de Dios "en sí mismo" es que no podemos conocerlo. Porque está más allá del campo puramente inmanente de nuestra capacidad de conocer. Entonces, cuando las religiones nos dicen que Dios es así o de otra forma, que Dios dice esto o lo otro; o que quiere tal cosa, las religiones ya no hablan de Dios "en sí mismo", sino de las "representaciones" de Dios que nos hacemos los humanos. Porque cuando Dios, que está más allá del horizonte último de nuestra capacidad de conocer, entra en el campo inmanente de lo que nosotros podemos alcanzar con nuestra razón, entonces ya no estamos hablando de Dios en sí mismo, sino de la representación o de la objetivación de Dios que nosotros nos hacemos. Se produce entonces lo que Paul Ricoeur ha llamado acertadamente el proceso de "conversión diabólica", en virtud del cual el Absoluto, el Trascendente, degenera en "objeto". Insisto: nosotros no tenemos capacidad de acceso nada más que a los objetos que están a nuestro alcance. Y eso no es sino la "objetivación" de Dios.
¿Quiere esto decir que Dios es un invento de los hombres? La existencia de Dios no se puede demostrar por la razón. A Dios sólo tenemos acceso por la fe. Y la fe es una decisión libre que tiene su razón de ser en las incontables limitaciones que son propias de la condición humana. De ahí que la fe en Dios tiene su explicación en los anhelos más profundos del ser humano. Anhelos de humanidad, de plenitud de vida, de felicidad. Anhelos a los que la condición humana por sí sola no puede responder. De ahí, la búsqueda de Dios, que trasciende las inevitables limitaciones de lo humano.
Si Dios tiene alguna razón de ser, es encontrar respuesta a los anhelos más profundos de los seres humanos. Lo cual quiere decir que un Dios, que entra en conflicto con lo verdaderamente humano, no puede ser Dios. Por eso el problema no está en Dios. Está en las religiones que nos representan a Dios, no como respuesta a los anhelos que son comunes a todos los seres humanos, sino de acuerdo con los intereses y conveniencias de los "hombres de la religión" quienes, a su vez, representan intereses y conveniencias de las que ni los mismos "religiosos" son conscientes. Intereses y conveniencias que, en lugar de fomentar la fe en Dios, lo que consiguen es alienar la fe haciéndola odiosa. Y haciendo además insoportable la práctica religiosa. Si los autobuses de Londres le van a decir a la gente que probablemente no hay Dios y que, por eso, se dediquen a disfrutar de la vida, es evidente que las religiones presentan a Dios como un ser incompatible con el disfrute de esta vida. ¿Y nos vamos a extrañar de la que haya mucha gente que quiera sacudirse el peso insoportable de instituciones y poderes que, en nombre de un desconocido Absoluto le prohíben o limitan a la gente la dicha y el disfrute de vivir?
La cosa está clara. Mientras las religiones se aferren a un Dios que entra en conflicto con lo humano, con la felicidad, la dignidad, la libertad y el disfrute de la vida, cosas a las que tenemos derecho los humanos, ni Dios ni la religión tienen futuro. Con el mayor respeto posible a otras tradiciones religiosas, me permito recordar que el cristianismo tiene su punto de partida en la "encarnación de Dios", que es la "humanización de Dios". En la encarnación, Dios renuncia a su poder y su gloria, nace en la miseria de un estableo y muere en la exclusión de un esclavo y un subversivo, en una cruz. Y no hizo eso para aguarnos la fiesta de la vida, sino porque no soportó a los hombres de la religión que, en nombre de Dios, hacían (y siguen haciendo) insoportable el yugo de la religión.
José M. CastilloTeología sin censura
El término "contracultura" estuvo de moda en mayo del 68. Fue entonces cuando Theodore Roszak publicó un libro excitante ("El nacimiento de una contracultura") que llamó mucho la atención, sobre todo entre la juventud de Estados Unidos. Roszak decía: "Entendemos por contracultura una cultura tan radicalmente desviada o desafecta a los principios y valores fundamentales de nuestra sociedad, que a muchos no les parece siquiera una cultura, sino que va adquiriendo la alarmante apariencia de una invasión bárbara". Era el tiempo de los jipis, las revueltas juveniles en las universidades, los Beatles, la lectura apasionada de H. Marcuse o de "El Extranjero" de A. Camus.
Movimientos contraculturales los ha habido desde tiempos remotos. Roszak recordaba la "invasión de los centauros", que quedó plasmada en el frontón del templo de Zeus en Olimpia. Ebrios y furiosos, los centauros invaden las fiestas civilizadas que se están celebrando. Pero surge un severo Apolo, guardián de la cultura ortodoxa, que se adelanta para recriminar a los perturbadores y echarlos fuera. Era una buena imagen para representar lo que estaba pasando en los añorados y denostados años 60. Los centauros (pensaba Roszak) eran los jóvenes de entonces, que irrumpieron en la sociedad de aquel tiempo, con una concepción de la vida que nada tenía que ver con la cultura dominante.
Arnold J. Toymbee vio en el cristianismo primitivo otro de los grandes movimientos contraculturales de la historia. A juicio del historiados inglés, los primeros cristianos fueron los "proletarios desheredados", que, a partir de unos valores radicalmente nuevos, influyeron decisivamente en la trasformación del Imperio Romano. Es verdad que la tesis de Toymbee necesita ser matizada (P. Heather). Pero lo importante, en cualquier caso, es que los "centauros" de los años 60 no fueron precisamente proletarios, sino intelectuales. Y aquí es donde llegamos al punto que interesa en este momento. Estamos asistiendo al nacimiento de otra contracultura: la aparición de valores, formas de pensar y pautas de conducta que a casi todos nos tienen desconcertados. Porque los promotores de la nueva situación no son ya ni los proletarios, ni los intelectuales. Hemos entrado de lleno en nueva etapa de la historia, en la que no interesan los proletarios ni lo que ellos representan; y en la que los intelectuales se van extinguiendo como una especie que se precipita hacia su desaparición. No hace mucho me decía el director de una editorial importante: "ya hay una generación entera que no lee". Hay ya demasiada gente a la que le basta con internet. Basta apretar el ratón del ordenador para tener cantidades abrumadoras de información. Pero, teniendo tanta información, no se sabe qué hacer con ella. Ni se sabe a dónde vamos, acumulando tanto saber, pero sin saber para qué sirve. Ni se sabe estructurar un pensamiento. Y menos aún, un pensamiento crítico. A fuerza de publicidad, consumo y bienestar, nos han embrutecido hasta el punto de que, pensando que somos libres, en realidad nos tienen más controlados que nunca. Pero controlados, ¿para qué? Eso no lo saben ni los que nos controlan. Cuando más sabemos de política, la política está más desprestigiada que nunca. Cuando más sabemos de economía, la economía se ha metido en la peor de todas sus crisis. Cuando más se habla de ética, hay más corrupción. Cuando es tan frecuente hablar de curas y obispos, las iglesias están vacías y las religiones andan a la greña, perdiendo credibilidad a marchas forzadas.
¿Qué nos está ocurriendo? Una ciencia para potenciar la tecnología, y una tecnología que ya es imposible abarcar, todo eso al servicio de los intereses de una economía desbocada, esas tres cosas, ciencia, tecnocracia y capital, la nueva trinidad que manda en el mundo, ha desplazado al pensamiento, se ha dado cuenta de que le estorba el proletariado y su enorme potencial de transformación histórica; como igualmente le estorban los intelectuales que piensan en la realidad desde una postura libre y crítica, capaz de darle un giro distinto a este cúmulo de despropósitos y desconciertos. Cuando hay tanta gente que ya no quiere pensar, sino a lo sumo entretenerse, mal van las cosas. Hoy es elocuente visitar una librería. Casi todo lo que se publica es narrativa, novela, historia, cuentos..., muy poco de ensayo y casi nada de pensamiento serio, que vaya al fondo de las cosas. A lo sumo, se reedita y se repite lo que otros pensaron en tiempos pasados y para situaciones que no son las nuestras. Así las cosas, en este desbarajuste de hechos y decisiones que no sabemos a dónde nos llevan, sólo somos capaces de pensar en la salida de la crisis. ¿Para qué? Para recuperar las condiciones de vida que nos metieron de lleno en la crisis. Y no hablo sólo de crisis económica. Cuando estamos dispuestos a tropezar de nuevo en la misma piedra, no cabe duda de que esto tiene muy mala pinta. Yo no tengo la solución. Me limito a pedir que entre todos la busquemos.
José M. CastilloTeología sin censura
Miércoles, 10 de febrero
José Mª Castillo
Peio Sánchez Rodríguez
Ana Bou
Asoc. Humanismo sin Credos
Miguel Blanes Coll
Guillermo Gazanini Espinoza
Pedro Tarquis
Robert Blair Kaiser
Ediciones Khaf
Mario Bruzzone
JC Rodríguez, A Eisman