El blog de Ramón Tamames

560. La tesis doctoral de Patricia Lamo de Espinosa.- II. El hecho diferencial del sector agrario y sus consecuencias

28.07.08 | 09:58. Archivado en Artículos

De Agrocope, del 22 de julio de 2008, reproducimos la segunda parte del artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:

Hoy nos ocuparemos de la segunda parte del tema epigrafiado, y ante todo aclararemos lo del hecho diferencial de la agricultura a que nos referíamos en el artículo anterior, en relación con tres leyes básicas de la agricultura.

La primera de ellas, la del economista Gregory King, del siglo XVII, expresa cómo una pequeña disminución de la oferta, o un leve aumento de la demanda, al cruzarse con la rigidez de las necesidades de alimentos, origina elevaciones de precios muy por encima de lo que proporcionalmente podría esperarse en principio. Mecanismo que hoy está funcionando en el sector a escala mundial, como consecuencia de una serie de factores, y entre ellos, la demanda de los países emergentes más la de bioenergía.

La segunda Ley es la del fisiócrata Anne Robert Jacques Turgot, siglo XVIII, relativa a los “rendimientos decrecientes”; tema que luego desarrollarían con mayor amplitud dos economistas de la Escuela Clásica, Thomas R. Malthus y David Ricardo. Viniendo a significarse con su formulación, la idea de que en la agricultura, los rendimientos aumentan con la aportación de factores, si bien llega un momento en que alcanza un techo, generándose así una limitación de la oferta a largo plazo. Algo que podría conducir a escaseces y hambrunas.

La tercera Ley es la de Engel, estadístico alemán del XIX, quien supo apreciar cómo los consumidores, incluso cuando va creciendo su renta, alcanzan el nivel en que “no pueden comer más”, dicho vulgarmente. O con mayor fineza, no están en condiciones de seguir consumiendo indefinidamente, pues las necesidades de alimentación tienen un tope por obvias razones biológicas y metabólicas. De modo que las producciones agrarias pueden acabar generando grandes excedentes.

Las tres leyes mencionadas definen el marco específico propio para la agricultura, distinto de los demás sectores, en los que la competencia funciona mejor. Si bien es cierto que, por aquello de que todo es relativo, frente a esas tres leyes, la realidad ofrece panoramas cambiantes. “No son las leyes de bronce, que ni siquiera los dioses podían romper por haberse estampado en tan duro metal”, enfaticé en ese momento de mi intervención desde el tribunal. Porque los rendimientos, en contra de lo inicialmente pensado por Turgot, Malthus y Ricardo, resulta que siguieron creciendo, merced a los avances tecnológicos; en tanto que los precios se hicieron contenibles al alza o a la baja a través de sistemas públicos de regulación; y la limitación de las necesidades alimentarias también cambiaron, como consecuencia del crecimiento de la población y de la aparición de nuevos consumos correspondientes a mayores niveles de renta.

Con todo, la agricultura conserva su especificidad tal como expuso con gran claridad Patricia Lamo de Espinosa en la defensa de su tesis doctoral, al hacer un repaso casi exhaustivo sobre los casos de restricción de la competencia que han ido discurriendo ante el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas. De cuyos miles de supuestos sentenciados, destacó el de la Federación de Ganaderos de Francia, que superó las posibilidades restrictivas ofrecidas por las reglas de la CEE. Seguiremos, para terminar, la semana próxima.

Ramón TAMAMES


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