De Estrelladigital, del 26 de junio de 2008, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:
En el anterior artículo de esta miniserie de dos entregas, a propósito de la reciente dimisión de Marina Silva como ministra de Medio Ambiente de Brasil —en lo que ya vimos fue una operación antiecológica del Presidente Lula—, había empezado una narración de cómo en 1973 se nos planteó la misma cuestión a algunos viajeros españoles por la Amazonia y sus aledaños. Cuando fuimos allá, en busca de una gran finca para su explotación integral, con un itinerario que ya empecé a exponer el pasado jueves 19, quedándome entonces en los estados brasileños de Rondonia y Acre, en la frontera con Bolivia.
No encontramos lo más interesante en esas ubicaciones, por lo cual volamos más al norte, al estado de Matto Grosso, para finalmente localizar una finca de unas 100.000 Ha., el equivalente a 1.000 km2 –una superficie algo mayor que la isla de Lanzarote—, que pareció excelente a los más expertos de la expedición; con humus de no menos de tres metros de profundidad, y una vegetación espléndida, con los especimenes maderables más excelsos de Brasil.
Las pautas para hacer fincas agropecuarias a partir de tierras vírgenes seguían una secuencia, en la que primeramente aparecían los hacheros, siempre paraguayos. Gente muy aguerrida en tales menesteres, con grades hachas que afilaban continuamente —en una época en que las motosierras aún no se habían difundido en la zona—, con las cuales abatían árboles medianos y matorral; para así acumular un gran cúmulo de materia vegetal, que en pocas semanas quedaba completamente seca, y servía de carburante para quemar la selva, que así cobraba un aspecto desolador de ruina total de su esplendor anterior.
El paso siguiente era el aprovechamiento de la mejor madera, para lo cual en pocos días se montaba un aserradero movido a vapor, con combustible abundante en la propia leña de árboles y matorrales. Aplicándose su energía a las sierras para cortar las mejores trozas, en tableros ya en condiciones de salir al mercado en gabarras por los ríos, hasta las zonas ya con posibilidad de exportación. Por último, una vez hecho el desbroce, y retirados los últimos grandes árboles testigo, la tierra quedaba lista para la siembra del pasto, de la especie coloniol, de gran altura y buen tenor de proteínas. Cuando ya estaba crecido llegaba la entrada del ganado para engorde con unos primeros años formidables de rendimientos.
Todo el escenario en transformación que estábamos visitando empezó a parecernos más que inquietante al núcleo de viajeros que formábamos José B. Terceiro, Félix López Palomero y yo mismo:
— Lo que está haciéndose en este país, es un total dislate. La verdad es que toda la puesta en valor de estas tierras podría hacerse de otra manera, preservando lo fundamental de ellas, y aprovechando la gran biodiversidad de la selva, para trabajarla sin alterarla en lo fundamental. Y siempre en combinación con la población indígena, cuyo desarraigo forzoso es un auténtico crimen.
Al volver a Madrid, se convocó una reunión especial para ver quiénes querían entrar en la operación definitiva, y en el momento de manifestar las intenciones de cada uno, los tres viajeros ya citados, anunciamos que no participaríamos en el proyecto. Lo cual causó verdadero estupor de todos los demás.
— La razón para nosotros es bien sencilla —explicamos—: Brasil es un gran país y tiene enormes posibilidades, eso está fuera de toda duda. Pero lo que hemos visto allí no nos parece razonable. Ni la expulsión ni las matanzas de indios de que tanto se habla; aparte de comunicarles toda clase de enfermedades occidentales después de siglos de aislamiento. Tampoco nos gusta la forma de poner en explotación las fincas, a base de quemar inmensas florestas seculares, reduciendo todo a tierra calcinada.
A largo plazo nuestra decisión, dolorosa para nuestros colegas en el inicial emprendimiento, creo que resultó acertada. Porque nos dimos cuenta a tiempo, en la línea de lo que ulteriormente se llamaría sostenibilidad, de que los planteamientos de ocupación de espacios naturales con su deterioro irreversible, no era lo mejor para unos intereses más allá de la crematística inmediatez.
Lo que nos pasó a nosotros treinta y cinco años atrás, le ha sucedido hace pocas semanas a Marina Silva, ministra que fue de Medio Ambiente de Brasil, y que no pudo convencer a Lula de que lo más conveniente, y económico a largo plazo era, y es, conservar la Amazonia. Resulta, pues, que no obstante los siete lustros transcurridos en nuestra evocación, las cosas no han cambiado tanto.
NOTA: dedico los dos artículos de esta serie a mis amigos Belarmino Fernández, José B. Terceiro, Félix López Palomero y al extinto Dionisio Martín Sanz.
Ramón TAMAMES
Este "ecologismo imperialista" que pretende que los países subdesarrollados mantengan su medio ambiente libre de intervención humana cuando nosotros hemos arrasado el nuestro como precio para considerarnos "desarrolados" me parece una putada porque sencillamente impide a esas naciones hacer exactamente lo mismo que hicimos nosotros para lograr un mejor nivel de vida (vaya paradoja) unicamente para aliviar las conciencias de unos cuantos iluminados desarrollados que lavan su mala conciencia queriendo mantener "museos ecológicos" para mostrar a sus nietos lo que arrasaron aquí.
Esto es tan inmoral como la "compra" de derechos de emisión. Como a los subdesarrollados les estamos impidiendo desarrollarse y por tanto contaminar, (inevitable en los inicios del desarrollo) les compramos sus cuotas de contaminación para usarlas nosotros, eso sí, de forma super ecologista y guay. Sólo puede contaminar el rico; Inmoral.
Miércoles, 8 de octubre
Ramón Tamames
Grupo Cenyt
Alfonso Agís
Juan Carlos Ureta
Jesús Pérez
Luis Llopis Herbas
Ramón Tamames
Invermanía
Luis C. Sánchez
Juan Otero