A continuación, y por su interés, se transcribe un artículo de Luis Ramírez Beneytez (en la foto), Doctor en Económicas, publicado en el diario "El Sur":
Parece ser que un ministro o ministra acaba de reinventar «el teléfono de la esperanza», es decir, que quien se enfrente a la posibilidad inmediata de cometer algún error, llame a ese teléfono para que le aconsejen que no lo haga y lo convenzan. Esto es antiguo, e incluso actual, porque en las noches de las emisoras de radio, en las madrugadas, llaman libremente por teléfono y se escucha de todo. Pero la intención es buena: «No, querido ciudadano, no vayas a hacer eso». Y el ciudadano se amansa y cuelga el teléfono convencido y así ya no pasa nada malo.
Seamos sinceros. Si creemos que los humanos somos, sencillamente y como pueda verse, animales evolucionados con capacidad técnica para saber descubrir y aprovechar la Naturaleza en provecho propio, entonces habrá que conformase con que ese «animal evolucionado» sólo sepa hacer aquello que le convenga para su propio disfrute: exactamente lo que hacen los animales, aunque su menor capacidad los tenga ahí retenidos. ¿Tenemos derecho a esperar de las relaciones hombre/mujer algo superior a lo que vemos en las relaciones macho/hembra de los animales? Habrá que pensar sobre ello.
En una tertulia radiofónica comentando los casos tremendos de la llamada 'violencia doméstica', un destacado jurista decía, medio en serio medio en broma, que la solución sería el amor libre. Así se acabaría con eso de que al varón parece ser que le entregan la mujer mediante un contrato que le da derecho a dominarla como a una esclava. La igualdad hombre/mujer lo solucionaría todo. Pero pongamos las cosas en su sitio, porque es precisamente en el campo del «amor libre» en el que se dan los más tremendos y más frecuentes casos de crímenes que comentamos y lamentamos. Tal vez la mayor parte de los casos de violencia se dan en eso que llaman «compañeros sentimentales» que, dicho en castellano, significa que se habían juntado, en «amor libre» por supuesto, y después se habían separado, y había aparecido otra nueva ocasión de juntarse con otro u otra y entonces salen los celos, en los que se suma, a la necesidad sexual de volver a tener lo que se ha perdido, el orgullo de sentirse menospreciado por la nueva unión sentimental de la antigua amante o lo que fuera.
Por supuesto, si en esas tertulias a alguien se le ocurriese traer a referencia la autoridad de Dios, creador del hombre y la mujer, tal y como son, eso se consideraría «políticamente incorrecto», porque no se usa ahora recurrir a Dios para resolver los problemas, aunque para un lúcido creyente aparezca clara la necesidad de recurrir a las alturas para poder liberarse de tanta bajeza.
El que en la casi totalidad de los casos sea el macho -sí, el macho- el que mata a la hembra, nos pone en la pista de si no habrá algún rastro de herencia animal en el problema de la violencia humana. El macho humano trae la herencia animal de querer dominar a la hembra, y eso está tan hondo en la naturaleza que ha sido norma habitual de comportamiento en el transcurso de la sociedad humana. ¿Cuándo aparece una mentalidad diferente? Para nosotros, en Israel y en lo que proviene de Israel.
En el libro del Génesis el varón está solo. Se plantea que necesita compañía, y no sólo sexo, como ve que tienen los animales, sino algo más superior, como es la compañía que supere su soledad existencial, si se me permite esta rebuscada terminología. El Creador decide darle una compañera, a la que, en el relato, se saca de una costilla del varón, un hueso pegado al corazón, y la admiración del varón es bien conocida: «Esta es hueso de mis huesos, carne de mi carne para ser los dos una sola carne».
A pesar de esta original clarividencia, en las relaciones humanas el hombre sigue con la tendencia de querer ser un animal, sin referencia alguna a Dios (eso sería el pecado original). La presencia de la mujer en la historia de la humanidad ha sido de sometimiento. Pero en Israel ya se insinúa la dignidad que se concede a la mujer. Poco: sigue lo bestial, no hay más que ver a David, levantándose de la siesta: «Tráeme a esa mujer que he visto bañándose». Sin comentarios.
Vayamos al nuevo Israel, con la visión sobrenatural del cristianismo: la Iglesia de Cristo. Cuando Pablo de Tarso se refiere a la unión hombre/mujer se remonta al conocido relato del Génesis y hace reflexionar al varón: «Si es tu propia carne, no la maltrates; nadie maltrata su propia carne, pues propia carne tuya es tu mujer». Por tanto, es inconcebible, desde el punto de vista de la Escritura hebrea, el dominio sobre la mujer: es tu mismo yo.
Pero Pablo de Tarso avanza más: se remonta nada menos que a la unión que supone el misterio de lo divino y humano en Jesús de Nazaret, Palabra de Dios que se ha hecho de nuestra carne, en quien Dios y la naturaleza humana se unen en un acto de amor que para las pobres criaturas que somos supera nuestra razón y necesita el apoyo de la fe. (Recuérdese que el matrimonio cristiano está fundado sobre esa relación sagrada. O no es verdadero ese matrimonio, y la Iglesia lo anula, esa es la explicación de las nulidades).
Y Pablo se está dirigiendo a la sociedad romana, a la sociedad que llamamos clásica, poseedora, sin duda de una amplísima cultura, pero en la que nadie puede atreverse contra la autoridad del 'pater-familias' y, a ese varón todopoderoso, es al que Pablo le dice: «Que es tu propia carne, que eres uno con ella, que la respetes, la cuides, la ames, como a tu propio ser que es». No se puede decir más. ¿Hay en el cristianismo algo que remotamente someta la mujer al capricho del varón? Pero es que el cristianismo supera los resabios de la herencia animal.
Pero volvamos al relato del Génesis. El ser humano se nos dice que recibe «un soplo», «ruaj», el espíritu, que es lo que le hace ser humano, superior al simple barro de los animales. Ese soplo es más que la técnica: es saber distinguir en su conciencia el bien del mal, y ello referido a un Creador que le ordena hacer el bien, cuyo conocimiento ha iluminado ya su conciencia, y de cuyo cumplimento ha de dar cuenta al Creador que «al atardecer baja hasta el huerto» donde viven los humanos, para analizar su conducta con la posibilidad de premiar el bien y castigar el mal arrojándolos del paraíso de la vida.
«Filósofos nutridos de sopa de convento», escribió Machado No; nutridos de sopas de sobre, agnósticas o ateas tratan de romper esos hilos de relación de la conciencia con el Creador, que es la referencia obligada para distinguir el bien del mal.
Claro, usted me dice que para ser honrado y digno y bueno, no necesita usted creer en Dios. Claro, usted se ha criado y mentalizado en una cultura, en una sociedad en que la recta conducta ideal es el respeto y amor al prójimo y la bondad en la conducta. Pero eso no proviene del animal, sino de la gracia de Dios que han enseñado Israel y el cristianismo.
Desde esa práctica del bien, usted dice: «no creo en Dios». Pero lo malo es que quienes no tienen la formación y educación que usted ha recibido, se quedan en lo animal y se comportan como tales, porque ¿qué puede haber para el animal más atrayente que satisfacer sus instintos? Sexo, o robo, o venganza Sitúe la 'violencia doméstica' en esa carencia.
Y ya puestos a llamar por teléfono, no estaría mal llamar a la parroquia y apuntarse a los cursillos prematrimoniales. Ahí sí que dan buenos consejos.
Cualquier año de estos vamos a descubrir el mar Mediterráneo.
Miércoles, 3 de diciembre
Ramón Tamames
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Ramón Tamames
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