El blog de Ramón Tamames

495. Viaje a Senegal. Manglares y viaje fluvial (II)

31.03.08 | 11:25. Archivado en Artículos

De Estrelladigital, del 27 de marzo de 2008, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:

El pasado jueves 18 de marzo, se publicó en esta sección de Estrelladigital el primero de mis artículos sobre un reciente viaje a Senegal, donde pude informar sobre Dakar, la sabana, y los baobabs. Y terminaba aquella primera entrega de la presente mini-serie, con el trayecto que seguí hacia el Sur, en busca del Parque Nacional de Saloum. Donde al llegar, nos desplazamos en calesas muy elementales, tiradas por jacos que casi de inmediato recibieron los nombres de Babieca y Rocinante. Con cuya asistencia llegamos a una espaciosa zona de pozos de sal, donde el cloruro sódico se acumula año tras año, hasta ser recogido en pilas que se dejan secar debidamente.

Después, nos adentramos en el área de manglares del parque, que en las épocas de anidamiento se puebla de millones de aves, procedentes de todo el continente africano. Sin embargo, por la temporada en que estábamos, hubimos de conformarnos con un largo recorrido en cayuco por las calmas aguas de los bajíos. En una embarcación, ahora tan conocida en España, y que en sus peligrosos viajes migratorios puede llevar hasta 200 personas hacinadas, desde las costas de Senegal a las Islas Canarias. Una aventura que en alta proporción puede terminar de manera letal en el fondo del mar. En cambio, nuestro cayuco, resultó bien placentero, recorriendo los canales del parque, bien provisto de ostras en el sistema radicular de la vegetación marina, aunque no precisamente de tipo Arcachon o de Arcade.

La siguiente jornada de viaje en Senegal, la dedicamos a un prolongado recorrido, otra vez atravesando la sabana, sólo interrumpida por pequeños poblados. Algunas veces, con cabañas ya hechas a base de bloques de cemento y tejados de chapa metálica; aunque también las vimos a la antigua usanza: de palos y junquillos, adobe, y con los tejados cubiertos por una especie de brecillo africano.

Siempre hacia el Norte, arribamos a San Luis de Senegal, que durante mucho tiempo fue la cabecera urbana de todos los establecimientos del África Occidental Francesa. Ciudad que tiene un plano con tres partes sucesivas: la que podríamos llamar continental, de menor interés, y por donde crece la nueva ciudad caótica; la central, en una isla, con un damero de calles que recuerda, a escala reducida, el de Manhattan; y la tercera, expresión geográfica en la llamada Lengua de Barbarie, una inmensa playa oceánica que guarece al conglomerado urbano de los rigores del Océano.

Nuestra primera impresión al cruzar el puente al aludido mini-Manhattan, fue la de llegar demasiado tarde, a una ciudad en proceso de desintegración, por el abandono manifiesto, público y privado, de casi todo: calzadas llenas de baches, aceras descarnadas, jardines semi-abandonados, edificios en un tiempo hermosos con frentes deslucidos y señas de grave deterioro interno. Sin embargo, San Luis, que fue una auténtica Nueva Orleáns africana, aun con todas esas características de declive, se muestra llena de vida, de gente que va y viene, muchas veces sin saberse a ciencia cierta si deambulando o con algo que hacer.

Después del almuerzo en San Luis, en el hotel-restaurante La Résidence, con su evocador aire franco-colonial, volvimos a la furgoneta, para nuestra siguiente etapa: un centenar de kilómetros hasta Dagana, antigua factoría/puerto sobre el propio río Senegal. Para lo cual hubimos de salir por el ya citado puente de hierro (del taller de Eiffel, inaugurado en 1897, y en peligroso proceso de desconchado y oxidación), que lleva el nombre de uno de los gobernadores franceses de Senegal, Faidherbe.

Durante el viaje de San Luis a Dagana, apartándonos unos cuantos kilómetros de la vía principal, por carretera lateral en dirección Norte, visitamos la presa del río Senegal. Con una altura no mayor de 10 o 15 metros, pero suficientes para formar un embalse impresionante, con una cola de unos 800 kilómetros, que ha cambiado por entero la naturaleza anterior del territorio, so pretexto de evitar las infiltraciones de agua salada. En ese sentido, si miran un mapa de las zonas costeras afectadas por la subida del mar a causa del cambio climático, podrán comprobar que Senegal, prácticamente desaparecería bajo las aguas oceánicas con una subida de las mismas de no más de quince metros.

Seguiremos el próximo jueves 3 de abril, con la tercera entrega de esta crónica de viaje, que se me está alargando más de lo que inicialmente pensé. Y si piensan que resulta un poco tediosa, díganmelo a lo largo de la semana que arranca hoy, lectores de Estrelladigital, y dejaríamos esa última parte, sumergida en las aguas de los pensamientos sin esclarecer (castecien@bitmailer.net).

Ramón TAMAMES

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