De Estrelladigital, del 19 de marzo de 2008, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:
Hacía tiempo que por razones profesionales y familiares, tenía la idea de visitar Senegal, y así lo hice en febrero de 2008. Empezando mi periplo, desde Dakar, con una visita a la vecina isla de Gorée. Travesía que hice en un trasbordador lleno de jóvenes estudiantes senegalesas, algunas de las cuales, con las que tuve ocasión de hablar, iban preparando un examen de español para el día siguiente. Porque debe subrayarse que el nuestro es un país muy presente en la vida cotidiana de esa parte de África Occidental: el destino soñado de miles de ciudadanos, con un buen cartel, además, de equipos de fútbol como el Barça y el Madrid. Incluso vi muchos niños con camisetas del Barcelona, F.C., seguro que made in China.
Durante los siglos XVI al XVIII, Gorée se convirtió en uno de los grandes centros de África Occidental para el comercio de esclavos. Según la larga explicación que recibí al visitar uno de los edificios más antiguos de la isla, construido en la más sólida piedra, con mazmorras en forma de arpillera. En ese recinto encerraban a los esclavos, clasificándolos por sexo y edades, y en función de su calidad; juventud y fortaleza, lo más significativo a la hora de fijar precios.
En el piso superior de tan siniestro museo, donde en tiempos debió estar la administración del negocio, de manera sencilla pero muy expresiva, puede verse una serie de paneles con el relato de lo esencial de la trata: captura entrando a sangre y fuego en el territorio de las tribus del interior; encadenamiento y transporte en caravanas de hombres, mujeres y niños, aherrojados, y generalmente conducidos por comerciantes árabes; llegada al puerto de embarque, con la subsiguiente subasta y la preparación para abordar los navíos. Que en el cruce del Atlántico durante muchas semanas les llevaba a las Américas, instalados en espacios mínimos en el sollado, donde apenas podían moverse, y con una sola salida cotidiana al exterior. Que en algunos casos fue aprovechada para sublevarse contra la tripulación, que apenas era un pequeño submúltiplo de los esclavos.
En 1839, se produjo una de esas rebeliones, a bordo de un buque español, de nombre muy sonoro, creo recordar que algo así como “La amistad”, que seguramente se dirigía a Cuba. Los esforzados nuevos espartacos lograron hacerse con la nave y arribar las costas del sur de EE.UU. Donde fueron apresados y juzgados, aunque a la postre, las autoridades de aquel país, aun siendo esclavistas, les otorgaron la emancipación. Cierto que condicionada al retorno a su lugar de origen en África, desconociéndose el resto de la historia, que debió ser letal.
El total de esclavos que salieron de África al continente americano, y en mucha menor medida a Europa, no ha podido establecerse con precisión. Aunque se aventura una cifra entre 12 y 15 millones de personas, a lo largo de algo más de tres siglos. No siendo necesario hacer muchos cálculos para darse cuenta de que entre el sur de Mauritania y el norte de Angola, las zonas de mayor desarraigo, las diferentes comunidades quedaron traumatizadas, con toda clase de consecuencias económicas y sociales; habida cuenta, entre otras cosas, de que los esclavos eran, en general, las personas más jóvenes y aptas. Todo ello en un ambiente de terrorismo, y de continua depredación del hombre por el hombre.
El miserable establecimiento de Gorée a que estoy refiriéndome suscita, pues, un recuerdo tétrico. Pero al salir a la calle, y pasear el pueblo actual, la perspectiva psicológica cambia por entero: una isla apacible, donde los habitantes viven modesta pero dignamente del turismo, en casas bastante bien conservadas que en otros tiempos pertenecieron a los negreros, en su mayoría portugueses y franceses. Las primeras, de fachadas con tonos entre fucsia y azafrán, y las segundas, de varios matices de azul.
En mi segundo día de estancia, dejé Dakar hacia el Sur, al Parque Nacional de Saloum, atravesando la inmensa conurbación capitalina, con una densidad extremada, y toda clase de congestiones. Lo cual significa una hora punta permanente, o por lo menos de tres cuartas partes de la jornada. Únicamente llegados al final de la península, el camino hacia el sur, lo enfilamos a toda velocidad. Atravesando una zona, siempre cerca del océano, de inacabable sabana tropical del Sahel, con la vegetación entonces de la seca, de acacias espinosas, de no gran altura, y de copas aplanadas que dan al paisaje gran vistosidad.
Pero con todo, la mayor belleza vegetal de Senegal son los baobabs, esos árboles gigantes, de los que se cuenta, en muchas leyendas africanas, que una divinidad decidió castigarlos. De modo que arrancándolos de cuajo, hundió el tronco en la tierra, dejando en alto las raíces. Porque efectivamente, en la estación seca, esos raros caducifolios presentan sus ramas nulamente pobladas, ofreciendo al viajero la visión de grandes monumentos de madera rugosa –que recuerda la piel de los elefantes, no en vano llamados paquidermos—, y que, efectivamente, parece que lanzasen todo su sistema radicular al cielo. Seguiremos el próximo jueves 27 con la segunda y última parte de este relato, que he escrito pensando en algo relajante para los días de las semanas santa y de pascua.
Ramón TAMAMES
Viernes, 25 de julio
Ramón Tamames
Invermanía
Grupo Cenyt
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Juan Carlos Ureta
Alfonso Agís
Jesús Pérez
Luis C. Sánchez
Juan Otero