El blog de Ramón Tamames

474. Los españoles en Dinamarca en 1808.- I. El Marqués de La Romana

21.02.08 | 11:08. Archivado en Artículos

De Estrelladigital, del 14 de febrero de 2008, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:

2008 está siendo un año muy cargado de conmemoraciones históricas, a partir del segundo centenario del enfrentamiento de España con los franceses invasores, en Madrid, el dos de mayo. Una jornada inigualabe, cuando el pueblo de la capital, agredido moralmente por los gabachos, se revolvió contra quienes, mediando toda clase de miserables añagazas, se habían apoderado de los destinos “de la soberbia matrona/que libre de extraño yugo, no tenía más verdugo/que el peso de su corona”; como después cantaría el poeta Bernardo López.

En ese contexto, en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, he tenido el honor de participar en el ciclo organizado por esa entidad con la Fundación Instituto de Empresa, que preside el actual Marqués de La Romana (el noveno). En conmemoración de lo que fue el gran episodio histórico del cuerpo del ejército español que se desplazó a Dinamarca durante los años 1807 y 1808, por la presión que Napoleón ejerció sobre Godoy para cubrir el flanco Norte de la Grande Armée frente a Inglaterra y Suecia.

Es de esa conferencia de la que hacemos un extracto para los lectores de Estrelladigital, en dos sucesivas entregas, la de hoy jueves 14 y la del jueves 21 de febrero.

Pero antes que nada hay que contestar a la eventual pregunta de ¿por qué estoy ocupándome de un tema así? La explicación es muy sencilla, y arranca en el otoño del 2000, cuando mi amigo Juan Claudio de Ramón adquirió las litografías del llamado Álbum de los burgueses de Hamburgo —el único testimonio gráfico de las unidades españolas que por unos meses formaron parte del ejército de Napoleón—, para editar el libro “La división del marqués de la Romana 1807-1808”; con el cual obsequió a sus amigos por la Navidad del año indicado. Iniciativa editorial que me llevó a redactar una nota sobre mis correrías por Dinamarca en relación con el tema, así como a preparar una selección de ciertos pasajes extraídos de la novela de Pío Baroja El gran torbellino del mundo, sobre la aventura del Marqués de La Romana y sus aguerridas tropas.

Mi historia personal sobre la cuestión es breve, y sucedió en el verano de 1953, cuando atravesé Dinamarca en autostop, con un buen tiempo de un verano que me permitió combinar los pequeños tramos en automóvil, con visitas a las poblaciones de las islas de Seeland y Fionia; especialmente con un recorrido por Odense, la villa natal de Hans Christian Andersen. Autor de cuentos maravillosos, y que también dejó un formidable libro sobre su visita a España.

A poco de cruzar desde las citadas islas a la península de Jutlandia, viajando en el coche de una amable familia danesa, con la que iba hablando en inglés, nos acercarnos a Kolding, donde avistamos, en una colina, una poderosa fortaleza de ladrillo rojo, renegrecida en algunos de sus amplios lienzos y en sus espigadas almenas.

— Ese es el castillo de Kolding —dije yo, un tanto enfáticamente—, que incendiaron los soldados españoles del Marqués de La Romana, Don Pedro Caro y Sureda.

Mis amigos automovilísticos daneses, no ocultaron su extrañeza:

— ¿Y usted cómo sabe eso? ¿Quién se lo ha contado?

— Lo he leído en una novela de un escritor español, Pío Baroja, que se titula El gran torbellino del mundo (The great World Turnmoil, les traduje), un libro donde cuenta lo que vio en un largo viaje por Dinamarca.

El conductor esbozó una sonrisa, y entendí cómo en danés explicaba nuestra conversación a su esposa e hijos, que rieron casi estrepitosamente. La explicación de tales muestras de hilaridad no tardó en llegar:

— Nosotros somos los propietarios del castillo, y todavía no hemos reparado una parte de lo que incendiaron sus compatriotas, los españoles del Marqués de La Romana, en 1808.

Cosas de la vida, porque aquel episodio es el que justificó mi conferencia en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País en Madrid, y el presente artículo para Estrelladigital, más en concreto. Entrando en la narración barojiana, su protagonista, Larrañaga, un poco el propio autor de la novela, recogió muchos testimonios acerca de la estancia del cuerpo de ejército del Marqués de La Romana en Dinamarca, lo que algunos historiadores daneses llamaron la época española:

Parece que se estableció pronto muy buen acuerdo entre españoles y daneses, que se entendieron y simpatizaron. Según la tradición, los meridionales eran muy generosos, … se mostraban muy alegres, jugaban con los chicos, les regalaban pájaros, y les enseñaban a hacer ejercicios. En tales condiciones, los daneses se asombraban de la animación y de la vivacidad de sus huéspedes… Por la noche, … había baile, fandango, al son de la guitarra y a la luz de las antorchas, los oficiales rondaban con serenatas a las bellas muchachas danesas bajo sus ventanas.

Por su parte, el dramaturgo francés Próspero Mérimée —citado por Baroja—, en su comedia “Los españoles en Dinamarca”, dejó en claro que “cuando La Romana supo de los acontecimientos de Madrid del 2 de mayo de 1808 en Madrid, y de los avanzados proyectos de Napoleón de apoderarse del trono de España, decidió volver a su patria con todas las tropas estacionadas en las islas de Seeland y Fionia, para reunirse con los defensores de la independencia nacional”.

Juan Diaz Porlier, luego héroe de la Constitución de 1812 contra el indeseable Fernando VII —en términos históricamente un tanto dudosos— aparece como ayudante principal de La Romana en la obra de Mérimée, y dice:

Siempre lloviendo, si es que no nieva. Las mujeres son todas rubias o pelirrojas; en el cielo, nunca un trozo azul del tamaño de la mano; ni un pie pequeño ni unos ojos negros. ¡Oh, España, España! ¡Cuándo volveré a ver tus basquinas, tus lindos escarpines, tus negros ojos, brillantes como carbunclos!... Pero si quiero volver a España es, ante todo, para encontrarme frente a frente con sus opresores. Es para plantar en Galicia el estandarte de la libertad; es para morir allí, si no puedo vivir libre.

Planteada la trama de esta creo que muy interesante historia, bastante desconocida y que debemos incorporar a nuestros recuerdos de 1808, dos siglos después, continuaremos la próxima semana, con las dos fases siguientes: el nudo de la cuestión, y el final de tan extraordinario episodio.

Ramón TAMAMES

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