
De La Razón, del 19 de febrero de 2008, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:
Senador Obama: no sé si estoy dirigiéndome al futuro presidente de EE UU, pero sinceramente creo que Vd. se merece el cargo, y lo más seguro es que si finalmente lo consigue, sería para bien de los ciudadanos del mundo. Por eso le escribo esta carta abierta, esperando que estudie una idea que significaría apostar por la cooperación política y económica, como alternativa a la confrontación y el uso de la fuerza; en el sentido que Vd. mantiene de firme oposición, desde el inicio, a la guerra de Irak, que se ha revelado como un viaje irracional a ninguna parte, o con su actitud sobre Irán, de conversar con las autoridades de ese país al objeto de evitar un nuevo foco de proliferación nuclear, sin intentarlo con una nueva guerra preventiva. Todo ello en la dirección de que EE.UU. comparta sus grandes decisiones con otras potencias, con el propósito de mejorar la situación de los más pobres y oprimidos. La propuesta que aquí se hace consiste en que si Vd. llega a la presidencia de EE UU, considere la idea de contribuir a crear una moneda global, para todos los países del mundo que quieran adoptarla. Un objetivo como el enunciado puede parecer utópico, al suscitar una meta difícil de alcanzar, pero no imposible; pues la historia nos muestra que es enteramente razonable, ya que todos los signos monetarios importantes que ha habido y que hay se formaron a través de uniones monetarias. Es lo que ocurrió con el Dólar en EE UU, cuando Alexander Hamilton promovió, en 1792, la Coinage Act que lleva su nombre; a fin de que en toda la nueva nación americana circulara una moneda única, basándose para ello en el previo patrón del Spanish Millard Dollar. Análogo fue el origen del Deutsche Mark (DM), nacido en 1948, pero con su precedente en el Reich Mark del Canciller Bismarck, quien en 1871 supo culminar la unión para crear la moneda que con el tiempo sería la más poderosa de Europa hasta que en 1998 nació el Euro.
Por lo demás, al constituirse el Fondo Monetario Internacional (FMI, Conferencia de Bretón Woods, New Hampshire, 1944), se estableció el patrón de cambios oro-Dólar, para la absoluta convertibilidad a tipos de cambio fijos de las principales monedas. Hasta que en 1972 las autoridades de EE.UU. abandonaron el sistema, para entrar en la todavía actual situación de cambios flotantes; con todo lo que ese mecanismo lleno de complicaciones ha supuesto a efectos de generarse la larga sucesión de crisis financieras, algunas de ellas muy graves.
Y también de una unión monetaria surgió el Euro en 1998, que al día de hoy incorpora a diecinueve Estados de Europa, y que sirve de referente para otros catorce países a través del franco CFA (Comunidad Financiera Africana). En otras palabras, de una forma u otra, el Euro ya circula deiure, o de facto, en 33 países, siendo previsible que para el 2012 se llegue a la cincuentena de miembros; el mismo número de Estados que integran su Nación.
Por lo demás, la moneda global que se propone –y para la cual podría adoptarse el nombre de «Cosmos», como expresión de la belleza del Universo en griego clásico–, ya está encarrilada de hecho. Primero por la simplificación monetaria, al hacerse más del 80 por 100 del comercio mundial vía Dólares o Euros. Y segundo, por los avances de la globalización, pues si todo se globaliza –transacciones de bienes y servicios, movimientos de capitales, remesas por migraciones, derechos de propiedad, tecnologías de la información y comunicación (TICs), y servicios financieros–, ¿cómo no habrá de globalizarse lo más importante, que son precisamente los medios de pagos hoy existentes?
Pero algunos dirán que un proyecto así nunca será posible, porque EE.UU. se opondría a perder su poderoso Dólar y su «American Way of Life». Pero si se contempla el pasado reciente, ese argumento no tiene demasiado peso, pues al margen de las circunstancias en que se encuentra el «billete verde», y de la creciente cooperación de la Reserva Federal con el Banco Central Europeo, lo cierto es que en contra de ese mismo tipo de argumentos, en 1998, en Europa, Alemania aceptó avenirse a una unión monetaria, naciendo así el Euro. A ese respecto la moneda global podría surgir del entendimiento de una relación estable de tipos de cambio Euro/Dólar, a partir de lo que podría ser una nueva conferencia mundial, análoga a la de Bretón Woods en 1944, pero en un mundo casi con tres veces la población de entonces, mucho más complejo y más necesitado de integración.
Lo importante es percibir que una moneda común, que gradualmente podría establecerse para todo el planeta, comportaría grandes ventajas. Entre ellas, evitar nuevas crisis cambiarias que tantas y tan prolongadas dificultades crean. Como también supondría el máximo incentivo internacional a favor de la estabilidad de los mercados y la lucha contra la inflación; reduciendo además los fuertes costes de transacción que hoy soportan los países con monedas más débiles y que juntos abarcan más de la mitad de la población mundial.
Por último, a todo lo ya mencionado, ha de agregarse que la moneda global sería una acción decisiva en el designio que el filósofo Immanuel Kant planteó en su «Ensayo sobre la Paz Perpetua» en 1795: al ponerse en común las políticas económicas de los países, se irían alejando los fantasmas bélicos de tantos siglos. Línea en la que también se pronunciaron dos personas de alta calidad moral y probada generosidad intelectual, que pronto podrían ser sus predecesores: Woodrow Wilson, quien en 1918 planteó una organización mundial «para acabar con todas las guerras», y el Presidente Franklin D. Roosevelt, que tanto hizo por crear efectivamente ese organismo que se consagró con la Conferencia de San Francisco en 1945, donde se elaboró la Carta de las Naciones Unidas. Ahora está llegando su turno, Senador Obama, en lo que sería un gran paso adelante como futuro Presidente de EE.UU. y a favor de tantas cosas.
Domingo, 20 de julio
Ramón Tamames
Grupo Cenyt
Alfonso Agís
Invermanía
Ramón Tamames
Luis Llopis Herbas
Juan Carlos Ureta
Jesús Pérez
Luis C. Sánchez
Juan Otero