El blog de Ramón Tamames

¿Está perdiendo la Iglesia el tren?, por Luis Ramírez Beneytez

18.01.08 | 08:38. Archivado en Artículos

Nuevamente nuestro entrañable colaborador, el destacado Doctor en Teología y Económicas, Luis Ramírez Beneytez, nos envía una colaboración en la que se pronuncia sobre los posicionamientos actuales de la Iglesia Católica Española.

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Seguro que los estudiosos de la filosofía del Derecho dirán que, a pesar de tener intención de profundidad, la exposición que sigue es demasiado superficial, propia de quien no es competente en la materia. El esquema elemental sería el siguiente: Cuando en el Génesis bíblico el hombre -exactamente en este caso hay que decir «la mujer»- descubre la diferencia entre hacer el bien o hacer el mal, es decir distingue lo que es bueno moralmente de lo que es moralmente malo, eso significa que el conocimiento de la ley eterna del Creador ha entrado en su conciencia y, si usted quiere, diremos que eso es la ley natural, reflejo en la conciencia del hombre de una ley eterna que es el orden eterno del Creador. Esa explicitación de lo bueno y lo malo sería la ley del Sinaí dada a Moisés, el cual

Bajaba Moisés muy lleno de espíritu, después de hablar con Yavé Dios dentro de la nube en la que el Señor se mostraba a los israelitas. Bajaba lleno de Dios y de alegría, con la ley de Dios es sus manos, cuando se encontró a los israelitas del pueblo de Dios bailando entusiasmados en la adoración de un becerro de metal que se habían fundido, mientras cantaban: «Este es tu dios, el que te sacó de Egipto, Israel». No puede extrañarnos que Moisés se pusiese furioso; léalo usted mismo en el libro del Éxodo.

Aquella ley «de Moisés» tenía una enorme trascendencia, no sólo para la religión de Israel, sino también como avance cultural para guiar a la sociedad humana. Superaba los politeísmos y violencias primitivas de las caravanas en que se habían ido formando la fe y la conducta de Abraham y sus descendientes; superaba la influencia politeísta y dictatorial del Egipto de los faraones; ponía orden y sensatez de convivencia en un pueblo nómada sometido a todas las asperezas de la vida en el desierto.

La ley que traía Moisés, revelada por Yavé a su mayor profeta, se centraba en el reconocimiento y fidelidad absoluta a Dios y en unas normas de convivencia entre los hombres, tan positivas como era poner freno al desorden del asesinato, al desorden del robo, al desorden en el matrimonio, a la falta de amor en la familia, a la calumnia, a la mentira, a la codicia, a todo lo que fuese hacer daño, y no sólo al próximo, porque abarcaba también al forastero y al lejano.

¿Hay algo parecido en el paganismo? Pues sí, porque en la sabiduría grecolatina hay como nostalgia hacia una ley que no acaban de conocer pero que sienten palpitar en el deseo de sus entrañas. Oigamos a Sófocles en las palabras de Antígona: «Nunca creí - habla al tirano Creonte - que tus bandos habían de tener tanta fuerza como para prevalecer por encima de las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses, que no son de hoy ni de ayer, sino que viven en todos los tiempos No era Zeus quien me imponía esas ordenes injustas que tú has dado».

Cicerón lamentaba que la imaginación humana pusiese en «los dioses» los defectos humanos. «Divina malem ad nos», dice Cicerón: «Preferiría que nosotros tuviésemos lo bueno de los dioses». Nostalgia pagana de una ley de Dios, que sí conocen y tienen ya los judíos, revelada a Moisés.

¿Choca la ley de Dios contra la democracia? Pregunta muy actual, porque lo que llamamos ahora mismo democracia no es exactamente lo que la palabra griega y aquella realidad de la Atenas clásica significaron. Nuestra democracia fundamenta su legalidad - o, si se quiere, su teórica bondad - en alcanzar una mayoría de votos en unos parlamentos cuyos miembros han sido llevados allí por los votos de los ciudadanos. Eso, mediante unos resortes, entresijos e intereses que pueden ser de un modo o de otro, lo cual no da precisamente una seguridad ética total a las posibles mayorías, porque su funcionamiento depende de reglamentos cambiables, que pueden ser o no ser del todo claros. Es decir, que las leyes positivas de la sociedad humana deberían concretar, fijar en leyes civiles, en legalidad, el reflejo de la ley natural que emana de la ley eterna del Creador. Pero puede haber intereses que lo obstaculicen.

El problema aparecerá cuando, mediante el sistema de votaciones en los parlamentos «democráticos», se adopten leyes que puedan ir en contra de la bondad de la ley eterna. Por el hecho de que un parlamento vote una ley eso no la convierte en buena. Puede ser legal y no ser buena, si no se corresponde con la ley eterna y la ley natural. Es totalmente lícito oponerse a tales leyes y tratar de cambiarlas. Dicho por lo claro: La adoración del becerro, (elegido por el pueblo democráticamente, se supone), ¿coincidía con la ley de Dios que traía Moisés? ¿Verdad que no? Pero eso ya lo decíamos respecto a las leyes injustas de la dictadura.

Guiados por una enorme ligereza, algunos afirman que la sociedad humana va por unos carriles de novedad de los que la Iglesia (que se considera obligada a proclamar de la ley de Dios) se aparta de lo moderno con ceguera anticuada. La sociedad humana avanza y la Iglesia se queda rezagada, sin darse cuenta de que está perdiendo la partida, "quedándose sola", afirman. (Como si no se estuviese quedando sola cuando la legalidad romana la echaba a los leones en el circo).

No se puede pedir a los que no tienen fe en la revelación de la Palabra de Dios, en la que creemos los cristianos, que nos comprendan. Pero sí deben ir comprendiendo que si hemos recibido la revelación salvadora de Dios, eso es fijo, y no puede estar sometido al oportunismo de ser aceptada o no por los bailantes ante el becerro de oro, más o menos el mismo que los israelitas del desierto, democráticamente, se habían fabricado.

La Iglesia no va a cambiar la ley de Dios ni los mandamientos de la ley de Dios ni el Evangelio para coger el tren - acaba descarrilando - de la progresía pagana. Cuando aquella pobre mujer es pillada con el otro bribón, los hipócritas aparentan querer condenarla. Jesús no la condena, pero no se olvide lo que le dice al final: "No peques más". La doctrina de la Iglesia pone claro lo que es el desorden y no condena personalmente a quien pueda ser desordenado (nosotros mismos sin ir más lejos), pero a través de los siglos lo afirma bien claro con las mismas palabras de Cristo: «No pequemos más».

Si «democráticamente» - "transeat", pase - se presenta algo que no va con la moral cristiana, la iglesia de Cristo dice: "No condenemos, pero no pequemos más". ¿Se opone eso a la democracia? ¿No sería mejor que, democráticamente, nos esforzáramos por cumplir con la ley de Dios; es decir, que las leyes emanadas del parlamento se guiasen por la ley de Dios? Hay un pecado que Jesús señala como el más peligroso: la hipocresía. Que nos libre de ello, porque es la ley de Dios la única que crea en la sociedad humana la igualdad y la paz.

Luis Ramírez Beneytez

3 comentarios

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Comentarios
  • Comentario por Luis Llopis Herbas [Blogger] 18.01.08 | 18:27

    Amigo Ortega:
    Por supuesto que soy,no me importa confesarlo,radicalmente opuesto a la ley para la educacion basica,que yo prefiero llamarla como la ley para la educacion civico masonica.
    Te recomiendo,si no lo has hecho ya que ojees alguno de mis 118 bloggs,casi 800 paginas,que llevo escritos en Periodista Digital en los que detallo con crudeza,al pan pan y al vino vino,las satanicas manipulaciones del miserable que responde por ZP detallando como, si los ciudadanos no respondemos con presteza, va a desmembrar a España
    ,entre otras canalladas mas.
    Saludos.

  • Comentario por MIGUEL ÁNGEL ORTEGA 18.01.08 | 15:07

    Muy acertado Don Luis. Ya hablamos usted y yo de este tema en los cursos de verano de UCM. Lo que usted comenta se relaciona estrechamente con el grave problema de la imposición de Educación para la Ciudadanía. Los que formamos parte de Profesionales por la Ética nos basamos en el respeto en lo más básico de la ley Natural para que el estado no adoctrine a nuestros hijos: la libertad y la inviolabilidad del derecho que tenemos los padres a educar a nuestros hijos, sobre todo en lo más delicado del ser humano: La conciencia.

    El ser humano, como imago dei que es, no puede oponerse a su propia naturaleza si no es pagando un altísimo precio. No sale gratis apartar la razón para intentar sustituirla por el emotivismo, el diálogo como fin y no como medio, etc, etc.

    Todo mi apoyo Don Luis.
    MIGUEL ÁNGEL ORTEGA

  • Comentario por Luis Llopis Herbas [Blogger] 18.01.08 | 11:15

    Muy claro,aleccionador y oportuno.Hoy mismo un mason,de los 3.000 que existen en España,impone la amoral de la logia a una inmensa mayoria de ciudadanos cristianos. Segun su viejo aforismo inmoral y antidemocratico de que el fin justifica los medios No es que esta ley no sea buena,es que no es democratica, sino manipulada por un bribon totalitario que responde por ZP. Saludos

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